Capítulo I: Hasta pronto, Sudaca Fino. Buenos días, Lima

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Todo empieza con un chino de manos enguantadas, mascarilla y pelo graso cocinando en una plancha las navajas que me recomendó Sudaca Fino. «¡Échate más, que son unos manjares, chaval!», gritaba rellenando su plato con todo el bufet de mariscos al que me había invitado.

Ya en nuestra mesa dijo «espero que vuelvas pronto a Madrid», sirvió vino blanco en copas y brindamos.

—Ahora fíjate —cogió con dos dedos un molusco verde de quince centímetros. Lo abrió y lo pasó por sus dientes como si fuese una armónica. Chupó su interior, slurp, y dijo—: Así se comen, chaval. Cuidado nomás que te cortas, por algo les llaman navajas. ¡Dale, pues!

Apenas probé, el sabor a desagüe se esparció por toda mi boca. Hasta mis amígdalas.

—Una delicia, ¿verdad?

—Ujum.

—Tú eres de los míos, chaval. He venido con otros peruanos pero no tienen paladar, son unos chuscos. Venga, te voy a tomar una foto. Para tu viejo. Cómete otra —me apuntaba con la cámara de su celular—. ¡Pero chúpala con más ganas, hombre! ¡Haz de cuenta que es una chavalita!

—Slurp, slurp.

«¡A nada!», se convenció de mi nula fotogenia, guardó su teléfono, se jaló la nariz —tenía esa manía— y devoró con lujuria ese kilo de «navajas gallegas» hasta que empezó a masticar con desagrado, como si se le hubiera reventado una muela, y dijo «ah, ya sé lo qué ha pasao’, gilipollas, ¡no te las han dado bien cocidas, pues!». Se enjuagó con vino y escupió en un vaso, ¡put!, llamando la atención de la pareja vecina.

Era la primera semana de marzo. Aún nos sentábamos cerca entre desconocidos, ignorando que bastaba con respirar en el lugar y momento inadecuados para alterar la vida.

Sudaca Fino cogió la sal y la echó sobre sus mariscos. Era la única acción que realizaba con cierta prudencia. Derramarla era un mal presagio, y eso le preocupaba más que los primeros fallecidos en Madrid.

En general, se hablaba de ellos con distancia, como si hubiesen muerto en otro planeta.

Gente con pésima suerte. Gente que no tocó madera. Gente que no tuvo cuidado con la sal.

—Estás piña, chaval —Sudaca Fino se limpió las comisuras. Revisó mi plato—: Te las han dado casi todas crudas. Mira ese color que tienen, están blancas. Ve y dile al chinito que las ponga en su plancha un rato más, ¿vale?

No tenía hambre. Le hice caso porque me quedaban solo seis horas en España y no quería volver a Lima con ese mal gusto en la boca.

Aunque ya era inevitable. No olvidaría el sabor a podrido de las navajas. Tampoco olvidaría a ese chino que las hacía al vapor en la plancha. Sus cabellos negros. Los brotes de sudor en sus pómulos, en su sien.

—¡Voy por ostras, chaval! —dijo Sudaca Fino a mis espaldas.

Y vi cómo recogía las tenazas metálicas que alguien acababa de soltar.

La misma operación se repetía en casi todo el restaurante.

Con los estómagos reventando, Sudaca Fino y yo fuimos a un outlet. Cada vez que me probaba una prenda, revivía el pogo de París. El espejo me devolvía puñetes, rodillazos, puntapiés, patadas: un primer viaje por Europa que quedaba marcado en mi cuerpo.

—Esta camisa, dos euros. Puf, ¡baratísimo! Llévatela nomás, chaval —decía Sudaca Fino, pasándome más y más rebajas.

Luego recogimos a su socio, un dominicano con el ancho de un frigider de dos puertas. Traía una cadena dorada en el cuello, como mi amigo; y en las manos, una «güira», «una vaina más bacán que el peine con el tarro de leche que tocan los mendigos en la 73 de Lima, ¿circulan todavía esas chatarras?», preguntó Sudaca Fino, manejando un Peugeot 2018 con ambientador de fresa.

Estacionó en una calle solitaria de Torrejón de Ardoz —el TorreBronx—, y entramos en un pub de moda entre el lumpen latino. Bastante concurrencia para ser domingo. Nadie fumaba pero había cierta espesura en el ambiente por la acumulación de alientos. Por los parlantes se oía: La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no.

Varios de los presentes saludaron con sonoros abrazos a mi compatriota. Lleno de confianza, infló su pecho y sonrió por el espejo empañado a dos venezolanas que bebían acodadas en la barra, una dándonos la espalda y su fragante cabellera, cuyas puntas alcanzaban un pedazo de piel entre su top y un ajustado pantalón.

Quise invitarle unas chelas a mi pata, pero el dominicano me detuvo cuando estiraba el brazo. «Tranquilo, tronco». Y al rato Sudaca Fino compró baldes de Heineken no solo para nosotros, sino para tres o cuatro mesas más. Abrió los botellines, los repartió, chocamos vidrios y «un ratito, ya vengo», mi amigo caminó hacia el brumoso fondo del pub, cerca de los baños. De inmediato, dos tipos fueron tras él. El dominicano los estudió de pies a cabeza. El más llamativo era un viejo con pitillo blanco, polo fucsia y chal.

El dominicano comenzó a preguntarme por las mujeres de Luxemburgo. Le estaba contando que los que bailan salsa son tratados como reyes en ese país cuando Sudaca Fino volvió, jalándose la nariz, y le dio un codazo.

Le dijo:

—El marica dice que ese gilipollas no va a venir. Está con gripe. Acabamos esto y lo buscamos, ¿eh?

El dominicano asintió en silencio, acariciando su güira. No sabía de qué hablaban, pero en mis fantasías literarias Sudaca Fino extorsionaba o pasaba droga, si no algo peor.

Antes de irnos, le dijo al barman que dejaría en Barajas «a este chaval, un peruano como yo, hijo de uno de mis mejores amigos, un escritor invitado a la feria de libros de Luxemburgo, hospedado en un hotel de cuatro estrellas, acuérdate de él, ya te digo». Para que las venezolanas oyeran, casi gritó que regresaría de todas maneras al pub.

Camino al aeropuerto, Sudaca Fino leyó su chat —su fono colgaba de donde salía el aire acondicionado— y dijo que las chamas le preguntaron al barman por nosotros.

—De repente cancelan tu vuelo, chaval, ¡cruza los dedos!, y con los setecientos pavos que te dará la aerolínea nos vamos de juerga toda la semana. Marcha, marcha, queremos marcha, marcha —cantaba risueño.

Hasta que llamó su mujer. Con cierta intriga le preguntó si estaba bien.

—Sí, ¿por qué? —contestó Sudaca Fino pellizcando y sorbiendo su nariz.

—Es que el bebé no para de vomitar, tío —la oímos por el altavoz—. Y ha comido lo mismo de siempre. Yo también siento náuseas. Nunca nos había pasado esto.

—Llama al doctor, ¿vale? Pasaré por ustedes en una hora.

—Venga.

La noche se había completado. Decenas de aviones brillaban como ovnis o partes de una constelación en el cielo de Madrid. Ese intenso tráfico aéreo fue lo primero que me mostró Sudaca Fino. Entonces, conducía lento y apuntaba como un niño por el parabrisas. Tres semanas en Europa parecían mucho tiempo. Ahora mi paisano aumentaba la velocidad, mirándome de reojo, las manos tensas en el timón.

—¿No habrás traído el bicho de Francia, no, cojudo? —se le salió el peruano.

El aeropuerto de Madrid es una ciudad de cuatro pisos, tren incluido. Te pierdes. Yo pasé hasta ocho veces por el mismo duty free plagado de vendedores enmascarados antes de encontrar mi sala VIP –cortesía de Luxemburgo–, cuyos sillones ocupaban otros paranoicos con tapabocas. Quise una hasta que pregunté por el precio: 10 euros.

Nica.

A media hora del embarque, arrasé con todo el whisky gratuito. Esa era la mejor defensa contra cualquier patógeno, me había dicho un francés con algunas pestes encima el día que me perdí en París.

Abordé el avión tambaleando. Estaba lleno de peruanos. Me di cuenta por un tumulto propio de Gamarra pero sobre todo por esa desconocida que me tocó el hombro en el pasillo: «Pucha, joven, ¡cómo pesa esta maleta! ¿Me ayuda a ponerla arriba? No sea maliiito».

En veinte días nadie me había pedido un favor. ¡Nadie!

Y ese fue el único de mis vuelos sin repetición de vino, dejándonos con sed a mí y al viejo inglés que carraspeaba cavernosamente en la ventana, última fila, y cuya esposa, sentada entre nosotros, empezó a acariciar mis pies con los suyos cuando todas las luces ya se habían apagado.

Lunes 9 de marzo. Desperté maltrecho con el llanto de un bebé. Aún no amanecía en Sudamérica —¿dónde estábamos?, ¿en el Atlántico?, ¿Brasil?—, y ya era mediodía en Europa, según el reloj de mi teléfono. Retornaba al pasado, a esa diferencia de seis horas que parecían décadas.

El piloto ordenó el ajuste de cinturones. Grabé el momento en que las llantas rebotaban sobre la pista de aterrizaje. Cuando revisé el video, escuché que dos personas tosían, por lo que a mí también me dieron ganas de toser, y de pronto otros pasajeros también comenzaron a toser, y ya éramos unos cinco haciendo cof cof, cof cof.

Habíamos surcado un cielo propicio para la neumonía; en contraste, el aeropuerto peruano Jorge Chávez parecía sauna. Sudaba y me moría por un cebichito, por una chela al polo para curar la resaca, pero eso demoraría: tras un inusual cuestionario en Migraciones, me derivaron a una cola extra.

«¿Por qué, ah?».

«Protocolo, señor. ¡Siga nomás!».

Delante de mí, en ese gusano de cincuenta personas, había dos mujeres con mascarilla. Me alejé cuando firmaron un documento en el que aceptaban haber visitado China. «¡Es una tontería que nos retengan de esta manera, ni siquiera en Italia! ¡Se pasan!», reclamaba mas allá una limeña. Un francés reía confundido rascándose el mentón.

Perú cuenta con moderno hospital móvil para atender posibles casos (…) con capacidad para 50 pacientes. Si el viajero acusa síntomas de infección, se le realizarán pruebas de hisopado (muestras de secreción nasal y bucal) que se enviarán en una cabina de bioseguridad (…) para tratar con posibles portadores del virus, como guantes, traje descartable, traje antiderrame Telvex, segundo par de guantes con cinta adhesiva para sellado, botas de caña baja con un cubrecalzado y careta facial con filtro que permite respirar aire purificado (…) se puede propagar a través de las gotículas procedentes de la nariz o la boca que salen despedidas cuando una persona infectada tose o exhala (…) y si luego se tocan los ojos, la nariz o la boca (…) también dijo que los análisis realizados a los tres ciudadanos chinos sospechosos de (…) el Perú no cerrará sus fronteras (…)

Pasó una hora. La esperanza de encontrar mi equipaje en la faja disminuía y evitaba respirar cada vez que la anciana de China se descubría para tomar aire. Sus exhalaciones calientes me daban en la cara por el estúpido ventilador que había justo a su costado.

«¡El siguiente!».

«¡Avancen pues, avancen!», arreaba un apurado desde el fondo.

Por tercera vez respondí a una señorita de mandil, tapabocas y lentes que sí: España, Francia, Alemania y Luxemburgo… No. No estuve en China. ¿Fiebre?, ¿tos? No, nada de eso.

Así es: Palomari. 28 años. San Juan de Miraflores.

«Vaya con el señor, por favor, joven».

El señor era un chiquillo con guantes quirúrgicos que me apuntó a la frente con una pistolita de infrarrojos. Anotó mi temperatura en un cuaderno y dijo:

—Si tose o le da fiebre, llame a este número.

Me dio una hojita amarilla que guardé en mi bolsillo.

OK, estaba sano y mi maleta aún giraba en la faja. Eso sí que era suerte en un aeropuerto donde los policías les piden a los pasajeros no descuidar sus pertenencias.

Salí de la zona de vuelos internacionales, arrastrado mis maletas hacia el estacionamiento. Como siempre, papá me recogería al paso para ahorrarse el parqueo. No quería besarlo, pero su mejilla áspera ya rozaba mis labios. ¿De dónde había salido?

—¡A su mare’! —meneaba la mano—. ¡Apestas a trago, oe’!

Dejábamos atrás el Callao cuando papá frenó en seco, a pesar del semáforo en verde, y dio pase a unos peatones que iban por la mitad de la pista. El Perú que recordaba. Nueve fallecidos cada día en accidentes de tránsito. La irresponsabilidad como causa de muerte en el país. Un coro de bocinas rabiosas fue acumulándose en nuestros hombros.

Meneé la cabeza y la apoyé en la ventana.

—Tranquilo —dijo papá—. Pronto regresarás a Europa.

En su vibrante palanca de cambios había una cajetilla de Hamilton y una capa de polvo. El aire acondicionado funcionaba con la potencia de un ahogado, y sus efectos eran contraproducentes, alérgicos. Estornudé sin querer en la avenida La Marina. Salud, dijo papá, y le subió el volumen a la radio.

Ocho de la mañana. El conductor del noticiero informó que ya eran nueve los contaminados en el país.

—¿Cómo estás? —le pregunté a mi viejo, con los ojos en la rugosa cicatriz de su cuello. Una raya de cuatro centímetros.

indicó que luego de hacer todos los exámenes correspondientes a las personas cercanas al primer…

—Bien, bien, hijo. Preocupado por el negocio nomás.

un hombre de 25 años con antecedentes de haber estado en España, Francia y República Checa…

—¿Por eso estás fumando?

piloto de una aerolínea…

—No estoy fumando —tiii, taaaaa, tii, los cláxones—. Oye, huevonazo, ¿no ves que estoy entrando? —papá le reclamó a un chofer de combi. Acelerando, dijo—: De vez en cuando un cigarrito nomás.

Me aclaré la garganta. Se había resecado. Lima es un desierto con olor a mar.

—¿Estás yendo a tus chequeos?

fue notificado por primera vez en Wuhan, China, el 31 de diciembre de…

—Tengo cita dentro de dos meses.

Dentro de dos meses. Eso era el Perú: una promesa aplazada. «Hoy no fío, mañana sí».

Papá tomó el circuito de playas, la ruta más rápida del aeropuerto a San Juan. Su radio saltó como suicida en un bache. La devolví a su sitio y cambié de emisora. Charly García cantaba que no se puede ser feliz con tanta gente hablando a tu alrededor.

Los ojos me picaban, los párpados pesaban, se me caían. Tiré el asiento para atrás, acomodándome.

Y desperté afuera de mi casa.

—Hagamos una parrilladita donde tu tío este domingo —propuso mi viejo sacando mi equipaje.

No vivíamos juntos.

—Deberíamos de esperar un poco —dije metiendo una maleta en el pasadizo—. Con esto del…

—No pasa nada, hijo —sonrió enseñándome sus dientes de fumador—. Lávate bien las manos nomás.

En la sala del primer piso me esperaba una mesa con las tazas blancas de las ocasiones especiales y una bandeja de panes con chicharrón para compensar el hambre de París, donde lo más económico era un combo de McDonald’s de treinta y cinco soles. Le di un par de sorbos a mi oloroso café de Quillabamba y fui al baño. Mi abuela justo salía. Me abrazó fuerte mientras mi abuelo se levantaba con dificultad de su cama. Cuando volví a la mesa, secándome las manos en las nalgas –por precaución no quise tocar la toalla–, mi abuelo ya ocupaba mi sitio y chupaba la lozana superficie que yo había babeado. Puta madre.

—Oye, es mi taza.

Pero ese boomer no hacía ascos: era capaz de comer del suelo y de beber jugos con mosquitos ahogados, además de que no escuchaba por la oreja izquierda.

—¡Es mi taza, abuelo!

—En tu taza sabe más rico, loqui —se encogió de hombros y continuó bebiendo.

—Ya sabes cómo es este loco —gozaba mi abuela, echándole cebolla y camote a mi sándwich.

Después del desayuno, repartí los regalos. Mi abuelo se probó su camiseta del Real Madrid; mi abuela, un polito con bordado de la torre Eiffel. Les tomé fotos, salí de su piso y por una escalera independiente fui al departamento donde vivía con mamá, que había ido a trabajar; con Mascota, mi hermana adolescente que aún dormía; y con Mini, la pequinés de la familia.

Ah, casi me olvido de mencionar al Diego… Ya entenderán por qué.

Por WhatsApp –treinta mensajes sin leer–, le prometí a la Tóxica que de todas maneras nos veríamos al día siguiente. Me di una ducha militar, me puse el short playero, una mochila y les dije a mis abuelos que almorzaría fuera. Aunque una voz me repetía «quédate en tu casa», necesitaba dos cosas: un cebichito y averiguar qué quería Mamá Soltera.

Como siempre, en la puerta principal, revisé mi teléfono. 10:54 a.m. 61% de batería. Me quedaban unas ocho horas de duración en el que iba a ser mi último día en la calle en mucho tiempo.

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