Capítulo II: En una playa ficha con Mamá Soltera

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Lunes 9 de marzo. 02:10 p.m. Estaba sentado sobre el pareo místico de Mamá Soltera, chela caliente en mano. Intentaba leer pero…

—Qué horror —decía ella sobándose las pantorrillas, con los pies hundidos en la arena—. Los chicos estaban desesperados. Violaban, mataban, se comían a la gente, ¿manyas?

Mamá Soltera había visto esa sangrienta película de caníbales mientras yo volvía al pasado volando. Era muy rápido todo: dormir en Madrid, despertar en Lima. Y allá, en ese mismo momento, ya era de noche otra vez, y por eso el día en la playa me parecía rarísimo: como si mi avión se hubiera estrellado en una mañana calurosa con veraneantes de siluetas perfectas, de revistas de moda.

—Te juro que casi vomito.

Y yo casi había olvidado lo parlanchina que era. ¿Por qué esta rubia Koleston de 1.68 m, sombrero de paja y vientre plano, a quien conocí en un taller literario hace cinco años me ha invitado a Santa María?, me preguntaba mientras mis ojos saltaban al siguiente párrafo sin haber entendido nada.

—Ese director debe de estar loco. ¿Quién puede imaginar cosas tan horribles?

«Horrible es confundir al guionista con el director», pensé y cerré mi libro con fuerza. Plaf.

—¿Ya te vas a quitar el polo? —me dijo Mamá Soltera justo cuando un heladero pasaba frente a nosotros.

Lo llamó —pssss, pssss—, sacando su monedero. El hombre vestido de amarillo vino renqueando y se arrodilló ante ella con su cajita de tecnopor abierta.

—No, yo no como eso —dijo Mamá Soltera. Y me preguntó—: ¿Cuál quieres, niño?

Aún fastidiado por el viaje de trece horas, por la resaca, no se me antojaba ni un Donito. De hecho, sentía náuseas, pero igual dije: «Un Jet». Mamá Soltera, obvio, pagó con un billete de cien y de paso le pidió al de D’Onofrio que nos envíe a un vendedor de cerveza.

—Y solo ayer estaba en España… —murmuré recordando a los empoderados camareros de Barcelona. Con la barbilla siempre en alto, trataban a los comensales como si les hicieran un favor.

Pero Mamá Soltera ignoró por completo mi comentario: las raíces profundas del subdesarrollo no la apasionaban. Esos temas la aburrían.

El heladero entregó el cambio y fue donde las chicas sin grasa que tomaban sol y se hacían selfies atrás.

—No puedes decir que has estado en España, ¿te has vuelto loco? —Mamá Soltera me resondró sin despegar los dientes—. ¿No sabes lo que está pasando en el mundo o qué?

Iba a contestar pero la vainilla se derretía, escurriéndose entre mis dedos. Chupé el palito apurado y aun así no pude evitar que unas gotitas cayeran en el pareo. Mamá Soltera suspiró.

—¿Nunca dejarás de ser un niño?

—¿Es una pregunta retórica? —dije bostezando.

Sombrillas, sombrillas. Treinta soles la sombrilla todo el día. Sombrillas, sombrillas. Protéjase del sol con su sombrilla.

—¿Treinta soles por el alquiler de una sombrilla? —me indigné. Era lo mismo que costaba mi libro—. ¿Es broma?

Mamá Soltera volvió a suspirar.

—Aj, no empieces, no empieeces, ¿sí? ¡Y quítate ese polo que me da no sé qué verte así, en serio! —dijo aumentando mi culpa por las pizzas, hamburguesas y frankfurters de las últimas semanas—. Y bueno ya, cuéntame de tu viajecito antes de que te quedes dormido. Total, ya la fregaste, niño.

Selfie stick, selfie stick a cincuenta soles. Lleve su selfie stick. Selfie selfie a cincuenta soles. Lleve su selfie stick.

—Estuve en España —enfaticé solo para joder—. Madrid, Barcelona, Bilbao —esto es mentira, nunca fui a Bilbao—, ciudades seguras, limpias, edificios con presencia, como si fuesen personas. Era extraño comparar con las avenidas de San Juan, esta estética limeña de cables enredados en los postes y bolsas de basura al lado de la pista donde un loco con dreads se echa a contemplar su reino. En Europa solo vi locos en París. Pero nada se compara con los nuestros.

—Ay, niño, ¿europeo eres ahora? —se mofó. Al menos se podía charlar con ella. La Tóxica ya me hubiera calateado poseída por los celos: ¿Por qué te tapas?, ¿qué escondes?—. ¿Y cómo te fue con tu librito, ah? —frunció los labios, levantó las cejas.

—Casi se cancela la presentación por “lo que está pasando en el mundo” —dije haciendo comillas con los dedos—, peeeeero —si no consideramos que vendí menos de diez ejemplares, que no conseguí ni medio contrato para una edición extranjera y si obviamos que fui echado de una universidad de Barcelona cuando pregunté por becas para escritores tercermundistas— bien, supongo que bien.

—¿Dónde fue, ah? —me quitó la envoltura y el palo de chupete.

—En Luxemburgo, un país chiquitito entre Alemania y Francia.

El país donde conocí a Periodista Loca.

Mamá Soltera no estaba preparada para esa conversación.

—Qué chévere —dijo, se acomodó el sombrero, giró el cuello y miró a la pareja de ancianos que desinstalaba su sombrilla. Envidié el descaro con que ese viejo exhibía las canas de su pecho y la guataza colorada. Éramos los únicos panzones en un radio de dos kilómetros—. ¿En una feria?

—Ajá. Había escritores de España, Bélgica, Marruecos, escritores con turbante, hasta una monjita en silla de ruedas que…

Pssss, pssss.

¡Helados, heladoooos!

¡Pssss, pssss!

—¡Ay, qué sordo! ¿Ahora quién se lleva la basurita?

—¿Ya no queda ni una chela?

Mamá Soltera revisó su bolso de Tommy.

—No. Pero ya pasará un vendedor.

Diez minutos después, al fin apareció uno. Cerveza helada, cerveza helada. Psss, psssss, ¡oiga!, ¡señor!, por más que gritamos ni siquiera nos vio. A lo lejos se aproximaba otro. Cerveza helada, cerveza helada. Le hicimos señas, desesperados. Mamá Soltera ya extraía un billete de su monedero pero el tipo se dio la vuelta.

—Caray, ¡se fue! ¿Qué les pasa, ah? —se enrojeció—. ¿No nos quieren vender o qué?

—Pensarán que les vas a pagar con cien lucas, pues.

—Huevones. Cuando no les compras, están con sus caras de pobrecitos. Olvídate. Me mojo los pies y vamos a casa.

Se paró con cuidado para no llenar de arena su pareo de Ganesha, empuñó la basurita y desfiló por la orilla su bikini negro, abrazándose a sí misma, tallada como la Venus de Milo que conocí tras una hora de espera para entrar en el Museo del Louvre.

La paciencia no era una de mis virtudes, pero ya estaba ahí.

Chequeé a mi alrededor. Los ancianos de la derecha se habían ido. Las chicas que tomaban sol también. Estaba algo distanciado de la gente. Mejor. Tosí suavecito, cof, cof, y busqué a Mamá Soltera en el mar.

Se había detenido antes.

Hablaba con un vendedor. Me miraban. Pensé que ella mandaría unas latitas para mí, pero de la nada se les unió un salvavidas de gafas y trusa roja. ¿Discutían?

Mamá Soltera volvió asada. Recogió su bolso y, marcando el tiempo con un pie, dijo seriamente:

—Párate. Nos tenemos que ir.

Y esta es la parte que me avergüenza.

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