Tú no mereces ni un like

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Tú no mereces ni un like, infeliz. Les estás robando espacio a Verdaderos Artistas en las pocas páginas culturales que sobreviven en el Perú, revolcándote como un chancho extasiado en la cochina enfermedad que te inoculaste para ser el primero en algo, pero pronto se contagiará otro escritor o periodista, ¡verás, miserable!, y te arrebatarán esa corona que ostentas con aire de único, ¡payaso! Es que ¿a quién le has ganado tú para recibir toda esta atención mediática, AH?

Y aunque comunes son los pactos extraliterarios en esta capital del amiguismo  (no creas que no se sospecha qué hiciste para ser invitado a Luxemburgo), si el reconocimiento se obtuviese por albergar virus que afectan al sistema inmunitario, varios poetas, algunos desde sus tumbas, podrían reclamar lo que les es debido. Pero nadie, NADIE lo haría. ¡A eso se le llama dignidad! (y te advierto que yo sufro de lupus, chibolo).

Léeme bien, Escritor imberbe (por Dios, ¿qué escritor sin barba es mínimamente respetable?), para que te enteres de una buena vez, porque apuesto a que ni siquiera eres capaz de nombrar a un solo autor del siglo XIX sin fallar hasta en el quinto intento —y te estoy concediendo el beneficio de la duda, basurita—: en esa centuria ya había famosos infectos, los tuberculosos de las letras, así que no eres nada especial y nadie te recordará como el Daniel Alcides Carrión de la literatura. Ni lo sueñe, mequetrefe.

¡Poe!, ¡Balzac!, ¡Maupassant!, ¡Keats!, ¡Bécquer!, ¡Whitman! ¿Te suenan, AH? ¡Grandes plumas! ¡Tuberculosos todos!

Pero tú no tienes ni sus bigotes, solo un virus que es más escándalo mediático que otra cosa. ¿Y qué clase de mérito es ese, AH?

Por la chucha que no planeaba dedicarte más de dos líneas en este relleno sanitario disfrazado de libro virtual (¡Blogósfera, la de mi época!), pero es que estoy a punto de estallar por el aburrimiento. Cómo extraño ir a las librerías de Comandante Espinar, carajo, caminar por Pardo con un Winston rojo entre los labios, sentarme en el Haití a leer un clásico y ver a las chicas desfilando por la Diagonal, como si estuviera en una terraza de Madrid o en un café parisino. Pero ahora todo es muerte. Los chats con los amigos: muerte; con primos y sobrinos: muerte; hasta la televisión extranjera: muerte.

Y el Internet: muerte. ¡Por la chucha!

Aun siendo un huraño como Salinger, nunca imaginé que a los cincuenta y un años mi contacto con las personas lo iban a reducir a una vez por día, y siempre a las ocho de la noche, cuando los trepones que tengo de vecinos se ponen a aplaudir como sonsos los bailes de los policías y a cantar en sus balcones el Contigo Perú. PFFF.

Y como no bastara con esa huachafería, el comunista de tu presidente nos quiere encerrar otro mes… a NOSOTROS que hemos sufrido: ¡Alan García!, ¡Sendero!, ¡CLAE!, ¡MRTA!, ¡Fujimori!, ¡Montesinos! Los engañarán a ustedes, so pulpines, pero no a mí, que crecí en los setenta.

¿Qué vas a saber tú pues, mascota? “No estás preparado para esa conversación”. Por los bigotes de Nietzsche, ¡cómo has atrofiado mis oídos con tus fraseos! ¡Qué bajo cayó nuestra literatura! Perdónennos, Ribeyro, Bryce, Diez Canseco. ¿Y con mis impuestos financian este folletín “millennial”,  AH? No se pasen. ¿Es que este gobierno solo premia a comunistas de capa roja? ¿Es que nadie se percata de eso o es que todos tienen el rabo de paja? Yo pensé que con Jeremías Gamboa y su Santa Anita habíamos tocado fondo, ¿pero qué es eso de San Juan de Miraflores? Cada vez que leo ese nombre solo me vienen a la cabeza imágenes de cerros y de la chica que me hacía la limpieza. Por cierto ¿dónde queda? ¿Hay escritores allí? Y me pregunto: ¿dónde están los Cisneros, los Thays, los Roncagliolo cuando se les necesita, AH?

Y yo, que había planeado un silencio de cinco años, me encuentro con la obligación moral de sentarme ante la vieja Olivetti —como los escritores de verdad— para no dejar que unos rojitos como tú tergiversen lo vivido.

Porque, sí, ya nos olíamos que te ibas a aprovechar de tu condición de convaleciente para publicar, pero te anticipo que tu historia será solo otra más dentro de toda la bazofia que ingenuos zafios como tú vomitarán, ¡tontos por antonomasia que no pueden ver más allá de la pandemia!

¿Es que no has abierto tu ventana para contemplar ese majestuoso azul que hoy cubre nuestro cielo que bien se merece una llamada Ciudad de los Reyes, AH? ¿Es que todos ustedes solo tienen que escribir sobre el yo, yo, el yo y el yo, AH? ¿Es que hay algo más odioso que el ego de un escritor que en vez de manos tiene dos bloques de cemento y que encima se computa el Alejandro Dumas del siglo XXI, AH?

Avisado estás, moquiento: pasará esta modita y regresarás al anonimato en ese pueblo joven del que nunca debiste de salir por cretino. Si es que no te has muerto antes. Obviamente, nadie te extrañará.

¡Y sobre mi cadáver se imprimirán alguna vez estas páginas! ¡Sobre mi cadáver!

Me despido no sin antes reiterar mi más sentido y sincero desprecio hacia ti.

Atte.

Barbey d’Aurevilly del Óvalo Gutiérrez

PD: Si algo rescato de tu prosa, chibolo, es que no usas como un gil la «x» y la «e». Con eso hubiera devuelto mi pizza 4 estaciones del Gianfranco. Y ahí sí que te buscaba para agarrarte a patadas. ¡Me vas a conocer!

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