Capítulo III: ¿No tienes otro tema de conversación?

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El cuerpo es caprichoso.

Y lo de TB, un vendedor de cerveza, los había asustado.

La última vez que lo vieron en Santa María, atendió personalizadamente a unos turistas españoles e ingleses. Al día siguiente no fue a la playa. Tampoco el jueves. Ni el viernes. . . Ni el sábado. Se rumoreaba que había viajado al norte para buscar a su primer compromiso hasta que un heladero que vivía en su manzana acabó con el misterio.

TB había muerto.

Una semana atrás.

—No saben bien cómo —dijo Mamá Soltera con su bolso en el hombro—, pero ahora creen que fue por ese virus.

—Ala, me discriminan.

—Por faavooor, no seas ridículo.

Miré sus ojos mientras una salsa veraniega me hacía cosquillas en las orejas. La chela ya me había empilado. Rodeé a Mamá Soltera con mis brazos.

—¿Tú también piensas que estoy enfermo?

—¡Exageran! —chilló zafándose, y retrocedió—. Pero tienen miedo, pues. No es solo por ti, ¿manyas? Se han reunido con el presidente de la junta de propietarios.

—¿O sea que esta es su playa?

—No te pongas bacancito, ¿quieres? No estás en San Juan.

Muy cómodos en sus toallas, algunos sapazos se ganaban con la escena.

—Aunque sea una zambullida, ¿no?

—Que sea rápido, ¿sí?

Me quité el polo.

—¡Mierda! —Mamá Soltera se tapó la boca—. ¿Qué te ha pasado, niño? ¡Esas manchas!

—Ah, un pogo en Francia.

—¿Y piensas que se van a quedar tranquilos si te ven así? —dijo buscando algo en su bolso—. Vamos a disimular con esto.

—¿Qué es?

—Bloqueador.

Untó la crema fría en mi pecho, en mi espalda, y empezó a sobar.

—Voltéate —me dio la vuelta—. Ven, baja la cabeza.

Palpó mi frente con el dorso de su mano. «Estás caliente», musitó.

—Tú igual.

—¿De veras estás sano, niño?

—Me revisaron en el aeropuerto, ya te dije.

—Eso no quiere decir nada. No te hicieron la prueba.

—Oye, te voy a toser en la cara si insistes con eso.

—Es que te ves como cansado.

—Llevo veinte días viajando…

—Es que… estás muy delgado, niño. Pálido, delgado y… ¡panzón! Pareces un Liquid Paper en serio.

—¡Chao!

Corrí hacia el mar esquivando los castillos de arena que niños habían edificado en la orilla. Una espuma marrón cubrió mis pies. El agua fría picoteó mis muslos, me erizó las tetillas. Mamá Soltera, lejos aún, avanzaba con delicadeza. Nunca se sumergía. No éramos ni remotamente el uno para el otro. La botella de Inca Kola mecida por las olas, ese plástico que se desintegraría por completo en un futuro lejano en el que no existiremos ni como recuerdo, esa botella de Inca Kola tuvo más vida que lo nuestro.

Nadé hacia lo profundo.

Ya estaba solo en el horizonte pero quería al sol más cerca de mí. Y continué braceando con la necedad del que ignora que uno de los grandes aprendizajes de la vida es saber en qué momento darse por satisfecho.

***

Una escalera rústica nos condujo a una casa blanca con un discreto cartel de «Se vende» colgado en una esquina. Mamá Soltera administraba una empresa inmobiliaria.

—Los dueños no viven en Perú —dijo contemplando el océano gris por la ventana de la sala, los dedos balanceando un cigarrillo «sin aditivos», el celular en la otra mano—. ¿Qué más necesitas saber?

—Nada. Oye, ¿no tienes hambre? Se me antoja un cebichito.

En la mesa de vidrio había unos parlantes rojos. Sonaba una canción de Bad Bunny: Mami, ¿qué tú quiere? ¡Aquí llegó tu tiburón!

—¿Te pido uno por delivery?

Mamá Soltera no comía pescado. Decía que era sucio.

—¿Por delivery? No te pases, si los restaurantes están aquí nomás.

—Pucha, mejor no —un Halls morado chocaba contra sus muelas. Lo succionaba—. Esta no es mi casa. Y no quiero que me reclamen los vecinos. Suficiente con tu escenita en la playa —le dio una intensa pitada a su pucho—. Traje hummus por si acaso. ¿Te gusta?

—¿Humitas?

—Agg, no lo puedo creer —se abofeteó suavemente—. ¡Hummus! ¡Hummus, niño! Un puré de garbanzos del Medio Oriente.

Mamá Soltera era la alimentación saludable en persona. Por eso le compré una botella de vino «orgánico». Por lo «orgánico» pagué treinta soles más de lo normal. ¡Treinta soles más! Qué caro era un día de playa con Mamá Soltera. ¡Y sin sombrilla!

—¿Qué es eso?

—Vino orgánico.

—Ah.

—¿Sacacorchos? —pregunté.

—Busca en la cocina— Mamá Soltera, de espaldas a mí, movía las caderas con sensualidad.

Yo quiero perrearte y perrearte y perrear. Yo-yo-yo-yo quiero perrearte y fumarme un blunt. Yo quiero perrearte y perrearte y perrear.

Yo-yo-yo-yo no estaba lo suficientemente ebrio para bailar.

—¡No haaaay! —grité luego de abrir todos los cajones.

—¿Cómo que no hay? ¡Busca bien!

—¡No haaaay!

Sentí sus talones cerca, el alquitrán en su pelo teñido. Su aliento a mora. Y Bad Bunny repitiendo: Ese culo se merece to’.

Se merece to’.

Se merece to’. Yeeess!

—¿Qué te hago si lo encuentro? —dijo ella como toda mamá.

Pero se rindió a los tres minutos.

—¿Qué clase de subnormales vivían aquí, ah? En una casa puede faltar de todo menos…

—¿Qué haces?, ¡¿qué haces?!

Incrusté un cuchillo en el corcho.

—Agáchate.

A regañadientes, Mamá Soltera sostuvo la base de la botella en el piso. Martillé el pico con una tetera. Tac, tac. Tac, tac. Me punzaban los bíceps, sentía frágiles mis muñecas; los huesos, quebradizos. El pogo. La pésima noche.

Mi bicho anda fugao’ y yo quiero que tú me lo escondas: ¡a-gá-rralo como bonga!

—Dale. ¡No seas debilucho! Ya falta poco.

El corcho se hundió y el vino salpicó en sus pómulos.

Brindamos con vasitos de plástico:

—Por el coronita.

—Huevón. Cállate.

Supersticiosa, Mamá Soltera tocó el repostero.

Pero no era de madera sino de melamina.

***

Mamá Soltera había bajado la persiana y me daba aire con un abanico mientras yo desfallecía supinamente en un sillón de la sala. La luz me aturdía, el ruido, las sombrillas, sombrillas, las olas, ese runrún inacabable, las voces de los veraneantes, helados, helados, el beat de Karol G. . . Mi cama suena y suena.

—Tú tienes algo, niño.

—Me ha caído fatal ese vino.

Mi cama suena y suena. Ah-ih-ah-ih-ah-ih-ah-ih-ah-ij.

—¿Callas eso? Necesito jatear.

Necesito jatear. Lo mismo pensó Eterno Estudiante, mi amigo de Barcelona. Le habían crecido unas protuberancias sobre las cejas, una reacción de su sistema inmunitario ante un dolor de cabeza y unos calambres que no cesaron con una siesta, ni durmiendo de un día para otro. «Pero tranqui, no es ese virus», me dijo.

—¿No será ese virus, verdad? —me preguntó Mamá Soltera.

Desoyendo las sugerencias de la OMS, en Barcelona también almorcé con una peruana que tosía como si hubiera un motor atascado en su pecho. Horas después, mientras alistaba mi equipaje, me contó por mensaje de texto que acababan de internar en el hospital de su calle al primer infectado de Catalunya. Fiuuu, suspiré aliviado cuando mi avión ya surcaba las nubes con destino a Luxemburgo conmigo en el papel de Mel Gibson a salvo tras una explosión a sus espaldas. Escapaba de la catástrofe otra vez.

Madrid ☑

Barcelona ☑

Luxem…

—Oye, te estoy hablando. ¡Respóndeme! ¿No será ese virus?

—¿No tienes otro tema de conversación? —me fastidié.

—¡Es que hierves, niño! —su mano iba de mi frente a mis mejillas, de mis mejillas a mi frente.

¿Era posible que me hubiera alcanzado una ceniza de esa película de Hollywood?

Examiné mi rostro con las yemas de mis dedos para comprobar que no me deformaba como Eterno Estudiante.

—Estoy normal…

—¿De qué hablas? Hasta tus uñas queman, huevón. Por eso no sientes nada.

—Siento ganas de dormir. Son las nueve o diez de la noche en Europa. Déjame, ¿sí? Es el jet lag.

Le di cara al respaldar. Había querido vivir cinco años en uno, porque recién salí del Perú cuando los treinta ya esperaban por mí, porque la juventud se arruga muy rápido, de golpe, en su última etapa, cuando uno solo desea estirarla más. Pero nadie le gana al tiempo, ese corredor que nunca se detiene. Tres semanas descansando solo cuatro horas por día me habían fatigado, mi batería se agotaba. Necesitaba resetearme, apagarme por un rato, pero ese potente café de Quillabamba me lo impedía, estaba nervioso, rechinando los dientes. En tu taza sabe más rico, loquillo. Tú tienes algo, niño. Me tapé los ojos con el antebrazo. Conté ovejas. Conté hasta cien.

Retrocedí del cien al uno.

Y de nuevo uno, dos, trtrtr…

—Estás temblando.

Lo admito: no caminé por Europa con el cuidado de quien se mueve por un territorio minado, y fui vecino transitorio de sospechosos con medio rostro cubierto (pienso en un grupo de seductoras islámicas en Saint Michel — Notre-Dame), pero apenas cogía lo necesario y me lavaba hasta los codos cuando se podía.

A pesar del concierto, de mi visita al museo, de las juergas en los pubs, consideraba mínima la posibilidad de haberme contagiado. ¿Cuán piña hay que ser para ubicarse justo en frente de un contaminado sin mascarilla en el tren, ese uno de 700 pasajeros distribuidos en ocho vagones, o justo al lado de un infecto en un avión, ese uno de 350 viajeros divididos en tres filas?

—¿Me traes una sábana? Abrígame, por favor.

—¿Cómo vas a sentir frío con este calor, huevón?

Ella seguía en bikini.

—Me ha chocado el cambio de clima. Es invierno en París.

Mamá Soltera me tiró encima una toalla mojada, que hasta me pesaba, y tendió en el otro mueble esa cuidada piel que olía a sal marina. No nos habíamos reencontrado para eso, pero la penumbra ensombreció nuestras intenciones, y nuestras narices, labios y ojos poco a poco también fueron desapareciendo con la oscuridad.

Desperté animado, como si hubiera bastado el viejo «apágalo y préndelo».

—¿Unas chelas? —dije desperezándome.

Mamá Soltera, apenas una sombra, encendió el foco. La luz blanca me debilitó.

—Apaga, apaga.

Pero la oscuridad también jodía: era húmeda.

—Mmm, sigues igual. Caliente —me revisó Mamá Soltera. Se había puesto un polo. Ya era de noche—. Date una ducha con agua helada.

—¿Quieres que me muera? —dije poniendo los pies descalzos en el suelo. Estaba frío. Muuuy frío.

Me levanté. La cabeza me pesaba. Mi cerebro se había hinchado. Las paredes de la sala parecían el interior de una congeladora, y se me puso la piel de gallina como si anduviera desnudo por la nieve de Luxemburgo. Caminé lento y respirando al ritmo de los manuales contra la ansiedad. Sentía que en cada inhalación me hormigueaba el lado izquierdo de la cara.

Me miré en el espejo del baño. La frente mojada de sudor, los ojos reventados y el forúnculo en la punta de mi nariz eran indicios de lo que estaba por suceder.

Un retortijón intestinal, como un latigazo, me puso de rodillas ante ese water playero.

—¿Niño?

El malestar era por ese vino «orgánico» o por esa chela caliente, puaj, o por ese cuchillo sin lavar que hundí en el corcho, ¿o eran esas navajas crudas del bufet o el helado… o era el Perú simplemente? ¿Quién no se enferma con tanto caos? Mi estómago exigía un desagüe, el mar es sucio, pero por más que mis dedos rasparon mi garganta, solo baba salía y colgaba de mis labios.

Puak.

Nada.

Puak. Nada.

El cuerpo es caprichoso.

Toc, toc.

—Niño, ¿todo bien?

—Sí, sí. Ya salgo.

Puak.

—Te ves mal.

Volví al sillón y me tumbé en él. Mamá Soltera me pidió que le hiciera un espacio. Me ofreció sus muslos. Apoyé mi cráneo sobre ellos. Tomé aire profundamente: algas, gambas, ostras. El Sudaca Fino me había detallado sus efectos afrodisíacos. «Vas a botar todo», dijo. Pero el cuerpo es caprichoso. De cada 41 hombres, uno morirá de cáncer a la próstata; de cada ocho mujeres, una sufrirá cáncer de mama.

Uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres desarrollarán un cáncer a lo largo de su vida.

Y ese uno o una siempre puedes ser tú.

Ese uno de todos los pasajeros de un tren. De un bus. Ese uno de todos los asistentes a un concierto de rock. Ese uno con tifus, Epstein-Barr o Guillain Barré.

O con malaria, Ebola o cólera.

O con neumonía, herpes o SIDA.

Las enfermedades marean. Los viajes largos también, Mamá Soltera. Una arcada. Otra mucho más… Me cubrí con una mano. ¡KUEP!

Tarde. El tinto de mis entrañas ya había arruinado la última pedicure de mi acompañante, el cemento pulido de esa casa de Santa María donde no había botiquín de primeros auxilios. En esa playa de la que fui echado por un heladero y un salvavidas.

Por una junta de propietarios.

—¡Ajj! ¡Estás enfermo, huevón! —brincó Mamá Soltera.

—Ya me siento mejor —sonreí.

—¿Qué te pasa? ¡Qué miedo! —se alejó.

—Perdón, necesitaba hacerlo —limpié mis comisuras, jadeando—. Lo siento, lo siento.

Es que el bebé no para de vomitar, tío.

El Sudaca Fino no me había llamado. De repente y todo era pura coincidencia. «Las malas noticias son las primeras en llegar», decía mamá.

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