Como perro de cementerio

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Como perro de cementerio, te acercaste en los tres minutos más frágiles de mi vida. Justo acababa de romper una relación de seis años, que a los treinta y siete son cinco arrugas más en la frente y cuatro más por la boca.

Llamaste mi atención en el taller con ese look de intelectual joven, que no era ningún look sino que siempre usabas el mismo tipo de chompa, el mismo tipo de jean y las mismas zapatillas. Solo las medicinas, que me tenían como a Alicia, explican que no me haya dado cuenta de lo básico que eras, y que poco después haya aceptado ir a bailar contigo al Sargento Pimienta.

Esa madrugada no te aguantaste, me quitaste el vestido y yo confirmé que lo que me atraía de ti era ese olor a fruta recién lavada de los chicos cuando aún no les crece la barba, tu vitalidad. Es cierto, me hiciste sentir de veintitrés, de veintisiete de nuevo. Pero eso fue ayer: la vida es una flecha que avanza cada vez con más fuerza y siempre apunta contra nosotras. Mis amigas me lo advirtieron: No confíes en un niño. Y yo, tonta, me peleé con ellas, creyéndolas envidiosas porque ningún chibolo les decía que las amaba.

Pero tú solo lo decías, porque el que ama no se rinde de un día para otro, y a ti, de un día para otro, literalmente, dejaron de parecerte divertidos los lugares a los que íbamos juntos —¿pero íbamos juntos en realidad?, ¿a dónde iba yo?, ¿a dónde ibas tú?— y empezaste con eso de que Lima era insoportable, de que no había bar o café donde no estuvieran las mismas caras “clasemedieras” —ajá, tu discursito “antisistema”—, y tus visitas se volvieron esporádicas, breves: de seis a once, de siete a diez, de ocho a nueve, y así hasta que no viniste nunca más.

Mi madre me dijo: déjalo, es chiquillo todavía.

Tú no explicaste nada. Solo desapareciste.

Y a pesar de eso, cuando me enteré de tu viaje, me puse contenta por ti —a veces el tiempo hace más que nosotros, como ese centro comercial que han construido en tu distrito—, y te abrí las puertas de esa casa de playa, que es de mis tíos, por cierto, y que no son ningunos subnormales (pero claro, solo en la cabeza de un alcohólico alguien que no tiene sacacorchos es un subnormal).

Hasta tuve que colocar ese cartelito de “Se vende” por si acaso: si te contaba que la casa es mía prácticamente, hubieras querido quedarte todo el verano. ¡Conociéndote!

Y aunque la conversación fue monotemática (tus libros, tus libros, tus libros; ¡antes si quiera hablabas de música!, antes si quiera escuchabas, quiero decir que escuchabas de verdad, no con esa pose de sarcófago), y aunque fue accidentada esa media hora de lo que al parecer es lo único que sabes ofrecer, pensé que quedaríamos como amigos, como la gente sana.

Pero no.

Si lo único que te faltaba era rajar de mí en público, ya lo hiciste, pues. Bravo.

Rubia Koleston, ¿no?

Mamá Soltera.

Pucha, esta Mamá Soltera te dio de comer cuando tu madre te echó, ¿o no te acuerdas de que te pagaba hasta las chelas, que incluso me presentaste muy fresco ante los carroñeros de tus amigos como “tu mecenas”? Y en vez de unas gracias, ¿qué recibo a cambio? Tus burlas, pues. Tus burlas. Como toda la vida. ¿Es que tengo cara de tarada o qué? ¿Por qué todos los hombres me utilizan?

Dime.

O mejor no, no digas nada, porque por más que quiera nunca te voy a comprender. Yo soy luz; tú… tú eres un monstruo. Es que ¿qué clase de persona hay que ser para escribir tantas calumnias, ah? “Mamá Soltera me ofreció sus muslos”. Claro, como eres escritor, cuentas lo que te conviene.

En ninguna parte dices que te mandaba a la ducha fría para que se te pase la calentura, no de fiebre, por si acaso; y aclaro: en ningún momento te “ofrecí mis muslos”, sino que tú, conchudo como toda la vida, pusiste tu cabeza allí, y yo, sonsa como siempre, acepté por lástima nomás.

ERROR. Me llenaste de tus energías negativas. Tuve pesadillas contigo, huevón. ¿Ya estás orgulloso?

Y por si fuera poco, en los días siguientes, en la cola del supermercado, rodeada de coches con castillos de papel higiénico que, pucha, me daban migraña, me preguntaba si de la nada estábamos a punto de convertirnos en otra Venezuela, y en todas las caras del rededor solo hallaba como respuesta tu expresión cínica, esa mueca que haces cuando quieres parecer más inteligente de lo que eres pero solo pareces más huevón.

Aj, la fila no avanzaba. Tuve que ir a una bodega a comprar productos corrientes. Pregunto: ¿Todavía te da risa o ya entendiste la diferencia, ah? Tú comes, niño; yo me nutro. Es que eres increíble. Te di una habitación, por ti usé esas colonias y jeans baratos que tanto te excitaban, ¡y tú te has mofado hasta de mi alimentación! Pero qué podía esperar de ti, pues, si cuando te mostré lo que escribía, dijiste que era una “artista de lo doméstico”. Ja. Creí que te referías a mis historias, pero ebrio balbuceaste que mantener una casa limpia y ordenada como la mía era casi tan valioso como escribir alta literatura, y te carcajeaste tan fuerte que se me erizó la piel por la idea de que todo Surco se enterase de lo ridícula que era, y al día siguiente no fui a la feria ecológica como todos los domingos por pura vergüenza.

¡Cómo me arrepiento de haberme inscrito en ese taller literario, de haber ido a la playa contigo, puta madre!

Dos semanas después de verte, me comenzó a doler la cabeza, me faltaba el aire. Llamé a los números del ministerio y nunca contestaron. Todo me daba vueltas, se me había bajado la presión. Mi hijo me llevó de emergencia a la clínica.

Mal día. Había un escandaloso en la puerta que no dejaba pasar a nadie. Gracias a Dios, uno de los vigilantes me reconoció y me ayudó a pasar. Para que veas que no hay que tener dinero para ser gente, se disculpó y nos explicó que el pesado ese se negaba a dar su garantía. Quería entrar como sea y desmayarse en el lobby para que lo hospitalizaran gratis. Conchudo, pues. Conchudo. No entiendo para qué se afilian a una clínica si luego no van a poder pagar. Perjudican a los que somos responsables. Yo no tengo miedo de decir las cosas como son, ¿manyas?No soy hipócrita. Es mi salud.

Pucha, había demasiada gente esperando. Una enfermera me recomendó la prueba de descarte, 560 soles. Sí, la gracia de invitarte a Santa María me costó 560 soles. Y tú llorando por un vino. Pfff. Ridículo. No tienes ni idea de cómo te detesté cuando me metieron ese hisopo del tamaño de un destornillador en la nariz, huevón.

El resultado recién lo sabría dentro de dos días, me dijeron. Una asistenta sugirió que me internara. Aún hay camas, dijo, y si se confirmaba mi caso, posiblemente necesitaría oxígeno por mi edad. De verdad, me dan ganas hasta de golpearte. O sea, lo mínimo que hubiera hecho alguien con cierto criterio era avisar, ¿no? Pero otra vez: desapareciste. Y tienes la concha de criticarme porque le pagué con un billete de cien a un heladero cuando es lo más normal del mundo —o sea, le pago por su trabajo, ¿manyas?—, ¡ah!, pero el señorito JAMÁS admite que lo puso en riesgo, como a mí.

Veinte mil soles por tu gracia. ¡Veinte mil! Y eso que los del seguro cubrirían una parte, ah. Mi hijo me dijo que no me preocupe, su papá se encargaría. No lo iba a permitir, pues. No era justo. Yo planeaba demandarte por delito contra la salud pública.

¡Cómo no di positivo, caray! Es que nunca creí que fueras capaz de esta bajeza, de esta cobardía, pero claro: tú siempre estás superándote, ¿no?

Bravo.

¿Cuál es la causa de tu resentimiento conmigo, ah? ¿Es porque soy blanca?, ¿es porque tengo plata? La tengo, pues. ¿Qué quieres que haga?, ¿cuál es tu problema con eso? Deja a la gente buena ser feliz. No pretendas que todos sean unos cagados como tú. Para ya. Y en verdad trátate porque estás lleno de odio. Solo perturbas a la gente con tus historias de miseria.

Y si algún día te cruzas conmigo, no te atrevas a acercarte, ¿OK? Haz como si nunca nos hubiésemos conocido. Huevón.

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