Capítulo IV: Abandonado en el Puente Atocongo

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Lo que sigue es verdad. San Juan de Miraflores es verdad. El ministerio de Salud es verdad. El virus es verdad. La enfermedad de papá es verdad. La Tóxica también es verdad.

Volvimos a Lima de noche. Mamá Soltera recorrió a 110 kilómetros por hora la Panamericana Sur mientras yo, tirado en el asiento trasero, empezaba a dudar: ¿Y si sí me he contagiado?, ¿si no es gripe ni un resfriado nomás?

Contuve la respiración por si acaso. Conté mentalmente hasta diez. 1 2, 3 4. 5.

6. 7.

8.

9, 10. Pulmones: OK, sin fibrosis. Los enfermos no aguantaban esa prueba, tosían. Cof cof.

Mamá Soltera frenó en el puente Atocongo.

—¡Tenías que entrar por la derecha! —le dije.

—Sorry. Ni loca entro a San Juan —dijo ella y vio por el retrovisor al tarado que nos apuraba con el claxon—. ¿Te bajas?

Caballero, salí de la camioneta como una sombra, en silencio. La rubia Koleston continuó por la Panamericana con rumbo a Las Casuarinas, Lima Top.

Traté de subir rápido como las demás personas por esas escaleras con huellas de orín, pero mis sandalias no ayudaban y cierta debilidad en los tobillos hacía que alzara los pies como un zombi. Esa debilidad, en cambio, sí ascendía furiosa por mis piernas y se diseminaba sin que pudiera detectar su ubicación: los huesos me ardían y la misma sensación iba esparciéndose por toda mi piel. La molestia había disminuido mientras yacía inmóvil en la camioneta, pero ya no podía detenerme, tenía que llegar a casa, a mi cama, y, carajo, revisé mis bolsillos: no me alcanzaba para un taxi. Y ya no había tren.

Con cierta desesperación, eludí puestos ambulantes de comida que habían tomado las veredas, incluso partes de la pista. Olores a anticucho, a canchita, a salchipapa me revolvían el estómago. Iba a vomitar sobre esas personas que, bajo una grasienta iluminación amarilla, rodeados de montículos de arena y piedras, descuartizaban su pollo broaster.

Les ocultaba mis ojos enfermos. Me había imaginado huyendo del virus como Pac-Man cuando despegué de España y de Francia, los países con más contaminados después de China; y resulta que el peligro era yo.

Unos venezolanos gritaban «¡Arepa, arepa!»; «tres por un sol, tres por un sol», respondía una voz aguardentosa, en alguna parte, en otro cerro; y los coristas del transporte público: Marsano, Benavides, Parque Kennedy. Todo Ayacucho, Higuereta, Angamooooos. BenaidesBenaidesBenaides. Sus camisas celestes, sus pantalones caídos. Las monedas o la mugre saltando en sus manos. Le había descrito esa convulsión a Periodista Loca. «Qué divertido es Perú, ¡quiero ir!», dijo osada en un hotel de cuatro estrellas, doscientos euros la noche, habitación simple. Parecía una alucinación. ¿De verdad había estado allí, en ese país donde siete mil soles es el sueldo mínimo, donde el transporte público es gratuito?

10 de marzo. 10:30 p.m. A esa hora no había ni un alma en las calles luxemburguesas, o sí: un sudamericano temblando entre violentos copos de nieve, oyendo solo su respiración agitada. Perdido y sin conexión a Internet.

¡Ciudad, San Juan, Paraísoooooooo! ¡Sangrabriel, Sangrabriel!

La gente se agrupó en la vereda para cruzar, para que no atropellasen a nadie. Los carros protestaron: tiiii, taaaa, tiii. El semáforo estaba en rojo para los peatones. ¿Pero qué significa un semáforo en rojo en el Perú?

¡Avancen, avancen! ¡Sube, sube! ¡Pisa, pisa! ¡Lleva, lleva!

En plena avenida, diminutos ante la sonrisa de un líder de opinión en un cartel publicitario, hombres luchaban por abordar buses y combis repletos como si los fueran a llevar a la tierra prometida. La tierra prometida se llamaba Hospital María Auxiliadora, San Gabriel, Nueva Esperanza o una vieja realidad que no contaba con servicio de agua potable.

Me saqué la mochila de la espalda y la colgué en mi pecho, cuidándola de los ladrones. Subí a tientas por la puerta posterior de un microbús que me alejó de los postes con anuncios ennegrecidos de ¿Atrazo menstrual?, ¿Necesita dinero?, Préstamos al instante solo con su DNI.

Diez y treinta y cinco. Una multitud aplastada y aferrada a dos pasamanos pegajosos, una multitud samaqueada en los baches. Mi cerebro, troc, troc, era un bloque de concreto raspando el interior de mi cráneo. Y, en vez de huesos, tenía vidrios. Troc, troc.

«¿Alguien baja cine?, ¿cine alguien?», preguntaba el cobrador. «Pisa nomás, Ciudad bajan varios», le dijo al chofer.

La tierra prometida también se llamaba Ciudad de Dios, mercado mayorista con ocho vías convergentes en el centro. Venta de drogas y pirañitas a la caza de distraídos. Mi entrepierna rozaba el hombro de una señora que los vio y estrechó su cartera contra su pecho; otra metió una bolsa entre sus talones; otro guardó su celular. En la pista había cráteres, troc, troc, y las ventanas del carro eran escaparates de prostitutas viejas y gordas que fumaban apoyadas en las vitrinas arenosas de una tienda de electrodomésticos: «El Gallo más Gallo».

¿Qué probabilidades hay de que a uno le toque nacer en una ciudad como Lima?

«Puente San Juan, Puente San Juan», gritaba el cobrador, palmeando la lata del vehículo. «¡Bajo, bajo!». Pero el pasadizo era una impenetrable masa de jeans y de polos. A pesar de tu calzado extranjero con cámara de aire, la salida siempre se verá muy lejos desde el medio de un bus lleno en la avenida Los Héroes.

«Permiso, por favor. Permiso», me escabullí hasta la puerta, penetrando esa maraña con el codo en alto, detrás de una corpulenta chama, vendedora de diabetes de sublime sabor.

Finalmente bajé. Palpé mis bolsillos. Fiuuu. Estaba completo. El tubo de escape me despidió con una ventosidad negra, una estela tóxica hacia la periferia, hacia el fin del mundo. Lo que se conocía como la capital había terminado hacía rato. Los cerros, dos tubérculos gigantes con cientos de chispas, me daban la bienvenida a mi vecindario. Aguanté la respiración para no contaminar mis pulmones.

Y tosí. Tomé aire nuevamente en el hostal de la esquina mientras un loco semidesnudo y raquítico deambulaba espectralmente por la estación de tren.

Faltaban cinco calles. Solo un parque y cinco calles.

El viaje de trece horas en avión había durado menos.

San Juan de Miraflores es ese distrito a donde los taxistas del centro te dicen: No voy.

De hecho, en los setenta, cuando San Juan era todavía un arenal con pocas pistas y bloques de viviendas, mi abuelo le compró la casa a precio de remate a un taxista. Su esposa, con quien vivía en una quinta de Pueblo Libre, lo había convencido de que la venta era la mejor decisión: nadie los iba a visitar allí. En San Juan.

La Tóxica llamó por teléfono cuando cruzaba el pasillo. Mal timing desde hacía un mes.

—Ya fue lo de mañana —le dije.

—¿Qué? —hirió mi tímpano derecho. Le bajé el volumen a su voz—. ¡¿Por qué?! —gritó aun más fuerte y tuve que repetir la operación.

—Nos vemos otro día —dije subiendo por las escaleras.

—¿Ya no me quieres? ¿Es eso?

—No es eso… —jadeé.

—No nos hemos visto en casi un mes.

—Me siento un toque mal —apoyé el celular en mi hombro, introduje la llave en la puerta del departamento.

—Estoy yendo a tu casa ahorita —amenazó.

La sala estaba a oscuras. Olor a perro y a estofado. Mini corrió hacia mí ladrando. La ignoré, abatido. Dejé mi mochila encima de la maleta, en medio de mi dormitorio, y me puse una chompa que encontré en la cama.

Me recosté. Encendí la lámpara. Unos lunares habían aparecido en la parte inferior del foco, y alumbraba apenas.

Frente a mí, sobre una pila de libros, aguardaban las zapatillas blancas que el Sudaca Fino me dio en nuestro último desayuno a cambio de que me cortase el pelo y de que acabara de una vez por todas con la Tóxica. Había percibido mi tristeza mientras paseábamos por Madrid.

«Chaval, nadie que te quiere te termina porque te vas de viaje por tres semanas», me dijo. «Que se vaya a la mierda».

Apagué mi teléfono. El nombre de la Tóxica, titilante, se fundió a negro como la pantalla sobre el velador.

«¡Mamá, mamá!», grité. «¡Mamá mamá!».

Y de inmediato, oí su dedo presionando el interruptor de la sala —un relámpago, la luz estableciéndose—, sus pasitos.

Cuando la vi en mi puerta, le advertí:

—¡No entres! ¡No entres!

Achinó sus ojos. Se puso lentes y preguntó:

—¿Por qué estás tan abrigado, hijo? ¿Estás mal?

Su sombra se estiraba hasta el pie de la cama, conectándonos.

—La gripe, creo. Pero quédate ahí nomás, no vaya a ser que…

—Ay, hijito. ¡Ya decía yo! Te vi decaído en las fotos que nos mandaste ayer —me sobrepasaba su visión maternal de rayos X—. ¿Qué sientes?

Empezó a parpadear. Era el mismo tic nervioso de cuando la llamaban del banco por una cobranza: sus pestañas como dientes que mordían con fuerza sus ojos.

—Me duele la cabeza —dije. No era ese dolor de cuando te golpeas con el techo de la combi, sino uno generalizado, como una inflamación cerebral, como una taladrante resaca de ron Pomalca.

—¿Tienes fiebre? —preguntó, y desapareció antes de que le responda.

Volvió de inmediato con un termómetro de mercurio. Era para la axila, pero entonces no lo sabíamos.

—¡No entres!

Por su clavícula, emergió la cabezota de Mascota. Mi cuarto estaba frente al suyo, separado por un baño que compartíamos. Muy a su estilo, se comunicó conmigo a través de mi madre: ¿Qué tiene el vago, má?

—Gripe —mamá agitaba el termómetro en el umbral—. Y ya te he dicho que no llames así a tu hermano. ¡Hijo, no camines descalzo! ¡Ponte medias!

Obedecí y fui hacia ella como si me estuviera despedazando. El sudor ya se había concentrado en el nacimiento de mi cabello. La transpiración humedecía hasta mi chompa.

—¿No habrá traído ese virus, no? —mi queridísima hermana adolescente de nuevo—. ¡Ahora nos va a contagiar a todos, má! ¡Mejor se hubiera quedado allá! —dijo con serios deseos de apropiarse de mi cuarto, que sí tenía closet—. Cuidado, ¡no te acerques, má! —la jaló.

—Estira más tu brazo, por favor —le pedí a mamá.

Y como un pescado con el anzuelo, encajé el termómetro en mi boca. Lo metí bajo la lengua. Regresé al colchón.

Tres minutos después, mamá dijo:

—Treinta y ocho y medio.

—¿Eso es fiebre?

Es fiebre, respondió Google. Mamá Soltera había acertado con su diagnóstico. Después de todo, también era mamá.

—Póntelo en la frente —mi madre me lanzó un paño frío—. ¿No quieres un té con limón?

Ella solucionaba todo con infusiones: dolores, insomnio, un ex matrimonio.

—No, ya se me pasará. Descansa nomás. Y no le digas a nadie, no se vayan a preocupar.

Esperé a que mamá y Mascota se metieran en sus cuartos para buscar la hojita que recibí en el aeropuerto. Pero no veía por ninguna parte el pantalón donde la guardé. De hecho, el cesto de ropa sucia no estaba en su sitio, y en la lavandería del departamento no había más que toallas en el tendedero.

Pero ¡bingo!: la casaca de la suerte y demás prendas del viaje se secaban en el patio de la primera planta. Mi abuelo, ¡cuándo no! Mis tías le suministraban kilos de detergente para las dos camisas que vestía. Era el responsable de que yo no oliera a papaya.

Me puse guantes y me colé como un sicario en su piso. Mi abuelo estaba abstraído, viendo la televisión en su cuarto. A volumen para sordo, un político de ultraderecha le deseaba la enfermedad al presidente, entre las risas de los panelistas.

Mi pasaporte, con el papelito dentro de sus páginas, lo habían dejado sobre la cesta. Ya en mi habitación, marqué el 113. Recién en el quinto intento, con voz distante y diligente, una mujer del ministerio de Salud me preguntó si había estado en Europa.

—¿Y qué síntomas presenta, señor Palomari?

—Fiebre nomás.

—¿Tos?, ¿dificultades para respirar?

—No, no. Fiebre, solo eso —dije frotando con las yemas de mis dedos los varios tickets del Renfe y de Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya que había en mi billetera.

—¿Estornudos?, ¿congestión nasal?

—No. Ya le dije: fiebre. Fiebre —repetí leyendo los nombres franceses, rusos, italianos en las tarjetas de mujeres a las que había besado en la feria hasta seis veces: tres para saludar, tres para despedir—. Solo tengo fiebre, señorita.

—Muy bien, señor Palomari —escuché que tecleaba—. Acaba de ser registrado en nuestra base de datos. Nos pondremos en contacto con usted dentro de veinticuatro horas.

—¿Y qué hago ahora entonces?

—Descanse —dijo. El clásico: «Apague su módem, espere un minuto y vuelva a encenderlo»—. Si tiene dificultades para respirar, llame nuevamente.

Colgó.

Dificultades para respirar. En la adolescencia, nocturnos ataques de ansiedad con pánico solían presionar mi pecho. Me hundía en el colchón como en un pantano con facciones femeninas. Me ahogaba… o sentía que me ahogaba. En esa época me enteré de que el cerebro solo resiste de cuatro a seis minutos sin oxígeno. ¿A eso se refería la señorita del Minsa?

Dificultades para respirar. American Cancer Society El cáncer y su tratamiento pueden causar dificultad para respirar o la sensación de no poder recuperar la respiración. Esto se llama disnea. A menudo se describe como falta de aliento (…)

Investigar en Internet es lo que hacen los masoquistas a esas alturas en que solo se consiguen sustos. Y yo lo era. Hasta usar a la Tóxica de somnífero hubiera sido más sano que revisar en mi laptop las noticias de España: dos mil contaminados y cincuenta muertos por el virus.

Apagué la computadora e intenté dormir.

Intenté…

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