Capítulo V: El más frágil de tu árbol genealógico

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Es un chiste hasta que despiertas empapado sin reconocer dónde estás, hasta que piensas en tu padre como en una calavera apenas revestida de piel, postrado, hecho pura nariz, tu padre hecho solo un cartílago aguileño sobresaliendo de un colchón barato.

Yo no había dudado de la fortaleza física de los Palomari hasta ese día en que papá moría delante de mí. No dudaba porque había oído varias veces la misma anécdota.

Fue en la última semana de 1986. Mi abuelo trabajaba en una fábrica textil, en el turno de madrugada. Era sordomudo y, por ese consuelo de que la falta de un sentido se compensa con la perfección de otro, le bastaba con tocar una maquinaria del tamaño de dos casas para descubrir la pieza que fallaba.

Descansaba en un altillo cuando cayó de espaldas.

¡Pum!

El impacto fue en la nuca. Sus compañeros lo auxiliaron. La sangre humedeció sus manos. Lo llevaron al Hospital Central del Empleado, comúnmente llamado Rebagliati. El doctor que lo cosió, sin placas de por medio, le explicó a mi abuelo mediante señas que el sangrado era lo mejor que podía suceder en esos casos: así se evitaba la formación de coágulos que sí eran peligrosos. Y cuando los panaderos ya pedaleaban sobre la avenida Salaverry, mi abuelo salió del hospital caminando muy tranquilo tras la breve intervención y volvió a casa en un Enatru. En el almuerzo, compartió los detalles de su accidente con mi abuela y con sus hijos.

De inmediato retomó sus labores, como si nada hubiera pasado. Mi abuelo amaba su chamba, decían todos. En los días posteriores, papá vio a mi abuelo frotándose el vértice del cráneo, quejándose. Me pregunto: ¿Cómo se comunica el dolor, que de por sí es muy íntimo, cuando no se puede hablar?

Por insistencia de mi tía, al abuelo lo examinó uno de los pocos doctores que había en San Juan, el médico de cabecera de todo el vecindario. Este le diagnosticó una infección urinaria. Atinó a medias quizás. Lo cierto era que se acababa la vida que había conocido mi padre, esa de ir cada noche al trabajo de su viejo con un táper de comida. A partir de 1987, papá siempre va a decir que los hospitales son tristes, una frase obvia que se hace más profunda en boca de quien perdió a su primera enamorada por un cáncer, Mientras los chicos de su edad aprendían a besar, y las noches de viernes y sábados bailaban en quinceañeros, papá conversaba con el padre de su novia enferma: primero en su casa, luego en el hospital. El hombre le decía: Ya olvídate, hijo. No vengas más.

Y solo dos años después, a pesar de la consulta particular, las capacidades motoras de mi abuelo se atrofiaron: no podía caminar y los esfínteres le fallaban. Mi viejo cumplió dieciocho años en esa semana, el 31 de diciembre, y el cuatro de enero unos enfermeros jalaban la camilla donde transportaban a su padre inconsciente.

Era una emergencia, pero en el Rebagliati los doctores no se decidían. Mi tía, tres años mayor que papá, con estudios universitarios, los encaró. Le respondieron que en el hospital no había escáner para exámenes cerebrales. Contando desde el día del accidente, las pruebas se realizaron con 168 horas de retraso… en un servicio privado. Un coágulo dentro del cráneo de tu papá es el dolor vallejiano creciendo a treinta minutos por segundo.

Mi viejo, por ser hombre, se amanecía en el hospital. Una de esas noches, un neurocirujano se lo dijo. Operar. Urgente. Única opción. Era una operación riesgosa: problemas con la memoria, con la visión, con el equilibrio. Pero operar. Urgente. Y papá estaba solo. Y debía de firmar una orden que protegería al hospital en caso de que el resultado no fuera el que esperaban. Papá era apenas mayor de edad en esos años en que con las justas había teléfonos en las casas de San Juan. Consultar con la familia implicaba llamar a un vecino, joder a medianoche.

Papá dudaba.

No hay problema, piénsalo, le dijo el doctor, pero mientras más tiempo pase…

Y papá consintió.

Esperó sentado al lado del pasillo de las salas quirúrgicas, bebiendo café, alerta al vaivén de las puertas que se abrían y se cerraban. Atento a los chirridos de las ruedas sobre ese piso que otros esmaltaban con sus lágrimas.

Las camillas salían de rato en rato. Papá vio una con un cuerpo, pero no era el de su padre. Media hora después, apareció otra con un muerto embolsado.

¿Palomari?, les preguntó temblando a los enfermeros.

No.

Sacaron a un segundo y a un tercer cadáver.

Y otra camilla con una persona descubierta. Era el abuelo, aún dormido, con la frente vendada.

—Tu viejo es de roble, campeón —le dijo el doctor a papá.

El abuelo había sobrevivido, pero era necesaria otra operación. Lo operaron dos veces más y lo derivaron al área de cuidados intensivos, donde resistió cuatro días hasta fallecer un jueves en que papá fue reemplazado en la guardia por su hermano mayor recién llegado de los Estados Unidos.

Me habían contado siete u ocho veces esa historia. Y mi memoria registró la frase “tu viejo es de roble” como un mantra. Una garantía de fábrica: yo también era duro.

Recién cuestioné ese mito en el 2018, durante la inauguración del mundial de fútbol. De la primera a la segunda fecha, papá adelgazó cinco kilos. La última vez que lo había visto, se le reventó la llanta del auto y la cambió sin despeinarse. Esa misma semana papá me llamó por unas medicinas. Raro: papá no era de pedir favores. Fui a su habitación alquilada para entregárselas. Su puerta estaba abierta. Y en ese momento, entendí todo: papá se había reducido a un pico en el centro de la almohada. Tumbado en la cama, sus brazos parecían palos chinos rotos, inservibles para levantarse, y la transpiración caía como ríos rojos por su sien, por su cuello. Aun así, papá miraba un partido con indiferencia, masajeándose los ganglios de la mandíbula, como si el asunto no fuera importante o, en última instancia, le incumbiera solo a él.

La identidad pública de los varones de San Juan es un compendio de aventuras callejeras. Mi padre se había roto el tabique en un campeonato. Y no lloró. Mi padre se había enfrentado a un barrista con medio metro más de altura, lo noqueó de un puñetazo. Y no lloró. Mi padre me había inculcado que hay que dar pelea. «Aunque sepas que vas a perder, pelea. La derrota siempre honra más que el acobardamiento». El hombre que me lo dijo se negaba a ir al doctor. Era como un viejo recién nacido, coloradísimo, amarillo. «Macho peruano que se respeta se aguanta nomás. Con esto se me pasa», dijo sudando. Pero el consumo de los medicamentos para tratar su gota no funcionó.

Papá desaparecía y con él todo San Juan.

¿No que éramos de roble?

Papá solo aceptó ir al médico por el apagón, ese día en que su vista se nubló mientras iba al baño como todas las mañanas y encegueció durante dos o tres minutos que se borraron de su memoria. Cuando recobró la conciencia, aún abrazaba a la pared.

En el Hospital de la Solidaridad de Surco nos dijeron que lo de mi viejo era una afección pulmonar; en el Seguro Social de Salud descartaron ese diagnóstico, incluso lo contradijeron. En resumen, pasó un mes y no obtuvimos ni media certeza. Y no hay nada más desesperante como sentir que te mueres sin enterarte por qué.

Para entonces, yo ya me había mudado con papá a casa de mi abuela, en una avenida de árboles raquíticos, también en San Juan. Preparaba su desayuno, y el almuerzo se lo daba con una cuchara en la boca como a un niño que no quiere comer. Hasta esa fecha, nunca había convivido con la enfermedad. Tiene un olorcito húmedo, ácido. Es un envolvente olor a orín animal, a medicinas, una pestilencia que se impregna en las paredes más sólidas, mejor pintadas. En las ojeras.

Al despertar en esa madrugada de marzo del 2020, yo sudaba a chorros como mi padre, hedía igual que él. Una pésima señal. Había dormido cuarenta y cinco minutos, exagerando. Eran casi las dos. La ropa mojada se había adherido a mi espalda. Saqué un polo viejo de mi closet y me cambié como papá. Contemplé la huella líquida en el algodón: un mapa, dos continentes, y volví a acostarme.

Por más que mudé de posición (fetal, bocarriba, bocabajo, en equis), y por más vueltas que le di a la almohada, mis ojos se hundían, retrocedían como si las retinas los jalasen con fuerza, negándome el sueño. Mi cuerpo, a esa hora, ya era ingobernable. Movía la pierna derecha, o esta temblaba sola, ajena a mi respiración sibilante, y a la mitad de mi columna latían dos contracturas, una por lado. Los riñones, pensaba. El alcohol le tiende la factura a este joven.

Descanse, me dijeron, ¿pero qué insomne baja los dedos en la época de Internet? Consulté un cuadro de diferencias entre los síntomas de gripe, resfrío y coronita. Casi un De Tin Marín De Do Pingüe.

¿Cuál quieres, tesoro?

Curamacaratiterefue.

Leí sobre los primeros muertos. El virus les había causado fiebre, como a mí. Escalofríos, como a mí. Inflamación pulmonar, una tormenta de citoquinas. ¡¿Qué chucha era eso?! ¿Y por qué mi organismo fallaba justo en la capital de los hospitales inhóspitos? ¿Por qué no en España, Alemania, Francia o Luxemburgo?

«Cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir» es un proverbio chino. La profecía de Eterno Estudiante se hacía realidad: enfermar en el país donde te amputan la pierna sana, no la gangrenada, donde se pierden expedientes de pacientes de cáncer, donde vas a pie por una liposucción y te sacan en bolsa de basura.

Las manos, los brazos se me habían adormecido; mi conciencia no, palpitaba con miedo. Mente caprichosa. Necesitaba dormir. Pensé en robarle un alprazolam a mi madre, pero me disuadió esa vez que mezclé con alcohol y acabé en el techo.

En el borde del techo.

Apenas las dos y cinco. El tiempo transcurre muy lento después de un viaje, pero aún más lento si te sancochas bajo tus frazadas, hecho una mierda, abochornado y abochornando a tus antepasados, sintiéndote el máximo ejemplo de debilidad de tu tronco genealógico, la deshonra, el vencido.

Sudaba, hervía, derretía mi ropa, las sábanas. Mamá encontrará un hueco con mi silueta en la cama, mamá encontrará solo cenizas de día, deliraba. Mis neuronas se sumergían en aguas oscuras; mi cerebro, en un naufragio. Un vaivén violento. Un caramelo en la boca de mal agüero de Mamá Soltera.

Dormir. Dormir. Dormir. Hasta las máquinas necesitan un descanso. Pero lo siento, mi niño: apagarte no es tan sencillo como apretar por tres segundos un botón de tu celular.

El cuerpo es caprichoso.

Descanse. Eso me había dicho la mujer.

Descanse.

Pero cómo puedes descansar cuando apestas a muerte.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp