A fines de marzo

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A fines de marzo, de noche, empezó a ingresar una pesada bruma por la ventana de mi cuarto, por cada ventana de mi casa e incluso por las rendijas de las puertas. Era por las cremaciones en el cementerio que hay a seis cuadras, cuyo aliento sentía como si me lo tirasen en la nuca, en la nariz, en los oídos, la respiración de un pirómano de cinco metros de altura que jugaba a pulverizar cuerpos, volviéndolos cenizas.

La humareda, con el olor característico de las llantas que se queman en las protestas, era nauseabunda, y hasta hablar nos era un fastidio por las repentinas ganas de vomitar. Yo, asmática, temía que ese vapor alcanzara mis pulmones, y por más que mi viejo tapó cada resquicio con gutapercha, plásticos, con cartón, los espíritus de quienes aún negaban su muerte, según mi vieja, ya se habían instalado en la cocina, y de madrugada movían los cubiertos, prendían la radio o asustaban a Miki, que ladraba y despertaba a todos.

Yo temblaba de miedo y me desvelaba por ti, te llamaba y tu celular apagado. Me dirás loca, pero oía tu voz, oía que me hablabas en mi insomnio –¿no me oías tú?–, y entonces creía que habías muerto, que era cierto que enfermaste, que yo era una tonta, no te quería como se debe, era culpable, hasta que recordaba esa frase de tu infancia, las malas noticias son las primeras en llegar, y recobraba la calma y dormía, sin saber exactamente para qué.

Porque, tras un par de semanas de teletrabajo, prácticamente me despidieron de la agencia. La suspensión perfecta. Y de la noche a la mañana me quedé sin nada, ¡sin chamba, sin flaco!, y por si fuera poco, mi viejo, otro desempleado, se emborrachaba antes del almuerzo mirando los mensajes presidenciales, renegaba, y mi vieja a diario cocinando, y pucha, no sé, me preguntaba si siempre había sido así, si ese era un matrimonio normal de treinta años, si era igual cuando me quedaba a dormir en tu jato, si inconscientemente no había optado por olvidar esa realidad con el trago, con la hierba, puta hasta contigo, ¿me entiendes?

Es que ya no había qué diseñar ni fotos para editar, ya no había un chico con quien conversar de madrugada, ya no había bares, tonos, nada, solo esa ventana cerrada desde donde veía calles vacías, el parque donde solíamos chupar un vinito, besarnos, ese parque ahora clausurado con cintas amarillas, y yo tan cerca y tan lejos de él, acariciando mi reflejo en una ventana empañada por la densa neblina proveniente de esa luz amarilla que se prendía a partir de las ocho de la noche, cuando los cadáveres eran echados al fuego, y me perturbaba la idea de que pronto me quemarían también, quemarían a mi viejo, a mi vieja, a Miki. Quería escapar, correr, buscarte pero los policías patrullaban, escuchaba los motores de sus camionetas, sus sirenas. 

Estábamos atrapados con esa ansiedad áspera lijándonos el pecho.

Y los días se sucedieron sin que supiera si era martes, miércoles o sábado, no recuerdo casi nada, solo extrañarte como una huevona, llorar, y que los domingos –porque los domingos siempre son más tristes– papá prendía el televisor, y hasta mi cuarto llegaba el conteo de muertos, mil, dos mil, tres mil… Me preocupaban ellos, mis viejos. No había delivery, yo no podía ir a comprar por mi asma, y papá salía al mercado y cada hora que estaba en la calle me era insoportable. ¿Qué hago si se contagian?, ¿qué pasa si se mueren?, me friqueaba, no estaba preparada, pero, puta, ¿alguna vez estás listo para eso, para decir hasta nunca?

Yo sé que siempre he sido una dramática de m, pero te juro que esa angustia era paralizante, hasta se me cayó el pelo, bajé de peso, y no lo tomes a mal pero todo comenzó cuando te fuiste de viaje sin mí, ¿me entiendes?, el resto solo fue esa maldita neblina haciéndose más y más pesada. El dolor no hubiera sido tan profundo si hubieras seguido a mi lado.

Las chicas me animaban, me invitaron a fiestas por videocámara. Huevadas, pues, eso es para chibolos, pensaba, yo ya era una mujer de veintinueve años (qué vieja me sentía, carajo), pero me pregunté qué son los veintinueve años, o sea, ¿no es la edad en que estás en medio de todo, en que juegas tus cartas más importantes, en que aún puedes recoger tus pedazos rotos del suelo, juntarlos y empezar otra vez?

¿Discotecas por Zoom? ¿Por qué no?, me dije. No te voy a mentir, no eran la gran cagada, pero conocí a un par de patas chéveres, un argentino, otro español. ¿Y de eso se trata, no?

Experimentar.

Y paulatinamente fui olvidándote, y una noche de abril lloré porque no había pensado en ti durante todo el día. Luego, semanas y meses ignorándote como a esa luz del cementerio, que continuó encendiéndose. Esa bruma gris no dejó de acercarse a casa como un ejército de fantasmas, pero el olor a muerte estaba tan dentro de nosotros que ya ni lo percibíamos.

Ya no le temíamos. Simplemente nos acostumbramos. Cuatro mil, cinco mil, seis mil fallecidos.

Ahora pienso que estoy en la última etapa de mi proceso, de mi crecimiento personal. Ya ni me importa quién será esa Periodista Loca de la que tanto hablas o esa Mamá Soltera. No estoy para esas cosas.

Pronto cumpliré los treinta años, como tú. Dime entonces: ¿no te parece que este es el momento de perder toda esperanza, de desaferrarse de cualquier cosa material o sentimental para lanzarnos a vivir sin ataduras, sin rumbo, porque luego ya no se podrá, porque luego pesará la piel muerta que se acumula en nuestras frentes?

¿No crees que sea hora de que me contestes el teléfono, Palomari?

PD: Agradezco que no hayas contado lo de esa noche que fui a tu casa. Esa persona es parte del pasado. Y el pasado no existe, querido mío.

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