Categories
Parte 2

Capítulo VII: La noticia que nos hizo llorar

Solo un desmayo convenció a papá de que necesitaba parar. Sin tienda, ocupó sus horas con la televisión: fútbol inglés, fútbol italiano, fútbol español. La Ley y el Orden, La Ley y el Orden. La Ley y el Orden. Le presté un libro gordo de Mario Vargas Llosa, pero solo lo hojeaba para dormir.

Le interesaban otros temas de lectura.

No recordaba almuerzos con papá en los que no extendiera las hojas de El Bocón sobre toda la mesa mientras comía apurado con cuchara, encorvado, respondiendo monosílabos con la boca llena: seh, no, ajá. En cinco minutos, devoraba su plato. Ahora sobraba tanto tiempo que hasta lonchábamos juntos.

Los promotores de esas tardes eran mis abuelos maternos. Llegaban a eso de las seis con pan integral y algún relleno poco o nada procesado: queso fresco, aceitunas, pollo, sangrecita. Todo rico, pero lo mejor era compartir con ellos. Una mesa variopinta: mi abuela sordomuda, mi padre con sus suegros, Soltero Maduro (y en ocasiones su mejor amigo). Conversaciones de antología. Por ejemplo, el relato en voz de papá del primer televisor a colores en el barrio. Me fascinaba que todos los vecinos de la cuadra se reunieran en una misma sala por un partido de Perú. Era algo que yo hubiese querido vivir, que hubiese intercambiado por el paradigma contemporáneo del «cada uno con su televisor en su cuarto». Y por ratos pensaba que si papá fallecía, con él no solo desaparecería un distrito –quiero decir que San Juan perdería todo sentido para mí, porque para mí San Juan era papá–, sino también una época, el pasado.

¿Por qué no había propiciado esos encuentros familiares antes?, me preguntaba. ¿Por qué papá y yo, sobrios, nunca nos habíamos permitido fortalecer nuestro parentesco, esa intimidad, construir juntos o guardar una memoria?

De repente porque los hijos de sordomudos están poco acostumbrados al diálogo. Uno aprende a comunicarse de otras maneras y poco a poco va perdiendo la voluntad de abrir la boca. Por eso creo que necesitábamos de mediadores o de alcohol (que bien vista, una botella de cerveza era como una tercera persona); o quizá postergamos los encuentros de padre e hijo porque creíamos que la desgracia era de otros: para papá, para mí, siempre habría una próxima vez, un próximo encuentro.

O eso creía yo desde niño.

Cuando tenía once años, un compañero murió por un tumor en el cerebro. En el aula, se echaba en la carpeta, somnoliento. Faltó un día, dos. Nadie notó su ausencia. No recuerdo que hayamos preguntado por él. Hasta que sus padres organizaron una pollada para recaudar dinero.

El velorio fue en su casa, por el puente Alipio Ponce, cerca del cementerio. En el límite de San Juan. La noche parecía más oscura por allí. Era un barrio menos acomodado que el mío. Los ladrillos expuestos, pelados, hacían todo más penoso. Esa estética de Lima de lo inacabado, de lo que se logró a las justas.

Los deudos lloraban en sillas blancas de plástico. Sentí culpa, vergüenza por vestir ropa casi nueva. Por ser lo que ellos habían perdido.

No me atreví a pararme frente al ataúd.

Esa fue la primera vez que me sentí adulto, como papá, como mi abuelo: eran ellos los que enterraban a sus amigos, no yo. Me asombra cuánto confiaba en que eso nunca me hubiera ocurrido a mí, me refiero a morir a los diez años: nada interrumpiría mi paso a la siguiente fase de Pokémon en el Game Boy, yo arrellanado en el sillón de mi sala de paredes pintadas, con un refresco con sorbete, como en esa mañana de diciembre en que telefonearon y una gimiente voz de niño me lo anunció. Y sin saber qué responder, repetí lo que oía de los mayores: ya descansa en paz.

Es solo un consuelo.

No usé mi Game Boy en todo ese mes.

El laboratorio donde se dejó la muestra, «los resultados más confiables del Perú», llevaba una semana de retraso. Evocábamos mejores épocas —sin tecnología pero con salud— para mitigar la ansiedad, como en la cafetería de un hospital. Yo ya me había quedado sin uñas, eran puro nervio, dolían.

Hasta que una tarde, en pleno lonche, Ex Novia cruzó la sala con su traje celeste de enfermera. Sostenía con firmeza un sobre blanco, como si pesara. La hinchazón de sus párpados delataba que había llorado. Nos saludó a la distancia y llamó a un lado a papá.

Lo llevó a la habitación de mi abuela.

Los de la mesa nos miramos en silencio. Mi tío juntó sus manos en oración. Sus ojos enrojecieron, ya lo sabía todo. Mis abuelos permanecieron callados, mordiéndose los labios. ¿Qué se puede decir cuando en el cuarto contiguo le están anunciando a tu viejo los días que le quedan?

Era tan irónico. De alguna manera, todos queríamos que papá reflexionara, que dejase de beber, que ya no nos contara su nivel de triglicéridos con una estúpida presunción, como si fuera de acero («hace rato que debería de estar muerto, me dijo el doctor»), y ese desequilibrio en su salud nos parecía oportuno (mamá lo dijo: ojalá que ahora sí se dé cuenta). Pero la enfermedad, la verdadera enfermedad, esa que te destruye por dentro sin compasión, era un exceso, un error de cálculo, un «ten cuidado con lo que deseas». Se nos había pasado la mano con nuestros deseos, y ni el más optimista de la mesa esperaba que Ex Novia diera buenas nuevas a nuestras espaldas.

El café apuraba mi vejiga, mandándome al baño, frente al dormitorio de mi abuela. No habían cerrado su puerta, y pude ver a papá con Ex Novia sentados en el borde de la cama: dos ex enamorados tratando de reconciliarse. Solo que papá giró hacia mí y me miró por dos segundos como un niño al que castigaban de por vida.

Veinte minutos después, Ex Novia se despidió con frialdad.

Papá regresó a su sitio en la mesa. Aunque en silencio, esa vez sí lloró. Y delante de todos.

Vamos a luchar hasta el final, le dije.

No dormí esa noche. La lluvia golpeaba el concreto con insistencia. Era como si el cielo cayese sobre mí.

El nombre del enemigo era «linfoma». Células dañinas en los glóbulos blancos (esos que combaten los gérmenes). 70% de probabilidades de sobrevivir si el paciente es menor de sesenta años, si el cáncer está en su etapa uno o dos, si no hay linfoma fuera de los ganglios linfáticos. Si el nivel de lactato deshidrogenasa es normal.

Tarde o temprano, la enfermedad te vuelve experto en lo que la mayoría ignora.

20 de marzo del 2020. Ocho días después, me llamó un doctor del ministerio. Llegaré con el equipo de infectología en breve, anunció. Para ese momento, no solo había perdido el sentido del gusto y el olfato sino que hasta olvi´de el olor de un lápiz, de una Inca Kola, de un anticucho, el olor de mi propio cuerpo, de mamá, de papá. Tan frustrante como que se te vaya de la mente lo que hacía dos segundos pensabas, solo que a cada rato, durante todo el día. Como cavar y cavar y cavar en una tierra profunda, cuyo fondo había sido minado con locura y desesperación.

Las comidas, indicadoras del tiempo, ya no me entusiasmaban. Las horas eran siempre iguales para mí. Tallarines rojos, causa limeña, pescado frito. Todo sabía igual: a nada. Era como estar ciego de la nariz y de la boca atrapado en cuatro metros cuadrados, en un espacio al que no le daba ni la luz del sol.

Recién comprendía a mi viejo rehusándose a masticar a diario el mismo pollo sancochado sin ningún condimento. La infelicidad es así.

Sonó el timbre. Mamá fue a atender. Yo aguardaba oculto en mi cuarto como un monstruito, un espécimen de la pandemia al que había que mantener separado como a un animal en cautiverio, el medio de transporte de un virus cuya sola respiración aterrorizaba a cualquiera.

Me pareció que se demoraban o es que me puse muy inquieto, a caminar en círculos. Escuché los murmullos ascendiendo por la escalera, en la sala, y a continuación a mi madre resumiendo mi experiencia: viaje por Europa, fiebre en Lima, escalofríos, estornudos. Había estornudado pocas veces ciertamente, pero mamá cumplía con su rol de madre. Mascota se les unió, curiosa. Hasta el Diego abandonó su camerino y preguntó si podían vacunarlo contra la influenza y el neumococo. Supuestamente, eso reduciría la letalidad del virus en su organismo si es que se contagiaba. Pero le dijeron que no. Aún le faltaban dos años para recibir gratuitamente esas inyecciones.

Mamá gritó mi nombre. Después una semana, caminé cinco pasos más allá de mi dormitorio.

—Ahí nomás  —me detuvo un doctor que por los lentes, el tapaboca, una capa celeste y los zapatos envueltos en plástico parecía listo para una misión radioactiva—. Ahí nomás, Palomari. Siempre a dos metros de distancia, ¿sí? Siempre a dos metros de distancia, ¿OK, señora?

Categories
Parte 2

Capítulo VI: Útero vulnerable

La crisis de la mediana edad no la tiene una chica de treinta años que fue dejada por su novio o que perdió el trabajo. Comienza más adelante con un mareíto inocente, con una punzada en la sien, con un desmayo por exceso de azúcar o con un sangrado profuso donde nunca antes lo hubo.

En el 2019, mamá había decaído por primera vez. Un desorden hormonal propio de los cincuenta años. Se sentía débil, lo cual era lógico desde mi punto de vista: ¿a quién no desgastaría madrugar para enfrentarse al tráfico de Lima, una hora y media de camino hasta Los Olivos, para de inmediato someterse a los engreimientos de trece petisos hiperactivos a cambio de un sueldo mínimo de 850 soles al mes? Depresión, sí. Pero los repentinos vértigos en la cocina no coincidían con esa hipótesis, y desde la experiencia con papá cualquier cambio abrupto en el organismo era cáncer, fijo.

Además, su cabello lacio se había vuelto tan frágil que cuando los niños se lo jalaban, las hebras se desprendían como el algodón, y la cicatriz en su frente quedaba poco a poco cada vez más expuesta, revelando su pasado pero también lo fácil que sería perderla en un accidente: delgada como era, me daba la impresión de que mamá no resistiría ni un choque en la Panamericana Norte ni una gripe salvaje de China.

Aunque aguantaba, su cuerpo estaba atrapado por las deudas con el banco, por un divorcio que aún dolía, dos hijos inexpresivos, un marido manco y un trabajo estresante.

El doctor que la examinó en el 2019 le recetó dos días de descanso y unas vitaminas para sacarla de la cama, y de vuelta al nido a que los niños le arrancaran otra vez el pelo. En otra realidad, a solo 20 kilómetros de distancia, esos pesares psicosomáticos se trataban con un año de reposo con goce de haber.

—No entres —le advertí al sentir su presencia en mi puerta—. Ponte tu mascarilla.

Volvió cubierta, agitando el termómetro.

—Treinta y ocho y medio —dijo después. Consultó con mi hermana, a quien no le fallaba la vista, y se retractó—: ¡Treinta y siete y medio! Gracias a Dios, hijito.

No. Yo le otorgaba los créditos de la mejoría a la media pastilla de paracetamol y a mi potente dieta de vísceras.

Ahora necesitaría zanahorias para los ojos.

Estimulado por la noticia —no hay mayor motivo de vanidad que la buena salud, especialmente hoy—, me puse ropa deportiva y troté cinco kilómetros en mi cuarto. No pregunten cómo. Hasta me paré de manos durante un minuto para evitar un derrame cerebral.

Me bañé como un soldado, casi sin respirar. Y, a pesar de que perdía consistencia la idea de que me hubiera infectado de COVID-19, no toqué más que mi toalla por precaución. Solo me faltaba una semanita de cuarentena.

Ya más relajado, me dediqué al texto para la revista de los españoles. Una ficción que sugería que el Sudaca Fino traficaba. Tenía dos llamadas perdidas de él. No andaba de ánimos de hablar con nadie. Si es urgente, me escribirá, pensaba.

La escritura me dio hambre. Andaba antojado de yogur, no sé por qué. Le dije a mamá. Ella me trajo una taza llena con cereal.

—Ya te ves mejor, hijito —dijo. Las grietas a los costados de sus ojos delataban una sonrisa que su tapaboca me ocultaba.

—¿Será porque me he bañado después de cuatro días?

—No te olvides de la plata. Hay que pagarle al banco.

El banco, el banco. ¿Cómo se vive tranquilo con el banco?

19 de marzo de 2020. De mi maleta saqué el libro que me regaló un escritor peruano. Bebimos vermut en un barcito de Malasaña, el barrio hipster de Madrid. El piso lo salpicaban con pepitas de aceituna —las tapas de cortesía—, y hombres y mujeres teníamos que agacharnos y pasar como enanos por debajo de la barra para usar el baño. Aun así, el sitio reventaba. Habíamos esperado más de diez minutos para entrar. Había hartas chicas con pañoletas verdes en el cuello. Era sábado 7 de marzo, la víspera del día de la mujer.

Nadie sospechaba el colapso de España.

Lo que tenía en mis manos era el libro más reciente de Richard Ford. Cuentos. Manoseé toda la portada, buscando relieves, y con la yema del dedo gordo acaricié la tinta sobre las sedosas páginas. Luego las pasé rápidamente como una baraja ante mi nariz. Quería una experiencia estética completa, pulmonar. Pero el airecito producido era inodoro. Abrí el libro por la mitad e inhalé profundamente en su núcleo. Hmmmm. Nada. ¿Cómo debía de oler?, me preguntaba, ¿cómo olía un Anagrama, un papel avena importado de Barcelona?, trataba de recordar, mientras probaba el yogur, que parecía desazucarado, ñam ñam, y mientras avanzaba con la lectura, mientras oscurecía, la fresa artificial la fui percibiendo cada vez más lejos, como en otra galaxia, como los frejoles de la cena, también recontra insípidos.

Recordé que, en el desayuno, el pan con tamal que me trajo Mascota lo mordí con la expectativa de un peruano que en tres semanas solo ha probado pizzas, McDonald’s y especialidades luxemburguesas (sopa con salchicha, tocino y chorizo), pero por más que sentía la textura del chanchito en mi lengua, en mis muelas, no encontré ningún gusto en mi paladar.

Le eché ají al pan y nada. Con el zumo de naranja fue igual. Café, lo mismo.

Desabrido todo.

Ni en mi peor resfriado había dejado de saborear y de oler así. Dejé a un lado el libro de Ford y me levanté. Cogí un perfume y me eché un poquito en la muñeca. Olfateé. Hmmm. Hmmmmm. Nada. Hundí mi grano con pus en las ediciones de Planeta que había comprado por dos euros en Barcelona, hojas amarillentas que tres semanas antes había respirado en unas bancas de La Rambla, y cuyo grueso olor era el de una librería de viejo o el de un árbol húmedo; pero en San Juan de Miraflores esos libros ya no olían a nada.

El mundo se había quedado sin aromas.

Y yo también. De hecho, me parecía rarísimo que no me hayan apestado las axilas luego de días de transpiración, sin ducha ni desodorante.

Google me lo explicó.

De la pérdida del olfato al coma Una nueva investigación concluye que la enfermedad provocada por el SARS-CoV-2 afecta al sistema nervioso causando un deterioro cerebral que…

Bloqueé la pantalla. Las 10:50 p.m. se fundieron a negro. El miedo regresa siempre de noche. Y Sin olfato y sin gusto y con los ojos con manchas. Ojalá también ensordeciera pronto porque mamá comenzó a toser en su cuarto, y oírla me lastimaba, era una culpa insoportable. ¿Estás bien, chola?, le preguntaba el Diego.

Debido al silencio de toque de queda, se oían hasta lo cuij, cuij de los catres ante el mínimo movimiento, y los patrulleros circulando a medio kilómetro, vigilando que las calles se mantuvieran vacías, sin agentes contaminantes, los nuevos peligros públicos. A veces sonaba una sirena cerca.

Lima se había paralizado. Por las noticias de la tele, oí que los únicos que trabajaban eran los mineros. Los imaginaba con sus linternas, extrayendo oro para que la economía peruana creciera 3.25% en el 2020, tal y como se había pronosticado.

Mientras tanto, llamaba a las líneas del ministerio de Salud y nadie me atendía. Era un hecho que ninguna ambulancia aparecería a tiempo en caso de emergencia. Y en casa no teníamos auto. Y no encontraríamos taxis. Acaso una camioneta policial fuese nuestra única salvación.

Los ojos me ardían. La tos de mamá desesperaba. ¿Y si era ella la que se ponía mal? ¿Cuánto tiempo más aguantaría dentro de ese útero vulnerable?

Categories
Parte 2

Capítulo V: Luchando en una pecera llena de pirañas

En ese juego te daban tres palabras al azar y en cinco minutos tenías que inventar un relato ante el bullicioso público de un bar de Lima. Yo tecleaba en el escenario, en una laptop puesta sobre una mesa que cercaban las cuerdas de un ring de boxeo. Había un DJ a mi lado y un ecran a mis espaldas: una inmensa hoja en blanco de Word.

Releía mis frases y me sofocaba por la máscara, que era parte del show: los perdedores revelarían su identidad. En el sótano, otros aspirantes a escritor aguardaban ansiosos, entre ellos mi rival, quien ocuparía mi sitio luego de que yo le leyese mi cuento al jurado. Solo uno avanzaría a la siguiente fase, solo uno sería el campeón publicado en ese 2013. «LuchaLibro» se llamaba el torneo. Lucha por tu libro.

Las palabras son más fuertes que los puños.

En ese campeonato conocí a Editor Famoso. Me invitó una jarra de cerveza después de mi tercera victoria, en los cuartos de final. Acodado en la barra me dijo con mucha convicción: «Tú serás el mejor escritor de tu generación, no te olvides de eso. Tú y yo vamos a hacer dinero, Palomari». Seis meses después de la última fecha de LuchaLibro, sentado en unas escaleras afuera de su oficina, esperaba fumando a que Editor Famoso diera la cara y me devolviera la plata que le había adelantado para la impresión de mi primera novela, un pago parcial que coincidió con la última vez que nos vimos.

Su secretaria me había despachado poco antes. Mientras me explicaba que su jefe no volvería hasta muy tarde, yo trataba de memorizar su agenda, expuesta en una pizarra que colgaba de la pared. Había apellidos de escritores —Yushimito, Cueto, Thays—, y según ese cuadro faltaban dos horas para la reunión con «Tuto», un nombre enigmático. La secretaria se percató de mi indiscreción y me dijo que mejor regresara otro día, pero me negué, y ella, con una amabilidad de manual, finalmente me sacó al pasillo. Al cabo de seis cigarros, apareció un pata alto y barbón, con un abrigo que acababa en sus rodillas, se detuvo ante la puerta roja y la golpeó con sus nudillos tres veces: toc, toc, toc. Calculé que había pasado más de una hora, entonces grité: «¡Tuto!». El tipo volteó, yo le sonreí, y me regresó el saludo. ¿Editor Famoso estaba adentro?

Una concursante de LuchaLibro, a quien yo consideraba mi amiga, me había aconsejado que me olvidase del dinero debido. Editor Famoso era un contacto importante, alguien que te podía meter en el mundo editorial, conseguir reseñas positivas sobre tu trabajo en diarios o revistas, o facilitarte viajes a encuentros literarios de Sudamérica, de hecho, él mismo seleccionaba a los autores que iban a las ferias del libro de Bogotá o de Santiago. No era conveniente enemistarse con él. Como un romántico trasnochado, me mostré en desacuerdo total: sin amiguismos, los escritores debían de luchar con su obra así como nosotros los amateurs lo hacíamos cada lunes en el ring. Ella rio, y más tarde ganó el campeonato. Se lo merecía.

En serio.

A veces me preguntaba si esos nombres escritos con plumón negro en la pizarra acrílica de Editor Famoso, todos reconocidos en la escena letrada, acaso no eran como él,  animadores culturales sin escrúpulos cuyo trabajo carecía de conciencia moral, cuya dignidad se negociaba, gente que sin duda era capaz de las acciones más bajas, como estafar, con tal de conservar su sitio privilegiado en los espacios intelectuales de Lima, que son una pecera llena de pirañas. De todos modos, me reconfortaba la idea de pelear por mi libro sin la necesidad de convertirme en el lisonjero de ciertos consagrados.

Aunque eso no represente ningún valor literario: podía ser un mal escritor, pero jamás un escritor arrodillado ante el poder.

Para volar a Europa, organicé una pollada con el apoyo de mis padres, principalmente de papá, quien en la década del noventa gozó del auge de esa popular manera de obtener dinero con la venta de pollo frito y cervezas, con música bailable a todo volumen.

Ese día, cheleando con mi familia en un pampón usado como estacionamiento, al lado de dos canchitas de fulbito, una tía me dijo que el éxito de mi viaje dependería de Dios. Yo le porfié. Pero pasó media hora y se fue la luz en el local. Y al cabo de un mes, mi cabeza latía, y no como el corazón con soplos de un recién nacido; eran rabiosos martillazos sobre mis sesos, golpes tan duros como un desengaño.

Imposible dormir así.

Prendí la lámpara y me puse a leer mientras serpientes de sudor pasaban sus lenguas por mi sien.

Papá podía caminar con las justas. Por la gota, ya era costumbre que arrastrara los pies inflamados, pero ahora, en cada paso, absorbía su saliva tomando aire con la boca, como cuando algo nos duele. Y aun así, continuó abriendo a diario su tienda.

A papá le habían faltado solo semanas para obtener la estabilidad laboral en la empresa automotriz, es decir que estaban por terminarse las renovaciones de contrato cada tres meses, pero por cambios en la gerencia removieron del cargo a su supervisor, con quien había trabajado en los últimos cinco años. El reemplazante sabía de autos lo mismo que un perro de motores, pero era amigo del nuevo mandamás. Desde el primer contacto, trató a papá con cierto desprecio e incluso lo culpó de sus errores. Papá no aguantó, lo obligaron a firmar su carta de renuncia —la otra opción era un juicio inacabable sin cobrar de inmediato la liquidación—, y con el dinero que le pagaron por tiempo de servicio inauguró esa tienda de venta de autos: un emprendimiento o más bien un recurso desesperado.

El negocio nunca caminó bien, pero flojeó todavía más feo en el último trimestre, de abril a junio del 2018, y si no fuera porque su mejor amigo le alquilaba el lugar, a papá lo hubieran desalojado hacía rato por deudor. Me costaba entender por qué insistía con esa empresa. No era un fanático de los automóviles, y en vez de otorgarle ganancias, su dinero se agotaba mes a mes. Cualquier administrador se lo hubiera dicho sin compasión, o quizá compadeciéndose: tira la toalla.

Y, por si fuera poco, la enfermedad. Una internista del hospital militar ya lo había manoseado como a un muñeco de espuma, preguntándole si dolía en las zonas que tocaba con las yemas de sus dedos. Papá contestaba con vacilación. Su sí nos sugería lo opuesto. Y si no le dolía, era un tumor. Cáncer o tuberculosis ganglionar, nos dijo la internista.  Pero momentáneamente: infección urinaria e infección estomacal. La pelota de jax sacada de su cuello y partida en dos contenía el resto de la información, la más importante.

Cáncer o tuberculosis.

Quizás lo había contagiado uno de los taxistas que iban a la tienda por su crédito vehicular.

¿Y el cáncer? ¿Por los cigarrillos?, ¿por la comida chatarra?, ¿por el alcohol?

Sonaba razonable, pero cuando leí que el estrés crónico es causa de cáncer, detesté a las fábricas de automóviles, a los concesionarios, a las financieras y a los bancos: cada parte se llevaba su tajada, y papá recogía sus migajas. No valía la pena que se mate por una comisión de setecientos soles (con suerte, con mucha suerte vendía tres o cuatro carros en un mes), pero cada mañana quitaba el candado de esas rejas polvorientas y oxidadas, levantaba el toldo y exhibía su cartel: Auto Sur, Crédito Inmediato.

«¿Quieres morir?», le increpaba. Y él me miraba en silencio, como si la respuesta fuera obvia. Pero no era nada obvia, así que comencé a frecuentar Auto Sur con suma curiosidad. Cada dos horas, un potencial cliente entraba y se sentaba frente a papá. Parecían interesados, pero muchos de ellos solo hacían tiempo y aprovechaban el café y las galletitas gratis. Quizás porque a cada tanto miraban su reloj, se notaba que habían llegado muy temprano a su cita en la CT, el popular punto de encuentro que había a media cuadra: ese ruidoso punto de partida de la avenida San Juan.

Tal vez papá esperaba que los del laboratorio descartasen el cáncer, curar su TBC y continuar con sus deberes como siempre, porque el sistema económico no le exonera a nadie los gastos por sobrevivir. O es que permanecer en sus labores, aun convaleciente, era la forma en que miraba a los ojos de la muerte, desafiándola.

De cualquier manera, ¿qué sensatez le podía reclamar alguien que tecleaba día y noche como un robot a cambio de dos soles por libro vendido?

En esencia, papá y yo nos parecíamos. Con fiebre y con escalofríos, ardiendo bajo las sábanas, respirando apenas como si una máscara contuviese mi rostro, estructuraba un cuento que se incluiría en una revista española de publicación en Luxemburgo. Si hubiera tenido un hijo, me hubiera dicho: «Son las tres de la mañana, viejo. Y estás temblando. ¿De veras quieres anotar todas esas ideas cuando lo único que tienes que hacer ahora es descansar? ¿No te das cuenta, viejo?», me habría visto con severidad como si fuera un idiota.

Y posiblemente hubiera tenido toda la razón.

Pero la voluntad de vivir se manifiesta en las acciones más sencillas.

Y lo que yo expresaba con ese afán de leer y escribir en las peores condiciones era que no me quería morir aún: no había publicado una novela, tampoco le había comprado una casa a mi madre ni había pagado los estudios universitarios de mi hermana ni había llevado de viaje por el mundo a mis abuelos.

No podía morir aún, no con esos pendientes, no con esa horrible sensación de haber recibido más de lo que pude dar, no con el agobio por deberle tanto a la gente que te ama.

No era justo. Yo había luchado.

Por eso pedía solo un cachito. Tres palabras y cinco minutos más.

Categories
Parte 2

Capítulo IV: Todos atrapados en el país del mañana

Todos los días mueren ciento cincuenta mil personas. Y ya había muerto alguien en mi habitación.

La muerte es fría. Entra sin tocar la puerta.

Y casi siempre por los pies.

En 1998, mamá alquiló nuestro departamento porque sin papá un eco triste rebotaba en las paredes descuidadas cada vez que conversábamos, algo que casi nunca ocurría: ¿de qué puedes hablar con tu hijo de diez años cuando tu esposo se acaba de ir?

La sala, los dormitorios, el baño, la cocina, hasta las veredas y la pista y la esquina de la calle habían acumulado recuerdos, no todos malos, por supuesto, pero incluso los más bonitos del matrimonio hacían que mamá le diera miles de vueltas a la cucharita dentro de la taza de té.

Nos mudamos a un cuarto que se pagaba con la renta del depa, y visitábamos a mis abuelos los fines de semana. A la hora del lonche, mamá subía donde los López, los nuevos inquilinos. Leían un pasaje bíblico y rajaban de papá mientras yo jugaba con su gato.

La puerta de mi dormitorio parecía clausurada. Mamá me contó que había una señora «delicada de salud».

«¿Te gustaría conocerla, hijo?».

«¿Da miedo?» era la pregunta clásica de un niño al que los males del cuerpo le fueron presentados siempre como terroríficos.

«Está un poco delgada. Es como un angelito», dijo mamá.

«Mejor no», respondí, pero la curiosidad —¿qué era un «cáncer de pulmón»?— me devolvió a ese cuarto que yo ya no reconocía,  comenzando por esos cuadros de santos con velitas misioneras que había por donde se mirase. En la cama, arrinconada, yacía una mujer de pelo ondeado y cano, con incontables arrugas, como si unos niños traviesos hubiesen jugado cientos de michi con su rostro.

Era como un ángel… viejo. Transmitía una extraña paz a pesar del olor cargado y ácido. Sin levantarse, me saludó con una sonrisa cadavérica. La señora Eduviges. Hablamos un poco, supongo que de lo común: que qué me gustaría ser de grande, que si sacaba buenas notas en el colegio. Esas cosas.

Y entre toses, me prometió un regalo para mi siguiente visita.

Pero no hubo. Yo quería amigos de mi edad, no una moribunda de setenta y tantos años.

Me enteré por la misa de mes. La invitación estaba en el baño de mis abuelos, junto a los periódicos viejos, a pesar de que mamá me había repetido que la señora Eduviges seguía viva. Supongo que era prudente que un niño ignore que en su cuarto había suspirado por última vez una anciana.

Imagino que los López tampoco querían espíritus en su hogar. «Porque ellos tenían una casa», me contó papá.

15 de marzo del 2020. Había olvidado a esa mujer hasta que abrí los ojos, después de soñar con ella, y palpé de inmediato mi colchón. En la esquina del techo, al lado de la puerta, flotaba una luz, una virgen de colores psicodélicos, un puñado de energía palpitante. Poco a poco, la oscuridad se completó nuevamente. Había tanto silencio que escuchaba mi saliva cayendo por mi garganta pastosa y los uh ah uh ah de mi respiración agitada.

En la pesadilla, yo estaba echado en una cama de hospital, y una versión rejuvenecida de Eduviges pasaba sus dedos finos por mi pelo. Era como la Mona Lisa con bufanda roja, apacible hasta que descubrió su cuello: un agujero en la tráquea. Insertó en él un cigarrillo y aspiró fuerte. El humo emanado por esa rajadura nos fue envolviendo. Santos de ojos reventados nos miraban desde las paredes.

«¿Voy a morir?», pregunté.

Eduviges solo fumaba. «¿Voy a morir?», insistí una, dos, tres veces, «¿he muerto?, ¿estoy muerto?», tomé su brazo consistente como un palo de escoba y lo samaqueé gritándole: «¿Voy a morir?, ¿voy a morir?».

En el otro extremo de la pieza, que de pronto era idéntico a la sala de nuestro departamento, mamá le daba vueltas y vueltas a la cucharita dentro de la taza de té. «¡Mamá, mamá!», grité y traté de pararme, pero había agujas en mis venas. Y ya no me podía mover, ya no sentía mis extremidades.

Eduviges rió y mamá cayó a un costado y se partió como porcelana.

Una bocanada que hedía a orina de vieja me dio en la cara. «¿Por qué?», pregunté, a punto de llorar.

Ella susurró: «Reza».

No sé cómo. «¿Voy a morir?».

«¿Voy a morir?», me repetí con la nuca adormecida mientras mis venas se esforzaban por irrigar sangre hacia las puntas de mis dedos, que sentía hinchados, a punto de reventar. Transpiraba y jadeaba perturbado. Recordar era como soñar despierto con esa vieja que había muerto en el mismo rincón donde uh ah uh ah el corazón me daba vueltas. Y las paredes temblaban. Y mis piernas empequeñecían, se recogían ante ese destello que aparecía de nuevo.

¿Qué es la realidad a las tres y treinta y tres de la mañana?

Desperté cansado, como si no hubiese dormido nada. Eran las ocho ya. Por mi ventana, vi al Diego yendo a la panadería. Quise cabecear veinte minutitos más, como en el colegio, pero cinco minutos después mamá tocó mi puerta, como en el colegio. Abrió y le advertí:

—¡No entres! ¡Ponte tu mascarilla!

Mamá se fue y volvió cubierta.

—¿Te sientes mejor, hijo?

—Sí —mentí.

—¿Quieres desayunar ya?

—¿Qué hay?

—El Diego recién irá a comprar.

—¿Ya no había ido por el pan? —me incorporé a medias, cubierto con la colcha.

—No. Recién, hijo. ¿Por qué no abres tu ventana? Hace calor. ¡Que se ventile tu cuarto! Rápido. Tu hermana está con hambre. ¿Tamal o queso?

—¿Pan con pollo? —el Diego asomaba detrás de mamá, con un tapaboca celeste. Era «población de riesgo»: ancianos, diabéticos, pacientes de cáncer que el virus exterminaría.

—Tamal.

Mamá me dejó con la puerta junta.

¿Qué fue lo del pasadizo?, me quedé pensando, preocupado. Después del pogo de París, había empezado a percibir manchitas con el rabillo del ojo. No eran «moscas», esos puntitos oscuros que brotan al parpadear, sino masas, como ratas que atraviesan velozmente por el campo visual. Quemaduras en una foto velada.

Según Internet, se me desprendía la retina. Dentro de cinco años acabaría ciego. Me tapé el ojo derecho y se volvieron borrosos los títulos de mi librero. No había relación entre la COVID-19 y deterioros oculares. No obstante, leí que a los contaminados se les derramaba la sangre en el cerebro tras una serie de hormigueos en la cara. Me toqué el cachete: ya había víctimas jóvenes, de mi edad. Víctimas sin patologías previas. Me pellizqué: ¡víctimas como yo!

No vi a la Mona Lisa por una cola de cien cámaras fotográficas delante de mí, era gente que sí desayunó y que no tenía que salir de París ese sábado por la tarde. Mi visita al museo la habían pospuesto dos días por un plantón de trabajadores asustados por los turistas chinos, casi el 10% de las asistencias diarias al Louvre. Y ante el cambio de planes, solo me quedaban cinco horas en Francia y más de treinta mil obras por conocer. Resignado, me prometí regresar pronto.

Ahora era posible que ni siquiera pudiera ver a papá otra vez: en el Perú se decretaba el estado de emergencia y se confinaba a toda la población tras confirmarse 71 casos, a pesar de que en otros países de la región no se tomaban medidas como las de Europa o Asia.

Esa acción inmediata me produjo cierta tranquilidad al principio, me dije: al presidente le importan nuestras vidas. Pero igual no acababa de entender por qué, cinco días después de haber conversado con la mujer del ministerio de Salud, nadie venía a examinarme, ni siquiera me respondían los mensajes por WhatsApp. Un mal síntoma.

Lo que fuera que había en mi organismo solo lo podía descubrir a través de los establecimientos estatales, los únicos autorizados para la realización de las pruebas.  Aislado, me frustraba porque no había manera de resolver ese problema por mi cuenta, solo me tocaba esperar, cuando era consciente de que la espera por una tomografía había matado a mi abuelo, consciente de que la espera es la peor opción en temas de enfermedad, consciente de que en el Perú algunas esperas pueden ser infinitas. Papá también lo sabía, por eso su prisa: «Es urgente, amiguita».

Y papá no estaba esa mañana.

Me puse de pie y quise salir de la habitación pero me detuvieron unos calambres en las pantorrillas y unas manchas en mis ojos circundándome como lanzas . En el interior de mi puerta, mamá había pegado una estampita de Jesús que me vigilaba con una fulgurante mirada amarilla, un recordatorio de que estaba atrapado.

«¿Voy a morir?», le pregunté.

¿Voy a morir?

Categories
Parte 2

Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro

Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro. Hasta donde tenía entendido, la feria se iba a cancelar por toooodo lo que estaba pasando, y te juro que si no hubiese sido la muy querida presidenta de la Asociación de Peruanos en Luxemburgo quien me lo pedía, habría declinado.

A ver, te explico. La mayoría de mis clientes son chinos, y desde que el virus se propagó en su país, dejaron de responder correos de la noche a la mañana. Solo una chica me escribió diciendo que ya no podía pagar las clases porque todo se había detenido y su empresa, en dos meses, había quebrado. Me detalló que China, con 80 mil casos y casi tres mil muertos, iba a perder 60 billones de dólares por la pandemia, alucina.

Sabiendo eso, y con la cosa fea en Italia desde hacía tiempo, ¿por qué no se actuaba ya en Europa?, me preguntaba, pero bueno, el europeo siempre se alucina muy cool, muy avanzado, muy nada me va a pasar; y, como viste, Luxemburgo también es un país particular: pequeñito, con la mitad de la población inmigrante y la otra mitad anciana. Por eso, al llegar a LuxExpo no me pareció raro que hubiera tan poquita gente, sobre todo porque los que ya llevamos años viviendo acá sabemos que los italianos son una de las colonias más grandes, y que van y vienen de su país a cada rato. De hecho, el primer caso en Lux –que se confirmó justo un día antes de tu presentación– volvía del norte de Italia.

El que menos quería cuidarse, muchachito.

Además, con esa lluvia torrencial que te tocó, ni ganas daban de salir. Ayayay, más piña no pudiste ser. Pero tú como si nada saludando con tres besitos a la usanza luxemburguesa. Cuando nos presentaron, tuve que decirte que estaba resfriada, porque si no… Huy, no me quiero ni imaginar. Después te fuiste al baño, ¿recuerdas? Y te demoraste un rataaaaazo. No sé por qué pensé que te habías desmayado o algo así, hasta que de la nada apareciste más pálido y con la boca sangrando en el auditorio. Dijiste que te habías cortado al afeitarte. ¡Rayos!, ¿quién se afeita en un baño público en estas circunstancias, cinco minutos antes de presentar su libro en otro país?, me dije, y claro, pues, eras viajero, peruano, pero sobre todo un chiquillo, un muchachito.

Acabada la presentación, no me cabía cómo te tomabas fotos con desconocidos y recibías su dinero y te tocabas la nariz con tanta manía. ¡Y encima fuiste a almorzar donde los italianos! Hasta te hiciste amigo de ellos, creo. ¿Y así querías que te acompañara a un lugar parecido al Tizón de Barranco?, su versión del Primer Mundo, me dijiste. Habrás pensado que soy una vieja aburrida –para nada, tengo pocos años más que tú nomás–, pero yo ya había pasado por una experiencia jodida un año atrás.

Te cuento: se llama virus sincicial respiratorio. Como el coronita, se contagia muy rápido y puede vivir media hora en las manos y hasta cinco horas en otras superficies, como en esa mesita donde vendías tus libritos. El primero en caer fue mi jefe, un hombre vigoroso de cincuenta años. A él, le seguí yo. Y se me complicó horrible, estuve tres meses mal, en cama: una gripe con asfixias y polvo en la garganta. ¿Repetir eso por una noche loca? Paso, me dije. Estas canitas no son en vano, ¿ya ves? Y tú que me tildabas de paranoica. Ay, muchacho, muchacho.

No te culpo, estabas con todo el entusiasmo del que viaja. Me recordaste a mí misma cuando tenía tu edad y recorría Europa por primera vez, y no es fácil ser mujer y recorrer, qué se yo, Estambul sola. De repente eso me ha hecho más observadora, atenta a mi cuerpo y a los peligros. Disculpa por no despedirme. Tuve que irme rápido porque se me bajó la presión. Y ya en casa me dije que las casualidades no existen. Al toque les escribí a mis papitos, ellos viven en Lima. No te miento: ese primero de marzo a las siete de la noche les pedí que no salieran a la calle por nada del mundo y que compraran urgente un balón de oxígeno.

Tres semanas después, como te habrás enterado, el LuxExpo se transformó en un hospital. Yo no podía ni creerlo. Parecía uno de esos lugares con carpas que se ven en las películas de guerra. Había casi mil infectados, que no era mucho en comparación con otros países, pero igual se decidió construir hasta tres hospitales en un abrir y cerrar de ojos (ya viste cómo son los luxemburgueses, ¿no?, levantan un edificio, al año siguiente lo tumban y de inmediato erigen otro), y tras ese parpadeo Lux ya era uno de los países europeos con más camas de cuidados intensivos per cápita. Qué maravilla.

De repente por eso les advertí a mis papás que consiguieran oxígeno. Cuando estás en un país tan avanzado, eres mucho más consciente de las limitaciones de nuestro (todavía) amado Perú.

En fin. Por todo lo que he leído en tu bitácora, me parece que te contagiaste en Madrid, luego de pasar por aquí. A mí no me tocó esta vez, gracias a Dios.

En Lux, en Europa en general, las cosas van regresando a la normalidad, la gente ya sale, ya funcionan hasta los bares, aunque, eso sí, ha vuelto a llover fuertísimo, como en el día de tu presentación. ¡Y tú con esa camisita y nada más! Lo recuerdo y me da frío, caray.

¿Lección aprendida, muchachito? Espero que sí, y que en adelante te abrigues y te cuides sobre todo. Ojalá regreses pronto a Luxem. Prometo que esta vez sí iremos juntos al Rocas a bailar como se debe. Yo invito las dos primeras.

Claudia Rivarola

Traductora e intérprete

Categories
Parte 2

Capítulo III: Manchas rojas en la camisa de papá

La enfermedad de papá también comenzó tras un paseo por Europa. Había ascendido poco a poco en una empresa automotriz, y a los cuarenta y nueve años salió por primera vez del Perú. Bacán, si no fuera porque lo despidieron injustamente de su chamba cuando aún desempacaba en San Juan. Poco después del vencimiento de su seguro de salud en una clínica (adiós al privilegio de 400 doctores, 250 consultorios y 170 camas de hospitalización para cuarenta mil pacientes), se afiebró, y sus fotos en el estadio del Real Madrid fueron trasladadas de un momento a otro al álbum de las frivolidades.

Yo no viajé por turismo. Fui a Luxemburgo a hablar de literatura. Una presentación innecesaria, de hecho. Como me dijo la Tóxica: «No seas ingenuo, Palomari. ¿A quién en Europa le puede interesar el librito de cuentos de un chibolo de San Juan?». Recordar sus palabras hacía que mi cara ardiera a treinta y nueve grados Celsius sobre la almohada babosa. No solo había malgastado el dinero que nos faltaba (para pagar los estudios de mi hermana, por ejemplo), sino que, ¡encima!, había vuelto a casa posiblemente contagiado de un virus asesino.

¿Y quién me ayudaría si los del ministerio no contestaban, si mi tío, el doctor del clan, ya era un viejo con Alzheimer, si no contaba con una enfermera entre mis ex novias, como papá? ¿Quién me ayudaría si no me pagaba ningún seguro? Es que mamá solía jactarse de que yo nunca había necesitado hospitalización. Mamá decía que yo era fuerte, un niño alimentado con pescado, leche y espinaca, pero esa supuesta inmunidad se la debía más a un trauma que a mi condición física.

Invierno del 98. Como todas las mañanas, mamá va a la panadería. Yo estoy en primaria, segundo grado, y alisto mi mochila para ir al colegio. En la radio, como siempre en la emisora de las canciones inolvidables, José Luis Perales corea «y se marchó, y a su barco le llamó libertad, y en el cielo descubrió gavio oo taas» cuando el piso empieza a temblar . O quizás no, no tiembla, sino que se oye como si se hubiera caído y roto un macetero; o más exacto sería pensar en el sonido de un costal de papas aventado desde una altura de diez metros que impacta contra el pavimento. Y después, los alaridos. Voy a ver y encuentro a mamá sentada en el garaje con el pescuezo doblado. Los pelos engrosados por la sangre tapan su cara. Creo que balbucea buu, buuu, ¿o llora?, no sé, no entiendo nada.

Quiero correr hacia ella, pero el miedo, que en ese instante me hace sentir las manos de hielo y una punzada caliente en el medio del cerebro, me ha paralizado.

Días antes, mamá ha descubierto manchas rojas en las camisas de papá. De repente se distrajo con eso: ¿lápiz labial o tinta de lapicero?, se hiperventiló, perdió el equilibrio y por alguna razón que desconozco su cuerpo se elevó más de lo que cabe imaginar, porque era dificilísimo tropezar en las escaleras y terminar así, como si se hubiese lanzado de cabeza.

Papá no está esa mañana.

Mis abuelos cargan a mamá y la sacan con prisa a la calle. Mi abuelo detiene un taxi y le dice al chofer «al María Auxiliadora», el único hospital del sur de Lima que durante mi infancia es mencionado para que me porte bien, o ¡por travieso te van a llevar al María Auxiliadora!, y hacia ese lugar terrorífico se llevan a mamá, y yo, desde fuera, un niño de siete años, miro sin amparo por las ventanas de ese Tico amarillo que se marcha a toda velocidad, y repito: «mi mamá se va a morir, mi mamá se va a morir».

Desde entonces, evité los cabezazos en la losa de fulbito, los clavados en las piscinas y los resbalones en la ducha. Observaba las cicatrices de mis amigos en sus codos, en sus frentes, los yesos, las sillas de ruedas, sus inhaladores para el asma, y me enorgullecía de mi récord sanitario invicto, por la competencia de mis órganos.

Hasta que a papá se le escapó: «Naciste con soplos cardíacos, hijo». Supongo que me vi anonadado, porque preguntó: «¿No te ha dicho tu madre?».

Un flequillo escondía esa X (veinte puntos de sutura sobre la ceja de mamá). El cuerpo es un almacén de secretos. Los virus se pueden atrincherar en tu garganta y reproducirse en silencio, a traición. Revisarás el aliento, los dientes, la lengua y no percibirás anomalías. Hasta que será demasiado tarde. Porque lo maligno, como todo dolor profundo, crece siempre hacia adentro y solo con el tiempo se muestra como una mancha roja en la camisa.

Como tumores, como metástasis.

Y papá, nervioso, se acariciaba las protuberancias de la quijada mientras veíamos el Perú vs. Australia en la sala de espera del Hospital Militar, donde Ex Novia trabajaba. Ella había ido en busca de un cirujano. Todos estaban ocupados (las enfermedades no se detienen por un gol de Paolo Guerrero), pero un colega aceptó extraer un ganglio de la ingle de papá con la condición de que lo partiría y se quedaría con la mitad. En el mundo de la medicina es normal deber un favor. De hecho, Ex Novia había cuidado de los padres y abuelos de varios doctores, y por eso los soldados con sus rifles nos franqueaban el ingreso en la entrada principal, aunque no hubiera entre los Palomari ni un cachaco. Soltero Maduro, deportado de los Estados Unidos, decía: «En el Perú no importa cuánto hayas estudiado sino a quiénes conoces».

Cuando Ex Novia reapareció en la sala con el médico a su costado, papá se incorporó muy despacio del sillón y se afirmó en el suelo durante diez segundos. Ya se mareaba con frecuencia. Iba a cumplir cincuenta años, pero los setentones que lo rodeaban caminaban más erguidos que él.

Una hora después, vino cojeando. Le habían dado en un frasco de papilla la parte que le tocaba.

Para relajarnos, papá y yo íbamos a esos lugares con sillones masajeadores y nos olvidábamos de la pesadilla: media hora por diez soles. Mientras mi asiento vibraba, veía los árboles pelados de la avenida y pensaba en un roble que nunca cae.

No sé si ya nos habían dado la noticia, pero era cáncer linfático o tuberculosis ganglionar o C o D, y C o D no eran necesariamente mejores opciones sino la prolongación del vía crucis por los hospitales de Lima, donde Ex Novia siempre conocía a alguien. Descartados SIDA, cáncer de próstata, cirrosis, nefrosis, cálculos biliares, tifoidea, EPOC, etc., aún faltaban más agujas, más cortes, más estrés, y por eso era importante que papá no decaiga.

«Tranquilo, viejo», le decía en los sillones masajeadores. «Saldremos de esta juntos. Tú tranquilo nomás».

Tranquilo, trataba de resistir a solas en mi isla, con un hueco en el corazón.

Había vivido evitando las hemorragias, las roturas rotura en la piel, la enfermedad que te inhabilita, esa por la que te abren. Pero las monstruosas manos del dolor ya se alzaban sobre mi cuerpo de veintiocho años en un rincón sin barrer del Perú. Y ninguna de las personas a las que quería podía acercárseme, porque esas manos negras estaban hambrientas.

En el mejor de los casos, gripe o resfrío.

En el peor: mamá, Mascota, mis abuelos, El Diego, hasta papá, incubaban el nuevo virus por mi culpa, por mi capricho de presentar un libro de cuentos ante un auditorio lleno de sillas vacías. Ante seis compatriotas y tres extranjeros en el otro lado del mundo.

Irónicamente, había viajado a Europa para hablar de esos 7 millones de peruanos que entre otras carencias no contaban con un seguro de salud, y los tildé de «ellos» sin considerar que también era parte de ese grupo de personas a las que, como titulaba mi libro, nadie nos extrañaría.

Categories
Parte 2

Capítulo II: Es urgente, amiguita

Pasaron veinticuatro horas y como era previsible nadie del ministerio de Salud llamó. Cuerpo caprichoso, ¿por qué no enfermaste en Madrid donde no abandonan a los desplomados en la puerta de un hospital?, me lamentaba dando vueltas como pollo a la brasa en el colchón. Los ganglios de mi cuello se habían abultado y dolían, aunque ese dolor era bueno, había aprendido con papá.

En el 2018, en el Hospital de la Solidaridad de Surco, treinta soles la consulta, nada de colas, lo escanearon y le recetaron medicinas que en vez de ayudarlo, lo intoxicaron: en su tórax huesudo aparecieron como unas lagunitas violetas. Resignados, fuimos al Seguro Social, a la recientemente inaugurada sede de San Juan, en una ex plaza de toros: fachada blanca con contenedores de camión en los que se atendía a los asegurados.

En uno de ellos, el doctor Arróspide, un cachetón con lentes y barba rala, le decía a papá que era una bestia ese que le había diagnosticado una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, EPOC, «con el perdón de la palabra, señor Palomari, ¡pero hay que ser bien animal para leer una placa al revés! ¿Y encima le han cobrado todo eso? Es que ese no es médico sino matasanos, señor Palomari. ¡Es una beeeeestiaa!».

¿De verdad habían visto al revés la radiografía toráxica de papá?

Parecía increíble, pero el histrionismo de Arróspide era diáfano, producía confianza. ¿Qué error habrá cometido para terminar en un descampado así?, me preguntaba mientras él, sentado ante nosotros, llenaba sus pulmones de aire para mostrarnos la diferencia entre una respiración normal y la de un paciente de EPOC. Fíjese, señor Palomari. Exhaló impetuoso y sus dientes frontales y postizos volaron casi medio metro y aterrizaron sobre su escritorio, ¡eeeh!, ¡poc!, cerca de las manos cruzadas de papá.

Muy rápido, incluso con cierta pericia, y sin dejar de mirarnos a los ojos, Arróspide recogió sus dientes y se los encajó otra vez en las encías.

Ese era mi concepto de nuestro sistema de salud: un doctor desdentado en plena consulta, un doctor que palpa los ganglios mutantes de un enfermo —en axilas, cuello y entrepierna— y le dice «¡no se preocupe, hombre!», y usando la primera persona además: «yo que usted no me preocuparía por eso, señor Palomari. Es una infección viral. Solo eso. No se preocupe, ya pasará».

Dos meses después, papá y yo caminábamos por el piso de neoplasias del hospital Rebagliati. Éramos los nuevos, teníamos la energía de los primeros días. Imitábamos al cachetón Arróspide, «yi qui istí ni mi priquipirí pir isi, siñir Pilimiri», como si fuera una broma, claro, porque los peruanos comunes, sin poder, nos acostumbramos a reír enfermizamente, la mayoría, aunque hay quienes se niegan a aceptar que la calidad de vida dependa de unos papelitos rectangulares. Ellos bloquean la economía con llantas, con fuego, en medio de las carreteras, se encadenan frente a instituciones que no los representan, ponen bombas en las clínicas. BOOM. BOOM. BOOM.

A ver si les hacen caso.

Enterada de la EPOC y de los dientes voladores de Arróspide, Ex Novia, enfermera y ex de papá, le aconsejó un despistaje de infecciones de transmisión sexual. Mi viejo lo consideró innecesario y una propuesta insultante de parte de su ex de toda la vida. Tuvo que intervenir Soltero Maduro, su hermano menor. Eran opuestos: a papá lo consideraban el irresponsable de la familia.

«¿Ese es el ejemplo que le quieres dar a tu hijo?», mi tío lo reprendió como a un chiquillo delante de mí y de Ex Novia.

Y esa misma tarde, la sangre de papá fue analizada en un contenedor mientras el viento plomizo nos rasuraba el rostro en la vieja plaza de toros. Mi viejo fumaba tiritando, no sé si por el invierno o por los nervios de que sus diarreas, la palidez, las bajadas de presión, esas bolas en su entrepierna, axilas y cuello y el raquitismo los ocasionara una enfermedad tabú y denigrante: ¿lo haría público en todo caso?, ¿mentiría sobre su diagnóstico?; pero papá, aun con la mano que temblaba al chupar su Hamilton, parecía muy confiado. Hasta nos apostó un chocolate.

Y aunque a paso lento, abandonó el policlínico masticando un dulce con la boca abierta y bromeando conmigo. Nos tranquilizaba el descarte de un nombre lapidario como el SIDA, pero aún no sabíamos por qué cada día su esqueleto sobresalía más: las costillas ya se le marcaban bajo la ropa.

Siempre por recomendación de Ex Novia, papá y yo fuimos por una prueba del antígeno prostático. De noche, buscamos un consultorio en la avenida San Juan: restaurantes y comercio ambulatorio entre casas con las puertas abiertas que siempre dan a escaleras que pueden llevar al estudio de un tinterillo, a la habitación de una prostituta, a dudosos laboratorios clínicos o a la muerte. Papá, mareado, no estaba seguro en cuál de todas esas puertas debíamos de entrar. Un chinito que salteaba arroz en una wok nos preguntó a quién buscábamos.

«Tercer piso», dijo.

Subimos por unos escalones rojos y lúgubres. Detrás de la reja, una mujer desganada nos informó que el doctor ya se había ido. Como vestía blusa blanca, papá supuso que era enfermera. Ella dijo que no, la recepcionista. «¿Pero sabes cómo sacar sangre?». «Más o menos nomás, señor». «¿Lo puedes hacer entonces? Te doy tu propina. Un favor. Es urgente, amiguita».

La mujer asintió y se recogió el pelo.

En ese momento sospeché de la salud mental de papá. Ya suponía los peores desenlaces, al igual que cuando era un niño y me ajustaban el brazo con una liga para pincharme y analizar mi hemoglobina; es decir que la aguja se rompería y quedaría bajo mi piel como un gusanito de metal, o que la aguja ya se había usado, que me infectarían, que sería otro de esos niños malditos en un programa periodístico.

Me persigné sin comentar nada con papá.

Luego de dos horas, un correo electrónico nos anunciaba los resultados de la PSA. Todo bien.

Ex Novia insistió con la próstata.

Al día siguiente, papá llenó su vejiga con cinco tazas de agua antes de ir al Hospital de la Solidaridad de Villa El Salvador: contenedores en medio de pistas con basura, al aire libre. Era lo más barato. Creo que en ese momento no me daba cuenta. Papá me había pagado una universidad privada, cara, pero nuestra realidad eran el laboratorio clandestino, consultas en un recipiente de carga, ese lugar con poco personal donde no había reemplazos y cuyas atenciones se cancelaban en el almuerzo, justo cuando llegábamos.

A papá le tocaba esperar dos horas, hasta las tres de la tarde, con dos litros y medio de cuchillas punzando su abdomen bajo, en ese distrito que era casi borrado por la neblina de julio.

Traté de distraerlo.

Ni recuerdo de qué hablamos. Perú ya había perdido con Dinamarca en el mundial. Es posible que le haya comentado estrategias para el partido contra Francia. Pero papá era muy realista, al menos en el fútbol: ya estamos eliminados, hijo.

Me angustiaba su pesimismo en ese contexto. ¿Dónde estaba el papá de veintiocho años que me animaba a pelear aunque fuera a perder?

«Ya estamos eliminados, hijo». Eso no es lo que quieres oír de un hombre hecho de roble.

Cuando ya solo faltaban cinco minutos para las tres, papá murmuró: «¡A la mierda, ya no aguanto!». Se levantó y corrió con las rodillas juntas hacia el baño. Luego volvió al pasillo con la casaca amarrada a la cintura disimulando una mancha oscura en su jean.

Recién llegado de Europa, con fiebre y escalofríos, también bebí litros de agua para expulsar lo más pronto aquello que me hacía daño, y ya había ido a orinar como ocho veces. Y ya habían pasado treinta y seis horas, cuarenta y ocho horas, sesenta y dos horas, y nadie se comunicaba conmigo.

Era lo normal.

A los pocos amigos que me visitaban en San Juan los prevenía siempre: al cruzar la Panamericana Sur, van a ingresar en un territorio sin leyes, o con otras leyes, propicio para la delincuencia, donde no hay Estado: no saquen sus celulares, no se distraigan al caminar y siempre muéstrense seguros, decía con las ínfulas del que todos los días iba entre ladrones, matones y prostitutas al volver de noche de la universidad.

De hecho, vivir en un distrito caótico lo ponderaba como una ventaja y no como un infortunio en mi carrera de escritor: tenía historias en cada esquina. Pero era solo un consuelo parecido al mito de un papá hecho de roble que murió por un golpe en la cabeza al que no se le dio la importancia debida.

13 de marzo. 02:00 a.m. Los escalofríos y la fiebre me atacaban otra vez y con cobardía, a esa hora en que había quedado solo e indefenso.

Y aunque le temía a la enfermedad, lo que realmente me aterraba era el Perú, la conciencia de que sus fronteras no eran Tumbes ni Tacna, sino que el país se terminara siempre en cada puente Atocongo, y lo de más allá era solo esto: hombres tratando de sobrevivir, yendo por unas escaleras hacia lo desconocido, como quien trepa por los cerros en busca de la esperanza.

Categories
Parte 2

Capítulo I: Un té con limón

Pasaban una película del Chavo del 8 en los televisores del ómnibus. Con los «¡Toma!» de Don Ramón, los «RRRRRRRRR» de Kiko y los «pipipipipipipí» del protagonista como fondo, contemplaba los montes verdes a través de la ventana y anotaba en un cuaderno las impresiones de lo que era mi primer viaje en solitario, mientras el camino iba en ascenso.

Luego de tener los ojos en el abismo, por esas vías en espiral, típicas de la sierra central del Perú, el conductor se estacionó a un lado de la carretera para que los pasajeros, con las tripas en la boca, bajásemos a almorzar (o a vomitar). Fui el único que se quedó en su asiento con un paquete de galletas de soda, que fueron deshechas de inmediato por mi jugo gástrico y solo me dieron más hambre y acidez estomacal. Horas después —al Chavo le siguieron videos de «cómicos ambulantes»— llegué a Huancayo con el potente dolor de cabeza de los no se han alimentado en todo el día. Era el 2012, acababa de cumplir diecinueve años y juraba que esa era la vida de un escritor maldito.

Ya había estrellas en el cielo, y como un recién llegado en esas calles donde mi aliento era niebla, les pregunté a los transeúntes de mejillas chaposas por el auditorio del diario más conocido de la región. Caminé diez cuadras y lo que imaginé como la Academia Sueca se parecía más al espacio donde se llevaría a cabo una pollada, pero bueno, ya estaba allí, en medio de sillas de plástico blancas pegadas a la pared, esperando la premiación del concurso de cuentos en que había obtenido un segundo lugar, y cuyos organizadores me habían dicho por teléfono que era necesaria mi presencia en la ceremonia para cobrar mi premio de mil soles.

Por supuesto, tras las fotos de rigor con mi diploma, unos caballeros trajeados me comunicaron que hubo un problema administrativo, y que me pagarían pronto, quizás dentro de un mes, y así acabé primero en un chifa bebiendo la Coca-Cola más duradera de mi vida mientras el vapor de las sopas wantán iba cubriendo las caras de mis anfitriones, y más tarde en una cama de posada que me inspiró a crear un cuento sobre faquires. En esa época, asociaba la precariedad al romanticismo, «¡Edgar Allan Poe murió pobre!», me decía, y me emborrachaba a lo Bukowski y robaba libros como Roberto Bolaño (no dejé de hacerlo ni siquiera porque fui capturado y metido en marrocas y a empujones en el sótano de la DIRINCRI). Pero esa es otra historia.

Ahora, diez años después, me invitaban a entrar en una combi puesta en el centro mismo de la feria de libros de Luxemburgo, y me preguntaba si los productores de ese programa de entrevistas habían elegido la ambientación por mi nacionalidad o por mis historias; y aunque era prácticamente un anónimo en Europa (en el mundo en general), sentado frente a esa muchacha de ojos azules que me hacía tiernas preguntas, me hice consciente de la década de distancia que había entre el Palomari del 2020 y ese joven imberbe al que, devuelto de Huancayo con los bolsillos vacíos, sus familiares le repitieron de mala gana que buscara un trabajo o que se pusiera a estudiar y si no que se fuera de la casa de una vez, porque eso de escribir era una tontería, ¡semejante estupidez!

Quizás en Sudamérica lo era, pero en Europa, en ese tren de Barcelona que corría como un meteorito frente a paredes llenas de grafitis, con vagones donde niñas leían a McCarthy y a Houellebecq, las posibilidades de vivir de la literatura parecían bastante más reales. Por eso Vargas Llosa, Vallejo y Ribeyro se establecieron en Francia. «Y yo voy a ir a París también», le dije a la española de mirada manantial al acabar la entrevista, mientras caminábamos entre polacos, rusos y portugueses, entre acentos bruscos y cálidos, rumbo al patio de comidas en busca de un vino para brindar por la casualidad de que a ella le gustasen mucho los peruanos, y que yo fuera uno.

Pero hasta los sueños más románticos con gitanas de Andalucía se pueden convertir en una pesadilla. Y cuando abrí los ojos estaba otra vez en mi cama de San Juan, entre olores a perro y a estofado, y el presidente peruano ordenaba dos semanas de cuarentena a todos los procedentes de Europa y de China. Dos semanas, aislado en mi habitación: eran dos semanas en el vientre de una casa de cuatro pisos.

Solo tres días antes de que volviera a Lima, se había confirmado el primer caso: el piloto de una aerolínea comercial que, como yo, visitó España y Francia con los colmillos al descubierto, con hambre de mundo. Este llamado «paciente cero» contagió a sus abuelos y a cuatro parientes que vivían con él, nos contó mi tía —la loca de los aeróbicos, despierta desde las cinco— en el chat familiar, y, dirigiéndose a mí, escribió: «A ti no te pasará nada; pero a mis papis, sí».

Estaba en lo cierto. Los jóvenes que se infectaban eran asintomáticos, apenas les daba como un resfrío. Los ancianos morían.

«No bajes, ¿OK?».

Hubiera sido mejor si me lo decían un día antes, porque mi abuelo ya había bebido de mi taza y mi abuela ya me había besuqueado.

«¡Es solo gripe!», insistí. «No se preocupen, ¡tira de paranoicos!».

Todos leyeron mis mensajes pero nadie respondió.

Me levanté de la cama con esfuerzo. El cuerpo me pesaba y la sangre la sentía como una efervescencia en los pies.

Una mascarilla colgaba de la manija de mi habitación.

La sala estaba desierta. Al lado del televisor, alguien —supongo que mamá— había pegado con letras azules un «Bienvenido a casa» que no vi la noche anterior en la pared, y me sentí imbécil: la culpa del que antepone un bikini a su familia. Y quizás por puro remordimiento, me cubrí la boca y fui al baño, alucinando que vivía mi propia película de apocalipsis.

El chorro de orina salió débil. Fffuf, mi aliento apestaba, me asfixiaba con ese tapabocas. Frente al espejo me lo quité. La textura de mis pómulos, de mis cachetes lucía arenosa, como si no me hubiese lavado el rostro desde la adolescencia; y el bendito volcán con pus continuaba creciendo, mientras que mis ojos eran dos hígados amarillentos.

«Ese vino», maldije.

Y apenas toqué el caño. El agua me heló hasta los huesos. ¿Se había adelantado el otoño? ¿Existen las estaciones en el Perú? De acuerdo a mi teléfono, la temperatura era de veinticinco grados. Mmm, «¿quién no se despierta de vez en cuando con la presión baja?», me dije. Igual, limpié con papel higiénico el grifo, el lavadero. Limpié todo lo que había agarrado. Apagué la luz con el codo y abrí la puerta con el puño de la chompa.

Me crucé en la sala con mamá. No era ni mediodía. La soltaron temprano de su nido. Un niñito nomás fue, me dijo.

Volví a mi habitación con el bozal puesto. Mamá me siguió.

—¿Mejor? —preguntó desde el umbral.

—Ya no me duele la cabeza —pero sentía el cuerpo como después de doscientos abdominales, ciento cincuenta sentadillas y noventaiún planchas. Y cada vez que inhalaba, me daba la impresión de que había sangre seca en mi tabique—. Hace un poco de frío, ¿no?

—No, hijo —mamá se rascó el hombro. Vestía un polo veraniego; yo, en cambio, tenía hasta las manos cubiertas por una chompa—. Abre tu ventana más bien, que se ventile tu cuarto. ¿Qué quieres almorzar?

Nada, pero le pedí un caldito de pollo. De fondo, hígado con papa sancochada y ensalada de betarraga, lechuga y tomate. De refresco: zumo de naranja. La dieta de papá para fortalecer su sistema inmunitario.

Pasó una hora y Mascota me dejó la comida en una bandeja de presidiario. Sentado en la cama, tragué repitiéndome «enfermo que come no muere, enfermo que come no muere». Por un resquicio, alcanzaba a ver el televisor de la sala. Mamá comentaba conmigo las noticias, como una embarazada hablándole a su bebé:

—¡Huy!, cerrarán las fronteras. Gracias a Dios que no cambiaste tu pasaje, hijito.

—¡Má!, ¿ves? —chilló Mascota—. Le hubieras prestado la plata al vago. Se quedaba allá y nosotras nos mudábamos a Surco.

Con «allá», mi hermanita se refería a España, donde los infectos se multiplicaban, dos ministras habían dado positivo, los reyes esperaban sus resultados, y las clases en colegios y universidades se habían suspendido. Pronto se confinaría a la población como en China: 80,000 contaminados.

—Ay, ¡me muero muerta! Yo me moría si te quedabas allá, hijo.

—¿Por qué te tocas el corazón, má?

Solo oía sus voces, e imaginaba a mi vieja como personaje de Mujer, casos de la vida real. Acompáñenme a ver esta triste historia.

—La preocupación, hijita.

—¿Y el Diego? ¿Por qué no sale de su cuarto, má?

El Diego era el novio de mamá. Se parecía a Maradona en la etapa más heavy de su adicción.

—¿Tiene miedo, má? —reía Mascota—. ¿Por qué no sale, má?

Por la tarde, compartí en Facebook el video de mi aterrizaje. Copy: «Entré con las justas». No pasó ni un minuto y una colega me envió un mensaje privado: «En tu video hay gente tosiendo, ¿no te has dado cuenta? ¿Y ya has hecho la prueba, Palomari? No salgas de tu casa. Yo soy asmática. Y tú vives cerca. Si me contagio, no la cuento. ¡No salgas, por favor!».

¿Repentinamente me había transformado en un monstruo?

No contesté. Me distraje con la publicación de una vegetariana, a quien no conocía, como a la mayoría de mis contactos en redes sociales. Según ella, el virus era un invento de los Illuminatis para controlarnos. Concluía su post: «La gripe mata más, el dengue mata más, los feminicidas matan más. ¡Y nadie está hablando de eso!». El presidente de los Estados Unidos declaró algo parecido.

12 de marzo del 2020. Mamá tomaba mi temperatura cada dos horas, y me recordaba que le debía trescientos dólares y que el 20 vencería el plazo para pagarle al banco. Mi fiebre se había mantenido en treintaiocho.

En la noche, mamá recibió el termómetro en el marco de mi puerta, lo revisó con cuidado y dijo:

—Treinta y ocho y medio, casi treinta y nueve, hijo.

Predecible. Las fiebres son así de caprichosas. A papá lo dejaban tranquilo durante el día. Cuando se quedaba a solas en la oscuridad, volvían furiosas.

Llamé al 113.

—Ocupado —miré a mamá.

Tu tu tu, tu tu tu.

—¿Y ahora? —parpadeó ella. Se masajeaba la nuca, tensa.

La sombra había vuelto. Era un cordón umbilical de tres metros sobre el suelo. Entre ella y yo.

—No pasa nada. Lo mío no es una emergencia.

Y si lo fuera, pensaba, solo nos queda rezar, vieja.

—¿No te duele tu cabeza, hijo?

Sentía que unos dedos callosos presionaban mis ojos, como si quisieran hundirlos o reventarlos. El foco de la lámpara, tan caliente como llamas de fuego, me hacía sudar.

—No.

—¿Te doy un té con limón?

Eso era mi madre. Eso éramos en San Juan, en el cono sur de Lima. Enfermos curándose con té con limón.