Capítulo I: Un té con limón

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Pasaban una película del Chavo del 8 en los televisores del ómnibus. Con los «¡Toma!» de Don Ramón, los «RRRRRRRRR» de Kiko y los «pipipipipipipí» del protagonista como fondo, contemplaba los montes verdes a través de la ventana y anotaba en un cuaderno las impresiones de lo que era mi primer viaje en solitario, mientras el camino iba en ascenso.

Luego de tener los ojos en el abismo, por esas vías en espiral, típicas de la sierra central del Perú, el conductor se estacionó a un lado de la carretera para que los pasajeros, con las tripas en la boca, bajásemos a almorzar (o a vomitar). Fui el único que se quedó en su asiento con un paquete de galletas de soda, que fueron deshechas de inmediato por mi jugo gástrico y solo me dieron más hambre y acidez estomacal. Horas después —al Chavo le siguieron videos de «cómicos ambulantes»— llegué a Huancayo con el potente dolor de cabeza de los no se han alimentado en todo el día. Era el 2012, acababa de cumplir diecinueve años y juraba que esa era la vida de un escritor maldito.

Ya había estrellas en el cielo, y como un recién llegado en esas calles donde mi aliento era niebla, les pregunté a los transeúntes de mejillas chaposas por el auditorio del diario más conocido de la región. Caminé diez cuadras y lo que imaginé como la Academia Sueca se parecía más al espacio donde se llevaría a cabo una pollada, pero bueno, ya estaba allí, en medio de sillas de plástico blancas pegadas a la pared, esperando la premiación del concurso de cuentos en que había obtenido un segundo lugar, y cuyos organizadores me habían dicho por teléfono que era necesaria mi presencia en la ceremonia para cobrar mi premio de mil soles.

Por supuesto, tras las fotos de rigor con mi diploma, unos caballeros trajeados me comunicaron que hubo un problema administrativo, y que me pagarían pronto, quizás dentro de un mes, y así acabé primero en un chifa bebiendo la Coca-Cola más duradera de mi vida mientras el vapor de las sopas wantán iba cubriendo las caras de mis anfitriones, y más tarde en una cama de posada que me inspiró a crear un cuento sobre faquires. En esa época, asociaba la precariedad al romanticismo, «¡Edgar Allan Poe murió pobre!», me decía, y me emborrachaba a lo Bukowski y robaba libros como Roberto Bolaño (no dejé de hacerlo ni siquiera porque fui capturado y metido en marrocas y a empujones en el sótano de la DIRINCRI). Pero esa es otra historia.

Ahora, diez años después, me invitaban a entrar en una combi puesta en el centro mismo de la feria de libros de Luxemburgo, y me preguntaba si los productores de ese programa de entrevistas habían elegido la ambientación por mi nacionalidad o por mis historias; y aunque era prácticamente un anónimo en Europa (en el mundo en general), sentado frente a esa muchacha de ojos azules que me hacía tiernas preguntas, me hice consciente de la década de distancia que había entre el Palomari del 2020 y ese joven imberbe al que, devuelto de Huancayo con los bolsillos vacíos, sus familiares le repitieron de mala gana que buscara un trabajo o que se pusiera a estudiar y si no que se fuera de la casa de una vez, porque eso de escribir era una tontería, ¡semejante estupidez!

Quizás en Sudamérica lo era, pero en Europa, en ese tren de Barcelona que corría como un meteorito frente a paredes llenas de grafitis, con vagones donde niñas leían a McCarthy y a Houellebecq, las posibilidades de vivir de la literatura parecían bastante más reales. Por eso Vargas Llosa, Vallejo y Ribeyro se establecieron en Francia. «Y yo voy a ir a París también», le dije a la española de mirada manantial al acabar la entrevista, mientras caminábamos entre polacos, rusos y portugueses, entre acentos bruscos y cálidos, rumbo al patio de comidas en busca de un vino para brindar por la casualidad de que a ella le gustasen mucho los peruanos, y que yo fuera uno.

Pero hasta los sueños más románticos con gitanas de Andalucía se pueden convertir en una pesadilla. Y cuando abrí los ojos estaba otra vez en mi cama de San Juan, entre olores a perro y a estofado, y el presidente peruano ordenaba dos semanas de cuarentena a todos los procedentes de Europa y de China. Dos semanas, aislado en mi habitación: eran dos semanas en el vientre de una casa de cuatro pisos.

Solo tres días antes de que volviera a Lima, se había confirmado el primer caso: el piloto de una aerolínea comercial que, como yo, visitó España y Francia con los colmillos al descubierto, con hambre de mundo. Este llamado «paciente cero» contagió a sus abuelos y a cuatro parientes que vivían con él, nos contó mi tía —la loca de los aeróbicos, despierta desde las cinco— en el chat familiar, y, dirigiéndose a mí, escribió: «A ti no te pasará nada; pero a mis papis, sí».

Estaba en lo cierto. Los jóvenes que se infectaban eran asintomáticos, apenas les daba como un resfrío. Los ancianos morían.

«No bajes, ¿OK?».

Hubiera sido mejor si me lo decían un día antes, porque mi abuelo ya había bebido de mi taza y mi abuela ya me había besuqueado.

«¡Es solo gripe!», insistí. «No se preocupen, ¡tira de paranoicos!».

Todos leyeron mis mensajes pero nadie respondió.

Me levanté de la cama con esfuerzo. El cuerpo me pesaba y la sangre la sentía como una efervescencia en los pies.

Una mascarilla colgaba de la manija de mi habitación.

La sala estaba desierta. Al lado del televisor, alguien —supongo que mamá— había pegado con letras azules un «Bienvenido a casa» que no vi la noche anterior en la pared, y me sentí imbécil: la culpa del que antepone un bikini a su familia. Y quizás por puro remordimiento, me cubrí la boca y fui al baño, alucinando que vivía mi propia película de apocalipsis.

El chorro de orina salió débil. Fffuf, mi aliento apestaba, me asfixiaba con ese tapabocas. Frente al espejo me lo quité. La textura de mis pómulos, de mis cachetes lucía arenosa, como si no me hubiese lavado el rostro desde la adolescencia; y el bendito volcán con pus continuaba creciendo, mientras que mis ojos eran dos hígados amarillentos.

«Ese vino», maldije.

Y apenas toqué el caño. El agua me heló hasta los huesos. ¿Se había adelantado el otoño? ¿Existen las estaciones en el Perú? De acuerdo a mi teléfono, la temperatura era de veinticinco grados. Mmm, «¿quién no se despierta de vez en cuando con la presión baja?», me dije. Igual, limpié con papel higiénico el grifo, el lavadero. Limpié todo lo que había agarrado. Apagué la luz con el codo y abrí la puerta con el puño de la chompa.

Me crucé en la sala con mamá. No era ni mediodía. La soltaron temprano de su nido. Un niñito nomás fue, me dijo.

Volví a mi habitación con el bozal puesto. Mamá me siguió.

—¿Mejor? —preguntó desde el umbral.

—Ya no me duele la cabeza —pero sentía el cuerpo como después de doscientos abdominales, ciento cincuenta sentadillas y noventaiún planchas. Y cada vez que inhalaba, me daba la impresión de que había sangre seca en mi tabique—. Hace un poco de frío, ¿no?

—No, hijo —mamá se rascó el hombro. Vestía un polo veraniego; yo, en cambio, tenía hasta las manos cubiertas por una chompa—. Abre tu ventana más bien, que se ventile tu cuarto. ¿Qué quieres almorzar?

Nada, pero le pedí un caldito de pollo. De fondo, hígado con papa sancochada y ensalada de betarraga, lechuga y tomate. De refresco: zumo de naranja. La dieta de papá para fortalecer su sistema inmunitario.

Pasó una hora y Mascota me dejó la comida en una bandeja de presidiario. Sentado en la cama, tragué repitiéndome «enfermo que come no muere, enfermo que come no muere». Por un resquicio, alcanzaba a ver el televisor de la sala. Mamá comentaba conmigo las noticias, como una embarazada hablándole a su bebé:

—¡Huy!, cerrarán las fronteras. Gracias a Dios que no cambiaste tu pasaje, hijito.

—¡Má!, ¿ves? —chilló Mascota—. Le hubieras prestado la plata al vago. Se quedaba allá y nosotras nos mudábamos a Surco.

Con «allá», mi hermanita se refería a España, donde los infectos se multiplicaban, dos ministras habían dado positivo, los reyes esperaban sus resultados, y las clases en colegios y universidades se habían suspendido. Pronto se confinaría a la población como en China: 80,000 contaminados.

—Ay, ¡me muero muerta! Yo me moría si te quedabas allá, hijo.

—¿Por qué te tocas el corazón, má?

Solo oía sus voces, e imaginaba a mi vieja como personaje de Mujer, casos de la vida real. Acompáñenme a ver esta triste historia.

—La preocupación, hijita.

—¿Y el Diego? ¿Por qué no sale de su cuarto, má?

El Diego era el novio de mamá. Se parecía a Maradona en la etapa más heavy de su adicción.

—¿Tiene miedo, má? —reía Mascota—. ¿Por qué no sale, má?

Por la tarde, compartí en Facebook el video de mi aterrizaje. Copy: «Entré con las justas». No pasó ni un minuto y una colega me envió un mensaje privado: «En tu video hay gente tosiendo, ¿no te has dado cuenta? ¿Y ya has hecho la prueba, Palomari? No salgas de tu casa. Yo soy asmática. Y tú vives cerca. Si me contagio, no la cuento. ¡No salgas, por favor!».

¿Repentinamente me había transformado en un monstruo?

No contesté. Me distraje con la publicación de una vegetariana, a quien no conocía, como a la mayoría de mis contactos en redes sociales. Según ella, el virus era un invento de los Illuminatis para controlarnos. Concluía su post: «La gripe mata más, el dengue mata más, los feminicidas matan más. ¡Y nadie está hablando de eso!». El presidente de los Estados Unidos declaró algo parecido.

12 de marzo del 2020. Mamá tomaba mi temperatura cada dos horas, y me recordaba que le debía trescientos dólares y que el 20 vencería el plazo para pagarle al banco. Mi fiebre se había mantenido en treintaiocho.

En la noche, mamá recibió el termómetro en el marco de mi puerta, lo revisó con cuidado y dijo:

—Treinta y ocho y medio, casi treinta y nueve, hijo.

Predecible. Las fiebres son así de caprichosas. A papá lo dejaban tranquilo durante el día. Cuando se quedaba a solas en la oscuridad, volvían furiosas.

Llamé al 113.

—Ocupado —miré a mamá.

Tu tu tu, tu tu tu.

—¿Y ahora? —parpadeó ella. Se masajeaba la nuca, tensa.

La sombra había vuelto. Era un cordón umbilical de tres metros sobre el suelo. Entre ella y yo.

—No pasa nada. Lo mío no es una emergencia.

Y si lo fuera, pensaba, solo nos queda rezar, vieja.

—¿No te duele tu cabeza, hijo?

Sentía que unos dedos callosos presionaban mis ojos, como si quisieran hundirlos o reventarlos. El foco de la lámpara, tan caliente como llamas de fuego, me hacía sudar.

—No.

—¿Te doy un té con limón?

Eso era mi madre. Eso éramos en San Juan, en el cono sur de Lima. Enfermos curándose con té con limón.

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