Capítulo II: Es urgente, amiguita

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Pasaron veinticuatro horas y como era previsible nadie llamó. Cuerpo caprichoso, ¿por qué no enfermaste en Madrid donde no abandonan a los desplomados en la puerta de un hospital?, me lamentaba dando vueltas como pollo a la brasa en el colchón. Los ganglios de mi cuello se habían abultado y dolían, aunque ese dolor era bueno, había aprendido con papá.

En el 2018, en el Hospital de la Solidaridad de Surco, treinta soles la consulta-nada de colas, lo escanearon y le recetaron medicinas que solo ayudaron a intoxicarlo, pintando lagunas violetas en su tórax huesudo. Resignados, fuimos al burocrático Seguro Social, a la recientemente inaugurada sede de San Juan, en una ex plaza de toros: una fachada blanca con contenedores de camión en los que se atendía a los asegurados.

En uno de ellos, el doctor Arróspide, un cachetón con lentes y barba rala, le decía a papá que era una bestia ese que le había diagnosticado una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, EPOC, «con el perdón de la palabra, señor Palomari, ¡pero hay que ser bien animal para leer una placa al revés! ¿Y encima le han cobrado todo eso? Es que ese no es médico sino matasanos, señor Palomari. ¡Es una beeeeestiaa!».

El histrionismo de Arróspide era diáfano, producía confianza. ¿Por qué terminó en un descampado así?, me preguntaba mientras él ya llenaba sus pulmones de aire para mostrarnos cómo respiran los pacientes de EPOC, señor Palomari. Y cuando exhaló, impetuoso, sus dientes frontales y postizos volaron casi un metro y aterrizaron sobre su escritorio, ¡eh!, ¡poc!, cerca de las manos cruzadas de papá.

Ese era mi concepto de nuestro sistema de salud: un doctor desdentado en plena consulta, un doctor que palpa los ganglios mutantes de su paciente –en axilas, cuello y entrepierna– y le dice «¡no se preocupe, hombre!», y usando la primera persona además: «yo que usted no me preocuparía por eso, señor Palomari. Es una infección viral. Solo eso. No se preocupe, ya pasará».

Dos meses después, papá y yo caminábamos por el piso de neoplasias del hospital Rebagliati imitando al cachetón Arróspide: «Yi qui istí ni mi priquipirí pir isi, siñir Pilimiri».

Los peruanos comunes nos acostumbramos a reír enfermizamente. Los que no lo hacen ponen bombas en las clínicas.

BOOM.

Enterada de la EPOC y de los dientes voladores de Arróspide, Ex Novia, enfermera y ex de papá, le aconsejó un despistaje de infecciones de transmisión sexual. Mi viejo lo consideró innecesario y una propuesta insultante de parte de su ex de toda la vida. Tuvo que intervenir Soltero Maduro, su hermano menor. Eran opuestos: a papá lo consideraban el irresponsable de la familia.

«¿Ese es el ejemplo que le quieres dar a tu hijo?», mi tío lo reprendió como a un chiquillo delante de mí y de Ex Novia.

Y esa misma tarde, la sangre de papá fue analizada en un contenedor mientras el viento plomizo nos rasuraba el rostro en la vieja plaza de toros. Mi viejo fumaba tiritando, no sé si por el invierno o por los nervios de que sus diarreas, la palidez, las bajadas de presión, esas bolas en su entrepierna, axilas y cuello y el raquitismo los ocasionara una enfermedad tabú y denigrante: ¿lo haría público en todo caso?, ¿mentiría sobre su diagnóstico?; pero papá, aun con la mano que temblaba al chupar su Hamilton, parecía muy confiado. Hasta nos apostó un chocolate.

Y aunque a paso lento, abandonó el policlínico masticando un dulce con la boca abierta y bromeando conmigo. Nos tranquilizaba el descarte de un nombre lapidario como el SIDA, pero aún no sabíamos por qué cada día su esqueleto sobresalía más: las costillas ya se le marcaban bajo la ropa.

Siempre por recomendación de Ex Novia, papá y yo fuimos por una prueba del antígeno prostático. De noche, buscamos un consultorio en la avenida San Juan: restaurantes y comercio ambulatorio entre casas con las puertas abiertas que siempre dan a escaleras que pueden llevar al estudio de un tinterillo, a la habitación de una prostituta, a dudosos laboratorios clínicos o a la muerte. Papá, mareado, no estaba seguro en cuál de todas esas puertas debíamos de entrar. Un chinito que salteaba arroz en una wok nos preguntó a quién buscábamos.

«Tercer piso», dijo.

Subimos por unos escalones rojos y lúgubres. Detrás de la reja, una mujer desganada nos informó que el doctor ya se había ido. Como vestía blusa blanca, papá supuso que era enfermera. Ella dijo que no, la recepcionista. «¿Pero sabes cómo sacar sangre?». «Más o menos nomás, señor». «¿Lo puedes hacer entonces? Te doy tu propina. Un favor. Es urgente, amiguita».

La mujer asintió y se recogió el pelo.

En ese momento sospeché de la salud mental de papá. Ya suponía los peores desenlaces, al igual que cuando era un niño y me ajustaban el brazo con una liga para pincharme y analizar mi hemoglobina; es decir que la aguja se rompería y quedaría bajo mi piel como un gusanito de metal, o que la aguja ya se había usado, que me infectarían, que sería otro de esos niños malditos en un programa periodístico.

Me persigné sin comentar nada con papá.

Luego de dos horas, un correo electrónico nos anunciaba los resultados de la PSA. Todo bien.

Ex Novia insistió con la próstata.

Al día siguiente, papá llenó su vejiga con cinco tazas de agua antes de ir al Hospital de la Solidaridad de Villa El Salvador: contenedores en medio de pistas con basura, al aire libre. Era lo más barato. Creo que en ese momento no me daba cuenta. Papá me había pagado una universidad privada, cara, pero nuestra realidad eran el laboratorio clandestino, consultas en un recipiente de carga, ese lugar con poco personal donde no había reemplazos y cuyas atenciones se cancelaban en el almuerzo, justo cuando llegábamos.

A papá le tocaba esperar dos horas, hasta las tres de la tarde, con dos litros y medio de cuchillas punzando su abdomen bajo, en ese distrito que era casi borrado por la neblina de julio.

Traté de distraerlo.

Ni recuerdo de qué hablamos. Perú ya había perdido con Dinamarca en el mundial. Es posible que le haya comentado estrategias para el partido contra Francia. Pero papá era muy realista, al menos en el fútbol: ya estamos eliminados, hijo.

Me angustiaba su pesimismo en ese contexto. ¿Dónde estaba el papá de veintiocho años que me animaba a pelear aunque fuera a perder?

«Ya estamos eliminados, hijo». Eso no es lo que quieres oír de un hombre hecho de roble.

Cuando ya solo faltaban cinco minutos para las tres, papá murmuró: «¡A la mierda, ya no aguanto!». Se levantó y corrió con las rodillas juntas hacia el baño. Luego volvió al pasillo con la casaca amarrada a la cintura disimulando una mancha oscura en su jean.

Recién llegado de Europa, con fiebre y escalofríos, también bebí litros de agua para expulsar lo más pronto aquello que me hacía daño, y ya había ido a orinar como ocho veces. Y ya habían pasado treinta y seis horas, cuarenta y ocho horas, sesenta y dos horas, y nadie se comunicaba conmigo.

Era lo normal.

A los pocos amigos que me visitaban en San Juan los prevenía siempre: al cruzar la Panamericana Sur, van a ingresar en un territorio sin leyes, o con otras leyes, propicio para la delincuencia, donde no hay Estado: no saquen sus celulares, no se distraigan al caminar y siempre muéstrense seguros, decía con las ínfulas del que todos los días iba entre ladrones, matones y prostitutas al volver de noche de la universidad.

De hecho, vivir en un distrito caótico lo ponderaba como una ventaja y no como un infortunio en mi carrera de escritor: tenía historias en cada esquina. Pero era solo un consuelo parecido al mito de un papá hecho de roble que murió por un golpe en la cabeza al que no se le dio la importancia debida.

13 de marzo. 02:00 a.m. Los escalofríos y la fiebre me atacaban otra vez y con cobardía, a esa hora en que había quedado solo e indefenso.

Y aunque le temía a la enfermedad, lo que realmente me aterraba era el Perú, la conciencia de que sus fronteras no eran Tumbes ni Tacna, sino que el país se terminara siempre en cada puente Atocongo, y lo de más allá era solo esto: hombres tratando de sobrevivir, yendo por unas escaleras hacia lo desconocido, como quien trepa por los cerros en busca de la esperanza.

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