Capítulo III: Manchas rojas en la camisa de papá

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

La enfermedad de papá también comenzó tras un paseo por Europa. Había ascendido poco a poco en una empresa automotriz, y a los cuarenta y nueve años salió por primera vez del Perú. Bacán, si no fuera porque lo despidieron injustamente de su chamba cuando aún desempacaba en San Juan. Poco después del vencimiento de su seguro de salud en una clínica (adiós al privilegio de 400 doctores, 250 consultorios y 170 camas de hospitalización para cuarenta mil pacientes), se afiebró, y sus fotos en el estadio del Real Madrid fueron trasladadas de un momento a otro al álbum de las frivolidades.

Yo no viajé por turismo. Fui a Luxemburgo a hablar de literatura. Una presentación innecesaria, de hecho. Como me dijo la Tóxica: «No seas ingenuo, Palomari. ¿A quién en Europa le puede interesar el librito de cuentos de un chibolo de San Juan?». Recordar sus palabras hacía que mi cara ardiera a treinta y nueve grados Celsius sobre la almohada babosa. No solo había malgastado el dinero que nos faltaba (para pagar los estudios de mi hermana, por ejemplo), sino que, ¡encima!, había vuelto a casa posiblemente contagiado de un virus asesino.

¿Y quién me ayudaría si los del ministerio no contestaban, si mi tío, el doctor del clan, ya era un viejo con Alzheimer, si no contaba con una enfermera entre mis ex novias, como papá? ¿Quién me ayudaría si no me pagaba ningún seguro? Es que mamá solía jactarse de que yo nunca había necesitado hospitalización. Mamá decía que yo era fuerte, un niño alimentado con pescado, leche y espinaca, pero esa supuesta inmunidad se la debía más a un trauma que a mi condición física.

Invierno del 98. Como todas las mañanas, mamá va a la panadería. Yo estoy en primaria, segundo grado, y alisto mi mochila para ir al colegio. En la radio, como siempre en la emisora de las canciones inolvidables, José Luis Perales corea «y se marchó, y a su barco le llamó libertad, y en el cielo descubrió gavio oo taas» cuando el piso empieza a temblar . O quizás no, no tiembla, sino que se oye como si se hubiera caído y roto un macetero; o más exacto sería pensar en el sonido de un costal de papas aventado desde una altura de diez metros que impacta contra el pavimento. Y después, los alaridos. Voy a ver y encuentro a mamá sentada en el garaje con el pescuezo doblado. Los pelos engrosados por la sangre tapan su cara. Creo que balbucea buu, buuu, ¿o llora?, no sé, no entiendo nada.

Quiero correr hacia ella, pero el miedo, que en ese instante me hace sentir las manos de hielo y una punzada caliente en el medio del cerebro, me ha paralizado.

Días antes, mamá ha descubierto manchas rojas en las camisas de papá. De repente se distrajo con eso: ¿lápiz labial o tinta de lapicero?, se hiperventiló, perdió el equilibrio y por alguna razón que desconozco su cuerpo se elevó más de lo que cabe imaginar, porque era dificilísimo tropezar en las escaleras y terminar así, como si se hubiese lanzado de cabeza.

Papá no está esa mañana.

Mis abuelos cargan a mamá y la sacan con prisa a la calle. Mi abuelo detiene un taxi y le dice al chofer «al María Auxiliadora», el único hospital del sur de Lima que durante mi infancia es mencionado para que me porte bien, o ¡por travieso te van a llevar al María Auxiliadora!, y hacia ese lugar terrorífico se llevan a mamá, y yo, desde fuera, un niño de siete años, miro sin amparo por las ventanas de ese Tico amarillo que se marcha a toda velocidad, y repito: «mi mamá se va a morir, mi mamá se va a morir».

Desde entonces, evité los cabezazos en la losa de fulbito, los clavados en las piscinas y los resbalones en la ducha. Observaba las cicatrices de mis amigos en sus codos, en sus frentes, los yesos, las sillas de ruedas, sus inhaladores para el asma, y me enorgullecía de mi récord sanitario invicto, por la competencia de mis órganos.

Hasta que a papá se le escapó: «Naciste con soplos cardíacos, hijo». Supongo que me vi anonadado, porque preguntó: «¿No te ha dicho tu madre?».

Un flequillo escondía esa X (veinte puntos de sutura sobre la ceja de mamá). El cuerpo es un almacén de secretos. Los virus se pueden atrincherar en tu garganta y reproducirse en silencio, a traición. Revisarás el aliento, los dientes, la lengua y no percibirás anomalías. Hasta que será demasiado tarde. Porque lo maligno, como todo dolor profundo, crece siempre hacia adentro y solo con el tiempo se muestra como una mancha roja en la camisa.

Como tumores, como metástasis.

Y papá, nervioso, se acariciaba las protuberancias de la quijada mientras veíamos el Perú vs. Australia en la sala de espera del Hospital Militar, donde Ex Novia trabajaba. Ella había ido en busca de un cirujano. Todos estaban ocupados (las enfermedades no se detienen por un gol de Paolo Guerrero), pero un colega aceptó extraer un ganglio de la ingle de papá con la condición de que lo partiría y se quedaría con la mitad. En el mundo de la medicina es normal deber un favor. De hecho, Ex Novia había cuidado de los padres y abuelos de varios doctores, y por eso los soldados con sus rifles nos franqueaban el ingreso en la entrada principal, aunque no hubiera entre los Palomari ni un cachaco. Soltero Maduro, deportado de los Estados Unidos, decía: «En el Perú no importa cuánto hayas estudiado sino a quiénes conoces».

Cuando Ex Novia reapareció en la sala con el médico a su costado, papá se incorporó muy despacio del sillón y se afirmó en el suelo durante diez segundos. Ya se mareaba con frecuencia. Iba a cumplir cincuenta años, pero los setentones que lo rodeaban caminaban más erguidos que él.

Una hora después, vino cojeando. Le habían dado en un frasco de papilla la parte que le tocaba.

Para relajarnos, papá y yo íbamos a esos lugares con sillones masajeadores y nos olvidábamos de la pesadilla: media hora por diez soles. Mientras mi asiento vibraba, veía los árboles pelados de la avenida y pensaba en un roble que nunca cae.

No sé si ya nos habían dado la noticia, pero era cáncer linfático o tuberculosis ganglionar o C o D, y C o D no eran necesariamente mejores opciones sino la prolongación del vía crucis por los hospitales de Lima, donde Ex Novia siempre conocía a alguien. Descartados SIDA, cáncer de próstata, cirrosis, nefrosis, cálculos biliares, tifoidea, EPOC, etc., aún faltaban más agujas, más cortes, más estrés, y por eso era importante que papá no decaiga.

«Tranquilo, viejo», le decía en los sillones masajeadores. «Saldremos de esta juntos. Tú tranquilo nomás».

Tranquilo, trataba de resistir a solas en mi isla, con un hueco en el corazón.

Había vivido evitando las hemorragias, las roturas rotura en la piel, la enfermedad que te inhabilita, esa por la que te abren. Pero las monstruosas manos del dolor ya se alzaban sobre mi cuerpo de veintiocho años en un rincón sin barrer del Perú. Y ninguna de las personas a las que quería podía acercárseme, porque esas manos negras estaban hambrientas.

En el mejor de los casos, gripe o resfrío.

En el peor: mamá, Mascota, mis abuelos, El Diego, hasta papá, incubaban el nuevo virus por mi culpa, por mi capricho de presentar un libro de cuentos ante un auditorio lleno de sillas vacías. Ante seis compatriotas y tres extranjeros en el otro lado del mundo.

Irónicamente, había viajado a Europa para hablar de esos 7 millones de peruanos que entre otras carencias no contaban con un seguro de salud, y los tildé de «ellos» sin considerar que también era parte de ese grupo de personas a las que, como titulaba mi libro, nadie nos extrañaría.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp