Capítulo V: Luchando en una pecera llena de pirañas

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En ese juego te daban tres palabras al azar y en cinco minutos tenías que inventar un relato ante el bullicioso público de un bar de Lima. Yo tecleaba en el escenario, en una laptop puesta sobre una mesa que cercaban las cuerdas de un ring de boxeo. Había un DJ a mi lado y un ecran a mis espaldas: una inmensa hoja en blanco de Word.

Releía mis frases y me sofocaba por la máscara, que era parte del show: los perdedores revelarían su identidad. En el sótano, otros aspirantes a escritor aguardaban ansiosos, entre ellos mi rival, quien ocuparía mi sitio luego de que yo le leyese mi cuento al jurado. Solo uno avanzaría a la siguiente fase, solo uno sería el campeón publicado en ese 2013. «LuchaLibro» se llamaba el torneo. Lucha por tu libro.

Las palabras son más fuertes que los puños.

En ese campeonato conocí a Editor Famoso. Me invitó una jarra de cerveza después de mi tercera victoria, en los cuartos de final. Acodado en la barra me dijo con mucha convicción: «Tú serás el mejor escritor de tu generación, no te olvides de eso. Tú y yo vamos a hacer dinero, Palomari». Seis meses después de la última fecha de LuchaLibro, sentado en unas escaleras afuera de su oficina, esperaba fumando a que Editor Famoso diera la cara y me devolviera la plata que le había adelantado para la impresión de mi primera novela, un pago parcial que coincidió con la última vez que nos vimos.

Su secretaria me había despachado poco antes. Mientras me explicaba que su jefe no volvería hasta muy tarde, yo trataba de memorizar su agenda, expuesta en una pizarra que colgaba de la pared. Había apellidos de escritores —Yushimito, Cueto, Thays—, y según ese cuadro faltaban dos horas para la reunión con «Tuto», un nombre enigmático. La secretaria se percató de mi indiscreción y me dijo que mejor regresara otro día, pero me negué, y ella, con una amabilidad de manual, finalmente me sacó al pasillo. Al cabo de seis cigarros, apareció un pata alto y barbón, con un abrigo que acababa en sus rodillas, se detuvo ante la puerta roja y la golpeó con sus nudillos tres veces: toc, toc, toc. Calculé que había pasado más de una hora, entonces grité: «¡Tuto!». El tipo volteó, yo le sonreí, y me regresó el saludo. ¿Editor Famoso estaba adentro?

Una concursante de LuchaLibro, a quien yo consideraba mi amiga, me había aconsejado que me olvidase del dinero debido. Editor Famoso era un contacto importante, alguien que te podía meter en el mundo editorial, conseguir reseñas positivas sobre tu trabajo en diarios o revistas, o facilitarte viajes a encuentros literarios de Sudamérica, de hecho, él mismo seleccionaba a los autores que iban a las ferias del libro de Bogotá o de Santiago. No era conveniente enemistarse con él. Como un romántico trasnochado, me mostré en desacuerdo total: sin amiguismos, los escritores debían de luchar con su obra así como nosotros los amateurs lo hacíamos cada lunes en el ring. Ella rio, y más tarde ganó el campeonato. Se lo merecía.

En serio.

A veces me preguntaba si esos nombres escritos con plumón negro en la pizarra acrílica de Editor Famoso, todos reconocidos en la escena letrada, acaso no eran como él,  animadores culturales sin escrúpulos cuyo trabajo carecía de conciencia moral, cuya dignidad se negociaba, gente que sin duda era capaz de las acciones más bajas, como estafar, con tal de conservar su sitio privilegiado en los espacios intelectuales de Lima, que son una pecera llena de pirañas. De todos modos, me reconfortaba la idea de pelear por mi libro sin la necesidad de convertirme en el lisonjero de ciertos consagrados.

Aunque eso no represente ningún valor literario: podía ser un mal escritor, pero jamás un escritor arrodillado ante el poder.

Para volar a Europa, organicé una pollada con el apoyo de mis padres, principalmente de papá, quien en la década del noventa gozó del auge de esa popular manera de obtener dinero con la venta de pollo frito y cervezas, con música bailable a todo volumen.

Ese día, cheleando con mi familia en un pampón usado como estacionamiento, al lado de dos canchitas de fulbito, una tía me dijo que el éxito de mi viaje dependería de Dios. Yo le porfié. Pero pasó media hora y se fue la luz en el local. Y al cabo de un mes, mi cabeza latía, y no como el corazón con soplos de un recién nacido; eran rabiosos martillazos sobre mis sesos, golpes tan duros como un desengaño.

Imposible dormir así.

Prendí la lámpara y me puse a leer mientras serpientes de sudor pasaban sus lenguas por mi sien.

Papá podía caminar con las justas. Por la gota, ya era costumbre que arrastrara los pies inflamados, pero ahora, en cada paso, absorbía su saliva tomando aire con la boca, como cuando algo nos duele. Y aun así, continuó abriendo a diario su tienda.

A papá le habían faltado solo semanas para obtener la estabilidad laboral en la empresa automotriz, es decir que estaban por terminarse las renovaciones de contrato cada tres meses, pero por cambios en la gerencia removieron del cargo a su supervisor, con quien había trabajado en los últimos cinco años. El reemplazante sabía de autos lo mismo que un perro de motores, pero era amigo del nuevo mandamás. Desde el primer contacto, trató a papá con cierto desprecio e incluso lo culpó de sus errores. Papá no aguantó, lo obligaron a firmar su carta de renuncia —la otra opción era un juicio inacabable sin cobrar de inmediato la liquidación—, y con el dinero que le pagaron por tiempo de servicio inauguró esa tienda de venta de autos: un emprendimiento o más bien un recurso desesperado.

El negocio nunca caminó bien, pero flojeó todavía más feo en el último trimestre, de abril a junio del 2018, y si no fuera porque su mejor amigo le alquilaba el lugar, a papá lo hubieran desalojado hacía rato por deudor. Me costaba entender por qué insistía con esa empresa. No era un fanático de los automóviles, y en vez de otorgarle ganancias, su dinero se agotaba mes a mes. Cualquier administrador se lo hubiera dicho sin compasión, o quizá compadeciéndose: tira la toalla.

Y, por si fuera poco, la enfermedad. Una internista del hospital militar ya lo había manoseado como a un muñeco de espuma, preguntándole si dolía en las zonas que tocaba con las yemas de sus dedos. Papá contestaba con vacilación. Su sí nos sugería lo opuesto. Y si no le dolía, era un tumor. Cáncer o tuberculosis ganglionar, nos dijo la internista.  Pero momentáneamente: infección urinaria e infección estomacal. La pelota de jax sacada de su cuello y partida en dos contenía el resto de la información, la más importante.

Cáncer o tuberculosis.

Quizás lo había contagiado uno de los taxistas que iban a la tienda por su crédito vehicular.

¿Y el cáncer? ¿Por los cigarrillos?, ¿por la comida chatarra?, ¿por el alcohol?

Sonaba razonable, pero cuando leí que el estrés crónico es causa de cáncer, detesté a las fábricas de automóviles, a los concesionarios, a las financieras y a los bancos: cada parte se llevaba su tajada, y papá recogía sus migajas. No valía la pena que se mate por una comisión de setecientos soles (con suerte, con mucha suerte vendía tres o cuatro carros en un mes), pero cada mañana quitaba el candado de esas rejas polvorientas y oxidadas, levantaba el toldo y exhibía su cartel: Auto Sur, Crédito Inmediato.

«¿Quieres morir?», le increpaba. Y él me miraba en silencio, como si la respuesta fuera obvia. Pero no era nada obvia, así que comencé a frecuentar Auto Sur con suma curiosidad. Cada dos horas, un potencial cliente entraba y se sentaba frente a papá. Parecían interesados, pero muchos de ellos solo hacían tiempo y aprovechaban el café y las galletitas gratis. Quizás porque a cada tanto miraban su reloj, se notaba que habían llegado muy temprano a su cita en la CT, el popular punto de encuentro que había a media cuadra: ese ruidoso punto de partida de la avenida San Juan.

Tal vez papá esperaba que los del laboratorio descartasen el cáncer, curar su TBC y continuar con sus deberes como siempre, porque el sistema económico no le exonera a nadie los gastos por sobrevivir. O es que permanecer en sus labores, aun convaleciente, era la forma en que miraba a los ojos de la muerte, desafiándola.

De cualquier manera, ¿qué sensatez le podía reclamar alguien que tecleaba día y noche como un robot a cambio de dos soles por libro vendido?

En esencia, papá y yo nos parecíamos. Con fiebre y con escalofríos, ardiendo bajo las sábanas, respirando apenas como si una máscara contuviese mi rostro, estructuraba un cuento que se incluiría en una revista española de publicación en Luxemburgo. Si hubiera tenido un hijo, me hubiera dicho: «Son las tres de la mañana, viejo. Y estás temblando. ¿De veras quieres anotar todas esas ideas cuando lo único que tienes que hacer ahora es descansar? ¿No te das cuenta, viejo?», me habría visto con severidad como si fuera un idiota.

Y posiblemente hubiera tenido toda la razón.

Pero la voluntad de vivir se manifiesta en las acciones más sencillas.

Y lo que yo expresaba con ese afán de leer y escribir en las peores condiciones era que no me quería morir aún: no había publicado una novela, tampoco le había comprado una casa a mi madre ni había pagado los estudios universitarios de mi hermana ni había llevado de viaje por el mundo a mis abuelos.

No podía morir aún, no con esos pendientes, no con esa horrible sensación de haber recibido más de lo que pude dar, no con el agobio por deberle tanto a la gente que te ama.

No era justo. Yo había luchado.

Por eso pedía solo un cachito. Tres palabras y cinco minutos más.

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