Capítulo IV: Todos atrapados en el país del mañana

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Todos los días mueren ciento cincuenta mil personas. Y ya había muerto alguien en mi habitación.

La muerte es fría. Entra sin tocar la puerta.

Y casi siempre por los pies.

En 1998, mamá alquiló nuestro departamento porque sin papá un eco triste rebotaba en las paredes descuidadas cada vez que conversábamos, algo que casi nunca ocurría: ¿de qué puedes hablar con tu hijo de diez años cuando tu esposo se acaba de ir?

La sala, los dormitorios, el baño, la cocina, hasta las veredas y la pista y la esquina de la calle habían acumulado recuerdos, no todos malos, por supuesto, pero incluso los más bonitos del matrimonio hacían que mamá le diera miles de vueltas a la cucharita dentro de la taza de té.

Nos mudamos a un cuarto que se pagaba con la renta del depa, y visitábamos a mis abuelos los fines de semana. A la hora del lonche, mamá subía donde los López, los nuevos inquilinos. Leían un pasaje bíblico y rajaban de papá mientras yo jugaba con su gato.

La puerta de mi dormitorio parecía clausurada. Mamá me contó que había una señora «delicada de salud».

«¿Te gustaría conocerla, hijo?».

«¿Da miedo?» era la pregunta clásica de un niño al que los males del cuerpo le fueron presentados siempre como terroríficos.

«Está un poco delgada. Es como un angelito», dijo mamá.

«Mejor no», respondí, pero la curiosidad —¿qué era un «cáncer de pulmón»?— me devolvió a ese cuarto que yo ya no reconocía,  comenzando por esos cuadros de santos con velitas misioneras que había por donde se mirase. En la cama, arrinconada, yacía una mujer de pelo ondeado y cano, con incontables arrugas, como si unos niños traviesos hubiesen jugado cientos de michi con su rostro.

Era como un ángel… viejo. Transmitía una extraña paz a pesar del olor cargado y ácido. Sin levantarse, me saludó con una sonrisa cadavérica. La señora Eduviges. Hablamos un poco, supongo que de lo común: que qué me gustaría ser de grande, que si sacaba buenas notas en el colegio. Esas cosas.

Y entre toses, me prometió un regalo para mi siguiente visita.

Pero no hubo. Yo quería amigos de mi edad, no una moribunda de setenta y tantos años.

Me enteré por la misa de mes. La invitación estaba en el baño de mis abuelos, junto a los periódicos viejos, a pesar de que mamá me había repetido que la señora Eduviges seguía viva. Supongo que era prudente que un niño ignore que en su cuarto había suspirado por última vez una anciana.

Imagino que los López tampoco querían espíritus en su hogar. «Porque ellos tenían una casa», me contó papá.

15 de marzo del 2020. Había olvidado a esa mujer hasta que abrí los ojos, después de soñar con ella, y palpé de inmediato mi colchón. En la esquina del techo, al lado de la puerta, flotaba una luz, una virgen de colores psicodélicos, un puñado de energía palpitante. Poco a poco, la oscuridad se completó nuevamente. Había tanto silencio que escuchaba mi saliva cayendo por mi garganta pastosa y los uh ah uh ah de mi respiración agitada.

En la pesadilla, yo estaba echado en una cama de hospital, y una versión rejuvenecida de Eduviges pasaba sus dedos finos por mi pelo. Era como la Mona Lisa con bufanda roja, apacible hasta que descubrió su cuello: un agujero en la tráquea. Insertó en él un cigarrillo y aspiró fuerte. El humo emanado por esa rajadura nos fue envolviendo. Santos de ojos reventados nos miraban desde las paredes.

«¿Voy a morir?», pregunté.

Eduviges solo fumaba. «¿Voy a morir?», insistí una, dos, tres veces, «¿he muerto?, ¿estoy muerto?», tomé su brazo consistente como un palo de escoba y lo samaqueé gritándole: «¿Voy a morir?, ¿voy a morir?».

En el otro extremo de la pieza, que de pronto era idéntico a la sala de nuestro departamento, mamá le daba vueltas y vueltas a la cucharita dentro de la taza de té. «¡Mamá, mamá!», grité y traté de pararme, pero había agujas en mis venas. Y ya no me podía mover, ya no sentía mis extremidades.

Eduviges rió y mamá cayó a un costado y se partió como porcelana.

Una bocanada que hedía a orina de vieja me dio en la cara. «¿Por qué?», pregunté, a punto de llorar.

Ella susurró: «Reza».

No sé cómo. «¿Voy a morir?».

«¿Voy a morir?», me repetí con la nuca adormecida mientras mis venas se esforzaban por irrigar sangre hacia las puntas de mis dedos, que sentía hinchados, a punto de reventar. Transpiraba y jadeaba perturbado. Recordar era como soñar despierto con esa vieja que había muerto en el mismo rincón donde uh ah uh ah el corazón me daba vueltas. Y las paredes temblaban. Y mis piernas empequeñecían, se recogían ante ese destello que aparecía de nuevo.

¿Qué es la realidad a las tres y treinta y tres de la mañana?

Desperté cansado, como si no hubiese dormido nada. Eran las ocho ya. Por mi ventana, vi al Diego yendo a la panadería. Quise cabecear veinte minutitos más, como en el colegio, pero cinco minutos después mamá tocó mi puerta, como en el colegio. Abrió y le advertí:

—¡No entres! ¡Ponte tu mascarilla!

Mamá se fue y volvió cubierta.

—¿Te sientes mejor, hijo?

—Sí —mentí.

—¿Quieres desayunar ya?

—¿Qué hay?

—El Diego recién irá a comprar.

—¿Ya no había ido por el pan? —me incorporé a medias, cubierto con la colcha.

—No. Recién, hijo. ¿Por qué no abres tu ventana? Hace calor. ¡Que se ventile tu cuarto! Rápido. Tu hermana está con hambre. ¿Tamal o queso?

—¿Pan con pollo? —el Diego asomaba detrás de mamá, con un tapaboca celeste. Era «población de riesgo»: ancianos, diabéticos, pacientes de cáncer que el virus exterminaría.

—Tamal.

Mamá me dejó con la puerta junta.

¿Qué fue lo del pasadizo?, me quedé pensando, preocupado. Después del pogo de París, había empezado a percibir manchitas con el rabillo del ojo. No eran «moscas», esos puntitos oscuros que brotan al parpadear, sino masas, como ratas que atraviesan velozmente por el campo visual. Quemaduras en una foto velada.

Según Internet, se me desprendía la retina. Dentro de cinco años acabaría ciego. Me tapé el ojo derecho y se volvieron borrosos los títulos de mi librero. No había relación entre la COVID-19 y deterioros oculares. No obstante, leí que a los contaminados se les derramaba la sangre en el cerebro tras una serie de hormigueos en la cara. Me toqué el cachete: ya había víctimas jóvenes, de mi edad. Víctimas sin patologías previas. Me pellizqué: ¡víctimas como yo!

No vi a la Mona Lisa por una cola de cien cámaras fotográficas delante de mí, era gente que sí desayunó y que no tenía que salir de París ese sábado por la tarde. Mi visita al museo la habían pospuesto dos días por un plantón de trabajadores asustados por los turistas chinos, casi el 10% de las asistencias diarias al Louvre. Y ante el cambio de planes, solo me quedaban cinco horas en Francia y más de treinta mil obras por conocer. Resignado, me prometí regresar pronto.

Ahora era posible que ni siquiera pudiera ver a papá otra vez: en el Perú se decretaba el estado de emergencia y se confinaba a toda la población tras confirmarse 71 casos, a pesar de que en otros países de la región no se tomaban medidas como las de Europa o Asia.

Esa acción inmediata me produjo cierta tranquilidad al principio, me dije: al presidente le importan nuestras vidas. Pero igual no acababa de entender por qué, cinco días después de haber conversado con la mujer del ministerio de Salud, nadie venía a examinarme, ni siquiera me respondían los mensajes por WhatsApp. Un mal síntoma.

Lo que fuera que había en mi organismo solo lo podía descubrir a través de los establecimientos estatales, los únicos autorizados para la realización de las pruebas.  Aislado, me frustraba porque no había manera de resolver ese problema por mi cuenta, solo me tocaba esperar, cuando era consciente de que la espera por una tomografía había matado a mi abuelo, consciente de que la espera es la peor opción en temas de enfermedad, consciente de que en el Perú algunas esperas pueden ser infinitas. Papá también lo sabía, por eso su prisa: «Es urgente, amiguita».

Y papá no estaba esa mañana.

Me puse de pie y quise salir de la habitación pero me detuvieron unos calambres en las pantorrillas y unas manchas en mis ojos circundándome como lanzas . En el interior de mi puerta, mamá había pegado una estampita de Jesús que me vigilaba con una fulgurante mirada amarilla, un recordatorio de que estaba atrapado.

«¿Voy a morir?», le pregunté.

¿Voy a morir?

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