Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro

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Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro. Hasta donde tenía entendido, la feria se iba a cancelar por toooodo lo que estaba pasando, y te juro que si no hubiese sido la muy querida presidenta de la Asociación de Peruanos en Luxemburgo quien me lo pedía, habría declinado.

A ver, te explico. La mayoría de mis clientes son chinos, y desde que el virus se propagó en su país, dejaron de responder correos de la noche a la mañana. Solo una chica me escribió diciendo que ya no podía pagar las clases porque todo se había detenido y su empresa, en dos meses, había quebrado. Me detalló que China, con 80 mil casos y casi tres mil muertos, iba a perder 60 billones de dólares por la pandemia, alucina.

Sabiendo eso, y con la cosa fea en Italia desde hacía tiempo, ¿por qué no se actuaba ya en Europa?, me preguntaba, pero bueno, el europeo siempre se alucina muy cool, muy avanzado, muy nada me va a pasar; y, como viste, Luxemburgo también es un país particular: pequeñito, con la mitad de la población inmigrante y la otra mitad anciana. Por eso, al llegar a LuxExpo no me pareció raro que hubiera tan poquita gente, sobre todo porque los que ya llevamos años viviendo acá sabemos que los italianos son una de las colonias más grandes, y que van y vienen de su país a cada rato. De hecho, el primer caso en Lux –que se confirmó justo un día antes de tu presentación– volvía del norte de Italia.

El que menos quería cuidarse, muchachito.

Además, con esa lluvia torrencial que te tocó, ni ganas daban de salir. Ayayay, más piña no pudiste ser. Pero tú como si nada saludando con tres besitos a la usanza luxemburguesa. Cuando nos presentaron, tuve que decirte que estaba resfriada, porque si no… Huy, no me quiero ni imaginar. Después te fuiste al baño, ¿recuerdas? Y te demoraste un rataaaaazo. No sé por qué pensé que te habías desmayado o algo así, hasta que de la nada apareciste más pálido y con la boca sangrando en el auditorio. Dijiste que te habías cortado al afeitarte. ¡Rayos!, ¿quién se afeita en un baño público en estas circunstancias, cinco minutos antes de presentar su libro en otro país?, me dije, y claro, pues, eras viajero, peruano, pero sobre todo un chiquillo, un muchachito.

Acabada la presentación, no me cabía cómo te tomabas fotos con desconocidos y recibías su dinero y te tocabas la nariz con tanta manía. ¡Y encima fuiste a almorzar donde los italianos! Hasta te hiciste amigo de ellos, creo. ¿Y así querías que te acompañara a un lugar parecido al Tizón de Barranco?, su versión del Primer Mundo, me dijiste. Habrás pensado que soy una vieja aburrida –para nada, tengo pocos años más que tú nomás–, pero yo ya había pasado por una experiencia jodida un año atrás.

Te cuento: se llama virus sincicial respiratorio. Como el coronita, se contagia muy rápido y puede vivir media hora en las manos y hasta cinco horas en otras superficies, como en esa mesita donde vendías tus libritos. El primero en caer fue mi jefe, un hombre vigoroso de cincuenta años. A él, le seguí yo. Y se me complicó horrible, estuve tres meses mal, en cama: una gripe con asfixias y polvo en la garganta. ¿Repetir eso por una noche loca? Paso, me dije. Estas canitas no son en vano, ¿ya ves? Y tú que me tildabas de paranoica. Ay, muchacho, muchacho.

No te culpo, estabas con todo el entusiasmo del que viaja. Me recordaste a mí misma cuando tenía tu edad y recorría Europa por primera vez, y no es fácil ser mujer y recorrer, qué se yo, Estambul sola. De repente eso me ha hecho más observadora, atenta a mi cuerpo y a los peligros. Disculpa por no despedirme. Tuve que irme rápido porque se me bajó la presión. Y ya en casa me dije que las casualidades no existen. Al toque les escribí a mis papitos, ellos viven en Lima. No te miento: ese primero de marzo a las siete de la noche les pedí que no salieran a la calle por nada del mundo y que compraran urgente un balón de oxígeno.

Tres semanas después, como te habrás enterado, el LuxExpo se transformó en un hospital. Yo no podía ni creerlo. Parecía uno de esos lugares con carpas que se ven en las películas de guerra. Había casi mil infectados, que no era mucho en comparación con otros países, pero igual se decidió construir hasta tres hospitales en un abrir y cerrar de ojos (ya viste cómo son los luxemburgueses, ¿no?, levantan un edificio, al año siguiente lo tumban y de inmediato erigen otro), y tras ese parpadeo Lux ya era uno de los países europeos con más camas de cuidados intensivos per cápita. Qué maravilla.

De repente por eso les advertí a mis papás que consiguieran oxígeno. Cuando estás en un país tan avanzado, eres mucho más consciente de las limitaciones de nuestro (todavía) amado Perú.

En fin. Por todo lo que he leído en tu bitácora, me parece que te contagiaste en Madrid, luego de pasar por aquí. A mí no me tocó esta vez, gracias a Dios.

En Lux, en Europa en general, las cosas van regresando a la normalidad, la gente ya sale, ya funcionan hasta los bares, aunque, eso sí, ha vuelto a llover fuertísimo, como en el día de tu presentación. ¡Y tú con esa camisita y nada más! Lo recuerdo y me da frío, caray.

¿Lección aprendida, muchachito? Espero que sí, y que en adelante te abrigues y te cuides sobre todo. Ojalá regreses pronto a Luxem. Prometo que esta vez sí iremos juntos al Rocas a bailar como se debe. Yo invito las dos primeras.

Claudia Rivarola

Traductora e intérprete

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