Capítulo VII: La noticia que nos hizo llorar

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Solo un desmayo convenció a papá de que necesitaba parar. Sin tienda, ocupó sus horas con la televisión: fútbol inglés, fútbol italiano, fútbol español. La Ley y el Orden, La Ley y el Orden. La Ley y el Orden. Le presté un libro gordo de Mario Vargas Llosa, pero solo lo hojeaba para dormir.

Le interesaban otros temas de lectura.

No recordaba almuerzos con papá en los que no extendiera las hojas de El Bocón sobre toda la mesa mientras comía apurado con cuchara, encorvado, respondiendo monosílabos con la boca llena: seh, no, ajá. En cinco minutos, devoraba su plato. Ahora sobraba tanto tiempo que hasta lonchábamos juntos.

Los promotores de esas tardes eran mis abuelos maternos. Llegaban a eso de las seis con pan integral y algún relleno poco o nada procesado: queso fresco, aceitunas, pollo, sangrecita. Todo rico, pero lo mejor era compartir con ellos. Una mesa variopinta: mi abuela sordomuda, mi padre con sus suegros, Soltero Maduro (y en ocasiones su mejor amigo). Conversaciones de antología. Por ejemplo, el relato en voz de papá del primer televisor a colores en el barrio. Me fascinaba que todos los vecinos de la cuadra se reunieran en una misma sala por un partido de Perú. Era algo que yo hubiese querido vivir, que hubiese intercambiado por el paradigma contemporáneo del «cada uno con su televisor en su cuarto». Y por ratos pensaba que si papá fallecía, con él no solo desaparecería un distrito –quiero decir que San Juan perdería todo sentido para mí, porque para mí San Juan era papá–, sino también una época, el pasado.

¿Por qué no había propiciado esos encuentros familiares antes?, me preguntaba. ¿Por qué papá y yo, sobrios, nunca nos habíamos permitido fortalecer nuestro parentesco, esa intimidad, construir juntos o guardar una memoria?

De repente porque los hijos de sordomudos están poco acostumbrados al diálogo. Uno aprende a comunicarse de otras maneras y poco a poco va perdiendo la voluntad de abrir la boca. Por eso creo que necesitábamos de mediadores o de alcohol (que bien vista, una botella de cerveza era como una tercera persona); o quizá postergamos los encuentros de padre e hijo porque creíamos que la desgracia era de otros: para papá, para mí, siempre habría una próxima vez, un próximo encuentro.

O eso creía yo desde niño.

Cuando tenía once años, un compañero murió por un tumor en el cerebro. En el aula, se echaba en la carpeta, somnoliento. Faltó un día, dos. Nadie notó su ausencia. No recuerdo que hayamos preguntado por él. Hasta que sus padres organizaron una pollada para recaudar dinero.

El velorio fue en su casa, por el puente Alipio Ponce, cerca del cementerio. En el límite de San Juan. La noche parecía más oscura por allí. Era un barrio menos acomodado que el mío. Los ladrillos expuestos, pelados, hacían todo más penoso. Esa estética de Lima de lo inacabado, de lo que se logró a las justas.

Los deudos lloraban en sillas blancas de plástico. Sentí culpa, vergüenza por vestir ropa casi nueva. Por ser lo que ellos habían perdido.

No me atreví a pararme frente al ataúd.

Esa fue la primera vez que me sentí adulto, como papá, como mi abuelo: eran ellos los que enterraban a sus amigos, no yo. Me asombra cuánto confiaba en que eso nunca me hubiera ocurrido a mí, me refiero a morir a los diez años: nada interrumpiría mi paso a la siguiente fase de Pokémon en el Game Boy, yo arrellanado en el sillón de mi sala de paredes pintadas, con un refresco con sorbete, como en esa mañana de diciembre en que telefonearon y una gimiente voz de niño me lo anunció. Y sin saber qué responder, repetí lo que oía de los mayores: ya descansa en paz.

Es solo un consuelo.

No usé mi Game Boy en todo ese mes.

El laboratorio donde se dejó la muestra, «los resultados más confiables del Perú», llevaba una semana de retraso. Evocábamos mejores épocas —sin tecnología pero con salud— para mitigar la ansiedad, como en la cafetería de un hospital. Yo ya me había quedado sin uñas, eran puro nervio, dolían.

Hasta que una tarde, en pleno lonche, Ex Novia cruzó la sala con su traje celeste de enfermera. Sostenía con firmeza un sobre blanco, como si pesara. La hinchazón de sus párpados delataba que había llorado. Nos saludó a la distancia y llamó a un lado a papá.

Lo llevó a la habitación de mi abuela.

Los de la mesa nos miramos en silencio. Mi tío juntó sus manos en oración. Sus ojos enrojecieron, ya lo sabía todo. Mis abuelos permanecieron callados, mordiéndose los labios. ¿Qué se puede decir cuando en el cuarto contiguo le están anunciando a tu viejo los días que le quedan?

Era tan irónico. De alguna manera, todos queríamos que papá reflexionara, que dejase de beber, que ya no nos contara su nivel de triglicéridos con una estúpida presunción, como si fuera de acero («hace rato que debería de estar muerto, me dijo el doctor»), y ese desequilibrio en su salud nos parecía oportuno (mamá lo dijo: ojalá que ahora sí se dé cuenta). Pero la enfermedad, la verdadera enfermedad, esa que te destruye por dentro sin compasión, era un exceso, un error de cálculo, un «ten cuidado con lo que deseas». Se nos había pasado la mano con nuestros deseos, y ni el más optimista de la mesa esperaba que Ex Novia diera buenas nuevas a nuestras espaldas.

El café apuraba mi vejiga, mandándome al baño, frente al dormitorio de mi abuela. No habían cerrado su puerta, y pude ver a papá con Ex Novia sentados en el borde de la cama: dos ex enamorados tratando de reconciliarse. Solo que papá giró hacia mí y me miró por dos segundos como un niño al que castigaban de por vida.

Veinte minutos después, Ex Novia se despidió con frialdad.

Papá regresó a su sitio en la mesa. Aunque en silencio, esa vez sí lloró. Y delante de todos.

Vamos a luchar hasta el final, le dije.

No dormí esa noche. La lluvia golpeaba el concreto con insistencia. Era como si el cielo cayese sobre mí.

El nombre del enemigo era «linfoma». Células dañinas en los glóbulos blancos (esos que combaten los gérmenes). 70% de probabilidades de sobrevivir si el paciente es menor de sesenta años, si el cáncer está en su etapa uno o dos, si no hay linfoma fuera de los ganglios linfáticos. Si el nivel de lactato deshidrogenasa es normal.

Tarde o temprano, la enfermedad te vuelve experto en lo que la mayoría ignora.

20 de marzo del 2020. Ocho días después, me llamó un doctor del ministerio. Llegaré con el equipo de infectología en breve, anunció. Para ese momento, no solo había perdido el sentido del gusto y el olfato sino que hasta olvi´de el olor de un lápiz, de una Inca Kola, de un anticucho, el olor de mi propio cuerpo, de mamá, de papá. Tan frustrante como que se te vaya de la mente lo que hacía dos segundos pensabas, solo que a cada rato, durante todo el día. Como cavar y cavar y cavar en una tierra profunda, cuyo fondo había sido minado con locura y desesperación.

Las comidas, indicadoras del tiempo, ya no me entusiasmaban. Las horas eran siempre iguales para mí. Tallarines rojos, causa limeña, pescado frito. Todo sabía igual: a nada. Era como estar ciego de la nariz y de la boca atrapado en cuatro metros cuadrados, en un espacio al que no le daba ni la luz del sol.

Recién comprendía a mi viejo rehusándose a masticar a diario el mismo pollo sancochado sin ningún condimento. La infelicidad es así.

Sonó el timbre. Mamá fue a atender. Yo aguardaba oculto en mi cuarto como un monstruito, un espécimen de la pandemia al que había que mantener separado como a un animal en cautiverio, el medio de transporte de un virus cuya sola respiración aterrorizaba a cualquiera.

Me pareció que se demoraban o es que me puse muy inquieto, a caminar en círculos. Escuché los murmullos ascendiendo por la escalera, en la sala, y a continuación a mi madre resumiendo mi experiencia: viaje por Europa, fiebre en Lima, escalofríos, estornudos. Había estornudado pocas veces ciertamente, pero mamá cumplía con su rol de madre. Mascota se les unió, curiosa. Hasta el Diego abandonó su camerino y preguntó si podían vacunarlo contra la influenza y el neumococo. Supuestamente, eso reduciría la letalidad del virus en su organismo si es que se contagiaba. Pero le dijeron que no. Aún le faltaban dos años para recibir gratuitamente esas inyecciones.

Mamá gritó mi nombre. Después una semana, caminé cinco pasos más allá de mi dormitorio.

—Ahí nomás  —me detuvo un doctor que por los lentes, el tapaboca, una capa celeste y los zapatos envueltos en plástico parecía listo para una misión radioactiva—. Ahí nomás, Palomari. Siempre a dos metros de distancia, ¿sí? Siempre a dos metros de distancia, ¿OK, señora?

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp