Capítulo VI: Útero vulnerable

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La crisis de la mediana edad no la tiene una chica de treinta años que fue dejada por su novio o que perdió el trabajo. Comienza más adelante con un mareíto inocente, con una punzada en la sien, con un desmayo por exceso de azúcar o con un sangrado profuso donde nunca antes lo hubo.

En el 2019, mamá había decaído por primera vez. Un desorden hormonal propio de los cincuenta años. Se sentía débil, lo cual era lógico desde mi punto de vista: ¿a quién no desgastaría madrugar para enfrentarse al tráfico de Lima, una hora y media de camino hasta Los Olivos, para de inmediato someterse a los engreimientos de trece petisos hiperactivos a cambio de un sueldo mínimo de 850 soles al mes? Depresión, sí. Pero los repentinos vértigos en la cocina no coincidían con esa hipótesis, y desde la experiencia con papá cualquier cambio abrupto en el organismo era cáncer, fijo.

Además, su cabello lacio se había vuelto tan frágil que cuando los niños se lo jalaban, las hebras se desprendían como el algodón, y la cicatriz en su frente quedaba poco a poco cada vez más expuesta, revelando su pasado pero también lo fácil que sería perderla en un accidente: delgada como era, me daba la impresión de que mamá no resistiría ni un choque en la Panamericana Norte ni una gripe salvaje de China.

Aunque aguantaba, su cuerpo estaba atrapado por las deudas con el banco, por un divorcio que aún dolía, dos hijos inexpresivos, un marido manco y un trabajo estresante.

El doctor que la examinó en el 2019 le recetó dos días de descanso y unas vitaminas para sacarla de la cama, y de vuelta al nido a que los niños le arrancaran otra vez el pelo. En otra realidad, a solo 20 kilómetros de distancia, esos pesares psicosomáticos se trataban con un año de reposo con goce de haber.

—No entres —le advertí al sentir su presencia en mi puerta—. Ponte tu mascarilla.

Volvió cubierta, agitando el termómetro.

—Treinta y ocho y medio —dijo después. Consultó con mi hermana, a quien no le fallaba la vista, y se retractó—: ¡Treinta y siete y medio! Gracias a Dios, hijito.

No. Yo le otorgaba los créditos de la mejoría a la media pastilla de paracetamol y a mi potente dieta de vísceras.

Ahora necesitaría zanahorias para los ojos.

Estimulado por la noticia —no hay mayor motivo de vanidad que la buena salud, especialmente hoy—, me puse ropa deportiva y troté cinco kilómetros en mi cuarto. No pregunten cómo. Hasta me paré de manos durante un minuto para evitar un derrame cerebral.

Me bañé como un soldado, casi sin respirar. Y, a pesar de que perdía consistencia la idea de que me hubiera infectado de COVID-19, no toqué más que mi toalla por precaución. Solo me faltaba una semanita de cuarentena.

Ya más relajado, me dediqué al texto para la revista de los españoles. Una ficción que sugería que el Sudaca Fino traficaba. Tenía dos llamadas perdidas de él. No andaba de ánimos de hablar con nadie. Si es urgente, me escribirá, pensaba.

La escritura me dio hambre. Andaba antojado de yogur, no sé por qué. Le dije a mamá. Ella me trajo una taza llena con cereal.

—Ya te ves mejor, hijito —dijo. Las grietas a los costados de sus ojos delataban una sonrisa que su tapaboca me ocultaba.

—¿Será porque me he bañado después de cuatro días?

—No te olvides de la plata. Hay que pagarle al banco.

El banco, el banco. ¿Cómo se vive tranquilo con el banco?

19 de marzo de 2020. De mi maleta saqué el libro que me regaló un escritor peruano. Bebimos vermut en un barcito de Malasaña, el barrio hipster de Madrid. El piso lo salpicaban con pepitas de aceituna —las tapas de cortesía—, y hombres y mujeres teníamos que agacharnos y pasar como enanos por debajo de la barra para usar el baño. Aun así, el sitio reventaba. Habíamos esperado más de diez minutos para entrar. Había hartas chicas con pañoletas verdes en el cuello. Era sábado 7 de marzo, la víspera del día de la mujer.

Nadie sospechaba el colapso de España.

Lo que tenía en mis manos era el libro más reciente de Richard Ford. Cuentos. Manoseé toda la portada, buscando relieves, y con la yema del dedo gordo acaricié la tinta sobre las sedosas páginas. Luego las pasé rápidamente como una baraja ante mi nariz. Quería una experiencia estética completa, pulmonar. Pero el airecito producido era inodoro. Abrí el libro por la mitad e inhalé profundamente en su núcleo. Hmmmm. Nada. ¿Cómo debía de oler?, me preguntaba, ¿cómo olía un Anagrama, un papel avena importado de Barcelona?, trataba de recordar, mientras probaba el yogur, que parecía desazucarado, ñam ñam, y mientras avanzaba con la lectura, mientras oscurecía, la fresa artificial la fui percibiendo cada vez más lejos, como en otra galaxia, como los frejoles de la cena, también recontra insípidos.

Recordé que, en el desayuno, el pan con tamal que me trajo Mascota lo mordí con la expectativa de un peruano que en tres semanas solo ha probado pizzas, McDonald’s y especialidades luxemburguesas (sopa con salchicha, tocino y chorizo), pero por más que sentía la textura del chanchito en mi lengua, en mis muelas, no encontré ningún gusto en mi paladar.

Le eché ají al pan y nada. Con el zumo de naranja fue igual. Café, lo mismo.

Desabrido todo.

Ni en mi peor resfriado había dejado de saborear y de oler así. Dejé a un lado el libro de Ford y me levanté. Cogí un perfume y me eché un poquito en la muñeca. Olfateé. Hmmm. Hmmmmm. Nada. Hundí mi grano con pus en las ediciones de Planeta que había comprado por dos euros en Barcelona, hojas amarillentas que tres semanas antes había respirado en unas bancas de La Rambla, y cuyo grueso olor era el de una librería de viejo o el de un árbol húmedo; pero en San Juan de Miraflores esos libros ya no olían a nada.

El mundo se había quedado sin aromas.

Y yo también. De hecho, me parecía rarísimo que no me hayan apestado las axilas luego de días de transpiración, sin ducha ni desodorante.

Google me lo explicó.

De la pérdida del olfato al coma Una nueva investigación concluye que la enfermedad provocada por el SARS-CoV-2 afecta al sistema nervioso causando un deterioro cerebral que…

Bloqueé la pantalla. Las 10:50 p.m. se fundieron a negro. El miedo regresa siempre de noche. Y Sin olfato y sin gusto y con los ojos con manchas. Ojalá también ensordeciera pronto porque mamá comenzó a toser en su cuarto, y oírla me lastimaba, era una culpa insoportable. ¿Estás bien, chola?, le preguntaba el Diego.

Debido al silencio de toque de queda, se oían hasta lo cuij, cuij de los catres ante el mínimo movimiento, y los patrulleros circulando a medio kilómetro, vigilando que las calles se mantuvieran vacías, sin agentes contaminantes, los nuevos peligros públicos. A veces sonaba una sirena cerca.

Lima se había paralizado. Por las noticias de la tele, oí que los únicos que trabajaban eran los mineros. Los imaginaba con sus linternas, extrayendo oro para que la economía peruana creciera 3.25% en el 2020, tal y como se había pronosticado.

Mientras tanto, llamaba a las líneas del ministerio de Salud y nadie me atendía. Era un hecho que ninguna ambulancia aparecería a tiempo en caso de emergencia. Y en casa no teníamos auto. Y no encontraríamos taxis. Acaso una camioneta policial fuese nuestra única salvación.

Los ojos me ardían. La tos de mamá desesperaba. ¿Y si era ella la que se ponía mal? ¿Cuánto tiempo más aguantaría dentro de ese útero vulnerable?

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