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Parte 2

Cuento: ¿Qué hay detrás de los cerros?

La perra ladraba fuera, tras recibir un portazo en su hocico de parte de David Pacheco, quien dejaba bolsas flácidas y sanguinolentas sobre la mesa de la cocina. Jadeando por el calor, se abanicó con las manos y del fondo de un cilindro sacó agua con un tazón.

La puso a hervir en una ollita negreada.

Concentrado, a pocos metros de él, Santi anotaba en un cuaderno las lecciones que le daba una profesora a través de la pantalla plana, cuando Chana emergió del dormitorio, despeinada, y apoyó la escoba en ese pedazo de madera que sobresalía de la pared de la sala. Suspiró y revisó lo traído por su esposo.

—¿No te habrán dado vísceras de paloma, no? —dijo en voz alta.

David se quitó la mascarilla y la sumergió en el agua caliente para desinfectarla. Era la única que tenían. Había pagado la comida de dos días por ella. El de la farmacia le juró que era la mejor protección contra el virus, una N95. Ya ni en Lima se encontraban así.

—¿No te encanta la paloma? —bromeó David.

Pero Chana no sonrió, al igual que la noche anterior mientras veían tele. Además de cifras fúnebres, el noticiero había condenado el comportamiento ciudadano durante esos primeros días en que ya se podía salir por alimentos, y David la había mirado como animándola a la risa al reconocer a Sarita en el reportaje: su hija mayor corría detrás de unas señoras enmascaradas que, alzando polvo, luchaban por entrar en el mercado mayorista, muy pegadas entre ellas, ignorando las recomendaciones para evitar el contagio.

Sarita no consiguió las menudencias. Por eso David tuvo que ir muy temprano al mercadito del barrio. Solos los hombres podían estar en la calle los miércoles.

Hubo poca suerte. Puras sobras nomás encontró.

—¡¿Qué has comprado, oye?! —dijo Chana.

—El viejo no me ha pagado —la interrumpió David. Se refería a un hombre que lo había contratado para botar un desmonte—. ¡No tiene plata! Encima se lo han llevado los militares a su hijo, dice.

Chana iba a comentar que. . ., pero se enterneció con los hombros encogidos de su esposo, con sus canas, su aliento cansado. Al menos estaban juntos y sanos. Sabían de un vecino fallecido. Cuando fue a la posta con esa fiebre rara, no lo recibieron. Y el hospital estaba muy lejos, no había transporte. Regresó a su casa tosiendo. Murió ahogado en su cama. Sus familiares esperaron doce horas para que se llevaran el cadáver de la vereda, cubierto por un plástico celeste. Su hija se la pasó ahuyentando a los perros por su ventana, así dijeron.

—Ma, ma, tengo hambre —Santi jalaba el buzo de Chana—. ¡Pollo frito!, ¡pollo frito! —pedía.

El presidente, en el televisor, los acompañó durante el almuerzo. Muy sereno, anunció que el estado de emergencia se alargaría hasta el próximo mes. Chana se tocó el pecho. Los dientes de David comenzaron a rechinar como cada vez que estaba nervioso. En un sitio web constató que su nombre no aparecía en la lista de pobres que recibirían ayuda, un bono que era casi como un mes de sueldo. Entonces, ¿cómo comerían si no trabajaban?

Santi masticaba aburrido lo que definitivamente no era pollo frito. Sarita se levantó con su plato. «Nos están mintiendo», murmuró mientras lavaba. Antes de meterse al baño, buscó entre sus libros de matemáticas la fruta que había escondido solo para ella.

«En adelante, nadie puede estar en la calle sin mascarilla», el presidente habló pausado, como un ingeniero que da instrucciones a sus obreros. «Las fuerzas armadas cumplirán con su deber», advirtió.

—Ay, Señor… Dios mío —Chana se persignó.

A las cinco, se escuchó por la trocha a la oxidada cisterna que clandestinamente traía agua una vez por semana. Santi salió a prisa empujando el cilindro. Los militares ya tomaban posición. Uno notó los labios descubiertos del niño, un potencial portador, un infecto asintomático. Dio un par de zancadas y con el fusil le ordenó que se metiera.

Santi se quedó en el umbral, perturbado, viendo a su vecino llenar sus bidones. David, la mascarilla puesta, los brazos de un llenador de techo, guardó con facilidad los veinte litros para siete días. En la cocina, se quitó la N95 y la colocó sobre un banquito de madera al lado del tacho, donde las mujeres se sentaban a pelar. Se sacó el polo. Se limpió sin ganas un bigote de sudor.

Hacía calor. Mucho calor.

Santi, cubriéndose la boca con una mano, continuó observando a las cuadrillas verdes que trepaban el cerro, como yendo a ese cielo que ya no era gris sino azul, con estirados algodones blancos. El sol bajaba como un fuego que los abrasaría. Abstraído, no se dio cuenta de que Covita, una perra sin dueño que había aparecido con la pandemia, corrió hacia él y se coló en su casa. Atravesó la sala hambrienta y dio vueltas como trompo en la cocina, guiada por un tufo a entrañas. Brincó y abrió sus fauces en dirección al tacho, al banquito. Y mordió la mascarilla. David intentó recuperarla pero con un mal movimiento tumbó el cilindro a sus espaldas. Chana y Sarita fueron a la cocina por el ruido.

El silencio era pesado.

Catorce litros, se decidió Sarita, estupefacta, con los ojos sobre la inundación.

—¡Covita se llevó la mascarilla! ¡Covita se llevó la mascarilla! —repetía Santi.

David comenzó a reír, rascándose el cuello, contemplando esa laguna que iba creciendo como el deseo de romperle el pescuezo a esa perra.

—¿Qué vamos a hacer sin agua? —dijo Sarita, consciente de la escasez del líquido en Nueva Esperanza—. ¿Cómo vamos a salir sin mascarilla?

—Anda a pelar verduras para mañana —ordenó David.

Chana conocía esa voz. Agachó la frente. El olor de la tierra húmeda la mareaba. O esa comida. Sintió una arcada. Respiró hondo, abrió la ventana, que se quejó con un chirrido. Los uniformados seguían subiendo. Aún no oscurecía por completo. Comenzaba el toque de queda. El encierro absoluto.

Para protegerse, David tapó boca y nariz con su polo. Lo anudó con fuerza en su nuca.

—¿A dónde vas? —preguntó Chana—. No puedes salir. ¡Te van a llevar!

No contestó.

—Sal —retiró a su hijo de la puerta. El niño vio a su padre dirigirse a esa perra que saltaba libremente rumbo a la cumbre, mascando como chicle la única mascarilla de los Pacheco, mientras los soldados le gritaban que se detenga. David giró. Señaló al animal. El ruido hizo que Chana se asuste y se corte un dedo mientras pelaba las zanahorias.

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Parte 2

Capítulo XI: El que escribe es un intelectual pobre

27 de marzo de 2020. Mamá recibió un mensaje en su teléfono. Le indicaban el monto de su deuda bancaria además de una mora, y fue como si de un puñete le reventaran las venas de los ojos como cada vez que había que pagar.

Yo había leído que las demoras en los pagos no se penalizarían debido a la recesión, pero ella:

—Te dije: el banco nunca pierde, el banco nunca pierde —repetía en la puerta de mi habitación.

—Má, pero aquí dice que…

Bancos anuncian que congelarán deudas de clientes hasta por tres meses La banca privada ofreció la reprogramación de las deudas a 150 000 clientes, después de que el Ejecutivo anunció la primera cuarentena por quince días, pero con la ampliación por otra quincena, hasta el 12 de abril, decidió este viernes asumir el congelamiento de las cuotas de dos o tres meses.

Mamá negó molesta. Sus pestañas ya se habían transformado en colmillos que mordían sus globos oculares en cada parpadeo. Esas manchas rojas al lado de sus iris eran mi incapacidad para generar dinero que ayudase a las finanzas domésticas: mi biblioteca era solo un adorno fuera de lugar en un departamento donde las presas de pollo se hacían cada vez más pequeñas, más huesudas.

Todos los jóvenes anhelamos el día en que retribuiremos a los padres los gastos de nuestra crianza. Ese día no se acercó a mí por una foto con doscientos Me gusta en Luxemburgo. Hay pocos eventos más engañosos que la presentación de un libro peruano en el extranjero. Lo cierto era que ya no me quedaba ni un sol.

Lo cierto era que vivíamos adeudados: por el televisor, por la cocina, por el juego de mesa, doce cuotas sin intereses.

Traté de que mamá se quedara en casa prometiéndole que luego arreglaríamos la situación con el banco. Yo me encargaría de los excedentes. Sería absurdo que fuera a la calle y que la contagiara un desconocido cuando su propio su hijo, al parecer, no lo había hecho. Pero ella se puso un tapabocas barato, lentes, gorra, colgó su cartera en el hombro y, voy y vengo, salió disparada.

Parecía resignada a mi condición de escritor desempleado y, para colmo, enfermo.

Su oficina bancaria se ubicaba entre un club nocturno y una tienda de electrodomésticos cuyo escaparate era usado por prostitutas y vendedores de droga: una zona peligrosa y de alto tránsito, a una esquina del mercado mayorista Ciudad de Dios que ya recibía a alborotados compradores con coloridas bolsas de rafia, puesto que el gobierno dio luz verde a quienes tuvieran que conseguir alimentos o cumplir con sus cuentas. En la prensa, expertos en economía y seguridad anunciaban pobreza, aumento de robos, mayor violencia en Lima: lo común en San Juan.

A mamá ya le habían cortado la cartera en un ómnibus sin que se percate; recién cuando quiso sacar su monedero para pagar el pasaje, se rio con amargura de esas tiritas que ya no sujetaban nada. El mayor miedo de mi niñez era que le pasara algo, que el nombre de mi mamita apareciera en las noticias. Por eso, al despedirme de ella, siempre le decía «cuídate» y de inmediato, mientras se iba, rezaba una oración para que ningún ladrón drogado la violentara, para que nadie abusara sexualmente de ella, para que no la atropellara un chofer con cuarenta papeletas, y desde mis cinco años me culpaba por anteponer los dibujos de Disney a acompañarla a donde fuera.

Irónico: ahora mi madre necesitaba de mi protección y yo ya no podía caminar ni respirar a su lado.

Mi deber era salvarlas a ella y a Mascota de esos peligros cotidianos, liderar la mudanza a un distrito más seguro como Surco. Pero el virus me había anulado y, peor, me había convertido en otro gasto.

Mi vida se había reducido a cuatro metros cuadrados. A una cama con una ventana polvorienta, con un ropero apolillado en frente. A una maleta de viaje interponiéndose entre la puerta y yo; a una casaca colgada en el ropero, una casaca verde olivo que había viajado en trenes y aviones contaminados y que presumiblemente estaba llena de COVID-19, una casaca que mi abuelo había metido con sus manos arrugadas en la lavadora. Mi vida se redujo a libros desperdigados, amontonados sin orden ni sentido, a una lámpara con el foco quemado, a ropa sucia tirada en el suelo. A las páginas de un libro kafkiano donde el protagonista contempla la desdicha a través de un resquicio, como otra cucaracha patas arriba.

En zonas como Miraflores, la cuarentena general se respetaba a rajatabla. Allí la gente no tenía que moverse porque cualquier cosa que necesitaran se la llevaban chiquillos en bicicleta que no eran inmunes al virus ni a la inanición ni a un conductor con diez papeletas. En Miraflores, la cuarentena general era como una performance en la que todos los habitantes de un edificio, copiando a italianos y españoles, apenas salían si era por sus ventanas o balcones para agradecer con aplausos a los doctores y policías, siempre puntualmente a las ocho de la noche; y los polis enmascarados de vez en cuando los entretenían con música y coreografías. No dudaba de sus buenas intenciones, pero esos bailes se daban en este país donde solo algunos los podían disfrutar con palmas.

A las 07:55 p.m., me imaginaba a Mamá Soltera interrumpiendo el visionado de una película o una serie de Netflix para participar de dicho espectáculo. Más que un apocalipsis real, la pandemia sería para ella como la simulación de una catástrofe: con wi-fi, la despensa y el refrigerador llenos de productos orgánicos y un contacto en la agenda telefónica para recibir atención inmediata en caso de emergencia.

En el sur de Lima, el panorama era otro. Mamá caminaba por las calles de San Juan, donde panzones desesperados por beber licor y meretrices panzonas de sesenta años, cada quien con su mascarilla, coincidían en las entradas de hostales clandestinos. Sus fotos circulaban por redes sociales y eran expuestas en los noticieros, que también mostraban a vendedores ambulantes como si fueran idiotas que arriesgaban su salud por ganar diez o veinte soles, sin considerar que ya había gente con tres semanas sin trabajar, peruanos que no recibían un sueldo por mes sino que se ganaban la vida día tras día. Gente que, como papá, era la última representante de millonarias empresas. Gente que con las justas obtenía de veinte a cuarenta céntimos por chocolate vendido, por cada helado, por un paquetito de galletas. Ellos declaraban ante las cámaras: o nos mata el virus o nos mata el hambre.

Aunque el presidente, a través de la televisión, se sentaba a la mesa de las familias peruanas en la hora del almuerzo, tratando de transmitir serenidad, bromeando con la ligereza del que mensualmente cobra más de quince mil soles, y prometiendo con una sonrisa subsidios del gobierno para todos, visto desde el exterior, el Perú ya no era de los países que reaccionaron a tiempo ante la amenaza del virus, sino el segundo con más contagiados de Sudamérica y el número doce en el ranking mundial de la muerte.

Era de esperarse. Si a mamá, viviendo con uno de los primeros casos de COVID-19, le habían negado una prueba, y ahora exponía a desconocidos por un compromiso impostergable con su banco,  entonces: o no había estrategia para detener la propagación del virus o el plan era simplemente improvisar.

Al igual que ella, miles de señoras con deudas, papás enfermos, hermanos con asma se veían obligados a salir a esos vecindarios de nombres mesiánicos donde Dios era solo una escultura blanca en la cima de un cerro, donde el confinamiento no se parecía en nada a las vacaciones obligadas de los privilegiados; era, más bien, dolor y desesperación por no tener qué comer ni con qué pagar el alquiler de las viviendas ni recursos con qué asumir el precio de la enfermedad: una asfixia desde inicios de la República.

Y mamá estaba allí, en ese escenario de videojuego cyberpunk en el que el caos lo representaba un nihilista de la era de Internet que se filmaba hurgándose la nariz y embadurnando los pasamanos del tren, un esparcidor voluntario de la enfermedad. Un joven que creció en un país que ya no era suyo.

Mamá volvió a eso de las dos, molesta como cada vez que pasaba por el banco. El calor había cocinado su cólera. Y no había almuerzo. Se sirvió un vaso con agua y con la muñeca temblando bebió a prisa.

—Una tontería, oye —me dijo, abanicándose en el umbral.

—¿Qué pasó?

—Tres horas para el pago, pues. Una cola de dos cuadras.

—¿Estás bien? —pregunté desde mi cama.

—Me duele un poco la cabeza —se cogió la sien.

—¿Tos? ¿Fiebre? —pregunté como si fuera personal del ministerio de Salud.

—No.

Inhaló profundamente.

—El sol entonces —le dije.

Me miró en silencio. Oí que puso a sancochar papas. Mis tripas se quejaban. Mi aislamiento era un retorno al vientre de mamá: mi alimentación dependía de ella. Mi vida dependía de ella.

Todo dependía de ella.

«¡Una tontería!», se quejó con el Diego, quien, con un ron de mala muerte, escuchaba por enésima vez el mismo concierto de Luis Miguel.

¡Una tontería!

Era un alivio para mí. Mi vida se había reducido a la expectativa de oír ciertas voces de vuelta en casa.

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Parte 2

Capítulo X: El abuelo tiene menos probabilidades de sobrevivir

Papá jugaba en el mediocampo. La pelota volaba como un meteorito hacia él y la mataba con su pecho, poc, esta caía liviana y recuerdo que los muslos de papá se tensaban macizamente mientras corría con la frente en alto, golpeando el balón con su derecha envuelta en una zapatilla de lona blanca, sucia, percudida, en una época en que la estética del calzado deportivo no le importaba a nadie en San Juan de Miraflores: en la losa, seis contra seis, todos eran iguales.

Hombre contra hombre.

Con los años, papá se compró ropa de Umbro, Adidas, pero también le creció la panza y se volvió lento, pesado. Tras cinco minutos de juego, su cara ya era un tomate sudoso, y poco a poco lo vi retroceder: de mediocampista ofensivo a mediocampista de marca, luego a la línea de la defensa y finalmente a la portería. Solo bajo los postes podía aguantar un partido completo en el campeonato anual de exalumnos de su colegio, que era en julio, y que en el 2018 se inauguró el último domingo de julio.

Las medicinas para las infecciones urinaria y estomacal habían atenuado su fiebre y detuvieron los escalofríos y la violencia de las excreciones. Los cachetes de papá recobraban el rubor, su consistencia. Aunque la enfermedad nos entristecía a todos, él decidió enfrentarse a ella en vez de resignarse a unos pocos años con «calidad de vida». Seguiría un tratamiento para curar su cáncer.

La cita más próxima que nos ofrecían en el área de oncología del hospital público era para dentro de dos meses. Y era nuestra única opción. Hasta que, revisando en Internet la lista de especialistas en linfoma que había en el Perú, conseguí el teléfono de la Eminencia, un médico con un CV de más de 20 hojas que trabajaba en el Rebagliati y que a la vez tenía un consultorio particular en San Borja. Esa noche, papá y yo esperamos en un salón blanco de sillones cómodos, con aire acondicionado y revistas de política y entretenimiento sobre una mesita de centro. Alrededor había parejas, otros jóvenes con sus padres, gente sola, todos capaces de pagar ese peaje. Me preguntaba: ¿qué les quedaba a quienes no hallaban en sus bolsillos los doscientos soles que costaba acelerar el trámite del internamiento?

Eran como fantasmas.

A las siete de la mañana del día siguiente, con un papelito firmado por la Eminencia, papá cruzo una de las puertas celestes del complejo hospitalario más importante del seguro social nacional.

Dos semanas era la fecha más pronta para la realización de los exámenes que determinarían la terapia a seguir, en corto: radio o quimio. En ese lapso: el campeonato de ex alumnos y la presentación de mi primer libro.

Ir a jugar fulbito era propio de un irresponsable, pero la cama representaba la muerte para papá, y solo por eso lo acompañé a la cancha de su colegio. Él, por si se animaba, solo por si acaso, hijo, había alistado su indumentaria en un maletín deportivo. Sus amigos ignoraban su diagnóstico, y creyeron que el estado físico de papá se debía a la resaca de una juerga por 28 de julio, fiestas patrias.

Papá alineó a sus compañeros en la cancha, y les daba indicaciones desde la tribuna, pero, cuando su equipo ya iba perdiendo por tres goles a cero, en el segundo tiempo, se cambió y se metió en el rectángulo para —sospecho— evitar un resultado apabullante y vergonzoso.

Los del otro equipo, cinco años más jóvenes, eran rápidos y fuertes: en cada choque llevaban las de ganar. Yo solo esperaba que la pesadilla terminara de una vez, que no hubiera ningún balón dividido entre papá, un paciente oncológico, y uno de esos delanteros insaciables que disparaban al arco con furia.

Y ocurrió. El marcador iba tres a cero cuando un compañero de papá le cedió la pelota. Ante el acecho de un rival, él quiso adelantarse pero las piernas le fallaron y cayó dándose un estrepitoso volantín. Para mí, lo más devastador no era ese humillante gol que acababan de hacerle, sino lo frágil que lucía en medio de esos cuerpos saludables, y su silenciosa sonrisa como única respuesta a los reclamos.

Papá recayó. Y fue el gran ausente en la presentación de mi primer libro.

La historia de mi abuelo, el Ugartino Valiente, fue similar. No he conocido a nadie que ame el fútbol tanto como él. Era defensa, back central, un puesto de altos en el que se había asentado aun con su metro sesenta y cinco de estatura, literalmente a patadas. Le decían Cholo y se enorgullecía de que en sus años recios en la Liga de Surquillo nunca fue suplente. En su cajón guardaba fotos a blanco y negro en las que aparecía al lado de sus diez compañeros antes de que el árbitro tocara su silbato. De vez en cuando, el Ugartino Valiente tiraba esas imágenes en su colchón y las contemplaba con la mirada aguada por nostalgia y cierto agradecimiento. El fútbol le había dado oportunidades. El presidente de su club era dueño de la empresa encargada de pintar los edificios de la Residencial San Felipe. Como a varios de sus jugadores, le dio una brocha a mi abuelo, quien a sus diecinueve años poco sabía hacer, además de barrerse en cada jugada incluso en canchas de tierra con piedras.

Hasta mi adolescencia, no recuerdo un sábado en que el Ugartino Valiente no haya ido a pelotear a Barranco, a Magdalena, ¡a Chaclacayo!: a donde sea él se iba. Terminados sus partidos, me pedía que toque el sudor de su camiseta para comprobar su esfuerzo, su entrega. Ni en mis mejores noventa minutos empapé el número nueve de mi espalda de esa manera. Mi abuelo decía que yo era un «pecho frío». Quizás por eso le perdí interés al deporte, y, a partir de entonces, los sábados el  Ugartino Valiente comenzó a salir de casa con su chimpunera como única compañía. Una de las últimas tardes que lo fui a ver en la canchita del mercado, me sorprendí porque no lideraba la defensa; al igual que mi viejo, les daba instrucciones a sus compañeros desde el pórtico. Todos los jugadores eran mayores de setenta años, masters les llaman, y de rato en rato uno que otro se resbalaba o era víctima de una falta y todo se detenía por tres minutos, lo que el caído demoraba en levantarse del suelo entre risas y gritos de «pónganle papel periódico».

Era cuestión de tiempo que mi abuelo terminara como ellos.

Efectivamente, un día volvió a casa con las justas. Se frotó con un ungüento apestoso y se arropó en su cama. Al amanecer, trató de ponerse de pie y se dio cuenta de que se había quebrado. En el hospital le programaron una operación de cadera para «dentro de seis meses».

Luego de una serie de posposiciones, mi abuelo «consiguió cama» y pasó internado tres semanas internado esperando a que hubiera quirófano y personal disponibles. Desde un principio le pidieron que vuelva a su casa mejor, señor, pero si soltaba ese colchón militar, lo intervendrían dentro de un año o más.

Siempre que lo visitaba, le llevaba su periódico de derecha. Al hablar con él, me parecía que lo había enloquecido el tiempo habitando ese cuarto oscuro, con un viejo delirante a dos metros, separado solo por una cortina. La cirugía fue exitosa, pero el Ugartino Valiente quedó medio traumado por los gritos vecinos de la muerte, y en casa comenzaron sus nuevos problemas: la dependencia de somníferos.

Mi abuelo dormía en la primera planta, en un cuarto situado exactamente debajo del mío. Estaba seguro de que si lo había contagiado, por sus 80 años, las probabilidades de que sobreviviera eran menores de 20%.

La siguiente en la lista era mi abuela. Tenía setenta y seis años. Ocupaba una habitación contigua a la del Ugartino Valiente. Además de la fractura de un brazo por un accidente de tránsito, en el cual también se dañó el cuello y la columna, sufría de problemas estomacales y una o dos bronquitis por semestre. Si no fuera por esas constantes averías en su aparato respiratorio, sus probabilidades de sobrevivir hubieran sido mayores a un 35%.

Seguía el Diego, pero bah, ¿importa? Resumiendo: cardíaco, hígado posiblemente cirrótico, cálculos en los riñones, prostatitis y vísceras pa’l gato. Igual, a este le quedaba preciso el clásico «hierba mala nunca muere».

A continuación, mi madre. Las preocupaciones la enfermaban. Ya he hablado de sus mareos. Era relativamente joven, cincuenta y un años. Le daba un 70% de probabilidades de sobrevivir.

Por último, Mascota. Mi queridísima hermana era promotora de la salchipapa y el pollo broaster a diario. Asmática, o eso decía (previamente, youtuber, o eso decía). Acababa de cumplir diecisiete años. A pesar de su rutina sedentaria y de su pésima alimentación, se salvaría por su envidiable condición de «hermana menor». Tenía más probabilidades de sobrevivir que yo.

Era absurdo hacer ese tipo de cálculos por el virus de un murciélago que se transmitió a un «pangolín», el último eslabón animal de la cadena de contagios, el mamífero más traficado del mundo, con carne que se consideraba un manjar, y cuyas escamas son muy demandadas en China por asuntos medicinales; tan absurdo como que, de un momento a otro, toda la atención sobre los avances tecnológicos —el lanzamiento del último iPhone, la pelea entre Huawei y Google— viró hacia la competencia entre laboratorios por hallar una vacuna o una solución para la catástrofe originada por este ente microscópico, como si durante décadas, aun con tantos progresos de la ciencia, conscientes de ellos en plenitud, jamás nos hubiésemos planteado el reto de detener la putrefacción de nuestros órganos, porque es un hecho que, a partir de cierta edad, los órganos se comienzan a podrir y desde entonces se pudren todos los días, como el fruto más hermoso después de su madurez.

La descomposición es nuestra naturaleza.

Deja tu plato de comida sobre la mesa durante una semana y verás tu futuro.

¿Ese virus que aceleraba la muerte de miles también propiciaría que pensemos en la fabricación de pulmones o corazones en vez de la producción en serie de teléfonos con cámaras con 0.5 más píxeles? ¿Por qué renunciamos tan fácilmente a ser jóvenes, a jugar otra vez?

22 de marzo del 2020. En el desayuno y a la hora del almuerzo, los noticieros exponían el colapso de las salas de cuidados intensivos, donde los doctores asumían la responsabilidad de un dios: elegían a quién suministrar oxígeno. Más simple todavía, por protocolo desahuciaban a los que ya habían vivido lo suficiente: ¿pero cuánto es «lo suficiente» cuando se trata de vivir? Yo, que era el virus, prefería morir en vez de cualquiera de mis familiares —ni siquiera era capaz de darle la extremaunción al Diego–, y me preguntaba cuánto faltaba para que las toses arremetieran contra mí, en qué momento comenzaría a girar ese trompo con cuchillas que rebanaría lonja por lonja mis pulmones, cuándo sentiría las mordidas de la muerte en el pecho, el sabor y la textura arenosa de la sangre en el tabique obstruido, cuándo me desesperaría por abrir un hueco en mi tráquea, con un lapicero o con las puntas de una tijera o con las uñas, ya con el rostro azul, lívido, con los ojos como globos a punto de estallar, boqueando y soltando resignados golpes en la superficie de mi cama como única reacción, uh ah uh ah uh ah.

24 de marzo del 2020. Un doctor del ministerio me llamó por teléfono. Preguntó cómo estaba. Mi visión se restablecía, los músculos ya no me dolían. Nada de fiebre. Sí, me sentía mejor.

Descanse, me aconsejó. Luego hizo matemáticas y me dijo: «Aún faltan como dos semanas para que le demos de alta, Palomari».

¿Y cómo puedo «descansar» sabiendo que mis respiraciones han puesto en peligro a mis seres queridos?, quise preguntarle. ¿Por qué no les hacen la prueba?

Nos vamos a comunicar con sus familiares en seguida, dijo.

Se comunicaron. Solo eso.

Y mientras el número de infectados se multiplicaba exponencialmente, me angustiaba pensando que al final de la pandemia en mi familia habría un miembro menos. ¿Quién sería?

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Parte 2

Chat con Periodista Loca

Hola

¿Se te pasó el engreimiento, pajarraco?

Tengo coronavirus

¿Es otra de tus bromas?

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¡Jolines! ¿Cómo estás? ¿Te puedo llamar?

Conversemos por aquí nomás. No tengo muchas ganas de hablar

Vale. ¿Entonces?

¿Qué?

Pues, que me cuentes, hombre

Ya pasó lo duro. Tuve fiebre, escalofríos. Vómitos. Diarrea. Pérdida del sentido del gusto y el olfato

Ostras. Lo siento mucho. ¿Estás en el hospital?

No. Ni loco voy a un hospital peruano, son matasanos. Estoy en mi casa, mejor cuidado

Oh, vale, vale. ¿Y cómo así te diste cuenta de que te habías infectado? ¿Te hicieron la prueba en el aeropuerto o qué?

Fui a la playa a comer pescaíto apenas bajé del avión

Jaja

Me metí al mar, luego estuve bebiendo vino y de pronto se me bajó la presión. Había un solazo pero yo sentía que caminaba desnudo bajo la nieve de Lux

Quizá debiste descansar. ¿Están todos bien en tu casa?

Mi mamá dice que le falta el aire, pero pienso que es pura paranoia. Está así desde que se enteró de mi resultado. Sobre mis abuelos, no sé casi nada. Viven en la primera planta. Desayuné con ellos cuando regresé al Perú, y prácticamente no los he vuelto a ver. Si dentro de una semana más no presentan síntomas, creo que podré pensar que se salvaron. Y tú, ¿qué tal? ¿Cómo van las cosas en Lux?

Confinados. Ayer me dolía un poco la cabeza, pero creo que del aburrimiento. No tengo qué hacer. He releído tus cuentos

Lo que ocasiona el tedio

Me gustó más ahora que ya entiendo tus jergas

¡Chévere! Hubieses podido oír otros relatos en la voz del autor si me alcanzabas en París. Era un viaje de solo una hora. Quizá hasta me quedaba en Europa. Ahora estamos a trece horas de distancia, y han cerrado los aeropuertos

Si me hubieras avisado antes que querías ir conmigo a ese concierto, lo habría hecho

Ahora incluso me alegra que no hayas ido a Francia conmigo, quizás también te contagiabas…, aunque no tengo ni idea de cuándo me infecté. ¿Habrá sido en Madrid? ¿En Barcelona? ¿En París? ¿En Berlín? ¿En Lux? ¿En Lima?

Bueno, yo te advertí que estaba resfriada y te pedí que te cuidases, pero tú: “Los peruanos somos fuertes, soportamos todo”. Venga, súper inca, allí lo tienes: el “coronita” no era un invento, ¿convencido?

Igual vendrás al Perú en octubre, ¿no?

Es lo que quiero, pero ya no sé. Han suspendido todos los eventos hasta agosto. ¡Me estoy volviendo loca con este encierro!

Ya se solucionará esto… No pasa de mayo, tranquila. Piensa que yo llevo dos semanas en esta cárcel de cuatro metros cuadrados, sin poder oler ni saborear, y no me quejo como tú

Es que me puso muy triste posponer la fecha de mi boleto a Marruecos. Planeé esa visita durante meses, ¿sabes?

Aprovecha y mira documentales. Yo también tuve que postergar mis viajes a Chile y Argentina. Iba a viajar el próximo mes

Es increíble. Maldito virus. ¿Y qué haces despierto tan tarde? ¿Jet lag?

Sí, un poco, y como no me muevo de mi cama, la noche no me encuentra cansado. Me falta acción

Ejercítate aunque sea en tu habitación, como aquí en el hotel. Hoy limpiaré mi piso. Hasta luego, cholito

¿Quieres hacer una videollamada más tarde, gitanita?

Vale, pero que sea en la noche de aquí

¿Cuántas horas de diferencia hay entre nosotros?

Seis

Parecen décadas… A las 08:00 p.m. de Lux, ¿podrás?

Sí. Nos vemos, pajarraco. No andes muy desabrigado, pero dices que en Lima hay sol, ¿no? Bueno, te cuidas, ¿eh?

Au revoir

Aprendes rápido

Oui

“Chévere”. “Bacán”. “Paja”. ¡Chao!

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Parte 2

Capítulo IX: Contactos, contactos, contactos

El suero se vació. Cerré la llavecita para que no entrara nada de aire. Papá evitaba rendirse ante el sueño, con la espalda apoyada en la cabecera de fierro. A su costado mi abuela ya dormía en posición fetal. Era raro que a sus setentaiocho años se acueste junto a su hijo de cincuenta.

Me despedí de mi viejo con un beso en la frente, que fue como besar un cubo de hielo, y salí corriendo a la calle. Ya era tarde, quizás no habría buses. Una triste garúa de julio, el mes de la independencia, humedecía las banderas del Perú que se habían colocado en los techos de las casas.

Julio también era el mes de la Feria del Libro de Lima, en la que presentaría la biografía de un rockero que escribí en esos meses. Era como un trueque: la editorial publicaría mis cuentos por ese trabajo. Normal. En esa época todo lo tomaba como un aprendizaje. De hecho, en las primeras conversaciones con el rockero, me hice una idea sintética de su vida. Una sola oportunidad bien aprovechada por su mayor talento: la voz. Cuando nadie creía que fuera posible vivir de la música en este país, él lo hizo. Entonces, ¿yo podría comer de la literatura?

De San Juan a San Borja, donde vivía Editor Independiente, hay una distancia de treinta minutos a medianoche. Sin tráfico, sin pasajeros, los choferes pisan con rabia el acelerador, y a esa velocidad las diferencias entre los distritos son más notorias: mientras que en el sur de Lima los travestis toman posesión de esquinas con postes de focos quemados, y en los paraderos hay concentraciones de gente; en Surco, en San Isidro, la única muestra de vida es la luz blanca en el interior de los bancos.

La oficina de Editor Independiente era una acumulación de cajas con libros y dos escritorios con computadoras, los teclados grasosos. Recuerdo con nostalgia aquellas madrugadas revisando mi manuscrito. Era emocionante, como el preámbulo a un primer beso, al primer día de clases. Solo la ilusión me mantenía despierto. Pero Editor Independiente ya estaba cansado y aburrido: conocía mi entusiasmo, era solo otro escritor chibolo con ambiciones irreales, él también lo había sido. Por eso, a pesar de las tazas llenas de café negro que bebíamos, alrededor de las cuatro de la mañana, ya solo respondía «ok, ok» a mis sugerencias («oye, pon “quizá” en vez “quizás”, me gusta más»); solo ejecutaba, bostezaba y volvía a decir «ok, ok» y «mejor continuamos mañana, Palomari».

A dos semanas del gran día, aún me faltaba pulir unas cincuenta páginas.

Entonces salía al cruce de las avenidas Aviación con San Borja Sur, silenciosas, vacías, apenas un camión de basura, tres hombres con mamelucos fosforescentes en una esquina, y caminaba bajo la lluvia al lado del tren durante media hora o cuarenta y cinco minutos,  manos en los bolsillos, pies fríos, misio, empapando la casaca con que deportaron a mi tío de los Estados Unidos, esa que me quedaba demasiado ancha. Yo también había adelgazado en las últimas semanas.

Veinte cuadras después, en el óvalo Higuereta, con suerte encontraba rápido un microbús; si no, esperaba revisando las hojas que había impreso en casa del editor. Protegiéndolas de los alfileres que caían del cielo lila, corregía cada párrafo, cada renglón, cada palabra, porque cuando saliera el sol solo tendría cuerpo para mi viejo. No sé cómo aun en las peores circunstancias me dediqué a la literatura, quizás fue para evadir a papá grave, a mamá con los hombros caídos deambulando con joroba por la sala. La confirmación de mi enfermedad aumentaba las probabilidades de que ella también se hubiera contagiado. Pero lamentar es una pérdida de tiempo. Y lo único que un enfermo no quiere es perder más del poco tiempo que le podría quedar. No dejar nada pendiente.

Prendí mi computadora y me puse al día con el texto para los españoles.

Mi resultado salió rápido por la presión de un contacto de mi tía en el ministerio. Contactos: así funcionan las cosas en el Perú, repetía Soltero Maduro. Una noticia que era íntima se divulgó como en programa de farándula, al punto de que fui el quinto en enterarme, y al instante recibí una sucesión de llamadas que preferí obviar, entre ellas la de papá.

¿Qué le podía decir para no preocuparlo? Mentir: «Estoy bien», cuando en la cola para el pan, entre gente enmascarada, el Diego había oído una versión en la que me metían en camilla a una ambulancia. Silencio es lo mínimo que esperas en un momento en el que ya había cuatro muertos en el Perú por ese virus, pero en San Juan de Miraflores no hay que esperar discreción, menos sabiendo que las compras en el mercado duran diez minutos más por el intercambio de chismes en cada puesto, lo que no ocurre en Vivanda ni en Wong, donde los clientes ni siquiera se conocen.

Por WhatsApp, mis tías compartían vídeos —filmados por vecinos desde distintos ángulos— del frontis de mi casa, donde se había estacionado una camioneta —no una ambulancia— con un anciano con tapaboca desfalleciendo en el asiento trasero. Parecía un episodio de Black Mirror. En camilla. En una ambulancia. Mentiras maliciosas que seguramente habían pasado de chat en chat hasta recalar en el viejo Motorola de papá. Iba a escribirle cuando Sudaca Fino me llamó y le contesté sin querer.

—Al fin respondes, gilipollas.

—Hey…

—¿Cómo lo llevas, pues, chaval? Eres un ingrato, oye. ¡¿Cómo te desapareces así, pringao?!

Confieso que me daba cierta impudicia hablar con Sudaca Fino mientras escribía un cuento sobre él. Tan amable que fue conmigo, y yo pintándolo como narco de tercera en una revista literaria de Europa.

—¿Cómo está tu bebé?

—Bien, felizmente. No era nada.

—¿Y qué tal tú?

—Como si las huevas, chaval. Tú sabes que yo me tomo doscientas vitaminas al día, nada me tumba. Más bien, no sabes…

Y así empezó a contarme que el viejo de pantalón blanco, polo rosado y chal del bar de los dominicanos estaba muerto.

—Fue rapidísimo, chaval. Se puso mal una noche y en dos días ya lo estaban cremando. ¡Cágate!

—…

—Así que cuídate, huevón. No estés saliendo, eh. Cáscatela o amárratela hasta nuevo aviso, ¿oíste, gilipollas? Venga, pues. Un abrazo.

Ya no volaba en fiebre ni transpiraba como puerco ni me dolían los músculos, pero la llamada de Sudaca Fino me recordaba la nocividad de esos gusanitos que se movían en mis pulmones. Y lo peor era que no existía una cura contra esos intrusos.

Con astucia, el Sars-Cov-2 se había ocultado en algunas de mis células, multiplicándose con su aspecto, plagiándolas, pero otras células más perspicaces, con visión de rayos X como mamá, las identificaban y las mantenían a raya para que intervinieran las llamadas «asesinas por naturaleza», unas células que hacen el trabajo sucio con las infectas. Posteriormente, los macrófagos, unos recolectores, les llevaban los cadáveres a los linfocitos T, células que estudian los virus, desarrolladores de estrategias para acabarlos de una vez por todas. Era maravilloso ese proceso que yo no podía controlar a nivel consciente, ¡cómo me hubiera encantado dirigir a mi escuadrón de células defensoras!, aunque estoy casi seguro de que al continuar con mis proyectos de escritura, al nutrirlas con el hierro de la sangre de pollo, reafirmaba mi decisión de vivir, y eso sin duda las envalentonaba, a pesar del bombardeo mediático: entubados en cuidados intensivos. Cuerpos intercambiables con el mío.

Compartí mi diagnóstico con Escritor Amigo. Era un poco mayor que yo. Siempre me leía y me daba consejos para mejorar mi producción narrativa. Era una excepción en un medio de envidiosos y estafadores. A sabiendas del contexto, me animó a relatar mi experiencia, comprometiéndose con su publicación en la revista más leída del Perú.

Como ya no había privacidad que perder, y puesto que el ejercicio creativo me había evitado una depresión manteniendo a mis neuronas en positiva actividad, me aboqué a la realización de ese testimonio. El virus, la manera de contagio y la sintomatología aún eran difusos para los especialistas; y creí que de repente mi caso les daría algunas luces.

Investigando en medios de España, Alemania y Francia, me enteré de que los recuperados padecerían fibrosis, es decir que me la pasaría tosiendo durante los dos o cuatro años que me quedaban; mientras que en el Perú, la jefa del Comando COVID, una enérgica neurocirujana, declaraba a los medios que, en caso de sobrevivir, el virus nos produciría daños cerebrales y pulmonares permanentes.

¿Pero cuánto dura lo permanente en Latinoamérica?

Recibí mensajes de apoyo en el chat familiar. Solo mi abuelo, quien era muy activo atacando a la izquierda peruana en Facebook, y quien compartía con disciplina vídeos anticomunistas por WhatsApp, no decía nada aún. Acaso recordaba la taza de café que yo babeé y de la que él bebió. Le pregunté: ¿En qué andas, abue?

Estoy temblando de miedo, loquillo, me respondió.

Por miedo. Era mejor a que temblara por los mismos motivos que yo.

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Parte 2

Capítulo VIII: ¿Alguna otra molestia, campeón?

Sobre el velador había agujas, jeringas, mangueritas plásticas de dos metros de longitud, frasquitos de vidrio con polvos blancos, con líquidos transparentes, suero, una botella de alcohol, algodones y un brazo pálido extendido a la espera del pinchazo.

En la mañana, Ex Novia nos había enseñado a introducir la aguja en la muñeca de papá. Repitió que tuviéramos cuidado: que no entrase nadita de aire a través de la sonda. Pensé que era una exageración, pero en Internet encontré historias de muertos por la intromisión de una burbujita de aire en un vaso sanguíneo; comúnmente, malas praxis de enfermeros novatos como Soltero Maduro y yo.

Mi abuela no oía pero percibió nuestro nerviosismo y prefirió ir a la sala a ver Esto es guerra.

Mientras mi tío destacaba por su pulso, yo comprobaba mi inutilidad para la enfermería y en la labor de asistente botaba al tacho todos los desperdicios; en tanto papá, postrado, sentía tanta ternura como una confianza a ciegas por el último de sus hermanos, el más alto y corpulento, cuyo uso de la fuerza lindaba a ratos con la agresión, y por eso se quejaba ¡au!, ¡au! sin que en su cara se adivine el dolor durante la búsqueda de una vena sólida.

Finalmente, el catéter fue sellado con cinta adhesiva en su muñeca. Solo faltaba abrir la llave para que la bolsa de suero con una aguja incrustada —presión para mayor fluidez— se descargase desde la columna, colgada en un clavo que había sostenido a Juan Pablo II, y así los antibióticos para las infecciones urinaria y estomacal descendieran e ingresasen en el torrente sanguíneo de papá mediante esa extensión artificial de sus venas.

La indicación era hacia abajo, pero eso dependía desde donde se mirase, y mi tío y yo, algo aterrados, dudamos a cuál lado debíamos de girar la llave. La equivocación podía abrir la entrada equivocada que permitiría el ingreso de ese aire asesino. Pedí paciencia y llamé por teléfono a Ex Novia.

No contestó. Entonces papá intervino. Con la voz de un viejo sin un pulmón, dijo:

—Yo vi que ella movió la llavecita hacia la izquierda.

Mi tío ejecutó la orden: era su vida.

—¿Listo?

—Sí.

—Esto puede doler o incomodar un poco —me dijo el doctor, sacándole filo a un hisopo plateado que introduciría por mi nariz y que sin duda rozaría mis sesos.

Ahora sí: Adiós para siempre, olfato.

Poco antes, desde la puerta, su asistente me preguntó si había visitado China o un zoológico europeo o un mercado de animales exóticos. «No», respondí, y no quería ni imaginar cuál era el procedimiento con aquellos que decían la verdad.

Para ese momento, ya estaba sentado como en el dentista, indefenso, con la cabeza tirada hacia atrás en el sillón que mamá rematará un mes después. Al doctor apenas se le veían los ojos. Estaban cubiertos con unos lentes de soldador. Parecía joven y nervioso, no más de treinta y cinco años.

—Tranquilo —me dijo, con una mano temblorosa en mi hombro, el otro brazo listo para la estocada—, tranquilo, Palomari —y el hisopo penetró mi tabique y giró dentro de mí muy despacio durante cinco largos segundos—. ¡Eso! ¡Muy bien, campeón! —se creía mi pediatra—. Ahora abre bien tu boquita, así: abre y di aaa…

—Aaaa…

Había cambiado de instrumento. Sentí que me cepillaba las amígdalas.

—Muy bien, campeón. Muy bien —repitió con cierto placer.

Cuando terminó, me sobé la nariz por pura manía. Además de mamá y de Mascota, testigos de la toma de muestras, mi abuela veía la escena desde el pasillo. Mi abuelo, a quien desde ahora llamaré Ugartino Valiente —estudió en el colegio Alfonso Ugarte—, se sentía más protegido mientras mayor fuera la distancia que había entre él y yo.

—¿Qué día estamos hoy? —preguntó el doc.

Y con cierto apuro firmó el documento de realización del test y me pidió que hiciera lo mismo. Abrí mi palma, esperando que me diera su lapicero, pero lo guardó en el bolsillo de su pecho, mirándome feo. Atenta, mamá me alcanzó uno de inmediato. Cuando ya lo iba a coger, el doc me gritó:

—¡Eh, eh! ¡Lávate las manos primero! ¡Te has tocado la nariz!

—No hay agua —respondimos al unísono mamá, Mascota y yo—. Nos han cortado.

—Han cortado en todo San Juan —acotó mi abuela.

El doctor suspiró y movió la mano con un gesto resignado, como diciendo: ya, ¡qué chucha!

A continuación, a mamá se le ablandaron los hombros. Con un dramatismo barato, dijo que le faltaba el aire. Y Mascota dijo que era asmática. Y mi abuela dijo que era adulto mayor. Querían su descarte también, pero el asistente habló claro: solo había pruebas para los que tenían fiebre, tos o dificultades respiratorias, y/o para los que habían vuelto del extranjero. En todo caso, para que les realicen las pruebas, primero debían de registrarse llamando al 103 o al 106, señoras.

Sin darse por vencida, mamá tosió una, dos, tres veces.

—Pero no presenta fiebre, señora —le dijo el doctor. Y se dirigió a mí—: ¿Alguna otra molestia, campeón?

Mentí con la cabeza porque a los pacientes graves los trasladaban a una villa aun más al sur de Lima. Y sin teléfonos.

—Bien. Los resultados estarán disponibles dentro de cuarentaiocho horas —se despidió el doc.

Habían pasado diez días desde la noche en que regresé a casa como un zombi. Si daba positivo, mi cuarentena se extendería por dos semanas más. Casi un mes sin salir de mi dormitorio.

Otra vez, esperaría atento a la llamada del ministerio, como a una bolsa de suero que se vacía gota a gota.

Gota a gota: así de lento pasaba el tiempo en el encierro.

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Parte 2

Después de que te fuiste

Después de que te fuiste, la gente empezó a caer como naipes, mi bro, y justo cuando iba a comenzar el rodaje de mi cortito, pum, todos pa’ dentro, ¡más salao’! Clases por videoconferencia nomá, pero al profe principal de la maestría lo tumbó el virus y lo internaron en cuidados intensivos por unas semanitas. Medio ciclo perdido. Eso es lo que más cólera me da.

Te soy sincero, no me asustaba el coronita: yo he tenido hepatitis, he comido en lugares de mala muerte y más de la mitad de esas veces sin lavarme las manos —tú sabes que casi nunca hay agua y menos jabón en los baños de los restaurantes peruchos— y aquí me tienes, papá: vivito y coleando. Además, creo que cogí el bicho antes de que tú vinieras a Barcelona, por eso me salieron esas protuberancias horribles en la frente, pero tranqui porque tú sabes que esto es Europa, y así colapsados y todo dame siempre un hospital español, loco: acá los doctores están pensando en cómo poner a parir a un hombre mientras allá siguen curando la TBC. Solo en Catalunya hay más del doble de camas UCI que en todo el Perú, y con eso ya te dije suficiente, creo. Comprendo perfectamente tu angustia: enfermar en Saint John debe de ser bieeen thriller.

Todavía me acuerdo que nos matábamos de la risa en el tren, yendo a SITGES, alucinando que te pondrías mal justo al regresar a Lima,  salao’ eres, mi hermano, ¡y encima querías ir a ese concierto de punk en Hospitalet!, ¡ahí sí que moríamos, ah!, harta carga viral, pero hablando en serio yo te vi maluco desde que aterrizaste en Barcelonita, aunque tú decías que era porque habías dormido poco. No sé, ah, yo creo que tú ya estabas ya, mi hermano.

Disculpa por no haberte escrito antes más bien, pero es que ha sido una locura todo esto, ¿eh?

¿Te acuerdas de Cecilia, mi roomate, esa flaquita alta con el pelo verde?

Le sobraron unos honguitos del carnaval de SITGES, unos que eran para su flaco, pero la huevona rompió con él y se le vino todo el confinamiento encima. No era el mejor momento: ni para romper relaciones de tres años ni para entrarle a los alucinógenos; pero ella igual descongeló las setas y se fue en floro, loco, ¡un bad trip de aquellos, ya te digo!

Unos días antes, la Ceci y mi otra roomie, María, ¿te acuerdas de María?, ¿una de lentes, guapa?, bueno, les conté que en el Perú se creía que la enfermedad era causada por el cambio a la telefonía móvil 5G, y que en un pueblito se habían bajado unas antenas y secuestrado a un grupo de ingenieros. Les dije así como para reírnos en el desayunito, ¿manyas?, pero el mensaje se instaló en el subconsciente de la Ceci, maleao’.

La cosa es que se comió sus honguitos, al inicio todo chill, chévere, chorreados en semana santa, hasta que  de la nada comenzó a hacer comentarios sobre el profe contagiado —tú sabes, los tres nos conocimos en una maestría de Realización audiovisual—; y ya, loco, la Ceci decía que ese profe era muy activo en las redes sociales, que había revisado sus cuentas de Facebook, Instagram y Twitter y que posteaba a cada rato, y que no era descabellada la idea de que las antenas transmitieran la enfermedad, ¿manyas?, que los peruanos quizás tuvieran razón, tío, que «joder, a lo mejor esta vez sí, Charly».

Hasta allí, normal, loco: chongo. María y yo nos mirábamos como diciendo «sí, las drogas», y por la tarde, como siempre, avancé con mis proyectitos en mi pieza, que, como bien conoces, da justo a la sala, donde la Ceci se había puesto a buscar información sobre las antenitas y a continuación videítos conspiranoicos, huevadas que escuchaba a un volumen altísimo, loco, con esa voz insoportable de Loquendo, y no le dije nada solo porque este es su departamento, pero en la noche traspasó cualquier límite y se metió en mi pieza.

¡Vino a hablarme de Bill Gates! Imagínate, bro. Decía que su plan era incluir microchips en una vacuna que nos obligarían a inyectarnos a todos y que nos controlarían como a robotitos desde una aplicación de celular. Yo le seguía la corriente nomás. Una de dos, o estaba en un viaje muy pero muy pendejo —uno del que ya temía que no pudiera regresar— o estaba de broma, pero en una distracción mía tomó mi móvil y lo lanzó por la ventana. Había ido demasiado lejos para ser una joda, loco. Y antes de que pudiera reaccionar, corrió al otro cuarto e hizo lo mismo con el móvil de María.

Me quedé helado, mi bro. Tú ya sabes cómo son las mujeres aquí, una cosa seria, y la Ceci es de esas con las que no te quieres pelear, ya te digo, por su culpa me cayó un balazo en la pierna en una protesta por la independencia de Catalunya, ¿te conté, no?, así que respiré profundo nomás, porque ganas no me faltaban de mandarla a la csm, ¿y cuándo levantarían el confinamiento además?, no se sabía y no quería quedarme en la calle, porque finalmente, ya te dije, este es su depita, así que me aguanté calladito nomás. Caballero, tampoco estaba en mi país.

Como no contábamos con somníferos, María me dijo que le diéramos chocolate y zumo de naranja a la Ceci, que con eso se te baja al toque el efecto de los honguitos, pero su paranoia ya se había descontrolado y de pronto recordó que yo usaba Windows (ella tiene solo productos de Apple) y me acusó de espía, ¡un espía de la India!, y dijo que Bill Gates era el anticristo y que ya había comenzado su plan de dominación de la raza humana allá. En fin, loco, un episodio de lo más surreal.  Tú sabes que yo no censuro esos pases de vueltas con las droguitas, pero lo que me daba miedo era que se la agarrara con mi laptop, tantos archivos, eso sí que no se lo perdonaba, la mataba, loco, así que se lo dije tal cual a María, y por cuidar de la integridad de la propia Ceci tuvimos que encerrarla a la fuerza en la sala.

Espero que nunca pases por algo así, tío. Era una presencia demoníaca, como en las pelis de terror: oíamos sus embestidas contra la puerta, y tratamos de aguantar poniendo el hombro,  pero el marco chillaba e iba cediendo poco a poco y lo peor era que ni siquiera me podía ir a la calle para escapar de esa mujer de metro ochenta y cinco de estatura que se creía que yo era un emisario del Anticristo joder macho; quiero decirte que estaba entre ella y los polis (a los que seguramente debes haber visto dando putadas a los inmigrantes). Vaya pesadilla, tío.

Felizmente se le pasó la locura a la Ceci, yo creo que se durmió de puro agotamiento, de tantos tacles a la puerta; en fin, no importa por qué, pero la quietud la recibí como si fuera un milagro. Y al día siguiente la Ceci tocó la puerta, casi sin energías, pidió disculpas —parecía un camarón de pura vergüenza— y se ofreció a comprarnos móviles nuevos, pero igual nos dimos cuenta de que en su demencia también había mandado a volar el módem, ¡el módem, puta madre!, destrozado doce pisos abajo, en la pista, y no había ningún servicio técnico en todo España, en todo Europa, en todo el mundo, loco. Cagadísimos. Casi tres semanas desconectado, mi bro. Hasta mis viejos pensaron que había muerto por esa notita que publicaste en Somos hablando de mis protuberancias, pero todo bien, ya hablé con ellos por el WhatsApp, no te preocupes. Te mandan saludos.

Aquí la vida ya retoma su curso. La próxima semana recién podré rodar mi cortito y luego trabajaré a full en la edición. Te lo mandaré para que me pases tus comentarios, ¿vale? Un abrazo, mi bro, y ojalá que todo se solucione muy pronto por allá.

¡Viva el Perú, mi hermano!

Cariños a la family, en especial a tus abuelos. Cuídalos mucho.

Charly (Eterno Estudiante, pendejo, jajajaja)