Capítulo IX: Contactos, contactos, contactos

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El suero se vació. Cerré la llavecita para que no entrara nada de aire. Papá evitaba rendirse ante el sueño, con la espalda apoyada en la cabecera de fierro. A su costado mi abuela ya dormía en posición fetal. Era raro que a sus setentaiocho años se acueste junto a su hijo de cincuenta.

Me despedí de mi viejo con un beso en la frente, que fue como besar un cubo de hielo, y salí corriendo a la calle. Ya era tarde, quizás no habría buses. Una triste garúa de julio, el mes de la independencia, humedecía las banderas del Perú que se habían colocado en los techos de las casas.

Julio también era el mes de la Feria del Libro de Lima, en la que presentaría la biografía de un rockero que escribí en esos meses. Era como un trueque: la editorial publicaría mis cuentos por ese trabajo. Normal. En esa época todo lo tomaba como un aprendizaje. De hecho, en las primeras conversaciones con el rockero, me hice una idea sintética de su vida. Una sola oportunidad bien aprovechada por su mayor talento: la voz. Cuando nadie creía que fuera posible vivir de la música en este país, él lo hizo. Entonces, ¿yo podría comer de la literatura?

De San Juan a San Borja, donde vivía Editor Independiente, hay una distancia de treinta minutos a medianoche. Sin tráfico, sin pasajeros, los choferes pisan con rabia el acelerador, y a esa velocidad las diferencias entre los distritos son más notorias: mientras que en el sur de Lima los travestis toman posesión de esquinas con postes de focos quemados, y en los paraderos hay concentraciones de gente; en Surco, en San Isidro, la única muestra de vida es la luz blanca en el interior de los bancos.

La oficina de Editor Independiente era una acumulación de cajas con libros y dos escritorios con computadoras, los teclados grasosos. Recuerdo con nostalgia aquellas madrugadas revisando mi manuscrito. Era emocionante, como el preámbulo a un primer beso, al primer día de clases. Solo la ilusión me mantenía despierto. Pero Editor Independiente ya estaba cansado y aburrido: conocía mi entusiasmo, era solo otro escritor chibolo con ambiciones irreales, él también lo había sido. Por eso, a pesar de las tazas llenas de café negro que bebíamos, alrededor de las cuatro de la mañana, ya solo respondía «ok, ok» a mis sugerencias («oye, pon “quizá” en vez “quizás”, me gusta más»); solo ejecutaba, bostezaba y volvía a decir «ok, ok» y «mejor continuamos mañana, Palomari».

A dos semanas del gran día, aún me faltaba pulir unas cincuenta páginas.

Entonces salía al cruce de las avenidas Aviación con San Borja Sur, silenciosas, vacías, apenas un camión de basura, tres hombres con mamelucos fosforescentes en una esquina, y caminaba bajo la lluvia al lado del tren durante media hora o cuarenta y cinco minutos,  manos en los bolsillos, pies fríos, misio, empapando la casaca con que deportaron a mi tío de los Estados Unidos, esa que me quedaba demasiado ancha. Yo también había adelgazado en las últimas semanas.

Veinte cuadras después, en el óvalo Higuereta, con suerte encontraba rápido un microbús; si no, esperaba revisando las hojas que había impreso en casa del editor. Protegiéndolas de los alfileres que caían del cielo lila, corregía cada párrafo, cada renglón, cada palabra, porque cuando saliera el sol solo tendría cuerpo para mi viejo. No sé cómo aun en las peores circunstancias me dediqué a la literatura, quizás fue para evadir a papá grave, a mamá con los hombros caídos deambulando con joroba por la sala. La confirmación de mi enfermedad aumentaba las probabilidades de que ella también se hubiera contagiado. Pero lamentar es una pérdida de tiempo. Y lo único que un enfermo no quiere es perder más del poco tiempo que le podría quedar. No dejar nada pendiente.

Prendí mi computadora y me puse al día con el texto para los españoles.

Mi resultado salió rápido por la presión de un contacto de mi tía en el ministerio. Contactos: así funcionan las cosas en el Perú, repetía Soltero Maduro. Una noticia que era íntima se divulgó como en programa de farándula, al punto de que fui el quinto en enterarme, y al instante recibí una sucesión de llamadas que preferí obviar, entre ellas la de papá.

¿Qué le podía decir para no preocuparlo? Mentir: «Estoy bien», cuando en la cola para el pan, entre gente enmascarada, el Diego había oído una versión en la que me metían en camilla a una ambulancia. Silencio es lo mínimo que esperas en un momento en el que ya había cuatro muertos en el Perú por ese virus, pero en San Juan de Miraflores no hay que esperar discreción, menos sabiendo que las compras en el mercado duran diez minutos más por el intercambio de chismes en cada puesto, lo que no ocurre en Vivanda ni en Wong, donde los clientes ni siquiera se conocen.

Por WhatsApp, mis tías compartían vídeos —filmados por vecinos desde distintos ángulos— del frontis de mi casa, donde se había estacionado una camioneta —no una ambulancia— con un anciano con tapaboca desfalleciendo en el asiento trasero. Parecía un episodio de Black Mirror. En camilla. En una ambulancia. Mentiras maliciosas que seguramente habían pasado de chat en chat hasta recalar en el viejo Motorola de papá. Iba a escribirle cuando Sudaca Fino me llamó y le contesté sin querer.

—Al fin respondes, gilipollas.

—Hey…

—¿Cómo lo llevas, pues, chaval? Eres un ingrato, oye. ¡¿Cómo te desapareces así, pringao?!

Confieso que me daba cierta impudicia hablar con Sudaca Fino mientras escribía un cuento sobre él. Tan amable que fue conmigo, y yo pintándolo como narco de tercera en una revista literaria de Europa.

—¿Cómo está tu bebé?

—Bien, felizmente. No era nada.

—¿Y qué tal tú?

—Como si las huevas, chaval. Tú sabes que yo me tomo doscientas vitaminas al día, nada me tumba. Más bien, no sabes…

Y así empezó a contarme que el viejo de pantalón blanco, polo rosado y chal del bar de los dominicanos estaba muerto.

—Fue rapidísimo, chaval. Se puso mal una noche y en dos días ya lo estaban cremando. ¡Cágate!

—…

—Así que cuídate, huevón. No estés saliendo, eh. Cáscatela o amárratela hasta nuevo aviso, ¿oíste, gilipollas? Venga, pues. Un abrazo.

Ya no volaba en fiebre ni transpiraba como puerco ni me dolían los músculos, pero la llamada de Sudaca Fino me recordaba la nocividad de esos gusanitos que se movían en mis pulmones. Y lo peor era que no existía una cura contra esos intrusos.

Con astucia, el Sars-Cov-2 se había ocultado en algunas de mis células, multiplicándose con su aspecto, plagiándolas, pero otras células más perspicaces, con visión de rayos X como mamá, las identificaban y las mantenían a raya para que intervinieran las llamadas «asesinas por naturaleza», unas células que hacen el trabajo sucio con las infectas. Posteriormente, los macrófagos, unos recolectores, les llevaban los cadáveres a los linfocitos T, células que estudian los virus, desarrolladores de estrategias para acabarlos de una vez por todas. Era maravilloso ese proceso que yo no podía controlar a nivel consciente, ¡cómo me hubiera encantado dirigir a mi escuadrón de células defensoras!, aunque estoy casi seguro de que al continuar con mis proyectos de escritura, al nutrirlas con el hierro de la sangre de pollo, reafirmaba mi decisión de vivir, y eso sin duda las envalentonaba, a pesar del bombardeo mediático: entubados en cuidados intensivos. Cuerpos intercambiables con el mío.

Compartí mi diagnóstico con Escritor Amigo. Era un poco mayor que yo. Siempre me leía y me daba consejos para mejorar mi producción narrativa. Era una excepción en un medio de envidiosos y estafadores. A sabiendas del contexto, me animó a relatar mi experiencia, comprometiéndose con su publicación en la revista más leída del Perú.

Como ya no había privacidad que perder, y puesto que el ejercicio creativo me había evitado una depresión manteniendo a mis neuronas en positiva actividad, me aboqué a la realización de ese testimonio. El virus, la manera de contagio y la sintomatología aún eran difusos para los especialistas; y creí que de repente mi caso les daría algunas luces.

Investigando en medios de España, Alemania y Francia, me enteré de que los recuperados padecerían fibrosis, es decir que me la pasaría tosiendo durante los dos o cuatro años que me quedaban; mientras que en el Perú, la jefa del Comando COVID, una enérgica neurocirujana, declaraba a los medios que, en caso de sobrevivir, el virus nos produciría daños cerebrales y pulmonares permanentes.

¿Pero cuánto dura lo permanente en Latinoamérica?

Recibí mensajes de apoyo en el chat familiar. Solo mi abuelo, quien era muy activo atacando a la izquierda peruana en Facebook, y quien compartía con disciplina vídeos anticomunistas por WhatsApp, no decía nada aún. Acaso recordaba la taza de café que yo babeé y de la que él bebió. Le pregunté: ¿En qué andas, abue?

Estoy temblando de miedo, loquillo, me respondió.

Por miedo. Era mejor a que temblara por los mismos motivos que yo.

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