Capítulo VIII: ¿Alguna otra molestia, campeón?

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Sobre el velador había agujas, jeringas, mangueritas plásticas de dos metros de longitud, frasquitos de vidrio con polvos blancos, con líquidos transparentes, suero, una botella de alcohol, algodones y un brazo pálido extendido a la espera del pinchazo.

En la mañana, Ex Novia nos había enseñado a introducir la aguja en la muñeca de papá. Repitió que tuviéramos cuidado: que no entrase nadita de aire a través de la sonda. Pensé que era una exageración, pero en Internet encontré historias de muertos por la intromisión de una burbujita de aire en un vaso sanguíneo; comúnmente, malas praxis de enfermeros novatos como Soltero Maduro y yo.

Mi abuela no oía pero percibió nuestro nerviosismo y prefirió ir a la sala a ver Esto es guerra.

Mientras mi tío destacaba por su pulso, yo comprobaba mi inutilidad para la enfermería y en la labor de asistente botaba al tacho todos los desperdicios; en tanto papá, postrado, sentía tanta ternura como una confianza a ciegas por el último de sus hermanos, el más alto y corpulento, cuyo uso de la fuerza lindaba a ratos con la agresión, y por eso se quejaba ¡au!, ¡au! sin que en su cara se adivine el dolor durante la búsqueda de una vena sólida.

Finalmente, el catéter fue sellado con cinta adhesiva en su muñeca. Solo faltaba abrir la llave para que la bolsa de suero con una aguja incrustada —presión para mayor fluidez— se descargase desde la columna, colgada en un clavo que había sostenido a Juan Pablo II, y así los antibióticos para las infecciones urinaria y estomacal descendieran e ingresasen en el torrente sanguíneo de papá mediante esa extensión artificial de sus venas.

La indicación era hacia abajo, pero eso dependía desde donde se mirase, y mi tío y yo, algo aterrados, dudamos a cuál lado debíamos de girar la llave. La equivocación podía abrir la entrada equivocada que permitiría el ingreso de ese aire asesino. Pedí paciencia y llamé por teléfono a Ex Novia.

No contestó. Entonces papá intervino. Con la voz de un viejo sin un pulmón, dijo:

—Yo vi que ella movió la llavecita hacia la izquierda.

Mi tío ejecutó la orden: era su vida.

—¿Listo?

—Sí.

—Esto puede doler o incomodar un poco —me dijo el doctor, sacándole filo a un hisopo plateado que introduciría por mi nariz y que sin duda rozaría mis sesos.

Ahora sí: Adiós para siempre, olfato.

Poco antes, desde la puerta, su asistente me preguntó si había visitado China o un zoológico europeo o un mercado de animales exóticos. «No», respondí, y no quería ni imaginar cuál era el procedimiento con aquellos que decían la verdad.

Para ese momento, ya estaba sentado como en el dentista, indefenso, con la cabeza tirada hacia atrás en el sillón que mamá rematará un mes después. Al doctor apenas se le veían los ojos. Estaban cubiertos con unos lentes de soldador. Parecía joven y nervioso, no más de treinta y cinco años.

—Tranquilo —me dijo, con una mano temblorosa en mi hombro, el otro brazo listo para la estocada—, tranquilo, Palomari —y el hisopo penetró mi tabique y giró dentro de mí muy despacio durante cinco largos segundos—. ¡Eso! ¡Muy bien, campeón! —se creía mi pediatra—. Ahora abre bien tu boquita, así: abre y di aaa…

—Aaaa…

Había cambiado de instrumento. Sentí que me cepillaba las amígdalas.

—Muy bien, campeón. Muy bien —repitió con cierto placer.

Cuando terminó, me sobé la nariz por pura manía. Además de mamá y de Mascota, testigos de la toma de muestras, mi abuela veía la escena desde el pasillo. Mi abuelo, a quien desde ahora llamaré Ugartino Valiente —estudió en el colegio Alfonso Ugarte—, se sentía más protegido mientras mayor fuera la distancia que había entre él y yo.

—¿Qué día estamos hoy? —preguntó el doc.

Y con cierto apuro firmó el documento de realización del test y me pidió que hiciera lo mismo. Abrí mi palma, esperando que me diera su lapicero, pero lo guardó en el bolsillo de su pecho, mirándome feo. Atenta, mamá me alcanzó uno de inmediato. Cuando ya lo iba a coger, el doc me gritó:

—¡Eh, eh! ¡Lávate las manos primero! ¡Te has tocado la nariz!

—No hay agua —respondimos al unísono mamá, Mascota y yo—. Nos han cortado.

—Han cortado en todo San Juan —acotó mi abuela.

El doctor suspiró y movió la mano con un gesto resignado, como diciendo: ya, ¡qué chucha!

A continuación, a mamá se le ablandaron los hombros. Con un dramatismo barato, dijo que le faltaba el aire. Y Mascota dijo que era asmática. Y mi abuela dijo que era adulto mayor. Querían su descarte también, pero el asistente habló claro: solo había pruebas para los que tenían fiebre, tos o dificultades respiratorias, y/o para los que habían vuelto del extranjero. En todo caso, para que les realicen las pruebas, primero debían de registrarse llamando al 103 o al 106, señoras.

Sin darse por vencida, mamá tosió una, dos, tres veces.

—Pero no presenta fiebre, señora —le dijo el doctor. Y se dirigió a mí—: ¿Alguna otra molestia, campeón?

Mentí con la cabeza porque a los pacientes graves los trasladaban a una villa aun más al sur de Lima. Y sin teléfonos.

—Bien. Los resultados estarán disponibles dentro de cuarentaiocho horas —se despidió el doc.

Habían pasado diez días desde la noche en que regresé a casa como un zombi. Si daba positivo, mi cuarentena se extendería por dos semanas más. Casi un mes sin salir de mi dormitorio.

Otra vez, esperaría atento a la llamada del ministerio, como a una bolsa de suero que se vacía gota a gota.

Gota a gota: así de lento pasaba el tiempo en el encierro.

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