Después de que te fuiste

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Después de que te fuiste, la gente empezó a caer como naipes, mi bro, y justo cuando iba a comenzar el rodaje de mi cortito, pum, todos pa’ dentro, ¡más salao’! Clases por videoconferencia nomá, pero al profe principal de la maestría lo tumbó el virus y lo internaron en cuidados intensivos por unas semanitas. Medio ciclo perdido. Eso es lo que más cólera me da.

Te soy sincero, no me asustaba el coronita: yo he tenido hepatitis, he comido en lugares de mala muerte y más de la mitad de esas veces sin lavarme las manos —tú sabes que casi nunca hay agua y menos jabón en los baños de los restaurantes peruchos— y aquí me tienes, papá: vivito y coleando. Además, creo que cogí el bicho antes de que tú vinieras a Barcelona, por eso me salieron esas protuberancias horribles en la frente, pero tranqui porque tú sabes que esto es Europa, y así colapsados y todo dame siempre un hospital español, loco: acá los doctores están pensando en cómo poner a parir a un hombre mientras allá siguen curando la TBC. Solo en Catalunya hay más del doble de camas UCI que en todo el Perú, y con eso ya te dije suficiente, creo. Comprendo perfectamente tu angustia: enfermar en Saint John debe de ser bieeen thriller.

Todavía me acuerdo que nos matábamos de la risa en el tren, yendo a SITGES, alucinando que te pondrías mal justo al regresar a Lima,  salao’ eres, mi hermano, ¡y encima querías ir a ese concierto de punk en Hospitalet!, ¡ahí sí que moríamos, ah!, harta carga viral, pero hablando en serio yo te vi maluco desde que aterrizaste en Barcelonita, aunque tú decías que era porque habías dormido poco. No sé, ah, yo creo que tú ya estabas ya, mi hermano.

Disculpa por no haberte escrito antes más bien, pero es que ha sido una locura todo esto, ¿eh?

¿Te acuerdas de Cecilia, mi roomate, esa flaquita alta con el pelo verde?

Le sobraron unos honguitos del carnaval de SITGES, unos que eran para su flaco, pero la huevona rompió con él y se le vino todo el confinamiento encima. No era el mejor momento: ni para romper relaciones de tres años ni para entrarle a los alucinógenos; pero ella igual descongeló las setas y se fue en floro, loco, ¡un bad trip de aquellos, ya te digo!

Unos días antes, la Ceci y mi otra roomie, María, ¿te acuerdas de María?, ¿una de lentes, guapa?, bueno, les conté que en el Perú se creía que la enfermedad era causada por el cambio a la telefonía móvil 5G, y que en un pueblito se habían bajado unas antenas y secuestrado a un grupo de ingenieros. Les dije así como para reírnos en el desayunito, ¿manyas?, pero el mensaje se instaló en el subconsciente de la Ceci, maleao’.

La cosa es que se comió sus honguitos, al inicio todo chill, chévere, chorreados en semana santa, hasta que  de la nada comenzó a hacer comentarios sobre el profe contagiado —tú sabes, los tres nos conocimos en una maestría de Realización audiovisual—; y ya, loco, la Ceci decía que ese profe era muy activo en las redes sociales, que había revisado sus cuentas de Facebook, Instagram y Twitter y que posteaba a cada rato, y que no era descabellada la idea de que las antenas transmitieran la enfermedad, ¿manyas?, que los peruanos quizás tuvieran razón, tío, que «joder, a lo mejor esta vez sí, Charly».

Hasta allí, normal, loco: chongo. María y yo nos mirábamos como diciendo «sí, las drogas», y por la tarde, como siempre, avancé con mis proyectitos en mi pieza, que, como bien conoces, da justo a la sala, donde la Ceci se había puesto a buscar información sobre las antenitas y a continuación videítos conspiranoicos, huevadas que escuchaba a un volumen altísimo, loco, con esa voz insoportable de Loquendo, y no le dije nada solo porque este es su departamento, pero en la noche traspasó cualquier límite y se metió en mi pieza.

¡Vino a hablarme de Bill Gates! Imagínate, bro. Decía que su plan era incluir microchips en una vacuna que nos obligarían a inyectarnos a todos y que nos controlarían como a robotitos desde una aplicación de celular. Yo le seguía la corriente nomás. Una de dos, o estaba en un viaje muy pero muy pendejo —uno del que ya temía que no pudiera regresar— o estaba de broma, pero en una distracción mía tomó mi móvil y lo lanzó por la ventana. Había ido demasiado lejos para ser una joda, loco. Y antes de que pudiera reaccionar, corrió al otro cuarto e hizo lo mismo con el móvil de María.

Me quedé helado, mi bro. Tú ya sabes cómo son las mujeres aquí, una cosa seria, y la Ceci es de esas con las que no te quieres pelear, ya te digo, por su culpa me cayó un balazo en la pierna en una protesta por la independencia de Catalunya, ¿te conté, no?, así que respiré profundo nomás, porque ganas no me faltaban de mandarla a la csm, ¿y cuándo levantarían el confinamiento además?, no se sabía y no quería quedarme en la calle, porque finalmente, ya te dije, este es su depita, así que me aguanté calladito nomás. Caballero, tampoco estaba en mi país.

Como no contábamos con somníferos, María me dijo que le diéramos chocolate y zumo de naranja a la Ceci, que con eso se te baja al toque el efecto de los honguitos, pero su paranoia ya se había descontrolado y de pronto recordó que yo usaba Windows (ella tiene solo productos de Apple) y me acusó de espía, ¡un espía de la India!, y dijo que Bill Gates era el anticristo y que ya había comenzado su plan de dominación de la raza humana allá. En fin, loco, un episodio de lo más surreal.  Tú sabes que yo no censuro esos pases de vueltas con las droguitas, pero lo que me daba miedo era que se la agarrara con mi laptop, tantos archivos, eso sí que no se lo perdonaba, la mataba, loco, así que se lo dije tal cual a María, y por cuidar de la integridad de la propia Ceci tuvimos que encerrarla a la fuerza en la sala.

Espero que nunca pases por algo así, tío. Era una presencia demoníaca, como en las pelis de terror: oíamos sus embestidas contra la puerta, y tratamos de aguantar poniendo el hombro,  pero el marco chillaba e iba cediendo poco a poco y lo peor era que ni siquiera me podía ir a la calle para escapar de esa mujer de metro ochenta y cinco de estatura que se creía que yo era un emisario del Anticristo joder macho; quiero decirte que estaba entre ella y los polis (a los que seguramente debes haber visto dando putadas a los inmigrantes). Vaya pesadilla, tío.

Felizmente se le pasó la locura a la Ceci, yo creo que se durmió de puro agotamiento, de tantos tacles a la puerta; en fin, no importa por qué, pero la quietud la recibí como si fuera un milagro. Y al día siguiente la Ceci tocó la puerta, casi sin energías, pidió disculpas —parecía un camarón de pura vergüenza— y se ofreció a comprarnos móviles nuevos, pero igual nos dimos cuenta de que en su demencia también había mandado a volar el módem, ¡el módem, puta madre!, destrozado doce pisos abajo, en la pista, y no había ningún servicio técnico en todo España, en todo Europa, en todo el mundo, loco. Cagadísimos. Casi tres semanas desconectado, mi bro. Hasta mis viejos pensaron que había muerto por esa notita que publicaste en Somos hablando de mis protuberancias, pero todo bien, ya hablé con ellos por el WhatsApp, no te preocupes. Te mandan saludos.

Aquí la vida ya retoma su curso. La próxima semana recién podré rodar mi cortito y luego trabajaré a full en la edición. Te lo mandaré para que me pases tus comentarios, ¿vale? Un abrazo, mi bro, y ojalá que todo se solucione muy pronto por allá.

¡Viva el Perú, mi hermano!

Cariños a la family, en especial a tus abuelos. Cuídalos mucho.

Charly (Eterno Estudiante, pendejo, jajajaja)

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