Capítulo X: El abuelo tiene menos probabilidades de sobrevivir

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Papá jugaba en el mediocampo. La pelota volaba como un meteorito hacia él y la mataba con su pecho, poc, esta caía liviana y recuerdo que los muslos de papá se tensaban macizamente mientras corría con la frente en alto, golpeando el balón con su derecha envuelta en una zapatilla de lona blanca, sucia, percudida, en una época en que la estética del calzado deportivo no le importaba a nadie en San Juan de Miraflores: en la losa, seis contra seis, todos eran iguales.

Hombre contra hombre.

Con los años, papá se compró ropa de Umbro, Adidas, pero también le creció la panza y se volvió lento, pesado. Tras cinco minutos de juego, su cara ya era un tomate sudoso, y poco a poco lo vi retroceder: de mediocampista ofensivo a mediocampista de marca, luego a la línea de la defensa y finalmente a la portería. Solo bajo los postes podía aguantar un partido completo en el campeonato anual de exalumnos de su colegio, que era en julio, y que en el 2018 se inauguró el último domingo de julio.

Las medicinas para las infecciones urinaria y estomacal habían atenuado su fiebre y detuvieron los escalofríos y la violencia de las excreciones. Los cachetes de papá recobraban el rubor, su consistencia. Aunque la enfermedad nos entristecía a todos, él decidió enfrentarse a ella en vez de resignarse a unos pocos años con «calidad de vida». Seguiría un tratamiento para curar su cáncer.

La cita más próxima que nos ofrecían en el área de oncología del hospital público era para dentro de dos meses. Y era nuestra única opción. Hasta que, revisando en Internet la lista de especialistas en linfoma que había en el Perú, conseguí el teléfono de la Eminencia, un médico con un CV de más de 20 hojas que trabajaba en el Rebagliati y que a la vez tenía un consultorio particular en San Borja. Esa noche, papá y yo esperamos en un salón blanco de sillones cómodos, con aire acondicionado y revistas de política y entretenimiento sobre una mesita de centro. Alrededor había parejas, otros jóvenes con sus padres, gente sola, todos capaces de pagar ese peaje. Me preguntaba: ¿qué les quedaba a quienes no hallaban en sus bolsillos los doscientos soles que costaba acelerar el trámite del internamiento?

Eran como fantasmas.

A las siete de la mañana del día siguiente, con un papelito firmado por la Eminencia, papá cruzo una de las puertas celestes del complejo hospitalario más importante del seguro social nacional.

Dos semanas era la fecha más pronta para la realización de los exámenes que determinarían la terapia a seguir, en corto: radio o quimio. En ese lapso: el campeonato de ex alumnos y la presentación de mi primer libro.

Ir a jugar fulbito era propio de un irresponsable, pero la cama representaba la muerte para papá, y solo por eso lo acompañé a la cancha de su colegio. Él, por si se animaba, solo por si acaso, hijo, había alistado su indumentaria en un maletín deportivo. Sus amigos ignoraban su diagnóstico, y creyeron que el estado físico de papá se debía a la resaca de una juerga por 28 de julio, fiestas patrias.

Papá alineó a sus compañeros en la cancha, y les daba indicaciones desde la tribuna, pero, cuando su equipo ya iba perdiendo por tres goles a cero, en el segundo tiempo, se cambió y se metió en el rectángulo para —sospecho— evitar un resultado apabullante y vergonzoso.

Los del otro equipo, cinco años más jóvenes, eran rápidos y fuertes: en cada choque llevaban las de ganar. Yo solo esperaba que la pesadilla terminara de una vez, que no hubiera ningún balón dividido entre papá, un paciente oncológico, y uno de esos delanteros insaciables que disparaban al arco con furia.

Y ocurrió. El marcador iba tres a cero cuando un compañero de papá le cedió la pelota. Ante el acecho de un rival, él quiso adelantarse pero las piernas le fallaron y cayó dándose un estrepitoso volantín. Para mí, lo más devastador no era ese humillante gol que acababan de hacerle, sino lo frágil que lucía en medio de esos cuerpos saludables, y su silenciosa sonrisa como única respuesta a los reclamos.

Papá recayó. Y fue el gran ausente en la presentación de mi primer libro.

La historia de mi abuelo, el Ugartino Valiente, fue similar. No he conocido a nadie que ame el fútbol tanto como él. Era defensa, back central, un puesto de altos en el que se había asentado aun con su metro sesenta y cinco de estatura, literalmente a patadas. Le decían Cholo y se enorgullecía de que en sus años recios en la Liga de Surquillo nunca fue suplente. En su cajón guardaba fotos a blanco y negro en las que aparecía al lado de sus diez compañeros antes de que el árbitro tocara su silbato. De vez en cuando, el Ugartino Valiente tiraba esas imágenes en su colchón y las contemplaba con la mirada aguada por nostalgia y cierto agradecimiento. El fútbol le había dado oportunidades. El presidente de su club era dueño de la empresa encargada de pintar los edificios de la Residencial San Felipe. Como a varios de sus jugadores, le dio una brocha a mi abuelo, quien a sus diecinueve años poco sabía hacer, además de barrerse en cada jugada incluso en canchas de tierra con piedras.

Hasta mi adolescencia, no recuerdo un sábado en que el Ugartino Valiente no haya ido a pelotear a Barranco, a Magdalena, ¡a Chaclacayo!: a donde sea él se iba. Terminados sus partidos, me pedía que toque el sudor de su camiseta para comprobar su esfuerzo, su entrega. Ni en mis mejores noventa minutos empapé el número nueve de mi espalda de esa manera. Mi abuelo decía que yo era un «pecho frío». Quizás por eso le perdí interés al deporte, y, a partir de entonces, los sábados el  Ugartino Valiente comenzó a salir de casa con su chimpunera como única compañía. Una de las últimas tardes que lo fui a ver en la canchita del mercado, me sorprendí porque no lideraba la defensa; al igual que mi viejo, les daba instrucciones a sus compañeros desde el pórtico. Todos los jugadores eran mayores de setenta años, masters les llaman, y de rato en rato uno que otro se resbalaba o era víctima de una falta y todo se detenía por tres minutos, lo que el caído demoraba en levantarse del suelo entre risas y gritos de «pónganle papel periódico».

Era cuestión de tiempo que mi abuelo terminara como ellos.

Efectivamente, un día volvió a casa con las justas. Se frotó con un ungüento apestoso y se arropó en su cama. Al amanecer, trató de ponerse de pie y se dio cuenta de que se había quebrado. En el hospital le programaron una operación de cadera para «dentro de seis meses».

Luego de una serie de posposiciones, mi abuelo «consiguió cama» y pasó internado tres semanas internado esperando a que hubiera quirófano y personal disponibles. Desde un principio le pidieron que vuelva a su casa mejor, señor, pero si soltaba ese colchón militar, lo intervendrían dentro de un año o más.

Siempre que lo visitaba, le llevaba su periódico de derecha. Al hablar con él, me parecía que lo había enloquecido el tiempo habitando ese cuarto oscuro, con un viejo delirante a dos metros, separado solo por una cortina. La cirugía fue exitosa, pero el Ugartino Valiente quedó medio traumado por los gritos vecinos de la muerte, y en casa comenzaron sus nuevos problemas: la dependencia de somníferos.

Mi abuelo dormía en la primera planta, en un cuarto situado exactamente debajo del mío. Estaba seguro de que si lo había contagiado, por sus 80 años, las probabilidades de que sobreviviera eran menores de 20%.

La siguiente en la lista era mi abuela. Tenía setenta y seis años. Ocupaba una habitación contigua a la del Ugartino Valiente. Además de la fractura de un brazo por un accidente de tránsito, en el cual también se dañó el cuello y la columna, sufría de problemas estomacales y una o dos bronquitis por semestre. Si no fuera por esas constantes averías en su aparato respiratorio, sus probabilidades de sobrevivir hubieran sido mayores a un 35%.

Seguía el Diego, pero bah, ¿importa? Resumiendo: cardíaco, hígado posiblemente cirrótico, cálculos en los riñones, prostatitis y vísceras pa’l gato. Igual, a este le quedaba preciso el clásico «hierba mala nunca muere».

A continuación, mi madre. Las preocupaciones la enfermaban. Ya he hablado de sus mareos. Era relativamente joven, cincuenta y un años. Le daba un 70% de probabilidades de sobrevivir.

Por último, Mascota. Mi queridísima hermana era promotora de la salchipapa y el pollo broaster a diario. Asmática, o eso decía (previamente, youtuber, o eso decía). Acababa de cumplir diecisiete años. A pesar de su rutina sedentaria y de su pésima alimentación, se salvaría por su envidiable condición de «hermana menor». Tenía más probabilidades de sobrevivir que yo.

Era absurdo hacer ese tipo de cálculos por el virus de un murciélago que se transmitió a un «pangolín», el último eslabón animal de la cadena de contagios, el mamífero más traficado del mundo, con carne que se consideraba un manjar, y cuyas escamas son muy demandadas en China por asuntos medicinales; tan absurdo como que, de un momento a otro, toda la atención sobre los avances tecnológicos —el lanzamiento del último iPhone, la pelea entre Huawei y Google— viró hacia la competencia entre laboratorios por hallar una vacuna o una solución para la catástrofe originada por este ente microscópico, como si durante décadas, aun con tantos progresos de la ciencia, conscientes de ellos en plenitud, jamás nos hubiésemos planteado el reto de detener la putrefacción de nuestros órganos, porque es un hecho que, a partir de cierta edad, los órganos se comienzan a podrir y desde entonces se pudren todos los días, como el fruto más hermoso después de su madurez.

La descomposición es nuestra naturaleza.

Deja tu plato de comida sobre la mesa durante una semana y verás tu futuro.

¿Ese virus que aceleraba la muerte de miles también propiciaría que pensemos en la fabricación de pulmones o corazones en vez de la producción en serie de teléfonos con cámaras con 0.5 más píxeles? ¿Por qué renunciamos tan fácilmente a ser jóvenes, a jugar otra vez?

22 de marzo del 2020. En el desayuno y a la hora del almuerzo, los noticieros exponían el colapso de las salas de cuidados intensivos, donde los doctores asumían la responsabilidad de un dios: elegían a quién suministrar oxígeno. Más simple todavía, por protocolo desahuciaban a los que ya habían vivido lo suficiente: ¿pero cuánto es «lo suficiente» cuando se trata de vivir? Yo, que era el virus, prefería morir en vez de cualquiera de mis familiares —ni siquiera era capaz de darle la extremaunción al Diego–, y me preguntaba cuánto faltaba para que las toses arremetieran contra mí, en qué momento comenzaría a girar ese trompo con cuchillas que rebanaría lonja por lonja mis pulmones, cuándo sentiría las mordidas de la muerte en el pecho, el sabor y la textura arenosa de la sangre en el tabique obstruido, cuándo me desesperaría por abrir un hueco en mi tráquea, con un lapicero o con las puntas de una tijera o con las uñas, ya con el rostro azul, lívido, con los ojos como globos a punto de estallar, boqueando y soltando resignados golpes en la superficie de mi cama como única reacción, uh ah uh ah uh ah.

24 de marzo del 2020. Un doctor del ministerio me llamó por teléfono. Preguntó cómo estaba. Mi visión se restablecía, los músculos ya no me dolían. Nada de fiebre. Sí, me sentía mejor.

Descanse, me aconsejó. Luego hizo matemáticas y me dijo: «Aún faltan como dos semanas para que le demos de alta, Palomari».

¿Y cómo puedo «descansar» sabiendo que mis respiraciones han puesto en peligro a mis seres queridos?, quise preguntarle. ¿Por qué no les hacen la prueba?

Nos vamos a comunicar con sus familiares en seguida, dijo.

Se comunicaron. Solo eso.

Y mientras el número de infectados se multiplicaba exponencialmente, me angustiaba pensando que al final de la pandemia en mi familia habría un miembro menos. ¿Quién sería?

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