Capítulo XI: El que escribe es un intelectual pobre

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27 de marzo de 2020. Mamá recibió un mensaje en su teléfono. Le indicaban el monto de su deuda bancaria además de una mora, y fue como si de un puñete le reventaran las venas de los ojos como cada vez que había que pagar.

Yo había leído que las demoras en los pagos no se penalizarían debido a la recesión, pero ella:

—Te dije: el banco nunca pierde, el banco nunca pierde —repetía en la puerta de mi habitación.

—Má, pero aquí dice que…

Bancos anuncian que congelarán deudas de clientes hasta por tres meses La banca privada ofreció la reprogramación de las deudas a 150 000 clientes, después de que el Ejecutivo anunció la primera cuarentena por quince días, pero con la ampliación por otra quincena, hasta el 12 de abril, decidió este viernes asumir el congelamiento de las cuotas de dos o tres meses.

Mamá negó molesta. Sus pestañas ya se habían transformado en colmillos que mordían sus globos oculares en cada parpadeo. Esas manchas rojas al lado de sus iris eran mi incapacidad para generar dinero que ayudase a las finanzas domésticas: mi biblioteca era solo un adorno fuera de lugar en un departamento donde las presas de pollo se hacían cada vez más pequeñas, más huesudas.

Todos los jóvenes anhelamos el día en que retribuiremos a los padres los gastos de nuestra crianza. Ese día no se acercó a mí por una foto con doscientos Me gusta en Luxemburgo. Hay pocos eventos más engañosos que la presentación de un libro peruano en el extranjero. Lo cierto era que ya no me quedaba ni un sol.

Lo cierto era que vivíamos adeudados: por el televisor, por la cocina, por el juego de mesa, doce cuotas sin intereses.

Traté de que mamá se quedara en casa prometiéndole que luego arreglaríamos la situación con el banco. Yo me encargaría de los excedentes. Sería absurdo que fuera a la calle y que la contagiara un desconocido cuando su propio su hijo, al parecer, no lo había hecho. Pero ella se puso un tapabocas barato, lentes, gorra, colgó su cartera en el hombro y, voy y vengo, salió disparada.

Parecía resignada a mi condición de escritor desempleado y, para colmo, enfermo.

Su oficina bancaria se ubicaba entre un club nocturno y una tienda de electrodomésticos cuyo escaparate era usado por prostitutas y vendedores de droga: una zona peligrosa y de alto tránsito, a una esquina del mercado mayorista Ciudad de Dios que ya recibía a alborotados compradores con coloridas bolsas de rafia, puesto que el gobierno dio luz verde a quienes tuvieran que conseguir alimentos o cumplir con sus cuentas. En la prensa, expertos en economía y seguridad anunciaban pobreza, aumento de robos, mayor violencia en Lima: lo común en San Juan.

A mamá ya le habían cortado la cartera en un ómnibus sin que se percate; recién cuando quiso sacar su monedero para pagar el pasaje, se rio con amargura de esas tiritas que ya no sujetaban nada. El mayor miedo de mi niñez era que le pasara algo, que el nombre de mi mamita apareciera en las noticias. Por eso, al despedirme de ella, siempre le decía «cuídate» y de inmediato, mientras se iba, rezaba una oración para que ningún ladrón drogado la violentara, para que nadie abusara sexualmente de ella, para que no la atropellara un chofer con cuarenta papeletas, y desde mis cinco años me culpaba por anteponer los dibujos de Disney a acompañarla a donde fuera.

Irónico: ahora mi madre necesitaba de mi protección y yo ya no podía caminar ni respirar a su lado.

Mi deber era salvarlas a ella y a Mascota de esos peligros cotidianos, liderar la mudanza a un distrito más seguro como Surco. Pero el virus me había anulado y, peor, me había convertido en otro gasto.

Mi vida se había reducido a cuatro metros cuadrados. A una cama con una ventana polvorienta, con un ropero apolillado en frente. A una maleta de viaje interponiéndose entre la puerta y yo; a una casaca colgada en el ropero, una casaca verde olivo que había viajado en trenes y aviones contaminados y que presumiblemente estaba llena de COVID-19, una casaca que mi abuelo había metido con sus manos arrugadas en la lavadora. Mi vida se redujo a libros desperdigados, amontonados sin orden ni sentido, a una lámpara con el foco quemado, a ropa sucia tirada en el suelo. A las páginas de un libro kafkiano donde el protagonista contempla la desdicha a través de un resquicio, como otra cucaracha patas arriba.

En zonas como Miraflores, la cuarentena general se respetaba a rajatabla. Allí la gente no tenía que moverse porque cualquier cosa que necesitaran se la llevaban chiquillos en bicicleta que no eran inmunes al virus ni a la inanición ni a un conductor con diez papeletas. En Miraflores, la cuarentena general era como una performance en la que todos los habitantes de un edificio, copiando a italianos y españoles, apenas salían si era por sus ventanas o balcones para agradecer con aplausos a los doctores y policías, siempre puntualmente a las ocho de la noche; y los polis enmascarados de vez en cuando los entretenían con música y coreografías. No dudaba de sus buenas intenciones, pero esos bailes se daban en este país donde solo algunos los podían disfrutar con palmas.

A las 07:55 p.m., me imaginaba a Mamá Soltera interrumpiendo el visionado de una película o una serie de Netflix para participar de dicho espectáculo. Más que un apocalipsis real, la pandemia sería para ella como la simulación de una catástrofe: con wi-fi, la despensa y el refrigerador llenos de productos orgánicos y un contacto en la agenda telefónica para recibir atención inmediata en caso de emergencia.

En el sur de Lima, el panorama era otro. Mamá caminaba por las calles de San Juan, donde panzones desesperados por beber licor y meretrices panzonas de sesenta años, cada quien con su mascarilla, coincidían en las entradas de hostales clandestinos. Sus fotos circulaban por redes sociales y eran expuestas en los noticieros, que también mostraban a vendedores ambulantes como si fueran idiotas que arriesgaban su salud por ganar diez o veinte soles, sin considerar que ya había gente con tres semanas sin trabajar, peruanos que no recibían un sueldo por mes sino que se ganaban la vida día tras día. Gente que, como papá, era la última representante de millonarias empresas. Gente que con las justas obtenía de veinte a cuarenta céntimos por chocolate vendido, por cada helado, por un paquetito de galletas. Ellos declaraban ante las cámaras: o nos mata el virus o nos mata el hambre.

Aunque el presidente, a través de la televisión, se sentaba a la mesa de las familias peruanas en la hora del almuerzo, tratando de transmitir serenidad, bromeando con la ligereza del que mensualmente cobra más de quince mil soles, y prometiendo con una sonrisa subsidios del gobierno para todos, visto desde el exterior, el Perú ya no era de los países que reaccionaron a tiempo ante la amenaza del virus, sino el segundo con más contagiados de Sudamérica y el número doce en el ranking mundial de la muerte.

Era de esperarse. Si a mamá, viviendo con uno de los primeros casos de COVID-19, le habían negado una prueba, y ahora exponía a desconocidos por un compromiso impostergable con su banco,  entonces: o no había estrategia para detener la propagación del virus o el plan era simplemente improvisar.

Al igual que ella, miles de señoras con deudas, papás enfermos, hermanos con asma se veían obligados a salir a esos vecindarios de nombres mesiánicos donde Dios era solo una escultura blanca en la cima de un cerro, donde el confinamiento no se parecía en nada a las vacaciones obligadas de los privilegiados; era, más bien, dolor y desesperación por no tener qué comer ni con qué pagar el alquiler de las viviendas ni recursos con qué asumir el precio de la enfermedad: una asfixia desde inicios de la República.

Y mamá estaba allí, en ese escenario de videojuego cyberpunk en el que el caos lo representaba un nihilista de la era de Internet que se filmaba hurgándose la nariz y embadurnando los pasamanos del tren, un esparcidor voluntario de la enfermedad. Un joven que creció en un país que ya no era suyo.

Mamá volvió a eso de las dos, molesta como cada vez que pasaba por el banco. El calor había cocinado su cólera. Y no había almuerzo. Se sirvió un vaso con agua y con la muñeca temblando bebió a prisa.

—Una tontería, oye —me dijo, abanicándose en el umbral.

—¿Qué pasó?

—Tres horas para el pago, pues. Una cola de dos cuadras.

—¿Estás bien? —pregunté desde mi cama.

—Me duele un poco la cabeza —se cogió la sien.

—¿Tos? ¿Fiebre? —pregunté como si fuera personal del ministerio de Salud.

—No.

Inhaló profundamente.

—El sol entonces —le dije.

Me miró en silencio. Oí que puso a sancochar papas. Mis tripas se quejaban. Mi aislamiento era un retorno al vientre de mamá: mi alimentación dependía de ella. Mi vida dependía de ella.

Todo dependía de ella.

«¡Una tontería!», se quejó con el Diego, quien, con un ron de mala muerte, escuchaba por enésima vez el mismo concierto de Luis Miguel.

¡Una tontería!

Era un alivio para mí. Mi vida se había reducido a la expectativa de oír ciertas voces de vuelta en casa.

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