Cuento: ¿Qué hay detrás de los cerros?

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La perra ladraba fuera, tras recibir un portazo en su hocico de parte de David Pacheco, quien dejaba bolsas flácidas y sanguinolentas sobre la mesa de la cocina. Jadeando por el calor, se abanicó con las manos y del fondo de un cilindro sacó agua con un tazón.

La puso a hervir en una ollita negreada.

Concentrado, a pocos metros de él, Santi anotaba en un cuaderno las lecciones que le daba una profesora a través de la pantalla plana, cuando Chana emergió del dormitorio, despeinada, y apoyó la escoba en ese pedazo de madera que sobresalía de la pared de la sala. Suspiró y revisó lo traído por su esposo.

—¿No te habrán dado vísceras de paloma, no? —dijo en voz alta.

David se quitó la mascarilla y la sumergió en el agua caliente para desinfectarla. Era la única que tenían. Había pagado la comida de dos días por ella. El de la farmacia le juró que era la mejor protección contra el virus, una N95. Ya ni en Lima se encontraban así.

—¿No te encanta la paloma? —bromeó David.

Pero Chana no sonrió, al igual que la noche anterior mientras veían tele. Además de cifras fúnebres, el noticiero había condenado el comportamiento ciudadano durante esos primeros días en que ya se podía salir por alimentos, y David la había mirado como animándola a la risa al reconocer a Sarita en el reportaje: su hija mayor corría detrás de unas señoras enmascaradas que, alzando polvo, luchaban por entrar en el mercado mayorista, muy pegadas entre ellas, ignorando las recomendaciones para evitar el contagio.

Sarita no consiguió las menudencias. Por eso David tuvo que ir muy temprano al mercadito del barrio. Solos los hombres podían estar en la calle los miércoles.

Hubo poca suerte. Puras sobras nomás encontró.

—¡¿Qué has comprado, oye?! —dijo Chana.

—El viejo no me ha pagado —la interrumpió David. Se refería a un hombre que lo había contratado para botar un desmonte—. ¡No tiene plata! Encima se lo han llevado los militares a su hijo, dice.

Chana iba a comentar que. . ., pero se enterneció con los hombros encogidos de su esposo, con sus canas, su aliento cansado. Al menos estaban juntos y sanos. Sabían de un vecino fallecido. Cuando fue a la posta con esa fiebre rara, no lo recibieron. Y el hospital estaba muy lejos, no había transporte. Regresó a su casa tosiendo. Murió ahogado en su cama. Sus familiares esperaron doce horas para que se llevaran el cadáver de la vereda, cubierto por un plástico celeste. Su hija se la pasó ahuyentando a los perros por su ventana, así dijeron.

—Ma, ma, tengo hambre —Santi jalaba el buzo de Chana—. ¡Pollo frito!, ¡pollo frito! —pedía.

El presidente, en el televisor, los acompañó durante el almuerzo. Muy sereno, anunció que el estado de emergencia se alargaría hasta el próximo mes. Chana se tocó el pecho. Los dientes de David comenzaron a rechinar como cada vez que estaba nervioso. En un sitio web constató que su nombre no aparecía en la lista de pobres que recibirían ayuda, un bono que era casi como un mes de sueldo. Entonces, ¿cómo comerían si no trabajaban?

Santi masticaba aburrido lo que definitivamente no era pollo frito. Sarita se levantó con su plato. «Nos están mintiendo», murmuró mientras lavaba. Antes de meterse al baño, buscó entre sus libros de matemáticas la fruta que había escondido solo para ella.

«En adelante, nadie puede estar en la calle sin mascarilla», el presidente habló pausado, como un ingeniero que da instrucciones a sus obreros. «Las fuerzas armadas cumplirán con su deber», advirtió.

—Ay, Señor… Dios mío —Chana se persignó.

A las cinco, se escuchó por la trocha a la oxidada cisterna que clandestinamente traía agua una vez por semana. Santi salió a prisa empujando el cilindro. Los militares ya tomaban posición. Uno notó los labios descubiertos del niño, un potencial portador, un infecto asintomático. Dio un par de zancadas y con el fusil le ordenó que se metiera.

Santi se quedó en el umbral, perturbado, viendo a su vecino llenar sus bidones. David, la mascarilla puesta, los brazos de un llenador de techo, guardó con facilidad los veinte litros para siete días. En la cocina, se quitó la N95 y la colocó sobre un banquito de madera al lado del tacho, donde las mujeres se sentaban a pelar. Se sacó el polo. Se limpió sin ganas un bigote de sudor.

Hacía calor. Mucho calor.

Santi, cubriéndose la boca con una mano, continuó observando a las cuadrillas verdes que trepaban el cerro, como yendo a ese cielo que ya no era gris sino azul, con estirados algodones blancos. El sol bajaba como un fuego que los abrasaría. Abstraído, no se dio cuenta de que Covita, una perra sin dueño que había aparecido con la pandemia, corrió hacia él y se coló en su casa. Atravesó la sala hambrienta y dio vueltas como trompo en la cocina, guiada por un tufo a entrañas. Brincó y abrió sus fauces en dirección al tacho, al banquito. Y mordió la mascarilla. David intentó recuperarla pero con un mal movimiento tumbó el cilindro a sus espaldas. Chana y Sarita fueron a la cocina por el ruido.

El silencio era pesado.

Catorce litros, se decidió Sarita, estupefacta, con los ojos sobre la inundación.

—¡Covita se llevó la mascarilla! ¡Covita se llevó la mascarilla! —repetía Santi.

David comenzó a reír, rascándose el cuello, contemplando esa laguna que iba creciendo como el deseo de romperle el pescuezo a esa perra.

—¿Qué vamos a hacer sin agua? —dijo Sarita, consciente de la escasez del líquido en Nueva Esperanza—. ¿Cómo vamos a salir sin mascarilla?

—Anda a pelar verduras para mañana —ordenó David.

Chana conocía esa voz. Agachó la frente. El olor de la tierra húmeda la mareaba. O esa comida. Sintió una arcada. Respiró hondo, abrió la ventana, que se quejó con un chirrido. Los uniformados seguían subiendo. Aún no oscurecía por completo. Comenzaba el toque de queda. El encierro absoluto.

Para protegerse, David tapó boca y nariz con su polo. Lo anudó con fuerza en su nuca.

—¿A dónde vas? —preguntó Chana—. No puedes salir. ¡Te van a llevar!

No contestó.

—Sal —retiró a su hijo de la puerta. El niño vio a su padre dirigirse a esa perra que saltaba libremente rumbo a la cumbre, mascando como chicle la única mascarilla de los Pacheco, mientras los soldados le gritaban que se detenga. David giró. Señaló al animal. El ruido hizo que Chana se asuste y se corte un dedo mientras pelaba las zanahorias.

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