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Parte 2

Capítulo XIII: Una pesadilla con los ojos abiertos

Medianoche. Todos descansando en el departamento. El silencio del toque de queda se alteraba únicamente por lejanos ladridos o por los altos decibeles del televisor de mi abuelo. Me daba melancolía que tampoco pudiese descansar. A los ochenta años el sueño es lo más parecido a una muerte de la que ya no te distraes leyendo el periódico.

Busqué nuestro chat. Mis ojos pasaron otra vez por su «estoy temblando de miedo, loquillo». Presioné la videocámara de WhatsApp. Como sospechaba, el Ugartino Valiente no estaba durmiendo: contestó de inmediato. Ese rostro de mi abuelo no era el que recordaba, ni el mío para él seguramente. A ambos nos pixelaba la floja señal de Internet, nos deformaba. Por más fuerte que hablé, el Ugartino Valiente no me entendió. Lo de su tímpano era un caso perdido.

Aun así, me prometí que cuando levantaran el confinamiento le compraría esos dispositivos que cuelgan de las orejas para mejorar el oído. «Nada perdíamos intentando», así me convenció él de ir al psiquiátrico, donde la doctora encargada de mi salud mental me dio dos opciones: tu vida o la literatura, Palomari.

Ese 2015 fue pésimo para mí. Tenía veinticuatro años. No podía dormir. Había dejado de estudiar periodismo en la universidad y había renunciado a dos años de trabajo en prensa para dedicar todo mi tiempo a la novela que estaba escribiendo, porque eso es lo que hacen los escritores de verdad, abandonan todo, apuestan hasta lo que no tienen por la literatura, pero el dinero de la liquidación por los años de servicio en la agencia de noticias del Estado —esa pequeña fortuna para un joven soltero y sin hijos que vive con mamá, lo único que me mantenía— lo dilapidaba en alcohol: solo borracho podía desplomarme sobre el colchón sin pensar en que no poseía el talento de Charles Bukowski. No me estaba yendo bien —es la frase con que comienzan todas las malas historias, todas las historias desgraciadas— y perdí el control de mi cuerpo. En resumen: ataques de ansiedad con pánico que coincidieron con una sinusitis diagnosticada por mí mismo. Cada vez que hablaba sentía que de mi garganta brotaba un olor putrefacto a moco amarillo.

Acudí al hospital de la Solidaridad de San Juan, un edificio blanco de cuatro pisos —un edificio que también podía ser una de esas universidades nuevas— frente al María Auxiliadora, el hospital de sangrientos recuerdos. Mi abuela, quien chequeaba sus bronquios en el Solidaridad, sacó cita, y un instante después un doctor de acento colombiano me recetó medicinas para drenar la mancha que había en el lado derecho de mi nariz, que juntos los dos —los tres con mi abuela— vimos en una pantalla negra por endoscopia.

«Tienes el tabique desviado», me dijo antes de recomendarme que me operase para evitar futuras sinusitis.

Mi abuela consintió. Dijo que me prestaría el dinero: por ella que me cortaran la cara de una vez. Pero no era su nariz la que se iba a abrir y a mí me espantaban los quirófanos. Enterado del asunto, mi abuelo me llevó donde un «homeópata» que atendía cerca del Banco de la Nación, en la avenida Benavides, Surco. Este «cobraba en dólares», según mi abuelo —y eso era garantía de un buen servicio, según mi abuelo—, pero nos haría el favor de revisarme por solo cincuenta soles porque habían peloteado juntos en Surquillo. Es mi pata, decía orgulloso el Ugartino Valiente, caminando con el pecho al frente.

El consultorio era como el estudio de un escritor burgués: escritorio con biblioteca amplia de fondo. Fui examinado en una silla negra y reclinable, aunque decir que fui examinado es un exceso: con la yema de su dedo índice, el «homeópata» apenas me dio seis golpecitos debajo del pómulo izquierdo y seis golpecitos debajo del derecho, y con una linternita miró mis amígdalas. Luego, sentados cara a cara, me dijo que lo mío era acumulación de ira desde la infancia. Gritos ahogados en mi garganta que no me dejaban conciliar el sueño.

Eso se había transformado en «mucosidad».

Genial. Mi ira y mi frustración se habían vuelto una pelota de moco podrido.

El «homeópata» le dio un vistazo a su vademécum y escribió en un papel lo mismo que el doctor del hospital de la Solidaridad.

Con el tratamiento, mi seno paranasal derecho se liberó de la materia, pero el insomnio aún me aplastaba. Era como si todos mis libros me cayesen encima, hasta sepultarme en mi cama. Por recomendación de Mamá Soltera —también había sufrido crisis existenciales—, fui al Hermilio Valdizán, un psiquiátrico rodeado de fábricas en la Carretera Central.

Mi abuelo me acompañó.

A las siete y media de la mañana, cuando llegamos, nos dijeron que ya no había citas para ese día. Volveríamos al día siguiente, casi de madrugada. Iluso, creí que por ser tan temprano iría sentadito en el bus, pero siendo casi las cinco de la mañana el Ugartino Valiente y yo nos metimos en un Chino repleto de gente transportándose a sus centros de trabajo. Estábamos todos apretados, y, a la altura del Jockey Plaza, donde se bajaron varios, me di cuenta de que me habían robado el celular. ¿Cómo no volverse neurótico en una ciudad en la que no se puede confiar en nadie?

En el Valdizán, muy semejante a un club campestre embrujado o en decadencia, había muchos padres con sus hijos, todos esperando como en las salas de un aeropuerto: cincuenta personas que necesitaban ser escuchadas. Para hablar con una doctora, me pidieron que abriera una historia clínica. Otro trámite, otro día. Otro mes. Pero cuando le dicté mis apellidos a la cajera, me dijo que ya tenía una historia que databa de 1999.

El año en que mis padres se separaron. El año en que fui más veces castigado y sin motivos. Irónicamente, mi castigo era pasar muchas horas encerrado en mi habitación. Durante esos encarcelamientos infantiles, mi abuelo, quien dormía exactamente debajo de mí y cuya ventana se encontraba con la mía, se las ingeniaba para enviarme cartas y la sección deportiva del periódico y figuritas para recortar, todo en una bolsa con una piedra dentro que le permitiera volar como un proyectil. En ese entonces, el Ugartino Valiente desbordaba energía, jugaba fulbito los sábados y los domingos.

Ahora era un anciano con canas aislado en su cuarto y metido dentro de una caja de plástico que cabía en la palma de mi mano. Lo observaba parpadear detrás de sus lentes. Las bolsas amoratadas en sus pómulos, la mirada metálica de quien trata de descansar pero no puede. Su nariz prominente y chueca ocupaba un tercio de la pantalla. Le hice hola moviendo el brazo y me quedé congelado.

En ese momento Mini comenzó a ladrar y a arañar la puerta del cuarto de mamá, como si hubiese despertado alterada por una pesadilla. Era como si presintiera un desastre, o como si absorbiese nuestra tensión y necesitara sacarla a través de su hocico. Siempre se despertaba a esa pesada y solitaria hora de la noche, cuando se acaba lo que conocíamos como un día, y digo «conocíamos» porque desde la instauración del aislamiento social obligatorio la conciencia sobre el tiempo cambió: vivíamos el mismo día todos los días.

«¿Qué pasó, loquillo?», preguntó mi abuelo.

Y yo quise volver a 1999. Que me levantaran el castigo. Abrir la puerta de mi cuarto y correr como recién liberado por la sala, saltar con un pie en cada escalón, irrumpir en el dormitorio del Ugartino Valiente, brincar hacia su cama y abrazarlo con toda la pureza de un niño de nueve años, porque es cierto que luego uno crece y la mente se percude, y de pronto nos hemos convertido algo peor que nuestros padres.

2018. Papá durmió un fin de semana en el Rebagliati: el viernes y el sábado, en una habitación a solas; después lo movieron a una compartida. Lo visité el domingo. En esa pieza de paredes blancas, encontré a un chiquillo echado con un hombre de apariencia saludable, acurrucados en una cama de una plaza.

El chico apoyaba su cabeza en el hombro de su padre, y juntos leían una revista o un libro. La escena me hizo retroceder al día en que papá se fue para siempre de la casa. Tras una discusión con mamá, alistó su ropa. Los dos estábamos agotados y tendidos en mi cama. Yo lloraba. Él decía que no importaba lo que sucediera: «Pase lo que pase, siempre seré tu papá».

—¿Cómo estás? —me había sentado en un murito que había en la pieza, al pie de una inmensa ventana que daba a los postes con lucecitas amarillas de Jesús María. Olía a remedios, a enfermedad, a diferencia de las clínicas privadas, donde hay buena ventilación que da frescura y transmite calma. En el Rebagliati era imposible no sentir el aliento sucio de la muerte. Su ambiente era denso, fantasmal.

—Bien —contestó papá.

Su cuerpo ocupaba el centro del colchón. Una manta tapaba sus pies. Quería echarme con él, poner la oreja en su barriga, oír el traqueteo de sus tripas, los latidos de su corazón como hacía cuando era niño, y jurarle: pase lo que pase, siempre seré tu hijo. Y sí, habían pasado demasiadas cosas como para comprobar que nuestra relación padre e hijo era casi indestructible.

Pero, aunque se estuviese muriendo, a pesar de que la única pregunta que había en mi cabeza era ¿cómo viviré sin mi viejo?, era incapaz de decírselo.

—Mañana el doctor me dará los resultados y me dirá cuál va a ser mi tratamiento.

Radioterapia o quimioterapia.

Quizás para darnos privacidad, nuestros vecinos se levantaron y salieron del cuarto conversando como mejores amigos. ¿Por qué papá y yo no teníamos esa comunicación? Sospechaba que mis abuelos sordomudos eran el origen de los silencios entre nosotros. Para papá, callar el dolor era muestra de superioridad. Cuando era niño y las pesadillas lo despertaban, luchaba solito contra sus miedos en plena oscuridad. Era consciente de que por más fuerte que gritara, sus padres jamás lo iban a escuchar. Y usaba esa experiencia para inculcarme valentía, autosuficiencia.

—El cáncer de ese pata ha hecho metástasis —me dijo rascándose la barbilla, y estiró su cuello; nervioso, comenzó a tocarlo. Luego de haber crecido al punto de darle a papá el aspecto de un hombre con paperas, sus ganglios parecían volver poco a poco a su tamaño normal . Medirlos con las yemas de sus dedos, como quien acaricia unas canicas, era su manera de evaluar su situación.

—Y tú ¿cómo te sientes, viejo?

—Tranquilo nomás —hablaba con los ojos puestos en el televisor, como cuando comenzó a volar en fiebre, justo en la inauguración del mundial de fútbol—. ¿Mi mamá? ¿Cómo está?

En el suelo había una sombra, pero esta no nos unía. Era solo una mancha entre los dos.

—Está bien. Un poco ansiosa pero bien.

Y mantuvimos ese trato hasta que nuestros vecinos regresaron y llegó la hora de despedirnos.

2020. Papá estaba lejos; mamá, en la habitación contigua. Papá no se interpondría si ella intentaba responder a mis lloriqueos. No le diría: «¡Déjalo!, que haga su berrinche, en algún momento se va a cansar, ¡que aprenda a ser fuerte!».

Tal vez por eso me castigó tanto en 1999. Era la última de sus lecciones antes de irse.

Ser duro, varonil. Como él, que soportaba el tiempo en ese cuarto del Rebagliati viendo fútbol en un televisor cuya antena captaba pésimamente la señal: en la pantalla —granulada, borrosa— no se distinguía ni el balón.

Ocultar lo que nos hiere. Tal vez por eso no le avisé que estaba enfermo.

Como mis abuelos paternos, también me había vuelto sordomudo.  

Callaba, aunque una parte de mí se resistía a asumir las adversidades con estoicismo, era esa parte débil que no trascendía lo circunstancial, que se estancaba en el momento, en el presente, y pensaba en la pena como en una prolongación infinita, era esa parte de mí que me exigía encender un cigarrillo para que la angustia se disipara como el humo, para que mi insatisfacción se consuma como el tabaco en vez de consumirme a mí. Renegaba de esa desesperación para la cual la psiquiatra me había recomendado unas pastillas que eché al desagüe por el wáter. Las consideraba drogas que me robotizaban, que hacían que, como un tonto feliz, recibiera los golpes de la realidad con una peligrosa serenidad, porque en gente como yo la tristeza no estalla solo como tal, sino que como un río rojo y rabioso cruza cegándote por unos minutos en que eres capaz de los actos más viles. Y esa noche le dije buenas noches a mi abuelo y le colgué y pensé que a veces, sobre todo cuando uno está rodeado de personas, la soledad es una pesadilla que se vive con los ojos abiertos. La soledad es tu mamá en la habitación contigua sin que puedas acercarte a ella, sin que ella pueda venir por ti.

Concluí que dos semanas en cautiverio te ablandan o te dan unas salvajes ganas de vivir, mientras la penumbra en mi habitación comenzaba a tonarse color escarlata.

En ese oscuro agobio, una llamada telefónica iluminó mi velador. Era Milkito, un amigo del colegio, caserito de clubes nocturnos. Me invitaba a una fiesta clandestina en un hotel de San Juan.

Era lo que necesitaba, y esa parte de mí que se inquietaba ante la pasividad de la rutina, esa parte que me había animado a viajar a Europa, hizo que mi corazón latiera con fuerza nuevamente, como un bebé que se retuerce de aburrimiento en la placenta y que reclama a patadas su salida al mundo.

Voy con Milkito                 Me quedo en casa

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Parte 2

Crónica: Escrito con el virus en el cuerpo

Visitó España, Francia y Alemania como parte de un periplo literario en plena epidemia de la COVID-19. Palomari, joven escritor peruano, se contagió en Europa, fue diagnosticado en Perú, soportó las fiebres en su casa de San Juan de Miraflores, sin poder ver a sus abuelos durante 18 días: solo los oía en otras habitaciones. Esta es su historia.

Antes de mi viaje, organicé una pollada para recaudar fondos. Intrigados por la invitación que había recibido para presentar un libro de cuentos en Luxemburgo, llegaron para colaborar amigos y familiares a los que no veía hacía mucho tiempo, entre ellos una tía de más de sesenta años que deseó que todo me fuera bien —había en su voz una perturbadora aprensión—, y a quien yo respondí con soberbia: «Claro que me irá bien. He planificado cada detalle».

«¡Dios quiera!», respondió ella. Luego se fue la luz en el local. Volvería a pensar en sus palabras durante el viaje.

En esta, mi primera oportunidad de cruzar el charco como escritor, visitaría España, Alemania y Francia en dieciocho días, entre el 19 de febrero y el 8 de marzo, sin tener idea de lo que ahora sé: que ese periodo ponía en riesgo mis pulmones, todo por un virus desconocido, proveniente de China, que provocaba —decían— una especie de «gripe».

Ahora, recordando, me da la impresión de que todos ya andaban mal en Europa. El amigo peruano que me alojó en Madrid no dejaba de sorber sus mocos mientras conducía del aeropuerto a casa, un síntoma que me pareció sospechoso. En Barcelona, el compañero universitario que me hospedaría en su sillón me informó, a poco de verlo y vía WhatsApp, que había sufrido un «knock-out» y que no me había contado nada antes porque «no quería que te alarmaras, hermano». Al verme, se quitó la gorra para mostrarme las dos protuberancias que habían crecido sobre sus cejas, una reacción de su sistema inmunológico ante un dolor de cabeza y unos calambres que no se pasaron con dormir, como él creía.

«Pero no te preocupes», me calmó. «No es coronavirus».

El «coronita» ya era tema de conversación en los trenes, y, como profetas del tercer mundo, mi amigo y yo nos reíamos de la posibilidad de que me infectase en Europa y me enfermara en mi casa de San Juan de Miraflores. El peor de los escenarios. Conocedor de nuestro sistema de salud, prefería mil veces un hospital español, y eso fue lo que le dije a una peruana con la que almorcé en «Barna». ¡Ella tosía como si tuviera un motor atascado en el pecho! Más tarde, me enteraría de que al primer contagiado de Covid-19 de Catalunya acababan de internarlo a dos cuadras de su domicilio.

Mi anfitriona en Luxemburgo, una mujer de unos setenta años, me comentó que salía de un resfriado –era invierno, tenía lógica–, y añadió que los organizadores de la feria le habían enviado un comunicado aludiendo a una eventual cancelación. Las palabras de mi tía en la pollada resonaron en mí como un maleficio. ¿Por qué la gente dice «Dios quiera»? ¿No es amenazante?

Felizmente, la feria se realizó. Oí decir a unos españoles que el mal clima y el coronavirus explicaban por qué no abundaba gente como en ediciones anteriores, y también les oí decir que la paella estaba malísima, así que elegí a los italianos en el patio de comidas. El que atendía me saludaba con efusión. «Ah, lo scrittore peruviano!», gritaba, disparando gotas de saliva.

A ratos, aparecía un «rarito» con su mascarilla; pero a la gran mayoría le daba igual. Sobraban los «Coucou! ça va?» y los muac, muac, muac –¡tres besos!– de rigor, con propios y ajenos. Habíamos coincidido escritores de veinte países, todos íbamos embriagados por el coctel cosmopolita. Aunque en España sumaban 73 contagiados, y ya había 31 muertos por coronavirus en la Unión Europea, Luxemburgo celebraba: se convertía desde aquel domingo 1 de marzo en el primer y único país en ofrecer gratis todo su transporte público.

Bueno, ahí estaba yo, en el mundo desarrollado, hospedado en un hotel cuatro estrellas. ¿Qué me podía pasar?

El «coronita» ya se había diseminado hasta el Perú, supe en París, donde leí publicaciones de Facebook que me causaron asombro por un pánico que no se respiraba en Europa, de donde acababa de llegar el paciente cero. «Están exagerando, aquí la gente está como si nada», escribí en el chat de mi familia, relajado por el sosiego mediterráneo, aún emocionado por el concierto de rock al que había asistido. No sospechaba, como ninguno de esos franceses que entraron en el pogo, el colapso sanitario que se les venía. El «a nosotros nunca» no es producto nacional, es el lema de una generación que se alucina intocable.

El 10 de marzo a las seis de la mañana aterricé en Lima. En el aeropuerto me pusieron en una fila junto a los que arribaban de países sospechosos. Delante de mí una mujer y su hija –bocas cubiertas– firmaban un documento en el que admitían su tránsito por China. No hubo ningún protocolo. Todos inhalábamos y botábamos el mismo oxígeno en esa área cerrada de Migraciones. Un ventilador hacía circular un aire caliente que, tras pasar por bocas y narices, me daba inevitablemente en la cara.

El despistaje fue irrisorio: apuntándome con un láser, tomaron mi temperatura. Todo bien conmigo. ¡El siguiente!

Un día después, por la noche, el termómetro marcaba 38,5°. Tenía fiebre y escalofríos en pleno verano. Llamé al Ministerio de Salud. Una voz diligente pero aburrida me dijo que me contactarían en 24 horas. Esperé pegado al teléfono, en cama, informándome obsesivamente. Los jóvenes también fallecían, caramba. Es improbable, pero ocurre. Ventilación mecánica. Neumonía. Insuficiencia respiratoria. Sudaba, leía y me ahogaba, como si la enfermedad fuese mental. 48 horas pasaron… Nada. 106, 113. 106. 113. «No hay respuesta. Se agotó el tiempo de espera».

Ocho días después, los doctores finalmente tocaron la puerta. Parecían sacados de un videojuego de zombis, tapados con plásticos celestes, sus ojos apenas visibles. Uno de ellos me introdujo un hisopo gigante —monstruoso— en una fosa nasal. «¡Eso! Muy bien, campeón». Siempre he parecido más joven de lo que soy pero ese doctor se creía mi pediatra.

Dos días después me dieron el resultado. Era un coronapositvo. ¿Se dice así? Según mis cálculos, debo estar entre el número 210 y el 311. Al dormir me asaltó una pregunta inútil: ¿Quién fue? ¿El africano de las fotos en la torre Eiffel?, ¿la portuguesa que me animó a probar su sopa?, ¿el chino que me vendió un llaverito con la camiseta de España? ¿La de Catalunya que tosía?

Ni idea. Esta memoria solo confirma el anonimato del virus. Rostros por ver. Besos sociales. Texturas. Pasamanos. Descuidos de quien viaja dispuesto a comerse el viejo mundo.

Cuando escribo esto, he pasado dieciocho días sin ver a mis abuelos (aunque vivan en la misma casa). Mi cuarentena empezó solo 72 horas antes que la del resto pero siento que hay un mundo de diferencia: cuando hierves en fiebre por la Covid-19, tu cuerpo es símbolo y expresión del pánico mundial —de todo lo que nadie quiere vivir—, y es más difícil romantizar el encierro. No he tenido ganas de tomarme fotos.

Aún me queda esperar que el personal del MINSA se acerque a confirmarme que soy negativo. Llevo días sin síntomas. En la televisión, veo al Papa Francisco dando misa en la plaza de San Pedro, totalmente vacía. «Dios quiera», resuena, con eco, una voz en la oscuridad.

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Parte 2

Capítulo XII: Conteo de la muerte en tiempo real

Era un barrio al que no acudían los de bienes raíces. Aunque ya se habían levantado edificios, todas eran viviendas familiares en las que cada hijo había heredado o construido un piso, como mamá. En esa calle, con nombre de héroe de la Guerra del Pacífico, la gente se conocía desde hacía cincuenta años. Se saludaban con la mirada e intercambiaban breves charlas a lo largo del día, en cualquier esquina camino al mercado o a comprar el pan. Era un barrio como los miles que hay en las polvorientas periferias de Lima: con un mismo guachimán, con el perro al que todos los vecinos alimentan, hasta con un propio drogadicto, el Papote, un tipo larguirucho, de barba canosa y andar chueco a quien los vecinos asesinaron.

También mataron a la gordita de las carnes, una mujer risueña que siempre tenía los cachetes rojos, a tres enclenques verduleros y al señor que vendía cebiche fuera de la estación de tren. Lo apodaban Cantinflas por el bigotito que usaba, y muchos lo creían inmortal –como a su clientela– por no haber perecido ya comiendo ese pescado que parecía un trapo mugriento cortado en pedacitos. Una foto carné de Cantinflas, de cuando aún contaba con todos sus dientes, circulaba por el WhatsApp con la noticia de su deceso. Como era muy querido, causó consternación en el chat de mi familia. Comenzaban a morir los conocidos. ¿Quién sería el siguiente?

Según las estadísticas oficiales, en el Perú ya había 1,065 casos confirmados y 30 fallecidos de covid-19. Los rumores hacían suponer que esos números eran mayores.

Pero todos (Cantinflas, los verduleros y la gordita de las carnes, entre otros) resucitaron a las horas o días después. Sus familiares o amigos, a veces hasta ellos mismos, comunicaban por redes sociales que nunca se habían contagiado o que ya les habían dado de alta en las unidades de cuidados intensivos, con respiración asistida a través de ventiladores mecánicos.

Ante esa situación, me preguntaba por cuántos teléfonos, por cuántos chats habría pasado mi cara junto a una cadena de oración. Q.E.P.D., Palomari. Al igual que el virus, la información falsa se propagaba con facilidad. Se hablaba de remedios milagrosos, de medicina tradicional sin sustento científico. Y tres toques de pantalla: seleccionar, reenviar a… hijita.

El dióxido de cloro podría ser la cura. Vídeo

—¡No!, ¡no! —gritaba mi hermana.

Se estresaba porque el Internet andaba súper lento, ¡no!, ¡no!, la empresa de telefonía había reducido la velocidad debido a la falta de pagos de sus clientes, ¡no!, ¡no!, y también se estresaba porque yo había vuelto a usar y a infectar el baño luego de que ella lo limpiara con lejía, ¡no!, ¡no!, y se desquitaba pegándole con un periódico enrollado a Mini, le gritaba por haber vomitado en la sala.

Mamá cocinaba. Oía con nitidez que freía en la sartén, quizás algún ají, no sé, porque el humo inodoro volaba hasta mi cama y me escocía los ojos. En su cuarto, el Diego reproducía por enésima vez un concierto de Héctor Lavoe en la Feria del Hogar, y cantaba, acaso estimulado por un ron misio. Yo ya había cumplido con enviar mi cuento a Luxemburgo, pero aún me faltaba editar la crónica para la revista Somos.

Si el mundo no hubiese parado, pensaba, Mascota habría asistido a su primer día de clases en la universidad, mamá hubiera ido al nido, y el Diego, bueno, el Diego hubiera estado haciendo lo mismo. Pero el mundo se detuvo y toda esa bulla reunida me desconcentraba y hacía estresante el ejercicio de recordar los detalles del aeropuerto para redactar mi testimonio: las mujeres de China, el francés detrás de mí, la peruana quejándose, el adolescente que me midió la temperatura con lo que parecía un termómetro de juguetería.

Mientras iba tecleando, recordaba que me tomé dos meses para aceptar la invitación a la feria de libros de Luxemburgo, porque eso implicaba romper con la Tóxica y gastar el dinero que juntaba para estudiar una maestría en el extranjero. Había valido la pena cambiar todos mis planes futuros, ir a la deriva. Cada persona que conocí durante mi viaje, como Pamela, mi intérprete, o Periodista Loca o los editores españoles, y cada amigo al que visité, como Eterno Estudiante en Barcelona o el Sudaca Fino Madrid, se habían hecho partes de un relato entre dos continentes durante el inicio de la peste del siglo XXI. La primera enfermedad global narrada en tiempo real, con un conteo de los contagiados y de las víctimas minuto a minuto.

En el almuerzo, mamá, Mascota y el Diego cortaban la carnecita de su estofado mirando las calles de Guayaquil salpicadas de muertos por covid-19 que nadie quería levantar, temiendo infectarse, cadáveres en bolsas negras acumulados en camiones con sistema de refrigeración en Lima. A veces, el canal 4 emitía películas de zombis, de apocalipsis.

Y comían.

Y comíamos.

Hasta el presidente comía con nosotros cuando daba sus mensajes al mediodía.

Como el máximo espectáculo, el fin del mundo sería transmitido en vivo y en directo, con más de mil cámaras, con todos los ángulos, en todos los idiomas, con tomografías, radiografías, con electrocardiogramas en línea (monitoree el pulso de su familiar con esta aplicación), con los suspiros finales, con los últimos destellos en las retinas de los hospitalizados, con podcasts y grabaciones amateur de GoPro instaladas en cascos, con millones de clips del último día, con auspiciadores, con anunciantes, pague por ver el fin de la humanidad.

Y Mini seguía ladrando. Presintiendo.

Publicada la nota en Somos, mi celular vibró como si me hubieran anunciado ganador de la lotería (de alguna manera, lo fui). Y papá, al toque, me recriminó por permitir que fuera el último en enterarse. Ya le habían chismeado, pero confió en mi palabra. Le había dicho que no había ninguna novedad.

«Yo me muero si te pasa algo, hijo. Avísame, puta madre», me dijo.

Pobre, mi viejo.

Además de amigos y familiares preocupados, extraños me escribían por chat como si trabajase en el ministerio de Salud: «Dolor de cabeza, carraspera, estornudos. ¿Tengo el virus?». Me limité a compartir con todos ellos lo que me era útil: comidas nutritivas, ejercicio moderado, buen humor (parece barato pero sanar depende de la voluntad). Comprendía su pánico: si los doctores habían tardado ocho días en examinarme cuando eran solo nueve los positivos en el Perú, ¿cómo sería con 480, cómo sería cuando hubiera mil?

Yo ya sabía de la demora en las atenciones que recibían los pacientes de cáncer: 50 mil nuevos casos por año. El cáncer: la enfermedad que causa más muertes en el Perú.

Otra vez en el 2018. En el Rebagliati o el antiguo hospital del Empleado. Allí estaba mi viejo junto a otros peruanos, muchos de fuera de Lima y sin esos papelitos que se imprimen por millones en el Banco Central de Reserva, billetes necesarios para comer como para tratarse en una clínica; todos ellos pacientes esperando a que se desocupe una cama, esperando parados porque ni siquiera había suficientes sillas, como si el constructor de esos pabellones no hubiera sospechado que la población limeña se triplicaría o como si el gestor del proyecto, Edgardo Rebagliati Martins, ministro de Salud Pública y Asistencia Social en 1954, nunca hubiese creído que en sesenta años a ninguno de sus sucesores le interesaría replicar su obra.

Un joven médico, vestido con bata blanca y cargando una tablita sobre la que anotaba con un lapicero, se detuvo en el mostrador que separaba a los asegurados del pasillo plomo que conducía a las habitaciones, y comenzó a leer los nombres escritos en la hoja que tenía delante.

Mi viejo aguardaba su llamado en la cola, con un maletín en el suelo, raquítico, con una cara que era pura frente, pura nariz, como una máscara pálida de la peste. Era el perfil del empleado al que le faltaban quince años para cobrar su AFP… si es que llegaba a los 65, aunque las aseguradoras calculaban que viviría 130 años, y por eso retenían por más tiempo su dinero.

El joven médico no pronunció su apellido: Palomari no figuraba en la lista de los que se internarían en ese día. Nos habían citado temprano, pero nos fuimos del hospital arrastrando los pies, abatidos de solo ver filas de ancianos en las oficinas de reclamo. Mejor distraer los ojos en la pantalla del teléfono.

Lima oscurecía. En los locales que había frente al Reba, toldos y exhibidoras, se podía oler el pan recién sacado del horno, listo y crujiente para el lonche. Los postes de la calle recién despertaban y sus luces amarillentas opacaban aún más esos tumultos de carne que se lanzaban hacia los vehículos detenidos con sus puertas delanteras y traseras abiertas en medio de la pista. A lo bestia, nos metimos en una 73 llena. Más de hora y media de camino parados. En cada bache, el rostro de papá parecía quebrarse, rajarse.

Hacía semanas que habíamos tomado el último taxi. Ya no nos alcanzaba la plata. Apenas quedaba uno que otro sol para el café, necesario, porque a veces sentía que estábamos a punto de caer al suelo como dos fusilados.

Regresamos al Reba al día siguiente, a las seis de la mañana. ¡Palomari!, por fin gritaron. Me despedí de mi viejo con un abrazo, lagrimeando. Mientras caminaba rápido hacia la salida de esa realidad paralela (con gente que iba a paso lento, mujeres que cubrían sus cabezas con pañoletas y ancianos con el pantalón hinchado por el pañal), me sentí raro, mareado, solo. Sin papá.

Todo eso no podía ser real. ¿Por qué me estaba pasando a mí?

Aún no se secaban mis ojos en el paradero cuando me telefoneó. Oí su voz cansada, agitada: habían perdido su expediente. Le harían todas las pruebas de nuevo. Más aplazamiento. Menor esperanza de vida.

«Qué mierda, hijo…». Papá parecía a punto de quebrarse.

Es así.

En el piso 7 del Rebagliati siempre se encuentran calvos tocando puertas que no se abren. Tratamientos interrumpidos por historias clínicas traspapeladas. Siempre hay alguien dispuesto a contarte su historia. Papá, indignado al principio, asumió esas contingencias como normales. Había pasado más horas que yo en el piso 7, y señalaba con su mentón y me susurraba con un agrio aliento matutino: «Esa señora iba por su penúltima quimio. No está su expediente. Ahora tendrá que comenzar otra vez», y «Ese que está allá es el doctor Fernández, es mi doctor». Se refería a un hombre que caminaba rápido, que era perseguido como si fuera una estrella de rock por una turba de fanáticos con pañoletas envolviendo sus cráneos. Por eso, muchos de los oncólogos salían de sus consultorios por una imperceptible puerta lateral, así evitaban a esos enfermos que suplicaban por su atención.

Papá y yo también haríamos guardias. También iríamos detrás del doctor Fernández, la Eminencia en linfoma. Eso no lo sabían nuestros vecinos. Ese chisme no les fascinaba como la covid-19, a pesar de que el cáncer acababa con la vida de treinta y tres mil peruanos por año. Fresco.

Pasados los diez mil muertos, uno se acostumbra, ya no vemos individuos sino números, solo una cifra: 10,000.

20,000.

100,000.

Un millón.

Y del Papote aún no se sabía nada. Lo mismo podía estar muerto como durmiendo en la cama de un hospital.