Capítulo XII: Conteo de la muerte en tiempo real

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Era un barrio al que no acudían los de bienes raíces. Aunque ya se habían levantado edificios, todas eran viviendas familiares en las que cada hijo había heredado o construido un piso, como mamá. En esa calle, con nombre de héroe de la Guerra del Pacífico, la gente se conocía desde hacía cincuenta años. Se saludaban con la mirada e intercambiaban breves charlas a lo largo del día, en cualquier esquina camino al mercado o a comprar el pan. Era un barrio como los miles que hay en las polvorientas periferias de Lima: con un mismo guachimán, con el perro al que todos los vecinos alimentan, hasta con un propio drogadicto, el Papote, un tipo larguirucho, de barba canosa y andar chueco a quien los vecinos asesinaron.

También mataron a la gordita de las carnes, una mujer risueña que siempre tenía los cachetes rojos, a tres enclenques verduleros y al señor que vendía cebiche fuera de la estación de tren. Lo apodaban Cantinflas por el bigotito que usaba, y muchos lo creían inmortal –como a su clientela– por no haber perecido ya comiendo ese pescado que parecía un trapo mugriento cortado en pedacitos. Una foto carné de Cantinflas, de cuando aún contaba con todos sus dientes, circulaba por el WhatsApp con la noticia de su deceso. Como era muy querido, causó consternación en el chat de mi familia. Comenzaban a morir los conocidos. ¿Quién sería el siguiente?

Según las estadísticas oficiales, en el Perú ya había 1,065 casos confirmados y 30 fallecidos de covid-19. Los rumores hacían suponer que esos números eran mayores.

Pero todos (Cantinflas, los verduleros y la gordita de las carnes, entre otros) resucitaron a las horas o días después. Sus familiares o amigos, a veces hasta ellos mismos, comunicaban por redes sociales que nunca se habían contagiado o que ya les habían dado de alta en las unidades de cuidados intensivos, con respiración asistida a través de ventiladores mecánicos.

Ante esa situación, me preguntaba por cuántos teléfonos, por cuántos chats habría pasado mi cara junto a una cadena de oración. Q.E.P.D., Palomari. Al igual que el virus, la información falsa se propagaba con facilidad. Se hablaba de remedios milagrosos, de medicina tradicional sin sustento científico. Y tres toques de pantalla: seleccionar, reenviar a… hijita.

El dióxido de cloro podría ser la cura. Vídeo

—¡No!, ¡no! —gritaba mi hermana.

Se estresaba porque el Internet andaba súper lento, ¡no!, ¡no!, la empresa de telefonía había reducido la velocidad debido a la falta de pagos de sus clientes, ¡no!, ¡no!, y también se estresaba porque yo había vuelto a usar y a infectar el baño luego de que ella lo limpiara con lejía, ¡no!, ¡no!, y se desquitaba pegándole con un periódico enrollado a Mini, le gritaba por haber vomitado en la sala.

Mamá cocinaba. Oía con nitidez que freía en la sartén, quizás algún ají, no sé, porque el humo inodoro volaba hasta mi cama y me escocía los ojos. En su cuarto, el Diego reproducía por enésima vez un concierto de Héctor Lavoe en la Feria del Hogar, y cantaba, acaso estimulado por un ron misio. Yo ya había cumplido con enviar mi cuento a Luxemburgo, pero aún me faltaba editar la crónica para la revista Somos.

Si el mundo no hubiese parado, pensaba, Mascota habría asistido a su primer día de clases en la universidad, mamá hubiera ido al nido, y el Diego, bueno, el Diego hubiera estado haciendo lo mismo. Pero el mundo se detuvo y toda esa bulla reunida me desconcentraba y hacía estresante el ejercicio de recordar los detalles del aeropuerto para redactar mi testimonio: las mujeres de China, el francés detrás de mí, la peruana quejándose, el adolescente que me midió la temperatura con lo que parecía un termómetro de juguetería.

Mientras iba tecleando, recordaba que me tomé dos meses para aceptar la invitación a la feria de libros de Luxemburgo, porque eso implicaba romper con la Tóxica y gastar el dinero que juntaba para estudiar una maestría en el extranjero. Había valido la pena cambiar todos mis planes futuros, ir a la deriva. Cada persona que conocí durante mi viaje, como Pamela, mi intérprete, o Periodista Loca o los editores españoles, y cada amigo al que visité, como Eterno Estudiante en Barcelona o el Sudaca Fino Madrid, se habían hecho partes de un relato entre dos continentes durante el inicio de la peste del siglo XXI. La primera enfermedad global narrada en tiempo real, con un conteo de los contagiados y de las víctimas minuto a minuto.

En el almuerzo, mamá, Mascota y el Diego cortaban la carnecita de su estofado mirando las calles de Guayaquil salpicadas de muertos por covid-19 que nadie quería levantar, temiendo infectarse, cadáveres en bolsas negras acumulados en camiones con sistema de refrigeración en Lima. A veces, el canal 4 emitía películas de zombis, de apocalipsis.

Y comían.

Y comíamos.

Hasta el presidente comía con nosotros cuando daba sus mensajes al mediodía.

Como el máximo espectáculo, el fin del mundo sería transmitido en vivo y en directo, con más de mil cámaras, con todos los ángulos, en todos los idiomas, con tomografías, radiografías, con electrocardiogramas en línea (monitoree el pulso de su familiar con esta aplicación), con los suspiros finales, con los últimos destellos en las retinas de los hospitalizados, con podcasts y grabaciones amateur de GoPro instaladas en cascos, con millones de clips del último día, con auspiciadores, con anunciantes, pague por ver el fin de la humanidad.

Y Mini seguía ladrando. Presintiendo.

Publicada la nota en Somos, mi celular vibró como si me hubieran anunciado ganador de la lotería (de alguna manera, lo fui). Y papá, al toque, me recriminó por permitir que fuera el último en enterarse. Ya le habían chismeado, pero confió en mi palabra. Le había dicho que no había ninguna novedad.

«Yo me muero si te pasa algo, hijo. Avísame, puta madre», me dijo.

Pobre, mi viejo.

Además de amigos y familiares preocupados, extraños me escribían por chat como si trabajase en el ministerio de Salud: «Dolor de cabeza, carraspera, estornudos. ¿Tengo el virus?». Me limité a compartir con todos ellos lo que me era útil: comidas nutritivas, ejercicio moderado, buen humor (parece barato pero sanar depende de la voluntad). Comprendía su pánico: si los doctores habían tardado ocho días en examinarme cuando eran solo nueve los positivos en el Perú, ¿cómo sería con 480, cómo sería cuando hubiera mil?

Yo ya sabía de la demora en las atenciones que recibían los pacientes de cáncer: 50 mil nuevos casos por año. El cáncer: la enfermedad que causa más muertes en el Perú.

Otra vez en el 2018. En el Rebagliati o el antiguo hospital del Empleado. Allí estaba mi viejo junto a otros peruanos, muchos de fuera de Lima y sin esos papelitos que se imprimen por millones en el Banco Central de Reserva, billetes necesarios para comer como para tratarse en una clínica; todos ellos pacientes esperando a que se desocupe una cama, esperando parados porque ni siquiera había suficientes sillas, como si el constructor de esos pabellones no hubiera sospechado que la población limeña se triplicaría o como si el gestor del proyecto, Edgardo Rebagliati Martins, ministro de Salud Pública y Asistencia Social en 1954, nunca hubiese creído que en sesenta años a ninguno de sus sucesores le interesaría replicar su obra.

Un joven médico, vestido con bata blanca y cargando una tablita sobre la que anotaba con un lapicero, se detuvo en el mostrador que separaba a los asegurados del pasillo plomo que conducía a las habitaciones, y comenzó a leer los nombres escritos en la hoja que tenía delante.

Mi viejo aguardaba su llamado en la cola, con un maletín en el suelo, raquítico, con una cara que era pura frente, pura nariz, como una máscara pálida de la peste. Era el perfil del empleado al que le faltaban quince años para cobrar su AFP… si es que llegaba a los 65, aunque las aseguradoras calculaban que viviría 130 años, y por eso retenían por más tiempo su dinero.

El joven médico no pronunció su apellido: Palomari no figuraba en la lista de los que se internarían en ese día. Nos habían citado temprano, pero nos fuimos del hospital arrastrando los pies, abatidos de solo ver filas de ancianos en las oficinas de reclamo. Mejor distraer los ojos en la pantalla del teléfono.

Lima oscurecía. En los locales que había frente al Reba, toldos y exhibidoras, se podía oler el pan recién sacado del horno, listo y crujiente para el lonche. Los postes de la calle recién despertaban y sus luces amarillentas opacaban aún más esos tumultos de carne que se lanzaban hacia los vehículos detenidos con sus puertas delanteras y traseras abiertas en medio de la pista. A lo bestia, nos metimos en una 73 llena. Más de hora y media de camino parados. En cada bache, el rostro de papá parecía quebrarse, rajarse.

Hacía semanas que habíamos tomado el último taxi. Ya no nos alcanzaba la plata. Apenas quedaba uno que otro sol para el café, necesario, porque a veces sentía que estábamos a punto de caer al suelo como dos fusilados.

Regresamos al Reba al día siguiente, a las seis de la mañana. ¡Palomari!, por fin gritaron. Me despedí de mi viejo con un abrazo, lagrimeando. Mientras caminaba rápido hacia la salida de esa realidad paralela (con gente que iba a paso lento, mujeres que cubrían sus cabezas con pañoletas y ancianos con el pantalón hinchado por el pañal), me sentí raro, mareado, solo. Sin papá.

Todo eso no podía ser real. ¿Por qué me estaba pasando a mí?

Aún no se secaban mis ojos en el paradero cuando me telefoneó. Oí su voz cansada, agitada: habían perdido su expediente. Le harían todas las pruebas de nuevo. Más aplazamiento. Menor esperanza de vida.

«Qué mierda, hijo…». Papá parecía a punto de quebrarse.

Es así.

En el piso 7 del Rebagliati siempre se encuentran calvos tocando puertas que no se abren. Tratamientos interrumpidos por historias clínicas traspapeladas. Siempre hay alguien dispuesto a contarte su historia. Papá, indignado al principio, asumió esas contingencias como normales. Había pasado más horas que yo en el piso 7, y señalaba con su mentón y me susurraba con un agrio aliento matutino: «Esa señora iba por su penúltima quimio. No está su expediente. Ahora tendrá que comenzar otra vez», y «Ese que está allá es el doctor Fernández, es mi doctor». Se refería a un hombre que caminaba rápido, que era perseguido como si fuera una estrella de rock por una turba de fanáticos con pañoletas envolviendo sus cráneos. Por eso, muchos de los oncólogos salían de sus consultorios por una imperceptible puerta lateral, así evitaban a esos enfermos que suplicaban por su atención.

Papá y yo también haríamos guardias. También iríamos detrás del doctor Fernández, la Eminencia en linfoma. Eso no lo sabían nuestros vecinos. Ese chisme no les fascinaba como la covid-19, a pesar de que el cáncer acababa con la vida de treinta y tres mil peruanos por año. Fresco.

Pasados los diez mil muertos, uno se acostumbra, ya no vemos individuos sino números, solo una cifra: 10,000.

20,000.

100,000.

Un millón.

Y del Papote aún no se sabía nada. Lo mismo podía estar muerto como durmiendo en la cama de un hospital.

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