Capítulo XIII: Una pesadilla con los ojos abiertos

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Medianoche. Todos descansando en el departamento. El silencio del toque de queda se alteraba únicamente por lejanos ladridos o por los altos decibeles del televisor de mi abuelo. Me daba melancolía que tampoco pudiese descansar. A los ochenta años el sueño es lo más parecido a una muerte de la que ya no te distraes leyendo el periódico.

Busqué nuestro chat. Mis ojos pasaron otra vez por su «estoy temblando de miedo, loquillo». Presioné la videocámara de WhatsApp. Como sospechaba, el Ugartino Valiente no estaba durmiendo: contestó de inmediato. Ese rostro de mi abuelo no era el que recordaba, ni el mío para él seguramente. A ambos nos pixelaba la floja señal de Internet, nos deformaba. Por más fuerte que hablé, el Ugartino Valiente no me entendió. Lo de su tímpano era un caso perdido.

Aun así, me prometí que cuando levantaran el confinamiento le compraría esos dispositivos que cuelgan de las orejas para mejorar el oído. «Nada perdíamos intentando», así me convenció él de ir al psiquiátrico, donde la doctora encargada de mi salud mental me dio dos opciones: tu vida o la literatura, Palomari.

Ese 2015 fue pésimo para mí. Tenía veinticuatro años. No podía dormir. Había dejado de estudiar periodismo en la universidad y había renunciado a dos años de trabajo en prensa para dedicar todo mi tiempo a la novela que estaba escribiendo, porque eso es lo que hacen los escritores de verdad, abandonan todo, apuestan hasta lo que no tienen por la literatura, pero el dinero de la liquidación por los años de servicio en la agencia de noticias del Estado —esa pequeña fortuna para un joven soltero y sin hijos que vive con mamá, lo único que me mantenía— lo dilapidaba en alcohol: solo borracho podía desplomarme sobre el colchón sin pensar en que no poseía el talento de Charles Bukowski. No me estaba yendo bien —es la frase con que comienzan todas las malas historias, todas las historias desgraciadas— y perdí el control de mi cuerpo. En resumen: ataques de ansiedad con pánico que coincidieron con una sinusitis diagnosticada por mí mismo. Cada vez que hablaba sentía que de mi garganta brotaba un olor putrefacto a moco amarillo.

Acudí al hospital de la Solidaridad de San Juan, un edificio blanco de cuatro pisos —un edificio que también podía ser una de esas universidades nuevas— frente al María Auxiliadora, el hospital de sangrientos recuerdos. Mi abuela, quien chequeaba sus bronquios en el Solidaridad, sacó cita, y un instante después un doctor de acento colombiano me recetó medicinas para drenar la mancha que había en el lado derecho de mi nariz, que juntos los dos —los tres con mi abuela— vimos en una pantalla negra por endoscopia.

«Tienes el tabique desviado», me dijo antes de recomendarme que me operase para evitar futuras sinusitis.

Mi abuela consintió. Dijo que me prestaría el dinero: por ella que me cortaran la cara de una vez. Pero no era su nariz la que se iba a abrir y a mí me espantaban los quirófanos. Enterado del asunto, mi abuelo me llevó donde un «homeópata» que atendía cerca del Banco de la Nación, en la avenida Benavides, Surco. Este «cobraba en dólares», según mi abuelo —y eso era garantía de un buen servicio, según mi abuelo—, pero nos haría el favor de revisarme por solo cincuenta soles porque habían peloteado juntos en Surquillo. Es mi pata, decía orgulloso el Ugartino Valiente, caminando con el pecho al frente.

El consultorio era como el estudio de un escritor burgués: escritorio con biblioteca amplia de fondo. Fui examinado en una silla negra y reclinable, aunque decir que fui examinado es un exceso: con la yema de su dedo índice, el «homeópata» apenas me dio seis golpecitos debajo del pómulo izquierdo y seis golpecitos debajo del derecho, y con una linternita miró mis amígdalas. Luego, sentados cara a cara, me dijo que lo mío era acumulación de ira desde la infancia. Gritos ahogados en mi garganta que no me dejaban conciliar el sueño.

Eso se había transformado en «mucosidad».

Genial. Mi ira y mi frustración se habían vuelto una pelota de moco podrido.

El «homeópata» le dio un vistazo a su vademécum y escribió en un papel lo mismo que el doctor del hospital de la Solidaridad.

Con el tratamiento, mi seno paranasal derecho se liberó de la materia, pero el insomnio aún me aplastaba. Era como si todos mis libros me cayesen encima, hasta sepultarme en mi cama. Por recomendación de Mamá Soltera —también había sufrido crisis existenciales—, fui al Hermilio Valdizán, un psiquiátrico rodeado de fábricas en la Carretera Central.

Mi abuelo me acompañó.

A las siete y media de la mañana, cuando llegamos, nos dijeron que ya no había citas para ese día. Volveríamos al día siguiente, casi de madrugada. Iluso, creí que por ser tan temprano iría sentadito en el bus, pero siendo casi las cinco de la mañana el Ugartino Valiente y yo nos metimos en un Chino repleto de gente transportándose a sus centros de trabajo. Estábamos todos apretados, y, a la altura del Jockey Plaza, donde se bajaron varios, me di cuenta de que me habían robado el celular. ¿Cómo no volverse neurótico en una ciudad en la que no se puede confiar en nadie?

En el Valdizán, muy semejante a un club campestre embrujado o en decadencia, había muchos padres con sus hijos, todos esperando como en las salas de un aeropuerto: cincuenta personas que necesitaban ser escuchadas. Para hablar con una doctora, me pidieron que abriera una historia clínica. Otro trámite, otro día. Otro mes. Pero cuando le dicté mis apellidos a la cajera, me dijo que ya tenía una historia que databa de 1999.

El año en que mis padres se separaron. El año en que fui más veces castigado y sin motivos. Irónicamente, mi castigo era pasar muchas horas encerrado en mi habitación. Durante esos encarcelamientos infantiles, mi abuelo, quien dormía exactamente debajo de mí y cuya ventana se encontraba con la mía, se las ingeniaba para enviarme cartas y la sección deportiva del periódico y figuritas para recortar, todo en una bolsa con una piedra dentro que le permitiera volar como un proyectil. En ese entonces, el Ugartino Valiente desbordaba energía, jugaba fulbito los sábados y los domingos.

Ahora era un anciano con canas aislado en su cuarto y metido dentro de una caja de plástico que cabía en la palma de mi mano. Lo observaba parpadear detrás de sus lentes. Las bolsas amoratadas en sus pómulos, la mirada metálica de quien trata de descansar pero no puede. Su nariz prominente y chueca ocupaba un tercio de la pantalla. Le hice hola moviendo el brazo y me quedé congelado.

En ese momento Mini comenzó a ladrar y a arañar la puerta del cuarto de mamá, como si hubiese despertado alterada por una pesadilla. Era como si presintiera un desastre, o como si absorbiese nuestra tensión y necesitara sacarla a través de su hocico. Siempre se despertaba a esa pesada y solitaria hora de la noche, cuando se acaba lo que conocíamos como un día, y digo «conocíamos» porque desde la instauración del aislamiento social obligatorio la conciencia sobre el tiempo cambió: vivíamos el mismo día todos los días.

«¿Qué pasó, loquillo?», preguntó mi abuelo.

Y yo quise volver a 1999. Que me levantaran el castigo. Abrir la puerta de mi cuarto y correr como recién liberado por la sala, saltar con un pie en cada escalón, irrumpir en el dormitorio del Ugartino Valiente, brincar hacia su cama y abrazarlo con toda la pureza de un niño de nueve años, porque es cierto que luego uno crece y la mente se percude, y de pronto nos hemos convertido algo peor que nuestros padres.

2018. Papá durmió un fin de semana en el Rebagliati: el viernes y el sábado, en una habitación a solas; después lo movieron a una compartida. Lo visité el domingo. En esa pieza de paredes blancas, encontré a un chiquillo echado con un hombre de apariencia saludable, acurrucados en una cama de una plaza.

El chico apoyaba su cabeza en el hombro de su padre, y juntos leían una revista o un libro. La escena me hizo retroceder al día en que papá se fue para siempre de la casa. Tras una discusión con mamá, alistó su ropa. Los dos estábamos agotados y tendidos en mi cama. Yo lloraba. Él decía que no importaba lo que sucediera: «Pase lo que pase, siempre seré tu papá».

—¿Cómo estás? —me había sentado en un murito que había en la pieza, al pie de una inmensa ventana que daba a los postes con lucecitas amarillas de Jesús María. Olía a remedios, a enfermedad, a diferencia de las clínicas privadas, donde hay buena ventilación que da frescura y transmite calma. En el Rebagliati era imposible no sentir el aliento sucio de la muerte. Su ambiente era denso, fantasmal.

—Bien —contestó papá.

Su cuerpo ocupaba el centro del colchón. Una manta tapaba sus pies. Quería echarme con él, poner la oreja en su barriga, oír el traqueteo de sus tripas, los latidos de su corazón como hacía cuando era niño, y jurarle: pase lo que pase, siempre seré tu hijo. Y sí, habían pasado demasiadas cosas como para comprobar que nuestra relación padre e hijo era casi indestructible.

Pero, aunque se estuviese muriendo, a pesar de que la única pregunta que había en mi cabeza era ¿cómo viviré sin mi viejo?, era incapaz de decírselo.

—Mañana el doctor me dará los resultados y me dirá cuál va a ser mi tratamiento.

Radioterapia o quimioterapia.

Quizás para darnos privacidad, nuestros vecinos se levantaron y salieron del cuarto conversando como mejores amigos. ¿Por qué papá y yo no teníamos esa comunicación? Sospechaba que mis abuelos sordomudos eran el origen de los silencios entre nosotros. Para papá, callar el dolor era muestra de superioridad. Cuando era niño y las pesadillas lo despertaban, luchaba solito contra sus miedos en plena oscuridad. Era consciente de que por más fuerte que gritara, sus padres jamás lo iban a escuchar. Y usaba esa experiencia para inculcarme valentía, autosuficiencia.

—El cáncer de ese pata ha hecho metástasis —me dijo rascándose la barbilla, y estiró su cuello; nervioso, comenzó a tocarlo. Luego de haber crecido al punto de darle a papá el aspecto de un hombre con paperas, sus ganglios parecían volver poco a poco a su tamaño normal . Medirlos con las yemas de sus dedos, como quien acaricia unas canicas, era su manera de evaluar su situación.

—Y tú ¿cómo te sientes, viejo?

—Tranquilo nomás —hablaba con los ojos puestos en el televisor, como cuando comenzó a volar en fiebre, justo en la inauguración del mundial de fútbol—. ¿Mi mamá? ¿Cómo está?

En el suelo había una sombra, pero esta no nos unía. Era solo una mancha entre los dos.

—Está bien. Un poco ansiosa pero bien.

Y mantuvimos ese trato hasta que nuestros vecinos regresaron y llegó la hora de despedirnos.

2020. Papá estaba lejos; mamá, en la habitación contigua. Papá no se interpondría si ella intentaba responder a mis lloriqueos. No le diría: «¡Déjalo!, que haga su berrinche, en algún momento se va a cansar, ¡que aprenda a ser fuerte!».

Tal vez por eso me castigó tanto en 1999. Era la última de sus lecciones antes de irse.

Ser duro, varonil. Como él, que soportaba el tiempo en ese cuarto del Rebagliati viendo fútbol en un televisor cuya antena captaba pésimamente la señal: en la pantalla —granulada, borrosa— no se distinguía ni el balón.

Ocultar lo que nos hiere. Tal vez por eso no le avisé que estaba enfermo.

Como mis abuelos paternos, también me había vuelto sordomudo.  

Callaba, aunque una parte de mí se resistía a asumir las adversidades con estoicismo, era esa parte débil que no trascendía lo circunstancial, que se estancaba en el momento, en el presente, y pensaba en la pena como en una prolongación infinita, era esa parte de mí que me exigía encender un cigarrillo para que la angustia se disipara como el humo, para que mi insatisfacción se consuma como el tabaco en vez de consumirme a mí. Renegaba de esa desesperación para la cual la psiquiatra me había recomendado unas pastillas que eché al desagüe por el wáter. Las consideraba drogas que me robotizaban, que hacían que, como un tonto feliz, recibiera los golpes de la realidad con una peligrosa serenidad, porque en gente como yo la tristeza no estalla solo como tal, sino que como un río rojo y rabioso cruza cegándote por unos minutos en que eres capaz de los actos más viles. Y esa noche le dije buenas noches a mi abuelo y le colgué y pensé que a veces, sobre todo cuando uno está rodeado de personas, la soledad es una pesadilla que se vive con los ojos abiertos. La soledad es tu mamá en la habitación contigua sin que puedas acercarte a ella, sin que ella pueda venir por ti.

Concluí que dos semanas en cautiverio te ablandan o te dan unas salvajes ganas de vivir, mientras la penumbra en mi habitación comenzaba a tonarse color escarlata.

En ese oscuro agobio, una llamada telefónica iluminó mi velador. Era Milkito, un amigo del colegio, caserito de clubes nocturnos. Me invitaba a una fiesta clandestina en un hotel de San Juan.

Era lo que necesitaba, y esa parte de mí que se inquietaba ante la pasividad de la rutina, esa parte que me había animado a viajar a Europa, hizo que mi corazón latiera con fuerza nuevamente, como un bebé que se retuerce de aburrimiento en la placenta y que reclama a patadas su salida al mundo.

Voy con Milkito                 Me quedo en casa

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