Crónica: Escrito con el virus en el cuerpo

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Visitó España, Francia y Alemania como parte de un periplo literario en plena epidemia de la COVID-19. Palomari, joven escritor peruano, se contagió en Europa, fue diagnosticado en Perú, soportó las fiebres en su casa de San Juan de Miraflores, sin poder ver a sus abuelos durante 18 días: solo los oía en otras habitaciones. Esta es su historia.

Antes de mi viaje, organicé una pollada para recaudar fondos. Intrigados por la invitación que había recibido para presentar un libro de cuentos en Luxemburgo, llegaron para colaborar amigos y familiares a los que no veía hacía mucho tiempo, entre ellos una tía de más de sesenta años que deseó que todo me fuera bien —había en su voz una perturbadora aprensión—, y a quien yo respondí con soberbia: «Claro que me irá bien. He planificado cada detalle».

«¡Dios quiera!», respondió ella. Luego se fue la luz en el local. Volvería a pensar en sus palabras durante el viaje.

En esta, mi primera oportunidad de cruzar el charco como escritor, visitaría España, Alemania y Francia en dieciocho días, entre el 19 de febrero y el 8 de marzo, sin tener idea de lo que ahora sé: que ese periodo ponía en riesgo mis pulmones, todo por un virus desconocido, proveniente de China, que provocaba —decían— una especie de «gripe».

Ahora, recordando, me da la impresión de que todos ya andaban mal en Europa. El amigo peruano que me alojó en Madrid no dejaba de sorber sus mocos mientras conducía del aeropuerto a casa, un síntoma que me pareció sospechoso. En Barcelona, el compañero universitario que me hospedaría en su sillón me informó, a poco de verlo y vía WhatsApp, que había sufrido un «knock-out» y que no me había contado nada antes porque «no quería que te alarmaras, hermano». Al verme, se quitó la gorra para mostrarme las dos protuberancias que habían crecido sobre sus cejas, una reacción de su sistema inmunológico ante un dolor de cabeza y unos calambres que no se pasaron con dormir, como él creía.

«Pero no te preocupes», me calmó. «No es coronavirus».

El «coronita» ya era tema de conversación en los trenes, y, como profetas del tercer mundo, mi amigo y yo nos reíamos de la posibilidad de que me infectase en Europa y me enfermara en mi casa de San Juan de Miraflores. El peor de los escenarios. Conocedor de nuestro sistema de salud, prefería mil veces un hospital español, y eso fue lo que le dije a una peruana con la que almorcé en «Barna». ¡Ella tosía como si tuviera un motor atascado en el pecho! Más tarde, me enteraría de que al primer contagiado de Covid-19 de Catalunya acababan de internarlo a dos cuadras de su domicilio.

Mi anfitriona en Luxemburgo, una mujer de unos setenta años, me comentó que salía de un resfriado –era invierno, tenía lógica–, y añadió que los organizadores de la feria le habían enviado un comunicado aludiendo a una eventual cancelación. Las palabras de mi tía en la pollada resonaron en mí como un maleficio. ¿Por qué la gente dice «Dios quiera»? ¿No es amenazante?

Felizmente, la feria se realizó. Oí decir a unos españoles que el mal clima y el coronavirus explicaban por qué no abundaba gente como en ediciones anteriores, y también les oí decir que la paella estaba malísima, así que elegí a los italianos en el patio de comidas. El que atendía me saludaba con efusión. «Ah, lo scrittore peruviano!», gritaba, disparando gotas de saliva.

A ratos, aparecía un «rarito» con su mascarilla; pero a la gran mayoría le daba igual. Sobraban los «Coucou! ça va?» y los muac, muac, muac –¡tres besos!– de rigor, con propios y ajenos. Habíamos coincidido escritores de veinte países, todos íbamos embriagados por el coctel cosmopolita. Aunque en España sumaban 73 contagiados, y ya había 31 muertos por coronavirus en la Unión Europea, Luxemburgo celebraba: se convertía desde aquel domingo 1 de marzo en el primer y único país en ofrecer gratis todo su transporte público.

Bueno, ahí estaba yo, en el mundo desarrollado, hospedado en un hotel cuatro estrellas. ¿Qué me podía pasar?

El «coronita» ya se había diseminado hasta el Perú, supe en París, donde leí publicaciones de Facebook que me causaron asombro por un pánico que no se respiraba en Europa, de donde acababa de llegar el paciente cero. «Están exagerando, aquí la gente está como si nada», escribí en el chat de mi familia, relajado por el sosiego mediterráneo, aún emocionado por el concierto de rock al que había asistido. No sospechaba, como ninguno de esos franceses que entraron en el pogo, el colapso sanitario que se les venía. El «a nosotros nunca» no es producto nacional, es el lema de una generación que se alucina intocable.

El 10 de marzo a las seis de la mañana aterricé en Lima. En el aeropuerto me pusieron en una fila junto a los que arribaban de países sospechosos. Delante de mí una mujer y su hija –bocas cubiertas– firmaban un documento en el que admitían su tránsito por China. No hubo ningún protocolo. Todos inhalábamos y botábamos el mismo oxígeno en esa área cerrada de Migraciones. Un ventilador hacía circular un aire caliente que, tras pasar por bocas y narices, me daba inevitablemente en la cara.

El despistaje fue irrisorio: apuntándome con un láser, tomaron mi temperatura. Todo bien conmigo. ¡El siguiente!

Un día después, por la noche, el termómetro marcaba 38,5°. Tenía fiebre y escalofríos en pleno verano. Llamé al Ministerio de Salud. Una voz diligente pero aburrida me dijo que me contactarían en 24 horas. Esperé pegado al teléfono, en cama, informándome obsesivamente. Los jóvenes también fallecían, caramba. Es improbable, pero ocurre. Ventilación mecánica. Neumonía. Insuficiencia respiratoria. Sudaba, leía y me ahogaba, como si la enfermedad fuese mental. 48 horas pasaron… Nada. 106, 113. 106. 113. «No hay respuesta. Se agotó el tiempo de espera».

Ocho días después, los doctores finalmente tocaron la puerta. Parecían sacados de un videojuego de zombis, tapados con plásticos celestes, sus ojos apenas visibles. Uno de ellos me introdujo un hisopo gigante —monstruoso— en una fosa nasal. «¡Eso! Muy bien, campeón». Siempre he parecido más joven de lo que soy pero ese doctor se creía mi pediatra.

Dos días después me dieron el resultado. Era un coronapositvo. ¿Se dice así? Según mis cálculos, debo estar entre el número 210 y el 311. Al dormir me asaltó una pregunta inútil: ¿Quién fue? ¿El africano de las fotos en la torre Eiffel?, ¿la portuguesa que me animó a probar su sopa?, ¿el chino que me vendió un llaverito con la camiseta de España? ¿La de Catalunya que tosía?

Ni idea. Esta memoria solo confirma el anonimato del virus. Rostros por ver. Besos sociales. Texturas. Pasamanos. Descuidos de quien viaja dispuesto a comerse el viejo mundo.

Cuando escribo esto, he pasado dieciocho días sin ver a mis abuelos (aunque vivan en la misma casa). Mi cuarentena empezó solo 72 horas antes que la del resto pero siento que hay un mundo de diferencia: cuando hierves en fiebre por la Covid-19, tu cuerpo es símbolo y expresión del pánico mundial —de todo lo que nadie quiere vivir—, y es más difícil romantizar el encierro. No he tenido ganas de tomarme fotos.

Aún me queda esperar que el personal del MINSA se acerque a confirmarme que soy negativo. Llevo días sin síntomas. En la televisión, veo al Papa Francisco dando misa en la plaza de San Pedro, totalmente vacía. «Dios quiera», resuena, con eco, una voz en la oscuridad.

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