Capítulo XIV: En París sin aguacero y sin suerte

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En esa tienda, una botella de vino era más barata que un cuarto de huevos (4 euros), así que, a pesar del hambre, cogí un tinto y volví a la calle y muy atento a lo que decía la voz del mapa de Google me metí por una calle estrecha donde una pandilla de árabes fumaba, lo que raramente me hacía sentir más solo en esa noche por la periferia de París.

En el día había visitado la Torre Eiffel, rodeada de mototaxis que cobraban una tarifa del Primer Mundo, y fui a la tumba de César Vallejo, preciosa, demoré en ubicarla pero fue como hallar una esmeralda en forma de ataúd, y luego fui al Barrio Latino, cervezas, maní, café, y ya eran las diez, pronto se suspendería todo el transporte público (un taxi a mi destino costaba 80 euros), entonces tres transbordos para llegar al paradero que estaba a una distancia de media hora de caminata de mi habitación, y la cerveza y el café sí que son mala combinación: con la vejiga a punto de explotar como globo en carnavales, meé en un puente bajo la luna llena de Francia sintiéndome un pésimo representante de Sudamérica.

Iba agitado por una avenida que se curvaba hacia la derecha, con Miguel Ríos cantando «Todo a pulmón» en mis orejas, y asocié mi respiración entrecortada al cansancio por la intensidad con que había vivido los días previos. Recordé los molinos en los alrededores de Madrid, esa sabia quietud que por mi edad no era capaz de apreciar, recordé las sonrientes rumbas con Sudaca Fino, recordé el ascenso al parque Güell en Barcelona, que fue como subir a Machu Picchu con todas mis maletas –eran mis últimas horas en España–, y cuando al fin alcancé la cumbre vi la ciudad con los ojos de toda mi familia, y recordé también la despedida con Periodista Loca, uno de esos momentos de película en que dos desconocidos en una estación de tren se juntan en un abrazo de más de un minuto, conscientes de que ya nunca más se volverán a cruzar: mi pasaje de avión decía que estaría de vuelta en Lima dentro de cuatro días.

La calle estaba desolada. La única luz blanca provenía de la tienda de dispositivos tecnológicos de un ruso de pocas palabras. Entré en mi edificio, uno que me hacía pensar en la Segunda Guerra Mundial, y un ascensor chirriante nos llevó a mí y a una mujer negra al cuarto piso. Para mi sorpresa, la puerta del departamento estaba abierta, y un reggaetón que se oía en todo ese pasadizo que apestaba a cigarro me hizo sospechar que esa noche habría fiesta. En efecto, en la terracita que había detrás de la cocina, mi anfitrión –Abdul– bebía y fumaba con dos mujeres muy delgadas y rubias y con un hombre de porte atlético. Abdul era francés, veintiún años, larguirucho y de pelo corto y castaño. Hablaba muy bien el inglés, incluso mejor que yo. Me vio y les dijo algo a sus acompañantes, quienes sonrieron y miraron hacia mí. Por un instante, creí que había caído en el momento preciso con un vino –¡en buena hora compré licor y no huevos!, me dije, ¡a la mierda, el hambre!–, así que saqué la botella de mi bolso para que fuera evidente que tenía intenciones de hacer amistad con francoparlantes, pero lo único que Abdul me dijo, luego de darme la mano y de soltármela de inmediato porque la tenía sudada, fue que su tío había fallecido y que al día siguiente saldría temprano hacia Normandía, donde era el funeral, y que no volvería hasta la próxima semana, por lo que estaba de suerte: todo el departamento sería mío por el mismo precio. Pensé que quizás no había sido muy evidente con mis intenciones, así que le di el pésame y le pregunté si tenía un sacacorchos.

Sí.

Abdul me dio uno.

A solas en esa fría habitación parisina, que por un dibujo de una mujer embarazada hablando con un doctor parecía haber sido parte de una clínica ginecológica o de quien sabe qué otra cosa, bebí el tinto de pico mientras me di cuenta de que Abdul y sus amigos se habían movido a la sala, al lado de mi cuarto, y sus carcajadas hicieron que me preguntase por la suerte de los escritores peruanos en Francia: Vallejo, Eielson, Ribeyro. También se me vino a la mente un poema de Charles Bukowski:

«recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza…
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.»

En la madrugada, a través de mi celular, vi un partido de Alianza Lima por la Copa Libertadores.

Perdió, como era costumbre.

Me acabé la botella y, sin saber por qué –descarto como motivo la derrota de mi equipo–, me puse a llorar en silencio hasta que me quedé dormido con la nuca transpirada, como un niño después de su berrinche.

Recordé la soledad de Francia tras despedirme de Milkito. Mi amigo del colegio había insistido con una voz ronca y grosera que me raspaba el oído el celular. Milkito y yo estábamos casi por la misma edad, pero él aparentaba más años que yo por su condición de bebedor y las arrugas de fumador, además de los treinta kilos de sobrepeso que tenía: de hecho, era una decisión autodestructiva de su parte salir cuando en las calles había un virus que se enseñaba con los gorditos.

Pero Milkito era un hombre que tomaba riesgos, jugaba fuerte. Lo sabía porque en más de una ocasión lo había seguido en su ruta por las casas de citas del sur de Lima, que también proliferaban alrededor del mercado Ciudad de Dios. Por el teléfono, le dije que estaba loco, ¿no se había enterado de que yo estaba enfermo? ¡Podía contagiarlo! Respondió que había leído la crónica que publicó Somos, y que si ya habían pasado más de dos semanas desde la aparición de los síntomas, entonces el virus ya había salido de mi cuerpo, estaba curado y, noticia, era inmune. Eso hizo que sintiera cosquillas en el estómago. Inmune. Como un súper héroe. ¿Pero era cierto eso? Según mi investigación, algunos pacientes de covid-19 daban positivo en las pruebas aun cuatro semanas después de los primeros síntomas. Milkito subestimó esa información. «Es una gripe más, cholo. Están haciendo mucho drama».

Ante mis reticencias morales, ¿cómo Milkito pensaba salir en pleno toque de queda?, ¡encima a una fiesta!, ¿se había vuelto loco?, este me contestó en tono despreocupado que en San Juan no existía algo así como un «toque de queda», que nuestro distrito era proclive para las actividades delictivas, que eso ya lo sabía, no te hagas, Covidman, me dijo. «De hecho, estoy caminando hacia tu jato», hablaba ahogándose, emitiendo silbidos, y me mandó una fotografía de sus pies en sandalias, que eran dos tamales con las uñas largas que venían a tentarme.

Salí del departamento en silencio, con el pelo mojado después de la ducha. Mientras bajaba por las escaleras, me sentí arrepentido y culposo por haber tocado una pared con la mano, como si yo mismo fuese un organismo contaminado y contaminante, y una corriente de aire que cruzó velozmente por el pasadizo me recordó los escalofríos y me hizo dudar: ¿en verdad necesitaba salir?

Milkito me esperaba en la puerta del edificio. Lo vi a través de las rejas. Sus ojos negros brillaban, y la mascarilla, entre la papada y sus mofletes gruesos, me hacía pensar en un bikini celeste muy disminuido o chupado por un trasero con celulititis. «Apura, cholo. Ya es tarde», me dijo. Era mi primer contacto con el mundo luego de dos semanas . Me provocaba abrir la puerta, pisar la vereda, respirar sin ninguna protección, vivir con libertad, pero esa falta de cuidado en Europa me había metido en una cama con treinta y nueve grados de fiebre. Tuve que decirle a Milkito que había cambiado de opinión: «Yo me quedo en casa. Lo siento, bro».

«La cagas», me dijo. «Eres un huevón, Covidman. ¿Para eso me haces venir?».

Prendió un cigarro. Me echó el humo en la cara con cierto desprecio y se fue apresurado, fumando su cólera. Yo recogí mis pasos en el pasadizo y me detuve un instante frente al departamento de mis abuelos. Más de dos semanas, me dije.

Algo arrepentido de mi decisión, me acosté en la cama y me puse a mirar porno en el celular hasta que mis muslos se tensaron y las sábanas se humedecieron. Un rato después, Milkito me envió fotos de chicas que bailaban semidesnudas en un tubo de aluminio. En un rincón había una mujer solitaria, la única con mascarilla.

Ojalá que Milkito no muera, me dije, y busqué otro video de francesas.

Al despertar, a eso de las ocho, encontré una serie de mensajes en mi WhatsApp. Otro amigo del colegio. A su padre le dolía la cabeza, estaba tosiendo, sentía que le faltaba el aire. Disculpa que te moleste pero… ¿será covid, Palomari?

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