Cuento: La consulta vale tres cigarros y sin rebajas

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«Colchisol, medio miligramo; ¡mañana, tarde y noche!». Jo. Siempre me reí de ese viejo peruano, gafas culo de botella y verruga en la nariz, que atendía la farmacia del barrio y se hacía llamar «Doctor». Ni siquiera había estudiado enfermería y aun así preguntaba por sus síntomas —¿le duele el estómago?, ¿qué ha comido, oiga?— a todos esos desgraciados que le tocaban la reja; y este sinvergüenza, el Fénix –vaya nombre de pajarraco–, les recetaba medicinas con el mismo desenfado de los que visten de blanco: «Un Naproxeno cada veinticuatro horas durante una semana, ¿sí?».

Pero hace como un mes, al viejo este lo mató el virus —que mis pulmones todavía albergan, por cierto— y desde entonces soy yo el que se encuentra asediado —y no en una farmacia, sino en mi habitación; no personalmente, por teléfono— por gente que piensa que también está infecta. Ya lo han dicho los doctores —los de verdad– en radio, prensa y televisión: no hay –oídme bien, ¡no hay!— remedios contra el famoso microbio que ha exterminado a un millón de personas en cuatro meses. Pero háganles entender eso a esos capullos.

Déjame que te cuente.

No sé cuándo me contagié, ni por culpa de qué asqueroso vivo aislado desde el último veintiocho de marzo; tampoco tengo claro quién de mis vecinos alertó a la policía de que era un paciente más de la covide esa. Vamos, españoles y peruanos estamos siempre chivándonos, tío. Desde luego que los médicos haciendo su aparición en el edificio, como si fueran a entrar en una zona radioactiva, solo aumentaron el morbo de esos cotillas con los ojos pegados a sus ventanas. Todo coincidía: yo acababa de volver de una Madrid con 20,000 apestados, joder. Y ya que la suerte la llevo en la sangre —no te imaginas cómo terminé en este vecindario limeño digno de una pesadilla de Valle Inclán; un mal negocio romántico, en resumen—, mi resultado dio positivo. Como mis síntomas no iban más allá de una fiebre galopante, me ordenaron el puto arresto domiciliario.

Sospecho que en un comienzo les divirtió a los canallas que tengo de vecinos que un tío como yo, al que toda la vida, desde que llegué a esta maldita comarca, han acusado de holgazán, botarate y drogadicto, se estuviese muriendo en la más absoluta discreción. Venga, que la vieja que tengo como vecina de piso se creía ya libre del humo cancerígeno —procedente de mi pieza— por el que me puso en aprietos con la casera (¡que les den por culo!).

En ese momento, hablo de más de un mes atrás, había pocos casos de la covide en Lima, y se creía que era una enfermedad de ricos, de europeos. Desde Malasaña, mi familia me rogó que guardara reposo absoluto —que de un día a otro la cosa se había puesto muy negra en España, tío; ¡muertos que te cagas!—, y ahora confieso que yo cumplí el aislamiento —aguantándome de ir por unos Pall Mall en la tienda del zapatero— por temor a que me vieran en la calle y me lincharan o quemaran como a un leproso, estos salvajes. Fue lo mejor: mientras sudaba en cama como Rafael Nadal en la final de un Grand Slam,  los enfermos  se comenzaron a multiplicar aquí. ¡Dicen que la covide esa se transmite hasta con el aliento. Macho, ¡si salía, me hubieran echado la culpa de toda la pandemia!

Aunque las víctimas suelen ser ancianos y personas con diabetes o cáncer, con los pulmones débiles, ya hay algunos jóvenes muertos por el puto coronavirus. Supongo que a mis vecinos les debe haber sorprendido que este madrileño no la palme, con lo chimenea que soy —tres veces han llamado a mi puerta solo para que pregunte «¿Quién?» y nadie me ha respondido, ¡hostia!, que sí, ¡que sigo vivo, joder!—, y repentinamente he pasado de ser perezoso a una especie de gurú de la covide esa.

La primera que me telefoneó fue la gorda de la esquina, una que vende salchipapas y a quien apodan muy justamente Camión. Estaba alterada porque le dolía el pecho. ¡Se había enterado de que ese era un síntoma! Pobre tía, pensaba yo, a esta sí que se la lleva la peste, por gorda y por maruja. Le pregunté por otras molestias. Nada más, carraspeó. Le dije que no debía alarmarse: no tenía fiebre. Le aconsejé que hirviera eucalipto y que inhalase su vapor, y se quedó de lo más tranquila. Lo mismo hubiera dado que le recomendara sus orines, un antiparasitarios para animales o shampoo para caballos, ¿sabes? Esa nunca tuvo nada. Por mi ventana, la he visto un par de veces yendo al mercado, haciendo rebotar esas tetazas y con el mismo tapabocas todos los días.

Menuda época.

Te confieso, tío, que en un principio me sentí de maravilla, útil, al escuchar todas esas voces preocupadas al otro lado de la línea, voces interesadas por lo que había sufrido, voces que me consultaban si esas pulsiones en la sien, si sus narices congestionadas o sus músculos tensos eran presagios de la fatalidad. Pero hasta el más majo de todos se cansa de ayudar a cada rato, ¿sabes?

He recordado al pajarraco del Fénix y me he preguntado a cuántos habrá curado con solo pronunciar una palabreja de esas que nadie medianamente normal recuerda, leída en un vademécum, como ivermectina o hidroxicloriquina. Ah, qué tipo despreciable. ¡Venga ya!, venderte pócimas sin garantía alguna. Pero ahora, quién lo diría, tío, me pongo en su lugar, y veo que hay cierta nobleza en atenuar el miedo del desesperado, ¿sabes?

Los placebos son potentes.

Me compadezco al evocar al tal Fénix —en paz descanse—, con su percudida camisa celeste, detrás de esas rejas malolientes, prisionero y divinidad a la vez. Como imaginaréis, nos distancia su carácter mercenario, ese viejo no te regalaba ni las gracias. Pero estoy pensando seriamente en cobrar con cigarros a estos tíos de toda Lima, ya te digo, ¡hasta de hospitales!, ¡doctores me llaman!, ¡y yo mismo les doy altas a los pacientes! ¡Es que me he vuelto una cosa mágica, joder! Me despiertan a las tres, cuatro de la mañana para contarme que se les ha cerrado la garganta, que les falta el aire. Venga, calma ya, les digo: no es la covide. Les doy cualquier tratamiento, y después, ¡pum!, me cuelgan y me dejan literalmente colgado con esta ansiedad de fumar. Pero, macho, es gente enloquecida, y mi voz les suena tan serena como los chorros de oro: ¡menudos gilipollas!

Disculpadme, tío. Necesitaba desahogarme. ¿En qué te puedo ayudar?

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