Categories
Parte 2

Un día antes de que volvieras

Un día antes de que volvieras, limpié tu dormitorio. Yo sé que no te gusta que entre, pero esas tres semanas que te fuiste fueron como un año para mí. Necesitaba sentirte cerca de alguna manera. Quizás lo puedas entender cuando tengas tus hijitos, ese vacío en el pecho, la preocupación, no poder dormir.

En un rincón, entre la ropa sucia, encontré tu peluche de los gladiadores, ese monstruo con la cara pintada de blanco que a tus tías y a mí nos daba miedo, pero que a ti te encantaba. Me parece que te lo compré en La Juguetería, ¿te acuerdas? ¡Cuando eras mi pimpollo! Desde esa época ya nos faltaba el dinero, tú sabes que con lo de tu papá nunca nos alcanzó. Él no quería que te diera nada, ¡colegio y comida suficiente!, decía, pero yo hacía mis cachuelitos porque todo niño tiene que recibir un regalo en su cumpleaños y en navidad.

Sé que llegaste resentido conmigo porque no te presté dinero para cambiar tu pasaje y quedarte más tiempo en Europa, pero no fue porque no quería, hijo, sino porque no podía. Estaba a full con el banco, le sigo debiendo no sé cuánta plata por esa ampliación que hicimos en el departamento, ¡ya no podía seguir durmiendo con tu hermana en el mismo cuarto!, y tú mismo has visto por todo lo que hemos pasado, pero además, hijo, tuve una corazonada: algo me decía que era mejor que regreses al Perú de una vez.

Nunca te lo he contado, creo que tu papá tampoco te lo ha dicho, pero en el sexto mes de mi embarazo casi te pierdo.

Ese día acompañé a tus abuelitos al Centro de Lima, creo que para comprar unos lentes. Era la época de los terrucos. No quería salir de la casa pero tampoco quería quedarme sola. Tu papá estaba trabajando. La gestación me tenía muy, muy ansiosa. El año anterior un cochebomba había explotado en Breña, y una chica embarazada que pasaba por ahí perdió a su bebé. A mí me impactó mucho, ella era jovencita, veinte años me parece que tenía, casi como yo.

En el Centro caminamos un montón, había policías cuidando, yo ya estaba con la panza, veía los carros estacionados y comenzaba a sudar frío, me imaginaba lo peor, un estallido. Y justo mientras regresábamos a pie por la avenida Wilson para tomar el bus, se corrió la volada de que habría un atentado. Tu abuelita trató de mantener la calma, pero mi papi estiró su brazo y paró un taxi. El chofer salió rápido de la zona, prendió su radio. Al final no hubo nada, falsa alarma, pero yo ya me iba a desmayar de la impresión. Tu abuelita le quitó importancia a mi malestar, son los nervios, dijo, pero yo sentía que algo se había roto dentro de mí. Me puse a gritar, y me llevaron al hospital. Ahí me vino la hemorragia. Yo lloraba y lloraba, les echaba la culpa a tus abuelitos, me quería morir.

El doctor dijo que había llegado con las justas, que estaba anémica. Me recomendó reposo absoluto y unas vitaminas.

Se me había roto la placenta. En los meses siguientes, no exagero, recé a toda hora para que eso no te afectara. Naciste sanito.

Y cuando vi las fotos que mandaste poco antes de volver, tuve una sensación parecida a la de ese día en el Centro. Se me aflojó el estómago. Aparte, desde que eras una piltrafa siempre fuiste calladito, nunca dices lo que te molesta, qué te pone triste, todo te lo guardas para ti nomás, ¿no?, y cuando eras niño yo tenía que adivinar lo que te pasaba mirándote a la carita. Nadie te conoce mejor que yo. Les dije a tus abuelitos que tenías algo, pero ellos no, no.

¿Ya ves? La mamá siempre tiene la razón.

Y ese pesar que comencé a sentir en el pecho cuando te llamaron para darte el resultado no fue porque pensara que me habías contagiado. Ese dolor en el corazón era por ti, hijo, por el miedo de perderte, de ya no escucharte, de no verte nunca más. Algún día te vas a dar cuenta. Yo qué me hubiese imaginado que iba a abrazar a ese monstruo de peluche, lo recogí porque tenía la intención de botarlo más bien, pero luego, no sé por qué, me provocó acariciarlo, darle cariño. Por cierto, ya lo lavé y le cambié sus pilas, ahora grita como antes cuando lo golpeabas, cuando querías ser un gladiador.

Ay, hijo.

Hubiese querido que las cosas se den de otra manera, pero cada decisión que tomé siempre fue pensando en ti y en tu hermana, por el bien de los dos. Tú eres consciente de que con «El Diego» —será todo lo que tú quieras, pero siempre me ha apoyado— nos íbamos hasta Villa El Salvador, donde todo está más barato, con tal de comprar más comida para ustedes. Felizmente, «El Diego» me acompañaba siempre. Una vez, quisimos cortar camino para llegar más rápido al mercado Unicachi, nos metimos en una calle ancha y sin pista, y nos saltaron unos perros, como cinco eran. Él trató de ahuyentarlos, pero uno con cara de malo se me fue encima y me mordió la pierna, le hizo huecos a mi jean. La pantorrilla me sangraba como coladera: dos surcos. Los perros nos ladraban alrededor, ninguno con collar. Yo no sabía qué hacer. En esas semanas se veía en las noticias, en Facebook, en WhatsApp, que la gente se golpeaba la cabeza, una apendicitis, fractura, iban al hospital, no los atendían. «Solo covid», les decían, y se morían por cualquier cosa. Yo dije «rabia», ir a una posta, contagiarnos, ¡ay, Señor!. «El Diego» agarró dos rocas, los perros se fueron corriendo.

Me tomó del brazo y me dijo «Vamos al hospital», pero yo no, no.

Lógicamente, los dos estábamos asustados, le echamos alcohol a la herida y fuimos más lento al mercado. Ay, hijo, toda esa gente, algunos sin mascarilla y sin respetar la distancia, hasta empujando, me alteraban, sentía que me iban a tumbar, me iba a caer, me iban a aplastar. La pantorrilla estaba que me quemaba. Y a mi edad una ya se cansa, hijo, pero no nos quedaba de otra, yo te quería bien alimentado, fuerte para que te recuperes, y si hubiera tenido que ir más lejos, lo habría hecho por ti, mi pimpollo.

Mientras volvíamos en la combi, miraba a los pasajeros con sus protectores faciales, miraba la sangre en mi jean, como un charco oscuro, y sentí que todo lo que nos rodeaba, todo lo que había tras esas ventanas, el tren eléctrico, los bancos, los centros comerciales, hasta tus estudios, todo eso lo podíamos perder de un momento a otro. Nada nos pertenecía, ni siquiera la casa. Otra vez, como en los años ochenta, como en los noventa, hijo.   

Bajamos de la combi, levanté la frente y nos encomendé a Diosito, que siempre nos cuida desde la punta del cerro, por eso, a donde sea que yo me vaya estará el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús en la entrada, al lado de la puerta, protegiéndonos.

No era el mejor momento para separarnos, hijo, yo lo sé, pero no había otra opción.

Nunca pierdas la fe.

Tu mamá

Categories
Parte 2

Capítulo XVI: El futuro suena a respirador artificial

Sábado 11 de abril. Un ruido me despertó de madrugada. Apunté con la linterna de mi teléfono al lugar de donde provenía aquel zumbido espeluznante. En la pared había una sombra monstruosa de alas batientes, y por eso grité. En el día, había llenado de ropa vieja la bolsa negra de plástico donde la cosa esa aterrizó. El aleteo no sonaba como el de un bicho común —¿qué sería?, ¿un murciélago?— y me erizaba los vellos y me achinaba la piel. Petrificado en mi cama, llamé a Mascota mientras me hacía bolita bajo la sábana.

No quería ni ver.

—¿Qué pasa? —Mascota se acercó de puntitas, también con una linterna, cual exploradora en la oscuridad—. ¿Por qué gritas? ¿Estás bien?

Eran casi las dos de la mañana.

—Ponte tu mascarilla —le dije mientras me cubría con la mía—. Hay algo ahí.

Ese algo hacía POC POC contra la bolsa de ropa que iba a regalar.

—¡Ay, sí! —se asustó y dio dos pasos atrás cuando de pronto la cosa voló, revoloteó y volvió a descender desafiante, golpeando el plástico.

Me escondí como un cobarde en la colcha. Si hubiera sido un araña o una rata, me habría levantado para patearla o aplastarla a escobazos, pero parecía uno de esos insectos mutantes, con antenas, que me hacían sudar frío.

—¿Lo puedes matar? —le pregunté a Mascota desde el rincón.

Vestía su pijama enterizo de Stitch, un dibujo animado, como una mezcla de perro y koala azul.

—No sé, también me da miedo.

Eso era raro. Mascota no se amedrentaba con poco.

—No prendas la luz —le dije, para evitar que la cosa se abalanzara sobre mí, o que saliera viva por la ventana y regresara más tarde para meterse por mis fosas nasales o por mi boca o… no sé—. Tenemos que matarlo.

—¿Llamo a mi mamá?

—No. No puede entrar acá. Mátalo tú.

—Me da miedo.

—Tú puedes.

—Hmm… —dudó Mascota—. ¿Y me puedo quedar con tu casaca?

—Ya.

Habíamos discutido esa tarde porque dejé destapado el inodoro. De un momento a otro, eso había comenzado a enfurecerla. Además, se había transformado en una loquita lejía, y ese es el olor que me recuerda a aquella época, la última con ellas. La manía por la higiene de mi hermana llegó al punto de que mamá decía que si Mini se quejaba por las noches, era porque le dolían sus patitas de tanto cloro que había regado por todo el departamento.

—Escúchame, haremos esto —le dije.

El 80% del tiempo, mi hermana y yo peleábamos por tonterías así: porque ella oía reggaetón con un volumen muy alto cuando yo quería leer o porque usaba mis poleras sin pedírmelas o porque yo no recogía mis pelos de la ducha. Es de hermanos, supongo. Pero había acudido a mi llamado, eso la ennoblecía, y, cuando ejecutamos el plan —yo cerré la ventana, ella cerró la puerta, encendió la luz y aplastó al bicho con su sandalia—, lo último que vi antes de bajar los párpados porque la escena era demasiado para mí fueron sus ojos inmensos, muy redondos, tan parecidos a los míos: lo único visible entre la mascarilla y esa ropa de dormir propia de una niña Disney.

—¿Está bien muerto? —le pregunté con los ojos todavía cerrados.

—No se mueve —dijo ella. La sentía cerca.

—¿Qué era? —inhalé un poco más calmado.

—No sé, pero da asco.

—Llévate el cadáver, por favor. Y no dejes ni un rastro, ¿sí?

—Ay, ¡qué fastidioso eres! Me debes una.

—Oye…

—¿Qué?

—Gracias.

Fue el chiste durante el desayuno. Forzando la voz, mamá me preguntaba por qué me asustaban tanto las cucarachas, «tan grande, ¿qué te van a hacer?», decía, y yo no sabía qué responder.  Varias veces había intentado enfrentarlas sin éxito.

—¿Y si me he contagiado por culpa del vago, má? —preguntó Mascota.

—Ay, hijita, no atraigas la mala suerte. Y ya te he dicho que no llames así a tu hermano.

—¡Pero entré a su cuarto, má! Debe estar todo contaminado, porque ni siquiera limpia. Por eso vienen los insectos.

—¡Estabas con mascarilla! —intervine—. Y ¡sí limpio, ya!

—¡Má! ¡Di algo! Yo soy asmática. Por mí no te preocupas, ¡¿no?! ¡Ah!, pero por el vago…

—A los dos los quiero por igual —dijo mamá.

Ignoré ese diálogo que me había aprendido de memoria y me puse a pensar en lo que había conversado con Escritor Amigo por el teléfono minutos antes. Era inusual que llamase tan temprano, pero tenía buenas noticias: su sello editorial estaba interesado en publicar mi historia con el virus. Desde la adolescencia, cuando comencé a escribir, mi «sueño» —por decirlo de alguna manera estúpida y vergonzosa— había sido firmar contrato con esa transnacional de los libros cuya sede principal estaba en Barcelona, y, de hecho, con perspicacia y buena onda, un año atrás el Escritor Amigo le había dado una copia de mi debut literario al gerente de la filial peruana, pero este no había mostrado ningún interés, es más, creo que nunca leyó los cuentos de «Nadie nos extrañará».

«Esto es como en política, todo depende del momento», dijo Escritor Amigo luego de escuchar mi opinión. Y, con su característica ronquera de bebedor de pisco puro, al despedirse me advirtió: «Tómate tu tiempo para darles una respuesta. Seguro te van a contactar los del otro lado. Cuando te quiere una, te quiere la otra».

No se equivocaba. Mientras mamá, Mascota y el Diego seguían conversando, mi teléfono volvió a sonar: era la competencia de la editorial de Escritor Amigo, otra poderosa empresa internacional. Les atraía mi testimonio. Si estaba de acuerdo, me enviarían el contrato dentro de menos de una hora. Era demasiado para un solo día, ¿cuándo me convertí en el fichaje que se disputaban las cabezas del oligopolio literario en el país?, me preguntaba aturdido. Era estimulante que me propusieran unirme a sus filas, pero considerables dudas impedían mi alegría. En primer lugar, ¿cuáles eran mis méritos desde la perspectiva de esos gerentes de las letras? O sea, leía y escribía con la ansiedad del escritor joven que se plantea retos mayores, trabajaba hasta que se me enrojecieran los ojos, pero no se me convocaba por razones profesionales sino por una situación fortuita, es decir era el narrador infecto con el virus de moda, y eso me había situado en el centro de atención, gracias a la crónica de Somos. En el amor sería equivalente a que te quieran por lo que tienes y no por lo que eres, y supongo que en el fondo era una cuestión de orgullo, y esas semanas encerrado en mi habitación me habían hecho comprender que siempre es menos agotador para uno aceptar lo que es en vez de causarse aneurismas por pura vanidad, es decir que había madurado o envejecido (literalmente, había cesado la sobreproducción de hormonas adolescentes que me azuzaban a luchar con ímpetu por un ideal), o me había vuelto un cínico cretino, en pocas palabras: no era la forma deseada pero cumpliría mi objetivo; no obstante, también había un tema moral: no estaba seguro si era el momento oportuno para hablar de un exterminio humano. Suponía que mis solidarios colegas me acusarían de aprovechador, de ser insensible ante el dolor ajeno, este Palomari es un autor sin escrúpulos, un negociante frívolo, otro zopenco de la autoficción. Y quizás todo eso fuese cierto, de cualquier modo, si no lo hacía, igual expondrían alguna condicionante (en este país hay gente que solo se dedica a evaluar las acciones de otros), y me dirían en el 2023: ¿y por qué no lo hiciste cuando el Perú se desmoronaba, eh, Palomari?, y sí, claro que contaría mi historia mientras la crisis nos sepultaba, porque por algún motivo inexplicable la covid me había hecho sufrir a mí y no a –qué se yo– Renato Cisneros o a Diego Trelles, compatriotas que vivían en las apestadas España y Francia, respectivamente, de manera que, a la mierda con todo, tomaría una de las dos ofertas con mis manos ávidas de reconocimiento, con mis dedos afanosos que ya se movían solos y en cualquier circunstancia, como si presionasen los caracteres de una laptop o las teclas de un piano, al igual que el Ugartino Valiente despejaba el balón o se barría mientras veía fútbol en el televisor, tirado en su cama: la pasión, la pasión. Además, no tenía chamba, mamá tampoco, Mascota aún no cumplía los dieciocho años, era ilegal, y el Diego, bueno…; el futuro sonaba a respirador artificial, se veía como UCI, y la televisión y las redes sociales mostraban colas en mercados para conseguir alimentos y productos de primera necesidad como en los años ochenta, mal augurio. Recibir una propuesta laboral en los días más mortíferos del siglo era como para agradecerle a la estampita de Jesucristo que mamá adhirió a la puerta de mi cuarto cuando enfermé, o a lo que sea. En mi mesa de noche yacían los boletos de tren y centavitos europeos. Gastar hasta lo que me faltaba para ir de viaje a esa fantasía llamada Luxemburgo había valido el endeudamiento; sin quererlo, se me había provisto de todos los elementos para escribir una obra de alcance mundial, ahora Albert Camus reencarnaría en mí y yo relataría La peste del siglo XXI. Ahora podría recuperar mi inversión, multiplicarla, oh, sí. El entusiasmo me desbordaba al punto de que si en ese momento se me cruzaba una cucaracha la habría hecho estallar con el pie descalzo esparciendo su quitina por todo el suelo.

Me levanté, me coloqué la mascarilla y después de un mes demolí las paredes que me aprisionaban, y fui a la sala, que ya no era la misma sala del 09 de marzo, pues el comedor de seis sillas lo habían reemplazado por una mesita de playa rodeada de banquitos de plástico con manchas de suciedad y en vez de los sillones había solo un sofá-cama y la cocina eléctrica de acero inoxidable era ahora una cocinita de dos hornillas grasientas con un balón de gas expuesto, sin la campana extractora.

Hay deudas, había dicho mamá, quien en ese instante, junto al Diego y Mascota, que acababan de comer, me observó en silencio durante dos segundos, y, al igual que ellos, estiró las ligas de su tapabocas y se cubrió, y recién me di cuenta de la mugre en la tela y de esas hilachas que sobresalían en la mitad de su cara, hilachas amarronadas que ya no constituían ese muro color hospital donde el virus se estrellaría y moriría.

Lo único que se mantenía incólume a sus espaldas era mi biblioteca. Entonces creí que era simbolismo puro, que mi situación económica, la de mi familia, estaba a punto de mejorar gracias a mi oficio, que por fin se había abierto la puerta de la fortuna para nosotros, pero cuando yo solo quería abrazar a mamá, ella me dijo «tenemos que hablar».

El bebé nunca decide cuándo se cortará el cordón umbilical.

Mientras creemos que sí, nos obsesionamos con la realización de ciertas metas, nos obnubilamos y olvidamos que no todo depende de nosotros, que mucho de nuestro presente solo lo explicaría el azar, que hay situaciones sobre las que no podemos decidir, imprevistos como desastres naturales, accidentes, enfermedades.

Divorcios.

Sé que papá estaría de acuerdo con eso.

Categories
Parte 2

Capítulo XV: Privilegiados los que ignoran el presente

«Están quemando la cama y toda la ropa de un vecino. Su casa la están fumigando, chola», dijo el Diego. «Murió por el virus», oyó en la panadería. Mamá le pidió a Mascota averiguar si era cierto. En los días previos, vídeos —desde distintos ángulos— de una ambulancia estacionada en su fachada habían circulado por el chat de mi familia, y una foto suya con una oración a su nombre, y más tarde con un «Que descanse en paz».

Como se hizo habitual, todo se desmintió después: continuaba vivo, hospitalizado en una unidad de cuidados intensivos, era uno de esos hombres que los programas de televisión mostraban echados boca abajo sobre colchones enjutos, como si solo estuvieran dormidos, solo que conectados por la boca a ventiladores artificiales, su única salvación.

—Ahora sí se murió de verdad, chola —escuché la voz resacosa del Diego. La pérdida del sentido del gusto y el olfato había potenciado mi audición. Mamá decía que escuchaba como tísico—. No le vayas a contar nada al cholo, no se vaya a asustar.

—Ay, Señor, ¡Señor! —suspiró mamá.

—Má, ¿qué te pasa? —chilló Mascota—. ¿Por qué te agarras así el pecho? ¿No puedes respirar? ¡Má!

—Ay, hija, ¡la preocupación por tu hermano, pues! La pena por el vecino también.

El noticiero —con el volumen siempre en quince por una manía de mi hermana— informaba que había 61 fallecidos y 1,595 contagiados en el Perú. Parecían más. Con un enfermo en casa, con un finado en el barrio.

El susto entrecortaba la respiración de mi madre.

—¿Te traigo agua, chola?

Pero ya habían pasado tres semanas desde mi regreso, desde el comienzo de mi cuarentena. A mamá no le dolía la cabeza, no sentía escalofríos. No se había contagiado, o por lo menos yo no la había contagiado. Tranquilo por haber rechazado la tentación de Milkito la noche anterior, me senté en el colchón y me desperecé con los ojos puestos en la casaca de la suerte que colgaba de mi ropero. Me había abrigado en los últimos días de un inolvidable invierno europeo. En sus bolsillos había moneditas y varios tickets de tren, el recuerdo de lo bien que funcionaba el transporte público de Madrid, París y Berlín, capitales con cavidades subterráneas, casi unas ciudades escondidas donde la gente se movilizaba sin parar, conexión tras conexión. Era un sistema tan veloz y organizado que me tomó más de una semana comprenderlo. Al principio renegué de su perfección, de su exactitud, tomar el bus a las 17 con 42, el tren de cercanías a las 18 con 10, el tranvía a las 18 con 22, ¿entendiste, chaval?, porque si uno se demoraba, no había combi ni mototaxi que lo salvara, a buscar otra ruta nomás, caballero, ¡los taxis te cobran de cincuenta euros para arriba!, cágate, chaval. ¿Cómo se podía vivir tan pendiente del tiempo?, me pregunté, desesperado en Barcelona por llegar a la hora a la estación ferroviaria, que si no, me dejaba el Rodalies y era probable que perdiese mi vuelo a Luxemburgo: chao, feria de libros.

El exceso de programación, la sucesión de horarios me ponían neurótico, no podía disfrutar de mi Taco Bell ni extender la conversación con la vendedora de suvenires de La Rambla. Según Eterno Estudiante, me había acostumbrado tanto al caos del Perú que el orden me daba miedo.

Quizás fuera cierto, porque cuando me adapté a la rapidez con que la gente aparecía y desaparecía por escaleras que conducían a los túneles de esas metrópolis, me sentí parte de una sólida multitud, y cierta sensación de seguridad se reforzaba además con el civismo, todos los europeos se detenían ante los semáforos, los choferes priorizaban la integridad del peatón, y las cuadrillas de polis –con las muñecas cruzadas en los riñones, inflando los bíceps– infundían respeto, y la «secreta» podía estar detrás de ti en cualquier momento, «¡cuidado con beber en la calle, eh, chaval!, que no estás en San Juan, tío, aquí te multan con 100 pavos si te pillan», y las cámaras de videovigilancia, el alumbrado público como los ojos omnipresentes de dios (Madrid invertiría 28 millones de euros en luces LED en ese 2020), así uno deambulaba tranquilazo con las manos en los bolsillos por los ayuntamientos de España, pues era improbable que un ladrón en motocicleta te asaltara como en cualquier calle de Lima. «Roban, sí», me había dicho el Sudaca Fino, «pero no como en el Perú, pues, huevón». Había una diferencia incluso en el ambiente, el aire era suave, como si lo hubiesen pasado por un filtro purificador, no había bocinazos ni ex presidiarios que pedían limosna, y si andaba apurado era por el tiempo, no por sombras que me acuchillarían por un celular o unas zapatillas, no por una peste en aerosol: nadie se cuidaba de la enfermedad de China. A pesar de la inmigración y del natural choque entre culturas, acaso el principal problema de dicho continente, su software parecía infalible, antivirus. Daba la impresión de que era ese el mejor lugar donde a uno lo pudiera coger una catástrofe sanitaria: no importaba, Europa lo resolvería con la rapidez de un tren bala. Por eso me asombraba la expansión del virus en España, 130 mil contaminados; 12,400 muertos; más de mil víctimas por día; ¡y el colapso de los hospitales en Francia e Italia!, pero era lógico: el mal se propagó por esos vehículos que iban de un lado a otro cortando el viento como fábricas industriales, con el ruido de los vagones en perpetuo movimiento.

Me vi otra vez sentado en el auto del Sudaca Fino, oyendo una salsa de El Gran Combo mientras él conducía y apuntaba al cielo limpio de Madrid con un jactancioso dedo índice: allí, los muchos aviones que se cruzaban sobre el aeropuerto de Barajas, símbolos del desarrollo del primer mundo, entre febrero y los primeros días de marzo, miles y miles de cuerpos en el aire. Cuerpos infectos que como soldados en guerra aterrizarían dentro de unas horas en algún país con armas de destrucción masiva dentro de sus pulmones.

—Menos mal que tu hermano no cambió su pasaje, hija —comentó mamá tras oír las noticias internacionales.

Si se le comparaba con Europa en ese momento, hasta el Perú lucía más confiable, y los discursos para la televisión del presidente, todos los días a la hora del almuerzo, producían cierto hipnotismo en la población. Pero la realidad no perdona a los ingenuos: si Europa se desangraba, al Perú, con su inversión anual en salud del 3,2% de su producto bruto interno, solo le esperaba lo peor.

Felizmente para mí, las fiebres ya no hacían que quisiera recibir martillazos en el cráneo; ahora, la preocupación era más bien emocional, sobre el futuro. Todavía se conocía poco del virus, e ignoraba si permanecía en mi cuerpo, y me angustiaba que aún pudiera ser contagioso, y también la ignorancia sobre las secuelas, de las que casi nadie hablaba. La jefa del Comando COVID había dicho: «Los que salgan vivos van a estar dañados por fibrosis pulmonar, insuficiencia cardíaca, insuficiencia hepática, encefalitis, entre otros. Las cosas han cambiado. El país que conocemos ya se acabó. Nuestra inmadurez social y política nos la tenemos que guardar en el bolsillo. Este es el momento de crecer, no es el momento de quejarnos». Un pronóstico poco alentador.

¿Cuál era el estado de mi organismo? Ni idea. Ya había asumido que yo era el paciente diez, y que todo lo relativo a la enfermedad lo descubriría por mi propia experiencia.

—Se suspenden las clases presenciales. Todo será virtual hasta nuevo aviso —mamá repitió las palabras de la conductora del noticiero.

—Y esto tiene para rato, chola —opinó el Diego, masticando con la boca llena—. La economía se irá a pique. Los más pobres van a ser los más afectados.

—Ay, ¡Dios santo! Me acaba de escribir la directora. El nido no va a dar clases virtuales —dijo mamá. Eso significaba que oficialmente quedaba desempleada.

Entonces, supe que ese 2020 ya estaba perdido. Enmascarada, mamá se acercó a mi habitación y le dije que teníamos que pensar en el año siguiente, aprovechar esa pausa para elaborar proyectos: yo le podía enseñar lo básico del arte de la ficción y buscaría para ella una lista de cuentos infantiles, ¿qué tal si luego trabajaba acercando a los niños a la literatura?, lo hizo conmigo hasta 1999, cuando me leía El oso y la rana antes de dormir. Pero mamá ya no era esa ilusa veinteañera, y siempre en el umbral respiró hondo, dio media vuelta y se fue con los hombros caídos, su única respuesta. Supongo que planear a futuro es el privilegio de quienes no han acumulado deudas a largo plazo con el banco, deudas que mastican los ojos por las noches.

—Pon el anuncio en Internet —le ordenó a Mascota.

Los problemas de dinero solo se resuelven con dinero.

Inesperadamente, mi olfato mejoró durante la ducha caliente, como si el vapor hubiese despejado mis fosas nasales y a la vez desbloqueara todos los recuerdos de olores almacenados en mi cerebro. En lo primero que pensé fue en el humo de unos anticuchos friéndose, y de inmediato, además del olor eléctrico de las gotas que caían sobre mí, percibí la omnipresencia de la lejía, y sonreí al reconocer el suave aroma del jabón entre mis manos, la aspereza de mi pelo y la concentración cálida de mis axilas. También el tímido sabor del agua en la lengua, la vida explosionando y esparciéndose sobre esa alfombra rosa.

En el desayuno, el café me amargó la boca otra vez. Rico.

Rico.

Pero recién al día siguiente mi nariz encontró en un vaporoso caldo de pollo todo el amor de mamá, y cada gotita de limón la disfruté doblemente. Por la tarde, un doctor del ministerio me llamó por teléfono. ¿Tenía fiebre?, no, ¿tos?, no, ¿estornudos?, no, ¿dificultades respiratorias?, no. El único rastro de la enfermedad lo hallaba en mi cuerpo enfriado al amanecer, se me bajaba la presión. El doctor dijo que no me preocupara, los males remitirían pronto. De acuerdo a su calendario, faltaban cinco días para que me dieran de alta.

El mismo doctor se había comunicado con todos los que vivían en casa. Desde su punto de vista, no le había transmitido el virus a nadie.

Cada vez más repuesto y con la mente despejada, me impuse un régimen de lecturas entre comidas, que habían vuelto a ser comidas y no insípidas y secas texturas que, como el pollo sancochado, me aburría de masticar y masticar. De esa manera disciplinada había terminado tres libros: de Richard Ford, de Juan Manuel de Prada y de Antonio Muñoz Molina. Pero esa tarde dejé el separador en medio de una novela de Carlos Ruiz Zafón —La sombra del viento, dos euros en una librería de viejo de Barcelona— antes de tiempo por un diálogo en mi sala, donde un desconocido de voz áspera regateaba con mamá mientras el Diego se oponía a darle una rebaja. Salté de la cama  y abrí mi puerta justo cuando dos tipos sudorosos y con mascarillas que no cubrían sus fosas se llevaban unos muebles, entre ellos ese donde un doctor de expedición lunar me metió un hisopo de alambre por la nariz.   

—Hay cuentas que pagar —dijo mamá con los brazos cruzados. Y yo sentí que la pandemia y el banco arrancaban mi hogar a pedazos.

Ciertamente, seguirían la venta de la cocina, de la lavadora, la radio, hasta que el departamento quedaría casi vacío.

04 de abril del 2020. Otro doctor llamó a las siete de la mañana para preguntar cómo me encontraba. Bastante bien, respondí. ¿Síntomas? Ninguno. «Te voy a dar de alta, Palomari». ¿Ya podía salir de mi habitación entonces? «Sí, pero usa tu mascarilla y de preferencia mantén una distancia de dos metros con las personas, ¿OK?». ¿No era necesario que me hicieran otra prueba para comprobar que el virus ya no estaba dentro de mí?

Dijo que no, y su rotundidad me dio desconfianza. Había leído sobre pacientes que daban positivo en los descartes incluso un mes después de los primeros síntomas. Le comenté eso al doc, y este me dijo que, en efecto, había casos, pero era poco probable que ocurriera algo así.

Ay. Las probabilidades otra vez.

La incertidumbre. El confinamiento.

Las coincidencias.

Antes de mi viaje europeo, trabajaba en la historia de un adicto a las drogas, un tipo que durante una década se había internado en diversos centros de rehabilitación sin ninguna mejoría, hasta que su madre, desesperada –hay que prestarle atención a lo que es capaz de hacer una madre desesperada–, lo encerró en el sótano de su casa por un año, con medicación, como parte de un tratamiento que llamaban «Útero de concreto». En un paralelo alucinante, insospechado, ese adicto y yo compartíamos la pérdida de la libertad. Me sentía como un personaje, como un Palomari de literatura. Y no sé por qué, o quizás sí, porque soy autodestructivo y me abruman los finales felices (¡porque soy autodestructivo!), me excitaba la idea de que el final de ese tal Palomari fuese trágico, quería que pierda, que su cuerpo jamás consiga expulsar ese virus de su organismo, que no haya cura para él, que sea declarado un peligro por el Estado y que terminara atrapado, encarcelado en una habitación, obligado a escribir por el resto de su vida, solo, completamente solo por un mal que no lo mataría pero que lo condenaba hasta el último de sus días al ostracismo.

Pero luego del café mañanero, mi lado más optimista me decía que había sobrevivido a una enfermedad inédita, que también había renovado mi piel, y que esas semanas en cama, esa falta de sentidos, la visión nublada, la carencia de abrazos, de sexo, la imposibilidad de sentir placer con la boca y con la nariz, mascar el pollo sancochado con hartazgo, como quien come lana, el olvido del olor de mis padres, de los libros, y que mis vecinos inventaran una escena en la que me metían en camilla en una ambulancia, que me consideraran extinto, incinerado, todo eso era válido interpretarlo como una pequeña muerte, un final que implicaba otro comienzo, la maravillosa oportunidad de volver a nacer.

Pero la salud de tu familia no es la carta que quieres arriesgar en un juego de probabilidades.

Esperaría una semana más para cortar de una vez por todos esos cordones umbilicales.

«Dios quiera», había dicho mi tía en la pollada pro fondos para mi viaje.

Dios quiera.

¿Pero dónde está Dios en el año de la peste?

¿En el cielo, muy ocupado, recibiendo a ese millón de muertos por la nueva enfermedad? ¿Ah?