Capítulo XV: Privilegiados los que ignoran el presente

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«Están quemando la cama y toda la ropa de un vecino. Su casa la están fumigando, chola», dijo el Diego. «Murió por el virus», oyó en la panadería. Mamá le pidió a Mascota averiguar si era cierto. En los días previos, vídeos —desde distintos ángulos— de una ambulancia estacionada en su fachada habían circulado por el chat de mi familia, y una foto suya con una oración a su nombre, y más tarde con un «Que descanse en paz».

Como se hizo habitual, todo se desmintió después: continuaba vivo, hospitalizado en una unidad de cuidados intensivos, era uno de esos hombres que los programas de televisión mostraban echados boca abajo sobre colchones enjutos, como si solo estuvieran dormidos, solo que conectados por la boca a ventiladores artificiales, su única salvación.

—Ahora sí se murió de verdad, chola —escuché la voz resacosa del Diego. La pérdida del sentido del gusto y el olfato había potenciado mi audición. Mamá decía que escuchaba como tísico—. No le vayas a contar nada al cholo, no se vaya a asustar.

—Ay, Señor, ¡Señor! —suspiró mamá.

—Má, ¿qué te pasa? —chilló Mascota—. ¿Por qué te agarras así el pecho? ¿No puedes respirar? ¡Má!

—Ay, hija, ¡la preocupación por tu hermano, pues! La pena por el vecino también.

El noticiero —con el volumen siempre en quince por una manía de mi hermana— informaba que había 61 fallecidos y 1,595 contagiados en el Perú. Parecían más. Con un enfermo en casa, con un finado en el barrio.

El susto entrecortaba la respiración de mi madre.

—¿Te traigo agua, chola?

Pero ya habían pasado tres semanas desde mi regreso, desde el comienzo de mi cuarentena. A mamá no le dolía la cabeza, no sentía escalofríos. No se había contagiado, o por lo menos yo no la había contagiado. Tranquilo por haber rechazado la tentación de Milkito la noche anterior, me senté en el colchón y me desperecé con los ojos puestos en la casaca de la suerte que colgaba de mi ropero. Me había abrigado en los últimos días de un inolvidable invierno europeo. En sus bolsillos había moneditas y varios tickets de tren, el recuerdo de lo bien que funcionaba el transporte público de Madrid, París y Berlín, capitales con cavidades subterráneas, casi unas ciudades escondidas donde la gente se movilizaba sin parar, conexión tras conexión. Era un sistema tan veloz y organizado que me tomó más de una semana comprenderlo. Al principio renegué de su perfección, de su exactitud, tomar el bus a las 17 con 42, el tren de cercanías a las 18 con 10, el tranvía a las 18 con 22, ¿entendiste, chaval?, porque si uno se demoraba, no había combi ni mototaxi que lo salvara, a buscar otra ruta nomás, caballero, ¡los taxis te cobran de cincuenta euros para arriba!, cágate, chaval. ¿Cómo se podía vivir tan pendiente del tiempo?, me pregunté, desesperado en Barcelona por llegar a la hora a la estación ferroviaria, que si no, me dejaba el Rodalies y era probable que perdiese mi vuelo a Luxemburgo: chao, feria de libros.

El exceso de programación, la sucesión de horarios me ponían neurótico, no podía disfrutar de mi Taco Bell ni extender la conversación con la vendedora de suvenires de La Rambla. Según Eterno Estudiante, me había acostumbrado tanto al caos del Perú que el orden me daba miedo.

Quizás fuera cierto, porque cuando me adapté a la rapidez con que la gente aparecía y desaparecía por escaleras que conducían a los túneles de esas metrópolis, me sentí parte de una sólida multitud, y cierta sensación de seguridad se reforzaba además con el civismo, todos los europeos se detenían ante los semáforos, los choferes priorizaban la integridad del peatón, y las cuadrillas de polis –con las muñecas cruzadas en los riñones, inflando los bíceps– infundían respeto, y la «secreta» podía estar detrás de ti en cualquier momento, «¡cuidado con beber en la calle, eh, chaval!, que no estás en San Juan, tío, aquí te multan con 100 pavos si te pillan», y las cámaras de videovigilancia, el alumbrado público como los ojos omnipresentes de dios (Madrid invertiría 28 millones de euros en luces LED en ese 2020), así uno deambulaba tranquilazo con las manos en los bolsillos por los ayuntamientos de España, pues era improbable que un ladrón en motocicleta te asaltara como en cualquier calle de Lima. «Roban, sí», me había dicho el Sudaca Fino, «pero no como en el Perú, pues, huevón». Había una diferencia incluso en el ambiente, el aire era suave, como si lo hubiesen pasado por un filtro purificador, no había bocinazos ni ex presidiarios que pedían limosna, y si andaba apurado era por el tiempo, no por sombras que me acuchillarían por un celular o unas zapatillas, no por una peste en aerosol: nadie se cuidaba de la enfermedad de China. A pesar de la inmigración y del natural choque entre culturas, acaso el principal problema de dicho continente, su software parecía infalible, antivirus. Daba la impresión de que era ese el mejor lugar donde a uno lo pudiera coger una catástrofe sanitaria: no importaba, Europa lo resolvería con la rapidez de un tren bala. Por eso me asombraba la expansión del virus en España, 130 mil contaminados; 12,400 muertos; más de mil víctimas por día; ¡y el colapso de los hospitales en Francia e Italia!, pero era lógico: el mal se propagó por esos vehículos que iban de un lado a otro cortando el viento como fábricas industriales, con el ruido de los vagones en perpetuo movimiento.

Me vi otra vez sentado en el auto del Sudaca Fino, oyendo una salsa de El Gran Combo mientras él conducía y apuntaba al cielo limpio de Madrid con un jactancioso dedo índice: allí, los muchos aviones que se cruzaban sobre el aeropuerto de Barajas, símbolos del desarrollo del primer mundo, entre febrero y los primeros días de marzo, miles y miles de cuerpos en el aire. Cuerpos infectos que como soldados en guerra aterrizarían dentro de unas horas en algún país con armas de destrucción masiva dentro de sus pulmones.

—Menos mal que tu hermano no cambió su pasaje, hija —comentó mamá tras oír las noticias internacionales.

Si se le comparaba con Europa en ese momento, hasta el Perú lucía más confiable, y los discursos para la televisión del presidente, todos los días a la hora del almuerzo, producían cierto hipnotismo en la población. Pero la realidad no perdona a los ingenuos: si Europa se desangraba, al Perú, con su inversión anual en salud del 3,2% de su producto bruto interno, solo le esperaba lo peor.

Felizmente para mí, las fiebres ya no hacían que quisiera recibir martillazos en el cráneo; ahora, la preocupación era más bien emocional, sobre el futuro. Todavía se conocía poco del virus, e ignoraba si permanecía en mi cuerpo, y me angustiaba que aún pudiera ser contagioso, y también la ignorancia sobre las secuelas, de las que casi nadie hablaba. La jefa del Comando COVID había dicho: «Los que salgan vivos van a estar dañados por fibrosis pulmonar, insuficiencia cardíaca, insuficiencia hepática, encefalitis, entre otros. Las cosas han cambiado. El país que conocemos ya se acabó. Nuestra inmadurez social y política nos la tenemos que guardar en el bolsillo. Este es el momento de crecer, no es el momento de quejarnos». Un pronóstico poco alentador.

¿Cuál era el estado de mi organismo? Ni idea. Ya había asumido que yo era el paciente diez, y que todo lo relativo a la enfermedad lo descubriría por mi propia experiencia.

—Se suspenden las clases presenciales. Todo será virtual hasta nuevo aviso —mamá repitió las palabras de la conductora del noticiero.

—Y esto tiene para rato, chola —opinó el Diego, masticando con la boca llena—. La economía se irá a pique. Los más pobres van a ser los más afectados.

—Ay, ¡Dios santo! Me acaba de escribir la directora. El nido no va a dar clases virtuales —dijo mamá. Eso significaba que oficialmente quedaba desempleada.

Entonces, supe que ese 2020 ya estaba perdido. Enmascarada, mamá se acercó a mi habitación y le dije que teníamos que pensar en el año siguiente, aprovechar esa pausa para elaborar proyectos: yo le podía enseñar lo básico del arte de la ficción y buscaría para ella una lista de cuentos infantiles, ¿qué tal si luego trabajaba acercando a los niños a la literatura?, lo hizo conmigo hasta 1999, cuando me leía El oso y la rana antes de dormir. Pero mamá ya no era esa ilusa veinteañera, y siempre en el umbral respiró hondo, dio media vuelta y se fue con los hombros caídos, su única respuesta. Supongo que planear a futuro es el privilegio de quienes no han acumulado deudas a largo plazo con el banco, deudas que mastican los ojos por las noches.

—Pon el anuncio en Internet —le ordenó a Mascota.

Los problemas de dinero solo se resuelven con dinero.

Inesperadamente, mi olfato mejoró durante la ducha caliente, como si el vapor hubiese despejado mis fosas nasales y a la vez desbloqueara todos los recuerdos de olores almacenados en mi cerebro. En lo primero que pensé fue en el humo de unos anticuchos friéndose, y de inmediato, además del olor eléctrico de las gotas que caían sobre mí, percibí la omnipresencia de la lejía, y sonreí al reconocer el suave aroma del jabón entre mis manos, la aspereza de mi pelo y la concentración cálida de mis axilas. También el tímido sabor del agua en la lengua, la vida explosionando y esparciéndose sobre esa alfombra rosa.

En el desayuno, el café me amargó la boca otra vez. Rico.

Rico.

Pero recién al día siguiente mi nariz encontró en un vaporoso caldo de pollo todo el amor de mamá, y cada gotita de limón la disfruté doblemente. Por la tarde, un doctor del ministerio me llamó por teléfono. ¿Tenía fiebre?, no, ¿tos?, no, ¿estornudos?, no, ¿dificultades respiratorias?, no. El único rastro de la enfermedad lo hallaba en mi cuerpo enfriado al amanecer, se me bajaba la presión. El doctor dijo que no me preocupara, los males remitirían pronto. De acuerdo a su calendario, faltaban cinco días para que me dieran de alta.

El mismo doctor se había comunicado con todos los que vivían en casa. Desde su punto de vista, no le había transmitido el virus a nadie.

Cada vez más repuesto y con la mente despejada, me impuse un régimen de lecturas entre comidas, que habían vuelto a ser comidas y no insípidas y secas texturas que, como el pollo sancochado, me aburría de masticar y masticar. De esa manera disciplinada había terminado tres libros: de Richard Ford, de Juan Manuel de Prada y de Antonio Muñoz Molina. Pero esa tarde dejé el separador en medio de una novela de Carlos Ruiz Zafón —La sombra del viento, dos euros en una librería de viejo de Barcelona— antes de tiempo por un diálogo en mi sala, donde un desconocido de voz áspera regateaba con mamá mientras el Diego se oponía a darle una rebaja. Salté de la cama  y abrí mi puerta justo cuando dos tipos sudorosos y con mascarillas que no cubrían sus fosas se llevaban unos muebles, entre ellos ese donde un doctor de expedición lunar me metió un hisopo de alambre por la nariz.   

—Hay cuentas que pagar —dijo mamá con los brazos cruzados. Y yo sentí que la pandemia y el banco arrancaban mi hogar a pedazos.

Ciertamente, seguirían la venta de la cocina, de la lavadora, la radio, hasta que el departamento quedaría casi vacío.

04 de abril del 2020. Otro doctor llamó a las siete de la mañana para preguntar cómo me encontraba. Bastante bien, respondí. ¿Síntomas? Ninguno. «Te voy a dar de alta, Palomari». ¿Ya podía salir de mi habitación entonces? «Sí, pero usa tu mascarilla y de preferencia mantén una distancia de dos metros con las personas, ¿OK?». ¿No era necesario que me hicieran otra prueba para comprobar que el virus ya no estaba dentro de mí?

Dijo que no, y su rotundidad me dio desconfianza. Había leído sobre pacientes que daban positivo en los descartes incluso un mes después de los primeros síntomas. Le comenté eso al doc, y este me dijo que, en efecto, había casos, pero era poco probable que ocurriera algo así.

Ay. Las probabilidades otra vez.

La incertidumbre. El confinamiento.

Las coincidencias.

Antes de mi viaje europeo, trabajaba en la historia de un adicto a las drogas, un tipo que durante una década se había internado en diversos centros de rehabilitación sin ninguna mejoría, hasta que su madre, desesperada –hay que prestarle atención a lo que es capaz de hacer una madre desesperada–, lo encerró en el sótano de su casa por un año, con medicación, como parte de un tratamiento que llamaban «Útero de concreto». En un paralelo alucinante, insospechado, ese adicto y yo compartíamos la pérdida de la libertad. Me sentía como un personaje, como un Palomari de literatura. Y no sé por qué, o quizás sí, porque soy autodestructivo y me abruman los finales felices (¡porque soy autodestructivo!), me excitaba la idea de que el final de ese tal Palomari fuese trágico, quería que pierda, que su cuerpo jamás consiga expulsar ese virus de su organismo, que no haya cura para él, que sea declarado un peligro por el Estado y que terminara atrapado, encarcelado en una habitación, obligado a escribir por el resto de su vida, solo, completamente solo por un mal que no lo mataría pero que lo condenaba hasta el último de sus días al ostracismo.

Pero luego del café mañanero, mi lado más optimista me decía que había sobrevivido a una enfermedad inédita, que también había renovado mi piel, y que esas semanas en cama, esa falta de sentidos, la visión nublada, la carencia de abrazos, de sexo, la imposibilidad de sentir placer con la boca y con la nariz, mascar el pollo sancochado con hartazgo, como quien come lana, el olvido del olor de mis padres, de los libros, y que mis vecinos inventaran una escena en la que me metían en camilla en una ambulancia, que me consideraran extinto, incinerado, todo eso era válido interpretarlo como una pequeña muerte, un final que implicaba otro comienzo, la maravillosa oportunidad de volver a nacer.

Pero la salud de tu familia no es la carta que quieres arriesgar en un juego de probabilidades.

Esperaría una semana más para cortar de una vez por todos esos cordones umbilicales.

«Dios quiera», había dicho mi tía en la pollada pro fondos para mi viaje.

Dios quiera.

¿Pero dónde está Dios en el año de la peste?

¿En el cielo, muy ocupado, recibiendo a ese millón de muertos por la nueva enfermedad? ¿Ah?

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