Capítulo XVI: El futuro suena a respirador artificial

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Sábado 11 de abril. Un ruido me despertó de madrugada. Apunté con la linterna de mi teléfono al lugar de donde provenía aquel zumbido espeluznante. En la pared había una sombra monstruosa de alas batientes, y por eso grité. En el día, había llenado de ropa vieja la bolsa negra de plástico donde la cosa esa aterrizó. El aleteo no sonaba como el de un bicho común —¿qué sería?, ¿un murciélago?— y me erizaba los vellos y me achinaba la piel. Petrificado en mi cama, llamé a Mascota mientras me hacía bolita bajo la sábana.

No quería ni ver.

—¿Qué pasa? —Mascota se acercó de puntitas, también con una linterna, cual exploradora en la oscuridad—. ¿Por qué gritas? ¿Estás bien?

Eran casi las dos de la mañana.

—Ponte tu mascarilla —le dije mientras me cubría con la mía—. Hay algo ahí.

Ese algo hacía POC POC contra la bolsa de ropa que iba a regalar.

—¡Ay, sí! —se asustó y dio dos pasos atrás cuando de pronto la cosa voló, revoloteó y volvió a descender desafiante, golpeando el plástico.

Me escondí como un cobarde en la colcha. Si hubiera sido un araña o una rata, me habría levantado para patearla o aplastarla a escobazos, pero parecía uno de esos insectos mutantes, con antenas, que me hacían sudar frío.

—¿Lo puedes matar? —le pregunté a Mascota desde el rincón.

Vestía su pijama enterizo de Stitch, un dibujo animado, como una mezcla de perro y koala azul.

—No sé, también me da miedo.

Eso era raro. Mascota no se amedrentaba con poco.

—No prendas la luz —le dije, para evitar que la cosa se abalanzara sobre mí, o que saliera viva por la ventana y regresara más tarde para meterse por mis fosas nasales o por mi boca o… no sé—. Tenemos que matarlo.

—¿Llamo a mi mamá?

—No. No puede entrar acá. Mátalo tú.

—Me da miedo.

—Tú puedes.

—Hmm… —dudó Mascota—. ¿Y me puedo quedar con tu casaca?

—Ya.

Habíamos discutido esa tarde porque dejé destapado el inodoro. De un momento a otro, eso había comenzado a enfurecerla. Además, se había transformado en una loquita lejía, y ese es el olor que me recuerda a aquella época, la última con ellas. La manía por la higiene de mi hermana llegó al punto de que mamá decía que si Mini se quejaba por las noches, era porque le dolían sus patitas de tanto cloro que había regado por todo el departamento.

—Escúchame, haremos esto —le dije.

El 80% del tiempo, mi hermana y yo peleábamos por tonterías así: porque ella oía reggaetón con un volumen muy alto cuando yo quería leer o porque usaba mis poleras sin pedírmelas o porque yo no recogía mis pelos de la ducha. Es de hermanos, supongo. Pero había acudido a mi llamado, eso la ennoblecía, y, cuando ejecutamos el plan —yo cerré la ventana, ella cerró la puerta, encendió la luz y aplastó al bicho con su sandalia—, lo último que vi antes de bajar los párpados porque la escena era demasiado para mí fueron sus ojos inmensos, muy redondos, tan parecidos a los míos: lo único visible entre la mascarilla y esa ropa de dormir propia de una niña Disney.

—¿Está bien muerto? —le pregunté con los ojos todavía cerrados.

—No se mueve —dijo ella. La sentía cerca.

—¿Qué era? —inhalé un poco más calmado.

—No sé, pero da asco.

—Llévate el cadáver, por favor. Y no dejes ni un rastro, ¿sí?

—Ay, ¡qué fastidioso eres! Me debes una.

—Oye…

—¿Qué?

—Gracias.

Fue el chiste durante el desayuno. Forzando la voz, mamá me preguntaba por qué me asustaban tanto las cucarachas, «tan grande, ¿qué te van a hacer?», decía, y yo no sabía qué responder.  Varias veces había intentado enfrentarlas sin éxito.

—¿Y si me he contagiado por culpa del vago, má? —preguntó Mascota.

—Ay, hijita, no atraigas la mala suerte. Y ya te he dicho que no llames así a tu hermano.

—¡Pero entré a su cuarto, má! Debe estar todo contaminado, porque ni siquiera limpia. Por eso vienen los insectos.

—¡Estabas con mascarilla! —intervine—. Y ¡sí limpio, ya!

—¡Má! ¡Di algo! Yo soy asmática. Por mí no te preocupas, ¡¿no?! ¡Ah!, pero por el vago…

—A los dos los quiero por igual —dijo mamá.

Ignoré ese diálogo que me había aprendido de memoria y me puse a pensar en lo que había conversado con Escritor Amigo por el teléfono minutos antes. Era inusual que llamase tan temprano, pero tenía buenas noticias: su sello editorial estaba interesado en publicar mi historia con el virus. Desde la adolescencia, cuando comencé a escribir, mi «sueño» —por decirlo de alguna manera estúpida y vergonzosa— había sido firmar contrato con esa transnacional de los libros cuya sede principal estaba en Barcelona, y, de hecho, con perspicacia y buena onda, un año atrás el Escritor Amigo le había dado una copia de mi debut literario al gerente de la filial peruana, pero este no había mostrado ningún interés, es más, creo que nunca leyó los cuentos de «Nadie nos extrañará».

«Esto es como en política, todo depende del momento», dijo Escritor Amigo luego de escuchar mi opinión. Y, con su característica ronquera de bebedor de pisco puro, al despedirse me advirtió: «Tómate tu tiempo para darles una respuesta. Seguro te van a contactar los del otro lado. Cuando te quiere una, te quiere la otra».

No se equivocaba. Mientras mamá, Mascota y el Diego seguían conversando, mi teléfono volvió a sonar: era la competencia de la editorial de Escritor Amigo, otra poderosa empresa internacional. Les atraía mi testimonio. Si estaba de acuerdo, me enviarían el contrato dentro de menos de una hora. Era demasiado para un solo día, ¿cuándo me convertí en el fichaje que se disputaban las cabezas del oligopolio literario en el país?, me preguntaba aturdido. Era estimulante que me propusieran unirme a sus filas, pero considerables dudas impedían mi alegría. En primer lugar, ¿cuáles eran mis méritos desde la perspectiva de esos gerentes de las letras? O sea, leía y escribía con la ansiedad del escritor joven que se plantea retos mayores, trabajaba hasta que se me enrojecieran los ojos, pero no se me convocaba por razones profesionales sino por una situación fortuita, es decir era el narrador infecto con el virus de moda, y eso me había situado en el centro de atención, gracias a la crónica de Somos. En el amor sería equivalente a que te quieran por lo que tienes y no por lo que eres, y supongo que en el fondo era una cuestión de orgullo, y esas semanas encerrado en mi habitación me habían hecho comprender que siempre es menos agotador para uno aceptar lo que es en vez de causarse aneurismas por pura vanidad, es decir que había madurado o envejecido (literalmente, había cesado la sobreproducción de hormonas adolescentes que me azuzaban a luchar con ímpetu por un ideal), o me había vuelto un cínico cretino, en pocas palabras: no era la forma deseada pero cumpliría mi objetivo; no obstante, también había un tema moral: no estaba seguro si era el momento oportuno para hablar de un exterminio humano. Suponía que mis solidarios colegas me acusarían de aprovechador, de ser insensible ante el dolor ajeno, este Palomari es un autor sin escrúpulos, un negociante frívolo, otro zopenco de la autoficción. Y quizás todo eso fuese cierto, de cualquier modo, si no lo hacía, igual expondrían alguna condicionante (en este país hay gente que solo se dedica a evaluar las acciones de otros), y me dirían en el 2023: ¿y por qué no lo hiciste cuando el Perú se desmoronaba, eh, Palomari?, y sí, claro que contaría mi historia mientras la crisis nos sepultaba, porque por algún motivo inexplicable la covid me había hecho sufrir a mí y no a –qué se yo– Renato Cisneros o a Diego Trelles, compatriotas que vivían en las apestadas España y Francia, respectivamente, de manera que, a la mierda con todo, tomaría una de las dos ofertas con mis manos ávidas de reconocimiento, con mis dedos afanosos que ya se movían solos y en cualquier circunstancia, como si presionasen los caracteres de una laptop o las teclas de un piano, al igual que el Ugartino Valiente despejaba el balón o se barría mientras veía fútbol en el televisor, tirado en su cama: la pasión, la pasión. Además, no tenía chamba, mamá tampoco, Mascota aún no cumplía los dieciocho años, era ilegal, y el Diego, bueno…; el futuro sonaba a respirador artificial, se veía como UCI, y la televisión y las redes sociales mostraban colas en mercados para conseguir alimentos y productos de primera necesidad como en los años ochenta, mal augurio. Recibir una propuesta laboral en los días más mortíferos del siglo era como para agradecerle a la estampita de Jesucristo que mamá adhirió a la puerta de mi cuarto cuando enfermé, o a lo que sea. En mi mesa de noche yacían los boletos de tren y centavitos europeos. Gastar hasta lo que me faltaba para ir de viaje a esa fantasía llamada Luxemburgo había valido el endeudamiento; sin quererlo, se me había provisto de todos los elementos para escribir una obra de alcance mundial, ahora Albert Camus reencarnaría en mí y yo relataría La peste del siglo XXI. Ahora podría recuperar mi inversión, multiplicarla, oh, sí. El entusiasmo me desbordaba al punto de que si en ese momento se me cruzaba una cucaracha la habría hecho estallar con el pie descalzo esparciendo su quitina por todo el suelo.

Me levanté, me coloqué la mascarilla y después de un mes demolí las paredes que me aprisionaban, y fui a la sala, que ya no era la misma sala del 09 de marzo, pues el comedor de seis sillas lo habían reemplazado por una mesita de playa rodeada de banquitos de plástico con manchas de suciedad y en vez de los sillones había solo un sofá-cama y la cocina eléctrica de acero inoxidable era ahora una cocinita de dos hornillas grasientas con un balón de gas expuesto, sin la campana extractora.

Hay deudas, había dicho mamá, quien en ese instante, junto al Diego y Mascota, que acababan de comer, me observó en silencio durante dos segundos, y, al igual que ellos, estiró las ligas de su tapabocas y se cubrió, y recién me di cuenta de la mugre en la tela y de esas hilachas que sobresalían en la mitad de su cara, hilachas amarronadas que ya no constituían ese muro color hospital donde el virus se estrellaría y moriría.

Lo único que se mantenía incólume a sus espaldas era mi biblioteca. Entonces creí que era simbolismo puro, que mi situación económica, la de mi familia, estaba a punto de mejorar gracias a mi oficio, que por fin se había abierto la puerta de la fortuna para nosotros, pero cuando yo solo quería abrazar a mamá, ella me dijo «tenemos que hablar».

El bebé nunca decide cuándo se cortará el cordón umbilical.

Mientras creemos que sí, nos obsesionamos con la realización de ciertas metas, nos obnubilamos y olvidamos que no todo depende de nosotros, que mucho de nuestro presente solo lo explicaría el azar, que hay situaciones sobre las que no podemos decidir, imprevistos como desastres naturales, accidentes, enfermedades.

Divorcios.

Sé que papá estaría de acuerdo con eso.

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