Un día antes de que volvieras

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Un día antes de que volvieras, limpié tu dormitorio. Yo sé que no te gusta que entre, pero esas tres semanas que te fuiste fueron como un año para mí. Necesitaba sentirte cerca de alguna manera. Quizás lo puedas entender cuando tengas tus hijitos, ese vacío en el pecho, la preocupación, no poder dormir.

En un rincón, entre la ropa sucia, encontré tu peluche de los gladiadores, ese monstruo con la cara pintada de blanco que a tus tías y a mí nos daba miedo, pero que a ti te encantaba. Me parece que te lo compré en La Juguetería, ¿te acuerdas? ¡Cuando eras mi pimpollo! Desde esa época ya nos faltaba el dinero, tú sabes que con lo de tu papá nunca nos alcanzó. Él no quería que te diera nada, ¡colegio y comida suficiente!, decía, pero yo hacía mis cachuelitos porque todo niño tiene que recibir un regalo en su cumpleaños y en navidad.

Sé que llegaste resentido conmigo porque no te presté dinero para cambiar tu pasaje y quedarte más tiempo en Europa, pero no fue porque no quería, hijo, sino porque no podía. Estaba a full con el banco, le sigo debiendo no sé cuánta plata por esa ampliación que hicimos en el departamento, ¡ya no podía seguir durmiendo con tu hermana en el mismo cuarto!, y tú mismo has visto por todo lo que hemos pasado, pero además, hijo, tuve una corazonada: algo me decía que era mejor que regreses al Perú de una vez.

Nunca te lo he contado, creo que tu papá tampoco te lo ha dicho, pero en el sexto mes de mi embarazo casi te pierdo.

Ese día acompañé a tus abuelitos al Centro de Lima, creo que para comprar unos lentes. Era la época de los terrucos. No quería salir de la casa pero tampoco quería quedarme sola. Tu papá estaba trabajando. La gestación me tenía muy, muy ansiosa. El año anterior un cochebomba había explotado en Breña, y una chica embarazada que pasaba por ahí perdió a su bebé. A mí me impactó mucho, ella era jovencita, veinte años me parece que tenía, casi como yo.

En el Centro caminamos un montón, había policías cuidando, yo ya estaba con la panza, veía los carros estacionados y comenzaba a sudar frío, me imaginaba lo peor, un estallido. Y justo mientras regresábamos a pie por la avenida Wilson para tomar el bus, se corrió la volada de que habría un atentado. Tu abuelita trató de mantener la calma, pero mi papi estiró su brazo y paró un taxi. El chofer salió rápido de la zona, prendió su radio. Al final no hubo nada, falsa alarma, pero yo ya me iba a desmayar de la impresión. Tu abuelita le quitó importancia a mi malestar, son los nervios, dijo, pero yo sentía que algo se había roto dentro de mí. Me puse a gritar, y me llevaron al hospital. Ahí me vino la hemorragia. Yo lloraba y lloraba, les echaba la culpa a tus abuelitos, me quería morir.

El doctor dijo que había llegado con las justas, que estaba anémica. Me recomendó reposo absoluto y unas vitaminas.

Se me había roto la placenta. En los meses siguientes, no exagero, recé a toda hora para que eso no te afectara. Naciste sanito.

Y cuando vi las fotos que mandaste poco antes de volver, tuve una sensación parecida a la de ese día en el Centro. Se me aflojó el estómago. Aparte, desde que eras una piltrafa siempre fuiste calladito, nunca dices lo que te molesta, qué te pone triste, todo te lo guardas para ti nomás, ¿no?, y cuando eras niño yo tenía que adivinar lo que te pasaba mirándote a la carita. Nadie te conoce mejor que yo. Les dije a tus abuelitos que tenías algo, pero ellos no, no.

¿Ya ves? La mamá siempre tiene la razón.

Y ese pesar que comencé a sentir en el pecho cuando te llamaron para darte el resultado no fue porque pensara que me habías contagiado. Ese dolor en el corazón era por ti, hijo, por el miedo de perderte, de ya no escucharte, de no verte nunca más. Algún día te vas a dar cuenta. Yo qué me hubiese imaginado que iba a abrazar a ese monstruo de peluche, lo recogí porque tenía la intención de botarlo más bien, pero luego, no sé por qué, me provocó acariciarlo, darle cariño. Por cierto, ya lo lavé y le cambié sus pilas, ahora grita como antes cuando lo golpeabas, cuando querías ser un gladiador.

Ay, hijo.

Hubiese querido que las cosas se den de otra manera, pero cada decisión que tomé siempre fue pensando en ti y en tu hermana, por el bien de los dos. Tú eres consciente de que con «El Diego» —será todo lo que tú quieras, pero siempre me ha apoyado— nos íbamos hasta Villa El Salvador, donde todo está más barato, con tal de comprar más comida para ustedes. Felizmente, «El Diego» me acompañaba siempre. Una vez, quisimos cortar camino para llegar más rápido al mercado Unicachi, nos metimos en una calle ancha y sin pista, y nos saltaron unos perros, como cinco eran. Él trató de ahuyentarlos, pero uno con cara de malo se me fue encima y me mordió la pierna, le hizo huecos a mi jean. La pantorrilla me sangraba como coladera: dos surcos. Los perros nos ladraban alrededor, ninguno con collar. Yo no sabía qué hacer. En esas semanas se veía en las noticias, en Facebook, en WhatsApp, que la gente se golpeaba la cabeza, una apendicitis, fractura, iban al hospital, no los atendían. «Solo covid», les decían, y se morían por cualquier cosa. Yo dije «rabia», ir a una posta, contagiarnos, ¡ay, Señor!. «El Diego» agarró dos rocas, los perros se fueron corriendo.

Me tomó del brazo y me dijo «Vamos al hospital», pero yo no, no.

Lógicamente, los dos estábamos asustados, le echamos alcohol a la herida y fuimos más lento al mercado. Ay, hijo, toda esa gente, algunos sin mascarilla y sin respetar la distancia, hasta empujando, me alteraban, sentía que me iban a tumbar, me iba a caer, me iban a aplastar. La pantorrilla estaba que me quemaba. Y a mi edad una ya se cansa, hijo, pero no nos quedaba de otra, yo te quería bien alimentado, fuerte para que te recuperes, y si hubiera tenido que ir más lejos, lo habría hecho por ti, mi pimpollo.

Mientras volvíamos en la combi, miraba a los pasajeros con sus protectores faciales, miraba la sangre en mi jean, como un charco oscuro, y sentí que todo lo que nos rodeaba, todo lo que había tras esas ventanas, el tren eléctrico, los bancos, los centros comerciales, hasta tus estudios, todo eso lo podíamos perder de un momento a otro. Nada nos pertenecía, ni siquiera la casa. Otra vez, como en los años ochenta, como en los noventa, hijo.   

Bajamos de la combi, levanté la frente y nos encomendé a Diosito, que siempre nos cuida desde la punta del cerro, por eso, a donde sea que yo me vaya estará el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús en la entrada, al lado de la puerta, protegiéndonos.

No era el mejor momento para separarnos, hijo, yo lo sé, pero no había otra opción.

Nunca pierdas la fe.

Tu mamá

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