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Parte 3

He estado a punto de morir dos veces

He estado a punto de morir dos veces: cuando el bus que me llevaba a Huarochirí se cayó en un abismo y cuando esos malditos me dispararon por querer robarse mi carro. Eso fue hace poco nomás. A pesar de ello, a mis 73 años, continué taxeando hasta que nos encerraron a todos.
Nunca le he temido a la muerte.

Me enteré de los ensayos de la vacuna china y le pedí a mi nieto que me inscribiera como voluntario. Debí advertirle que fuera cauteloso: a los siete años uno les cuenta todo a sus padres. Dicho y hecho, mi hijo me armó tremendo escándalo por haber obligado a Rafita a ayudarme a llenar el formulario del laboratorio en mi celular. Me acusó de insensato. Dijo que los chinos no eran confiables. ¿Por qué?, le pregunté. Porque en su país comenzó esta enfermedad, dijo, ¿y ellos mismos ofrecen la cura?, eso es más que sospechoso, ¡comunistas!, gruñía moviendo las manos cual orate. ¿Hay otro motivo, hijo?

No respondió.

Era de esperar que los ricos fueran los primeros en adquirir vacunas, no precisamente la de los chinos. Las economías prósperas de Sudamérica, Brasil, Chile y Argentina, ya negociaban con laboratorios de Alemania, Estados Unidos e Inglaterra, más reputados, pues. Por nuestra ubicación en el ranking de contagiados y fallecidos, nos urgía una opción, ¡cualquiera! No estábamos —jamás hemos estado— en condiciones de rechazar un estudio que nos pudiera dar beneficios en la compra. Si se necesitaban conejillos de Indias para ello, con gusto me ofrecía.

Yo no le tengo miedo a morir.

Discreto como un espía, ahora sí, mi nieto revisó mi teléfono y me comentó que había recibido un correo electrónico. Luego de leerlo, con un par de galletitas Chaplin, sus favoritas, celebramos que este pechazo integraría el grupo de doce mil personas de la investigación de Sinopharm en Lima.

Al día siguiente, temprano como me indicaron, fui a la universidad Cayetano Heredia, una de las más «prestigiosas» del país. Pensé que conocería sus laboratorios, pero los encargados nos guiaron hacia unas carpas armadas sobre canchas de fulbito. Me hubiese gustado que mi hijo estuviera allí para comprobar que yo no era el único viejo que quería cooperar con la salud pública. Es cierto que la mayoría eran jóvenes en esa cola —así como sus pares en bancos o centros comerciales—, pero había cinco o seis cabezas blancas que también consideraban que lo verdaderamente insensato era perder más tiempo en una emergencia como esa. Unos 8 millones de peruanos vivían en una pobreza que se recrudecía por la enfermedad: si no se hallaba una solución pronto, los exterminaría la peste o el hambre.

Un técnico me abordó y me hizo una serie de preguntas para corroborar que había leído bien el Consentimiento Informado, y remarcó que no me dirían si se me aplicaba la vacuna o un placebo. De acuerdo, dije. Yo no le tengo miedo a la muerte. En el siguiente punto, una enfermera me extrajo sangre del dedo índice. El despistaje rápido dio negativo. Me esperaba un doctor. Me examinó y me entregó una tira de condones. Había declarado que no tendría hijos durante el estudio, un año. Todo eso era un poco gracioso a mi edad.

La prueba molecular se me realizó en un apartado, similar a una clínica, con doctores que, por sus trajes, parecían a punto de partir hacia una zona radiactiva. Sin darme las de valiente, debo decir que para un hombre que ha vivido dos meses con una bala incrustada en su clavícula, y que se fracturó el cuello en un accidente de carretera, no representaron nada aterrador ese hisopo metálico que se me introdujo por la nariz ni ese otro que apenas me hizo un cosquilleo en la garganta. Lo más emocionante de todo ese día fue desnudar mi hombro izquierdo para que me inyecten.

Eso era poner el hombro por el país en todos los sentidos. Era una cuestión personal además. Cuando el cáncer apagaba sus ojitos, le prometí a mi esposa que no me deprimiría, que no sería una carga para nadie, sino que cuidaría de los míos, haría todo lo posible por darle una infancia feliz a mi nieto. Saqué la foto de ella que guardo en mi billetera y le di un beso, al igual que hacía siempre al viajar.

Y la metí en el bolsillo de mi camisa, al lado de mi corazón.

Mi hijo me recogió de la universidad de noche. Volví a casa con la confortante sensación del que obra por amor, tanto así que me quedé dormido en esa hora y pico de camino.

Pero las buenas intenciones son aprovechadas por los corruptos cuando ellos gobiernan.

No me sorprendía que nuestra fe, la de los voluntarios, no tuviera eco en los medios de comunicación, tendenciosos con las informaciones de quienes no los patrocinan —ellos preferían otra vacuna—, ni que el Gobierno peruano, a esas alturas, fuese el único de la región sin un proveedor. La demora del presidente y su ministra de salud en firmar el acuerdo con China solo podía significar algo mientras el virus acababa con doctores y enfermeras de primera línea.

En eso estaba pensando cuando se corrió la noticia del fallecimiento de una participante de los ensayos de Sinopharm. Una joven que se creía inmune, vacunada. La mató la covid. Comencé a dudar, no por mí, porque yo no le temo a la muerte, sino por la posibilidad de que mi familia anduviera infecta: había estado cerca de ellos sin la mascarilla y, no sabía si por la tensión o por el contagio, mis sienes se habían inflamado, dolían. Rafael me sermoneó, repetía que su mujer era diabética, como si hubiese perdido la memoria. Bah. A cierta edad, uno se acostumbra a esas peroratas de los hijos, así que lo oí en silencio, tranquilo.

Por fin se calló y le dije que me aislaría durante dos semanas.

La pérdida de esa chica enlutó a los voluntarios del ensayo, éramos como una familia. Aunque el laboratorio deslindó su responsabilidad, los doctores volvieron a llamarme por teléfono todos los días. El daño ya era irreversible, la peor publicidad para Sinopharm. Era de esperar que se generasen suspicacias sobre la efectividad de su vacuna, pero ni eso justificaba la paupérrima gestión del Estado: ¿por qué nuestros vecinos ya planificaban los días en que se vacunarían y nosotros no?

En esta tierra es costumbre aguardar lo peor de los políticos, pero, aun a pesar de las sospechas, como voluntario sentí que me sumergieron en una cloaca el día en que se reveló que el presidente, la ministra de Salud, el rector de la Cayetano —qué infamia, carajo— funcionarios públicos y sus familiares se habían inyectado las vacunas chinas (un lote extra que no les correspondía) cuando eran los del personal médico quienes requerían de esas dosis para enfrentarse a las altas cargas virales. Ese era el beneficio de parte de los chinos a cambio de que probasen sus compuestos en el Perú, una manera de agradecer al presidente y a sus amigos por la confianza.

Mi hijo no tardó en restregármelo en la cara: ¿Para eso te arriesgaste, viejo? ¿Para eso expusiste nuestras vidas?

Debo admitir que a veces Rafael tiene razón. Confiar en otros es situarse en una posición vulnerable, ponerse cerca de la desilusión. ¿Cómo pedir esperanzas donde es común que los héroes se corrompan por un maletín lleno de dinero? Estaba de más que le respondiera a mi hijo que yo jamás puse el hombro por un presidente ni por un Gobierno. Estas canas no brotan en vano. Es que aquí la corrupción mata despacio incluso a los que no le tenemos miedo a la muerte.

Hasta la fecha, desconozco si se me aplicó la vacuna o un placebo.

Me importa dos cominos.

Sólo sé lo único que me interesa: todo lo hice por mi nieto.

López Navarro, Enrique

DNI 013082020

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Parte 3

Capítulo III: Papá no es inmune pero Covidman sí

En mi primer día en la calle abordé el Nissan de papá con una mascarilla, gafas de sol y un chullo para ocultar el desorden de mi pelo. Mi traje de repartidor de tienda por departamentos. El escudo de Alianza Lima bordado en una tela azul cubría la boca y la nariz de mi viejo. Como no podía besar su mejilla, extendió su puño para que lo chocara con el mío. El saludo oficial en tiempos de pandemia.

El día anterior, me contaba, había conducido hora y media hacia Lima Norte para entregar productos. Ayudándose con esa misma guía de calles de Lima Metropolitana que ya desplegaba sobre su timón, había dado vueltas y vueltas hasta que anocheció.

—El camino de regreso lo hice en cuarenta minutos. Las pistas limpias, nada de tráfico. Pero ni más vuelvo por allá —dijo—. No es mi zona.

Bolsas y cajas sobre el asiento tapaban la ventana trasera. Nos tocaba repartir por Lima Sur, una ruta que papá conocía como la palma de su mano: de joven había abastecido de cervezas y bebidas gaseosas a bodeguitas de Villa María, Villa El Salvador y Lurín. Pero había que ir primero a Chorrillos. Dobló la guía, la guardó dentro del parasol y puso el auto en marcha.

La última vez que nos habíamos visto, el día en que me recogió del aeropuerto, los dos ocupábamos esos mismos lugares, con las bocas y narices al descubierto, y camionetas, taxis, buses y microbuses se acumulaban como animales salvajes en cualquier avenida. El desesperante ruido de los cláxones desgastaba nuestros tímpanos y nos tensaba los hombros. Hordas de peatones, siempre contra la hora, se arrojaban a las pistas con la vehemencia de un suicida, y casi eran arrollados por combis de choferes asesinos. Yo había desaprobado ese comportamiento con un movimiento de cabeza mientras dejábamos atrás el Callao. Mi viejo dijo: «Tranquilo, pronto volverás a Europa». Ahora esa frase sonaba a chiste de pésimo gusto. «Pronto».

Pfff.

En esa mañana de mayo ni siquiera había vuelos internacionales, y apenas uno que otro vendedor de helados se acercaba a tocar la ventana del auto cual mendigo en la avenida Billinghurst de San Juan. Otra mujer, vestida con un pegadito buzo azul, caminaba a un lado de la pista levantando bebidas energizantes como si fuesen trofeos, y un tipo con atuendo de cazafantasma ofrecía fumigaciones al paso. Todas las vías estaban libres, pero se había prohibido la movilización. Hasta daba un poco de miedo. Las únicas sonrisas que se podían ver eran las de un consultorio odontológico: tres gigantografías de dentaduras perfectas, aunque empolvadas por los cerros del sur de Lima.

Le pregunté a papá cómo se sentía.

—Bien, felizmente.

Dijo eso con los ojos puestos en el parabrisas, como un hombre que ha decidido mirar solo lo que hay en su delante, aunque sus párpados tiemblen. La cuarentena obligatoria había cerrado con candado las rejas de su tienda, y, ante la necesidad de conseguir dinero, papá aceptó la propuesta de un amigo, taxista de aplicativo, que también trabajaba como repartidor. Nada de contratos, pago cien soles diarios, de ocho de la mañana a seis de la tarde. El viejo era de los pocos con permiso para circular en auto. El papel blanco que había sobre el tablero era su salvoconducto por si lo detenían los polis.

—¿Cómo está mi abuelita?

—Bien.

—¿Mi tío?

—También. ¿Y tú? —preguntó sin voltearse hacia mí—. ¿Qué tal? ¿Te acostumbras a vivir solo?

—Sí —mentí, mientras subíamos y bajábamos por un cerro de vecindarios laberínticos.

Nos detuvieron unas mallas anaranjadas en el medio de una pista. La habían roto. Un grupo de hombres trabajaba en el subsuelo.

—Puta madre —renegó papá—. Ahora tendremos que darnos toda la vuelta.

Retrocedió y dobló a la derecha. En la esquina, una señora vendía desayunos: pan con torreja, pan con palta, quinua, maca. Yo no había comido. De pronto, papá frenó y, estirando su cuello, dijo:

—¿Qué manzana dice allí?

Me quité las gafas. No alcanzaba a ver. Achiné los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Te está fallando la vista?

—G. Es la manzana G —dije, obviando su pregunta.

—Entonces es en la siguiente cuadra —arrancó y movió a segunda la palanca de cambios.

Lentamente fue revisando las direcciones sin que yo pudiera adivinar el gesto que había tras esa mascarilla. Al llegar al punto indicado, estacionó y le dije que yo bajaría por él, pero muy rápido —ni siquiera me dio tiempo de pedirle que se colocara el protector facial que colgaba de su retrovisor—, abrió la puerta, y de la maletera sacó una bolsa con lo que parecían almohadas o cubrecamas. Cojeó y tocó el timbre de una vivienda verde de dos pisos. Los ladridos de un perro lo hicieron recular.

Una señora de pelo pintado de rubio, con las raíces negras, salió a atenderlo sin ninguna medida de seguridad. Mientras ella cruzaba palabras con papá, quise gritarles que se alejaran, que mantuvieran los dos metros de distancia debidos, pero solo suspiré con amargura: eso era el Perú. No había consciencia de que el virus enviaba a los crematorios de ochenta a cien compatriotas por día.

Nada había cambiado.

Y papá era lo que se decía «persona de riesgo». Se obligaría a una pulseada con la muerte si esa mujer estaba contagiada y una de sus contaminadas gotículas, que se expulsan al hablar, se le metía en el cuerpo a través de sus ojos. La empresa no se haría responsable.

El sol quemaba, como si anduviera de pésimo humor, y me comenzó a doler la cabeza. Sentí ganas de vomitar, quizás de tanto subibaja o por la bilis en mi estómago vacío.

Finalmente, la señora firmó un documento con el mismo lapicero que papá guardaría en el bolsillo de su camisa.

Otra vez en el auto, mi viejo tomó un recipiente de plástico de debajo de la radio y se untó las manos: como si ese líquido que olía a fresas mezcladas con alcohol fuese a salvar su vida.

—Sabes que ese gel no mata al virus, ¿verdad?

—¿Quién dice? —le prestaba más atención a la hoja que tenía en sus manos. Tachó un nombre de la lista con su lapicero.

—¿Cómo que quién dice? —desaprobé su respuesta—. La Organización Mundial de la Salud. Mira, —leí la etiqueta del frasquito— aquí está: «antibacterial».  La covid no es una bacteria sino un virus. Tienes que usar tu careta siempre, por favor —le dije—. Y no le prestes tu lapicero a nadie. ¿O te quieres morir? —me enfadé—. Los clientes deberían de protegerse por respeto a ti. ¿No puedes llamarlos antes y decirles que hay un protocolo?  Si ellos se quieren morir, que se mueran, pues, pero no tú. ¡No te vas a morir por cien soles!

—No pasa nada, hijo —papá trató de calmarme, pero yo lo veía entubado en una cama de cuidados intensivos—. Tranquilo.

—¿Cómo esperas que esté tranquilo después de todo lo que hemos pasado? La suerte no estará contigo siempre. ¿No te dice nada esa cicatriz en tu cuello?

2018. Las citas eran por orden de llegada en ese consultorio. A las siete de la noche, hora en que comenzaba la atención, papá y yo fuimos los primeros en sentarnos en esos sillones duros. La asistenta, una joven de brackets, entretenida con un celular rosado, nos había dicho que el doctor no tardaría en llegar, recién acababa su turno en el Hospital de Enfermedades Neoplásicas, a pocas cuadras de allí.

Ya eran las nueve y, como los asientos ya estaban todos ocupados, dos hombres aguardaban apoyados en una pared. Su color azul marino transmitía frío.

Como cada día era más extenuante que el anterior, sin darnos cuenta las quijadas de papá y la mía fueron vencidas por el cansancio acumulado. Nos despertó la aparición de un viejo alto y desgarbado en la sala. Generaba un aura de ensoñación con esa gabardina de detective que le llegaba hasta los tobillos. Aún somnoliento, papá me dio un codazo y me dijo en voz baja ¿y ese Cochero de Drácula de dónde salió? El reloj de pared indicaba que eran casi las diez y media cuando la asistenta, con impostada simpatía, abrió la puerta del consultorio y llamó: ¡paciente Palomari!

Papá y yo nos levantamos disimulando las risas. Con que ese era el doctor.

El Cochero de Drácula cruzaba sus manos velludas sobre el escritorio. Encima de su frente salpicada de lunares colgaba el Sagrado Corazón de Jesús. Con esos ojos grandes y sobresalientes, el doctor nos examinó, dijo «asiento» y pidió que le alcanzáramos el expediente médico de papá.

Queríamos una segunda opinión.

Tras un vistazo rápido, en el cual emitió sonidos como «ujum», «ujum» al pasar de hoja en hoja con esos dedos de monstruo, el Cochero confirmó lo que la Eminencia del Rebagliati ya le había anticipado a papá: su cáncer no se desarrolló. ¿Cómo que no se desarrolló?, le pregunté al viejo mientras salíamos del complejo hospitalario de Jesús María. No creía en milagros, pero ese parecía uno.

No hay, pues, me contestó papá con la misma mueca de extrañamiento que heredé de él: las cejas levantadas y el labio inferior como en un puchero.

El diagnóstico final era Epstein-Barr o la enfermedad del beso (se le llama así porque se propaga a través de la saliva), un virus que puede ocasionar ciertos tipos de cáncer, como el linfoma. «Es una infección viral. Solo eso», nos había dicho el cachetón Arróspide. «No se preocupe, ya pasará». En la consulta con el Cochero, recordé su gangosa voz y otra vez sentí vergüenza ajena por su dentadura voladora.

—Usted no tiene cáncer, señor —repitió el Cochero.

Con que papá se había salvado, aunque solo de momento.

—Este virus puede permanecer en su organismo hasta dentro de un año, señor Palomari. Si se descuida, podría reactivarse. Los profesionales de la salud siempre vamos a estar a su disposición, pero no se olvide que quien da y quita la vida es este pelucón que está acá detrás de mí. Hace seis años yo tuve un tumor en el páncreas. Me moría, señor Palomari. Usted no quiere saber todo el dolor que sentí —se puso de pie y se desabotonó la camisa para que viéramos el tajo que partía su tórax—. ¿Pero ve? —se cubrió, se sentó, dio un suspiro y continuó—: Le recé al bravo de acá atrás y le pedí una oportunidad más. Le juré que, si me lo permitía, yo iba a dedicar toda mi vida a servir a pacientes oncológicos. Y aquí estoy, señor Palomari, cumpliendo con mi palabra. No se olvide de que la medicina es 50% de ciencia, en la que mis conocimientos y las herramientas intervienen para salvar al enfermo, y 50% Dios, eso ya no depende de nosotros.

Probabilidades.

—Usted es un buen hombre —añadió el Cochero—. La presencia de su hijo me lo confirma. Hay mucha gente que viene sola, ¿sabe? Tome esto como un llamado de atención. Comience a valorar lo que realmente es importante.

Miré a papá de reojo y noté que contenía sus lágrimas.

El Cochero preguntó:

—¿Los puedo ayudar con algo más?

Negamos con la cabeza.

—Cuida a tu viejo —me dijo con voz de ultratumba.

Contentos, esa noche celebramos la vida en una pollería de la avenida Aviación. Como un pintor de expresionismo abstracto, papá llenó sus papas con harta mayonesa, mostaza, ketchup y full ají. Cortó un pedazo de su jugosa pierna y dio un bocado y luego sorbió su vaso con Inca Kola helada con una mueca de goce que no le conocía.

—Disfrútalo mucho porque de ahora en adelante solo vas a comer esto una vez a las quinientas —le advertí—. No te has salvado del todo.

La Eminencia le sugirió que continuara chequeándose. Papá volvió a conversar con él, pero solo una vez. Si seguimiento que le hacían se suspendió por la pandemia: el seguro social solo atendía a coronapositivos. Su cita se postergaba indefinidamente.

—La siguiente entrega la haré yo —le dije a papá con la antipática confianza del que se siente inmune como un superhéroe, Covidman, ¡já!, mientras el mundo entero vive confinado, cuidándose de un monstruo genocida.

Los especialistas en la SARS-CoV-2 dudaban si era posible que los recuperados se volvieran a contagiar, si una reinfección sería más agresiva, pero, como si la calle fuese mía, absorbía cierto poder del suelo al caminar decidido, pisando con toda la planta del pie, con una laptop en caja, rumbo a la casa de ese cliente de Surco. Nadie transitaba por sus parques con perros hechos de arbustos; ocasionalmente, aparecía un venezolano en bicicleta cargando una caja amarilla en su espalda: una pizza, un pollo a la brasa, cervezas, vino, tres leches. Imaginé a mamá, a Mascota y al Diego recibiendo en la sala el aire purificado por esos árboles vigorosos; y a Mamá Soltera oyendo el canto de los pajaritos y contemplando ese inaudito cielo azul en Lima, esperando su delivery: una delicatesen 100% saludable que le alegraría la mañana.

—Tu mamá está con plata, ¿ah? —comentó papá cuando regresé al auto. Su mirada se dirigía hacia esos vecindarios apacibles—. Un depa por aquí no te vale menos de mil quinientos soles al mes, ah. Aunque los alquileres deben de haber bajado por la crisis, ¿no?

—No sé si tendrá plata, pero vendió todo. Todas sus cosas las vendió. Y se llevó hasta los focos del departamento.

—¡Tu mamá se pasa! —se rio papá.

—La comodidad implica ciertos sacrificios —dije.

Como que yo tenga que salir para que tú te quedes protegido dentro de este carro, pensé.

Volvimos a San Juan, dejé más portátiles. El teletrabajo o trabajo remoto los había convertido en objetos de primera necesidad, y también a nosotros: los delivery. Era casi mediodía. En Ciudad de Dios ya había tráfico, desorden. Cruzamos una aglomeración andante de coloridas bolsas de rafia, y nos desviamos por un jirón repleto de meretrices en las puertas de hostales estrafalarios: Dubái, Sahara, París, Hawái.

En la entrada a Villa María del Triunfo, un grupo de jóvenes empujaba balones de oxígeno hacia el hospital María Auxiliadora, que era rodeado un cerco humano. Gente rogando por atención. Unos días antes leí que un joven había muerto en su estacionamiento, en una camilla. Nadie se hizo cargo de él. La denunciante del caso era su tía. El color opaco de los pabellones y de sus muros se reflejaban en el cielo, que en esa zona se volvía tenebroso. La otra opción de asistencia sanitaria eran las clínicas: desde fines de abril, ya acogían a los apestados, aunque su internamiento podía costar hasta medio millón de soles. Eso no garantizaba que el paciente sobreviviera. Como fuere, cobrarían por su servicio, y se aseguraban el pago pidiendo el desembolso de una garantía previa hospitalización.

—Son unas mierdas —papá comentaba las noticias de la radio—. Pon música mejor.

Cambié a una emisora de rock. Escuchamos uno-dos-ultraviolento, uno dos ultraviolento, uno dos ultraviolento, ¡uno!, ¡dos!, ¡ultraviolento, oh! mientras ascendimos por esos cerros que eran visibles desde la canchita de fútbol de mi cuadra.

La noche en Villa El Salvador era aún más negra. Las tranqueras impedían el acceso en auto hacia las desembocaduras de tierra dura, lo que sugería que un vecino ya había sido asaltado. Tenía que caminar doscientos o trescientos metros, y no faltaban las jaurías que emergían de la nada y que me rugían con rabia, como para que no me acercara a las viviendas de sus amos. A lo lejos, en lo que parecía una losa deportiva, brillaba como una estrellita naranja. Se movía circularmente, de boca en boca, entre los muchachos de un grupo.

—Aquí no hay cuarentena —le dije a papá al regresar al carro.

—Gente ignorante, pues, hijo. ¿Qué les puedes pedir si no han recibido educación? ¿Tú observas la presencia del Estado por aquí acaso?

Subí las escaleras de casa muy agotado. Ya conocía ese abatimiento físico y mental, cero ganas de escribir: los trabajos alimenticios son incompatibles con la profesión literaria. Fui a la habitación de mamá y cerré la tapa de su inodoro y también la puerta de su baño para que ningún insecto escapara de allí. En la cocina me preparé un té con limón. Mamá solo me había dejado un gastado hervidor eléctrico.

Mi abuelo había tenido que instalar un par de focos para que no viviera a oscuras. Eran de esos antiguos, de luces amarillas que redoblan el cansancio y la tristeza.  

Esa era mi casa.

Al menos papá estaba sano.

Al menos mi madre y mi hermana vivían en un distrito mejor.

Al menos eso era lo que creía yo.

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Parte 3

Capítulo II: El peligro se ha vuelto cotidiano

Fui apartado a la esquina de la mesa. Había pasado más de un mes desde que los doctores me excarcelaron, y una semana desde que entré de nuevo en la primera planta para saludar a mis abuelitos, pero aún contenían la respiración cada vez que pasaba por su costado y me servían la comida y la bebida en platos y vasos descartables y preferían que, en lo posible, me mantuviera callado, mejor si tragaba y me cubría con la mascarilla ya, de modo que mi participación en ese almuerzo por el día de la madre se limitaba a un reiterativo asentimiento con la cabeza cuando mamá me preguntaba: ¿no, hijito?, ¿no, hijo?

Era una fecha doblemente especial porque después de casi tres meses, desde que me fui de viaje, volvíamos a reunirnos todos en un mismo ambiente. Todos excepto mis tías, sus esposos, mis primos, ¡ah!: y el Diego. No se querían exponer de ninguna manera al contagio en esa sala pequeña donde había un cuadro de la Virgen María, y un aparador con alcoholes en gel, un aerosol que eliminaba el 99,99% de virus (menos la covid-19), termómetro por infrarrojo como una pistolita de láser, oxímetro y mascarillas embolsadas que envió la más pudiente de las hijas del Ugartino Valiente.

En la cabecera, a cuatro metros de distancia de mis exhalaciones, enmarcado por un televisor que ocupaba la mitad de la pared, mi abuelo monologaba —en realidad repetía lo que había oído en un programa político de ultraderecha— sobre la pésima gestión de nuestro presidente para enfrentar la crisis sanitaria y económica, y mamá dudaba y le decía: ¿sí, papi?, ¿estás seguro, papi?

—Pero yo he escuchado que…

—¡¿De Cuba?! ¿Has dicho de Cuba, hijita? —mi abuelo alzó la voz. Su sordera y su fanatismo ideológico le jugaban mal—. Eso de los doctores de Cuba es pura propaganda, hijita. No pueden ni con ellos mismos, ¿crees que van a mandar ayuda? ¿No has visto como están en Venezuela acaso? Así son las izquierdas, hijita: pobreza y atraso nada más.

—No, papi —dijo mamá.

—¿Cómo que no? —mi abuelo cruzó los brazos, estiró las piernas. Su cabeza se había cubierto de canas. La reactivación económica incluía la reapertura de servicios como los salones de belleza, aunque era riesgoso hasta acudir donde la peluquera de confianza para teñirse el cabello—. Mira, hijita…

Mamá lo interrumpió:

—Te decía que he escuchado que repartirán otro bono… No dije nada de Cuba, papi.

—¿En serio estás creyendo en eso, hijita? ¿Bono? —se mofó el Ugartino Valiente.

Mamá contrajo sus labios. Su mirada se notaba reposada, como si la mudanza le hubiera desinflamado los pómulos y revitalizado las comisuras exteriores de unos ojos oscuros que yo recordaba manchados de sangre. Había vivido los últimos quince años en el segundo piso de la casa de sus padres, en un departamento que, con su permiso, yo ocuparía hasta que alguien lo alquilase: ese era nuestro trato, una ayuda para mí.

Quizás a mamá le hacía bien no tener que oír a cada rato los «mira, hijita» que subestimaban sus pensamientos. Desde hacía mucho, ya no se sentía cómoda en San Juan. Necesitaba irse, desarraigarse, traspasar las fronteras del distrito para crecer, o era así como yo lo interpretaba desde mi punto de vista, el de un joven que comenzaba a asumir las responsabilidades del mundo adulto: comprar su propio papel higiénico, desinfectar el inodoro, barrer y trapear, cocinar. En realidad, mamá esperaba que esas tres semanas de viaje por Europa me estimulasen a la «independización», yo ya tenía treinta años —tenía veintiocho pero a ella le gustaba redondear mi edad— y era hora de que me valiera por mi cuenta, ¿no crees, hijo?, pero yo me había enfermado, y mi cerebro sancochándose a treinta nueve grados Celsius no me estimulaba en absoluto a la «independización», solo deseaba que ese dolor se terminara, y mamá claro que lo entendía, pero ya te has recuperado, hijo, y, en la Semana Santa de abril, luego de que Moisés dividiera las aguas del mar delante de nosotros, me dijo que se mudaría a Surco.

Y no había espacio para mí, aunque siempre podía visitarla y dormir en ese sofá cama de resortes punzantes en el que estábamos sentados.

—¿Tú qué opinas, hijo? —mamá parpadeó despacio, como si aceptara que mis conclusiones sobre su vida eran ciertas—. O ya cobraste tu bono, ¿ah?

No. Como muchos peruanos, no había recibido ninguna ayuda del Gobierno, y como muchos peruanos también me desesperaba, se me agotaban los quinientos dólares que la editorial de Escritor Amigo me había adelantado por mi historia; aun así, era un mejor trato que el de la otra editorial que solo me ofrecía el prestigio de su sello junto a mi nombre como único pago… si es que a eso se le podía llamar pago.

Solté el tenedorcito de plástico encima del tecnopor donde comí, con una servilleta limpié mi boca y me la tapé con esa sedosa capa de polipropileno celeste que retenía mi aliento solo para que mi abuelo no entrase en pánico, y dije:

—No, mamá. No he recibido nada.

—Ni te van a dar nada por caviar —dijo el Ugartino Valiente.

Y antes de que retomara su postura crítica, mi abuela prendió el televisor y le entregó el control remoto a mi hermana para que pusiera música.

—Pero no queremos escuchar tus canciones, todas feas —advirtió mamá, una oyente de Ritmo Romántica que le hacía ascos al reggaetón.

—¿Entonces qué? —se picó Mascota—. ¿Tu música vieja y triste?

—Pon un huaynito —propuso mi abuelo, medio en broma. Mi abuela estaba de pie y recogía la mesa. Se retiraba ese penetrante olorcito a Ají de gallina cuando se escucharon las carcajadas de una casa vecina. De inmediato, extrañé el humor ácido de mis tías: sabían reírse de sí mismas con el mismo desparpajo con el que se burlaban de sus ex esposos—. O mejor un valsecito.

—¿Cuál?

—Dame el control —intervine.

El Ugartino Valiente frunció sus cejas, levantó el brazo y detuvo a mi hermana. No quería que mi piel infecta tocase nada de su apartamento.

—Pon El Plebeyo —le dije.

—Este comunista —murmuró mi abuelo.

—El Plebeyo —repetí.

—¿Cómo se escribe? —preguntó Mascota.

Le deletreé la palabra y un minuto después unos dedos virtuosos comenzaron a puntear el mástil de una guitarra de palo, mientras otra guitarra hacía ran ran, ran ran, y dos manos golpeaban un cajón que sonaba como el elegante trajinar de un caballo de paso, y con una voz ronca y profunda Eva Ayllón cantaba «La noche cubre ya con su negro crespón la ciudad, las calles, que cruza la gente con pausada acción», y no sé por qué esos sonidos de la vieja Lima me levantaron de la silla y le ofrecí mi brazo a mamá.

Fue en París la última vez que sentí un impulso parecido.

Como intuí, Antoine no me contestaba el celular. Supuse que su velada había acabado muy tarde, aún no se reponía, o andaba muy ocupado, e intenté con la peruana con la que me contactó telefónicamente.

—Allô? —me contestó.

Y me dijo que la fiebre no le había permitido dormir, la fastidiaba su garganta y no quería exponerme al contagio. Dijo que Antoine era un hombre de palabra, aunque un poco loco y muy bohemio, eso sí. Al despedirse, me aconsejó que me cuidara. «Los resfriados durante el invierno europeo son más agresivos que en Lima. No te confíes. Este sol parisino es traidor», dijo sobre los rayos que iluminaban esa tarde, anticipándose a la primavera.

Mi estómago sonó, no sé si por hambre o porque se me había descompuesto la tubería.

No tenía apetito pero sospechaba que lo mejor para mi bolsillo sería buscar un restaurante cerca de mi alojamiento de la periferia de París. Encontré una pizzería donde apenas cabían cuatro personas. Sus precios eran como para procedentes de naciones con una moneda que vale cuatro veces menos que el euro. Esperé mi orden mientras dos árabes fumaban muy cerca de mí. Las espirales grises que surgían de sus dedos me incitaban a probar el tabaco otra vez, pero sumaba cinco años sin contaminar mis pulmones. Igual, parecía que en cualquier lugar de Francia me encontraría con algún adicto a la nicotina: el cigarro era la principal causa de muerte en ese país.

Recogí mi caja de pizza, volví al edificio y almorcé en mi habitación, paladeando el ahumado sabor del salami, con cierta culpa que se concentraba en un forúnculo que crecía en la punta de mi nariz, producto de tanta chatarra. Como fuere, la congoja por la soledad casi había desaparecido, y, entusiasta por la cafeína de una lata fría, y refrescado por una necesaria ducha, me convencí de que no perdería nada yendo a la Gaité Lyrique. Total, me había comprado esa tarjeta con la que podía realizar cuantos viajes quisiera en el transporte público de Francia durante una semana.

Esa vez no me costó tanto encontrar el lugar. La fachada de la Gaité Lyrique era de estilo colonial, como las que rodean la plaza San Martín de Lima, y frente a ella merodeaba gente que se había vestido como para una pasarela o fiesta de glamur: no era lo que se identificaba como un «público de concierto de rock». ¿Estaba en el lugar correcto? Sí, esa era la Gaité Lyrique, me dijeron. Pregunté por la lista de invitados a los bien trajeados miembros de seguridad, camisa blanca y corbatita michi. Les di mi nombre y me dejaron pasar. A continuación, una joven risueña, blusa y falda corta negras, me colocó una pulsera anaranjada en la muñeca que decía Les Inrocks Festival 2020.

Busqué a Antoine en aquel espacioso vestíbulo, digno de una mansión, con unas luces que emblanquecían hasta el rincón más alejado, pero no lo vi ni en la zona de entrevistas ni donde vendían suvenires ni en ninguna parte, y su celular ya se había apagado. Ni modo. Subí por unas escalinatas palaciegas hacia la sala de conciertos, según me indicó una pelirroja.

Fuera del auditorio, había un rectángulo plástico de luces fucsias donde seis jóvenes tiraban hacia abajo las palancas de unos chopp que preservaban la cebada en su temperatura ideal. Acodado en esa barra, a las cinco de la tarde, bebiendo y esperando el primer show, me crucé con Jacqueline, una solitaria francesa que había vivido en Colombia y que dominaba el castellano, parce. Era bajita, con una chaqueta de cuero que se ceñía a su magra espalda. Apenas había oído de las bandas del festival. Dijo que, como a mí, la habían anotado en la lista pocos días atrás.

Fuimos de los primeros en cruzar el umbral hacia esa oscura caja del tamaño de dos playas de estacionamiento. En el escenario ya se acomodaba una orquesta que entonaría melodías árabes con letras en francés y percusión africana. Me sorprendió que no hubiera más de cincuenta personas cuando desinstalaban sus instrumentos para cederle el proscenio a la siguiente agrupación. Jacqueline me explicó: en Francia había seiscientos contagiados, incluyendo un diputado en el hospital, y nueve muertos por la covid-19.

En Perú apenas se había confirmado un caso, justo esa tarde, era el tema del día en Facebook, y el país entero ya entró en paranoia, le comenté. Ella se encogió de hombros. «¿Tú no le temes a esa enfermedad?», la interrogué mientras íbamos a recargar nuestros vasos. Dijo que en Europa estaban acostumbrados a esas amenazas. Gripe porcina, Ébola. «Además, después del tiempo que viví en Cali, casi nada me asusta», confesó. Le habían robado su laptop, la habían golpeado. Unos tipos en moto, dijo. Su piel se había azulado por una luz proyectada desde el frente.

«Sudamérica es salvaje. Lo lamento», suspiré.

Poco a poco, el auditorio se fue llenando de estiradas siluetas que ensombrecieron nuestra visión. En el tercer o cuarto acto, Jacqueline dijo que iría hacia adelante, atraída por tres flacos pelucones y un baterista que vapuleaba sus tambores y platillos con un ritmo acelerado y trepidante que incitaba a saltar como ya lo hacía una pandilla delante de mí.

El público se había calentado, wuuuu gritaban las mujeres, y las siluetas comenzaron empujarse con los hombros, con los codos, con las manos, hasta que se formó un círculo magnético en medio del auditorio, esa ronda de demolición carnal llamada pogo, que atraía a más y más gente en cada uno de sus giros. El vaho que emanaba de los aparatos respiratorios de sus participantes era como un espectáculo adicional, fotográfico. Contemplé esa hermosa imagen y, aunque no fuera lo más adecuado debido a las circunstancias, me lancé hacia el centro de aquella vorágine donde recibí puñetes, rodillazos y patadas, y también repartí lo propio dando vueltas con los ojos cerrados, la cerveza salpicándonos a todos. De esa rojiza explosión de adrenalina no se quiso perder ni siquiera el cantante de MNNQNS, quien se aventó hacia nosotros con la guitarra puesta al término de la presentación, y fue celebrado con abrazos y jaloneadas.

Salí agitado de esa pequeña guerra, y con un leve mareo me reí de mis compatriotas: la vida continuaba como si nada en París, con intensos pogos, mientras que en Lima se respiraba con un terror sin fundamentos.

Evitando el contacto con los vibrantes cuerpos que volvían a su sitio luego del desmadre, Jacqueline se me acercó y me dijo que iría al baño.

No les daba mayor importancia a las reuniones familiares. Era el primero en abandonar los almuerzos y las cenas con más de cuatro personas. No era que me escociese de aburrimiento, pero ya me había memorizado las anécdotas del Ugartino Valiente y predecía la canción con que mi tía nos «sorprendería» tras una de Juan Gabriel. Por eso, preferí ir a la playa con Mamá Soltera en vez del ágape de bienvenida de mi madre, Mascota y mis abuelos… y el Diego. Quizás estaba demasiado confiado en que ese encuentro ocurriría como era cotidiano una de esas tardes o noches vecinas, antes de la quincena de marzo, pero de un momento a otro, así son las tragedias, el mundo entero se había enfermado, conmigo en lista, y dentro de las consecuencias no solo había daños físicos y económicos sino también emocionales por la soledad, por la separación a la que nos obligaba este bicho.

Arrinconado en la mesa, observando la interacción de mi familia, me di cuenta de que había añorado ese momento en que las distintas generaciones se juntan en torno al vapor de una olla para celebrar la vida, y que las estridentes risas de mis tías, la inocencia en las caritas de mis primos menores, esos toscos modales de Mascota y la a veces intensa y preocupada manera de existir de mamá, a ratos su tranquilidad de santa, así como la tozudez ideológica del Ugartino Valiente y el cariño que mi abuela transfiguraba en sabrosos arroces con aromáticos guisos eran parte esencial de lo que yo llamaría mi patria.

La idea de vivir solo siempre me había entusiasmado, porque los escritores necesitamos de cierto aislamiento para concentrarnos en la historia que queremos contar. Envidiaba a mis colegas que trabajaban en amplios y silenciosos espacios, y creí que, desde la partida de mamá y compañía, mis sesiones de escritura ya no serían interrumpidas justo en el pico de la inspiración porque había que ir al mercado a comprar medio kilo de papas o cebollas. Por el contrario, sin el reggaetón de Mascota y sin ese odioso concierto de Héctor Lavoe machacándome los tímpanos, me pasaría todo el día tecleando sin parar, como poseído. Pero apenas pude concluir dos párrafos durante esa semana que habité a solas el departamento. No fluían las palabras sobre mi experiencia con la covid-19. Quería hablar de mamá, de mi melancolía, del quiebre que sentimos al darnos cuenta de que hemos entregado partes irremplazables de nuestras vidas a una empresa sombría y estéril en vez de gozar de las luces que resplandecen alrededor.

De repente esa fue la razón por la que, como nunca, brinqué de la silla y la saqué a bailar. Ella, mascarilla puesta, se esforzaba por seguir mis pasos, la mirada fija en mi torpe un dos tres un dos tres. Más que disfrutar naturalmente de la canción —ya sonaba otro vals: «Todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol»—, evitaba pisar sus uñas recién pintadas de rojo.

Con un poco más de confianza, aunque descoordinados por genética, comenzamos a girar despacio sobre nuestro eje. Mamá retiraba su pie con mucha prisa para que ineptitud no la lastimara, pero ese distanciamiento en vez de separarnos nos unía. Como la mudanza, como la pandemia, como el parto. Danzando entre los brazos de mi madre, como si fuese un bebé arrullado, parecía que todo lo denso ya había pasado, pero era domingo, pronto acabarían los valses y empezarían otra vez los dominicales periodísticos, las malas noticias, el conteo en tiempo real de los fallecidos, el ascenso del Perú en el ranking mundial de la muerte.

Mi hermana remató mi preocupación. Dijo que papá estaba trabajando como repartidor de una tienda por departamentos.

—Pero si papá no puede salir —le dije.

—Ah, no sé —Mascota se encogió de hombros—. Así me contó él. Ya llega el taxi, má. Vamos.

Acompañé a mamá y a mi hermana a la calle. En el cielo había una preciosa media luna. Algunos vecinos enmascarados se dirigían hacia la esquina con sus bolsas llenas de desperdicios. Aún faltaban dos horas para el toque de queda. Un taxi blanco se detuvo delante de nosotros. «¿Metí las llaves?», dudó mamá, y revisó su cartera.

—Hijo, te traje esto —recordó. Me entregó una bolsa negra con un objeto cilíndrico y metálico—. Espero que no lo necesites.

Un insecticida. Mascota ya se había acomodado en el asiento de atrás. Mamá la siguió. El auto partió justo cuando una señora se acercaba con su nerviosa perrita Shih Tzu. Sacar a las mascotas era la excusa perfecta para salir de casa. Yo no tenía esa justificación —mamá también se había llevado a Mini—, pero me servía de otra.

Volví al primer piso y le pregunté a mi abuela si había basura. Se metió al baño, a la cocina y me dio tres costales negros.

Hice una travesura en mi vereda: me saqué la mascarilla. El aire frío de mayo parecía mucho más limpio, puro, incluso tenía un olor agradable. Me disponía a entrar en mi casa cuando dos chiquillos abrazados, con una lata de cerveza cada uno, doblaban la esquina y cruzaban por mi cuadra con los rostros descubiertos.

Deseé que ninguno de esos imbéciles se cruzara con alguien de mi familia.

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Parte 3

Capítulo I: El Perú te persigue por todos lados

Había leído lo dura que fue París con los peruanos atraídos por su bohemia durante el siglo XX, cuando convertirse en un artista de verdad implicaba habitar un tiempo en la capital francesa que era también el centro de la cultura occidental. César Vallejo dormía en sus estaciones de metro, comía de vez en cuando, solo papas, y se quejaba del horroroso frío; y el matrimonio de Fernando De Szyszlo con Blanca Varela, de lo caro que era vivir alrededor de la torre Eiffel.

Los elevados precios de alimentos y vivienda se justificaban porque todo el mundo quería visitar esa ciudad romantizada en las películas, donde un puente casi se hunde por el peso de los candados de amor que miles y miles de parejas sellaron sobre él. Los propietarios inmobiliarios de París aprovechaban la ley de la oferta y la demanda al punto de que pasar la noche durmiendo en una de las sillas de una oficina costaba veinte euros, por lo que me alojé en una habitación de la periferia norte llamada Épinay-sur-Seine.

En su cama de una plaza desperté la mañana del 5 de marzo, todavía resaqueado por el vino que bebí a solas la noche anterior. Mi anfitrión ya iba en camino al funeral de su tío en Normandía, lo que parecía un golpe de fortuna para mí, con lo costoso que hubiera sido alquilar un departamento, ahora tenía todo un piso a mi disposición. Pero, como un presagio, había comenzado el día con un dolor de tripas que acusaba a esa botella de cabernet sauvignon de tres euros, y fue demasiado tarde cuando me di cuenta del error que había sido no encender el horno sino el más eficiente microondas para calentar unos trocitos de anchovetas empanizadas. Había presionado el botón incorrecto, no el que creí que abriría la puerta sino uno que lo activó y el plato del interior comenzó a girar.

Creí que esos ruidos de emisión de rayos X cesarían en algún momento, dentro de dos minutos, o dentro de cinco minutos, o dentro de diez minutos, pero ya habían pasado veinte minutos y esa cosa no se cansaba. Quise desenchufarla de la corriente, pero la toma estaba justo detrás del frigider donde se apoyaba esa caja blanca y amenazante. Traté de moverla y una descarga de electricidad me hizo replantear mis acciones. Temí que mi torpeza provocase una catástrofe.

Respiré y llamé a mi anfitrión. No contestó. El faraón egipcio con chaleco antibalas que me miraba desde la sala del departamento me había dado mala espina desde que llegué. ¿Era parte de la maldición de los peruanos en Francia?

Me planteé los peores escenarios, como que dentro de unos minutos el microondas explotase, matándome de un certero impacto de plástico, o que, si iba a la calle, el microondas igual explotaría, la cocina ardería en fuego y todo ese edificio con pinta de haber sido atacado en la Segunda Guerra Mundial se quemaría por culpa de un sudamericano hambriento que se resistía a pagar más de cinco euros por un desayuno. ¿Cuántos años de cárcel me darían por eso? Mi anfitrión diría que actué por resentimiento, que incendié su depa porque no me invitó a beber con sus amigas el día anterior. ¿Eso calificaba como crimen de odio?

Busqué manuales del electrodoméstico en Internet. No encontré nada que sirviera. Quizás la vecina me podría ayudar. Salí del departamento, toqué su puerta pero nadie me atendió. Regresé a la cocina. El plato interior del microondas seguía dando vueltas. Pensaba en lo ridículo que sería no haberme contagiado de ese coronavirus y morir por intentar que se cocinaran unas anchovetas empanizadas y precocidas. No sé en qué momento de iluminación dejé de presionar los botones y en cambio deslicé uno de ellos, con forma de trapecio, y milagrosamente la puerta se abrió y por fin todo movimiento se detuvo.

Esa confusión en el desayuno me convenció de que tenía que olvidarme del ahorro, necesitaba comer en la calle, en realidad necesitaba comer porque las comisuras de mi boca se habían enrojecido, una señal de mala nutrición.

Ese día a las seis de la tarde habría un conversatorio con Leila Slimani, la sensación de las letras francesas. Era gratis y ya había reservado un asiento del auditorio por Internet. Recién eran las doce y hacía un poco de sol, a pesar del invierno. Quizás era una buena hora para salir, antes de tocar otro artefacto. Cargué mis cosas en un bolso —dos ejemplares de mi libro, uno para Leila, el otro para algún editor, audífonos, celular y llaves—, y fui a la calle y caminé durante media hora hasta la estación ferroviaria más cercana.

Luego de perderme en el subterráneo sistema de transporte francés, por fin ascendí por las escaleras que llevaban a la plaza de Bastilla, símbolo de la Revolución de las guillotinas, con turistas que se fotografiaban con ella como fondo.

Desde allí, fui sin rumbo por librerías en busca de textos usados, pero no encontré nada interesante en mi idioma ni en inglés. Hambriento y sediento, pero animado porque me embutiría un prometedor almuercito en París, me puse a revisar las pizarras de menú en las esquinas de esas anchas avenidas, y fui espantado por unos precios por los que toda una familia peruana comería una semana (bien dicen: «el que convierte no se divierte»), y di media vuelta con el rostro del que quiere disimular su tropiezo, y caminé evitando mi reflejo de pobre en las vitrinas de los restaurantes, comprendiendo por qué el poeta Charles Baudelaire odiaba la Ciudad Luz.

Los únicos restaurantes compatibles con mi presupuesto eran los chinos, ocultos en callecitas poco transitadas, pero cada día se hablaba más de ese maldito virus asiático, y me acobardaba la suerte de los peruanos en París. Vallejo había muerto en uno de sus hospitales sin que se supiera la causa: si fue tuberculosis, infección intestinal, malaria o muerto de hambre. Lo último era horrendo, así que me metí en el McDonald’s de la rue Berger, que como únicos comensales tenía a dos familias mexicanas. Pero Blanca Varela no había conocido a Octavio Paz, promotor de su primer poemario, en un fast-food parisino.

Mientras masticaba con desgano una Big Mac, sintiéndome idiota por estar en Francia con los dedos brillosos por la fritanga gringa, tuve esa sensación en la nuca de quien es observado. En efecto, giré el cuello y descubrí que un barbudo me miraba desde el corredor de los servicios higiénicos, a unos cuatro metros de mí. Me arrepentí de haberle sostenido la mirada por veinte segundos, porque esas manos mugrientas ya se acercaban y no sabía con qué fin.

Recordé un episodio similar en Luxemburgo.

Conversaba en mi stand con unos editores españoles cuando un borracho irrumpió en la feria. Había sido arrojado por las puertas giratorias de la entrada y su rictus delataba el esfuerzo que hacía para caminar en línea recta. Podía tratarse de una persona con algún problema motor, pero intuía que ese hombre descuajeringado era un peruano, y al notar que lo escudriñaba —había subestimado su conciencia— vino directo hacia mí y como un resorte extendió su brazo para que lo saludara. Su cara estaba cortada por cicatrices. Mi gesto desconcertado pedía ayuda a los españoles pero mantuvieron un respetuoso silencio.

Apreté esa mano rugosa y oí su saludo: «Habla, chochera. Yo soy del Callao, ¿de qué parte del Perú eres, ah?». Cogió uno de los libros de la mesa. Miró mi foto en la solapa y dijo que no era lector, pero que su padre había sido un hombre culto que lo bautizó como Shakespeare. Al oír las risitas de los españoles, supuse que la ebriedad estaba hablando por él o que me quería tomar el pelo. «¿No me crees, causita?». Sacó su pasaporte y con su uña negra subrayó su nombre de pila. Chekspir Roberto, así se llamaba. De todos los que pasaron por mi stand, este Chekspir sudaca fue el único que pidió que le hiciera un descuento. «Soy peruano, tengo que regatearte», dijo, y de los bolsillos de su casaca de cuero sacó una bolsita llena de monedas, tantas como las que tendría un limosnero. «Te invito un pisco sour», me dijo a continuación. Mi excusa fue que debía de permanecer en el stand. «Te lo pierdes», sonrió. Deslizó el cierre de su casaca y guardó mi libro dentro. «Te voy a tener aquí en mi pecho para no olvidarme de leer tus cuentos. Más te vale que estén buenos», dijo antes de marcharse caminando en zigzag. «Vaya tío», comentó uno de los editores españoles que un rato después me invitaría a escribir en su revista.

La historia con mi paisano Chekspir no acabaría allí. Cuando fui al patio de comidas, a la hora de la cena, lo vi caminando en cámara lenta para que no se le derramaran los dos pisco sour que apoyaba en cada pectoral. Por desgracia, no serían lo único que acabaría en el suelo. Tropezó con un cable y cayó de cara, dejando todo el licor esparcido junto a mi libro, que se había desprendido por el accidente. Unos compatriotas, con camisetas rojiblancas, lo auxiliaron. De inmediato, dos hombres con trajes fosforescentes limpiaron y colocaron un cartelito amarillo para que no hubiera más exabruptos. Mientras tanto, mi libro continuaba tirado. Me daba un poco de vergüenza todo eso. Luego de ponerse de pie, Chekspir palpó su pecho y notó que algo faltaba. Con sus ojos inyectados de licor buscó en el piso y recogió ese conjunto de cuentos por el que había pagado nueve euros. Y compró otros dos vasos de pisco sour como si nada hubiera pasado.

El hombre de las manos sucias del McDonald’s ya se había plantado en frente de mí. No parecía ofendido ni violento. Quise ignorarlo, pero su cercanía me era incómoda. ¿Otro peruano? ¿Es que es imposible liberarte de la sombra de tu propio país?, me preguntaba. Con una mueca de fastidio, traté de ahuyentar al mirón. Pero parecía muy decidido. Me resigné. «¿Peruano?», dije amigablemente. El tipo negó y apuntó con un dedo el corredor de los servicios. Luego señaló la moneda que me habían entregado en la caja y que había dejado al lado de mi hamburguesa. La necesitaba para entrar en el baño. En cada puerta había una ranura.

París era hostil con sus mendigos, eso hacía renegar a Baudelaire. Evoqué todas las veces que el McDonald’s de Miraflores, abierto las 24 horas del día, me había socorrido ante una emergencia así. ¿Con cuánto se multaría a los atrevidos que meaban en la vía pública de Europa? Le di la moneda y una caja con papas fritas a ese hombre de incierto país africano, no recuerdo cuál. Agradeció con una reverencia.

Por suerte, había caño y jabón líquido fuera de los servicios. Me lavé hasta los codos y, asegurándome de que nadie me siguiera, salí del restaurante y fui en busca de un bar acogedor.

Dos horas previas a la charla literaria, me senté en una de esas mesitas puestas en la calle. Bebía una chela al tiempo en ese amarillo aunque frío atardecer parisino mientras, delante mí, en una pista de un solo sentido, cruzaban elegantes taxis Mercedes, Citroën, Audi, limusinas y chicos y chicas en estilizadas bicicletas de paseo y parejitas en coloridas motos Vespa. ¿Dónde diablos estaban los poetas surrealistas?, ¿el avant-garde mundial?

Por el rabillo de mi ojo izquierdo se metía la eléctrica fachada del Grand Rex, la sala de cine más grande de Europa, y en esa esquina, debajo de las letras R E X, había reunidas unas adolescentes que parecían parte de un rodaje de Gus Van Sant. También fumaban, mostraban sus dientes. Eran reverberantes, coquetas, dueñas de su mundo, y yo las contemplaba con cierta tristeza porque eran mis últimos días en el futuro y había que viajar en el tiempo, retroceder, volver a Lima, a San Juan, a la Ciudad de Dios, a un viejo cine llamado Tauro, llamado Susy, llamado Tacna, donde la prostitución era más rentable que proyectar una obra de arte.

A mi derecha, dos jóvenes hacían chocar por tercera vez unos vasitos de shot con líquido blanquecino, y celebraban el comienzo de una vieja canción de AC/DC que sonaba a todo volumen en el reproductor portátil, parecido a una radio a pilas, que acompañaba al cenicero colapsado y a sus celulares sobre el tablero.

Eran actores o aspirantes a actores que acababan de pasar por un casting. Les parecía genial conocer a un escritor invitado a la feria de libros de Luxemburgo. Me hicieron probar ese trago amargo que bebían, pastís, y me preguntaron cuál era la bebida de los peruanos. Pisco, les dije, ¿pishco?, balbucearon, pisco, repetí, y Patrick, nariz colorada y casaca deportiva melón, me entregó su teléfono y me pidió que pusiera una canción del Perú en Spotify. Como el rock no es representativo patrio, busqué una cumbia de Los Destellos, ¿Onsta la yerbita?, y con la boca abierta ellos aprobaron esas guitarras psicodélicas, y brindamos creo que por cuarta vez en media hora.

Una pandilla de rusos rapados se ubicó en una mesa contigua. Temí que fueran de esos neonazis que buscan pelea. Louis, con una camisa que le daba aspecto de El Principito, también parecían incómodo, pero no había otro lugar donde movernos. El interior del bar ya lo copaban hombres que se habían desajustado la corbata, los puños de la camisa remangados, y mujeres con abrigos y el cabello suelto. Nos olvidamos del asunto cuando Louis llamó a dos chicas que venían por la esquina del Rex junto con la garúa.

Una de ellas, dramaturga, se sentó cerca de mí, y se frotaba los ojos irritados mientras que con un inglés muy básico me contaba de la obra que había escrito, pero yo apenas la escuchaba, su volumen era muy bajo, le dolía la garganta, tosía, estornudaba con mucha delicadeza cubriéndose con dorso de la mano, o es que no la oía porque el alcohol ya afectaba mis sentidos y el pésimo inglés era el mío.

Seis y cuarto, hora de irme. Louis, un tanto ebrio, se puso de pie y tambaleándose me indicó la dirección de la Gaîté Lyrique, donde se realizaría el conversatorio. Ni bien salí del toldo que cubría la terracita, el cielo me cayó encima, qué paja, me dije, ¡cantando bajo la lluvia de París!, pero en cuatro o cinco pasos ya se me habían humedecido hasta las medias, y siete calles más abajo, al no encontrar el lugar, asustado por la posibilidad de que las suelas de mis botas cedieran y se abrieran, me resguardé bajo un techo y revisé la pantalla mojada de mi teléfono y me di cuenta de que me habían enviado en dirección contraria.

Recogí mis pasos con esas gotas filudas raspando mi cara, recordando los aguaceros vallejianos y mi última noche en Luxemburgo, con los pies pesados por la nieve, con Periodista Loca diciéndome que me cambiara esas zapatillas de lona por unas de piel, que andaba muy desabrigado, hombre, que me iba a resfriar, joder, y yo respondiendo pucha, yo soy peruano, flaca, este invierno europeo no es nada para mí, en Cerro de Pasco hace más frío.

Pensé que la lluvia se apiadaría, que esas nubes ya no se podían exprimir más, pero el clima de París es inmisericorde y continuaba inundándome. Y esa violencia con que caía el agua hizo que de pronto me sintiera muy solo entre tantos paraguas abiertos.

Ya era de noche cuando volví a la Bonne Nouvelle. Louis me sirvió un shot de whisky por su equívoco y Patrick lamentó que me haya perdido el evento literario, y a continuación, sin dar importancia a las hojas mojadas desplegadas sobre la mesa, retomaron la charla con sus amigas. De rato en rato, Patrick me resumía lo que habían conversado, pero ya me había convertido en una lente sobre un trípode que desde un rincón solo registraba sus movimientos. Me sentí más mojado aún y, con sentimentalismo latino, extrañé al Sudaca Fino, el calor de su voz, cierta expresión facial que hacía que me sintiera en casa. Esperaba a que secaran mi ropa y mis cosas para despedirme, cuando un viejo barbón, cigarrillo en los incisivos, me preguntó si se podía sentar a mi lado a fumar. En realidad, no pronunció palabra alguna, bastó con que levantara sus cejas y que con su nariz de bruja apuntara la silla vacía. Yo le hice una venia: adelante. En silencio, observó mis libros. ¿Podía ojearlos? Sí, claro. Tomó uno. Prendió su tabaco, cruzó las piernas. Usaba unos zapatos muy elegantes. Expulsó una musical bocanada al darse cuenta de que interactuaba con el autor.

Recién entonces, nos presentamos verbalmente. Era cantante, hablaba español. Antoine, de Montmartre, el barrio más bohemio de Francia, dijo. Un gusto. Palomari, de Lima. Se rascó la barba, se mordió los labios e inhaló el aire como si se tratara de un perfume delicioso. La misma reacción había tenido un luxemburgués que pagó el doble de precio por mis cuentos.

Antoine, de Montmartre, dijo que tenía una amiga limeña, qué casualidad. Sacó su teléfono y la buscó entre sus contactos. Me mostró la foto de una joven de piel canela y ojos pardos. Es ella, dijo con una mirada nostálgica. Marcó su número y le dijo algo así como que era el viejo Antoine, sí, el mismo, y le comentó que estaba en la Bonne Nouvelle con un escritor peruano, y estiró su mano cubierta de rizos negros y me dio su celular para que conversáramos.

La chica del otro lado de la línea sonaba cansada, como si acabara de ingerir una fuerte dosis de somníferos. Dijo que se alegraba de hablar con un compatriota, pero su lasitud invertía el significado de las palabras. Con ese desgano me preguntó qué haría al día siguiente, porque esa noche era imposible que nos acompañe: se sentía un poco mal.

«Un resfrío», dijo.

«Escríbeme por el WhatsApp, ¿sí? Pídele a Antoine que dé mi número», dijo. Tosió y cortó.

«¿Está mejor?», me preguntó él. No supe si se refería a ella o a la situación en que me había encontrado.

«Sí», dije.

Antoine respiró profundamente, con cierto alivio. «¿Estás con ellos?», preguntó por Patrick y Louis. Le dije que los acababa de conocer, pero que me había quedado en el limbo porque no entendía el francés. Antoine arrugó su frente y aguzó su oído. Por un instante, creí que comenzaría a traducirme lo que se hablaba en la mesa, pero no, más bien dijo algo enigmático: «A veces es mejor no entender algunas cosas, así uno se imagina lo que podría estar sucediendo. Eso es bueno para un escritor como tú. Nunca subestimes el no saber. A veces, es mejor».

Otras personas que entraban y salían de la Bonne Nouvelle lo saludaban. ¿Era famoso? Antoine recogió su cajetilla de cigarrillos y me ofreció uno. No, gracias. Enarcó sus cejas y fumó hondo una, dos veces, y sin darle importancia dijo que al día siguiente habría un concierto. Él no se presentaría pero tenía una lista de invitados. Yo podía ir si quería. ¿Me animaba?

Por supuesto.

Sintiéndome en falta ante su bondad, le dije que se podía quedar con uno de mis libros.

Antoine me pidió una dedicatoria. Dijo que ese ejemplar valdría mucho dentro de unos cuantos años. Su optimismo era excesivo, pero me reconfortaba: viajar había valido la pena por detalles así.

Eso me pasó una noche en París cuando todavía se podían entablar conversaciones con extraños. Pasó a pocos días de que se prohibieran las reuniones de más de mil personas en Francia, en una semana previa al confinamiento mundial, cuando la gente aún no usaba mascarilla. Antes de que muriesen dos millones y medio de personas de todos los continentes por el nuevo coronavirus.