He estado a punto de morir dos veces

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He estado a punto de morir dos veces: cuando el bus que me llevaba a Huarochirí se cayó en un abismo y cuando esos malditos me dispararon por querer robarse mi carro. Eso fue hace poco nomás. A pesar de ello, a mis 73 años, continué taxeando hasta que nos encerraron a todos.
Nunca le he temido a la muerte.

Me enteré de los ensayos de la vacuna china y le pedí a mi nieto que me inscribiera como voluntario. Debí advertirle que fuera cauteloso: a los siete años uno les cuenta todo a sus padres. Dicho y hecho, mi hijo me armó tremendo escándalo por haber obligado a Rafita a ayudarme a llenar el formulario del laboratorio en mi celular. Me acusó de insensato. Dijo que los chinos no eran confiables. ¿Por qué?, le pregunté. Porque en su país comenzó esta enfermedad, dijo, ¿y ellos mismos ofrecen la cura?, eso es más que sospechoso, ¡comunistas!, gruñía moviendo las manos cual orate. ¿Hay otro motivo, hijo?

No respondió.

Era de esperar que los ricos fueran los primeros en adquirir vacunas, no precisamente la de los chinos. Las economías prósperas de Sudamérica, Brasil, Chile y Argentina, ya negociaban con laboratorios de Alemania, Estados Unidos e Inglaterra, más reputados, pues. Por nuestra ubicación en el ranking de contagiados y fallecidos, nos urgía una opción, ¡cualquiera! No estábamos —jamás hemos estado— en condiciones de rechazar un estudio que nos pudiera dar beneficios en la compra. Si se necesitaban conejillos de Indias para ello, con gusto me ofrecía.

Yo no le tengo miedo a morir.

Discreto como un espía, ahora sí, mi nieto revisó mi teléfono y me comentó que había recibido un correo electrónico. Luego de leerlo, con un par de galletitas Chaplin, sus favoritas, celebramos que este pechazo integraría el grupo de doce mil personas de la investigación de Sinopharm en Lima.

Al día siguiente, temprano como me indicaron, fui a la universidad Cayetano Heredia, una de las más «prestigiosas» del país. Pensé que conocería sus laboratorios, pero los encargados nos guiaron hacia unas carpas armadas sobre canchas de fulbito. Me hubiese gustado que mi hijo estuviera allí para comprobar que yo no era el único viejo que quería cooperar con la salud pública. Es cierto que la mayoría eran jóvenes en esa cola —así como sus pares en bancos o centros comerciales—, pero había cinco o seis cabezas blancas que también consideraban que lo verdaderamente insensato era perder más tiempo en una emergencia como esa. Unos 8 millones de peruanos vivían en una pobreza que se recrudecía por la enfermedad: si no se hallaba una solución pronto, los exterminaría la peste o el hambre.

Un técnico me abordó y me hizo una serie de preguntas para corroborar que había leído bien el Consentimiento Informado, y remarcó que no me dirían si se me aplicaba la vacuna o un placebo. De acuerdo, dije. Yo no le tengo miedo a la muerte. En el siguiente punto, una enfermera me extrajo sangre del dedo índice. El despistaje rápido dio negativo. Me esperaba un doctor. Me examinó y me entregó una tira de condones. Había declarado que no tendría hijos durante el estudio, un año. Todo eso era un poco gracioso a mi edad.

La prueba molecular se me realizó en un apartado, similar a una clínica, con doctores que, por sus trajes, parecían a punto de partir hacia una zona radiactiva. Sin darme las de valiente, debo decir que para un hombre que ha vivido dos meses con una bala incrustada en su clavícula, y que se fracturó el cuello en un accidente de carretera, no representaron nada aterrador ese hisopo metálico que se me introdujo por la nariz ni ese otro que apenas me hizo un cosquilleo en la garganta. Lo más emocionante de todo ese día fue desnudar mi hombro izquierdo para que me inyecten.

Eso era poner el hombro por el país en todos los sentidos. Era una cuestión personal además. Cuando el cáncer apagaba sus ojitos, le prometí a mi esposa que no me deprimiría, que no sería una carga para nadie, sino que cuidaría de los míos, haría todo lo posible por darle una infancia feliz a mi nieto. Saqué la foto de ella que guardo en mi billetera y le di un beso, al igual que hacía siempre al viajar.

Y la metí en el bolsillo de mi camisa, al lado de mi corazón.

Mi hijo me recogió de la universidad de noche. Volví a casa con la confortante sensación del que obra por amor, tanto así que me quedé dormido en esa hora y pico de camino.

Pero las buenas intenciones son aprovechadas por los corruptos cuando ellos gobiernan.

No me sorprendía que nuestra fe, la de los voluntarios, no tuviera eco en los medios de comunicación, tendenciosos con las informaciones de quienes no los patrocinan —ellos preferían otra vacuna—, ni que el Gobierno peruano, a esas alturas, fuese el único de la región sin un proveedor. La demora del presidente y su ministra de salud en firmar el acuerdo con China solo podía significar algo mientras el virus acababa con doctores y enfermeras de primera línea.

En eso estaba pensando cuando se corrió la noticia del fallecimiento de una participante de los ensayos de Sinopharm. Una joven que se creía inmune, vacunada. La mató la covid. Comencé a dudar, no por mí, porque yo no le temo a la muerte, sino por la posibilidad de que mi familia anduviera infecta: había estado cerca de ellos sin la mascarilla y, no sabía si por la tensión o por el contagio, mis sienes se habían inflamado, dolían. Rafael me sermoneó, repetía que su mujer era diabética, como si hubiese perdido la memoria. Bah. A cierta edad, uno se acostumbra a esas peroratas de los hijos, así que lo oí en silencio, tranquilo.

Por fin se calló y le dije que me aislaría durante dos semanas.

La pérdida de esa chica enlutó a los voluntarios del ensayo, éramos como una familia. Aunque el laboratorio deslindó su responsabilidad, los doctores volvieron a llamarme por teléfono todos los días. El daño ya era irreversible, la peor publicidad para Sinopharm. Era de esperar que se generasen suspicacias sobre la efectividad de su vacuna, pero ni eso justificaba la paupérrima gestión del Estado: ¿por qué nuestros vecinos ya planificaban los días en que se vacunarían y nosotros no?

En esta tierra es costumbre aguardar lo peor de los políticos, pero, aun a pesar de las sospechas, como voluntario sentí que me sumergieron en una cloaca el día en que se reveló que el presidente, la ministra de Salud, el rector de la Cayetano —qué infamia, carajo— funcionarios públicos y sus familiares se habían inyectado las vacunas chinas (un lote extra que no les correspondía) cuando eran los del personal médico quienes requerían de esas dosis para enfrentarse a las altas cargas virales. Ese era el beneficio de parte de los chinos a cambio de que probasen sus compuestos en el Perú, una manera de agradecer al presidente y a sus amigos por la confianza.

Mi hijo no tardó en restregármelo en la cara: ¿Para eso te arriesgaste, viejo? ¿Para eso expusiste nuestras vidas?

Debo admitir que a veces Rafael tiene razón. Confiar en otros es situarse en una posición vulnerable, ponerse cerca de la desilusión. ¿Cómo pedir esperanzas donde es común que los héroes se corrompan por un maletín lleno de dinero? Estaba de más que le respondiera a mi hijo que yo jamás puse el hombro por un presidente ni por un Gobierno. Estas canas no brotan en vano. Es que aquí la corrupción mata despacio incluso a los que no le tenemos miedo a la muerte.

Hasta la fecha, desconozco si se me aplicó la vacuna o un placebo.

Me importa dos cominos.

Sólo sé lo único que me interesa: todo lo hice por mi nieto.

López Navarro, Enrique

DNI 013082020

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