Capítulo II: El peligro se ha vuelto cotidiano

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Fui apartado a la esquina de la mesa. Había pasado más de un mes desde que los doctores me excarcelaron, y una semana desde que entré de nuevo en la primera planta para saludar a mis abuelitos, pero aún contenían la respiración cada vez que pasaba por su costado y me servían la comida y la bebida en platos y vasos descartables y preferían que, en lo posible, me mantuviera callado, mejor si tragaba y me cubría con la mascarilla ya, de modo que mi participación en ese almuerzo por el día de la madre se limitaba a un reiterativo asentimiento con la cabeza cuando mamá me preguntaba: ¿no, hijito?, ¿no, hijo?

Era una fecha doblemente especial porque después de casi tres meses, desde que me fui de viaje, volvíamos a reunirnos todos en un mismo ambiente. Todos excepto mis tías, sus esposos, mis primos, ¡ah!: y el Diego. No se querían exponer de ninguna manera al contagio en esa sala pequeña donde había un cuadro de la Virgen María, y un aparador con alcoholes en gel, un aerosol que eliminaba el 99,99% de virus (menos la covid-19), termómetro por infrarrojo como una pistolita de láser, oxímetro y mascarillas embolsadas que envió la más pudiente de las hijas del Ugartino Valiente.

En la cabecera, a cuatro metros de distancia de mis exhalaciones, enmarcado por un televisor que ocupaba la mitad de la pared, mi abuelo monologaba —en realidad repetía lo que había oído en un programa político de ultraderecha— sobre la pésima gestión de nuestro presidente para enfrentar la crisis sanitaria y económica, y mamá dudaba y le decía: ¿sí, papi?, ¿estás seguro, papi?

—Pero yo he escuchado que…

—¡¿De Cuba?! ¿Has dicho de Cuba, hijita? —mi abuelo alzó la voz. Su sordera y su fanatismo ideológico le jugaban mal—. Eso de los doctores de Cuba es pura propaganda, hijita. No pueden ni con ellos mismos, ¿crees que van a mandar ayuda? ¿No has visto como están en Venezuela acaso? Así son las izquierdas, hijita: pobreza y atraso nada más.

—No, papi —dijo mamá.

—¿Cómo que no? —mi abuelo cruzó los brazos, estiró las piernas. Su cabeza se había cubierto de canas. La reactivación económica incluía la reapertura de servicios como los salones de belleza, aunque era riesgoso hasta acudir donde la peluquera de confianza para teñirse el cabello—. Mira, hijita…

Mamá lo interrumpió:

—Te decía que he escuchado que repartirán otro bono… No dije nada de Cuba, papi.

—¿En serio estás creyendo en eso, hijita? ¿Bono? —se mofó el Ugartino Valiente.

Mamá contrajo sus labios. Su mirada se notaba reposada, como si la mudanza le hubiera desinflamado los pómulos y revitalizado las comisuras exteriores de unos ojos oscuros que yo recordaba manchados de sangre. Había vivido los últimos quince años en el segundo piso de la casa de sus padres, en un departamento que, con su permiso, yo ocuparía hasta que alguien lo alquilase: ese era nuestro trato, una ayuda para mí.

Quizás a mamá le hacía bien no tener que oír a cada rato los «mira, hijita» que subestimaban sus pensamientos. Desde hacía mucho, ya no se sentía cómoda en San Juan. Necesitaba irse, desarraigarse, traspasar las fronteras del distrito para crecer, o era así como yo lo interpretaba desde mi punto de vista, el de un joven que comenzaba a asumir las responsabilidades del mundo adulto: comprar su propio papel higiénico, desinfectar el inodoro, barrer y trapear, cocinar. En realidad, mamá esperaba que esas tres semanas de viaje por Europa me estimulasen a la «independización», yo ya tenía treinta años —tenía veintiocho pero a ella le gustaba redondear mi edad— y era hora de que me valiera por mi cuenta, ¿no crees, hijo?, pero yo me había enfermado, y mi cerebro sancochándose a treinta nueve grados Celsius no me estimulaba en absoluto a la «independización», solo deseaba que ese dolor se terminara, y mamá claro que lo entendía, pero ya te has recuperado, hijo, y, en la Semana Santa de abril, luego de que Moisés dividiera las aguas del mar delante de nosotros, me dijo que se mudaría a Surco.

Y no había espacio para mí, aunque siempre podía visitarla y dormir en ese sofá cama de resortes punzantes en el que estábamos sentados.

—¿Tú qué opinas, hijo? —mamá parpadeó despacio, como si aceptara que mis conclusiones sobre su vida eran ciertas—. O ya cobraste tu bono, ¿ah?

No. Como muchos peruanos, no había recibido ninguna ayuda del Gobierno, y como muchos peruanos también me desesperaba, se me agotaban los quinientos dólares que la editorial de Escritor Amigo me había adelantado por mi historia; aun así, era un mejor trato que el de la otra editorial que solo me ofrecía el prestigio de su sello junto a mi nombre como único pago… si es que a eso se le podía llamar pago.

Solté el tenedorcito de plástico encima del tecnopor donde comí, con una servilleta limpié mi boca y me la tapé con esa sedosa capa de polipropileno celeste que retenía mi aliento solo para que mi abuelo no entrase en pánico, y dije:

—No, mamá. No he recibido nada.

—Ni te van a dar nada por caviar —dijo el Ugartino Valiente.

Y antes de que retomara su postura crítica, mi abuela prendió el televisor y le entregó el control remoto a mi hermana para que pusiera música.

—Pero no queremos escuchar tus canciones, todas feas —advirtió mamá, una oyente de Ritmo Romántica que le hacía ascos al reggaetón.

—¿Entonces qué? —se picó Mascota—. ¿Tu música vieja y triste?

—Pon un huaynito —propuso mi abuelo, medio en broma. Mi abuela estaba de pie y recogía la mesa. Se retiraba ese penetrante olorcito a Ají de gallina cuando se escucharon las carcajadas de una casa vecina. De inmediato, extrañé el humor ácido de mis tías: sabían reírse de sí mismas con el mismo desparpajo con el que se burlaban de sus ex esposos—. O mejor un valsecito.

—¿Cuál?

—Dame el control —intervine.

El Ugartino Valiente frunció sus cejas, levantó el brazo y detuvo a mi hermana. No quería que mi piel infecta tocase nada de su apartamento.

—Pon El Plebeyo —le dije.

—Este comunista —murmuró mi abuelo.

—El Plebeyo —repetí.

—¿Cómo se escribe? —preguntó Mascota.

Le deletreé la palabra y un minuto después unos dedos virtuosos comenzaron a puntear el mástil de una guitarra de palo, mientras otra guitarra hacía ran ran, ran ran, y dos manos golpeaban un cajón que sonaba como el elegante trajinar de un caballo de paso, y con una voz ronca y profunda Eva Ayllón cantaba «La noche cubre ya con su negro crespón la ciudad, las calles, que cruza la gente con pausada acción», y no sé por qué esos sonidos de la vieja Lima me levantaron de la silla y le ofrecí mi brazo a mamá.

Fue en París la última vez que sentí un impulso parecido.

Como intuí, Antoine no me contestaba el celular. Supuse que su velada había acabado muy tarde, aún no se reponía, o andaba muy ocupado, e intenté con la peruana con la que me contactó telefónicamente.

—Allô? —me contestó.

Y me dijo que la fiebre no le había permitido dormir, la fastidiaba su garganta y no quería exponerme al contagio. Dijo que Antoine era un hombre de palabra, aunque un poco loco y muy bohemio, eso sí. Al despedirse, me aconsejó que me cuidara. «Los resfriados durante el invierno europeo son más agresivos que en Lima. No te confíes. Este sol parisino es traidor», dijo sobre los rayos que iluminaban esa tarde, anticipándose a la primavera.

Mi estómago sonó, no sé si por hambre o porque se me había descompuesto la tubería.

No tenía apetito pero sospechaba que lo mejor para mi bolsillo sería buscar un restaurante cerca de mi alojamiento de la periferia de París. Encontré una pizzería donde apenas cabían cuatro personas. Sus precios eran como para procedentes de naciones con una moneda que vale cuatro veces menos que el euro. Esperé mi orden mientras dos árabes fumaban muy cerca de mí. Las espirales grises que surgían de sus dedos me incitaban a probar el tabaco otra vez, pero sumaba cinco años sin contaminar mis pulmones. Igual, parecía que en cualquier lugar de Francia me encontraría con algún adicto a la nicotina: el cigarro era la principal causa de muerte en ese país.

Recogí mi caja de pizza, volví al edificio y almorcé en mi habitación, paladeando el ahumado sabor del salami, con cierta culpa que se concentraba en un forúnculo que crecía en la punta de mi nariz, producto de tanta chatarra. Como fuere, la congoja por la soledad casi había desaparecido, y, entusiasta por la cafeína de una lata fría, y refrescado por una necesaria ducha, me convencí de que no perdería nada yendo a la Gaité Lyrique. Total, me había comprado esa tarjeta con la que podía realizar cuantos viajes quisiera en el transporte público de Francia durante una semana.

Esa vez no me costó tanto encontrar el lugar. La fachada de la Gaité Lyrique era de estilo colonial, como las que rodean la plaza San Martín de Lima, y frente a ella merodeaba gente que se había vestido como para una pasarela o fiesta de glamur: no era lo que se identificaba como un «público de concierto de rock». ¿Estaba en el lugar correcto? Sí, esa era la Gaité Lyrique, me dijeron. Pregunté por la lista de invitados a los bien trajeados miembros de seguridad, camisa blanca y corbatita michi. Les di mi nombre y me dejaron pasar. A continuación, una joven risueña, blusa y falda corta negras, me colocó una pulsera anaranjada en la muñeca que decía Les Inrocks Festival 2020.

Busqué a Antoine en aquel espacioso vestíbulo, digno de una mansión, con unas luces que emblanquecían hasta el rincón más alejado, pero no lo vi ni en la zona de entrevistas ni donde vendían suvenires ni en ninguna parte, y su celular ya se había apagado. Ni modo. Subí por unas escalinatas palaciegas hacia la sala de conciertos, según me indicó una pelirroja.

Fuera del auditorio, había un rectángulo plástico de luces fucsias donde seis jóvenes tiraban hacia abajo las palancas de unos chopp que preservaban la cebada en su temperatura ideal. Acodado en esa barra, a las cinco de la tarde, bebiendo y esperando el primer show, me crucé con Jacqueline, una solitaria francesa que había vivido en Colombia y que dominaba el castellano, parce. Era bajita, con una chaqueta de cuero que se ceñía a su magra espalda. Apenas había oído de las bandas del festival. Dijo que, como a mí, la habían anotado en la lista pocos días atrás.

Fuimos de los primeros en cruzar el umbral hacia esa oscura caja del tamaño de dos playas de estacionamiento. En el escenario ya se acomodaba una orquesta que entonaría melodías árabes con letras en francés y percusión africana. Me sorprendió que no hubiera más de cincuenta personas cuando desinstalaban sus instrumentos para cederle el proscenio a la siguiente agrupación. Jacqueline me explicó: en Francia había seiscientos contagiados, incluyendo un diputado en el hospital, y nueve muertos por la covid-19.

En Perú apenas se había confirmado un caso, justo esa tarde, era el tema del día en Facebook, y el país entero ya entró en paranoia, le comenté. Ella se encogió de hombros. «¿Tú no le temes a esa enfermedad?», la interrogué mientras íbamos a recargar nuestros vasos. Dijo que en Europa estaban acostumbrados a esas amenazas. Gripe porcina, Ébola. «Además, después del tiempo que viví en Cali, casi nada me asusta», confesó. Le habían robado su laptop, la habían golpeado. Unos tipos en moto, dijo. Su piel se había azulado por una luz proyectada desde el frente.

«Sudamérica es salvaje. Lo lamento», suspiré.

Poco a poco, el auditorio se fue llenando de estiradas siluetas que ensombrecieron nuestra visión. En el tercer o cuarto acto, Jacqueline dijo que iría hacia adelante, atraída por tres flacos pelucones y un baterista que vapuleaba sus tambores y platillos con un ritmo acelerado y trepidante que incitaba a saltar como ya lo hacía una pandilla delante de mí.

El público se había calentado, wuuuu gritaban las mujeres, y las siluetas comenzaron empujarse con los hombros, con los codos, con las manos, hasta que se formó un círculo magnético en medio del auditorio, esa ronda de demolición carnal llamada pogo, que atraía a más y más gente en cada uno de sus giros. El vaho que emanaba de los aparatos respiratorios de sus participantes era como un espectáculo adicional, fotográfico. Contemplé esa hermosa imagen y, aunque no fuera lo más adecuado debido a las circunstancias, me lancé hacia el centro de aquella vorágine donde recibí puñetes, rodillazos y patadas, y también repartí lo propio dando vueltas con los ojos cerrados, la cerveza salpicándonos a todos. De esa rojiza explosión de adrenalina no se quiso perder ni siquiera el cantante de MNNQNS, quien se aventó hacia nosotros con la guitarra puesta al término de la presentación, y fue celebrado con abrazos y jaloneadas.

Salí agitado de esa pequeña guerra, y con un leve mareo me reí de mis compatriotas: la vida continuaba como si nada en París, con intensos pogos, mientras que en Lima se respiraba con un terror sin fundamentos.

Evitando el contacto con los vibrantes cuerpos que volvían a su sitio luego del desmadre, Jacqueline se me acercó y me dijo que iría al baño.

No les daba mayor importancia a las reuniones familiares. Era el primero en abandonar los almuerzos y las cenas con más de cuatro personas. No era que me escociese de aburrimiento, pero ya me había memorizado las anécdotas del Ugartino Valiente y predecía la canción con que mi tía nos «sorprendería» tras una de Juan Gabriel. Por eso, preferí ir a la playa con Mamá Soltera en vez del ágape de bienvenida de mi madre, Mascota y mis abuelos… y el Diego. Quizás estaba demasiado confiado en que ese encuentro ocurriría como era cotidiano una de esas tardes o noches vecinas, antes de la quincena de marzo, pero de un momento a otro, así son las tragedias, el mundo entero se había enfermado, conmigo en lista, y dentro de las consecuencias no solo había daños físicos y económicos sino también emocionales por la soledad, por la separación a la que nos obligaba este bicho.

Arrinconado en la mesa, observando la interacción de mi familia, me di cuenta de que había añorado ese momento en que las distintas generaciones se juntan en torno al vapor de una olla para celebrar la vida, y que las estridentes risas de mis tías, la inocencia en las caritas de mis primos menores, esos toscos modales de Mascota y la a veces intensa y preocupada manera de existir de mamá, a ratos su tranquilidad de santa, así como la tozudez ideológica del Ugartino Valiente y el cariño que mi abuela transfiguraba en sabrosos arroces con aromáticos guisos eran parte esencial de lo que yo llamaría mi patria.

La idea de vivir solo siempre me había entusiasmado, porque los escritores necesitamos de cierto aislamiento para concentrarnos en la historia que queremos contar. Envidiaba a mis colegas que trabajaban en amplios y silenciosos espacios, y creí que, desde la partida de mamá y compañía, mis sesiones de escritura ya no serían interrumpidas justo en el pico de la inspiración porque había que ir al mercado a comprar medio kilo de papas o cebollas. Por el contrario, sin el reggaetón de Mascota y sin ese odioso concierto de Héctor Lavoe machacándome los tímpanos, me pasaría todo el día tecleando sin parar, como poseído. Pero apenas pude concluir dos párrafos durante esa semana que habité a solas el departamento. No fluían las palabras sobre mi experiencia con la covid-19. Quería hablar de mamá, de mi melancolía, del quiebre que sentimos al darnos cuenta de que hemos entregado partes irremplazables de nuestras vidas a una empresa sombría y estéril en vez de gozar de las luces que resplandecen alrededor.

De repente esa fue la razón por la que, como nunca, brinqué de la silla y la saqué a bailar. Ella, mascarilla puesta, se esforzaba por seguir mis pasos, la mirada fija en mi torpe un dos tres un dos tres. Más que disfrutar naturalmente de la canción —ya sonaba otro vals: «Todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol»—, evitaba pisar sus uñas recién pintadas de rojo.

Con un poco más de confianza, aunque descoordinados por genética, comenzamos a girar despacio sobre nuestro eje. Mamá retiraba su pie con mucha prisa para que ineptitud no la lastimara, pero ese distanciamiento en vez de separarnos nos unía. Como la mudanza, como la pandemia, como el parto. Danzando entre los brazos de mi madre, como si fuese un bebé arrullado, parecía que todo lo denso ya había pasado, pero era domingo, pronto acabarían los valses y empezarían otra vez los dominicales periodísticos, las malas noticias, el conteo en tiempo real de los fallecidos, el ascenso del Perú en el ranking mundial de la muerte.

Mi hermana remató mi preocupación. Dijo que papá estaba trabajando como repartidor de una tienda por departamentos.

—Pero si papá no puede salir —le dije.

—Ah, no sé —Mascota se encogió de hombros—. Así me contó él. Ya llega el taxi, má. Vamos.

Acompañé a mamá y a mi hermana a la calle. En el cielo había una preciosa media luna. Algunos vecinos enmascarados se dirigían hacia la esquina con sus bolsas llenas de desperdicios. Aún faltaban dos horas para el toque de queda. Un taxi blanco se detuvo delante de nosotros. «¿Metí las llaves?», dudó mamá, y revisó su cartera.

—Hijo, te traje esto —recordó. Me entregó una bolsa negra con un objeto cilíndrico y metálico—. Espero que no lo necesites.

Un insecticida. Mascota ya se había acomodado en el asiento de atrás. Mamá la siguió. El auto partió justo cuando una señora se acercaba con su nerviosa perrita Shih Tzu. Sacar a las mascotas era la excusa perfecta para salir de casa. Yo no tenía esa justificación —mamá también se había llevado a Mini—, pero me servía de otra.

Volví al primer piso y le pregunté a mi abuela si había basura. Se metió al baño, a la cocina y me dio tres costales negros.

Hice una travesura en mi vereda: me saqué la mascarilla. El aire frío de mayo parecía mucho más limpio, puro, incluso tenía un olor agradable. Me disponía a entrar en mi casa cuando dos chiquillos abrazados, con una lata de cerveza cada uno, doblaban la esquina y cruzaban por mi cuadra con los rostros descubiertos.

Deseé que ninguno de esos imbéciles se cruzara con alguien de mi familia.

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