Capítulo I: El Perú te persigue por todos lados

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Había leído lo dura que fue París con los peruanos atraídos por su bohemia durante el siglo XX, cuando convertirse en un artista de verdad implicaba habitar un tiempo en la capital francesa que era también el centro de la cultura occidental. César Vallejo dormía en sus estaciones de metro, comía de vez en cuando, solo papas, y se quejaba del horroroso frío; y el matrimonio de Fernando De Szyszlo con Blanca Varela, de lo caro que era vivir alrededor de la torre Eiffel.

Los elevados precios de alimentos y vivienda se justificaban porque todo el mundo quería visitar esa ciudad romantizada en las películas, donde un puente casi se hunde por el peso de los candados de amor que miles y miles de parejas sellaron sobre él. Los propietarios inmobiliarios de París aprovechaban la ley de la oferta y la demanda al punto de que pasar la noche durmiendo en una de las sillas de una oficina costaba veinte euros, por lo que me alojé en una habitación de la periferia norte llamada Épinay-sur-Seine.

En su cama de una plaza desperté la mañana del 5 de marzo, todavía resaqueado por el vino que bebí a solas la noche anterior. Mi anfitrión ya iba en camino al funeral de su tío en Normandía, lo que parecía un golpe de fortuna para mí, con lo costoso que hubiera sido alquilar un departamento, ahora tenía todo un piso a mi disposición. Pero, como un presagio, había comenzado el día con un dolor de tripas que acusaba a esa botella de cabernet sauvignon de tres euros, y fue demasiado tarde cuando me di cuenta del error que había sido no encender el horno sino el más eficiente microondas para calentar unos trocitos de anchovetas empanizadas. Había presionado el botón incorrecto, no el que creí que abriría la puerta sino uno que lo activó y el plato del interior comenzó a girar.

Creí que esos ruidos de emisión de rayos X cesarían en algún momento, dentro de dos minutos, o dentro de cinco minutos, o dentro de diez minutos, pero ya habían pasado veinte minutos y esa cosa no se cansaba. Quise desenchufarla de la corriente, pero la toma estaba justo detrás del frigider donde se apoyaba esa caja blanca y amenazante. Traté de moverla y una descarga de electricidad me hizo replantear mis acciones. Temí que mi torpeza provocase una catástrofe.

Respiré y llamé a mi anfitrión. No contestó. El faraón egipcio con chaleco antibalas que me miraba desde la sala del departamento me había dado mala espina desde que llegué. ¿Era parte de la maldición de los peruanos en Francia?

Me planteé los peores escenarios, como que dentro de unos minutos el microondas explotase, matándome de un certero impacto de plástico, o que, si iba a la calle, el microondas igual explotaría, la cocina ardería en fuego y todo ese edificio con pinta de haber sido atacado en la Segunda Guerra Mundial se quemaría por culpa de un sudamericano hambriento que se resistía a pagar más de cinco euros por un desayuno. ¿Cuántos años de cárcel me darían por eso? Mi anfitrión diría que actué por resentimiento, que incendié su depa porque no me invitó a beber con sus amigas el día anterior. ¿Eso calificaba como crimen de odio?

Busqué manuales del electrodoméstico en Internet. No encontré nada que sirviera. Quizás la vecina me podría ayudar. Salí del departamento, toqué su puerta pero nadie me atendió. Regresé a la cocina. El plato interior del microondas seguía dando vueltas. Pensaba en lo ridículo que sería no haberme contagiado de ese coronavirus y morir por intentar que se cocinaran unas anchovetas empanizadas y precocidas. No sé en qué momento de iluminación dejé de presionar los botones y en cambio deslicé uno de ellos, con forma de trapecio, y milagrosamente la puerta se abrió y por fin todo movimiento se detuvo.

Esa confusión en el desayuno me convenció de que tenía que olvidarme del ahorro, necesitaba comer en la calle, en realidad necesitaba comer porque las comisuras de mi boca se habían enrojecido, una señal de mala nutrición.

Ese día a las seis de la tarde habría un conversatorio con Leila Slimani, la sensación de las letras francesas. Era gratis y ya había reservado un asiento del auditorio por Internet. Recién eran las doce y hacía un poco de sol, a pesar del invierno. Quizás era una buena hora para salir, antes de tocar otro artefacto. Cargué mis cosas en un bolso —dos ejemplares de mi libro, uno para Leila, el otro para algún editor, audífonos, celular y llaves—, y fui a la calle y caminé durante media hora hasta la estación ferroviaria más cercana.

Luego de perderme en el subterráneo sistema de transporte francés, por fin ascendí por las escaleras que llevaban a la plaza de Bastilla, símbolo de la Revolución de las guillotinas, con turistas que se fotografiaban con ella como fondo.

Desde allí, fui sin rumbo por librerías en busca de textos usados, pero no encontré nada interesante en mi idioma ni en inglés. Hambriento y sediento, pero animado porque me embutiría un prometedor almuercito en París, me puse a revisar las pizarras de menú en las esquinas de esas anchas avenidas, y fui espantado por unos precios por los que toda una familia peruana comería una semana (bien dicen: «el que convierte no se divierte»), y di media vuelta con el rostro del que quiere disimular su tropiezo, y caminé evitando mi reflejo de pobre en las vitrinas de los restaurantes, comprendiendo por qué el poeta Charles Baudelaire odiaba la Ciudad Luz.

Los únicos restaurantes compatibles con mi presupuesto eran los chinos, ocultos en callecitas poco transitadas, pero cada día se hablaba más de ese maldito virus asiático, y me acobardaba la suerte de los peruanos en París. Vallejo había muerto en uno de sus hospitales sin que se supiera la causa: si fue tuberculosis, infección intestinal, malaria o muerto de hambre. Lo último era horrendo, así que me metí en el McDonald’s de la rue Berger, que como únicos comensales tenía a dos familias mexicanas. Pero Blanca Varela no había conocido a Octavio Paz, promotor de su primer poemario, en un fast-food parisino.

Mientras masticaba con desgano una Big Mac, sintiéndome idiota por estar en Francia con los dedos brillosos por la fritanga gringa, tuve esa sensación en la nuca de quien es observado. En efecto, giré el cuello y descubrí que un barbudo me miraba desde el corredor de los servicios higiénicos, a unos cuatro metros de mí. Me arrepentí de haberle sostenido la mirada por veinte segundos, porque esas manos mugrientas ya se acercaban y no sabía con qué fin.

Recordé un episodio similar en Luxemburgo.

Conversaba en mi stand con unos editores españoles cuando un borracho irrumpió en la feria. Había sido arrojado por las puertas giratorias de la entrada y su rictus delataba el esfuerzo que hacía para caminar en línea recta. Podía tratarse de una persona con algún problema motor, pero intuía que ese hombre descuajeringado era un peruano, y al notar que lo escudriñaba —había subestimado su conciencia— vino directo hacia mí y como un resorte extendió su brazo para que lo saludara. Su cara estaba cortada por cicatrices. Mi gesto desconcertado pedía ayuda a los españoles pero mantuvieron un respetuoso silencio.

Apreté esa mano rugosa y oí su saludo: «Habla, chochera. Yo soy del Callao, ¿de qué parte del Perú eres, ah?». Cogió uno de los libros de la mesa. Miró mi foto en la solapa y dijo que no era lector, pero que su padre había sido un hombre culto que lo bautizó como Shakespeare. Al oír las risitas de los españoles, supuse que la ebriedad estaba hablando por él o que me quería tomar el pelo. «¿No me crees, causita?». Sacó su pasaporte y con su uña negra subrayó su nombre de pila. Chekspir Roberto, así se llamaba. De todos los que pasaron por mi stand, este Chekspir sudaca fue el único que pidió que le hiciera un descuento. «Soy peruano, tengo que regatearte», dijo, y de los bolsillos de su casaca de cuero sacó una bolsita llena de monedas, tantas como las que tendría un limosnero. «Te invito un pisco sour», me dijo a continuación. Mi excusa fue que debía de permanecer en el stand. «Te lo pierdes», sonrió. Deslizó el cierre de su casaca y guardó mi libro dentro. «Te voy a tener aquí en mi pecho para no olvidarme de leer tus cuentos. Más te vale que estén buenos», dijo antes de marcharse caminando en zigzag. «Vaya tío», comentó uno de los editores españoles que un rato después me invitaría a escribir en su revista.

La historia con mi paisano Chekspir no acabaría allí. Cuando fui al patio de comidas, a la hora de la cena, lo vi caminando en cámara lenta para que no se le derramaran los dos pisco sour que apoyaba en cada pectoral. Por desgracia, no serían lo único que acabaría en el suelo. Tropezó con un cable y cayó de cara, dejando todo el licor esparcido junto a mi libro, que se había desprendido por el accidente. Unos compatriotas, con camisetas rojiblancas, lo auxiliaron. De inmediato, dos hombres con trajes fosforescentes limpiaron y colocaron un cartelito amarillo para que no hubiera más exabruptos. Mientras tanto, mi libro continuaba tirado. Me daba un poco de vergüenza todo eso. Luego de ponerse de pie, Chekspir palpó su pecho y notó que algo faltaba. Con sus ojos inyectados de licor buscó en el piso y recogió ese conjunto de cuentos por el que había pagado nueve euros. Y compró otros dos vasos de pisco sour como si nada hubiera pasado.

El hombre de las manos sucias del McDonald’s ya se había plantado en frente de mí. No parecía ofendido ni violento. Quise ignorarlo, pero su cercanía me era incómoda. ¿Otro peruano? ¿Es que es imposible liberarte de la sombra de tu propio país?, me preguntaba. Con una mueca de fastidio, traté de ahuyentar al mirón. Pero parecía muy decidido. Me resigné. «¿Peruano?», dije amigablemente. El tipo negó y apuntó con un dedo el corredor de los servicios. Luego señaló la moneda que me habían entregado en la caja y que había dejado al lado de mi hamburguesa. La necesitaba para entrar en el baño. En cada puerta había una ranura.

París era hostil con sus mendigos, eso hacía renegar a Baudelaire. Evoqué todas las veces que el McDonald’s de Miraflores, abierto las 24 horas del día, me había socorrido ante una emergencia así. ¿Con cuánto se multaría a los atrevidos que meaban en la vía pública de Europa? Le di la moneda y una caja con papas fritas a ese hombre de incierto país africano, no recuerdo cuál. Agradeció con una reverencia.

Por suerte, había caño y jabón líquido fuera de los servicios. Me lavé hasta los codos y, asegurándome de que nadie me siguiera, salí del restaurante y fui en busca de un bar acogedor.

Dos horas previas a la charla literaria, me senté en una de esas mesitas puestas en la calle. Bebía una chela al tiempo en ese amarillo aunque frío atardecer parisino mientras, delante mí, en una pista de un solo sentido, cruzaban elegantes taxis Mercedes, Citroën, Audi, limusinas y chicos y chicas en estilizadas bicicletas de paseo y parejitas en coloridas motos Vespa. ¿Dónde diablos estaban los poetas surrealistas?, ¿el avant-garde mundial?

Por el rabillo de mi ojo izquierdo se metía la eléctrica fachada del Grand Rex, la sala de cine más grande de Europa, y en esa esquina, debajo de las letras R E X, había reunidas unas adolescentes que parecían parte de un rodaje de Gus Van Sant. También fumaban, mostraban sus dientes. Eran reverberantes, coquetas, dueñas de su mundo, y yo las contemplaba con cierta tristeza porque eran mis últimos días en el futuro y había que viajar en el tiempo, retroceder, volver a Lima, a San Juan, a la Ciudad de Dios, a un viejo cine llamado Tauro, llamado Susy, llamado Tacna, donde la prostitución era más rentable que proyectar una obra de arte.

A mi derecha, dos jóvenes hacían chocar por tercera vez unos vasitos de shot con líquido blanquecino, y celebraban el comienzo de una vieja canción de AC/DC que sonaba a todo volumen en el reproductor portátil, parecido a una radio a pilas, que acompañaba al cenicero colapsado y a sus celulares sobre el tablero.

Eran actores o aspirantes a actores que acababan de pasar por un casting. Les parecía genial conocer a un escritor invitado a la feria de libros de Luxemburgo. Me hicieron probar ese trago amargo que bebían, pastís, y me preguntaron cuál era la bebida de los peruanos. Pisco, les dije, ¿pishco?, balbucearon, pisco, repetí, y Patrick, nariz colorada y casaca deportiva melón, me entregó su teléfono y me pidió que pusiera una canción del Perú en Spotify. Como el rock no es representativo patrio, busqué una cumbia de Los Destellos, ¿Onsta la yerbita?, y con la boca abierta ellos aprobaron esas guitarras psicodélicas, y brindamos creo que por cuarta vez en media hora.

Una pandilla de rusos rapados se ubicó en una mesa contigua. Temí que fueran de esos neonazis que buscan pelea. Louis, con una camisa que le daba aspecto de El Principito, también parecían incómodo, pero no había otro lugar donde movernos. El interior del bar ya lo copaban hombres que se habían desajustado la corbata, los puños de la camisa remangados, y mujeres con abrigos y el cabello suelto. Nos olvidamos del asunto cuando Louis llamó a dos chicas que venían por la esquina del Rex junto con la garúa.

Una de ellas, dramaturga, se sentó cerca de mí, y se frotaba los ojos irritados mientras que con un inglés muy básico me contaba de la obra que había escrito, pero yo apenas la escuchaba, su volumen era muy bajo, le dolía la garganta, tosía, estornudaba con mucha delicadeza cubriéndose con dorso de la mano, o es que no la oía porque el alcohol ya afectaba mis sentidos y el pésimo inglés era el mío.

Seis y cuarto, hora de irme. Louis, un tanto ebrio, se puso de pie y tambaleándose me indicó la dirección de la Gaîté Lyrique, donde se realizaría el conversatorio. Ni bien salí del toldo que cubría la terracita, el cielo me cayó encima, qué paja, me dije, ¡cantando bajo la lluvia de París!, pero en cuatro o cinco pasos ya se me habían humedecido hasta las medias, y siete calles más abajo, al no encontrar el lugar, asustado por la posibilidad de que las suelas de mis botas cedieran y se abrieran, me resguardé bajo un techo y revisé la pantalla mojada de mi teléfono y me di cuenta de que me habían enviado en dirección contraria.

Recogí mis pasos con esas gotas filudas raspando mi cara, recordando los aguaceros vallejianos y mi última noche en Luxemburgo, con los pies pesados por la nieve, con Periodista Loca diciéndome que me cambiara esas zapatillas de lona por unas de piel, que andaba muy desabrigado, hombre, que me iba a resfriar, joder, y yo respondiendo pucha, yo soy peruano, flaca, este invierno europeo no es nada para mí, en Cerro de Pasco hace más frío.

Pensé que la lluvia se apiadaría, que esas nubes ya no se podían exprimir más, pero el clima de París es inmisericorde y continuaba inundándome. Y esa violencia con que caía el agua hizo que de pronto me sintiera muy solo entre tantos paraguas abiertos.

Ya era de noche cuando volví a la Bonne Nouvelle. Louis me sirvió un shot de whisky por su equívoco y Patrick lamentó que me haya perdido el evento literario, y a continuación, sin dar importancia a las hojas mojadas desplegadas sobre la mesa, retomaron la charla con sus amigas. De rato en rato, Patrick me resumía lo que habían conversado, pero ya me había convertido en una lente sobre un trípode que desde un rincón solo registraba sus movimientos. Me sentí más mojado aún y, con sentimentalismo latino, extrañé al Sudaca Fino, el calor de su voz, cierta expresión facial que hacía que me sintiera en casa. Esperaba a que secaran mi ropa y mis cosas para despedirme, cuando un viejo barbón, cigarrillo en los incisivos, me preguntó si se podía sentar a mi lado a fumar. En realidad, no pronunció palabra alguna, bastó con que levantara sus cejas y que con su nariz de bruja apuntara la silla vacía. Yo le hice una venia: adelante. En silencio, observó mis libros. ¿Podía ojearlos? Sí, claro. Tomó uno. Prendió su tabaco, cruzó las piernas. Usaba unos zapatos muy elegantes. Expulsó una musical bocanada al darse cuenta de que interactuaba con el autor.

Recién entonces, nos presentamos verbalmente. Era cantante, hablaba español. Antoine, de Montmartre, el barrio más bohemio de Francia, dijo. Un gusto. Palomari, de Lima. Se rascó la barba, se mordió los labios e inhaló el aire como si se tratara de un perfume delicioso. La misma reacción había tenido un luxemburgués que pagó el doble de precio por mis cuentos.

Antoine, de Montmartre, dijo que tenía una amiga limeña, qué casualidad. Sacó su teléfono y la buscó entre sus contactos. Me mostró la foto de una joven de piel canela y ojos pardos. Es ella, dijo con una mirada nostálgica. Marcó su número y le dijo algo así como que era el viejo Antoine, sí, el mismo, y le comentó que estaba en la Bonne Nouvelle con un escritor peruano, y estiró su mano cubierta de rizos negros y me dio su celular para que conversáramos.

La chica del otro lado de la línea sonaba cansada, como si acabara de ingerir una fuerte dosis de somníferos. Dijo que se alegraba de hablar con un compatriota, pero su lasitud invertía el significado de las palabras. Con ese desgano me preguntó qué haría al día siguiente, porque esa noche era imposible que nos acompañe: se sentía un poco mal.

«Un resfrío», dijo.

«Escríbeme por el WhatsApp, ¿sí? Pídele a Antoine que dé mi número», dijo. Tosió y cortó.

«¿Está mejor?», me preguntó él. No supe si se refería a ella o a la situación en que me había encontrado.

«Sí», dije.

Antoine respiró profundamente, con cierto alivio. «¿Estás con ellos?», preguntó por Patrick y Louis. Le dije que los acababa de conocer, pero que me había quedado en el limbo porque no entendía el francés. Antoine arrugó su frente y aguzó su oído. Por un instante, creí que comenzaría a traducirme lo que se hablaba en la mesa, pero no, más bien dijo algo enigmático: «A veces es mejor no entender algunas cosas, así uno se imagina lo que podría estar sucediendo. Eso es bueno para un escritor como tú. Nunca subestimes el no saber. A veces, es mejor».

Otras personas que entraban y salían de la Bonne Nouvelle lo saludaban. ¿Era famoso? Antoine recogió su cajetilla de cigarrillos y me ofreció uno. No, gracias. Enarcó sus cejas y fumó hondo una, dos veces, y sin darle importancia dijo que al día siguiente habría un concierto. Él no se presentaría pero tenía una lista de invitados. Yo podía ir si quería. ¿Me animaba?

Por supuesto.

Sintiéndome en falta ante su bondad, le dije que se podía quedar con uno de mis libros.

Antoine me pidió una dedicatoria. Dijo que ese ejemplar valdría mucho dentro de unos cuantos años. Su optimismo era excesivo, pero me reconfortaba: viajar había valido la pena por detalles así.

Eso me pasó una noche en París cuando todavía se podían entablar conversaciones con extraños. Pasó a pocos días de que se prohibieran las reuniones de más de mil personas en Francia, en una semana previa al confinamiento mundial, cuando la gente aún no usaba mascarilla. Antes de que muriesen dos millones y medio de personas de todos los continentes por el nuevo coronavirus.

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