Capítulo III: Papá no es inmune pero Covidman sí

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En mi primer día en la calle abordé el Nissan de papá con una mascarilla, gafas de sol y un chullo para ocultar el desorden de mi pelo. Mi traje de repartidor de tienda por departamentos. El escudo de Alianza Lima bordado en una tela azul cubría la boca y la nariz de mi viejo. Como no podía besar su mejilla, extendió su puño para que lo chocara con el mío. El saludo oficial en tiempos de pandemia.

El día anterior, me contaba, había conducido hora y media hacia Lima Norte para entregar productos. Ayudándose con esa misma guía de calles de Lima Metropolitana que ya desplegaba sobre su timón, había dado vueltas y vueltas hasta que anocheció.

—El camino de regreso lo hice en cuarenta minutos. Las pistas limpias, nada de tráfico. Pero ni más vuelvo por allá —dijo—. No es mi zona.

Bolsas y cajas sobre el asiento tapaban la ventana trasera. Nos tocaba repartir por Lima Sur, una ruta que papá conocía como la palma de su mano: de joven había abastecido de cervezas y bebidas gaseosas a bodeguitas de Villa María, Villa El Salvador y Lurín. Pero había que ir primero a Chorrillos. Dobló la guía, la guardó dentro del parasol y puso el auto en marcha.

La última vez que nos habíamos visto, el día en que me recogió del aeropuerto, los dos ocupábamos esos mismos lugares, con las bocas y narices al descubierto, y camionetas, taxis, buses y microbuses se acumulaban como animales salvajes en cualquier avenida. El desesperante ruido de los cláxones desgastaba nuestros tímpanos y nos tensaba los hombros. Hordas de peatones, siempre contra la hora, se arrojaban a las pistas con la vehemencia de un suicida, y casi eran arrollados por combis de choferes asesinos. Yo había desaprobado ese comportamiento con un movimiento de cabeza mientras dejábamos atrás el Callao. Mi viejo dijo: «Tranquilo, pronto volverás a Europa». Ahora esa frase sonaba a chiste de pésimo gusto. «Pronto».

Pfff.

En esa mañana de mayo ni siquiera había vuelos internacionales, y apenas uno que otro vendedor de helados se acercaba a tocar la ventana del auto cual mendigo en la avenida Billinghurst de San Juan. Otra mujer, vestida con un pegadito buzo azul, caminaba a un lado de la pista levantando bebidas energizantes como si fuesen trofeos, y un tipo con atuendo de cazafantasma ofrecía fumigaciones al paso. Todas las vías estaban libres, pero se había prohibido la movilización. Hasta daba un poco de miedo. Las únicas sonrisas que se podían ver eran las de un consultorio odontológico: tres gigantografías de dentaduras perfectas, aunque empolvadas por los cerros del sur de Lima.

Le pregunté a papá cómo se sentía.

—Bien, felizmente.

Dijo eso con los ojos puestos en el parabrisas, como un hombre que ha decidido mirar solo lo que hay en su delante, aunque sus párpados tiemblen. La cuarentena obligatoria había cerrado con candado las rejas de su tienda, y, ante la necesidad de conseguir dinero, papá aceptó la propuesta de un amigo, taxista de aplicativo, que también trabajaba como repartidor. Nada de contratos, pago cien soles diarios, de ocho de la mañana a seis de la tarde. El viejo era de los pocos con permiso para circular en auto. El papel blanco que había sobre el tablero era su salvoconducto por si lo detenían los polis.

—¿Cómo está mi abuelita?

—Bien.

—¿Mi tío?

—También. ¿Y tú? —preguntó sin voltearse hacia mí—. ¿Qué tal? ¿Te acostumbras a vivir solo?

—Sí —mentí, mientras subíamos y bajábamos por un cerro de vecindarios laberínticos.

Nos detuvieron unas mallas anaranjadas en el medio de una pista. La habían roto. Un grupo de hombres trabajaba en el subsuelo.

—Puta madre —renegó papá—. Ahora tendremos que darnos toda la vuelta.

Retrocedió y dobló a la derecha. En la esquina, una señora vendía desayunos: pan con torreja, pan con palta, quinua, maca. Yo no había comido. De pronto, papá frenó y, estirando su cuello, dijo:

—¿Qué manzana dice allí?

Me quité las gafas. No alcanzaba a ver. Achiné los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Te está fallando la vista?

—G. Es la manzana G —dije, obviando su pregunta.

—Entonces es en la siguiente cuadra —arrancó y movió a segunda la palanca de cambios.

Lentamente fue revisando las direcciones sin que yo pudiera adivinar el gesto que había tras esa mascarilla. Al llegar al punto indicado, estacionó y le dije que yo bajaría por él, pero muy rápido —ni siquiera me dio tiempo de pedirle que se colocara el protector facial que colgaba de su retrovisor—, abrió la puerta, y de la maletera sacó una bolsa con lo que parecían almohadas o cubrecamas. Cojeó y tocó el timbre de una vivienda verde de dos pisos. Los ladridos de un perro lo hicieron recular.

Una señora de pelo pintado de rubio, con las raíces negras, salió a atenderlo sin ninguna medida de seguridad. Mientras ella cruzaba palabras con papá, quise gritarles que se alejaran, que mantuvieran los dos metros de distancia debidos, pero solo suspiré con amargura: eso era el Perú. No había consciencia de que el virus enviaba a los crematorios de ochenta a cien compatriotas por día.

Nada había cambiado.

Y papá era lo que se decía «persona de riesgo». Se obligaría a una pulseada con la muerte si esa mujer estaba contagiada y una de sus contaminadas gotículas, que se expulsan al hablar, se le metía en el cuerpo a través de sus ojos. La empresa no se haría responsable.

El sol quemaba, como si anduviera de pésimo humor, y me comenzó a doler la cabeza. Sentí ganas de vomitar, quizás de tanto subibaja o por la bilis en mi estómago vacío.

Finalmente, la señora firmó un documento con el mismo lapicero que papá guardaría en el bolsillo de su camisa.

Otra vez en el auto, mi viejo tomó un recipiente de plástico de debajo de la radio y se untó las manos: como si ese líquido que olía a fresas mezcladas con alcohol fuese a salvar su vida.

—Sabes que ese gel no mata al virus, ¿verdad?

—¿Quién dice? —le prestaba más atención a la hoja que tenía en sus manos. Tachó un nombre de la lista con su lapicero.

—¿Cómo que quién dice? —desaprobé su respuesta—. La Organización Mundial de la Salud. Mira, —leí la etiqueta del frasquito— aquí está: «antibacterial».  La covid no es una bacteria sino un virus. Tienes que usar tu careta siempre, por favor —le dije—. Y no le prestes tu lapicero a nadie. ¿O te quieres morir? —me enfadé—. Los clientes deberían de protegerse por respeto a ti. ¿No puedes llamarlos antes y decirles que hay un protocolo?  Si ellos se quieren morir, que se mueran, pues, pero no tú. ¡No te vas a morir por cien soles!

—No pasa nada, hijo —papá trató de calmarme, pero yo lo veía entubado en una cama de cuidados intensivos—. Tranquilo.

—¿Cómo esperas que esté tranquilo después de todo lo que hemos pasado? La suerte no estará contigo siempre. ¿No te dice nada esa cicatriz en tu cuello?

2018. Las citas eran por orden de llegada en ese consultorio. A las siete de la noche, hora en que comenzaba la atención, papá y yo fuimos los primeros en sentarnos en esos sillones duros. La asistenta, una joven de brackets, entretenida con un celular rosado, nos había dicho que el doctor no tardaría en llegar, recién acababa su turno en el Hospital de Enfermedades Neoplásicas, a pocas cuadras de allí.

Ya eran las nueve y, como los asientos ya estaban todos ocupados, dos hombres aguardaban apoyados en una pared. Su color azul marino transmitía frío.

Como cada día era más extenuante que el anterior, sin darnos cuenta las quijadas de papá y la mía fueron vencidas por el cansancio acumulado. Nos despertó la aparición de un viejo alto y desgarbado en la sala. Generaba un aura de ensoñación con esa gabardina de detective que le llegaba hasta los tobillos. Aún somnoliento, papá me dio un codazo y me dijo en voz baja ¿y ese Cochero de Drácula de dónde salió? El reloj de pared indicaba que eran casi las diez y media cuando la asistenta, con impostada simpatía, abrió la puerta del consultorio y llamó: ¡paciente Palomari!

Papá y yo nos levantamos disimulando las risas. Con que ese era el doctor.

El Cochero de Drácula cruzaba sus manos velludas sobre el escritorio. Encima de su frente salpicada de lunares colgaba el Sagrado Corazón de Jesús. Con esos ojos grandes y sobresalientes, el doctor nos examinó, dijo «asiento» y pidió que le alcanzáramos el expediente médico de papá.

Queríamos una segunda opinión.

Tras un vistazo rápido, en el cual emitió sonidos como «ujum», «ujum» al pasar de hoja en hoja con esos dedos de monstruo, el Cochero confirmó lo que la Eminencia del Rebagliati ya le había anticipado a papá: su cáncer no se desarrolló. ¿Cómo que no se desarrolló?, le pregunté al viejo mientras salíamos del complejo hospitalario de Jesús María. No creía en milagros, pero ese parecía uno.

No hay, pues, me contestó papá con la misma mueca de extrañamiento que heredé de él: las cejas levantadas y el labio inferior como en un puchero.

El diagnóstico final era Epstein-Barr o la enfermedad del beso (se le llama así porque se propaga a través de la saliva), un virus que puede ocasionar ciertos tipos de cáncer, como el linfoma. «Es una infección viral. Solo eso», nos había dicho el cachetón Arróspide. «No se preocupe, ya pasará». En la consulta con el Cochero, recordé su gangosa voz y otra vez sentí vergüenza ajena por su dentadura voladora.

—Usted no tiene cáncer, señor —repitió el Cochero.

Con que papá se había salvado, aunque solo de momento.

—Este virus puede permanecer en su organismo hasta dentro de un año, señor Palomari. Si se descuida, podría reactivarse. Los profesionales de la salud siempre vamos a estar a su disposición, pero no se olvide que quien da y quita la vida es este pelucón que está acá detrás de mí. Hace seis años yo tuve un tumor en el páncreas. Me moría, señor Palomari. Usted no quiere saber todo el dolor que sentí —se puso de pie y se desabotonó la camisa para que viéramos el tajo que partía su tórax—. ¿Pero ve? —se cubrió, se sentó, dio un suspiro y continuó—: Le recé al bravo de acá atrás y le pedí una oportunidad más. Le juré que, si me lo permitía, yo iba a dedicar toda mi vida a servir a pacientes oncológicos. Y aquí estoy, señor Palomari, cumpliendo con mi palabra. No se olvide de que la medicina es 50% de ciencia, en la que mis conocimientos y las herramientas intervienen para salvar al enfermo, y 50% Dios, eso ya no depende de nosotros.

Probabilidades.

—Usted es un buen hombre —añadió el Cochero—. La presencia de su hijo me lo confirma. Hay mucha gente que viene sola, ¿sabe? Tome esto como un llamado de atención. Comience a valorar lo que realmente es importante.

Miré a papá de reojo y noté que contenía sus lágrimas.

El Cochero preguntó:

—¿Los puedo ayudar con algo más?

Negamos con la cabeza.

—Cuida a tu viejo —me dijo con voz de ultratumba.

Contentos, esa noche celebramos la vida en una pollería de la avenida Aviación. Como un pintor de expresionismo abstracto, papá llenó sus papas con harta mayonesa, mostaza, ketchup y full ají. Cortó un pedazo de su jugosa pierna y dio un bocado y luego sorbió su vaso con Inca Kola helada con una mueca de goce que no le conocía.

—Disfrútalo mucho porque de ahora en adelante solo vas a comer esto una vez a las quinientas —le advertí—. No te has salvado del todo.

La Eminencia le sugirió que continuara chequeándose. Papá volvió a conversar con él, pero solo una vez. Si seguimiento que le hacían se suspendió por la pandemia: el seguro social solo atendía a coronapositivos. Su cita se postergaba indefinidamente.

—La siguiente entrega la haré yo —le dije a papá con la antipática confianza del que se siente inmune como un superhéroe, Covidman, ¡já!, mientras el mundo entero vive confinado, cuidándose de un monstruo genocida.

Los especialistas en la SARS-CoV-2 dudaban si era posible que los recuperados se volvieran a contagiar, si una reinfección sería más agresiva, pero, como si la calle fuese mía, absorbía cierto poder del suelo al caminar decidido, pisando con toda la planta del pie, con una laptop en caja, rumbo a la casa de ese cliente de Surco. Nadie transitaba por sus parques con perros hechos de arbustos; ocasionalmente, aparecía un venezolano en bicicleta cargando una caja amarilla en su espalda: una pizza, un pollo a la brasa, cervezas, vino, tres leches. Imaginé a mamá, a Mascota y al Diego recibiendo en la sala el aire purificado por esos árboles vigorosos; y a Mamá Soltera oyendo el canto de los pajaritos y contemplando ese inaudito cielo azul en Lima, esperando su delivery: una delicatesen 100% saludable que le alegraría la mañana.

—Tu mamá está con plata, ¿ah? —comentó papá cuando regresé al auto. Su mirada se dirigía hacia esos vecindarios apacibles—. Un depa por aquí no te vale menos de mil quinientos soles al mes, ah. Aunque los alquileres deben de haber bajado por la crisis, ¿no?

—No sé si tendrá plata, pero vendió todo. Todas sus cosas las vendió. Y se llevó hasta los focos del departamento.

—¡Tu mamá se pasa! —se rio papá.

—La comodidad implica ciertos sacrificios —dije.

Como que yo tenga que salir para que tú te quedes protegido dentro de este carro, pensé.

Volvimos a San Juan, dejé más portátiles. El teletrabajo o trabajo remoto los había convertido en objetos de primera necesidad, y también a nosotros: los delivery. Era casi mediodía. En Ciudad de Dios ya había tráfico, desorden. Cruzamos una aglomeración andante de coloridas bolsas de rafia, y nos desviamos por un jirón repleto de meretrices en las puertas de hostales estrafalarios: Dubái, Sahara, París, Hawái.

En la entrada a Villa María del Triunfo, un grupo de jóvenes empujaba balones de oxígeno hacia el hospital María Auxiliadora, que era rodeado un cerco humano. Gente rogando por atención. Unos días antes leí que un joven había muerto en su estacionamiento, en una camilla. Nadie se hizo cargo de él. La denunciante del caso era su tía. El color opaco de los pabellones y de sus muros se reflejaban en el cielo, que en esa zona se volvía tenebroso. La otra opción de asistencia sanitaria eran las clínicas: desde fines de abril, ya acogían a los apestados, aunque su internamiento podía costar hasta medio millón de soles. Eso no garantizaba que el paciente sobreviviera. Como fuere, cobrarían por su servicio, y se aseguraban el pago pidiendo el desembolso de una garantía previa hospitalización.

—Son unas mierdas —papá comentaba las noticias de la radio—. Pon música mejor.

Cambié a una emisora de rock. Escuchamos uno-dos-ultraviolento, uno dos ultraviolento, uno dos ultraviolento, ¡uno!, ¡dos!, ¡ultraviolento, oh! mientras ascendimos por esos cerros que eran visibles desde la canchita de fútbol de mi cuadra.

La noche en Villa El Salvador era aún más negra. Las tranqueras impedían el acceso en auto hacia las desembocaduras de tierra dura, lo que sugería que un vecino ya había sido asaltado. Tenía que caminar doscientos o trescientos metros, y no faltaban las jaurías que emergían de la nada y que me rugían con rabia, como para que no me acercara a las viviendas de sus amos. A lo lejos, en lo que parecía una losa deportiva, brillaba como una estrellita naranja. Se movía circularmente, de boca en boca, entre los muchachos de un grupo.

—Aquí no hay cuarentena —le dije a papá al regresar al carro.

—Gente ignorante, pues, hijo. ¿Qué les puedes pedir si no han recibido educación? ¿Tú observas la presencia del Estado por aquí acaso?

Subí las escaleras de casa muy agotado. Ya conocía ese abatimiento físico y mental, cero ganas de escribir: los trabajos alimenticios son incompatibles con la profesión literaria. Fui a la habitación de mamá y cerré la tapa de su inodoro y también la puerta de su baño para que ningún insecto escapara de allí. En la cocina me preparé un té con limón. Mamá solo me había dejado un gastado hervidor eléctrico.

Mi abuelo había tenido que instalar un par de focos para que no viviera a oscuras. Eran de esos antiguos, de luces amarillas que redoblan el cansancio y la tristeza.  

Esa era mi casa.

Al menos papá estaba sano.

Al menos mi madre y mi hermana vivían en un distrito mejor.

Al menos eso era lo que creía yo.

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