Capítulo IV: Nos morimos por este modelo económico

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—¿Nos está persiguiendo ese auto? —le pregunté a papá.

Eran las ocho y trece de la noche. Atravesábamos el cementerio de policías de Chorrillos, una pampa desolada y espectral donde una camioneta de lunas polarizadas detrás de ti es más perturbadora que la aparición de un fantasma.

Ya no debíamos estar en la calle. Hacía rato que se había terminado el horario de trabajo, pero un cliente se quejó con la empresa porque era el segundo día consecutivo en que no le entregaban su laptop: siete mil soles que nosotros transportábamos junto a otras portátiles en la maletera. Más de diez mil dólares en mercadería.

Éramos un botín muy atractivo para los delincuentes.

En la tarde habíamos ido a buscar al reclamón, pero no había nadie en su casa y no contestó el teléfono cuando lo llamamos. Al cabo de dos horas, se contactó con nosotros y nos pidió regresar, pero ya estábamos entrando a Villa María Del Triunfo. Era imposible que volviéramos a Chorrillos, le explicó papá. El tipo alzó la voz, como si con eso lo fuéramos a obedecer, y ante la negativa dijo que se pondría en contacto con el gerente de la compañía. Papá lo animó a que lo haga.

—Ese está bien huevón —dijo después de colgar—. Ya fuimos a su casa. Si no estaba, piña, pues. No es mi culpa.

Terminamos de repartir en Villa María, en Villa El Salvador, y ya íbamos a la tienda donde dejaríamos los productos que no fueron recibidos. A veces había pasado mucho tiempo desde el pedido y los compradores ya no querían nada o no encontrábamos a nadie en el domicilio o nunca dábamos con la dirección. En eso, la pantalla rota del celular de papá se iluminó con el nombre de su supervisora.

—Pero yo ya fui a su casa —dijo él—. Te mandé una foto, Alelí. No me vas a hacer regresar, ¿no? No te pases, amiguita. Ya es tarde. Esa zona es picante. Tú no conoces, eres venezolana, pues. Yo estoy solo con todos los equipos, me pueden asaltar. Vivo lejos, casi en la playa, en Lurín —mintió—, y ya falta una hora para el toque de queda. ¿Cómo voy a volver a mi casa, amiguita? Me va a multar la policía. ¿Ustedes se van a hacer cargo de esos seis mil soles?

Escuchó en silencio lo que ella le decía, y cortó la llamada, molesto.

—Caballero, tendremos que dejarle su pedido a ese huevón… Si no, me van a buscar la sinrazón para no pagarme dijo. El viejo tenía experiencia con eso de la “sinrazón”—. Ojo, pestaña y ceja con los choros, hijo —me advirtió.

A la preocupación por el virus, se sumaba esa tensión en la mandíbula del que aprieta los dientes: el cuerpo alarmado por la delincuencia. Unos días atrás, la sangre de un repartidor salpicada en el parabrisas y en el asiento de su van había aparecido en todos los noticieros. Ese era el resultado de resistirse a un atraco. Recordé el robo que sufrió la francesa Jacqueline en Cali. Sudamérica es salvaje, le dije con cierto orgullo en un auditorio de París. Pero era distinto habitar ese miedo, vivir en él.

Como siempre que andaba malhumorado, y motivos no le faltaban, papá comenzó a tocar el claxon y mascullaba insultos en los semáforos en rojo. Las pistas de Lima se habían rociado con un líquido inflamable. Solo faltaba una chispa para que la violencia empezara a arder en cualquier momento, en cualquier esquina.

Sabiendo lo explosivo que era mi viejo, cuando volvimos donde el reclamón evité que baje del auto y prepare sus puños. No solo debía proteger a papá del virus sino también de su propia ira. Además, me daba curiosidad cuál era el rostro de ese tipo quejoso: el rostro del egoísmo. Sospechaba que me encontraría con un semblante amargado, en sus cuarenta, pero el gordito de lentes a quien le di esa laptop de seis mil soles aparentaba unos pocos años más que yo. “He estado esperando desde hace un mes. Tengo trabajo acumulado, no podía avanzar sin esto”, se justificó.

Yo no le dije nada.

Si en las primeras semanas de la pandemia hubo la esperanza de que la humanidad se ennoblecería, en el Perú un balón de oxígeno, que sin la crisis costaba quinientos soles, ahora se vendía a cinco mil. Lo increíble era que algunos aprobaran esa selección natural de la economía: quien no podía pagar no merecía vivir.  

—Está que se me pega, ¿no? —los ojos de papá iban del retrovisor al camino oscuro, del retrovisor a esa pista sinuosa rodeada de cerritos, la frontera entre Chorrillos y San Juan.

—Frena y déjalo pasar —le dije. La camioneta, una bestia negra, ya nos respiraba en la nuca.

—Aquí no —dijo.

Manipuló su caja de cambios y en el cuentakilómetros la manecilla se disparó con fuerza hacia el número cien. Hechos un rayo llegamos al puente Alipio Ponce, más iluminado, aunque igual de tétrico, como a punto de derrumbarse, y papá estacionó cerca de un patrullero que se preparaba para la inmovilización. La camioneta también redujo su velocidad, pasó muy despacio por nuestro lado y se desvió hacia quién sabe dónde.

—Gente de mierda —dijo papá. Tomó la cajetilla que había debajo de su radio. Se bajó la mascarilla hasta el cuello, abrió la ventana y encendió un cigarro—. ¿Has ido a visitar a tu mamá?

Fumaba ansioso: pitadas profundas con prolongadas expulsiones de humo. Siempre me chocaba que preguntara por ella. Son raras las maneras como se cuidan las familias separadas.

—Todavía.

—¿Por qué no? —hablaba sin mirarme. A pocos metros, había una tienda abierta. De ella salieron dos chiquillos cargando una caja de cervezas.

—No me ha dado su dirección.

—Tienes que ver a tu hermana —dijo papá, y se rascó o se arañó la mejilla derecha.

Como muchos padres, en realidad como casi todo el Perú, estaba impactado por la tragedia en Lima Norte el último fin de semana. La policía se había enterado de la celebración de una fiesta clandestina en el segundo piso de un restaurant, y convocó a la prensa para sorprender a los 120 jóvenes que bailaban mientras el país luchaba por sobrevivir en unidades de cuidados intensivos. Pero algo o alguien falló, y esos chicos que apenas eran mayores de edad se enteraron de la redada y trataron de huir por las escaleras, una estampida que se encontró con una puerta de metal cerrada y custodiada por fuera. Gritaron, aporrearon la lata, desesperados. No les abrían porque no querían que se escaparan.

Cuando quisieron dejarlos salir, los policías se dieron cuenta de que era imposible liberar la entrada sin la ayuda de unos camiones para arrancar la puerta.

El aluvión humano asfixió a trece en esos peldaños estrechos.

En cada uno de esos muertos, papá veía a mi hermana. Muchos también veían a sus hijos.

Pero otros creían que ellos mismos eran los culpables de su desgracia.

—Hablaré con mi mamá —dije.

Papá acabó de fumar, prendió el carro y me dejó en casa. Luego se fue con veinte mil soles en su maletera. Era estresante la responsabilidad del que ya ha pasado por la enfermedad y ahora debe proteger a todos. Me limpié las suelas de mis zapatillas en la puerta de mis abuelos. Entré para recoger mi comida. Ellos estaban en la sala viendo TV. Al verme, se cubrieron con sus mascarillas.

El departamento vacío me inspiraba cierta tristeza, como si los ánimos de mamá, Mascota y el Diego se hubieran adherido en sus paredes naranjas, como si no acabaran de irse. Me pregunté si mamá había reaccionado así cuando papá nos dejó. Recuperarse de una separación es de esos logros que nadie reconoce, un dolor ridículo si se compara con el de los dueños de casinos que por esos días se declaraban en quiebra en los medios de comunicación. El Gobierno no los dejaba trabajar, decían casi llorando.

Agotado por las idas y vueltas del delivery, me tumbé sobre la silla de playa que me regaló mi abuela. Por el color de las losetas del departamento, me daba la impresión de que estaba en la arena, no en la de un balneario sino en la de un desierto, y poco a poco me iba hundiendo. Lo único que tenía a mano para no tocar fondo era mi teléfono. Desbloqueé a la Tóxica de mi WhatsApp y le escribí un vergonzoso “hola”. Había sido injusto con ella. O quería engañarme con eso: no aceptar que la extrañaba y que necesitaba oír su voz, sentirla cerca. Un falso arrepentimiento.

En la madrugada escuché que algo rebotaba contra la puerta de mi habitación. Poc poc, hacía. Poc. Ya sabía lo que era. Por eso me quedé frío en la cama, como petrificado.

A las cinco de la tarde, la Tóxica, con ese perfume de frambuesas que era perceptible aun con la nariz tapada, entró en el depa con media cara cubierta por lo que parecía la copa de un sostén negro, sobre todo porque a un lado se podía leer la marca de ropa interior «Leonisa». Como le había comentado por chat que no bebía desde hacía cuatro meses, sacó de su bolso azul, con un estampado gigantesco de Guess, un vino tinto para complacer mi sed. Estiró su puño para que lo chocara, me cedió la botella y con esa actitud de hija única que cree que todo le pertenece, entró en el baño, se desinfectó, volvió a la sala, roció con alcohol mi silla playera y se sentó delicadamente en ella. Parecía dispuesta al diálogo, lo cual me hacía dudar si tenía que ser brutalmente sincero o si mejor obviaba lo que había planeado decirle.

—Está cómoda, ah —opinó mientras colocaba su mascarilla en el brazo metálico. La Tóxica no se pintaba los labios, aunque retocaba su rostro con una crema que la hacía más blanca. Paseando sus ojos por del depa, comentó—:  Jamás hubiera imaginado que te independizarías antes que yo, pero era de esperar que tu departamento luzca así. No te ofendas. Por lo menos está ordenado, hay que reconocerlo.

—Es una ilusión óptica porque no tengo cosas —dije y le entregué una tacita con vino.

—Vino en tacita. Ay, Palomari, es taaan de ti —sacudió la cabeza.

Me acomodé en el piso, en posición de loto, y brindé:

—Porque estamos vivos.

—Salud.

Y levanté la tacita con un poco de temor. La última vez que había bebido vino, acabé doblado frente a un wáter, temblando, con escalofríos y con una intensa quemazón, como lava, entre la piel y los huesos. Pero ahora, el sabor seco de esas uvas explotó en mi lengua, y la efervescente y agradable acidez se iba replicando en todo mi paladar.

—¿Pones música?

—Por suerte, todavía no me cortan el Spotify —dije, buscando algo de Illya Kuryaki and the Valderramas—. Debo dos meses.

—¿No se te ocurrió otra canción? —levantó las cejas y me mostró la parte blanca de sus globos oculares cuando Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur comenzaron a cantar A mover el culo, amo ver el culo. ¡Ah!, mover el culo, amo ver el culo.

—No es ningún mensaje subliminal, por si acasín —dije—. Me gusta mucho esta parte en que dice: “Hay que empezar a mover, se nos acaba la era”. ¿No sientes que recién se acabó el siglo XXI?

—Ese virus te ha afectado el cerebro, ¿no?

—No —sonreí—. Yo ya era así.

—Mejor dime, ¿cómo haces con tus gastos, ah?

—Te dije: trabajo con mi papá. Me da una parte de lo que cobra.

—Eso debe ser bien poco. ¿Te alcanza?

—Sí. Para el café.

—¿Y qué harás cuando alquilen el departamento?

—De hecho, ya estoy haciendo algo. ¿Has visto Beetlejuice?

Me miró con incredulidad.

—Bueno, cada vez que alguien viene a ver el departamento, lo espanto.

—Eres un idiota.

—Sí, y, por cierto, voy a escribir una novela sobre la covid.

—No me digas… Seré uno de tus personajes.

—No lo sé todavía. De repente.

—Más te vale que digas cosas buenas de mí.

—Sí, claro.

—Tienes bastante material.

—Eso no siempre es una ventaja.

—Eres el primer escritor peruano con coronavirus.

—No me quiero quedar en eso. Me gustaría construir un relato que trascienda mi experiencia. Quiero mostrar el contexto internacional. Pensé que solo en el Perú estaríamos, pero la situación es jodida incluso en los países más desarrollados.

—Pero en esos países no creo que haya un Richard Swing ni un Vizcarra.

—También tienen lo suyo, ah. Fachos como Bolsonaro, que no cree que la enfermedad sea grave, o como Trump, que alucina que uno se curará de esto con lejía.  

—Brother, pero ese Richard Swing…

—¿Será su caficho?, ¿su dealer?, ¿su amante? —aluciné.

—Es un asco. Por ciento setenta y cinco mil soles lo creo capaz de todo. Qué hasta las huevas. Los políticos me llegan a la punta de la teta izquierda.

—Bienvenida al club —alcé mis manos—. Salud por eso.

La Tóxica rio y golpeamos las tazas. Bebió y frunció la nariz.

—Hasta ahorita puedo oler la muerte, ese humo que salía del crematorio del cementerio de la policía… ¡Aj! —exclamó.

—La pandemia es una pesadilla sin fin para quienes viven más próximos a la muerte.

—Es una mierda lo que están haciendo las clínicas, los vendedores de oxígeno, de mascarillas —dijo—. Son inhumanos.

—Ley de la oferta y la demanda, principio de nuestro excelentísimo modelo económico, el mismo que te permite ir a un hospital privado y recibir la mejor atención a cambio de una deuda por toda tu vida —ironicé—. Salud por eso.

—Salud por eso.

Chin.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —el alcohol había almibarado los ojos de la Tóxica. No tenía amigos críticos del capitalismo, y yo extrañaba que alguien me mirase con tanta dulzura por mi posición.

Pero, como si la acabaran de deshipnotizar, retomó su actitud inquisidora y preguntó:

—¿No has visto a nadie en todo este tiempo?

—A mi hermana, a mi mamá, al…

—No seas mongo, ya sabes a lo que me refiero.

Celos.

—No. A nadie. No he visto a nadie.

Y habría respondido lo mismo si lo hubiera hecho.

—¿En serio? ¡Júralo!

—Te lo juro —hice una cruz con mis dedos y la besé sonoramente.

—¿Ni siquiera por Zoom? ¿No has asistido a una fiesta online?

—No. ¿Tú sí?

Calculaba su silencio. Era más sincera que yo, y quizás por eso exigía una retribución fuera de mis posibilidades. Y, ciertamente, la verdad es solo un capricho en una relación con fecha de vencimiento.

—No me tienes que contar —le dije—. Más bien, te debo unas disculpas.

—Yo te debo unas disculpas, oye. Leí lo que publicó Somos y me sentí muy idiota por no haberte creído. Realmente estabas mal.

—Bueno, debí explicarte lo que me pasaba con paciencia. Corté la comunicación abruptamente. Entiendo que hayas pensado que soy un imbécil.

Suspiró.

—Eres un imbécil —dejó su tacita a un lado—. Pero mejor cállate y dame un beso.

Me despedí de la Tóxica antes del toque de queda. La recogió un taxi. Se sentó pegada a la ventana, próxima a mí. Supe que entre nosotros no habría nada nunca más. No esperé a que el auto arrancara. Le hice adiós con una mano y regresé por el pasadizo de la casa y subí por las escaleras medio picado y triste por ese encuentro innecesario, pero también justo, porque hasta el relato más malo merece un final.

Crucé la puerta del depa y capté cierto movimiento en el suelo, a tres metros de mí. Era una cucaracha gorda que se interponía en el camino hacia mi dormitorio, hacia mis sueños. Mi corazón comenzó a bombear más sangre, los labios me temblaban y sobre mi frente ya podía sentir unas gotas fría de sudor. Ay.

El insecto seguía quieto. Tampoco tenía escapatoria. No había muebles donde esconderse. Era un momento poético, o yo lo quise interpretar así, como una revelación. No me enfrentaba a una cucaracha sino a mí mismo, y me convencí de que viviría estancado para siempre si en ese instante no levantaba mi pie y aplastaba a todo aquello que me impidiera avanzar hacia mi destino, así que eso fue lo que hice. Acabé con ese pobre bicho brutalmente, pisada tras pisada, chancando el piso con la suela, y su patas continuaron retorciéndose, pisada tras pisada, golpe a golpe, cuaj, cuaj, hasta que su crujiente integridad se volvió una masa chiclosa, como una pelusa gris.

Mientras empujaba el cadáver hacia el recogedor, cerca de la puerta de mi cuarto, pensé en todas las veces que mamá me había hablado desde ese lugar, cuando su sombra, proyectada hacia mi cama, era como un cordón umbilical que nos unía.

¿A qué edad nos hacemos conscientes de nuestra sombra?, me pregunté.

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