Capítulo V: Sin miedo al éxito

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—¿Nos está persiguiendo ese auto? —me preguntó papá.

Era otro día. La misma figura.

¿Cómo cambia la percepción sobre el tiempo y la realidad en un mundo infecto? Cuando retorné a Lima y enfermé y estuve recluido un mes en mi habitación, dos meses en casa, sentí que mi viaje no había culminado al aterrizar en el Jorge Chávez, pues no cumplí con una serie de rituales que eran lo que yo consideraba “volver a Lima”. Saborear choritos a la chalaca en la orilla de la playa El Silencio, un café en Barranco o en San Isidro, asistir a la presentación de un libro o a una función de teatro, o reunirme con mis amigos en un bar de la calle Berlín, en Miraflores, o solo vagabundear por San Juan, alerta a sus peligros cotidianos: robos, atropellos, ataques de feroces perros.

No hubo nada de eso.

Era como si mi avión se hubiese desviado hacia un país donde no existían restaurantes ni salas de cine ni gimnasios ni bibliotecas ni fiestas: como si ese avión procedente de Madrid hubiese descendido en un territorio sin vida.

O no fue del todo así.

Cuando llegué, todavía se estaban celebrando las últimas reuniones, se brindaba por última vez en el Perú. Unos días después la realidad cambiaría para siempre, nos encerrarían y veríamos el devenir del mundo a través de pantallas. Había algo de irreal en la llamada “nueva normalidad”, en el reiterativo mensaje gubernamental “Quédate en casa”, en aceptar que nos acechaba la muerte como jamás imaginamos, aunque conocíamos ese escenario por libros de ciencia ficción; efectivamente, era como si nos hubiesen introducido en una película con virus, cadáveres y zombis. Aun así, uno siempre se sorprendía ante el fallecimiento de amigos, familiares o conocidos por el bicho. En redes sociales, en las fotografías de los difuntos (sonriendo, ignorantes del poco tiempo que les quedaba), había comentarios como: “hasta ahora no lo puedo creer”, “te fuiste muy rápido”, “sigo en shock”, “no puede ser”.

Esa también fue mi reacción cuando me dijeron por WhatsApp lo de Milkito. Mi amigo acumulaba obesidad, diabetes, era fumador y sus “privaditos” en cuartos de hotel sin ventilación lo hacían un fuerte candidato a la muerte, y, a pesar de eso, en un primer momento, con los ojos desorbitados por la impresión, pensé que mis compañeros de promo bromeaban, conocedores de su debilidad.

Era asombroso. Milkito había evitado el contagio, mas no a unos ladrones que lo acuchillaron mientras volvía a su casa luego del toque de queda. Así se sumó a la lista de víctimas indirectas de la pandemia. La policía, el serenazgo, los servicios de salud, de telefonía, de transporte estaban colapsados, aunque en San Juan era casi natural ese abandono. Y era muy irónico que en las últimas palabras de mi amigo hubiese tanta sabiduría acerca del distrito que habitaba. “Este es un territorio propicio para la ilegalidad”, me había dicho. Y San Juan de Miraflores lo apuñaló.

¿No lo esperaba acaso?

Transitamos por un piso de vidrio, vulnerable ante una caída en el trabajo, como la de mi abuelo, o una inflamación de los ganglios, como la de papá, o ante un virus asesino o ante una pandilla con cuchillos.

Pensaba en las puñaladas que recibió Milkito, en la adiposidad de su abdomen que no lo salvó. ¿No son el hígado, el páncreas, los pulmones tan fáciles de perforar y de cortar como los músculos de una res en el tablero de un carnicero?      

¿Por qué olvidamos que el cuerpo es una de las estructuras más frágiles sobre la que se sostiene el presente? ¿No es la salud una entelequia, un constante juego de probabilidades?

Todavía era nítido el recuerdo de las manos temblorosas de mi amigo levantando un cigarro, con la misma euforia, o ansiedad, que lo impulsaba a beber cerveza, seco y volteado, hasta perder la consciencia.

Asistí virtualmente a la misa de Milkito. En la pantalla de mi teléfono, un sacerdote ofrecía un discurso sobre lo efímera que es nuestra existencia. Por ratos se congelaba la imagen, se detenía su voz. En una esquina había un ojito que indicaba cuántas personas seguían esa transmisión. Once, contándome. Me pregunté si por lo menos una de sus chicas estaba conectada y se despedía de esa manera de él, una de las tantas que se le pegaban y le acariciaban el pecho y los hombros cuando llegaba a los clubes nocturnos.

Era triste. Muy triste.

Se acababa de ir uno de sus mejores clientes.

Uno de mis mejores amigos.

Las desgracias parecían rayos que un dios perverso nos lanzaba desde el cielo, borracho y con los ojos cerrados. El confinamiento era la mejor manera de protegernos, pero no todos tenían un trabajo que se podía realizar desde la comodidad de casa, algunos ni siquiera tenían una casa, y solo una minoría contaba con dinero para pagarle a otra persona para que les lleve alimentos a la misma puerta de su domicilio. Mis abuelos, por ejemplo, se permitían ese gasto, y yo me beneficiaba de ello. ¿Pero mamá? ¿Cómo estaba haciendo ahora que había elevado el costo de su vivienda mientras que el departamento aún no se alquilaba? Preocupado por los trescientos muertos diarios, por el caos local, por la crisis económica, me puse en contacto con ella.

Su respuesta, por WhatsApp, me dejó frío.

Papá tampoco lo asimilaba. Ambos sabíamos que mamá tomaba decisiones abruptas, pero esta vez, literalmente, había ido demasiado lejos.

—¿Tu hermana no le pudo decir nada? —preguntó él, como siempre al timón.

Debido a la pandemia, su auto se había convertido en el único escenario de nuestras interacciones. Desde el asiento de copiloto del Nissan, había sido testigo de la metamorfosis de la ciudad. Luego de un fulgurante e inusual azul en el cielo, sin tubos de escape viejos que lo contaminen, las nubes grises, como una acumulación de uñas sucias, habían vuelto a esparcirse sobre nuestras cabezas, y en el puente Alipio vi que ya circulaban los buses de la 73, de los que se había burlado Sudaca Fino en Madrid.

Lima era otra vez una ciudad inhóspita y fea: tráfico, bulla, suciedad, mendigos, smog.

La Panamericana Sur, autopista que lleva a las playas del sur, consentía cierto respiro. No había congestión vehicular ni peatones en apuros. A nuestro costado, camionetas conducidas por jóvenes huían con arrogancia de ese desierto mortuorio que era la ciudad. Ahora que ya no debían asistir a sus centros de labores, el sueño de chambear frente al mar, esa imagen idílica de la persona bronceada, vestida de blanco en la arena, surfeando en una laptop no solo era perfectamente posible sino incluso válida, siempre y cuando el sueldo o los ahorros estuvieran del lado de las intenciones de mudarse a un balneario.

—Mi mamá y mi hermana son tal para cual —le dije a papá.

—Ay, chucha, creo que nos pasamos —se sobresaltó, con los ojos puestos en su retrovisor—. ¿Qué dice tu mapa? Fíjate, fíjate.

—Debimos doblar en la esquina de atrás.

—Ahora tendremos que darnos todo un vueltón —dijo—. Tienes que estar más atento, pues.

—Ah, ¿yo? —lo miré.

—Esta era mi ruta cuando trabajaba en Inca Kola. Villa El Salvador, Pachacámac, Lurín. Tú estabas chiquito. A veces venía contigo. No te acuerdas ¿o sí?

Tenía un recuerdo vago de papá diciéndole a mamá que me llevaría a esos lugares para que conociera la realidad, gente que dormía en la tierra, en casas de esteras. Ahora mamá vivía allí. En Lurín. Un valle al sur de Lima.

No respondí.

En cambio, aturdido por esa distancia que mi madre había impuesto entre nosotros, una distancia que complicaría cualquier emergencia que la escogiese como protagonista, y que demande mi presencia inmediata, le pregunté:

—¿Me puedes enseñar a manejar?

Según mi celular, mamá vivía en ese vecindario de casitas pintadas llamativamente, todas de una sola planta, y que por efecto del parabrisas se veían cubiertas como por una pátina, percudidas, de una época anterior. Papá apagó su motor. Le pedí que me esperase en el auto, no quería que ella ni mi hermana lo viesen. No me parecía adecuado. Papá dijo que se daría una vuelta, que llame cuando haya terminado. Chocamos puños, bajé y caminé, respirando mi propia respiración, por una vereda muy estrecha rodeada de tierra, que se extendía y atravesaba el horizonte. Las viviendas eran todas iguales, como esos módulos que se entregan a la gente pobre en los programas concurso de la televisión. En alguna de ellas se oía una cumbia. Fuera de eso, había bastante silencio: era posible escuchar a los autos corriendo por la autopista, pasos lejanos, voces. Una puerta se abrió y Mini, que salió endemoniada, me dio la bienvenida ladrando, saltando, trepando por mis pantorrillas.

Mamá, en el umbral de su nueva casa, enmascarada, gritó:

—¡Mira cómo te extraña, hijo! Te reconoce.

Me agaché y le di un abrazo. Acaricié su pelaje sedoso, de un blanco turbio, que me ensuciaba, mientras ella lamía mis dedos. Su nariz húmeda rozó mi mentón. La cargué… a pesar de todo.

Al entrar en la sala, que era pequeña, un olorcito a estofado traspasó la barrera de mi mascarilla. El desorden era propio de quien se acaba de mudar: cajas por doquier, hojas de papel periódico por los suelos. Lo raro es que no sentí el ambiente cargado, esa mala vibra de cuando vivía con mamá, Mascota y el Diego.

—¿Qué tal, hijito? —dijo mi madre con un cariño que me devolvió a la infancia. Desde esa época no oía tal ternura en su voz. Más bien, la recordaba renegando, angustiada por las deudas con el banco, su ojo manchado de sangre.

—Bien, bien —dije, solo por no quedarme callado.

Habían comprado un juego de muebles austero. Estaban puestos frente a frente, muy juntos, para que Mini no se subiera y orinara sobre ellos. Moviendo un sillón, mamá dijo:

—Siéntate, hijo. Recién nos estamos acomodando.

Se quitó esa mascarilla que parecía nueva. Su frente estaba despejada y ya casi ni se notaba la cicatriz que la había marcado veinte años atrás, cuando se cayó de las escaleras. Mi hermana apareció con una gelatina y una cucharita entre manos. Me saludó con una media sonrisa, lo cual era bastante para su carácter parco.

—Sácate la mascarilla, hijo —dijo, mamá—. Sírvele refresco a tu hermano —le ordenó a Mascota.

Sorprendentemente, la obedeció sin reclamar y sin acusarme de vago. ¿Ya tenía clóset y un baño para ella sola? Por lo menos se había librado de ese hermano pesado por el que debía escuchar su reggaetón a bajo volumen y cuya peluca de metalero dejaba el piso de la ducha y del baño en general con marañas que detestaba con justa razón.

—¿Con hielo? —me preguntó Mascota.

—No, así nomás —dije.

No tenía ganas de refresco de sobre. Solo por cortesía le di un sorbito a mi chicha con exceso de azúcar. De alguna manera, me pareció que ese era el recibimiento que había postergado. Eso era mi volver a casa.

—Ahora sí —le dije a mamá—, cuéntame: ¿cómo es que vinieron a vivir aquí? ¿No que estaban en Surco?

—Ay, hijo. Es una larga historia —comenzó a alisarse el pelo.

Según ella, el esposo de una amiga de su promoción de colegio había enfermado. ¿De COVID? No sabía, más que fijo que sí, hijo, pero salvarlo les costó más de cien mil soles, y encima no quedó bien, me dijo. Su amiga, que vivía en una de las zonas más caras de San Borja, ofertó esa propiedad por redes sociales. Mamá, que revisaba remates en general, vio el anuncio y se contactó con ella. Acordaron que le pagaría mes a mes, un alquiler-venta. La renta de nuestro departamento se destinaría solo a eso. El Diego, quien recibía dinero de un hijo residente en Estados Unidos y que tenía unos cuantos ahorros, facilitó el dinero para la cuota inicial.

—¿Te han dado algún papel?

—Estamos en eso —dijo mamá.

—Esto es casi un pueblo fantasma, má.

—Mejor. Así no nos contagiamos de nada, hijo.

—¿Cuánto vas a pagar?

—¿Cuánto crees?

Mi hermana y mamá cruzaron miradas.

—¿Ciento cincuenta mil soles?

—Más o menos.

—¿Y cuánto le vas a dar mensualmente a tu amiga?

—Mil.

—¿Qué piensas? —le pregunté a Mascota.   

—Ay, no sé. Ya sabes cómo es mi mamá cuando se le mete una idea —dijo, y continuó engullendo su gelatina.

—Ni siquiera han alquilado el departamento y creo que ni siquiera has terminado de pagar tu deuda y ya te estás metiendo en otra, má —dije, y suspiré largamente por esas personas para quienes la vida es un cronograma de pagos a largo plazo.

—Confía en mí —dijo mamá.

¿Qué podía decir yo? Había aceptado escribir una historia, un año de trabajo a cambio de un puñado de dólares. Había viajado a Europa para promocionar mi libro de cuentos, mi carrera de escritor, pero apenas vendí unos cuantos ejemplares. Fui casi echado de una universidad de Barcelona cuando pregunté por becas de estudio para latinos, y regresé a mi país enfermo. Era un pésimo negociante, un desafortunado de primera.

En ese momento, el Diego llamó a mi madre. Ella fue a su habitación. Volvió sola, se rascó el cuello, y dijo:

—Quiere pedir pollo a la brasa.

—Para ustedes, será. Yo vine solo un ratito para ver cómo estaban. Más bien, ya me voy —me levanté, terminé mi chicha porque en fin y le di un sobre a mamá con un par de billetes de cien—. Úsalos con inteligencia —le aconsejé—, y no salgan si no es necesario. Estudia —le dije a mi hermana.

—Trabaja, vago —se rio ella.

—¿Le vas a contar a tu papá? —quiso saber mamá.

—Ya veré —le dije mientras salía de la casa.

—Cuida a tus abuelitos —dijo mamá.

—Lo haré… hasta que me botes del departamento.

Crucé el marco de la puerta. En la calle corría viento. Unos pájaros cantaban.

—¿Y luego? ¿Ya sabes a dónde te irás? —mamá se cruzó de brazos.

—Sí, claro —dije frente a ella—. Ya tengo todo planificado. No te preocupes.

Era mentira. Pero quizás eso era lo que necesitaba, no tener ninguna certeza de comodidad donde pudiera quedarme dormido.

—Nos vemos, má —nos abrazamos en el umbral.

Me cubrí otra vez y me fui, sintiendo sus ojos en mi espalda, pensando que, incluso con todos esos cambios, mi madre y mi hermana eran las personas que tenían más retazos similares a los que componían mi ser. En sus ojos, en sus gestos faciales, en sus movimientos me encontraba a mí mismo. En ellas había claves para entenderme, aunque también eran distintas; algunos de sus hábitos, hasta opuestos a los míos, y por eso tocaba separarnos.

La convivencia depende en gran medida de la afinidad; en mi caso, del silencio.

Volví por la Panamericana Sur, como ese 10 de marzo cuando Mamá Soltera condujo a toda velocidad para dejarme, como quien tira una moneda al aire, en el caótico puente Atocongo. Esa noche caminé como un zombi. Creía que esa quemazón en los huesos, el estómago descompuesto, el dolor en los ojos eran solo por la falta de descanso, y me metí en un bus repleto.  

—Esa zona donde vive tu mamá se llama Nuevo Tahuantinsuyo —dijo papá, a noventa kilómetros por hora.

La Panamericana Sur, así de libre, era como una larguísima pista de despegue con una plancha de Tecnopor encima. Papá hundía el acelerador. Las corrientes de aire me enfriaban la piel del rostro, pero ese impacto que me despeinaba también me hacía sentir vivo. Cerré los ojos. Imaginé que estaba en un avión a punto de emprender otro viaje, con ese vértigo estomacal que se experimenta en el ascenso, la emoción que se mezcla con el temor al accidente. Sin saberlo, decidía mi futuro en ese corto trayecto a oscuras. Volveré a Europa, había querido decirle a mamá, me tentaba contárselo a papá. No se podía aún, apenas salían y entraban vuelos internacionales, y ya me había resignado a la incapacidad de controlar el mundo como lo hacen los escritores cuando golpean con soberbia su teclado, pero esa pausa a la que nos obligaba el virus era a su vez el tiempo que necesitaba para planificar la continuación de mi periplo por el flanco más desarrollado del mundo. Reencontrarme con el Sudaca Fino, con Estudiante Eterno, con los editores españoles. Con Periodista Loca.

Dios quiera, dijo mi tía en la pollada.

—¿Cómo está tu hermana? —la inquietud de papá interrumpió mi fantasía.

—Tranquila —le dije—. La vi mejor que antes, como que más madura.

—Ojalá —sus dedos apretaron el timón—.  ¿Viste el entierro de los que murieron en la discoteca?

Fueron la noticia del día.

—¿Las chicas bailando perreo encima de los nichos?

—Se pasan, ¿no? —me miró—. Tanta gente muriendo, y ellas… ¿Ya le diste el pésame a la familia de tu amigo?

—No. No sé cómo hacer eso.

—Yo no sé qué pasa con ustedes, los muchachos —dijo papá.

—Los voy a llamar.

—Claro. Hazlo de una vez.

Su celular, a un lado de la palanca de cambios, comenzó a sonar. Papá lo cogió, presionó un botón. Con el teléfono en la oreja dijo: “Huy, qué bacán. ¿Todo listo entonces?”.

Un minuto después, colgó.

—¿Qué fue? —pregunté.

—Autosur regresa.

—¡¿Ahora?! —me sorprendí o me indigné—. O sea, ¿no es este el peor momento para abrir tu tienda? ¡Estamos en un pico de contagios, de muertes!

—Tu tío ya consiguió el permiso.

Huy, qué bacán. Al escuchar a papá tuve la impresión de que la realidad se había deshecho, que la vida se había transformado en un juego, una ruleta rusa, un buscaminas, un lugar en el que las consecuencias de un paso en falso eran la asfixia, una trombosis, una neumonía mortal.

Un cadáver en cenizas.

—Tranquilo, hijo. Yo me sé cuidar —dijo papá. Tomó su alcohol en gel, lo esparció en las palmas de sus manos y se las frotó con lo que me parecía una ingenuidad preocupante. Yo me había creído invulnerable en Europa; Milkito, en San Juan—. La vida tiene que continuar. Quieras o no, seguirá su curso. ¿Crees que toda esa gente no tiene miedo de morir?

Ya habíamos llegado al puente Atocongo. Algunos postes de luz se habían encendido tristemente, el resto no funcionaba. Eran menos de las seis, pero el cielo se oscurecía rápido en el invierno. Los días duraban menos. La vida se terminaba a las nueve de la noche.

En el paradero de la avenida Los Héroes había incontables personas que no respetaban el distanciamiento físico. Esas pistas soportaban toneladas de transporte público lleno, al igual que antes de la pandemia.

—¿De dónde van a comer si no trabajan, ah? —me interpeló papá.

En las veredas colindantes se exhibía la variedad de la oferta gastronómica al paso, canchita, anticuchos, pollo broaster, y también la diversidad de peruanos, de Lima, de Ayacucho, de Junín, de Cusco, de Loreto, de Tacna, en contraste con los más uniformes venezolanos. La turbia iluminación amarilla de los focos ensombrecía los pómulos de todos los comensales, de pie o sentados en banquitos de plástico, y chupaba todo el brillo del cabello de las mujeres y hacía que los brazos de los niños que pedían limosna se vieran más huesudos.

Las palabras de mi papá eran irrefutables. La pandemia en el Perú, en Lima, no se trataba solo de un virus asesino que volaba como millones de polillas a la altura de la nariz, sino que era más bien un tema de cómo y quién miraba los hechos, y desde dónde.

El panorama era parecido al del 10 de marzo, vida callejera en plena ebullición, pero algo había cambiado en mí, y a partir de entonces escogía ignorar el desorden, la cochinada, la imprudencia, y veía a esas personas, cuyas mascarillas reforzaban el anonimato al que siempre los había empujado la historia, como hombres y mujeres valientes, pilares de sus propias familias a quienes nadie recordaría como héroes, pero que en cada salida al trabajo arriesgaban sus pulmones, porque la vida a partir del 2020 se podía acabar con una tos.

El semáforo estaba en rojo. Detrás de nosotros había una pileta y tres letras, SJM, que daban la bienvenida al distrito a quienes se aventuraban hacia el más allá del puente Atocongo, donde comienza otra Lima. La gente pasaba por las despintadas franjas blancas del cruce peatonal, y había hasta parejas que iban de la mano. No caminaban como desafiando a la muerte, sino que movían los brazos apurados mientras miraban de reojo, todos duchos en identificar las zonas al filo de la navaja.

Para ellos, vivir era un riesgo constante, y no eran ellos los irresponsables, sino la ciudad, que con su hostilidad los acostumbró a enfrentarse a cualquier peligro.

El virus era solo un añadido donde hay que estar alertas para no dejarse aplastar por los que se creen más vivos: esos que aprovechan los tumultos de los buses para bolsiquear a los pasajeros, policías que detienen a los conductores sin otra justificación que pedir coimas, políticos desfalcadores, choferes sin remordimientos que cruzan a velocidad los semáforos en rojo, vendedores ambulantes que en el vuelto te entregan un billete falso.

Cambió la luz.

—¡Avanza, cachudo! —nos gritó un furibundo cobrador de microbús mientras golpeaba su puerta para apurarnos.

Respiré profundamente, saqué mi mano por la ventana y le mostré el dedo medio.

—No avances, espera —le dije a papá, quien ya arrancaba—. Espera.

—¿Qué pasa? —detuvo el auto casi intempestivamente. Nos atacó una ráfaga de bocinazos.

El Perú es inexplicable, demasiado complejo, diverso, contradictorio, pero en ese instante, en pleno bullicio, me di cuenta de que me alejaría aún más de su comprensión si seguía teorizando desde ese asiento, con una ventana y un muro de lata entre la calle y yo.

—Te invito un anticuchito. Estaciónate —le dije a papá.

Me miró como si me hubiera vuelto loco.

—Dale. Sin miedo al éxito —lo animé—. Por la vuelta de Autosur —le dije.

—Ay, hijo. Eres la cagada —me dijo, sacudiendo su cabeza. Miré sus ojos y supe que sonreía.

—Lleva tu alcohol —le dije.

Abandonamos la avenida, bajamos del auto y juntos fuimos atraídos por ese aroma ahumado a corazón de vaca y ají colorado que, al igual que el olor de papá, de mamá, de mis axilas, de los libros, del lápiz, de la tierra, del café, fueron borrados de mi memoria durante unos días en que, hubiese jurado en ese rato, oí a mi abuelo sordomudo susurrarme: no dejaré que te mueras.

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