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Parte 1

A fines de marzo

A fines de marzo, de noche, empezó a ingresar una pesada bruma por la ventana de mi cuarto, por cada ventana de mi casa e incluso por las rendijas de las puertas. Era por las cremaciones en el cementerio que hay a seis cuadras, cuyo aliento sentía como si me lo tirasen en la nuca, en la nariz, en los oídos, la respiración de un pirómano de cinco metros de altura que jugaba a pulverizar cuerpos, volviéndolos cenizas.

La humareda, con el olor característico de las llantas que se queman en las protestas, era nauseabunda, y hasta hablar nos era un fastidio por las repentinas ganas de vomitar. Yo, asmática, temía que ese vapor alcanzara mis pulmones, y por más que mi viejo tapó cada resquicio con gutapercha, plásticos, con cartón, los espíritus de quienes aún negaban su muerte, según mi vieja, ya se habían instalado en la cocina, y de madrugada movían los cubiertos, prendían la radio o asustaban a Miki, que ladraba y despertaba a todos.

Yo temblaba de miedo y me desvelaba por ti, te llamaba y tu celular apagado. Me dirás loca, pero oía tu voz, oía que me hablabas en mi insomnio –¿no me oías tú?–, y entonces creía que habías muerto, que era cierto que enfermaste, que yo era una tonta, no te quería como se debe, era culpable, hasta que recordaba esa frase de tu infancia, las malas noticias son las primeras en llegar, y recobraba la calma y dormía, sin saber exactamente para qué.

Porque, tras un par de semanas de teletrabajo, prácticamente me despidieron de la agencia. La suspensión perfecta. Y de la noche a la mañana me quedé sin nada, ¡sin chamba, sin flaco!, y por si fuera poco, mi viejo, otro desempleado, se emborrachaba antes del almuerzo mirando los mensajes presidenciales, renegaba, y mi vieja a diario cocinando, y pucha, no sé, me preguntaba si siempre había sido así, si ese era un matrimonio normal de treinta años, si era igual cuando me quedaba a dormir en tu jato, si inconscientemente no había optado por olvidar esa realidad con el trago, con la hierba, puta hasta contigo, ¿me entiendes?

Es que ya no había qué diseñar ni fotos para editar, ya no había un chico con quien conversar de madrugada, ya no había bares, tonos, nada, solo esa ventana cerrada desde donde veía calles vacías, el parque donde solíamos chupar un vinito, besarnos, ese parque ahora clausurado con cintas amarillas, y yo tan cerca y tan lejos de él, acariciando mi reflejo en una ventana empañada por la densa neblina proveniente de esa luz amarilla que se prendía a partir de las ocho de la noche, cuando los cadáveres eran echados al fuego, y me perturbaba la idea de que pronto me quemarían también, quemarían a mi viejo, a mi vieja, a Miki. Quería escapar, correr, buscarte pero los policías patrullaban, escuchaba los motores de sus camionetas, sus sirenas. 

Estábamos atrapados con esa ansiedad áspera lijándonos el pecho.

Y los días se sucedieron sin que supiera si era martes, miércoles o sábado, no recuerdo casi nada, solo extrañarte como una huevona, llorar, y que los domingos –porque los domingos siempre son más tristes– papá prendía el televisor, y hasta mi cuarto llegaba el conteo de muertos, mil, dos mil, tres mil… Me preocupaban ellos, mis viejos. No había delivery, yo no podía ir a comprar por mi asma, y papá salía al mercado y cada hora que estaba en la calle me era insoportable. ¿Qué hago si se contagian?, ¿qué pasa si se mueren?, me friqueaba, no estaba preparada, pero, puta, ¿alguna vez estás listo para eso, para decir hasta nunca?

Yo sé que siempre he sido una dramática de m, pero te juro que esa angustia era paralizante, hasta se me cayó el pelo, bajé de peso, y no lo tomes a mal pero todo comenzó cuando te fuiste de viaje sin mí, ¿me entiendes?, el resto solo fue esa maldita neblina haciéndose más y más pesada. El dolor no hubiera sido tan profundo si hubieras seguido a mi lado.

Las chicas me animaban, me invitaron a fiestas por videocámara. Huevadas, pues, eso es para chibolos, pensaba, yo ya era una mujer de veintinueve años (qué vieja me sentía, carajo), pero me pregunté qué son los veintinueve años, o sea, ¿no es la edad en que estás en medio de todo, en que juegas tus cartas más importantes, en que aún puedes recoger tus pedazos rotos del suelo, juntarlos y empezar otra vez?

¿Discotecas por Zoom? ¿Por qué no?, me dije. No te voy a mentir, no eran la gran cagada, pero conocí a un par de patas chéveres, un argentino, otro español. ¿Y de eso se trata, no?

Experimentar.

Y paulatinamente fui olvidándote, y una noche de abril lloré porque no había pensado en ti durante todo el día. Luego, semanas y meses ignorándote como a esa luz del cementerio, que continuó encendiéndose. Esa bruma gris no dejó de acercarse a casa como un ejército de fantasmas, pero el olor a muerte estaba tan dentro de nosotros que ya ni lo percibíamos.

Ya no le temíamos. Simplemente nos acostumbramos. Cuatro mil, cinco mil, seis mil fallecidos.

Ahora pienso que estoy en la última etapa de mi proceso, de mi crecimiento personal. Ya ni me importa quién será esa Periodista Loca de la que tanto hablas o esa Mamá Soltera. No estoy para esas cosas.

Pronto cumpliré los treinta años, como tú. Dime entonces: ¿no te parece que este es el momento de perder toda esperanza, de desaferrarse de cualquier cosa material o sentimental para lanzarnos a vivir sin ataduras, sin rumbo, porque luego ya no se podrá, porque luego pesará la piel muerta que se acumula en nuestras frentes?

¿No crees que sea hora de que me contestes el teléfono, Palomari?

PD: Agradezco que no hayas contado lo de esa noche que fui a tu casa. Esa persona es parte del pasado. Y el pasado no existe, querido mío.

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Parte 1

Capítulo V: El más frágil de tu árbol genealógico

Es un chiste hasta que despiertas empapado sin reconocer dónde estás, hasta que piensas en tu padre como en una calavera apenas revestida de piel, postrado, hecho pura nariz, tu padre hecho solo un cartílago aguileño sobresaliendo de un colchón barato.

Yo no había dudado de la fortaleza física de los Palomari hasta ese día en que papá moría delante de mí. No dudaba porque había oído varias veces la misma anécdota.

Fue en la última semana de 1986. Mi abuelo trabajaba en una fábrica textil, en el turno de madrugada. Era sordomudo y, por ese consuelo de que la falta de un sentido se compensa con la perfección de otro, le bastaba con tocar una maquinaria del tamaño de dos casas para descubrir la pieza que fallaba.

Descansaba en un altillo cuando cayó de espaldas.

¡Pum!

El impacto fue en la nuca. Sus compañeros lo auxiliaron. La sangre humedeció sus manos. Lo llevaron al Hospital Central del Empleado, comúnmente llamado Rebagliati. El doctor que lo cosió, sin placas de por medio, le explicó a mi abuelo mediante señas que el sangrado era lo mejor que podía suceder en esos casos: así se evitaba la formación de coágulos que sí eran peligrosos. Y cuando los panaderos ya pedaleaban sobre la avenida Salaverry, mi abuelo salió del hospital caminando muy tranquilo tras la breve intervención y volvió a casa en un Enatru. En el almuerzo, compartió los detalles de su accidente con mi abuela y con sus hijos.

De inmediato retomó sus labores, como si nada hubiera pasado. Mi abuelo amaba su chamba, decían todos. En los días posteriores, papá vio a mi abuelo frotándose el vértice del cráneo, quejándose. Me pregunto: ¿Cómo se comunica el dolor, que de por sí es muy íntimo, cuando no se puede hablar?

Por insistencia de mi tía, al abuelo lo examinó uno de los pocos doctores que había en San Juan, el médico de cabecera de todo el vecindario. Este le diagnosticó una infección urinaria. Atinó a medias quizás. Lo cierto era que se acababa la vida que había conocido mi padre, esa de ir cada noche al trabajo de su viejo con un táper de comida. A partir de 1987, papá siempre va a decir que los hospitales son tristes, una frase obvia que se hace más profunda en boca de quien perdió a su primera enamorada por un cáncer, Mientras los chicos de su edad aprendían a besar, y las noches de viernes y sábados bailaban en quinceañeros, papá conversaba con el padre de su novia enferma: primero en su casa, luego en el hospital. El hombre le decía: Ya olvídate, hijo. No vengas más.

Y solo dos años después, a pesar de la consulta particular, las capacidades motoras de mi abuelo se atrofiaron: no podía caminar y los esfínteres le fallaban. Mi viejo cumplió dieciocho años en esa semana, el 31 de diciembre, y el cuatro de enero unos enfermeros jalaban la camilla donde transportaban a su padre inconsciente.

Era una emergencia, pero en el Rebagliati los doctores no se decidían. Mi tía, tres años mayor que papá, con estudios universitarios, los encaró. Le respondieron que en el hospital no había escáner para exámenes cerebrales. Contando desde el día del accidente, las pruebas se realizaron con 168 horas de retraso… en un servicio privado. Un coágulo dentro del cráneo de tu papá es el dolor vallejiano creciendo a treinta minutos por segundo.

Mi viejo, por ser hombre, se amanecía en el hospital. Una de esas noches, un neurocirujano se lo dijo. Operar. Urgente. Única opción. Era una operación riesgosa: problemas con la memoria, con la visión, con el equilibrio. Pero operar. Urgente. Y papá estaba solo. Y debía de firmar una orden que protegería al hospital en caso de que el resultado no fuera el que esperaban. Papá era apenas mayor de edad en esos años en que con las justas había teléfonos en las casas de San Juan. Consultar con la familia implicaba llamar a un vecino, joder a medianoche.

Papá dudaba.

No hay problema, piénsalo, le dijo el doctor, pero mientras más tiempo pase…

Y papá consintió.

Esperó sentado al lado del pasillo de las salas quirúrgicas, bebiendo café, alerta al vaivén de las puertas que se abrían y se cerraban. Atento a los chirridos de las ruedas sobre ese piso que otros esmaltaban con sus lágrimas.

Las camillas salían de rato en rato. Papá vio una con un cuerpo, pero no era el de su padre. Media hora después, apareció otra con un muerto embolsado.

¿Palomari?, les preguntó temblando a los enfermeros.

No.

Sacaron a un segundo y a un tercer cadáver.

Y otra camilla con una persona descubierta. Era el abuelo, aún dormido, con la frente vendada.

—Tu viejo es de roble, campeón —le dijo el doctor a papá.

El abuelo había sobrevivido, pero era necesaria otra operación. Lo operaron dos veces más y lo derivaron al área de cuidados intensivos, donde resistió cuatro días hasta fallecer un jueves en que papá fue reemplazado en la guardia por su hermano mayor recién llegado de los Estados Unidos.

Me habían contado siete u ocho veces esa historia. Y mi memoria registró la frase “tu viejo es de roble” como un mantra. Una garantía de fábrica: yo también era duro.

Recién cuestioné ese mito en el 2018, durante la inauguración del mundial de fútbol. De la primera a la segunda fecha, papá adelgazó cinco kilos. La última vez que lo había visto, se le reventó la llanta del auto y la cambió sin despeinarse. Esa misma semana papá me llamó por unas medicinas. Raro: papá no era de pedir favores. Fui a su habitación alquilada para entregárselas. Su puerta estaba abierta. Y en ese momento, entendí todo: papá se había reducido a un pico en el centro de la almohada. Tumbado en la cama, sus brazos parecían palos chinos rotos, inservibles para levantarse, y la transpiración caía como ríos rojos por su sien, por su cuello. Aun así, papá miraba un partido con indiferencia, masajeándose los ganglios de la mandíbula, como si el asunto no fuera importante o, en última instancia, le incumbiera solo a él.

La identidad pública de los varones de San Juan es un compendio de aventuras callejeras. Mi padre se había roto el tabique en un campeonato. Y no lloró. Mi padre se había enfrentado a un barrista con medio metro más de altura, lo noqueó de un puñetazo. Y no lloró. Mi padre me había inculcado que hay que dar pelea. «Aunque sepas que vas a perder, pelea. La derrota siempre honra más que el acobardamiento». El hombre que me lo dijo se negaba a ir al doctor. Era como un viejo recién nacido, coloradísimo, amarillo. «Macho peruano que se respeta se aguanta nomás. Con esto se me pasa», dijo sudando. Pero el consumo de los medicamentos para tratar su gota no funcionó.

Papá desaparecía y con él todo San Juan.

¿No que éramos de roble?

Papá solo aceptó ir al médico por el apagón, ese día en que su vista se nubló mientras iba al baño como todas las mañanas y encegueció durante dos o tres minutos que se borraron de su memoria. Cuando recobró la conciencia, aún abrazaba a la pared.

En el Hospital de la Solidaridad de Surco nos dijeron que lo de mi viejo era una afección pulmonar; en el Seguro Social de Salud descartaron ese diagnóstico, incluso lo contradijeron. En resumen, pasó un mes y no obtuvimos ni media certeza. Y no hay nada más desesperante como sentir que te mueres sin enterarte por qué.

Para entonces, yo ya me había mudado con papá a casa de mi abuela, en una avenida de árboles raquíticos, también en San Juan. Preparaba su desayuno, y el almuerzo se lo daba con una cuchara en la boca como a un niño que no quiere comer. Hasta esa fecha, nunca había convivido con la enfermedad. Tiene un olorcito húmedo, ácido. Es un envolvente olor a orín animal, a medicinas, una pestilencia que se impregna en las paredes más sólidas, mejor pintadas. En las ojeras.

Al despertar en esa madrugada de marzo del 2020, yo sudaba a chorros como mi padre, hedía igual que él. Una pésima señal. Había dormido cuarenta y cinco minutos, exagerando. Eran casi las dos. La ropa mojada se había adherido a mi espalda. Saqué un polo viejo de mi closet y me cambié como papá. Contemplé la huella líquida en el algodón: un mapa, dos continentes, y volví a acostarme.

Por más que mudé de posición (fetal, bocarriba, bocabajo, en equis), y por más vueltas que le di a la almohada, mis ojos se hundían, retrocedían como si las retinas los jalasen con fuerza, negándome el sueño. Mi cuerpo, a esa hora, ya era ingobernable. Movía la pierna derecha, o esta temblaba sola, ajena a mi respiración sibilante, y a la mitad de mi columna latían dos contracturas, una por lado. Los riñones, pensaba. El alcohol le tiende la factura a este joven.

Descanse, me dijeron, ¿pero qué insomne baja los dedos en la época de Internet? Consulté un cuadro de diferencias entre los síntomas de gripe, resfrío y coronita. Casi un De Tin Marín De Do Pingüe.

¿Cuál quieres, tesoro?

Curamacaratiterefue.

Leí sobre los primeros muertos. El virus les había causado fiebre, como a mí. Escalofríos, como a mí. Inflamación pulmonar, una tormenta de citoquinas. ¡¿Qué chucha era eso?! ¿Y por qué mi organismo fallaba justo en la capital de los hospitales inhóspitos? ¿Por qué no en España, Alemania, Francia o Luxemburgo?

«Cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir» es un proverbio chino. La profecía de Eterno Estudiante se hacía realidad: enfermar en el país donde te amputan la pierna sana, no la gangrenada, donde se pierden expedientes de pacientes de cáncer, donde vas a pie por una liposucción y te sacan en bolsa de basura.

Las manos, los brazos se me habían adormecido; mi conciencia no, palpitaba con miedo. Mente caprichosa. Necesitaba dormir. Pensé en robarle un alprazolam a mi madre, pero me disuadió esa vez que mezclé con alcohol y acabé en el techo.

En el borde del techo.

Apenas las dos y cinco. El tiempo transcurre muy lento después de un viaje, pero aún más lento si te sancochas bajo tus frazadas, hecho una mierda, abochornado y abochornando a tus antepasados, sintiéndote el máximo ejemplo de debilidad de tu tronco genealógico, la deshonra, el vencido.

Sudaba, hervía, derretía mi ropa, las sábanas. Mamá encontrará un hueco con mi silueta en la cama, mamá encontrará solo cenizas de día, deliraba. Mis neuronas se sumergían en aguas oscuras; mi cerebro, en un naufragio. Un vaivén violento. Un caramelo en la boca de mal agüero de Mamá Soltera.

Dormir. Dormir. Dormir. Hasta las máquinas necesitan un descanso. Pero lo siento, mi niño: apagarte no es tan sencillo como apretar por tres segundos un botón de tu celular.

El cuerpo es caprichoso.

Descanse. Eso me había dicho la mujer.

Descanse.

Pero cómo puedes descansar cuando apestas a muerte.

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Capítulo IV: Abandonado en el Puente Atocongo

Lo que sigue es verdad. San Juan de Miraflores es verdad. El ministerio de Salud es verdad. El virus es verdad. La enfermedad de papá es verdad. La Tóxica también es verdad.

Volvimos a Lima de noche. Mamá Soltera recorrió a 110 kilómetros por hora la Panamericana Sur mientras yo, tirado en el asiento trasero, empezaba a dudar: ¿Y si sí me he contagiado?, ¿si no es gripe ni un resfriado nomás?

Contuve la respiración por si acaso. Conté mentalmente hasta diez. 1 2, 3 4. 5.

6. 7.

8.

9, 10. Pulmones: OK, sin fibrosis. Los enfermos no aguantaban esa prueba, tosían. Cof cof.

Mamá Soltera frenó en el puente Atocongo.

—¡Tenías que entrar por la derecha! —le dije.

—Sorry. Ni loca entro a San Juan —dijo ella y vio por el retrovisor al tarado que nos apuraba con el claxon—. ¿Te bajas?

Caballero, salí de la camioneta como una sombra, en silencio. La rubia Koleston continuó por la Panamericana con rumbo a Las Casuarinas, Lima Top.

Traté de subir rápido como las demás personas por esas escaleras con huellas de orín, pero mis sandalias no ayudaban y cierta debilidad en los tobillos hacía que alzara los pies como un zombi. Esa debilidad, en cambio, sí ascendía furiosa por mis piernas y se diseminaba sin que pudiera detectar su ubicación: los huesos me ardían y la misma sensación iba esparciéndose por toda mi piel. La molestia había disminuido mientras yacía inmóvil en la camioneta, pero ya no podía detenerme, tenía que llegar a casa, a mi cama, y, carajo, revisé mis bolsillos: no me alcanzaba para un taxi. Y ya no había tren.

Con cierta desesperación, eludí puestos ambulantes de comida que habían tomado las veredas, incluso partes de la pista. Olores a anticucho, a canchita, a salchipapa me revolvían el estómago. Iba a vomitar sobre esas personas que, bajo una grasienta iluminación amarilla, rodeados de montículos de arena y piedras, descuartizaban su pollo broaster.

Les ocultaba mis ojos enfermos. Me había imaginado huyendo del virus como Pac-Man cuando despegué de España y de Francia, los países con más contaminados después de China; y resulta que el peligro era yo.

Unos venezolanos gritaban «¡Arepa, arepa!»; «tres por un sol, tres por un sol», respondía una voz aguardentosa, en alguna parte, en otro cerro; y los coristas del transporte público: Marsano, Benavides, Parque Kennedy. Todo Ayacucho, Higuereta, Angamooooos. BenaidesBenaidesBenaides. Sus camisas celestes, sus pantalones caídos. Las monedas o la mugre saltando en sus manos. Le había descrito esa convulsión a Periodista Loca. «Qué divertido es Perú, ¡quiero ir!», dijo osada en un hotel de cuatro estrellas, doscientos euros la noche, habitación simple. Parecía una alucinación. ¿De verdad había estado allí, en ese país donde siete mil soles es el sueldo mínimo, donde el transporte público es gratuito?

10 de marzo. 10:30 p.m. A esa hora no había ni un alma en las calles luxemburguesas, o sí: un sudamericano temblando entre violentos copos de nieve, oyendo solo su respiración agitada. Perdido y sin conexión a Internet.

¡Ciudad, San Juan, Paraísoooooooo! ¡Sangrabriel, Sangrabriel!

La gente se agrupó en la vereda para cruzar, para que no atropellasen a nadie. Los carros protestaron: tiiii, taaaa, tiii. El semáforo estaba en rojo para los peatones. ¿Pero qué significa un semáforo en rojo en el Perú?

¡Avancen, avancen! ¡Sube, sube! ¡Pisa, pisa! ¡Lleva, lleva!

En plena avenida, diminutos ante la sonrisa de un líder de opinión en un cartel publicitario, hombres luchaban por abordar buses y combis repletos como si los fueran a llevar a la tierra prometida. La tierra prometida se llamaba Hospital María Auxiliadora, San Gabriel, Nueva Esperanza o una vieja realidad que no contaba con servicio de agua potable.

Me saqué la mochila de la espalda y la colgué en mi pecho, cuidándola de los ladrones. Subí a tientas por la puerta posterior de un microbús que me alejó de los postes con anuncios ennegrecidos de ¿Atrazo menstrual?, ¿Necesita dinero?, Préstamos al instante solo con su DNI.

Diez y treinta y cinco. Una multitud aplastada y aferrada a dos pasamanos pegajosos, una multitud samaqueada en los baches. Mi cerebro, troc, troc, era un bloque de concreto raspando el interior de mi cráneo. Y, en vez de huesos, tenía vidrios. Troc, troc.

«¿Alguien baja cine?, ¿cine alguien?», preguntaba el cobrador. «Pisa nomás, Ciudad bajan varios», le dijo al chofer.

La tierra prometida también se llamaba Ciudad de Dios, mercado mayorista con ocho vías convergentes en el centro. Venta de drogas y pirañitas a la caza de distraídos. Mi entrepierna rozaba el hombro de una señora que los vio y estrechó su cartera contra su pecho; otra metió una bolsa entre sus talones; otro guardó su celular. En la pista había cráteres, troc, troc, y las ventanas del carro eran escaparates de prostitutas viejas y gordas que fumaban apoyadas en las vitrinas arenosas de una tienda de electrodomésticos: «El Gallo más Gallo».

¿Qué probabilidades hay de que a uno le toque nacer en una ciudad como Lima?

«Puente San Juan, Puente San Juan», gritaba el cobrador, palmeando la lata del vehículo. «¡Bajo, bajo!». Pero el pasadizo era una impenetrable masa de jeans y de polos. A pesar de tu calzado extranjero con cámara de aire, la salida siempre se verá muy lejos desde el medio de un bus lleno en la avenida Los Héroes.

«Permiso, por favor. Permiso», me escabullí hasta la puerta, penetrando esa maraña con el codo en alto, detrás de una corpulenta chama, vendedora de diabetes de sublime sabor.

Finalmente bajé. Palpé mis bolsillos. Fiuuu. Estaba completo. El tubo de escape me despidió con una ventosidad negra, una estela tóxica hacia la periferia, hacia el fin del mundo. Lo que se conocía como la capital había terminado hacía rato. Los cerros, dos tubérculos gigantes con cientos de chispas, me daban la bienvenida a mi vecindario. Aguanté la respiración para no contaminar mis pulmones.

Y tosí. Tomé aire nuevamente en el hostal de la esquina mientras un loco semidesnudo y raquítico deambulaba espectralmente por la estación de tren.

Faltaban cinco calles. Solo un parque y cinco calles.

El viaje de trece horas en avión había durado menos.

San Juan de Miraflores es ese distrito a donde los taxistas del centro te dicen: No voy.

De hecho, en los setenta, cuando San Juan era todavía un arenal con pocas pistas y bloques de viviendas, mi abuelo le compró la casa a precio de remate a un taxista. Su esposa, con quien vivía en una quinta de Pueblo Libre, lo había convencido de que la venta era la mejor decisión: nadie los iba a visitar allí. En San Juan.

La Tóxica llamó por teléfono cuando cruzaba el pasillo. Mal timing desde hacía un mes.

—Ya fue lo de mañana —le dije.

—¿Qué? —hirió mi tímpano derecho. Le bajé el volumen a su voz—. ¡¿Por qué?! —gritó aun más fuerte y tuve que repetir la operación.

—Nos vemos otro día —dije subiendo por las escaleras.

—¿Ya no me quieres? ¿Es eso?

—No es eso… —jadeé.

—No nos hemos visto en casi un mes.

—Me siento un toque mal —apoyé el celular en mi hombro, introduje la llave en la puerta del departamento.

—Estoy yendo a tu casa ahorita —amenazó.

La sala estaba a oscuras. Olor a perro y a estofado. Mini corrió hacia mí ladrando. La ignoré, abatido. Dejé mi mochila encima de la maleta, en medio de mi dormitorio, y me puse una chompa que encontré en la cama.

Me recosté. Encendí la lámpara. Unos lunares habían aparecido en la parte inferior del foco, y alumbraba apenas.

Frente a mí, sobre una pila de libros, aguardaban las zapatillas blancas que el Sudaca Fino me dio en nuestro último desayuno a cambio de que me cortase el pelo y de que acabara de una vez por todas con la Tóxica. Había percibido mi tristeza mientras paseábamos por Madrid.

«Chaval, nadie que te quiere te termina porque te vas de viaje por tres semanas», me dijo. «Que se vaya a la mierda».

Apagué mi teléfono. El nombre de la Tóxica, titilante, se fundió a negro como la pantalla sobre el velador.

«¡Mamá, mamá!», grité. «¡Mamá mamá!».

Y de inmediato, oí su dedo presionando el interruptor de la sala —un relámpago, la luz estableciéndose—, sus pasitos.

Cuando la vi en mi puerta, le advertí:

—¡No entres! ¡No entres!

Achinó sus ojos. Se puso lentes y preguntó:

—¿Por qué estás tan abrigado, hijo? ¿Estás mal?

Su sombra se estiraba hasta el pie de la cama, conectándonos.

—La gripe, creo. Pero quédate ahí nomás, no vaya a ser que…

—Ay, hijito. ¡Ya decía yo! Te vi decaído en las fotos que nos mandaste ayer —me sobrepasaba su visión maternal de rayos X—. ¿Qué sientes?

Empezó a parpadear. Era el mismo tic nervioso de cuando la llamaban del banco por una cobranza: sus pestañas como dientes que mordían con fuerza sus ojos.

—Me duele la cabeza —dije. No era ese dolor de cuando te golpeas con el techo de la combi, sino uno generalizado, como una inflamación cerebral, como una taladrante resaca de ron Pomalca.

—¿Tienes fiebre? —preguntó, y desapareció antes de que le responda.

Volvió de inmediato con un termómetro de mercurio. Era para la axila, pero entonces no lo sabíamos.

—¡No entres!

Por su clavícula, emergió la cabezota de Mascota. Mi cuarto estaba frente al suyo, separado por un baño que compartíamos. Muy a su estilo, se comunicó conmigo a través de mi madre: ¿Qué tiene el vago, má?

—Gripe —mamá agitaba el termómetro en el umbral—. Y ya te he dicho que no llames así a tu hermano. ¡Hijo, no camines descalzo! ¡Ponte medias!

Obedecí y fui hacia ella como si me estuviera despedazando. El sudor ya se había concentrado en el nacimiento de mi cabello. La transpiración humedecía hasta mi chompa.

—¿No habrá traído ese virus, no? —mi queridísima hermana adolescente de nuevo—. ¡Ahora nos va a contagiar a todos, má! ¡Mejor se hubiera quedado allá! —dijo con serios deseos de apropiarse de mi cuarto, que sí tenía closet—. Cuidado, ¡no te acerques, má! —la jaló.

—Estira más tu brazo, por favor —le pedí a mamá.

Y como un pescado con el anzuelo, encajé el termómetro en mi boca. Lo metí bajo la lengua. Regresé al colchón.

Tres minutos después, mamá dijo:

—Treinta y ocho y medio.

—¿Eso es fiebre?

Es fiebre, respondió Google. Mamá Soltera había acertado con su diagnóstico. Después de todo, también era mamá.

—Póntelo en la frente —mi madre me lanzó un paño frío—. ¿No quieres un té con limón?

Ella solucionaba todo con infusiones: dolores, insomnio, un ex matrimonio.

—No, ya se me pasará. Descansa nomás. Y no le digas a nadie, no se vayan a preocupar.

Esperé a que mamá y Mascota se metieran en sus cuartos para buscar la hojita que recibí en el aeropuerto. Pero no veía por ninguna parte el pantalón donde la guardé. De hecho, el cesto de ropa sucia no estaba en su sitio, y en la lavandería del departamento no había más que toallas en el tendedero.

Pero ¡bingo!: la casaca de la suerte y demás prendas del viaje se secaban en el patio de la primera planta. Mi abuelo, ¡cuándo no! Mis tías le suministraban kilos de detergente para las dos camisas que vestía. Era el responsable de que yo no oliera a papaya.

Me puse guantes y me colé como un sicario en su piso. Mi abuelo estaba abstraído, viendo la televisión en su cuarto. A volumen para sordo, un político de ultraderecha le deseaba la enfermedad al presidente, entre las risas de los panelistas.

Mi pasaporte, con el papelito dentro de sus páginas, lo habían dejado sobre la cesta. Ya en mi habitación, marqué el 113. Recién en el quinto intento, con voz distante y diligente, una mujer del ministerio de Salud me preguntó si había estado en Europa.

—¿Y qué síntomas presenta, señor Palomari?

—Fiebre nomás.

—¿Tos?, ¿dificultades para respirar?

—No, no. Fiebre, solo eso —dije frotando con las yemas de mis dedos los varios tickets del Renfe y de Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya que había en mi billetera.

—¿Estornudos?, ¿congestión nasal?

—No. Ya le dije: fiebre. Fiebre —repetí leyendo los nombres franceses, rusos, italianos en las tarjetas de mujeres a las que había besado en la feria hasta seis veces: tres para saludar, tres para despedir—. Solo tengo fiebre, señorita.

—Muy bien, señor Palomari —escuché que tecleaba—. Acaba de ser registrado en nuestra base de datos. Nos pondremos en contacto con usted dentro de veinticuatro horas.

—¿Y qué hago ahora entonces?

—Descanse —dijo. El clásico: «Apague su módem, espere un minuto y vuelva a encenderlo»—. Si tiene dificultades para respirar, llame nuevamente.

Colgó.

Dificultades para respirar. En la adolescencia, nocturnos ataques de ansiedad con pánico solían presionar mi pecho. Me hundía en el colchón como en un pantano con facciones femeninas. Me ahogaba… o sentía que me ahogaba. En esa época me enteré de que el cerebro solo resiste de cuatro a seis minutos sin oxígeno. ¿A eso se refería la señorita del Minsa?

Dificultades para respirar. American Cancer Society El cáncer y su tratamiento pueden causar dificultad para respirar o la sensación de no poder recuperar la respiración. Esto se llama disnea. A menudo se describe como falta de aliento (…)

Investigar en Internet es lo que hacen los masoquistas a esas alturas en que solo se consiguen sustos. Y yo lo era. Hasta usar a la Tóxica de somnífero hubiera sido más sano que revisar en mi laptop las noticias de España: dos mil contaminados y cincuenta muertos por el virus.

Apagué la computadora e intenté dormir.

Intenté…

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Parte 1

Como perro de cementerio

Como perro de cementerio, te acercaste en los tres minutos más frágiles de mi vida. Justo acababa de romper una relación de seis años, que a los treinta y siete son cinco arrugas más en la frente y cuatro más por la boca.

Llamaste mi atención en el taller con ese look de intelectual joven, que no era ningún look sino que siempre usabas el mismo tipo de chompa, el mismo tipo de jean y las mismas zapatillas. Solo las medicinas, que me tenían como a Alicia, explican que no me haya dado cuenta de lo básico que eras, y que poco después haya aceptado ir a bailar contigo al Sargento Pimienta.

Esa madrugada no te aguantaste, me quitaste el vestido y yo confirmé que lo que me atraía de ti era ese olor a fruta recién lavada de los chicos cuando aún no les crece la barba, tu vitalidad. Es cierto, me hiciste sentir de veintitrés, de veintisiete de nuevo. Pero eso fue ayer: la vida es una flecha que avanza cada vez con más fuerza y siempre apunta contra nosotras. Mis amigas me lo advirtieron: No confíes en un niño. Y yo, tonta, me peleé con ellas, creyéndolas envidiosas porque ningún chibolo les decía que las amaba.

Pero tú solo lo decías, porque el que ama no se rinde de un día para otro, y a ti, de un día para otro, literalmente, dejaron de parecerte divertidos los lugares a los que íbamos juntos —¿pero íbamos juntos en realidad?, ¿a dónde iba yo?, ¿a dónde ibas tú?— y empezaste con eso de que Lima era insoportable, de que no había bar o café donde no estuvieran las mismas caras “clasemedieras” —ajá, tu discursito “antisistema”—, y tus visitas se volvieron esporádicas, breves: de seis a once, de siete a diez, de ocho a nueve, y así hasta que no viniste nunca más.

Mi madre me dijo: déjalo, es chiquillo todavía.

Tú no explicaste nada. Solo desapareciste.

Y a pesar de eso, cuando me enteré de tu viaje, me puse contenta por ti —a veces el tiempo hace más que nosotros, como ese centro comercial que han construido en tu distrito—, y te abrí las puertas de esa casa de playa, que es de mis tíos, por cierto, y que no son ningunos subnormales (pero claro, solo en la cabeza de un alcohólico alguien que no tiene sacacorchos es un subnormal).

Hasta tuve que colocar ese cartelito de “Se vende” por si acaso: si te contaba que la casa es mía prácticamente, hubieras querido quedarte todo el verano. ¡Conociéndote!

Y aunque la conversación fue monotemática (tus libros, tus libros, tus libros; ¡antes si quiera hablabas de música!, antes si quiera escuchabas, quiero decir que escuchabas de verdad, no con esa pose de sarcófago), y aunque fue accidentada esa media hora de lo que al parecer es lo único que sabes ofrecer, pensé que quedaríamos como amigos, como la gente sana.

Pero no.

Si lo único que te faltaba era rajar de mí en público, ya lo hiciste, pues. Bravo.

Rubia Koleston, ¿no?

Mamá Soltera.

Pucha, esta Mamá Soltera te dio de comer cuando tu madre te echó, ¿o no te acuerdas de que te pagaba hasta las chelas, que incluso me presentaste muy fresco ante los carroñeros de tus amigos como “tu mecenas”? Y en vez de unas gracias, ¿qué recibo a cambio? Tus burlas, pues. Tus burlas. Como toda la vida. ¿Es que tengo cara de tarada o qué? ¿Por qué todos los hombres me utilizan?

Dime.

O mejor no, no digas nada, porque por más que quiera nunca te voy a comprender. Yo soy luz; tú… tú eres un monstruo. Es que ¿qué clase de persona hay que ser para escribir tantas calumnias, ah? “Mamá Soltera me ofreció sus muslos”. Claro, como eres escritor, cuentas lo que te conviene.

En ninguna parte dices que te mandaba a la ducha fría para que se te pase la calentura, no de fiebre, por si acaso; y aclaro: en ningún momento te “ofrecí mis muslos”, sino que tú, conchudo como toda la vida, pusiste tu cabeza allí, y yo, sonsa como siempre, acepté por lástima nomás.

ERROR. Me llenaste de tus energías negativas. Tuve pesadillas contigo, huevón. ¿Ya estás orgulloso?

Y por si fuera poco, en los días siguientes, en la cola del supermercado, rodeada de coches con castillos de papel higiénico que, pucha, me daban migraña, me preguntaba si de la nada estábamos a punto de convertirnos en otra Venezuela, y en todas las caras del rededor solo hallaba como respuesta tu expresión cínica, esa mueca que haces cuando quieres parecer más inteligente de lo que eres pero solo pareces más huevón.

Aj, la fila no avanzaba. Tuve que ir a una bodega a comprar productos corrientes. Pregunto: ¿Todavía te da risa o ya entendiste la diferencia, ah? Tú comes, niño; yo me nutro. Es que eres increíble. Te di una habitación, por ti usé esas colonias y jeans baratos que tanto te excitaban, ¡y tú te has mofado hasta de mi alimentación! Pero qué podía esperar de ti, pues, si cuando te mostré lo que escribía, dijiste que era una “artista de lo doméstico”. Ja. Creí que te referías a mis historias, pero ebrio balbuceaste que mantener una casa limpia y ordenada como la mía era casi tan valioso como escribir alta literatura, y te carcajeaste tan fuerte que se me erizó la piel por la idea de que todo Surco se enterase de lo ridícula que era, y al día siguiente no fui a la feria ecológica como todos los domingos por pura vergüenza.

¡Cómo me arrepiento de haberme inscrito en ese taller literario, de haber ido a la playa contigo, puta madre!

Dos semanas después de verte, me comenzó a doler la cabeza, me faltaba el aire. Llamé a los números del ministerio y nunca contestaron. Todo me daba vueltas, se me había bajado la presión. Mi hijo me llevó de emergencia a la clínica.

Mal día. Había un escandaloso en la puerta que no dejaba pasar a nadie. Gracias a Dios, uno de los vigilantes me reconoció y me ayudó a pasar. Para que veas que no hay que tener dinero para ser gente, se disculpó y nos explicó que el pesado ese se negaba a dar su garantía. Quería entrar como sea y desmayarse en el lobby para que lo hospitalizaran gratis. Conchudo, pues. Conchudo. No entiendo para qué se afilian a una clínica si luego no van a poder pagar. Perjudican a los que somos responsables. Yo no tengo miedo de decir las cosas como son, ¿manyas?No soy hipócrita. Es mi salud.

Pucha, había demasiada gente esperando. Una enfermera me recomendó la prueba de descarte, 560 soles. Sí, la gracia de invitarte a Santa María me costó 560 soles. Y tú llorando por un vino. Pfff. Ridículo. No tienes ni idea de cómo te detesté cuando me metieron ese hisopo del tamaño de un destornillador en la nariz, huevón.

El resultado recién lo sabría dentro de dos días, me dijeron. Una asistenta sugirió que me internara. Aún hay camas, dijo, y si se confirmaba mi caso, posiblemente necesitaría oxígeno por mi edad. De verdad, me dan ganas hasta de golpearte. O sea, lo mínimo que hubiera hecho alguien con cierto criterio era avisar, ¿no? Pero otra vez: desapareciste. Y tienes la concha de criticarme porque le pagué con un billete de cien a un heladero cuando es lo más normal del mundo —o sea, le pago por su trabajo, ¿manyas?—, ¡ah!, pero el señorito JAMÁS admite que lo puso en riesgo, como a mí.

Veinte mil soles por tu gracia. ¡Veinte mil! Y eso que los del seguro cubrirían una parte, ah. Mi hijo me dijo que no me preocupe, su papá se encargaría. No lo iba a permitir, pues. No era justo. Yo planeaba demandarte por delito contra la salud pública.

¡Cómo no di positivo, caray! Es que nunca creí que fueras capaz de esta bajeza, de esta cobardía, pero claro: tú siempre estás superándote, ¿no?

Bravo.

¿Cuál es la causa de tu resentimiento conmigo, ah? ¿Es porque soy blanca?, ¿es porque tengo plata? La tengo, pues. ¿Qué quieres que haga?, ¿cuál es tu problema con eso? Deja a la gente buena ser feliz. No pretendas que todos sean unos cagados como tú. Para ya. Y en verdad trátate porque estás lleno de odio. Solo perturbas a la gente con tus historias de miseria.

Y si algún día te cruzas conmigo, no te atrevas a acercarte, ¿OK? Haz como si nunca nos hubiésemos conocido. Huevón.

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Parte 1

Capítulo III: ¿No tienes otro tema de conversación?

El cuerpo es caprichoso.

Y lo de TB, un vendedor de cerveza, los había asustado.

La última vez que lo vieron en Santa María, atendió personalizadamente a unos turistas españoles e ingleses. Al día siguiente no fue a la playa. Tampoco el jueves. Ni el viernes. . . Ni el sábado. Se rumoreaba que había viajado al norte para buscar a su primer compromiso hasta que un heladero que vivía en su manzana acabó con el misterio.

TB había muerto.

Una semana atrás.

—No saben bien cómo —dijo Mamá Soltera con su bolso en el hombro—, pero ahora creen que fue por ese virus.

—Ala, me discriminan.

—Por faavooor, no seas ridículo.

Miré sus ojos mientras una salsa veraniega me hacía cosquillas en las orejas. La chela ya me había empilado. Rodeé a Mamá Soltera con mis brazos.

—¿Tú también piensas que estoy enfermo?

—¡Exageran! —chilló zafándose, y retrocedió—. Pero tienen miedo, pues. No es solo por ti, ¿manyas? Se han reunido con el presidente de la junta de propietarios.

—¿O sea que esta es su playa?

—No te pongas bacancito, ¿quieres? No estás en San Juan.

Muy cómodos en sus toallas, algunos sapazos se ganaban con la escena.

—Aunque sea una zambullida, ¿no?

—Que sea rápido, ¿sí?

Me quité el polo.

—¡Mierda! —Mamá Soltera se tapó la boca—. ¿Qué te ha pasado, niño? ¡Esas manchas!

—Ah, un pogo en Francia.

—¿Y piensas que se van a quedar tranquilos si te ven así? —dijo buscando algo en su bolso—. Vamos a disimular con esto.

—¿Qué es?

—Bloqueador.

Untó la crema fría en mi pecho, en mi espalda, y empezó a sobar.

—Voltéate —me dio la vuelta—. Ven, baja la cabeza.

Palpó mi frente con el dorso de su mano. «Estás caliente», musitó.

—Tú igual.

—¿De veras estás sano, niño?

—Me revisaron en el aeropuerto, ya te dije.

—Eso no quiere decir nada. No te hicieron la prueba.

—Oye, te voy a toser en la cara si insistes con eso.

—Es que te ves como cansado.

—Llevo veinte días viajando…

—Es que… estás muy delgado, niño. Pálido, delgado y… ¡panzón! Pareces un Liquid Paper en serio.

—¡Chao!

Corrí hacia el mar esquivando los castillos de arena que niños habían edificado en la orilla. Una espuma marrón cubrió mis pies. El agua fría picoteó mis muslos, me erizó las tetillas. Mamá Soltera, lejos aún, avanzaba con delicadeza. Nunca se sumergía. No éramos ni remotamente el uno para el otro. La botella de Inca Kola mecida por las olas, ese plástico que se desintegraría por completo en un futuro lejano en el que no existiremos ni como recuerdo, esa botella de Inca Kola tuvo más vida que lo nuestro.

Nadé hacia lo profundo.

Ya estaba solo en el horizonte pero quería al sol más cerca de mí. Y continué braceando con la necedad del que ignora que uno de los grandes aprendizajes de la vida es saber en qué momento darse por satisfecho.

***

Una escalera rústica nos condujo a una casa blanca con un discreto cartel de «Se vende» colgado en una esquina. Mamá Soltera administraba una empresa inmobiliaria.

—Los dueños no viven en Perú —dijo contemplando el océano gris por la ventana de la sala, los dedos balanceando un cigarrillo «sin aditivos», el celular en la otra mano—. ¿Qué más necesitas saber?

—Nada. Oye, ¿no tienes hambre? Se me antoja un cebichito.

En la mesa de vidrio había unos parlantes rojos. Sonaba una canción de Bad Bunny: Mami, ¿qué tú quiere? ¡Aquí llegó tu tiburón!

—¿Te pido uno por delivery?

Mamá Soltera no comía pescado. Decía que era sucio.

—¿Por delivery? No te pases, si los restaurantes están aquí nomás.

—Pucha, mejor no —un Halls morado chocaba contra sus muelas. Lo succionaba—. Esta no es mi casa. Y no quiero que me reclamen los vecinos. Suficiente con tu escenita en la playa —le dio una intensa pitada a su pucho—. Traje hummus por si acaso. ¿Te gusta?

—¿Humitas?

—Agg, no lo puedo creer —se abofeteó suavemente—. ¡Hummus! ¡Hummus, niño! Un puré de garbanzos del Medio Oriente.

Mamá Soltera era la alimentación saludable en persona. Por eso le compré una botella de vino «orgánico». Por lo «orgánico» pagué treinta soles más de lo normal. ¡Treinta soles más! Qué caro era un día de playa con Mamá Soltera. ¡Y sin sombrilla!

—¿Qué es eso?

—Vino orgánico.

—Ah.

—¿Sacacorchos? —pregunté.

—Busca en la cocina— Mamá Soltera, de espaldas a mí, movía las caderas con sensualidad.

Yo quiero perrearte y perrearte y perrear. Yo-yo-yo-yo quiero perrearte y fumarme un blunt. Yo quiero perrearte y perrearte y perrear.

Yo-yo-yo-yo no estaba lo suficientemente ebrio para bailar.

—¡No haaaay! —grité luego de abrir todos los cajones.

—¿Cómo que no hay? ¡Busca bien!

—¡No haaaay!

Sentí sus talones cerca, el alquitrán en su pelo teñido. Su aliento a mora. Y Bad Bunny repitiendo: Ese culo se merece to’.

Se merece to’.

Se merece to’. Yeeess!

—¿Qué te hago si lo encuentro? —dijo ella como toda mamá.

Pero se rindió a los tres minutos.

—¿Qué clase de subnormales vivían aquí, ah? En una casa puede faltar de todo menos…

—¿Qué haces?, ¡¿qué haces?!

Incrusté un cuchillo en el corcho.

—Agáchate.

A regañadientes, Mamá Soltera sostuvo la base de la botella en el piso. Martillé el pico con una tetera. Tac, tac. Tac, tac. Me punzaban los bíceps, sentía frágiles mis muñecas; los huesos, quebradizos. El pogo. La pésima noche.

Mi bicho anda fugao’ y yo quiero que tú me lo escondas: ¡a-gá-rralo como bonga!

—Dale. ¡No seas debilucho! Ya falta poco.

El corcho se hundió y el vino salpicó en sus pómulos.

Brindamos con vasitos de plástico:

—Por el coronita.

—Huevón. Cállate.

Supersticiosa, Mamá Soltera tocó el repostero.

Pero no era de madera sino de melamina.

***

Mamá Soltera había bajado la persiana y me daba aire con un abanico mientras yo desfallecía supinamente en un sillón de la sala. La luz me aturdía, el ruido, las sombrillas, sombrillas, las olas, ese runrún inacabable, las voces de los veraneantes, helados, helados, el beat de Karol G. . . Mi cama suena y suena.

—Tú tienes algo, niño.

—Me ha caído fatal ese vino.

Mi cama suena y suena. Ah-ih-ah-ih-ah-ih-ah-ih-ah-ij.

—¿Callas eso? Necesito jatear.

Necesito jatear. Lo mismo pensó Eterno Estudiante, mi amigo de Barcelona. Le habían crecido unas protuberancias sobre las cejas, una reacción de su sistema inmunitario ante un dolor de cabeza y unos calambres que no cesaron con una siesta, ni durmiendo de un día para otro. «Pero tranqui, no es ese virus», me dijo.

—¿No será ese virus, verdad? —me preguntó Mamá Soltera.

Desoyendo las sugerencias de la OMS, en Barcelona también almorcé con una peruana que tosía como si hubiera un motor atascado en su pecho. Horas después, mientras alistaba mi equipaje, me contó por mensaje de texto que acababan de internar en el hospital de su calle al primer infectado de Catalunya. Fiuuu, suspiré aliviado cuando mi avión ya surcaba las nubes con destino a Luxemburgo conmigo en el papel de Mel Gibson a salvo tras una explosión a sus espaldas. Escapaba de la catástrofe otra vez.

Madrid ☑

Barcelona ☑

Luxem…

—Oye, te estoy hablando. ¡Respóndeme! ¿No será ese virus?

—¿No tienes otro tema de conversación? —me fastidié.

—¡Es que hierves, niño! —su mano iba de mi frente a mis mejillas, de mis mejillas a mi frente.

¿Era posible que me hubiera alcanzado una ceniza de esa película de Hollywood?

Examiné mi rostro con las yemas de mis dedos para comprobar que no me deformaba como Eterno Estudiante.

—Estoy normal…

—¿De qué hablas? Hasta tus uñas queman, huevón. Por eso no sientes nada.

—Siento ganas de dormir. Son las nueve o diez de la noche en Europa. Déjame, ¿sí? Es el jet lag.

Le di cara al respaldar. Había querido vivir cinco años en uno, porque recién salí del Perú cuando los treinta ya esperaban por mí, porque la juventud se arruga muy rápido, de golpe, en su última etapa, cuando uno solo desea estirarla más. Pero nadie le gana al tiempo, ese corredor que nunca se detiene. Tres semanas descansando solo cuatro horas por día me habían fatigado, mi batería se agotaba. Necesitaba resetearme, apagarme por un rato, pero ese potente café de Quillabamba me lo impedía, estaba nervioso, rechinando los dientes. En tu taza sabe más rico, loquillo. Tú tienes algo, niño. Me tapé los ojos con el antebrazo. Conté ovejas. Conté hasta cien.

Retrocedí del cien al uno.

Y de nuevo uno, dos, trtrtr…

—Estás temblando.

Lo admito: no caminé por Europa con el cuidado de quien se mueve por un territorio minado, y fui vecino transitorio de sospechosos con medio rostro cubierto (pienso en un grupo de seductoras islámicas en Saint Michel — Notre-Dame), pero apenas cogía lo necesario y me lavaba hasta los codos cuando se podía.

A pesar del concierto, de mi visita al museo, de las juergas en los pubs, consideraba mínima la posibilidad de haberme contagiado. ¿Cuán piña hay que ser para ubicarse justo en frente de un contaminado sin mascarilla en el tren, ese uno de 700 pasajeros distribuidos en ocho vagones, o justo al lado de un infecto en un avión, ese uno de 350 viajeros divididos en tres filas?

—¿Me traes una sábana? Abrígame, por favor.

—¿Cómo vas a sentir frío con este calor, huevón?

Ella seguía en bikini.

—Me ha chocado el cambio de clima. Es invierno en París.

Mamá Soltera me tiró encima una toalla mojada, que hasta me pesaba, y tendió en el otro mueble esa cuidada piel que olía a sal marina. No nos habíamos reencontrado para eso, pero la penumbra ensombreció nuestras intenciones, y nuestras narices, labios y ojos poco a poco también fueron desapareciendo con la oscuridad.

Desperté animado, como si hubiera bastado el viejo «apágalo y préndelo».

—¿Unas chelas? —dije desperezándome.

Mamá Soltera, apenas una sombra, encendió el foco. La luz blanca me debilitó.

—Apaga, apaga.

Pero la oscuridad también jodía: era húmeda.

—Mmm, sigues igual. Caliente —me revisó Mamá Soltera. Se había puesto un polo. Ya era de noche—. Date una ducha con agua helada.

—¿Quieres que me muera? —dije poniendo los pies descalzos en el suelo. Estaba frío. Muuuy frío.

Me levanté. La cabeza me pesaba. Mi cerebro se había hinchado. Las paredes de la sala parecían el interior de una congeladora, y se me puso la piel de gallina como si anduviera desnudo por la nieve de Luxemburgo. Caminé lento y respirando al ritmo de los manuales contra la ansiedad. Sentía que en cada inhalación me hormigueaba el lado izquierdo de la cara.

Me miré en el espejo del baño. La frente mojada de sudor, los ojos reventados y el forúnculo en la punta de mi nariz eran indicios de lo que estaba por suceder.

Un retortijón intestinal, como un latigazo, me puso de rodillas ante ese water playero.

—¿Niño?

El malestar era por ese vino «orgánico» o por esa chela caliente, puaj, o por ese cuchillo sin lavar que hundí en el corcho, ¿o eran esas navajas crudas del bufet o el helado… o era el Perú simplemente? ¿Quién no se enferma con tanto caos? Mi estómago exigía un desagüe, el mar es sucio, pero por más que mis dedos rasparon mi garganta, solo baba salía y colgaba de mis labios.

Puak.

Nada.

Puak. Nada.

El cuerpo es caprichoso.

Toc, toc.

—Niño, ¿todo bien?

—Sí, sí. Ya salgo.

Puak.

—Te ves mal.

Volví al sillón y me tumbé en él. Mamá Soltera me pidió que le hiciera un espacio. Me ofreció sus muslos. Apoyé mi cráneo sobre ellos. Tomé aire profundamente: algas, gambas, ostras. El Sudaca Fino me había detallado sus efectos afrodisíacos. «Vas a botar todo», dijo. Pero el cuerpo es caprichoso. De cada 41 hombres, uno morirá de cáncer a la próstata; de cada ocho mujeres, una sufrirá cáncer de mama.

Uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres desarrollarán un cáncer a lo largo de su vida.

Y ese uno o una siempre puedes ser tú.

Ese uno de todos los pasajeros de un tren. De un bus. Ese uno de todos los asistentes a un concierto de rock. Ese uno con tifus, Epstein-Barr o Guillain Barré.

O con malaria, Ebola o cólera.

O con neumonía, herpes o SIDA.

Las enfermedades marean. Los viajes largos también, Mamá Soltera. Una arcada. Otra mucho más… Me cubrí con una mano. ¡KUEP!

Tarde. El tinto de mis entrañas ya había arruinado la última pedicure de mi acompañante, el cemento pulido de esa casa de Santa María donde no había botiquín de primeros auxilios. En esa playa de la que fui echado por un heladero y un salvavidas.

Por una junta de propietarios.

—¡Ajj! ¡Estás enfermo, huevón! —brincó Mamá Soltera.

—Ya me siento mejor —sonreí.

—¿Qué te pasa? ¡Qué miedo! —se alejó.

—Perdón, necesitaba hacerlo —limpié mis comisuras, jadeando—. Lo siento, lo siento.

Es que el bebé no para de vomitar, tío.

El Sudaca Fino no me había llamado. De repente y todo era pura coincidencia. «Las malas noticias son las primeras en llegar», decía mamá.

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Parte 1

Tú no mereces ni un like

Tú no mereces ni un like, infeliz. Les estás robando espacio a Verdaderos Artistas en las pocas páginas culturales que sobreviven en el Perú, revolcándote como un chancho extasiado en la cochina enfermedad que te inoculaste para ser el primero en algo, pero pronto se contagiará otro escritor o periodista, ¡verás, miserable!, y te arrebatarán esa corona que ostentas con aire de único, ¡payaso! Es que ¿a quién le has ganado tú para recibir toda esta atención mediática, AH?

Y aunque comunes son los pactos extraliterarios en esta capital del amiguismo  (no creas que no se sospecha qué hiciste para ser invitado a Luxemburgo), si el reconocimiento se obtuviese por albergar virus que afectan al sistema inmunitario, varios poetas, algunos desde sus tumbas, podrían reclamar lo que les es debido. Pero nadie, NADIE lo haría. ¡A eso se le llama dignidad! (y te advierto que yo sufro de lupus, chibolo).

Léeme bien, Escritor imberbe (por Dios, ¿qué escritor sin barba es mínimamente respetable?), para que te enteres de una buena vez, porque apuesto a que ni siquiera eres capaz de nombrar a un solo autor del siglo XIX sin fallar hasta en el quinto intento —y te estoy concediendo el beneficio de la duda, basurita—: en esa centuria ya había famosos infectos, los tuberculosos de las letras, así que no eres nada especial y nadie te recordará como el Daniel Alcides Carrión de la literatura. Ni lo sueñe, mequetrefe.

¡Poe!, ¡Balzac!, ¡Maupassant!, ¡Keats!, ¡Bécquer!, ¡Whitman! ¿Te suenan, AH? ¡Grandes plumas! ¡Tuberculosos todos!

Pero tú no tienes ni sus bigotes, solo un virus que es más escándalo mediático que otra cosa. ¿Y qué clase de mérito es ese, AH?

Por la chucha que no planeaba dedicarte más de dos líneas en este relleno sanitario disfrazado de libro virtual (¡Blogósfera, la de mi época!), pero es que estoy a punto de estallar por el aburrimiento. Cómo extraño ir a las librerías de Comandante Espinar, carajo, caminar por Pardo con un Winston rojo entre los labios, sentarme en el Haití a leer un clásico y ver a las chicas desfilando por la Diagonal, como si estuviera en una terraza de Madrid o en un café parisino. Pero ahora todo es muerte. Los chats con los amigos: muerte; con primos y sobrinos: muerte; hasta la televisión extranjera: muerte.

Y el Internet: muerte. ¡Por la chucha!

Aun siendo un huraño como Salinger, nunca imaginé que a los cincuenta y un años mi contacto con las personas lo iban a reducir a una vez por día, y siempre a las ocho de la noche, cuando los trepones que tengo de vecinos se ponen a aplaudir como sonsos los bailes de los policías y a cantar en sus balcones el Contigo Perú. PFFF.

Y como no bastara con esa huachafería, el comunista de tu presidente nos quiere encerrar otro mes… a NOSOTROS que hemos sufrido: ¡Alan García!, ¡Sendero!, ¡CLAE!, ¡MRTA!, ¡Fujimori!, ¡Montesinos! Los engañarán a ustedes, so pulpines, pero no a mí, que crecí en los setenta.

¿Qué vas a saber tú pues, mascota? “No estás preparado para esa conversación”. Por los bigotes de Nietzsche, ¡cómo has atrofiado mis oídos con tus fraseos! ¡Qué bajo cayó nuestra literatura! Perdónennos, Ribeyro, Bryce, Diez Canseco. ¿Y con mis impuestos financian este folletín “millennial”,  AH? No se pasen. ¿Es que este gobierno solo premia a comunistas de capa roja? ¿Es que nadie se percata de eso o es que todos tienen el rabo de paja? Yo pensé que con Jeremías Gamboa y su Santa Anita habíamos tocado fondo, ¿pero qué es eso de San Juan de Miraflores? Cada vez que leo ese nombre solo me vienen a la cabeza imágenes de cerros y de la chica que me hacía la limpieza. Por cierto ¿dónde queda? ¿Hay escritores allí? Y me pregunto: ¿dónde están los Cisneros, los Thays, los Roncagliolo cuando se les necesita, AH?

Y yo, que había planeado un silencio de cinco años, me encuentro con la obligación moral de sentarme ante la vieja Olivetti —como los escritores de verdad— para no dejar que unos rojitos como tú tergiversen lo vivido.

Porque, sí, ya nos olíamos que te ibas a aprovechar de tu condición de convaleciente para publicar, pero te anticipo que tu historia será solo otra más dentro de toda la bazofia que ingenuos zafios como tú vomitarán, ¡tontos por antonomasia que no pueden ver más allá de la pandemia!

¿Es que no has abierto tu ventana para contemplar ese majestuoso azul que hoy cubre nuestro cielo que bien se merece una llamada Ciudad de los Reyes, AH? ¿Es que todos ustedes solo tienen que escribir sobre el yo, yo, el yo y el yo, AH? ¿Es que hay algo más odioso que el ego de un escritor que en vez de manos tiene dos bloques de cemento y que encima se computa el Alejandro Dumas del siglo XXI, AH?

Avisado estás, moquiento: pasará esta modita y regresarás al anonimato en ese pueblo joven del que nunca debiste de salir por cretino. Si es que no te has muerto antes. Obviamente, nadie te extrañará.

¡Y sobre mi cadáver se imprimirán alguna vez estas páginas! ¡Sobre mi cadáver!

Me despido no sin antes reiterar mi más sentido y sincero desprecio hacia ti.

Atte.

Barbey d’Aurevilly del Óvalo Gutiérrez

PD: Si algo rescato de tu prosa, chibolo, es que no usas como un gil la «x» y la «e». Con eso hubiera devuelto mi pizza 4 estaciones del Gianfranco. Y ahí sí que te buscaba para agarrarte a patadas. ¡Me vas a conocer!

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Parte 1

Capítulo II: En una playa ficha con Mamá Soltera

10 de marzo. 02:10 p.m. Estaba sentado sobre el pareo místico de Mamá Soltera, chela caliente en mano. Intentaba leer pero…

—Qué horror —decía ella sobándose las pantorrillas, con los pies hundidos en la arena—. Los chicos estaban desesperados. Violaban, mataban, se comían a la gente, ¿manyas?

Mamá Soltera había visto esa sangrienta película de caníbales mientras yo volvía al pasado volando. Era muy rápido todo: dormir en Madrid, despertar en Lima. Y allá, en ese mismo momento, ya era de noche otra vez, y por eso el día en la playa me parecía rarísimo: como si mi avión se hubiera estrellado en una mañana calurosa con veraneantes de siluetas esculpidas en una clínica estética.

—Te juro que casi vomito.

Y yo casi había olvidado lo parlanchina que era. ¿Por qué esta rubia Koleston de 1.68 m, sombrero de paja y vientre plano, a quien conocí en un taller literario hace cinco años me ha invitado a Santa María?, me preguntaba mientras mis ojos saltaban al siguiente párrafo sin haber entendido nada.

—Ese director debe de estar loco. ¿Quién puede imaginar cosas tan horribles?

«Horrible es confundir al guionista con el director», pensé y cerré mi libro con fuerza. Plaf.

—¿Ya te vas a quitar el polo? —me dijo Mamá Soltera justo cuando un heladero pasaba frente a nosotros.

Lo llamó —pssss, pssss—, sacando su monedero. El hombre vestido de amarillo vino renqueando y se arrodilló ante ella con su cajita de tecnopor abierta.

—No, yo no como eso —dijo Mamá Soltera. Y me preguntó—: ¿Cuál quieres, niño?

Aún fastidiado por el viaje de trece horas, por la resaca, no se me antojaba ni un Donito. De hecho, sentía náuseas, pero igual dije: «Un Jet». Mamá Soltera, obvio, pagó con un billete de cien y de paso le pidió al de D’Onofrio que nos envíe a un vendedor de cerveza.

—Y solo ayer estaba en España… —murmuré recordando a los empoderados camareros de Barcelona. Con la barbilla siempre en alto, trataban a los comensales como si les hicieran un favor.

Pero Mamá Soltera ignoró por completo mi comentario: las raíces profundas del subdesarrollo no la apasionaban. Esos temas la aburrían.

El heladero entregó el cambio y fue donde las chicas sin grasa que tomaban sol y se hacían selfies atrás.

—No puedes decir que has estado en España, ¿te has vuelto loco? —Mamá Soltera me resondró sin despegar los dientes—. ¿No sabes lo que está pasando en el mundo o qué?

Iba a contestar pero la vainilla se derretía, escurriéndose entre mis dedos. Chupé el palito apurado y aun así no pude evitar que unas gotitas cayeran en el pareo. Mamá Soltera suspiró.

—¿Nunca dejarás de ser un niño?

—¿Es una pregunta retórica? —dije bostezando.

Sombrillas, sombrillas. Treinta soles la sombrilla todo el día. Sombrillas, sombrillas. Protéjase del sol con su sombrilla.

—¿Treinta soles por el alquiler de una sombrilla? —me indigné. Era lo mismo que costaba mi libro—. ¿Es broma?

Mamá Soltera volvió a suspirar.

—Aj, no empieces, no empieeces, ¿sí? ¡Y quítate ese polo que me da no sé qué verte así, en serio! —dijo aumentando mi culpa por las pizzas, hamburguesas y frankfurters de las últimas semanas—. Y bueno ya, cuéntame de tu viajecito antes de que te quedes dormido. Total, ya la fregaste, niño.

Selfie stick, selfie stick a cincuenta soles. Lleve su selfie stick. Selfie selfie a cincuenta soles. Lleve su selfie stick.

—Estuve en España —enfaticé solo para joder—. Madrid, Barcelona, Bilbao —esto es mentira, nunca fui a Bilbao—, ciudades seguras, limpias, edificios con presencia, como si fuesen personas. Era extraño comparar con las avenidas de San Juan, esta estética limeña de cables enredados en los postes y bolsas de basura al lado de la pista donde un loco con dreads se echa a contemplar su reino. En Europa solo vi locos en París. Pero nada se compara con los nuestros.

—Ay, niño, ¿europeo eres ahora? —se mofó. Al menos se podía charlar con ella. La Tóxica ya me hubiera calateado poseída por los celos: ¿Por qué te tapas?, ¿qué escondes?—. ¿Y cómo te fue con tu librito, ah? —frunció los labios, levantó las cejas.

—Casi se cancela la presentación por “lo que está pasando en el mundo” —dije haciendo comillas con los dedos—, peeeeero —si no consideramos que vendí menos de diez ejemplares, que no conseguí ni medio contrato para una edición extranjera y si obviamos que fui echado de una universidad de Barcelona cuando pregunté por becas para escritores tercermundistas— bien, supongo que bien.

—¿Dónde fue, ah? —me quitó la envoltura y el palo de chupete.

—En Luxemburgo, un país chiquitito entre Alemania y Francia.

El país donde conocí a Periodista Loca.

Mamá Soltera no estaba preparada para esa conversación.

—Qué chévere —dijo, se acomodó el sombrero, giró el cuello y miró a la pareja de ancianos que desinstalaba su sombrilla. Envidié el descaro con que ese viejo exhibía las canas de su pecho y la guataza colorada. Éramos los únicos panzones en un radio de dos kilómetros—. ¿En una feria?

—Ajá. Había escritores de España, Bélgica, Marruecos, escritores con turbante, hasta una monjita en silla de ruedas que…

Pssss, pssss.

¡Helados, heladoooos!

¡Pssss, pssss!

—¡Ay, qué sordo! ¿Ahora quién se lleva la basurita?

—¿Ya no queda ni una chela?

Mamá Soltera revisó su bolso de Tommy.

—No. Pero ya pasará un vendedor.

Diez minutos después, al fin apareció uno. Cerveza helada, cerveza helada. Psss, psssss, ¡oiga!, ¡señor!, por más que gritamos ni siquiera nos vio. A lo lejos se aproximaba otro. Cerveza helada, cerveza helada. Le hicimos señas, desesperados. Mamá Soltera ya extraía un billete de su monedero pero el tipo se dio la vuelta.

—Caray, ¡se fue! ¿Qué les pasa, ah? —se enrojeció—. ¿No nos quieren vender o qué?

—Pensarán que les vas a pagar con cien lucas, pues.

—Huevones. Cuando no les compras, están con sus caras de pobrecitos. Olvídate. Me mojo los pies y vamos a casa.

Se paró con cuidado para no llenar de arena su pareo de Ganesha, empuñó la basurita y desfiló por la orilla su bikini negro, abrazándose a sí misma, tallada como la Venus de Milo que conocí tras una hora de espera para entrar en el Museo del Louvre.

La paciencia no era una de mis virtudes, pero ya estaba ahí.

Chequeé a mi alrededor. Los ancianos de la derecha se habían ido. Las chicas que tomaban sol también. Estaba algo distanciado de la gente. Mejor. Tosí suavecito, cof, cof, y busqué a Mamá Soltera en el mar.

Se había detenido antes.

Hablaba con un vendedor. Me miraban. Pensé que ella mandaría unas latitas para mí, pero de la nada se les unió un salvavidas de gafas y trusa roja. ¿Discutían?

Mamá Soltera volvió asada. Recogió su bolso y, marcando el tiempo con un pie, dijo seriamente:

—Párate. Nos tenemos que ir.

Y esta es la parte que me avergüenza.

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Parte 1

Capítulo I: Hasta pronto, Sudaca Fino. Buenos días, Lima

Todo empieza con un chino de manos enguantadas, mascarilla y pelo graso cocinando en una plancha las navajas que me recomendó Sudaca Fino. «¡Échate más, que son unos manjares, chaval!», gritaba rellenando su plato con todo el bufet de mariscos al que me había invitado.

Ya en nuestra mesa dijo «espero que vuelvas pronto a Madrid», sirvió vino blanco en copas y brindamos.

—Ahora fíjate —cogió con dos dedos un molusco verde de quince centímetros. Lo abrió y lo pasó por sus dientes como si fuese una armónica. Chupó su interior, slurp, y dijo—: Así se comen, chaval. Cuidado nomás que te cortas, por algo les llaman navajas. ¡Dale, pues!

Apenas probé, el sabor a desagüe se esparció por toda mi boca. Hasta mis amígdalas.

—Una delicia, ¿verdad?

—Ujum.

—Tú eres de los míos, chaval. He venido con otros peruanos pero no tienen paladar, son unos chuscos. Venga, te voy a tomar una foto. Para tu viejo. Cómete otra —me apuntaba con la cámara de su celular—. ¡Pero chúpala con más ganas, hombre! ¡Haz de cuenta que es una chavalita!

—Slurp, slurp.

«¡A nada!», se convenció de mi nula fotogenia, guardó su teléfono, se jaló la nariz —tenía esa manía— y devoró con lujuria ese kilo de «navajas gallegas» hasta que empezó a masticar con desagrado, como si se le hubiera reventado una muela, y dijo «ah, ya sé lo qué ha pasao’, gilipollas, ¡no te las han dado bien cocidas, pues!». Se enjuagó con vino y escupió en un vaso, ¡put!, llamando la atención de la pareja vecina.

Era la primera semana de marzo. Aún nos sentábamos cerca entre desconocidos, ignorando el peligro de respirar en el lugar y momento inadecuados, esa libertad que se consideraría un atentado contra la salud.

Sudaca Fino cogió la sal y la echó sobre sus mariscos. Era la única acción que realizaba con cierta prudencia. Derramarla era un mal presagio, y eso le preocupaba más que los primeros fallecidos en Madrid.

En general, se hablaba de ellos con distancia, como si hubiesen muerto en otro planeta.

Gente con pésima suerte. Gente que no tocó madera. Gente que no tuvo cuidado con la sal.

—Estás piña, chaval —Sudaca Fino se limpió las comisuras. Examinó mi plato—: Te las han dado casi todas crudas. Mira ese color que tienen, están blancas. Ve y dile al chinito que las ponga en su plancha un rato más, ¿vale?

No tenía hambre. Le hice caso porque me quedaban solo seis horas en España y no quería volver a Lima con ese mal gusto en la boca.

Aunque ya era inevitable. No olvidaría el sabor a podrido de las navajas. Tampoco olvidaría a ese chino que las hacía al vapor en la plancha. Sus cabellos negros. Los brotes de sudor en sus pómulos, en su sien.

—¡Voy por ostras, chaval! —dijo Sudaca Fino a mis espaldas.

Y vi cómo recogía las tenazas metálicas que alguien acababa de soltar.

La misma operación se repetía en casi todo el restaurante.

Los microbios saltando de mano en mano.

Con los estómagos reventando, Sudaca Fino y yo fuimos a un outlet. Cada vez que me probaba una prenda, revivía el pogo de París. El espejo me devolvía puñetes, rodillazos, puntapiés, patadas: un primer viaje por Europa que quedaba marcado en mi cuerpo.

—Esta camisa, dos euros. Puf, ¡baratísimo! Llévatela nomás, chaval —decía Sudaca Fino, pasándome más y más rebajas.

Luego recogimos a su socio Julio César, un dominicano con el ancho de un frigider de dos puertas. Traía una cadena dorada en el cuello, como mi amigo; y en las manos, una «güira», «una vaina más bacán que el peine con el tarro de leche que tocan los mendigos en la 73 de Lima, ¿circulan todavía esas chatarras?», preguntó Sudaca Fino, manejando un Peugeot 2018 que olía a a goma de borrar de fresa.

Estacionó en una calle solitaria de Torrejón de Ardoz —el TorreBronx—, y entramos en un pub de moda entre el lumpen latino. Bastante concurrencia para ser lunes. Nadie fumaba pero había cierta espesura en el ambiente por la acumulación de alientos. Por los parlantes se oía: La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no.

Varios de los presentes saludaron con sonoros abrazos a mi compatriota. Lleno de confianza, infló su pecho y sonrió por el espejo empañado a dos venezolanas que bebían acodadas en la barra, una dándonos la espalda y su fragante cabellera, cuyas puntas alcanzaban un pedazo de piel canela entre su top y un ajustado pantalón.

Quise invitarle unas chelas a mi pata, pero el dominicano me detuvo cuando estiraba el brazo. «Tranquilo, tronco». Y al rato Sudaca Fino compró baldes de Heineken no solo para nosotros, sino para tres o cuatro mesas más. Abrió los botellines, los repartió, chocamos vidrios y «un ratito, ya vengo», mi amigo caminó hacia el brumoso fondo del pub, cerca de los baños. De inmediato, dos tipos fueron tras él. El dominicano los estudió de pies a cabeza. El más llamativo era un viejo con pitillo blanco, polo fucsia y chal.

Muy interesado, Julio César me preguntó por las mujeres de Luxemburgo: ¿era cierto que todas eran rubias, de ojos azules, adineradas e inteligentes, tronco? Le estaba contando que ellas trataban como reyes a los latinos que bailan salsa cuando Sudaca Fino volvió, jalándose la nariz, y le dio un codazo.

Le dijo:

—El marica dice que ese gilipollas no va a venir. Está con gripe. Acabamos esto y lo buscamos, ¿eh?

El dominicano asintió en silencio, acariciando su güira. No sabía de qué hablaban, pero en mis fantasías literarias Sudaca Fino extorsionaba o pasaba droga, si no algo peor.

Antes de irnos, le dijo al barman que dejaría en Barajas «a este chaval, un peruano como yo, hijo de uno de mis mejores amigos, un escritor invitado a la feria de libros de Luxemburgo, hospedado en un hotel de cuatro estrellas, acuérdate de él, ya te digo». Para que las venezolanas oyeran, casi gritó que regresaría de todas maneras al pub.

Camino al aeropuerto, Sudaca Fino leyó su chat —su fono lo sostenía un bracito rojo enganchado a su aire acondicionado— y dijo que las chamas le preguntaron al barman por nosotros, por el peruano de las birras y su amigo el escritor.

—De repente cancelan tu vuelo, chaval, ¡cruza los dedos!, y con los setecientos pavos que te dará la aerolínea nos vamos de juerga toda la semana. Marcha, marcha, queremos marcha, marcha —cantaba risueño.

Hasta que llamó su mujer. Con cierta intriga le preguntó si estaba bien.

—Sí, ¿por qué? —contestó Sudaca Fino pellizcándose la nariz y haciendo un ruidito constante con ella, como si sorbiera sus mocos.

—Es que el bebé no para de vomitar, tío —la oímos por el altavoz—. Y ha comido lo mismo de siempre. Yo también siento náuseas. Nunca nos había pasado esto.

—Llama al doctor, ¿vale? Pasaré por ustedes en una hora.

—Venga.

La noche se había completado. Decenas de aviones brillaban como ovnis o partes de una constelación en el cielo de Madrid. Ese intenso tráfico aéreo fue lo primero que me mostró Sudaca Fino. Entonces, conducía lento y apuntaba como un niño por el parabrisas. Tres semanas en Europa parecían mucho tiempo. Ahora mi paisano aumentaba la velocidad, mirándome de reojo, las manos tensas en el timón.

—¿No habrás traído el bicho de Francia, no, cojudo?

Cojudo. Al fin, se le escapó lo peruano.

El aeropuerto de Madrid es una ciudad de cuatro pisos, tren incluido. Te pierdes. Yo pasé hasta ocho veces por el mismo duty free repleto de vendedores con mascarillas antes de encontrar mi sala VIP –una cortesía de mis anfitriones de Luxemburgo–, cuyos sillones ocupaban otros paranoicos con la nariz y la boca cubiertas. Quise una mascarilla hasta que pregunté por su precio: 10 euros.

Nica. En Lima las vendían a dos soles.

Faltaba media hora para el embarque y arrasé con todo el whisky gratuito. Esa era la mejor defensa contra cualquier patógeno, me había dicho un francés con algunas pestes encima el día que me perdí en París.

Abordé tambaleando el avión, sintiéndome como una estrella de rock, hecho un Mick Jagger. El pasillo estaba lleno de peruanos. Me di cuenta por ese tumulto propio de Gamarra pero sobre todo por una desconocida que me tocó el hombro mientras esperaba que un gordito que se interponía entre mi sitio y yo acabara de ponerse las dos casacas que había sacado de su equipaje de mano para que pudiera caber en el compartimento superior.

«Pucha, joven, ¡cómo pesa esta maleta! ¿Me ayuda a ponerla ahí arriba? No sea maliiito», me dijo esa mujer de piernas cortas.

En veinte días nadie me había pedido un favor. ¡Nadie!

Y ese fue el único de mis vuelos sin repetición de vino, dejándonos con sed a mí y al viejo inglés que carraspeaba cavernosamente en la ventana, última fila, y cuya esposa, sentada entre nosotros, empezó a acariciar mis pies con los suyos cuando todas las luces ya se habían apagado.

10 de marzo. 04:22 a.m. Desperté maltrecho con el llanto de un bebé. Aún no amanecía en Sudamérica —¿dónde estábamos?, ¿en el Atlántico?, ¿Brasil?—, y ya era mediodía en Europa, según el reloj de mi teléfono. Retornaba al pasado, a esa diferencia de siete horas que parecían décadas.

El piloto ordenó el ajuste de cinturones, y yo grabé con mi celular el momento en que el avión descendía y sus llantas rebotaban sobre la pista de aterrizaje. Cuando revisé el video, escuché que dos personas tosían, por lo que a mí también me dieron ganas de toser, y de pronto otros pasajeros también comenzaron a toser, y ya éramos unos cinco haciendo cof cof, cof cof.

Habíamos surcado un cielo propicio para la neumonía; comparado, el aeropuerto peruano Jorge Chávez parecía sauna. Sudaba y me moría por un cebichito, por una chela al polo para curar la resaca, pero eso demoraría: tras un inusual cuestionario en Migraciones, me derivaron a una cola extra.

«¿Por qué, ah?».

«Protocolo, señor. ¡Siga nomás!».

A medio metro de mí, en ese gusano de cincuenta personas, había dos mujeres con mascarilla. Me alejé tres pasos cuando firmaron un documento en el que aceptaban haber visitado China. «¡Es una tontería que nos retengan de esta manera, ni siquiera en Italia! ¡Se pasan!», reclamaba más allá una arequipeña. Un francés reía confundido rascándose el mentón.

Perú cuenta con moderno hospital móvil para atender posibles casos (…) con capacidad para 50 pacientes. Si el viajero acusa síntomas de infección, se le realizarán pruebas de hisopado (muestras de secreción nasal y bucal) que se enviarán en una cabina de bioseguridad (…) para tratar con posibles portadores del virus, como guantes, traje descartable, traje antiderrame Telvex, segundo par de guantes con cinta adhesiva para sellado, botas de caña baja con un cubrecalzado y careta facial con filtro que permite respirar aire purificado (…) se puede propagar a través de las gotículas procedentes de la nariz o la boca que salen despedidas cuando una persona infectada tose o exhala (…) y si luego se tocan los ojos, la nariz o la boca (…) también dijo que los análisis realizados a los tres ciudadanos chinos sospechosos de (…) el Perú no cerrará sus fronteras (…)

Pasó una hora. La esperanza de encontrar mi equipaje en la faja disminuía y evitaba respirar cada vez que la anciana de China se descubría para tomar aire. Sus exhalaciones calientes me daban en la cara por el estúpido ventilador que había justo a su costado. Hacía demasiado calor. Algunas mujeres se abanicaban con las manos. Los hombres se soplaban a sí mismos para refrescarse.

«¡El siguiente!».

«¡Avancen, avancen!», nos arreó un apurado desde el fondo.

Por tercera vez respondí a una señorita de mandil, mascarilla y lentes que sí: España, Francia, Alemania y Luxemburgo… No. No estuve en China. ¿Fiebre?, ¿tos?

No, nada de eso.

Así es: Palomari. 28 años. San Juan de Miraflores.

«Vaya con el señor, por favor, joven».

El señor era un chiquillo con guantes quirúrgicos que me apuntó a la frente con una pistolita de infrarrojos. Anotó mi temperatura en un cuaderno y dijo:

—Si tose o le da fiebre, llame a este número.

Me dio una hojita amarilla que doblé y guardé en mi bolsillo.

OK, estaba sano y mis cosas aún giraban en la faja. Eso sí que era suerte en un aeropuerto donde los policías les piden a los pasajeros no descuidar sus pertenencias.

Abandoné la zona de vuelos internacionales, y fui hacia el estacionamiento arrastrando mi maleta. Como siempre, papá me recogería al paso para ahorrarse el pago del parqueo. Lo mismo había hecho el Sudaca Fino en Madrid.

Por precaución, no quería besar a mi viejo, pero su mejilla áspera, luego de un día de afeitado, ya rozaba mis labios. ¿De dónde había salido?

—¡A su mare’! —meneaba la mano—. ¡Apestas a trago, oe’!

Dejábamos atrás el Callao cuando papá frenó en seco, a pesar de la luz verde del semáforo. Con una serenidad inusual en los conductores limeños, dio pase a un grupo de peatones que ya iban por la mitad de la pista y que corrían para que no los atropellaran los carros que avanzaban a toda velocidad. El Perú que recordaba. Nueve fallecidos cada día en accidentes de tránsito. La irresponsabilidad como causa de muerte en el país. Rabiosos bocinazos se acumularon en nuestros hombros.

«¡Muévete, cachudo!», gritó alguien.

Meneé la cabeza y la apoyé en la ventana.

—Tranquilo —dijo papá—. Pronto regresarás a Europa.

En su vibrante palanca de cambios había una cajetilla de Hamilton con rastros de suciedad. El tablero caliente estaba cubierto por una lámina de polvo. Papá retomó la carrera. Íbamos con las ventanas cerradas. Los ventiladores parecían ahogados, sus efectos eran contraproducentes, alérgicos. Estornudé sin querer en la avenida La Marina. «Salud», dijo papá, y le subió el volumen a la radio.

Ocho de la mañana. El locutor del noticiero informó que ya eran nueve los contaminados en el país.

—¿Cómo estás? —le pregunté a mi viejo, con los ojos puestos en la rugosa cicatriz de su cuello. Una raya de cuatro centímetros.

indicó que luego de hacer todos los exámenes correspondientes a las personas cercanas al primer…

—Bien, bien, hijo. Preocupado por el negocio nomás.

un hombre de 25 años con antecedentes de haber estado en España, Francia y República Checa…

—¿Por eso estás fumando?

piloto de una aerolínea…

—No estoy fumando —tiii, taaaaa, tiiiiiiiiiiiiiiii, los cláxones.

—¿Y eso?

—Oye, huevonazo, ¿no ves que tengo prendida la luz direccional? —papá le reclamó a un chofer de combi que no lo dejaba doblar. Acelerando, dijo—: De vez en cuando un cigarrito nomás.

Me aclaré la garganta. Se había resecado. Lima es un desierto con olor a mar.

—¿Estás yendo a tus chequeos?

fue notificado por primera vez en Wuhan, China, el 31 de diciembre de…

—Tengo cita dentro de dos meses.

Dentro de dos meses. Eso era el Perú: el país del mañana.

Papá tomó el circuito de playas, la ruta más rápida del aeropuerto a San Juan. Era una de las mejores vistas de Lima, la que se mostraba en folletos turísticos. Papá aumentó la velocidad y, en una franja de estoperoles fosforescentes, su radio saltó como suicida. La devolví a su sitio y cambié de emisora. Charly García cantaba que no se puede ser feliz con tanta gente hablando a tu alrededor.

Los ojos me picaban, los párpados pesaban, se me caían. Sueño. Tiré el asiento para atrás, acomodándome.

Y desperté afuera de mi casa.

—Hagamos una parrilladita donde tu tío este domingo —propuso mi viejo, sacando mi equipaje.

No vivíamos juntos.

—Deberíamos de esperar un poco —dije, metiendo una maleta en el pasadizo—. Con esto del…

—No pasa nada, hijo —sonrió enseñándome sus dientes de fumador—. Lávate bien las manos nomás.

En la sala del primer piso me esperaba una mesa con la vajilla blanca de las ocasiones especiales y una bandeja de panes con chicharrón para compensar el hambre de París, donde lo más económico era un combo de McDonald’s de treinta y cinco soles. Le di un par de sorbos a la taza con ese aromático café de Quillabamba y fui al baño. En ese momento, mi abuela salió de la cocina y me abrazó fuerte, mientras, a un costado, mi abuelo se levantaba con dificultad de su cama. Cuando volví a la mesa, secándome las manos en las nalgas –por precaución no quise tocar la toalla–, mi abuelo ya ocupaba mi sitio y chupaba la lozana superficie que yo había babeado. Puta madre.

—Oye, es mi taza.

Pero ese boomer no hacía ascos: podía comer del suelo y beber jugos con mosquitos caídos, además de que no escuchaba por la oreja izquierda.

—¡Es mi taza, abuelo!

—En tu taza sabe más rico, loqui —se encogió de hombros y continuó bebiendo.

—Ya sabes cómo es este loco —gozaba mi abuela, echándole cebolla y camote a mi sándwich.

Puta madre.

Estás piña, chaval.

Después del desayuno, repartí los regalos. Mi abuelo se probó su camiseta del Real Madrid; mi abuela, un polito con bordado de la torre Eiffel. Los fotografíe, salí de su piso y por una escalera independiente subí al departamento donde vivía con mamá, que había ido a trabajar. Mascota, mi hermana adolescente, aún dormía. Me recibió Mini, nuestra pequinés. Esa era mi familia.

Ah, casi me olvido de mencionar al Diego… Ya entenderán por qué.

Por WhatsApp –treinta mensajes sin leer–, le juré a la Tóxica que de todas maneras nos veríamos al día siguiente. Me di una ducha militar, me vestí con bivirí y short playero, metí toalla y una chompa ligera en mi mochila y les dije a mis abuelos que almorzaría fuera. Aunque una voz me repetía «quédate en tu casa», necesitaba dos cosas: cebichito y averiguar qué quería Mamá Soltera.

Como siempre, en la puerta principal, revisé mi teléfono. 10:54 a.m. 61% de batería. Me quedaban unas ocho horas de duración en el que iba a ser mi último día en la calle en muchísimo tiempo.