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Parte 2

Un día antes de que volvieras

Un día antes de que volvieras, limpié tu dormitorio. Yo sé que no te gusta que entre, pero esas tres semanas que te fuiste fueron como un año para mí. Necesitaba sentirte cerca de alguna manera. Quizás lo puedas entender cuando tengas tus hijitos, ese vacío en el pecho, la preocupación, no poder dormir.

En un rincón, entre la ropa sucia, encontré tu peluche de los gladiadores, ese monstruo con la cara pintada de blanco que a tus tías y a mí nos daba miedo, pero que a ti te encantaba. Me parece que te lo compré en La Juguetería, ¿te acuerdas? ¡Cuando eras mi pimpollo! Desde esa época ya nos faltaba el dinero, tú sabes que con lo de tu papá nunca nos alcanzó. Él no quería que te diera nada, ¡colegio y comida suficiente!, decía, pero yo hacía mis cachuelitos porque todo niño tiene que recibir un regalo en su cumpleaños y en navidad.

Sé que llegaste resentido conmigo porque no te presté dinero para cambiar tu pasaje y quedarte más tiempo en Europa, pero no fue porque no quería, hijo, sino porque no podía. Estaba a full con el banco, le sigo debiendo no sé cuánta plata por esa ampliación que hicimos en el departamento, ¡ya no podía seguir durmiendo con tu hermana en el mismo cuarto!, y tú mismo has visto por todo lo que hemos pasado, pero además, hijo, tuve una corazonada: algo me decía que era mejor que regreses al Perú de una vez.

Nunca te lo he contado, creo que tu papá tampoco te lo ha dicho, pero en el sexto mes de mi embarazo casi te pierdo.

Ese día acompañé a tus abuelitos al Centro de Lima, creo que para comprar unos lentes. Era la época de los terrucos. No quería salir de la casa pero tampoco quería quedarme sola. Tu papá estaba trabajando. La gestación me tenía muy, muy ansiosa. El año anterior un cochebomba había explotado en Breña, y una chica embarazada que pasaba por ahí perdió a su bebé. A mí me impactó mucho, ella era jovencita, veinte años me parece que tenía, casi como yo.

En el Centro caminamos un montón, había policías cuidando, yo ya estaba con la panza, veía los carros estacionados y comenzaba a sudar frío, me imaginaba lo peor, un estallido. Y justo mientras regresábamos a pie por la avenida Wilson para tomar el bus, se corrió la volada de que habría un atentado. Tu abuelita trató de mantener la calma, pero mi papi estiró su brazo y paró un taxi. El chofer salió rápido de la zona, prendió su radio. Al final no hubo nada, falsa alarma, pero yo ya me iba a desmayar de la impresión. Tu abuelita le quitó importancia a mi malestar, son los nervios, dijo, pero yo sentía que algo se había roto dentro de mí. Me puse a gritar, y me llevaron al hospital. Ahí me vino la hemorragia. Yo lloraba y lloraba, les echaba la culpa a tus abuelitos, me quería morir.

El doctor dijo que había llegado con las justas, que estaba anémica. Me recomendó reposo absoluto y unas vitaminas.

Se me había roto la placenta. En los meses siguientes, no exagero, recé a toda hora para que eso no te afectara. Naciste sanito.

Y cuando vi las fotos que mandaste poco antes de volver, tuve una sensación parecida a la de ese día en el Centro. Se me aflojó el estómago. Aparte, desde que eras una piltrafa siempre fuiste calladito, nunca dices lo que te molesta, qué te pone triste, todo te lo guardas para ti nomás, ¿no?, y cuando eras niño yo tenía que adivinar lo que te pasaba mirándote a la carita. Nadie te conoce mejor que yo. Les dije a tus abuelitos que tenías algo, pero ellos no, no.

¿Ya ves? La mamá siempre tiene la razón.

Y ese pesar que comencé a sentir en el pecho cuando te llamaron para darte el resultado no fue porque pensara que me habías contagiado. Ese dolor en el corazón era por ti, hijo, por el miedo de perderte, de ya no escucharte, de no verte nunca más. Algún día te vas a dar cuenta. Yo qué me hubiese imaginado que iba a abrazar a ese monstruo de peluche, lo recogí porque tenía la intención de botarlo más bien, pero luego, no sé por qué, me provocó acariciarlo, darle cariño. Por cierto, ya lo lavé y le cambié sus pilas, ahora grita como antes cuando lo golpeabas, cuando querías ser un gladiador.

Ay, hijo.

Hubiese querido que las cosas se den de otra manera, pero cada decisión que tomé siempre fue pensando en ti y en tu hermana, por el bien de los dos. Tú eres consciente de que con «El Diego» —será todo lo que tú quieras, pero siempre me ha apoyado— nos íbamos hasta Villa El Salvador, donde todo está más barato, con tal de comprar más comida para ustedes. Felizmente, «El Diego» me acompañaba siempre. Una vez, quisimos cortar camino para llegar más rápido al mercado Unicachi, nos metimos en una calle ancha y sin pista, y nos saltaron unos perros, como cinco eran. Él trató de ahuyentarlos, pero uno con cara de malo se me fue encima y me mordió la pierna, le hizo huecos a mi jean. La pantorrilla me sangraba como coladera: dos surcos. Los perros nos ladraban alrededor, ninguno con collar. Yo no sabía qué hacer. En esas semanas se veía en las noticias, en Facebook, en WhatsApp, que la gente se golpeaba la cabeza, una apendicitis, fractura, iban al hospital, no los atendían. «Solo covid», les decían, y se morían por cualquier cosa. Yo dije «rabia», ir a una posta, contagiarnos, ¡ay, Señor!. «El Diego» agarró dos rocas, los perros se fueron corriendo.

Me tomó del brazo y me dijo «Vamos al hospital», pero yo no, no.

Lógicamente, los dos estábamos asustados, le echamos alcohol a la herida y fuimos más lento al mercado. Ay, hijo, toda esa gente, algunos sin mascarilla y sin respetar la distancia, hasta empujando, me alteraban, sentía que me iban a tumbar, me iba a caer, me iban a aplastar. La pantorrilla estaba que me quemaba. Y a mi edad una ya se cansa, hijo, pero no nos quedaba de otra, yo te quería bien alimentado, fuerte para que te recuperes, y si hubiera tenido que ir más lejos, lo habría hecho por ti, mi pimpollo.

Mientras volvíamos en la combi, miraba a los pasajeros con sus protectores faciales, miraba la sangre en mi jean, como un charco oscuro, y sentí que todo lo que nos rodeaba, todo lo que había tras esas ventanas, el tren eléctrico, los bancos, los centros comerciales, hasta tus estudios, todo eso lo podíamos perder de un momento a otro. Nada nos pertenecía, ni siquiera la casa. Otra vez, como en los años ochenta, como en los noventa, hijo.   

Bajamos de la combi, levanté la frente y nos encomendé a Diosito, que siempre nos cuida desde la punta del cerro, por eso, a donde sea que yo me vaya estará el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús en la entrada, al lado de la puerta, protegiéndonos.

No era el mejor momento para separarnos, hijo, yo lo sé, pero no había otra opción.

Nunca pierdas la fe.

Tu mamá

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Parte 2

Capítulo XVI: El futuro suena a respirador artificial

Sábado 11 de abril. Un ruido me despertó de madrugada. Apunté con la linterna de mi teléfono al lugar de donde provenía aquel zumbido espeluznante. En la pared había una sombra monstruosa de alas batientes, y por eso grité. En el día, había llenado de ropa vieja la bolsa negra de plástico donde la cosa esa aterrizó. El aleteo no sonaba como el de un bicho común —¿qué sería?, ¿un murciélago?— y me erizaba los vellos y me achinaba la piel. Petrificado en mi cama, llamé a Mascota mientras me hacía bolita bajo la sábana.

No quería ni ver.

—¿Qué pasa? —Mascota se acercó de puntitas, también con una linterna, cual exploradora en la oscuridad—. ¿Por qué gritas? ¿Estás bien?

Eran casi las dos de la mañana.

—Ponte tu mascarilla —le dije mientras me cubría con la mía—. Hay algo ahí.

Ese algo hacía POC POC contra la bolsa de ropa que iba a regalar.

—¡Ay, sí! —se asustó y dio dos pasos atrás cuando de pronto la cosa voló, revoloteó y volvió a descender desafiante, golpeando el plástico.

Me escondí como un cobarde en la colcha. Si hubiera sido un araña o una rata, me habría levantado para patearla o aplastarla a escobazos, pero parecía uno de esos insectos mutantes, con antenas, que me hacían sudar frío.

—¿Lo puedes matar? —le pregunté a Mascota desde el rincón.

Vestía su pijama enterizo de Stitch, un dibujo animado, como una mezcla de perro y koala azul.

—No sé, también me da miedo.

Eso era raro. Mascota no se amedrentaba con poco.

—No prendas la luz —le dije, para evitar que la cosa se abalanzara sobre mí, o que saliera viva por la ventana y regresara más tarde para meterse por mis fosas nasales o por mi boca o… no sé—. Tenemos que matarlo.

—¿Llamo a mi mamá?

—No. No puede entrar acá. Mátalo tú.

—Me da miedo.

—Tú puedes.

—Hmm… —dudó Mascota—. ¿Y me puedo quedar con tu casaca?

—Ya.

Habíamos discutido esa tarde porque dejé destapado el inodoro. De un momento a otro, eso había comenzado a enfurecerla. Además, se había transformado en una loquita lejía, y ese es el olor que me recuerda a aquella época, la última con ellas. La manía por la higiene de mi hermana llegó al punto de que mamá decía que si Mini se quejaba por las noches, era porque le dolían sus patitas de tanto cloro que había regado por todo el departamento.

—Escúchame, haremos esto —le dije.

El 80% del tiempo, mi hermana y yo peleábamos por tonterías así: porque ella oía reggaetón con un volumen muy alto cuando yo quería leer o porque usaba mis poleras sin pedírmelas o porque yo no recogía mis pelos de la ducha. Es de hermanos, supongo. Pero había acudido a mi llamado, eso la ennoblecía, y, cuando ejecutamos el plan —yo cerré la ventana, ella cerró la puerta, encendió la luz y aplastó al bicho con su sandalia—, lo último que vi antes de bajar los párpados porque la escena era demasiado para mí fueron sus ojos inmensos, muy redondos, tan parecidos a los míos: lo único visible entre la mascarilla y esa ropa de dormir propia de una niña Disney.

—¿Está bien muerto? —le pregunté con los ojos todavía cerrados.

—No se mueve —dijo ella. La sentía cerca.

—¿Qué era? —inhalé un poco más calmado.

—No sé, pero da asco.

—Llévate el cadáver, por favor. Y no dejes ni un rastro, ¿sí?

—Ay, ¡qué fastidioso eres! Me debes una.

—Oye…

—¿Qué?

—Gracias.

Fue el chiste durante el desayuno. Forzando la voz, mamá me preguntaba por qué me asustaban tanto las cucarachas, «tan grande, ¿qué te van a hacer?», decía, y yo no sabía qué responder.  Varias veces había intentado enfrentarlas sin éxito.

—¿Y si me he contagiado por culpa del vago, má? —preguntó Mascota.

—Ay, hijita, no atraigas la mala suerte. Y ya te he dicho que no llames así a tu hermano.

—¡Pero entré a su cuarto, má! Debe estar todo contaminado, porque ni siquiera limpia. Por eso vienen los insectos.

—¡Estabas con mascarilla! —intervine—. Y ¡sí limpio, ya!

—¡Má! ¡Di algo! Yo soy asmática. Por mí no te preocupas, ¡¿no?! ¡Ah!, pero por el vago…

—A los dos los quiero por igual —dijo mamá.

Ignoré ese diálogo que me había aprendido de memoria y me puse a pensar en lo que había conversado con Escritor Amigo por el teléfono minutos antes. Era inusual que llamase tan temprano, pero tenía buenas noticias: su sello editorial estaba interesado en publicar mi historia con el virus. Desde la adolescencia, cuando comencé a escribir, mi «sueño» —por decirlo de alguna manera estúpida y vergonzosa— había sido firmar contrato con esa transnacional de los libros cuya sede principal estaba en Barcelona, y, de hecho, con perspicacia y buena onda, un año atrás el Escritor Amigo le había dado una copia de mi debut literario al gerente de la filial peruana, pero este no había mostrado ningún interés, es más, creo que nunca leyó los cuentos de «Nadie nos extrañará».

«Esto es como en política, todo depende del momento», dijo Escritor Amigo luego de escuchar mi opinión. Y, con su característica ronquera de bebedor de pisco puro, al despedirse me advirtió: «Tómate tu tiempo para darles una respuesta. Seguro te van a contactar los del otro lado. Cuando te quiere una, te quiere la otra».

No se equivocaba. Mientras mamá, Mascota y el Diego seguían conversando, mi teléfono volvió a sonar: era la competencia de la editorial de Escritor Amigo, otra poderosa empresa internacional. Les atraía mi testimonio. Si estaba de acuerdo, me enviarían el contrato dentro de menos de una hora. Era demasiado para un solo día, ¿cuándo me convertí en el fichaje que se disputaban las cabezas del oligopolio literario en el país?, me preguntaba aturdido. Era estimulante que me propusieran unirme a sus filas, pero considerables dudas impedían mi alegría. En primer lugar, ¿cuáles eran mis méritos desde la perspectiva de esos gerentes de las letras? O sea, leía y escribía con la ansiedad del escritor joven que se plantea retos mayores, trabajaba hasta que se me enrojecieran los ojos, pero no se me convocaba por razones profesionales sino por una situación fortuita, es decir era el narrador infecto con el virus de moda, y eso me había situado en el centro de atención, gracias a la crónica de Somos. En el amor sería equivalente a que te quieran por lo que tienes y no por lo que eres, y supongo que en el fondo era una cuestión de orgullo, y esas semanas encerrado en mi habitación me habían hecho comprender que siempre es menos agotador para uno aceptar lo que es en vez de causarse aneurismas por pura vanidad, es decir que había madurado o envejecido (literalmente, había cesado la sobreproducción de hormonas adolescentes que me azuzaban a luchar con ímpetu por un ideal), o me había vuelto un cínico cretino, en pocas palabras: no era la forma deseada pero cumpliría mi objetivo; no obstante, también había un tema moral: no estaba seguro si era el momento oportuno para hablar de un exterminio humano. Suponía que mis solidarios colegas me acusarían de aprovechador, de ser insensible ante el dolor ajeno, este Palomari es un autor sin escrúpulos, un negociante frívolo, otro zopenco de la autoficción. Y quizás todo eso fuese cierto, de cualquier modo, si no lo hacía, igual expondrían alguna condicionante (en este país hay gente que solo se dedica a evaluar las acciones de otros), y me dirían en el 2023: ¿y por qué no lo hiciste cuando el Perú se desmoronaba, eh, Palomari?, y sí, claro que contaría mi historia mientras la crisis nos sepultaba, porque por algún motivo inexplicable la covid me había hecho sufrir a mí y no a –qué se yo– Renato Cisneros o a Diego Trelles, compatriotas que vivían en las apestadas España y Francia, respectivamente, de manera que, a la mierda con todo, tomaría una de las dos ofertas con mis manos ávidas de reconocimiento, con mis dedos afanosos que ya se movían solos y en cualquier circunstancia, como si presionasen los caracteres de una laptop o las teclas de un piano, al igual que el Ugartino Valiente despejaba el balón o se barría mientras veía fútbol en el televisor, tirado en su cama: la pasión, la pasión. Además, no tenía chamba, mamá tampoco, Mascota aún no cumplía los dieciocho años, era ilegal, y el Diego, bueno…; el futuro sonaba a respirador artificial, se veía como UCI, y la televisión y las redes sociales mostraban colas en mercados para conseguir alimentos y productos de primera necesidad como en los años ochenta, mal augurio. Recibir una propuesta laboral en los días más mortíferos del siglo era como para agradecerle a la estampita de Jesucristo que mamá adhirió a la puerta de mi cuarto cuando enfermé, o a lo que sea. En mi mesa de noche yacían los boletos de tren y centavitos europeos. Gastar hasta lo que me faltaba para ir de viaje a esa fantasía llamada Luxemburgo había valido el endeudamiento; sin quererlo, se me había provisto de todos los elementos para escribir una obra de alcance mundial, ahora Albert Camus reencarnaría en mí y yo relataría La peste del siglo XXI. Ahora podría recuperar mi inversión, multiplicarla, oh, sí. El entusiasmo me desbordaba al punto de que si en ese momento se me cruzaba una cucaracha la habría hecho estallar con el pie descalzo esparciendo su quitina por todo el suelo.

Me levanté, me coloqué la mascarilla y después de un mes demolí las paredes que me aprisionaban, y fui a la sala, que ya no era la misma sala del 09 de marzo, pues el comedor de seis sillas lo habían reemplazado por una mesita de playa rodeada de banquitos de plástico con manchas de suciedad y en vez de los sillones había solo un sofá-cama y la cocina eléctrica de acero inoxidable era ahora una cocinita de dos hornillas grasientas con un balón de gas expuesto, sin la campana extractora.

Hay deudas, había dicho mamá, quien en ese instante, junto al Diego y Mascota, que acababan de comer, me observó en silencio durante dos segundos, y, al igual que ellos, estiró las ligas de su tapabocas y se cubrió, y recién me di cuenta de la mugre en la tela y de esas hilachas que sobresalían en la mitad de su cara, hilachas amarronadas que ya no constituían ese muro color hospital donde el virus se estrellaría y moriría.

Lo único que se mantenía incólume a sus espaldas era mi biblioteca. Entonces creí que era simbolismo puro, que mi situación económica, la de mi familia, estaba a punto de mejorar gracias a mi oficio, que por fin se había abierto la puerta de la fortuna para nosotros, pero cuando yo solo quería abrazar a mamá, ella me dijo «tenemos que hablar».

El bebé nunca decide cuándo se cortará el cordón umbilical.

Mientras creemos que sí, nos obsesionamos con la realización de ciertas metas, nos obnubilamos y olvidamos que no todo depende de nosotros, que mucho de nuestro presente solo lo explicaría el azar, que hay situaciones sobre las que no podemos decidir, imprevistos como desastres naturales, accidentes, enfermedades.

Divorcios.

Sé que papá estaría de acuerdo con eso.

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Parte 2

Capítulo XV: Privilegiados los que ignoran el presente

«Están quemando la cama y toda la ropa de un vecino. Su casa la están fumigando, chola», dijo el Diego. «Murió por el virus», oyó en la panadería. Mamá le pidió a Mascota averiguar si era cierto. En los días previos, vídeos —desde distintos ángulos— de una ambulancia estacionada en su fachada habían circulado por el chat de mi familia, y una foto suya con una oración a su nombre, y más tarde con un «Que descanse en paz».

Como se hizo habitual, todo se desmintió después: continuaba vivo, hospitalizado en una unidad de cuidados intensivos, era uno de esos hombres que los programas de televisión mostraban echados boca abajo sobre colchones enjutos, como si solo estuvieran dormidos, solo que conectados por la boca a ventiladores artificiales, su única salvación.

—Ahora sí se murió de verdad, chola —escuché la voz resacosa del Diego. La pérdida del sentido del gusto y el olfato había potenciado mi audición. Mamá decía que escuchaba como tísico—. No le vayas a contar nada al cholo, no se vaya a asustar.

—Ay, Señor, ¡Señor! —suspiró mamá.

—Má, ¿qué te pasa? —chilló Mascota—. ¿Por qué te agarras así el pecho? ¿No puedes respirar? ¡Má!

—Ay, hija, ¡la preocupación por tu hermano, pues! La pena por el vecino también.

El noticiero —con el volumen siempre en quince por una manía de mi hermana— informaba que había 61 fallecidos y 1,595 contagiados en el Perú. Parecían más. Con un enfermo en casa, con un finado en el barrio.

El susto entrecortaba la respiración de mi madre.

—¿Te traigo agua, chola?

Pero ya habían pasado tres semanas desde mi regreso, desde el comienzo de mi cuarentena. A mamá no le dolía la cabeza, no sentía escalofríos. No se había contagiado, o por lo menos yo no la había contagiado. Tranquilo por haber rechazado la tentación de Milkito la noche anterior, me senté en el colchón y me desperecé con los ojos puestos en la casaca de la suerte que colgaba de mi ropero. Me había abrigado en los últimos días de un inolvidable invierno europeo. En sus bolsillos había moneditas y varios tickets de tren, el recuerdo de lo bien que funcionaba el transporte público de Madrid, París y Berlín, capitales con cavidades subterráneas, casi unas ciudades escondidas donde la gente se movilizaba sin parar, conexión tras conexión. Era un sistema tan veloz y organizado que me tomó más de una semana comprenderlo. Al principio renegué de su perfección, de su exactitud, tomar el bus a las 17 con 42, el tren de cercanías a las 18 con 10, el tranvía a las 18 con 22, ¿entendiste, chaval?, porque si uno se demoraba, no había combi ni mototaxi que lo salvara, a buscar otra ruta nomás, caballero, ¡los taxis te cobran de cincuenta euros para arriba!, cágate, chaval. ¿Cómo se podía vivir tan pendiente del tiempo?, me pregunté, desesperado en Barcelona por llegar a la hora a la estación ferroviaria, que si no, me dejaba el Rodalies y era probable que perdiese mi vuelo a Luxemburgo: chao, feria de libros.

El exceso de programación, la sucesión de horarios me ponían neurótico, no podía disfrutar de mi Taco Bell ni extender la conversación con la vendedora de suvenires de La Rambla. Según Eterno Estudiante, me había acostumbrado tanto al caos del Perú que el orden me daba miedo.

Quizás fuera cierto, porque cuando me adapté a la rapidez con que la gente aparecía y desaparecía por escaleras que conducían a los túneles de esas metrópolis, me sentí parte de una sólida multitud, y cierta sensación de seguridad se reforzaba además con el civismo, todos los europeos se detenían ante los semáforos, los choferes priorizaban la integridad del peatón, y las cuadrillas de polis –con las muñecas cruzadas en los riñones, inflando los bíceps– infundían respeto, y la «secreta» podía estar detrás de ti en cualquier momento, «¡cuidado con beber en la calle, eh, chaval!, que no estás en San Juan, tío, aquí te multan con 100 pavos si te pillan», y las cámaras de videovigilancia, el alumbrado público como los ojos omnipresentes de dios (Madrid invertiría 28 millones de euros en luces LED en ese 2020), así uno deambulaba tranquilazo con las manos en los bolsillos por los ayuntamientos de España, pues era improbable que un ladrón en motocicleta te asaltara como en cualquier calle de Lima. «Roban, sí», me había dicho el Sudaca Fino, «pero no como en el Perú, pues, huevón». Había una diferencia incluso en el ambiente, el aire era suave, como si lo hubiesen pasado por un filtro purificador, no había bocinazos ni ex presidiarios que pedían limosna, y si andaba apurado era por el tiempo, no por sombras que me acuchillarían por un celular o unas zapatillas, no por una peste en aerosol: nadie se cuidaba de la enfermedad de China. A pesar de la inmigración y del natural choque entre culturas, acaso el principal problema de dicho continente, su software parecía infalible, antivirus. Daba la impresión de que era ese el mejor lugar donde a uno lo pudiera coger una catástrofe sanitaria: no importaba, Europa lo resolvería con la rapidez de un tren bala. Por eso me asombraba la expansión del virus en España, 130 mil contaminados; 12,400 muertos; más de mil víctimas por día; ¡y el colapso de los hospitales en Francia e Italia!, pero era lógico: el mal se propagó por esos vehículos que iban de un lado a otro cortando el viento como fábricas industriales, con el ruido de los vagones en perpetuo movimiento.

Me vi otra vez sentado en el auto del Sudaca Fino, oyendo una salsa de El Gran Combo mientras él conducía y apuntaba al cielo limpio de Madrid con un jactancioso dedo índice: allí, los muchos aviones que se cruzaban sobre el aeropuerto de Barajas, símbolos del desarrollo del primer mundo, entre febrero y los primeros días de marzo, miles y miles de cuerpos en el aire. Cuerpos infectos que como soldados en guerra aterrizarían dentro de unas horas en algún país con armas de destrucción masiva dentro de sus pulmones.

—Menos mal que tu hermano no cambió su pasaje, hija —comentó mamá tras oír las noticias internacionales.

Si se le comparaba con Europa en ese momento, hasta el Perú lucía más confiable, y los discursos para la televisión del presidente, todos los días a la hora del almuerzo, producían cierto hipnotismo en la población. Pero la realidad no perdona a los ingenuos: si Europa se desangraba, al Perú, con su inversión anual en salud del 3,2% de su producto bruto interno, solo le esperaba lo peor.

Felizmente para mí, las fiebres ya no hacían que quisiera recibir martillazos en el cráneo; ahora, la preocupación era más bien emocional, sobre el futuro. Todavía se conocía poco del virus, e ignoraba si permanecía en mi cuerpo, y me angustiaba que aún pudiera ser contagioso, y también la ignorancia sobre las secuelas, de las que casi nadie hablaba. La jefa del Comando COVID había dicho: «Los que salgan vivos van a estar dañados por fibrosis pulmonar, insuficiencia cardíaca, insuficiencia hepática, encefalitis, entre otros. Las cosas han cambiado. El país que conocemos ya se acabó. Nuestra inmadurez social y política nos la tenemos que guardar en el bolsillo. Este es el momento de crecer, no es el momento de quejarnos». Un pronóstico poco alentador.

¿Cuál era el estado de mi organismo? Ni idea. Ya había asumido que yo era el paciente diez, y que todo lo relativo a la enfermedad lo descubriría por mi propia experiencia.

—Se suspenden las clases presenciales. Todo será virtual hasta nuevo aviso —mamá repitió las palabras de la conductora del noticiero.

—Y esto tiene para rato, chola —opinó el Diego, masticando con la boca llena—. La economía se irá a pique. Los más pobres van a ser los más afectados.

—Ay, ¡Dios santo! Me acaba de escribir la directora. El nido no va a dar clases virtuales —dijo mamá. Eso significaba que oficialmente quedaba desempleada.

Entonces, supe que ese 2020 ya estaba perdido. Enmascarada, mamá se acercó a mi habitación y le dije que teníamos que pensar en el año siguiente, aprovechar esa pausa para elaborar proyectos: yo le podía enseñar lo básico del arte de la ficción y buscaría para ella una lista de cuentos infantiles, ¿qué tal si luego trabajaba acercando a los niños a la literatura?, lo hizo conmigo hasta 1999, cuando me leía El oso y la rana antes de dormir. Pero mamá ya no era esa ilusa veinteañera, y siempre en el umbral respiró hondo, dio media vuelta y se fue con los hombros caídos, su única respuesta. Supongo que planear a futuro es el privilegio de quienes no han acumulado deudas a largo plazo con el banco, deudas que mastican los ojos por las noches.

—Pon el anuncio en Internet —le ordenó a Mascota.

Los problemas de dinero solo se resuelven con dinero.

Inesperadamente, mi olfato mejoró durante la ducha caliente, como si el vapor hubiese despejado mis fosas nasales y a la vez desbloqueara todos los recuerdos de olores almacenados en mi cerebro. En lo primero que pensé fue en el humo de unos anticuchos friéndose, y de inmediato, además del olor eléctrico de las gotas que caían sobre mí, percibí la omnipresencia de la lejía, y sonreí al reconocer el suave aroma del jabón entre mis manos, la aspereza de mi pelo y la concentración cálida de mis axilas. También el tímido sabor del agua en la lengua, la vida explosionando y esparciéndose sobre esa alfombra rosa.

En el desayuno, el café me amargó la boca otra vez. Rico.

Rico.

Pero recién al día siguiente mi nariz encontró en un vaporoso caldo de pollo todo el amor de mamá, y cada gotita de limón la disfruté doblemente. Por la tarde, un doctor del ministerio me llamó por teléfono. ¿Tenía fiebre?, no, ¿tos?, no, ¿estornudos?, no, ¿dificultades respiratorias?, no. El único rastro de la enfermedad lo hallaba en mi cuerpo enfriado al amanecer, se me bajaba la presión. El doctor dijo que no me preocupara, los males remitirían pronto. De acuerdo a su calendario, faltaban cinco días para que me dieran de alta.

El mismo doctor se había comunicado con todos los que vivían en casa. Desde su punto de vista, no le había transmitido el virus a nadie.

Cada vez más repuesto y con la mente despejada, me impuse un régimen de lecturas entre comidas, que habían vuelto a ser comidas y no insípidas y secas texturas que, como el pollo sancochado, me aburría de masticar y masticar. De esa manera disciplinada había terminado tres libros: de Richard Ford, de Juan Manuel de Prada y de Antonio Muñoz Molina. Pero esa tarde dejé el separador en medio de una novela de Carlos Ruiz Zafón —La sombra del viento, dos euros en una librería de viejo de Barcelona— antes de tiempo por un diálogo en mi sala, donde un desconocido de voz áspera regateaba con mamá mientras el Diego se oponía a darle una rebaja. Salté de la cama  y abrí mi puerta justo cuando dos tipos sudorosos y con mascarillas que no cubrían sus fosas se llevaban unos muebles, entre ellos ese donde un doctor de expedición lunar me metió un hisopo de alambre por la nariz.   

—Hay cuentas que pagar —dijo mamá con los brazos cruzados. Y yo sentí que la pandemia y el banco arrancaban mi hogar a pedazos.

Ciertamente, seguirían la venta de la cocina, de la lavadora, la radio, hasta que el departamento quedaría casi vacío.

04 de abril del 2020. Otro doctor llamó a las siete de la mañana para preguntar cómo me encontraba. Bastante bien, respondí. ¿Síntomas? Ninguno. «Te voy a dar de alta, Palomari». ¿Ya podía salir de mi habitación entonces? «Sí, pero usa tu mascarilla y de preferencia mantén una distancia de dos metros con las personas, ¿OK?». ¿No era necesario que me hicieran otra prueba para comprobar que el virus ya no estaba dentro de mí?

Dijo que no, y su rotundidad me dio desconfianza. Había leído sobre pacientes que daban positivo en los descartes incluso un mes después de los primeros síntomas. Le comenté eso al doc, y este me dijo que, en efecto, había casos, pero era poco probable que ocurriera algo así.

Ay. Las probabilidades otra vez.

La incertidumbre. El confinamiento.

Las coincidencias.

Antes de mi viaje europeo, trabajaba en la historia de un adicto a las drogas, un tipo que durante una década se había internado en diversos centros de rehabilitación sin ninguna mejoría, hasta que su madre, desesperada –hay que prestarle atención a lo que es capaz de hacer una madre desesperada–, lo encerró en el sótano de su casa por un año, con medicación, como parte de un tratamiento que llamaban «Útero de concreto». En un paralelo alucinante, insospechado, ese adicto y yo compartíamos la pérdida de la libertad. Me sentía como un personaje, como un Palomari de literatura. Y no sé por qué, o quizás sí, porque soy autodestructivo y me abruman los finales felices (¡porque soy autodestructivo!), me excitaba la idea de que el final de ese tal Palomari fuese trágico, quería que pierda, que su cuerpo jamás consiga expulsar ese virus de su organismo, que no haya cura para él, que sea declarado un peligro por el Estado y que terminara atrapado, encarcelado en una habitación, obligado a escribir por el resto de su vida, solo, completamente solo por un mal que no lo mataría pero que lo condenaba hasta el último de sus días al ostracismo.

Pero luego del café mañanero, mi lado más optimista me decía que había sobrevivido a una enfermedad inédita, que también había renovado mi piel, y que esas semanas en cama, esa falta de sentidos, la visión nublada, la carencia de abrazos, de sexo, la imposibilidad de sentir placer con la boca y con la nariz, mascar el pollo sancochado con hartazgo, como quien come lana, el olvido del olor de mis padres, de los libros, y que mis vecinos inventaran una escena en la que me metían en camilla en una ambulancia, que me consideraran extinto, incinerado, todo eso era válido interpretarlo como una pequeña muerte, un final que implicaba otro comienzo, la maravillosa oportunidad de volver a nacer.

Pero la salud de tu familia no es la carta que quieres arriesgar en un juego de probabilidades.

Esperaría una semana más para cortar de una vez por todos esos cordones umbilicales.

«Dios quiera», había dicho mi tía en la pollada pro fondos para mi viaje.

Dios quiera.

¿Pero dónde está Dios en el año de la peste?

¿En el cielo, muy ocupado, recibiendo a ese millón de muertos por la nueva enfermedad? ¿Ah?

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Cuento: La consulta vale tres cigarros y sin rebajas

«Colchisol, medio miligramo; ¡mañana, tarde y noche!». Jo. Siempre me reí de ese viejo peruano, gafas culo de botella y verruga en la nariz, que atendía la farmacia del barrio y se hacía llamar «Doctor». Ni siquiera había estudiado enfermería y aun así preguntaba por sus síntomas —¿le duele el estómago?, ¿qué ha comido, oiga?— a todos esos desgraciados que le tocaban la reja; y este sinvergüenza, el Fénix –vaya nombre de pajarraco–, les recetaba medicinas con el mismo desenfado de los que visten de blanco: «Un Naproxeno cada veinticuatro horas durante una semana, ¿sí?».

Pero hace como un mes, al viejo este lo mató el virus —que mis pulmones todavía albergan, por cierto— y desde entonces soy yo el que se encuentra asediado —y no en una farmacia, sino en mi habitación; no personalmente, por teléfono— por gente que piensa que también está infecta. Ya lo han dicho los doctores —los de verdad– en radio, prensa y televisión: no hay –oídme bien, ¡no hay!— remedios contra el famoso microbio que ha exterminado a un millón de personas en cuatro meses. Pero háganles entender eso a esos capullos.

Déjame que te cuente.

No sé cuándo me contagié, ni por culpa de qué asqueroso vivo aislado desde el último veintiocho de marzo; tampoco tengo claro quién de mis vecinos alertó a la policía de que era un paciente más de la covide esa. Vamos, españoles y peruanos estamos siempre chivándonos, tío. Desde luego que los médicos haciendo su aparición en el edificio, como si fueran a entrar en una zona radioactiva, solo aumentaron el morbo de esos cotillas con los ojos pegados a sus ventanas. Todo coincidía: yo acababa de volver de una Madrid con 20,000 apestados, joder. Y ya que la suerte la llevo en la sangre —no te imaginas cómo terminé en este vecindario limeño digno de una pesadilla de Valle Inclán; un mal negocio romántico, en resumen—, mi resultado dio positivo. Como mis síntomas no iban más allá de una fiebre galopante, me ordenaron el puto arresto domiciliario.

Sospecho que en un comienzo les divirtió a los canallas que tengo de vecinos que un tío como yo, al que toda la vida, desde que llegué a esta maldita comarca, han acusado de holgazán, botarate y drogadicto, se estuviese muriendo en la más absoluta discreción. Venga, que la vieja que tengo como vecina de piso se creía ya libre del humo cancerígeno —procedente de mi pieza— por el que me puso en aprietos con la casera (¡que les den por culo!).

En ese momento, hablo de más de un mes atrás, había pocos casos de la covide en Lima, y se creía que era una enfermedad de ricos, de europeos. Desde Malasaña, mi familia me rogó que guardara reposo absoluto —que de un día a otro la cosa se había puesto muy negra en España, tío; ¡muertos que te cagas!—, y ahora confieso que yo cumplí el aislamiento —aguantándome de ir por unos Pall Mall en la tienda del zapatero— por temor a que me vieran en la calle y me lincharan o quemaran como a un leproso, estos salvajes. Fue lo mejor: mientras sudaba en cama como Rafael Nadal en la final de un Grand Slam,  los enfermos  se comenzaron a multiplicar aquí. ¡Dicen que la covide esa se transmite hasta con el aliento. Macho, ¡si salía, me hubieran echado la culpa de toda la pandemia!

Aunque las víctimas suelen ser ancianos y personas con diabetes o cáncer, con los pulmones débiles, ya hay algunos jóvenes muertos por el puto coronavirus. Supongo que a mis vecinos les debe haber sorprendido que este madrileño no la palme, con lo chimenea que soy —tres veces han llamado a mi puerta solo para que pregunte «¿Quién?» y nadie me ha respondido, ¡hostia!, que sí, ¡que sigo vivo, joder!—, y repentinamente he pasado de ser perezoso a una especie de gurú de la covide esa.

La primera que me telefoneó fue la gorda de la esquina, una que vende salchipapas y a quien apodan muy justamente Camión. Estaba alterada porque le dolía el pecho. ¡Se había enterado de que ese era un síntoma! Pobre tía, pensaba yo, a esta sí que se la lleva la peste, por gorda y por maruja. Le pregunté por otras molestias. Nada más, carraspeó. Le dije que no debía alarmarse: no tenía fiebre. Le aconsejé que hirviera eucalipto y que inhalase su vapor, y se quedó de lo más tranquila. Lo mismo hubiera dado que le recomendara sus orines, un antiparasitarios para animales o shampoo para caballos, ¿sabes? Esa nunca tuvo nada. Por mi ventana, la he visto un par de veces yendo al mercado, haciendo rebotar esas tetazas y con el mismo tapabocas todos los días.

Menuda época.

Te confieso, tío, que en un principio me sentí de maravilla, útil, al escuchar todas esas voces preocupadas al otro lado de la línea, voces interesadas por lo que había sufrido, voces que me consultaban si esas pulsiones en la sien, si sus narices congestionadas o sus músculos tensos eran presagios de la fatalidad. Pero hasta el más majo de todos se cansa de ayudar a cada rato, ¿sabes?

He recordado al pajarraco del Fénix y me he preguntado a cuántos habrá curado con solo pronunciar una palabreja de esas que nadie medianamente normal recuerda, leída en un vademécum, como ivermectina o hidroxicloriquina. Ah, qué tipo despreciable. ¡Venga ya!, venderte pócimas sin garantía alguna. Pero ahora, quién lo diría, tío, me pongo en su lugar, y veo que hay cierta nobleza en atenuar el miedo del desesperado, ¿sabes?

Los placebos son potentes.

Me compadezco al evocar al tal Fénix —en paz descanse—, con su percudida camisa celeste, detrás de esas rejas malolientes, prisionero y divinidad a la vez. Como imaginaréis, nos distancia su carácter mercenario, ese viejo no te regalaba ni las gracias. Pero estoy pensando seriamente en cobrar con cigarros a estos tíos de toda Lima, ya te digo, ¡hasta de hospitales!, ¡doctores me llaman!, ¡y yo mismo les doy altas a los pacientes! ¡Es que me he vuelto una cosa mágica, joder! Me despiertan a las tres, cuatro de la mañana para contarme que se les ha cerrado la garganta, que les falta el aire. Venga, calma ya, les digo: no es la covide. Les doy cualquier tratamiento, y después, ¡pum!, me cuelgan y me dejan literalmente colgado con esta ansiedad de fumar. Pero, macho, es gente enloquecida, y mi voz les suena tan serena como los chorros de oro: ¡menudos gilipollas!

Disculpadme, tío. Necesitaba desahogarme. ¿En qué te puedo ayudar?

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Parte 2

Capítulo XIV: En París sin aguacero y sin suerte

En esa tienda, una botella de vino era más barata que un cuarto de huevos (4 euros), así que, a pesar del hambre, cogí un tinto y volví a la calle y muy atento a lo que decía la voz del mapa de Google me metí por una calle estrecha donde una pandilla de árabes fumaba, lo que raramente me hacía sentir más solo en esa noche por la periferia de París.

En el día había visitado la Torre Eiffel, rodeada de mototaxis que cobraban una tarifa del Primer Mundo, y fui a la tumba de César Vallejo, preciosa, demoré en ubicarla pero fue como hallar una esmeralda en forma de ataúd, y luego fui al Barrio Latino, cervezas, maní, café, y ya eran las diez, pronto se suspendería todo el transporte público (un taxi a mi destino costaba 80 euros), entonces tres transbordos para llegar al paradero que estaba a una distancia de media hora de caminata de mi habitación, y la cerveza y el café sí que son mala combinación: con la vejiga a punto de explotar como globo en carnavales, meé en un puente bajo la luna llena de Francia sintiéndome un pésimo representante de Sudamérica.

Iba agitado por una avenida que se curvaba hacia la derecha, con Miguel Ríos cantando «Todo a pulmón» en mis orejas, y asocié mi respiración entrecortada al cansancio por la intensidad con que había vivido los días previos. Recordé los molinos en los alrededores de Madrid, esa sabia quietud que por mi edad no era capaz de apreciar, recordé las sonrientes rumbas con Sudaca Fino, recordé el ascenso al parque Güell en Barcelona, que fue como subir a Machu Picchu con todas mis maletas –eran mis últimas horas en España–, y cuando al fin alcancé la cumbre vi la ciudad con los ojos de toda mi familia, y recordé también la despedida con Periodista Loca, uno de esos momentos de película en que dos desconocidos en una estación de tren se juntan en un abrazo de más de un minuto, conscientes de que ya nunca más se volverán a cruzar: mi pasaje de avión decía que estaría de vuelta en Lima dentro de cuatro días.

La calle estaba desolada. La única luz blanca provenía de la tienda de dispositivos tecnológicos de un ruso de pocas palabras. Entré en mi edificio, uno que me hacía pensar en la Segunda Guerra Mundial, y un ascensor chirriante nos llevó a mí y a una mujer negra al cuarto piso. Para mi sorpresa, la puerta del departamento estaba abierta, y un reggaetón que se oía en todo ese pasadizo que apestaba a cigarro me hizo sospechar que esa noche habría fiesta. En efecto, en la terracita que había detrás de la cocina, mi anfitrión –Abdul– bebía y fumaba con dos mujeres muy delgadas y rubias y con un hombre de porte atlético. Abdul era francés, veintiún años, larguirucho y de pelo corto y castaño. Hablaba muy bien el inglés, incluso mejor que yo. Me vio y les dijo algo a sus acompañantes, quienes sonrieron y miraron hacia mí. Por un instante, creí que había caído en el momento preciso con un vino –¡en buena hora compré licor y no huevos!, me dije, ¡a la mierda, el hambre!–, así que saqué la botella de mi bolso para que fuera evidente que tenía intenciones de hacer amistad con francoparlantes, pero lo único que Abdul me dijo, luego de darme la mano y de soltármela de inmediato porque la tenía sudada, fue que su tío había fallecido y que al día siguiente saldría temprano hacia Normandía, donde era el funeral, y que no volvería hasta la próxima semana, por lo que estaba de suerte: todo el departamento sería mío por el mismo precio. Pensé que quizás no había sido muy evidente con mis intenciones, así que le di el pésame y le pregunté si tenía un sacacorchos.

Sí.

Abdul me dio uno.

A solas en esa fría habitación parisina, que por un dibujo de una mujer embarazada hablando con un doctor parecía haber sido parte de una clínica ginecológica o de quien sabe qué otra cosa, bebí el tinto de pico mientras me di cuenta de que Abdul y sus amigos se habían movido a la sala, al lado de mi cuarto, y sus carcajadas hicieron que me preguntase por la suerte de los escritores peruanos en Francia: Vallejo, Eielson, Ribeyro. También se me vino a la mente un poema de Charles Bukowski:

«recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza…
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.»

En la madrugada, a través de mi celular, vi un partido de Alianza Lima por la Copa Libertadores.

Perdió, como era costumbre.

Me acabé la botella y, sin saber por qué –descarto como motivo la derrota de mi equipo–, me puse a llorar en silencio hasta que me quedé dormido con la nuca transpirada, como un niño después de su berrinche.

Recordé la soledad de Francia tras despedirme de Milkito. Mi amigo del colegio había insistido con una voz ronca y grosera que me raspaba el oído el celular. Milkito y yo estábamos casi por la misma edad, pero él aparentaba más años que yo por su condición de bebedor y las arrugas de fumador, además de los treinta kilos de sobrepeso que tenía: de hecho, era una decisión autodestructiva de su parte salir cuando en las calles había un virus que se enseñaba con los gorditos.

Pero Milkito era un hombre que tomaba riesgos, jugaba fuerte. Lo sabía porque en más de una ocasión lo había seguido en su ruta por las casas de citas del sur de Lima, que también proliferaban alrededor del mercado Ciudad de Dios. Por el teléfono, le dije que estaba loco, ¿no se había enterado de que yo estaba enfermo? ¡Podía contagiarlo! Respondió que había leído la crónica que publicó Somos, y que si ya habían pasado más de dos semanas desde la aparición de los síntomas, entonces el virus ya había salido de mi cuerpo, estaba curado y, noticia, era inmune. Eso hizo que sintiera cosquillas en el estómago. Inmune. Como un súper héroe. ¿Pero era cierto eso? Según mi investigación, algunos pacientes de covid-19 daban positivo en las pruebas aun cuatro semanas después de los primeros síntomas. Milkito subestimó esa información. «Es una gripe más, cholo. Están haciendo mucho drama».

Ante mis reticencias morales, ¿cómo Milkito pensaba salir en pleno toque de queda?, ¡encima a una fiesta!, ¿se había vuelto loco?, este me contestó en tono despreocupado que en San Juan no existía algo así como un «toque de queda», que nuestro distrito era proclive para las actividades delictivas, que eso ya lo sabía, no te hagas, Covidman, me dijo. «De hecho, estoy caminando hacia tu jato», hablaba ahogándose, emitiendo silbidos, y me mandó una fotografía de sus pies en sandalias, que eran dos tamales con las uñas largas que venían a tentarme.

Salí del departamento en silencio, con el pelo mojado después de la ducha. Mientras bajaba por las escaleras, me sentí arrepentido y culposo por haber tocado una pared con la mano, como si yo mismo fuese un organismo contaminado y contaminante, y una corriente de aire que cruzó velozmente por el pasadizo me recordó los escalofríos y me hizo dudar: ¿en verdad necesitaba salir?

Milkito me esperaba en la puerta del edificio. Lo vi a través de las rejas. Sus ojos negros brillaban, y la mascarilla, entre la papada y sus mofletes gruesos, me hacía pensar en un bikini celeste muy disminuido o chupado por un trasero con celulititis. «Apura, cholo. Ya es tarde», me dijo. Era mi primer contacto con el mundo luego de dos semanas . Me provocaba abrir la puerta, pisar la vereda, respirar sin ninguna protección, vivir con libertad, pero esa falta de cuidado en Europa me había metido en una cama con treinta y nueve grados de fiebre. Tuve que decirle a Milkito que había cambiado de opinión: «Yo me quedo en casa. Lo siento, bro».

«La cagas», me dijo. «Eres un huevón, Covidman. ¿Para eso me haces venir?».

Prendió un cigarro. Me echó el humo en la cara con cierto desprecio y se fue apresurado, fumando su cólera. Yo recogí mis pasos en el pasadizo y me detuve un instante frente al departamento de mis abuelos. Más de dos semanas, me dije.

Algo arrepentido de mi decisión, me acosté en la cama y me puse a mirar porno en el celular hasta que mis muslos se tensaron y las sábanas se humedecieron. Un rato después, Milkito me envió fotos de chicas que bailaban semidesnudas en un tubo de aluminio. En un rincón había una mujer solitaria, la única con mascarilla.

Ojalá que Milkito no muera, me dije, y busqué otro video de francesas.

Al despertar, a eso de las ocho, encontré una serie de mensajes en mi WhatsApp. Otro amigo del colegio. A su padre le dolía la cabeza, estaba tosiendo, sentía que le faltaba el aire. Disculpa que te moleste pero… ¿será covid, Palomari?

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Parte 2

Capítulo XIII: Una pesadilla con los ojos abiertos

Medianoche. Todos descansando en el departamento. El silencio del toque de queda se alteraba únicamente por lejanos ladridos o por los altos decibeles del televisor de mi abuelo. Me daba melancolía que tampoco pudiese descansar. A los ochenta años el sueño es lo más parecido a una muerte de la que ya no te distraes leyendo el periódico.

Busqué nuestro chat. Mis ojos pasaron otra vez por su «estoy temblando de miedo, loquillo». Presioné la videocámara de WhatsApp. Como sospechaba, el Ugartino Valiente no estaba durmiendo: contestó de inmediato. Ese rostro de mi abuelo no era el que recordaba, ni el mío para él seguramente. A ambos nos pixelaba la floja señal de Internet, nos deformaba. Por más fuerte que hablé, el Ugartino Valiente no me entendió. Lo de su tímpano era un caso perdido.

Aun así, me prometí que cuando levantaran el confinamiento le compraría esos dispositivos que cuelgan de las orejas para mejorar el oído. «Nada perdíamos intentando», así me convenció él de ir al psiquiátrico, donde la doctora encargada de mi salud mental me dio dos opciones: tu vida o la literatura, Palomari.

Ese 2015 fue pésimo para mí. Tenía veinticuatro años. No podía dormir. Había dejado de estudiar periodismo en la universidad y había renunciado a dos años de trabajo en prensa para dedicar todo mi tiempo a la novela que estaba escribiendo, porque eso es lo que hacen los escritores de verdad, abandonan todo, apuestan hasta lo que no tienen por la literatura, pero el dinero de la liquidación por los años de servicio en la agencia de noticias del Estado —esa pequeña fortuna para un joven soltero y sin hijos que vive con mamá, lo único que me mantenía— lo dilapidaba en alcohol: solo borracho podía desplomarme sobre el colchón sin pensar en que no poseía el talento de Charles Bukowski. No me estaba yendo bien —es la frase con que comienzan todas las malas historias, todas las historias desgraciadas— y perdí el control de mi cuerpo. En resumen: ataques de ansiedad con pánico que coincidieron con una sinusitis diagnosticada por mí mismo. Cada vez que hablaba sentía que de mi garganta brotaba un olor putrefacto a moco amarillo.

Acudí al hospital de la Solidaridad de San Juan, un edificio blanco de cuatro pisos —un edificio que también podía ser una de esas universidades nuevas— frente al María Auxiliadora, el hospital de sangrientos recuerdos. Mi abuela, quien chequeaba sus bronquios en el Solidaridad, sacó cita, y un instante después un doctor de acento colombiano me recetó medicinas para drenar la mancha que había en el lado derecho de mi nariz, que juntos los dos —los tres con mi abuela— vimos en una pantalla negra por endoscopia.

«Tienes el tabique desviado», me dijo antes de recomendarme que me operase para evitar futuras sinusitis.

Mi abuela consintió. Dijo que me prestaría el dinero: por ella que me cortaran la cara de una vez. Pero no era su nariz la que se iba a abrir y a mí me espantaban los quirófanos. Enterado del asunto, mi abuelo me llevó donde un «homeópata» que atendía cerca del Banco de la Nación, en la avenida Benavides, Surco. Este «cobraba en dólares», según mi abuelo —y eso era garantía de un buen servicio, según mi abuelo—, pero nos haría el favor de revisarme por solo cincuenta soles porque habían peloteado juntos en Surquillo. Es mi pata, decía orgulloso el Ugartino Valiente, caminando con el pecho al frente.

El consultorio era como el estudio de un escritor burgués: escritorio con biblioteca amplia de fondo. Fui examinado en una silla negra y reclinable, aunque decir que fui examinado es un exceso: con la yema de su dedo índice, el «homeópata» apenas me dio seis golpecitos debajo del pómulo izquierdo y seis golpecitos debajo del derecho, y con una linternita miró mis amígdalas. Luego, sentados cara a cara, me dijo que lo mío era acumulación de ira desde la infancia. Gritos ahogados en mi garganta que no me dejaban conciliar el sueño.

Eso se había transformado en «mucosidad».

Genial. Mi ira y mi frustración se habían vuelto una pelota de moco podrido.

El «homeópata» le dio un vistazo a su vademécum y escribió en un papel lo mismo que el doctor del hospital de la Solidaridad.

Con el tratamiento, mi seno paranasal derecho se liberó de la materia, pero el insomnio aún me aplastaba. Era como si todos mis libros me cayesen encima, hasta sepultarme en mi cama. Por recomendación de Mamá Soltera —también había sufrido crisis existenciales—, fui al Hermilio Valdizán, un psiquiátrico rodeado de fábricas en la Carretera Central.

Mi abuelo me acompañó.

A las siete y media de la mañana, cuando llegamos, nos dijeron que ya no había citas para ese día. Volveríamos al día siguiente, casi de madrugada. Iluso, creí que por ser tan temprano iría sentadito en el bus, pero siendo casi las cinco de la mañana el Ugartino Valiente y yo nos metimos en un Chino repleto de gente transportándose a sus centros de trabajo. Estábamos todos apretados, y, a la altura del Jockey Plaza, donde se bajaron varios, me di cuenta de que me habían robado el celular. ¿Cómo no volverse neurótico en una ciudad en la que no se puede confiar en nadie?

En el Valdizán, muy semejante a un club campestre embrujado o en decadencia, había muchos padres con sus hijos, todos esperando como en las salas de un aeropuerto: cincuenta personas que necesitaban ser escuchadas. Para hablar con una doctora, me pidieron que abriera una historia clínica. Otro trámite, otro día. Otro mes. Pero cuando le dicté mis apellidos a la cajera, me dijo que ya tenía una historia que databa de 1999.

El año en que mis padres se separaron. El año en que fui más veces castigado y sin motivos. Irónicamente, mi castigo era pasar muchas horas encerrado en mi habitación. Durante esos encarcelamientos infantiles, mi abuelo, quien dormía exactamente debajo de mí y cuya ventana se encontraba con la mía, se las ingeniaba para enviarme cartas y la sección deportiva del periódico y figuritas para recortar, todo en una bolsa con una piedra dentro que le permitiera volar como un proyectil. En ese entonces, el Ugartino Valiente desbordaba energía, jugaba fulbito los sábados y los domingos.

Ahora era un anciano con canas aislado en su cuarto y metido dentro de una caja de plástico que cabía en la palma de mi mano. Lo observaba parpadear detrás de sus lentes. Las bolsas amoratadas en sus pómulos, la mirada metálica de quien trata de descansar pero no puede. Su nariz prominente y chueca ocupaba un tercio de la pantalla. Le hice hola moviendo el brazo y me quedé congelado.

En ese momento Mini comenzó a ladrar y a arañar la puerta del cuarto de mamá, como si hubiese despertado alterada por una pesadilla. Era como si presintiera un desastre, o como si absorbiese nuestra tensión y necesitara sacarla a través de su hocico. Siempre se despertaba a esa pesada y solitaria hora de la noche, cuando se acaba lo que conocíamos como un día, y digo «conocíamos» porque desde la instauración del aislamiento social obligatorio la conciencia sobre el tiempo cambió: vivíamos el mismo día todos los días.

«¿Qué pasó, loquillo?», preguntó mi abuelo.

Y yo quise volver a 1999. Que me levantaran el castigo. Abrir la puerta de mi cuarto y correr como recién liberado por la sala, saltar con un pie en cada escalón, irrumpir en el dormitorio del Ugartino Valiente, brincar hacia su cama y abrazarlo con toda la pureza de un niño de nueve años, porque es cierto que luego uno crece y la mente se percude, y de pronto nos hemos convertido algo peor que nuestros padres.

2018. Papá durmió un fin de semana en el Rebagliati: el viernes y el sábado, en una habitación a solas; después lo movieron a una compartida. Lo visité el domingo. En esa pieza de paredes blancas, encontré a un chiquillo echado con un hombre de apariencia saludable, acurrucados en una cama de una plaza.

El chico apoyaba su cabeza en el hombro de su padre, y juntos leían una revista o un libro. La escena me hizo retroceder al día en que papá se fue para siempre de la casa. Tras una discusión con mamá, alistó su ropa. Los dos estábamos agotados y tendidos en mi cama. Yo lloraba. Él decía que no importaba lo que sucediera: «Pase lo que pase, siempre seré tu papá».

—¿Cómo estás? —me había sentado en un murito que había en la pieza, al pie de una inmensa ventana que daba a los postes con lucecitas amarillas de Jesús María. Olía a remedios, a enfermedad, a diferencia de las clínicas privadas, donde hay buena ventilación que da frescura y transmite calma. En el Rebagliati era imposible no sentir el aliento sucio de la muerte. Su ambiente era denso, fantasmal.

—Bien —contestó papá.

Su cuerpo ocupaba el centro del colchón. Una manta tapaba sus pies. Quería echarme con él, poner la oreja en su barriga, oír el traqueteo de sus tripas, los latidos de su corazón como hacía cuando era niño, y jurarle: pase lo que pase, siempre seré tu hijo. Y sí, habían pasado demasiadas cosas como para comprobar que nuestra relación padre e hijo era casi indestructible.

Pero, aunque se estuviese muriendo, a pesar de que la única pregunta que había en mi cabeza era ¿cómo viviré sin mi viejo?, era incapaz de decírselo.

—Mañana el doctor me dará los resultados y me dirá cuál va a ser mi tratamiento.

Radioterapia o quimioterapia.

Quizás para darnos privacidad, nuestros vecinos se levantaron y salieron del cuarto conversando como mejores amigos. ¿Por qué papá y yo no teníamos esa comunicación? Sospechaba que mis abuelos sordomudos eran el origen de los silencios entre nosotros. Para papá, callar el dolor era muestra de superioridad. Cuando era niño y las pesadillas lo despertaban, luchaba solito contra sus miedos en plena oscuridad. Era consciente de que por más fuerte que gritara, sus padres jamás lo iban a escuchar. Y usaba esa experiencia para inculcarme valentía, autosuficiencia.

—El cáncer de ese pata ha hecho metástasis —me dijo rascándose la barbilla, y estiró su cuello; nervioso, comenzó a tocarlo. Luego de haber crecido al punto de darle a papá el aspecto de un hombre con paperas, sus ganglios parecían volver poco a poco a su tamaño normal . Medirlos con las yemas de sus dedos, como quien acaricia unas canicas, era su manera de evaluar su situación.

—Y tú ¿cómo te sientes, viejo?

—Tranquilo nomás —hablaba con los ojos puestos en el televisor, como cuando comenzó a volar en fiebre, justo en la inauguración del mundial de fútbol—. ¿Mi mamá? ¿Cómo está?

En el suelo había una sombra, pero esta no nos unía. Era solo una mancha entre los dos.

—Está bien. Un poco ansiosa pero bien.

Y mantuvimos ese trato hasta que nuestros vecinos regresaron y llegó la hora de despedirnos.

2020. Papá estaba lejos; mamá, en la habitación contigua. Papá no se interpondría si ella intentaba responder a mis lloriqueos. No le diría: «¡Déjalo!, que haga su berrinche, en algún momento se va a cansar, ¡que aprenda a ser fuerte!».

Tal vez por eso me castigó tanto en 1999. Era la última de sus lecciones antes de irse.

Ser duro, varonil. Como él, que soportaba el tiempo en ese cuarto del Rebagliati viendo fútbol en un televisor cuya antena captaba pésimamente la señal: en la pantalla —granulada, borrosa— no se distinguía ni el balón.

Ocultar lo que nos hiere. Tal vez por eso no le avisé que estaba enfermo.

Como mis abuelos paternos, también me había vuelto sordomudo.  

Callaba, aunque una parte de mí se resistía a asumir las adversidades con estoicismo, era esa parte débil que no trascendía lo circunstancial, que se estancaba en el momento, en el presente, y pensaba en la pena como en una prolongación infinita, era esa parte de mí que me exigía encender un cigarrillo para que la angustia se disipara como el humo, para que mi insatisfacción se consuma como el tabaco en vez de consumirme a mí. Renegaba de esa desesperación para la cual la psiquiatra me había recomendado unas pastillas que eché al desagüe por el wáter. Las consideraba drogas que me robotizaban, que hacían que, como un tonto feliz, recibiera los golpes de la realidad con una peligrosa serenidad, porque en gente como yo la tristeza no estalla solo como tal, sino que como un río rojo y rabioso cruza cegándote por unos minutos en que eres capaz de los actos más viles. Y esa noche le dije buenas noches a mi abuelo y le colgué y pensé que a veces, sobre todo cuando uno está rodeado de personas, la soledad es una pesadilla que se vive con los ojos abiertos. La soledad es tu mamá en la habitación contigua sin que puedas acercarte a ella, sin que ella pueda venir por ti.

Concluí que dos semanas en cautiverio te ablandan o te dan unas salvajes ganas de vivir, mientras la penumbra en mi habitación comenzaba a tonarse color escarlata.

En ese oscuro agobio, una llamada telefónica iluminó mi velador. Era Milkito, un amigo del colegio, caserito de clubes nocturnos. Me invitaba a una fiesta clandestina en un hotel de San Juan.

Era lo que necesitaba, y esa parte de mí que se inquietaba ante la pasividad de la rutina, esa parte que me había animado a viajar a Europa, hizo que mi corazón latiera con fuerza nuevamente, como un bebé que se retuerce de aburrimiento en la placenta y que reclama a patadas su salida al mundo.

Voy con Milkito                 Me quedo en casa

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Parte 2

Crónica: Escrito con el virus en el cuerpo

Visitó España, Francia y Alemania como parte de un periplo literario en plena epidemia de la COVID-19. Palomari, joven escritor peruano, se contagió en Europa, fue diagnosticado en Perú, soportó las fiebres en su casa de San Juan de Miraflores, sin poder ver a sus abuelos durante 18 días: solo los oía en otras habitaciones. Esta es su historia.

Antes de mi viaje, organicé una pollada para recaudar fondos. Intrigados por la invitación que había recibido para presentar un libro de cuentos en Luxemburgo, llegaron para colaborar amigos y familiares a los que no veía hacía mucho tiempo, entre ellos una tía de más de sesenta años que deseó que todo me fuera bien —había en su voz una perturbadora aprensión—, y a quien yo respondí con soberbia: «Claro que me irá bien. He planificado cada detalle».

«¡Dios quiera!», respondió ella. Luego se fue la luz en el local. Volvería a pensar en sus palabras durante el viaje.

En esta, mi primera oportunidad de cruzar el charco como escritor, visitaría España, Alemania y Francia en dieciocho días, entre el 19 de febrero y el 8 de marzo, sin tener idea de lo que ahora sé: que ese periodo ponía en riesgo mis pulmones, todo por un virus desconocido, proveniente de China, que provocaba —decían— una especie de «gripe».

Ahora, recordando, me da la impresión de que todos ya andaban mal en Europa. El amigo peruano que me alojó en Madrid no dejaba de sorber sus mocos mientras conducía del aeropuerto a casa, un síntoma que me pareció sospechoso. En Barcelona, el compañero universitario que me hospedaría en su sillón me informó, a poco de verlo y vía WhatsApp, que había sufrido un «knock-out» y que no me había contado nada antes porque «no quería que te alarmaras, hermano». Al verme, se quitó la gorra para mostrarme las dos protuberancias que habían crecido sobre sus cejas, una reacción de su sistema inmunológico ante un dolor de cabeza y unos calambres que no se pasaron con dormir, como él creía.

«Pero no te preocupes», me calmó. «No es coronavirus».

El «coronita» ya era tema de conversación en los trenes, y, como profetas del tercer mundo, mi amigo y yo nos reíamos de la posibilidad de que me infectase en Europa y me enfermara en mi casa de San Juan de Miraflores. El peor de los escenarios. Conocedor de nuestro sistema de salud, prefería mil veces un hospital español, y eso fue lo que le dije a una peruana con la que almorcé en «Barna». ¡Ella tosía como si tuviera un motor atascado en el pecho! Más tarde, me enteraría de que al primer contagiado de Covid-19 de Catalunya acababan de internarlo a dos cuadras de su domicilio.

Mi anfitriona en Luxemburgo, una mujer de unos setenta años, me comentó que salía de un resfriado –era invierno, tenía lógica–, y añadió que los organizadores de la feria le habían enviado un comunicado aludiendo a una eventual cancelación. Las palabras de mi tía en la pollada resonaron en mí como un maleficio. ¿Por qué la gente dice «Dios quiera»? ¿No es amenazante?

Felizmente, la feria se realizó. Oí decir a unos españoles que el mal clima y el coronavirus explicaban por qué no abundaba gente como en ediciones anteriores, y también les oí decir que la paella estaba malísima, así que elegí a los italianos en el patio de comidas. El que atendía me saludaba con efusión. «Ah, lo scrittore peruviano!», gritaba, disparando gotas de saliva.

A ratos, aparecía un «rarito» con su mascarilla; pero a la gran mayoría le daba igual. Sobraban los «Coucou! ça va?» y los muac, muac, muac –¡tres besos!– de rigor, con propios y ajenos. Habíamos coincidido escritores de veinte países, todos íbamos embriagados por el coctel cosmopolita. Aunque en España sumaban 73 contagiados, y ya había 31 muertos por coronavirus en la Unión Europea, Luxemburgo celebraba: se convertía desde aquel domingo 1 de marzo en el primer y único país en ofrecer gratis todo su transporte público.

Bueno, ahí estaba yo, en el mundo desarrollado, hospedado en un hotel cuatro estrellas. ¿Qué me podía pasar?

El «coronita» ya se había diseminado hasta el Perú, supe en París, donde leí publicaciones de Facebook que me causaron asombro por un pánico que no se respiraba en Europa, de donde acababa de llegar el paciente cero. «Están exagerando, aquí la gente está como si nada», escribí en el chat de mi familia, relajado por el sosiego mediterráneo, aún emocionado por el concierto de rock al que había asistido. No sospechaba, como ninguno de esos franceses que entraron en el pogo, el colapso sanitario que se les venía. El «a nosotros nunca» no es producto nacional, es el lema de una generación que se alucina intocable.

El 10 de marzo a las seis de la mañana aterricé en Lima. En el aeropuerto me pusieron en una fila junto a los que arribaban de países sospechosos. Delante de mí una mujer y su hija –bocas cubiertas– firmaban un documento en el que admitían su tránsito por China. No hubo ningún protocolo. Todos inhalábamos y botábamos el mismo oxígeno en esa área cerrada de Migraciones. Un ventilador hacía circular un aire caliente que, tras pasar por bocas y narices, me daba inevitablemente en la cara.

El despistaje fue irrisorio: apuntándome con un láser, tomaron mi temperatura. Todo bien conmigo. ¡El siguiente!

Un día después, por la noche, el termómetro marcaba 38,5°. Tenía fiebre y escalofríos en pleno verano. Llamé al Ministerio de Salud. Una voz diligente pero aburrida me dijo que me contactarían en 24 horas. Esperé pegado al teléfono, en cama, informándome obsesivamente. Los jóvenes también fallecían, caramba. Es improbable, pero ocurre. Ventilación mecánica. Neumonía. Insuficiencia respiratoria. Sudaba, leía y me ahogaba, como si la enfermedad fuese mental. 48 horas pasaron… Nada. 106, 113. 106. 113. «No hay respuesta. Se agotó el tiempo de espera».

Ocho días después, los doctores finalmente tocaron la puerta. Parecían sacados de un videojuego de zombis, tapados con plásticos celestes, sus ojos apenas visibles. Uno de ellos me introdujo un hisopo gigante —monstruoso— en una fosa nasal. «¡Eso! Muy bien, campeón». Siempre he parecido más joven de lo que soy pero ese doctor se creía mi pediatra.

Dos días después me dieron el resultado. Era un coronapositvo. ¿Se dice así? Según mis cálculos, debo estar entre el número 210 y el 311. Al dormir me asaltó una pregunta inútil: ¿Quién fue? ¿El africano de las fotos en la torre Eiffel?, ¿la portuguesa que me animó a probar su sopa?, ¿el chino que me vendió un llaverito con la camiseta de España? ¿La de Catalunya que tosía?

Ni idea. Esta memoria solo confirma el anonimato del virus. Rostros por ver. Besos sociales. Texturas. Pasamanos. Descuidos de quien viaja dispuesto a comerse el viejo mundo.

Cuando escribo esto, he pasado dieciocho días sin ver a mis abuelos (aunque vivan en la misma casa). Mi cuarentena empezó solo 72 horas antes que la del resto pero siento que hay un mundo de diferencia: cuando hierves en fiebre por la Covid-19, tu cuerpo es símbolo y expresión del pánico mundial —de todo lo que nadie quiere vivir—, y es más difícil romantizar el encierro. No he tenido ganas de tomarme fotos.

Aún me queda esperar que el personal del MINSA se acerque a confirmarme que soy negativo. Llevo días sin síntomas. En la televisión, veo al Papa Francisco dando misa en la plaza de San Pedro, totalmente vacía. «Dios quiera», resuena, con eco, una voz en la oscuridad.

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Parte 2

Capítulo XII: Conteo de la muerte en tiempo real

Era un barrio al que no acudían los de bienes raíces. Aunque ya se habían levantado edificios, todas eran viviendas familiares en las que cada hijo había heredado o construido un piso, como mamá. En esa calle, con nombre de héroe de la Guerra del Pacífico, la gente se conocía desde hacía cincuenta años. Se saludaban con la mirada e intercambiaban breves charlas a lo largo del día, en cualquier esquina camino al mercado o a comprar el pan. Era un barrio como los miles que hay en las polvorientas periferias de Lima: con un mismo guachimán, con el perro al que todos los vecinos alimentan, hasta con un propio drogadicto, el Papote, un tipo larguirucho, de barba canosa y andar chueco a quien los vecinos asesinaron.

También mataron a la gordita de las carnes, una mujer risueña que siempre tenía los cachetes rojos, a tres enclenques verduleros y al señor que vendía cebiche fuera de la estación de tren. Lo apodaban Cantinflas por el bigotito que usaba, y muchos lo creían inmortal –como a su clientela– por no haber perecido ya comiendo ese pescado que parecía un trapo mugriento cortado en pedacitos. Una foto carné de Cantinflas, de cuando aún contaba con todos sus dientes, circulaba por el WhatsApp con la noticia de su deceso. Como era muy querido, causó consternación en el chat de mi familia. Comenzaban a morir los conocidos. ¿Quién sería el siguiente?

Según las estadísticas oficiales, en el Perú ya había 1,065 casos confirmados y 30 fallecidos de covid-19. Los rumores hacían suponer que esos números eran mayores.

Pero todos (Cantinflas, los verduleros y la gordita de las carnes, entre otros) resucitaron a las horas o días después. Sus familiares o amigos, a veces hasta ellos mismos, comunicaban por redes sociales que nunca se habían contagiado o que ya les habían dado de alta en las unidades de cuidados intensivos, con respiración asistida a través de ventiladores mecánicos.

Ante esa situación, me preguntaba por cuántos teléfonos, por cuántos chats habría pasado mi cara junto a una cadena de oración. Q.E.P.D., Palomari. Al igual que el virus, la información falsa se propagaba con facilidad. Se hablaba de remedios milagrosos, de medicina tradicional sin sustento científico. Y tres toques de pantalla: seleccionar, reenviar a… hijita.

El dióxido de cloro podría ser la cura. Vídeo

—¡No!, ¡no! —gritaba mi hermana.

Se estresaba porque el Internet andaba súper lento, ¡no!, ¡no!, la empresa de telefonía había reducido la velocidad debido a la falta de pagos de sus clientes, ¡no!, ¡no!, y también se estresaba porque yo había vuelto a usar y a infectar el baño luego de que ella lo limpiara con lejía, ¡no!, ¡no!, y se desquitaba pegándole con un periódico enrollado a Mini, le gritaba por haber vomitado en la sala.

Mamá cocinaba. Oía con nitidez que freía en la sartén, quizás algún ají, no sé, porque el humo inodoro volaba hasta mi cama y me escocía los ojos. En su cuarto, el Diego reproducía por enésima vez un concierto de Héctor Lavoe en la Feria del Hogar, y cantaba, acaso estimulado por un ron misio. Yo ya había cumplido con enviar mi cuento a Luxemburgo, pero aún me faltaba editar la crónica para la revista Somos.

Si el mundo no hubiese parado, pensaba, Mascota habría asistido a su primer día de clases en la universidad, mamá hubiera ido al nido, y el Diego, bueno, el Diego hubiera estado haciendo lo mismo. Pero el mundo se detuvo y toda esa bulla reunida me desconcentraba y hacía estresante el ejercicio de recordar los detalles del aeropuerto para redactar mi testimonio: las mujeres de China, el francés detrás de mí, la peruana quejándose, el adolescente que me midió la temperatura con lo que parecía un termómetro de juguetería.

Mientras iba tecleando, recordaba que me tomé dos meses para aceptar la invitación a la feria de libros de Luxemburgo, porque eso implicaba romper con la Tóxica y gastar el dinero que juntaba para estudiar una maestría en el extranjero. Había valido la pena cambiar todos mis planes futuros, ir a la deriva. Cada persona que conocí durante mi viaje, como Pamela, mi intérprete, o Periodista Loca o los editores españoles, y cada amigo al que visité, como Eterno Estudiante en Barcelona o el Sudaca Fino Madrid, se habían hecho partes de un relato entre dos continentes durante el inicio de la peste del siglo XXI. La primera enfermedad global narrada en tiempo real, con un conteo de los contagiados y de las víctimas minuto a minuto.

En el almuerzo, mamá, Mascota y el Diego cortaban la carnecita de su estofado mirando las calles de Guayaquil salpicadas de muertos por covid-19 que nadie quería levantar, temiendo infectarse, cadáveres en bolsas negras acumulados en camiones con sistema de refrigeración en Lima. A veces, el canal 4 emitía películas de zombis, de apocalipsis.

Y comían.

Y comíamos.

Hasta el presidente comía con nosotros cuando daba sus mensajes al mediodía.

Como el máximo espectáculo, el fin del mundo sería transmitido en vivo y en directo, con más de mil cámaras, con todos los ángulos, en todos los idiomas, con tomografías, radiografías, con electrocardiogramas en línea (monitoree el pulso de su familiar con esta aplicación), con los suspiros finales, con los últimos destellos en las retinas de los hospitalizados, con podcasts y grabaciones amateur de GoPro instaladas en cascos, con millones de clips del último día, con auspiciadores, con anunciantes, pague por ver el fin de la humanidad.

Y Mini seguía ladrando. Presintiendo.

Publicada la nota en Somos, mi celular vibró como si me hubieran anunciado ganador de la lotería (de alguna manera, lo fui). Y papá, al toque, me recriminó por permitir que fuera el último en enterarse. Ya le habían chismeado, pero confió en mi palabra. Le había dicho que no había ninguna novedad.

«Yo me muero si te pasa algo, hijo. Avísame, puta madre», me dijo.

Pobre, mi viejo.

Además de amigos y familiares preocupados, extraños me escribían por chat como si trabajase en el ministerio de Salud: «Dolor de cabeza, carraspera, estornudos. ¿Tengo el virus?». Me limité a compartir con todos ellos lo que me era útil: comidas nutritivas, ejercicio moderado, buen humor (parece barato pero sanar depende de la voluntad). Comprendía su pánico: si los doctores habían tardado ocho días en examinarme cuando eran solo nueve los positivos en el Perú, ¿cómo sería con 480, cómo sería cuando hubiera mil?

Yo ya sabía de la demora en las atenciones que recibían los pacientes de cáncer: 50 mil nuevos casos por año. El cáncer: la enfermedad que causa más muertes en el Perú.

Otra vez en el 2018. En el Rebagliati o el antiguo hospital del Empleado. Allí estaba mi viejo junto a otros peruanos, muchos de fuera de Lima y sin esos papelitos que se imprimen por millones en el Banco Central de Reserva, billetes necesarios para comer como para tratarse en una clínica; todos ellos pacientes esperando a que se desocupe una cama, esperando parados porque ni siquiera había suficientes sillas, como si el constructor de esos pabellones no hubiera sospechado que la población limeña se triplicaría o como si el gestor del proyecto, Edgardo Rebagliati Martins, ministro de Salud Pública y Asistencia Social en 1954, nunca hubiese creído que en sesenta años a ninguno de sus sucesores le interesaría replicar su obra.

Un joven médico, vestido con bata blanca y cargando una tablita sobre la que anotaba con un lapicero, se detuvo en el mostrador que separaba a los asegurados del pasillo plomo que conducía a las habitaciones, y comenzó a leer los nombres escritos en la hoja que tenía delante.

Mi viejo aguardaba su llamado en la cola, con un maletín en el suelo, raquítico, con una cara que era pura frente, pura nariz, como una máscara pálida de la peste. Era el perfil del empleado al que le faltaban quince años para cobrar su AFP… si es que llegaba a los 65, aunque las aseguradoras calculaban que viviría 130 años, y por eso retenían por más tiempo su dinero.

El joven médico no pronunció su apellido: Palomari no figuraba en la lista de los que se internarían en ese día. Nos habían citado temprano, pero nos fuimos del hospital arrastrando los pies, abatidos de solo ver filas de ancianos en las oficinas de reclamo. Mejor distraer los ojos en la pantalla del teléfono.

Lima oscurecía. En los locales que había frente al Reba, toldos y exhibidoras, se podía oler el pan recién sacado del horno, listo y crujiente para el lonche. Los postes de la calle recién despertaban y sus luces amarillentas opacaban aún más esos tumultos de carne que se lanzaban hacia los vehículos detenidos con sus puertas delanteras y traseras abiertas en medio de la pista. A lo bestia, nos metimos en una 73 llena. Más de hora y media de camino parados. En cada bache, el rostro de papá parecía quebrarse, rajarse.

Hacía semanas que habíamos tomado el último taxi. Ya no nos alcanzaba la plata. Apenas quedaba uno que otro sol para el café, necesario, porque a veces sentía que estábamos a punto de caer al suelo como dos fusilados.

Regresamos al Reba al día siguiente, a las seis de la mañana. ¡Palomari!, por fin gritaron. Me despedí de mi viejo con un abrazo, lagrimeando. Mientras caminaba rápido hacia la salida de esa realidad paralela (con gente que iba a paso lento, mujeres que cubrían sus cabezas con pañoletas y ancianos con el pantalón hinchado por el pañal), me sentí raro, mareado, solo. Sin papá.

Todo eso no podía ser real. ¿Por qué me estaba pasando a mí?

Aún no se secaban mis ojos en el paradero cuando me telefoneó. Oí su voz cansada, agitada: habían perdido su expediente. Le harían todas las pruebas de nuevo. Más aplazamiento. Menor esperanza de vida.

«Qué mierda, hijo…». Papá parecía a punto de quebrarse.

Es así.

En el piso 7 del Rebagliati siempre se encuentran calvos tocando puertas que no se abren. Tratamientos interrumpidos por historias clínicas traspapeladas. Siempre hay alguien dispuesto a contarte su historia. Papá, indignado al principio, asumió esas contingencias como normales. Había pasado más horas que yo en el piso 7, y señalaba con su mentón y me susurraba con un agrio aliento matutino: «Esa señora iba por su penúltima quimio. No está su expediente. Ahora tendrá que comenzar otra vez», y «Ese que está allá es el doctor Fernández, es mi doctor». Se refería a un hombre que caminaba rápido, que era perseguido como si fuera una estrella de rock por una turba de fanáticos con pañoletas envolviendo sus cráneos. Por eso, muchos de los oncólogos salían de sus consultorios por una imperceptible puerta lateral, así evitaban a esos enfermos que suplicaban por su atención.

Papá y yo también haríamos guardias. También iríamos detrás del doctor Fernández, la Eminencia en linfoma. Eso no lo sabían nuestros vecinos. Ese chisme no les fascinaba como la covid-19, a pesar de que el cáncer acababa con la vida de treinta y tres mil peruanos por año. Fresco.

Pasados los diez mil muertos, uno se acostumbra, ya no vemos individuos sino números, solo una cifra: 10,000.

20,000.

100,000.

Un millón.

Y del Papote aún no se sabía nada. Lo mismo podía estar muerto como durmiendo en la cama de un hospital.

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Parte 2

Cuento: ¿Qué hay detrás de los cerros?

La perra ladraba fuera, tras recibir un portazo en su hocico de parte de David Pacheco, quien dejaba bolsas flácidas y sanguinolentas sobre la mesa de la cocina. Jadeando por el calor, se abanicó con las manos y del fondo de un cilindro sacó agua con un tazón.

La puso a hervir en una ollita negreada.

Concentrado, a pocos metros de él, Santi anotaba en un cuaderno las lecciones que le daba una profesora a través de la pantalla plana, cuando Chana emergió del dormitorio, despeinada, y apoyó la escoba en ese pedazo de madera que sobresalía de la pared de la sala. Suspiró y revisó lo traído por su esposo.

—¿No te habrán dado vísceras de paloma, no? —dijo en voz alta.

David se quitó la mascarilla y la sumergió en el agua caliente para desinfectarla. Era la única que tenían. Había pagado la comida de dos días por ella. El de la farmacia le juró que era la mejor protección contra el virus, una N95. Ya ni en Lima se encontraban así.

—¿No te encanta la paloma? —bromeó David.

Pero Chana no sonrió, al igual que la noche anterior mientras veían tele. Además de cifras fúnebres, el noticiero había condenado el comportamiento ciudadano durante esos primeros días en que ya se podía salir por alimentos, y David la había mirado como animándola a la risa al reconocer a Sarita en el reportaje: su hija mayor corría detrás de unas señoras enmascaradas que, alzando polvo, luchaban por entrar en el mercado mayorista, muy pegadas entre ellas, ignorando las recomendaciones para evitar el contagio.

Sarita no consiguió las menudencias. Por eso David tuvo que ir muy temprano al mercadito del barrio. Solos los hombres podían estar en la calle los miércoles.

Hubo poca suerte. Puras sobras nomás encontró.

—¡¿Qué has comprado, oye?! —dijo Chana.

—El viejo no me ha pagado —la interrumpió David. Se refería a un hombre que lo había contratado para botar un desmonte—. ¡No tiene plata! Encima se lo han llevado los militares a su hijo, dice.

Chana iba a comentar que. . ., pero se enterneció con los hombros encogidos de su esposo, con sus canas, su aliento cansado. Al menos estaban juntos y sanos. Sabían de un vecino fallecido. Cuando fue a la posta con esa fiebre rara, no lo recibieron. Y el hospital estaba muy lejos, no había transporte. Regresó a su casa tosiendo. Murió ahogado en su cama. Sus familiares esperaron doce horas para que se llevaran el cadáver de la vereda, cubierto por un plástico celeste. Su hija se la pasó ahuyentando a los perros por su ventana, así dijeron.

—Ma, ma, tengo hambre —Santi jalaba el buzo de Chana—. ¡Pollo frito!, ¡pollo frito! —pedía.

El presidente, en el televisor, los acompañó durante el almuerzo. Muy sereno, anunció que el estado de emergencia se alargaría hasta el próximo mes. Chana se tocó el pecho. Los dientes de David comenzaron a rechinar como cada vez que estaba nervioso. En un sitio web constató que su nombre no aparecía en la lista de pobres que recibirían ayuda, un bono que era casi como un mes de sueldo. Entonces, ¿cómo comerían si no trabajaban?

Santi masticaba aburrido lo que definitivamente no era pollo frito. Sarita se levantó con su plato. «Nos están mintiendo», murmuró mientras lavaba. Antes de meterse al baño, buscó entre sus libros de matemáticas la fruta que había escondido solo para ella.

«En adelante, nadie puede estar en la calle sin mascarilla», el presidente habló pausado, como un ingeniero que da instrucciones a sus obreros. «Las fuerzas armadas cumplirán con su deber», advirtió.

—Ay, Señor… Dios mío —Chana se persignó.

A las cinco, se escuchó por la trocha a la oxidada cisterna que clandestinamente traía agua una vez por semana. Santi salió a prisa empujando el cilindro. Los militares ya tomaban posición. Uno notó los labios descubiertos del niño, un potencial portador, un infecto asintomático. Dio un par de zancadas y con el fusil le ordenó que se metiera.

Santi se quedó en el umbral, perturbado, viendo a su vecino llenar sus bidones. David, la mascarilla puesta, los brazos de un llenador de techo, guardó con facilidad los veinte litros para siete días. En la cocina, se quitó la N95 y la colocó sobre un banquito de madera al lado del tacho, donde las mujeres se sentaban a pelar. Se sacó el polo. Se limpió sin ganas un bigote de sudor.

Hacía calor. Mucho calor.

Santi, cubriéndose la boca con una mano, continuó observando a las cuadrillas verdes que trepaban el cerro, como yendo a ese cielo que ya no era gris sino azul, con estirados algodones blancos. El sol bajaba como un fuego que los abrasaría. Abstraído, no se dio cuenta de que Covita, una perra sin dueño que había aparecido con la pandemia, corrió hacia él y se coló en su casa. Atravesó la sala hambrienta y dio vueltas como trompo en la cocina, guiada por un tufo a entrañas. Brincó y abrió sus fauces en dirección al tacho, al banquito. Y mordió la mascarilla. David intentó recuperarla pero con un mal movimiento tumbó el cilindro a sus espaldas. Chana y Sarita fueron a la cocina por el ruido.

El silencio era pesado.

Catorce litros, se decidió Sarita, estupefacta, con los ojos sobre la inundación.

—¡Covita se llevó la mascarilla! ¡Covita se llevó la mascarilla! —repetía Santi.

David comenzó a reír, rascándose el cuello, contemplando esa laguna que iba creciendo como el deseo de romperle el pescuezo a esa perra.

—¿Qué vamos a hacer sin agua? —dijo Sarita, consciente de la escasez del líquido en Nueva Esperanza—. ¿Cómo vamos a salir sin mascarilla?

—Anda a pelar verduras para mañana —ordenó David.

Chana conocía esa voz. Agachó la frente. El olor de la tierra húmeda la mareaba. O esa comida. Sintió una arcada. Respiró hondo, abrió la ventana, que se quejó con un chirrido. Los uniformados seguían subiendo. Aún no oscurecía por completo. Comenzaba el toque de queda. El encierro absoluto.

Para protegerse, David tapó boca y nariz con su polo. Lo anudó con fuerza en su nuca.

—¿A dónde vas? —preguntó Chana—. No puedes salir. ¡Te van a llevar!

No contestó.

—Sal —retiró a su hijo de la puerta. El niño vio a su padre dirigirse a esa perra que saltaba libremente rumbo a la cumbre, mascando como chicle la única mascarilla de los Pacheco, mientras los soldados le gritaban que se detenga. David giró. Señaló al animal. El ruido hizo que Chana se asuste y se corte un dedo mientras pelaba las zanahorias.

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Parte 2

Capítulo XI: El que escribe es un intelectual pobre

27 de marzo de 2020. Mamá recibió un mensaje en su teléfono. Le indicaban el monto de su deuda bancaria además de una mora, y fue como si de un puñete le reventaran las venas de los ojos como cada vez que había que pagar.

Yo había leído que las demoras en los pagos no se penalizarían debido a la recesión, pero ella:

—Te dije: el banco nunca pierde, el banco nunca pierde —repetía en la puerta de mi habitación.

—Má, pero aquí dice que…

Bancos anuncian que congelarán deudas de clientes hasta por tres meses La banca privada ofreció la reprogramación de las deudas a 150 000 clientes, después de que el Ejecutivo anunció la primera cuarentena por quince días, pero con la ampliación por otra quincena, hasta el 12 de abril, decidió este viernes asumir el congelamiento de las cuotas de dos o tres meses.

Mamá negó molesta. Sus pestañas ya se habían transformado en colmillos que mordían sus globos oculares en cada parpadeo. Esas manchas rojas al lado de sus iris eran mi incapacidad para generar dinero que ayudase a las finanzas domésticas: mi biblioteca era solo un adorno fuera de lugar en un departamento donde las presas de pollo se hacían cada vez más pequeñas, más huesudas.

Todos los jóvenes anhelamos el día en que retribuiremos a los padres los gastos de nuestra crianza. Ese día no se acercó a mí por una foto con doscientos Me gusta en Luxemburgo. Hay pocos eventos más engañosos que la presentación de un libro peruano en el extranjero. Lo cierto era que ya no me quedaba ni un sol.

Lo cierto era que vivíamos adeudados: por el televisor, por la cocina, por el juego de mesa, doce cuotas sin intereses.

Traté de que mamá se quedara en casa prometiéndole que luego arreglaríamos la situación con el banco. Yo me encargaría de los excedentes. Sería absurdo que fuera a la calle y que la contagiara un desconocido cuando su propio su hijo, al parecer, no lo había hecho. Pero ella se puso un tapabocas barato, lentes, gorra, colgó su cartera en el hombro y, voy y vengo, salió disparada.

Parecía resignada a mi condición de escritor desempleado y, para colmo, enfermo.

Su oficina bancaria se ubicaba entre un club nocturno y una tienda de electrodomésticos cuyo escaparate era usado por prostitutas y vendedores de droga: una zona peligrosa y de alto tránsito, a una esquina del mercado mayorista Ciudad de Dios que ya recibía a alborotados compradores con coloridas bolsas de rafia, puesto que el gobierno dio luz verde a quienes tuvieran que conseguir alimentos o cumplir con sus cuentas. En la prensa, expertos en economía y seguridad anunciaban pobreza, aumento de robos, mayor violencia en Lima: lo común en San Juan.

A mamá ya le habían cortado la cartera en un ómnibus sin que se percate; recién cuando quiso sacar su monedero para pagar el pasaje, se rio con amargura de esas tiritas que ya no sujetaban nada. El mayor miedo de mi niñez era que le pasara algo, que el nombre de mi mamita apareciera en las noticias. Por eso, al despedirme de ella, siempre le decía «cuídate» y de inmediato, mientras se iba, rezaba una oración para que ningún ladrón drogado la violentara, para que nadie abusara sexualmente de ella, para que no la atropellara un chofer con cuarenta papeletas, y desde mis cinco años me culpaba por anteponer los dibujos de Disney a acompañarla a donde fuera.

Irónico: ahora mi madre necesitaba de mi protección y yo ya no podía caminar ni respirar a su lado.

Mi deber era salvarlas a ella y a Mascota de esos peligros cotidianos, liderar la mudanza a un distrito más seguro como Surco. Pero el virus me había anulado y, peor, me había convertido en otro gasto.

Mi vida se había reducido a cuatro metros cuadrados. A una cama con una ventana polvorienta, con un ropero apolillado en frente. A una maleta de viaje interponiéndose entre la puerta y yo; a una casaca colgada en el ropero, una casaca verde olivo que había viajado en trenes y aviones contaminados y que presumiblemente estaba llena de COVID-19, una casaca que mi abuelo había metido con sus manos arrugadas en la lavadora. Mi vida se redujo a libros desperdigados, amontonados sin orden ni sentido, a una lámpara con el foco quemado, a ropa sucia tirada en el suelo. A las páginas de un libro kafkiano donde el protagonista contempla la desdicha a través de un resquicio, como otra cucaracha patas arriba.

En zonas como Miraflores, la cuarentena general se respetaba a rajatabla. Allí la gente no tenía que moverse porque cualquier cosa que necesitaran se la llevaban chiquillos en bicicleta que no eran inmunes al virus ni a la inanición ni a un conductor con diez papeletas. En Miraflores, la cuarentena general era como una performance en la que todos los habitantes de un edificio, copiando a italianos y españoles, apenas salían si era por sus ventanas o balcones para agradecer con aplausos a los doctores y policías, siempre puntualmente a las ocho de la noche; y los polis enmascarados de vez en cuando los entretenían con música y coreografías. No dudaba de sus buenas intenciones, pero esos bailes se daban en este país donde solo algunos los podían disfrutar con palmas.

A las 07:55 p.m., me imaginaba a Mamá Soltera interrumpiendo el visionado de una película o una serie de Netflix para participar de dicho espectáculo. Más que un apocalipsis real, la pandemia sería para ella como la simulación de una catástrofe: con wi-fi, la despensa y el refrigerador llenos de productos orgánicos y un contacto en la agenda telefónica para recibir atención inmediata en caso de emergencia.

En el sur de Lima, el panorama era otro. Mamá caminaba por las calles de San Juan, donde panzones desesperados por beber licor y meretrices panzonas de sesenta años, cada quien con su mascarilla, coincidían en las entradas de hostales clandestinos. Sus fotos circulaban por redes sociales y eran expuestas en los noticieros, que también mostraban a vendedores ambulantes como si fueran idiotas que arriesgaban su salud por ganar diez o veinte soles, sin considerar que ya había gente con tres semanas sin trabajar, peruanos que no recibían un sueldo por mes sino que se ganaban la vida día tras día. Gente que, como papá, era la última representante de millonarias empresas. Gente que con las justas obtenía de veinte a cuarenta céntimos por chocolate vendido, por cada helado, por un paquetito de galletas. Ellos declaraban ante las cámaras: o nos mata el virus o nos mata el hambre.

Aunque el presidente, a través de la televisión, se sentaba a la mesa de las familias peruanas en la hora del almuerzo, tratando de transmitir serenidad, bromeando con la ligereza del que mensualmente cobra más de quince mil soles, y prometiendo con una sonrisa subsidios del gobierno para todos, visto desde el exterior, el Perú ya no era de los países que reaccionaron a tiempo ante la amenaza del virus, sino el segundo con más contagiados de Sudamérica y el número doce en el ranking mundial de la muerte.

Era de esperarse. Si a mamá, viviendo con uno de los primeros casos de COVID-19, le habían negado una prueba, y ahora exponía a desconocidos por un compromiso impostergable con su banco,  entonces: o no había estrategia para detener la propagación del virus o el plan era simplemente improvisar.

Al igual que ella, miles de señoras con deudas, papás enfermos, hermanos con asma se veían obligados a salir a esos vecindarios de nombres mesiánicos donde Dios era solo una escultura blanca en la cima de un cerro, donde el confinamiento no se parecía en nada a las vacaciones obligadas de los privilegiados; era, más bien, dolor y desesperación por no tener qué comer ni con qué pagar el alquiler de las viviendas ni recursos con qué asumir el precio de la enfermedad: una asfixia desde inicios de la República.

Y mamá estaba allí, en ese escenario de videojuego cyberpunk en el que el caos lo representaba un nihilista de la era de Internet que se filmaba hurgándose la nariz y embadurnando los pasamanos del tren, un esparcidor voluntario de la enfermedad. Un joven que creció en un país que ya no era suyo.

Mamá volvió a eso de las dos, molesta como cada vez que pasaba por el banco. El calor había cocinado su cólera. Y no había almuerzo. Se sirvió un vaso con agua y con la muñeca temblando bebió a prisa.

—Una tontería, oye —me dijo, abanicándose en el umbral.

—¿Qué pasó?

—Tres horas para el pago, pues. Una cola de dos cuadras.

—¿Estás bien? —pregunté desde mi cama.

—Me duele un poco la cabeza —se cogió la sien.

—¿Tos? ¿Fiebre? —pregunté como si fuera personal del ministerio de Salud.

—No.

Inhaló profundamente.

—El sol entonces —le dije.

Me miró en silencio. Oí que puso a sancochar papas. Mis tripas se quejaban. Mi aislamiento era un retorno al vientre de mamá: mi alimentación dependía de ella. Mi vida dependía de ella.

Todo dependía de ella.

«¡Una tontería!», se quejó con el Diego, quien, con un ron de mala muerte, escuchaba por enésima vez el mismo concierto de Luis Miguel.

¡Una tontería!

Era un alivio para mí. Mi vida se había reducido a la expectativa de oír ciertas voces de vuelta en casa.