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Parte 2

Capítulo X: El abuelo tiene menos probabilidades de sobrevivir

Papá jugaba en el mediocampo. La pelota volaba como un meteorito hacia él y la mataba con su pecho, poc, esta caía liviana y recuerdo que los muslos de papá se tensaban macizamente mientras corría con la frente en alto, golpeando el balón con su derecha envuelta en una zapatilla de lona blanca, sucia, percudida, en una época en que la estética del calzado deportivo no le importaba a nadie en San Juan de Miraflores: en la losa, seis contra seis, todos eran iguales.

Hombre contra hombre.

Con los años, papá se compró ropa de Umbro, Adidas, pero también le creció la panza y se volvió lento, pesado. Tras cinco minutos de juego, su cara ya era un tomate sudoso, y poco a poco lo vi retroceder: de mediocampista ofensivo a mediocampista de marca, luego a la línea de la defensa y finalmente a la portería. Solo bajo los postes podía aguantar un partido completo en el campeonato anual de exalumnos de su colegio, que era en julio, y que en el 2018 se inauguró el último domingo de julio.

Las medicinas para las infecciones urinaria y estomacal habían atenuado su fiebre y detuvieron los escalofríos y la violencia de las excreciones. Los cachetes de papá recobraban el rubor, su consistencia. Aunque la enfermedad nos entristecía a todos, él decidió enfrentarse a ella en vez de resignarse a unos pocos años con «calidad de vida». Seguiría un tratamiento para curar su cáncer.

La cita más próxima que nos ofrecían en el área de oncología del hospital público era para dentro de dos meses. Y era nuestra única opción. Hasta que, revisando en Internet la lista de especialistas en linfoma que había en el Perú, conseguí el teléfono de la Eminencia, un médico con un CV de más de 20 hojas que trabajaba en el Rebagliati y que a la vez tenía un consultorio particular en San Borja. Esa noche, papá y yo esperamos en un salón blanco de sillones cómodos, con aire acondicionado y revistas de política y entretenimiento sobre una mesita de centro. Alrededor había parejas, otros jóvenes con sus padres, gente sola, todos capaces de pagar ese peaje. Me preguntaba: ¿qué les quedaba a quienes no hallaban en sus bolsillos los doscientos soles que costaba acelerar el trámite del internamiento?

Eran como fantasmas.

A las siete de la mañana del día siguiente, con un papelito firmado por la Eminencia, papá cruzo una de las puertas celestes del complejo hospitalario más importante del seguro social nacional.

Dos semanas era la fecha más pronta para la realización de los exámenes que determinarían la terapia a seguir, en corto: radio o quimio. En ese lapso: el campeonato de ex alumnos y la presentación de mi primer libro.

Ir a jugar fulbito era propio de un irresponsable, pero la cama representaba la muerte para papá, y solo por eso lo acompañé a la cancha de su colegio. Él, por si se animaba, solo por si acaso, hijo, había alistado su indumentaria en un maletín deportivo. Sus amigos ignoraban su diagnóstico, y creyeron que el estado físico de papá se debía a la resaca de una juerga por 28 de julio, fiestas patrias.

Papá alineó a sus compañeros en la cancha, y les daba indicaciones desde la tribuna, pero, cuando su equipo ya iba perdiendo por tres goles a cero, en el segundo tiempo, se cambió y se metió en el rectángulo para —sospecho— evitar un resultado apabullante y vergonzoso.

Los del otro equipo, cinco años más jóvenes, eran rápidos y fuertes: en cada choque llevaban las de ganar. Yo solo esperaba que la pesadilla terminara de una vez, que no hubiera ningún balón dividido entre papá, un paciente oncológico, y uno de esos delanteros insaciables que disparaban al arco con furia.

Y ocurrió. El marcador iba tres a cero cuando un compañero de papá le cedió la pelota. Ante el acecho de un rival, él quiso adelantarse pero las piernas le fallaron y cayó dándose un estrepitoso volantín. Para mí, lo más devastador no era ese humillante gol que acababan de hacerle, sino lo frágil que lucía en medio de esos cuerpos saludables, y su silenciosa sonrisa como única respuesta a los reclamos.

Papá recayó. Y fue el gran ausente en la presentación de mi primer libro.

La historia de mi abuelo, el Ugartino Valiente, fue similar. No he conocido a nadie que ame el fútbol tanto como él. Era defensa, back central, un puesto de altos en el que se había asentado aun con su metro sesenta y cinco de estatura, literalmente a patadas. Le decían Cholo y se enorgullecía de que en sus años recios en la Liga de Surquillo nunca fue suplente. En su cajón guardaba fotos a blanco y negro en las que aparecía al lado de sus diez compañeros antes de que el árbitro tocara su silbato. De vez en cuando, el Ugartino Valiente tiraba esas imágenes en su colchón y las contemplaba con la mirada aguada por nostalgia y cierto agradecimiento. El fútbol le había dado oportunidades. El presidente de su club era dueño de la empresa encargada de pintar los edificios de la Residencial San Felipe. Como a varios de sus jugadores, le dio una brocha a mi abuelo, quien a sus diecinueve años poco sabía hacer, además de barrerse en cada jugada incluso en canchas de tierra con piedras.

Hasta mi adolescencia, no recuerdo un sábado en que el Ugartino Valiente no haya ido a pelotear a Barranco, a Magdalena, ¡a Chaclacayo!: a donde sea él se iba. Terminados sus partidos, me pedía que toque el sudor de su camiseta para comprobar su esfuerzo, su entrega. Ni en mis mejores noventa minutos empapé el número nueve de mi espalda de esa manera. Mi abuelo decía que yo era un «pecho frío». Quizás por eso le perdí interés al deporte, y, a partir de entonces, los sábados el  Ugartino Valiente comenzó a salir de casa con su chimpunera como única compañía. Una de las últimas tardes que lo fui a ver en la canchita del mercado, me sorprendí porque no lideraba la defensa; al igual que mi viejo, les daba instrucciones a sus compañeros desde el pórtico. Todos los jugadores eran mayores de setenta años, masters les llaman, y de rato en rato uno que otro se resbalaba o era víctima de una falta y todo se detenía por tres minutos, lo que el caído demoraba en levantarse del suelo entre risas y gritos de «pónganle papel periódico».

Era cuestión de tiempo que mi abuelo terminara como ellos.

Efectivamente, un día volvió a casa con las justas. Se frotó con un ungüento apestoso y se arropó en su cama. Al amanecer, trató de ponerse de pie y se dio cuenta de que se había quebrado. En el hospital le programaron una operación de cadera para «dentro de seis meses».

Luego de una serie de posposiciones, mi abuelo «consiguió cama» y pasó internado tres semanas internado esperando a que hubiera quirófano y personal disponibles. Desde un principio le pidieron que vuelva a su casa mejor, señor, pero si soltaba ese colchón militar, lo intervendrían dentro de un año o más.

Siempre que lo visitaba, le llevaba su periódico de derecha. Al hablar con él, me parecía que lo había enloquecido el tiempo habitando ese cuarto oscuro, con un viejo delirante a dos metros, separado solo por una cortina. La cirugía fue exitosa, pero el Ugartino Valiente quedó medio traumado por los gritos vecinos de la muerte, y en casa comenzaron sus nuevos problemas: la dependencia de somníferos.

Mi abuelo dormía en la primera planta, en un cuarto situado exactamente debajo del mío. Estaba seguro de que si lo había contagiado, por sus 80 años, las probabilidades de que sobreviviera eran menores de 20%.

La siguiente en la lista era mi abuela. Tenía setenta y seis años. Ocupaba una habitación contigua a la del Ugartino Valiente. Además de la fractura de un brazo por un accidente de tránsito, en el cual también se dañó el cuello y la columna, sufría de problemas estomacales y una o dos bronquitis por semestre. Si no fuera por esas constantes averías en su aparato respiratorio, sus probabilidades de sobrevivir hubieran sido mayores a un 35%.

Seguía el Diego, pero bah, ¿importa? Resumiendo: cardíaco, hígado posiblemente cirrótico, cálculos en los riñones, prostatitis y vísceras pa’l gato. Igual, a este le quedaba preciso el clásico «hierba mala nunca muere».

A continuación, mi madre. Las preocupaciones la enfermaban. Ya he hablado de sus mareos. Era relativamente joven, cincuenta y un años. Le daba un 70% de probabilidades de sobrevivir.

Por último, Mascota. Mi queridísima hermana era promotora de la salchipapa y el pollo broaster a diario. Asmática, o eso decía (previamente, youtuber, o eso decía). Acababa de cumplir diecisiete años. A pesar de su rutina sedentaria y de su pésima alimentación, se salvaría por su envidiable condición de «hermana menor». Tenía más probabilidades de sobrevivir que yo.

Era absurdo hacer ese tipo de cálculos por el virus de un murciélago que se transmitió a un «pangolín», el último eslabón animal de la cadena de contagios, el mamífero más traficado del mundo, con carne que se consideraba un manjar, y cuyas escamas son muy demandadas en China por asuntos medicinales; tan absurdo como que, de un momento a otro, toda la atención sobre los avances tecnológicos —el lanzamiento del último iPhone, la pelea entre Huawei y Google— viró hacia la competencia entre laboratorios por hallar una vacuna o una solución para la catástrofe originada por este ente microscópico, como si durante décadas, aun con tantos progresos de la ciencia, conscientes de ellos en plenitud, jamás nos hubiésemos planteado el reto de detener la putrefacción de nuestros órganos, porque es un hecho que, a partir de cierta edad, los órganos se comienzan a podrir y desde entonces se pudren todos los días, como el fruto más hermoso después de su madurez.

La descomposición es nuestra naturaleza.

Deja tu plato de comida sobre la mesa durante una semana y verás tu futuro.

¿Ese virus que aceleraba la muerte de miles también propiciaría que pensemos en la fabricación de pulmones o corazones en vez de la producción en serie de teléfonos con cámaras con 0.5 más píxeles? ¿Por qué renunciamos tan fácilmente a ser jóvenes, a jugar otra vez?

22 de marzo del 2020. En el desayuno y a la hora del almuerzo, los noticieros exponían el colapso de las salas de cuidados intensivos, donde los doctores asumían la responsabilidad de un dios: elegían a quién suministrar oxígeno. Más simple todavía, por protocolo desahuciaban a los que ya habían vivido lo suficiente: ¿pero cuánto es «lo suficiente» cuando se trata de vivir? Yo, que era el virus, prefería morir en vez de cualquiera de mis familiares —ni siquiera era capaz de darle la extremaunción al Diego–, y me preguntaba cuánto faltaba para que las toses arremetieran contra mí, en qué momento comenzaría a girar ese trompo con cuchillas que rebanaría lonja por lonja mis pulmones, cuándo sentiría las mordidas de la muerte en el pecho, el sabor y la textura arenosa de la sangre en el tabique obstruido, cuándo me desesperaría por abrir un hueco en mi tráquea, con un lapicero o con las puntas de una tijera o con las uñas, ya con el rostro azul, lívido, con los ojos como globos a punto de estallar, boqueando y soltando resignados golpes en la superficie de mi cama como única reacción, uh ah uh ah uh ah.

24 de marzo del 2020. Un doctor del ministerio me llamó por teléfono. Preguntó cómo estaba. Mi visión se restablecía, los músculos ya no me dolían. Nada de fiebre. Sí, me sentía mejor.

Descanse, me aconsejó. Luego hizo matemáticas y me dijo: «Aún faltan como dos semanas para que le demos de alta, Palomari».

¿Y cómo puedo «descansar» sabiendo que mis respiraciones han puesto en peligro a mis seres queridos?, quise preguntarle. ¿Por qué no les hacen la prueba?

Nos vamos a comunicar con sus familiares en seguida, dijo.

Se comunicaron. Solo eso.

Y mientras el número de infectados se multiplicaba exponencialmente, me angustiaba pensando que al final de la pandemia en mi familia habría un miembro menos. ¿Quién sería?

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Parte 2

Chat con Periodista Loca

Hola

¿Se te pasó el engreimiento, pajarraco?

Tengo coronavirus

¿Es otra de tus bromas?

pruebamolecularpalomari.pdf

¡Jolines! ¿Cómo estás? ¿Te puedo llamar?

Conversemos por aquí nomás. No tengo muchas ganas de hablar

Vale. ¿Entonces?

¿Qué?

Pues, que me cuentes, hombre

Ya pasó lo duro. Tuve fiebre, escalofríos. Vómitos. Diarrea. Pérdida del sentido del gusto y el olfato

Ostras. Lo siento mucho. ¿Estás en el hospital?

No. Ni loco voy a un hospital peruano, son matasanos. Estoy en mi casa, mejor cuidado

Oh, vale, vale. ¿Y cómo así te diste cuenta de que te habías infectado? ¿Te hicieron la prueba en el aeropuerto o qué?

Fui a la playa a comer pescaíto apenas bajé del avión

Jaja

Me metí al mar, luego estuve bebiendo vino y de pronto se me bajó la presión. Había un solazo pero yo sentía que caminaba desnudo bajo la nieve de Lux

Quizá debiste descansar. ¿Están todos bien en tu casa?

Mi mamá dice que le falta el aire, pero pienso que es pura paranoia. Está así desde que se enteró de mi resultado. Sobre mis abuelos, no sé casi nada. Viven en la primera planta. Desayuné con ellos cuando regresé al Perú, y prácticamente no los he vuelto a ver. Si dentro de una semana más no presentan síntomas, creo que podré pensar que se salvaron. Y tú, ¿qué tal? ¿Cómo van las cosas en Lux?

Confinados. Ayer me dolía un poco la cabeza, pero creo que del aburrimiento. No tengo qué hacer. He releído tus cuentos

Lo que ocasiona el tedio

Me gustó más ahora que ya entiendo tus jergas

¡Chévere! Hubieses podido oír otros relatos en la voz del autor si me alcanzabas en París. Era un viaje de solo una hora. Quizá hasta me quedaba en Europa. Ahora estamos a trece horas de distancia, y han cerrado los aeropuertos

Si me hubieras avisado antes que querías ir conmigo a ese concierto, lo habría hecho

Ahora incluso me alegra que no hayas ido a Francia conmigo, quizás también te contagiabas…, aunque no tengo ni idea de cuándo me infecté. ¿Habrá sido en Madrid? ¿En Barcelona? ¿En París? ¿En Berlín? ¿En Lux? ¿En Lima?

Bueno, yo te advertí que estaba resfriada y te pedí que te cuidases, pero tú: “Los peruanos somos fuertes, soportamos todo”. Venga, súper inca, allí lo tienes: el “coronita” no era un invento, ¿convencido?

Igual vendrás al Perú en octubre, ¿no?

Es lo que quiero, pero ya no sé. Han suspendido todos los eventos hasta agosto. ¡Me estoy volviendo loca con este encierro!

Ya se solucionará esto… No pasa de mayo, tranquila. Piensa que yo llevo dos semanas en esta cárcel de cuatro metros cuadrados, sin poder oler ni saborear, y no me quejo como tú

Es que me puso muy triste posponer la fecha de mi boleto a Marruecos. Planeé esa visita durante meses, ¿sabes?

Aprovecha y mira documentales. Yo también tuve que postergar mis viajes a Chile y Argentina. Iba a viajar el próximo mes

Es increíble. Maldito virus. ¿Y qué haces despierto tan tarde? ¿Jet lag?

Sí, un poco, y como no me muevo de mi cama, la noche no me encuentra cansado. Me falta acción

Ejercítate aunque sea en tu habitación, como aquí en el hotel. Hoy limpiaré mi piso. Hasta luego, cholito

¿Quieres hacer una videollamada más tarde, gitanita?

Vale, pero que sea en la noche de aquí

¿Cuántas horas de diferencia hay entre nosotros?

Seis

Parecen décadas… A las 08:00 p.m. de Lux, ¿podrás?

Sí. Nos vemos, pajarraco. No andes muy desabrigado, pero dices que en Lima hay sol, ¿no? Bueno, te cuidas, ¿eh?

Au revoir

Aprendes rápido

Oui

“Chévere”. “Bacán”. “Paja”. ¡Chao!

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Parte 2

Capítulo IX: Contactos, contactos, contactos

El suero se vació. Cerré la llavecita para que no entrara nada de aire. Papá evitaba rendirse ante el sueño, con la espalda apoyada en la cabecera de fierro. A su costado mi abuela ya dormía en posición fetal. Era raro que a sus setentaiocho años se acueste junto a su hijo de cincuenta.

Me despedí de mi viejo con un beso en la frente, que fue como besar un cubo de hielo, y salí corriendo a la calle. Ya era tarde, quizás no habría buses. Una triste garúa de julio, el mes de la independencia, humedecía las banderas del Perú que se habían colocado en los techos de las casas.

Julio también era el mes de la Feria del Libro de Lima, en la que presentaría la biografía de un rockero que escribí en esos meses. Era como un trueque: la editorial publicaría mis cuentos por ese trabajo. Normal. En esa época todo lo tomaba como un aprendizaje. De hecho, en las primeras conversaciones con el rockero, me hice una idea sintética de su vida. Una sola oportunidad bien aprovechada por su mayor talento: la voz. Cuando nadie creía que fuera posible vivir de la música en este país, él lo hizo. Entonces, ¿yo podría comer de la literatura?

De San Juan a San Borja, donde vivía Editor Independiente, hay una distancia de treinta minutos a medianoche. Sin tráfico, sin pasajeros, los choferes pisan con rabia el acelerador, y a esa velocidad las diferencias entre los distritos son más notorias: mientras que en el sur de Lima los travestis toman posesión de esquinas con postes de focos quemados, y en los paraderos hay concentraciones de gente; en Surco, en San Isidro, la única muestra de vida es la luz blanca en el interior de los bancos.

La oficina de Editor Independiente era una acumulación de cajas con libros y dos escritorios con computadoras, los teclados grasosos. Recuerdo con nostalgia aquellas madrugadas revisando mi manuscrito. Era emocionante, como el preámbulo a un primer beso, al primer día de clases. Solo la ilusión me mantenía despierto. Pero Editor Independiente ya estaba cansado y aburrido: conocía mi entusiasmo, era solo otro escritor chibolo con ambiciones irreales, él también lo había sido. Por eso, a pesar de las tazas llenas de café negro que bebíamos, alrededor de las cuatro de la mañana, ya solo respondía «ok, ok» a mis sugerencias («oye, pon “quizá” en vez “quizás”, me gusta más»); solo ejecutaba, bostezaba y volvía a decir «ok, ok» y «mejor continuamos mañana, Palomari».

A dos semanas del gran día, aún me faltaba pulir unas cincuenta páginas.

Entonces salía al cruce de las avenidas Aviación con San Borja Sur, silenciosas, vacías, apenas un camión de basura, tres hombres con mamelucos fosforescentes en una esquina, y caminaba bajo la lluvia al lado del tren durante media hora o cuarenta y cinco minutos,  manos en los bolsillos, pies fríos, misio, empapando la casaca con que deportaron a mi tío de los Estados Unidos, esa que me quedaba demasiado ancha. Yo también había adelgazado en las últimas semanas.

Veinte cuadras después, en el óvalo Higuereta, con suerte encontraba rápido un microbús; si no, esperaba revisando las hojas que había impreso en casa del editor. Protegiéndolas de los alfileres que caían del cielo lila, corregía cada párrafo, cada renglón, cada palabra, porque cuando saliera el sol solo tendría cuerpo para mi viejo. No sé cómo aun en las peores circunstancias me dediqué a la literatura, quizás fue para evadir a papá grave, a mamá con los hombros caídos deambulando con joroba por la sala. La confirmación de mi enfermedad aumentaba las probabilidades de que ella también se hubiera contagiado. Pero lamentar es una pérdida de tiempo. Y lo único que un enfermo no quiere es perder más del poco tiempo que le podría quedar. No dejar nada pendiente.

Prendí mi computadora y me puse al día con el texto para los españoles.

Mi resultado salió rápido por la presión de un contacto de mi tía en el ministerio. Contactos: así funcionan las cosas en el Perú, repetía Soltero Maduro. Una noticia que era íntima se divulgó como en programa de farándula, al punto de que fui el quinto en enterarme, y al instante recibí una sucesión de llamadas que preferí obviar, entre ellas la de papá.

¿Qué le podía decir para no preocuparlo? Mentir: «Estoy bien», cuando en la cola para el pan, entre gente enmascarada, el Diego había oído una versión en la que me metían en camilla a una ambulancia. Silencio es lo mínimo que esperas en un momento en el que ya había cuatro muertos en el Perú por ese virus, pero en San Juan de Miraflores no hay que esperar discreción, menos sabiendo que las compras en el mercado duran diez minutos más por el intercambio de chismes en cada puesto, lo que no ocurre en Vivanda ni en Wong, donde los clientes ni siquiera se conocen.

Por WhatsApp, mis tías compartían vídeos —filmados por vecinos desde distintos ángulos— del frontis de mi casa, donde se había estacionado una camioneta —no una ambulancia— con un anciano con tapaboca desfalleciendo en el asiento trasero. Parecía un episodio de Black Mirror. En camilla. En una ambulancia. Mentiras maliciosas que seguramente habían pasado de chat en chat hasta recalar en el viejo Motorola de papá. Iba a escribirle cuando Sudaca Fino me llamó y le contesté sin querer.

—Al fin respondes, gilipollas.

—Hey…

—¿Cómo lo llevas, pues, chaval? Eres un ingrato, oye. ¡¿Cómo te desapareces así, pringao?!

Confieso que me daba cierta impudicia hablar con Sudaca Fino mientras escribía un cuento sobre él. Tan amable que fue conmigo, y yo pintándolo como narco de tercera en una revista literaria de Europa.

—¿Cómo está tu bebé?

—Bien, felizmente. No era nada.

—¿Y qué tal tú?

—Como si las huevas, chaval. Tú sabes que yo me tomo doscientas vitaminas al día, nada me tumba. Más bien, no sabes…

Y así empezó a contarme que el viejo de pantalón blanco, polo rosado y chal del bar de los dominicanos estaba muerto.

—Fue rapidísimo, chaval. Se puso mal una noche y en dos días ya lo estaban cremando. ¡Cágate!

—…

—Así que cuídate, huevón. No estés saliendo, eh. Cáscatela o amárratela hasta nuevo aviso, ¿oíste, gilipollas? Venga, pues. Un abrazo.

Ya no volaba en fiebre ni transpiraba como puerco ni me dolían los músculos, pero la llamada de Sudaca Fino me recordaba la nocividad de esos gusanitos que se movían en mis pulmones. Y lo peor era que no existía una cura contra esos intrusos.

Con astucia, el Sars-Cov-2 se había ocultado en algunas de mis células, multiplicándose con su aspecto, plagiándolas, pero otras células más perspicaces, con visión de rayos X como mamá, las identificaban y las mantenían a raya para que intervinieran las llamadas «asesinas por naturaleza», unas células que hacen el trabajo sucio con las infectas. Posteriormente, los macrófagos, unos recolectores, les llevaban los cadáveres a los linfocitos T, células que estudian los virus, desarrolladores de estrategias para acabarlos de una vez por todas. Era maravilloso ese proceso que yo no podía controlar a nivel consciente, ¡cómo me hubiera encantado dirigir a mi escuadrón de células defensoras!, aunque estoy casi seguro de que al continuar con mis proyectos de escritura, al nutrirlas con el hierro de la sangre de pollo, reafirmaba mi decisión de vivir, y eso sin duda las envalentonaba, a pesar del bombardeo mediático: entubados en cuidados intensivos. Cuerpos intercambiables con el mío.

Compartí mi diagnóstico con Escritor Amigo. Era un poco mayor que yo. Siempre me leía y me daba consejos para mejorar mi producción narrativa. Era una excepción en un medio de envidiosos y estafadores. A sabiendas del contexto, me animó a relatar mi experiencia, comprometiéndose con su publicación en la revista más leída del Perú.

Como ya no había privacidad que perder, y puesto que el ejercicio creativo me había evitado una depresión manteniendo a mis neuronas en positiva actividad, me aboqué a la realización de ese testimonio. El virus, la manera de contagio y la sintomatología aún eran difusos para los especialistas; y creí que de repente mi caso les daría algunas luces.

Investigando en medios de España, Alemania y Francia, me enteré de que los recuperados padecerían fibrosis, es decir que me la pasaría tosiendo durante los dos o cuatro años que me quedaban; mientras que en el Perú, la jefa del Comando COVID, una enérgica neurocirujana, declaraba a los medios que, en caso de sobrevivir, el virus nos produciría daños cerebrales y pulmonares permanentes.

¿Pero cuánto dura lo permanente en Latinoamérica?

Recibí mensajes de apoyo en el chat familiar. Solo mi abuelo, quien era muy activo atacando a la izquierda peruana en Facebook, y quien compartía con disciplina vídeos anticomunistas por WhatsApp, no decía nada aún. Acaso recordaba la taza de café que yo babeé y de la que él bebió. Le pregunté: ¿En qué andas, abue?

Estoy temblando de miedo, loquillo, me respondió.

Por miedo. Era mejor a que temblara por los mismos motivos que yo.

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Parte 2

Capítulo VIII: ¿Alguna otra molestia, campeón?

Sobre el velador había agujas, jeringas, mangueritas plásticas de dos metros de longitud, frasquitos de vidrio con polvos blancos, con líquidos transparentes, suero, una botella de alcohol, algodones y un brazo pálido extendido a la espera del pinchazo.

En la mañana, Ex Novia nos había enseñado a introducir la aguja en la muñeca de papá. Repitió que tuviéramos cuidado: que no entrase nadita de aire a través de la sonda. Pensé que era una exageración, pero en Internet encontré historias de muertos por la intromisión de una burbujita de aire en un vaso sanguíneo; comúnmente, malas praxis de enfermeros novatos como Soltero Maduro y yo.

Mi abuela no oía pero percibió nuestro nerviosismo y prefirió ir a la sala a ver Esto es guerra.

Mientras mi tío destacaba por su pulso, yo comprobaba mi inutilidad para la enfermería y en la labor de asistente botaba al tacho todos los desperdicios; en tanto papá, postrado, sentía tanta ternura como una confianza a ciegas por el último de sus hermanos, el más alto y corpulento, cuyo uso de la fuerza lindaba a ratos con la agresión, y por eso se quejaba ¡au!, ¡au! sin que en su cara se adivine el dolor durante la búsqueda de una vena sólida.

Finalmente, el catéter fue sellado con cinta adhesiva en su muñeca. Solo faltaba abrir la llave para que la bolsa de suero con una aguja incrustada —presión para mayor fluidez— se descargase desde la columna, colgada en un clavo que había sostenido a Juan Pablo II, y así los antibióticos para las infecciones urinaria y estomacal descendieran e ingresasen en el torrente sanguíneo de papá mediante esa extensión artificial de sus venas.

La indicación era hacia abajo, pero eso dependía desde donde se mirase, y mi tío y yo, algo aterrados, dudamos a cuál lado debíamos de girar la llave. La equivocación podía abrir la entrada equivocada que permitiría el ingreso de ese aire asesino. Pedí paciencia y llamé por teléfono a Ex Novia.

No contestó. Entonces papá intervino. Con la voz de un viejo sin un pulmón, dijo:

—Yo vi que ella movió la llavecita hacia la izquierda.

Mi tío ejecutó la orden: era su vida.

—¿Listo?

—Sí.

—Esto puede doler o incomodar un poco —me dijo el doctor, sacándole filo a un hisopo plateado que introduciría por mi nariz y que sin duda rozaría mis sesos.

Ahora sí: Adiós para siempre, olfato.

Poco antes, desde la puerta, su asistente me preguntó si había visitado China o un zoológico europeo o un mercado de animales exóticos. «No», respondí, y no quería ni imaginar cuál era el procedimiento con aquellos que decían la verdad.

Para ese momento, ya estaba sentado como en el dentista, indefenso, con la cabeza tirada hacia atrás en el sillón que mamá rematará un mes después. Al doctor apenas se le veían los ojos. Estaban cubiertos con unos lentes de soldador. Parecía joven y nervioso, no más de treinta y cinco años.

—Tranquilo —me dijo, con una mano temblorosa en mi hombro, el otro brazo listo para la estocada—, tranquilo, Palomari —y el hisopo penetró mi tabique y giró dentro de mí muy despacio durante cinco largos segundos—. ¡Eso! ¡Muy bien, campeón! —se creía mi pediatra—. Ahora abre bien tu boquita, así: abre y di aaa…

—Aaaa…

Había cambiado de instrumento. Sentí que me cepillaba las amígdalas.

—Muy bien, campeón. Muy bien —repitió con cierto placer.

Cuando terminó, me sobé la nariz por pura manía. Además de mamá y de Mascota, testigos de la toma de muestras, mi abuela veía la escena desde el pasillo. Mi abuelo, a quien desde ahora llamaré Ugartino Valiente —estudió en el colegio Alfonso Ugarte—, se sentía más protegido mientras mayor fuera la distancia que había entre él y yo.

—¿Qué día estamos hoy? —preguntó el doc.

Y con cierto apuro firmó el documento de realización del test y me pidió que hiciera lo mismo. Abrí mi palma, esperando que me diera su lapicero, pero lo guardó en el bolsillo de su pecho, mirándome feo. Atenta, mamá me alcanzó uno de inmediato. Cuando ya lo iba a coger, el doc me gritó:

—¡Eh, eh! ¡Lávate las manos primero! ¡Te has tocado la nariz!

—No hay agua —respondimos al unísono mamá, Mascota y yo—. Nos han cortado.

—Han cortado en todo San Juan —acotó mi abuela.

El doctor suspiró y movió la mano con un gesto resignado, como diciendo: ya, ¡qué chucha!

A continuación, a mamá se le ablandaron los hombros. Con un dramatismo barato, dijo que le faltaba el aire. Y Mascota dijo que era asmática. Y mi abuela dijo que era adulto mayor. Querían su descarte también, pero el asistente habló claro: solo había pruebas para los que tenían fiebre, tos o dificultades respiratorias, y/o para los que habían vuelto del extranjero. En todo caso, para que les realicen las pruebas, primero debían de registrarse llamando al 103 o al 106, señoras.

Sin darse por vencida, mamá tosió una, dos, tres veces.

—Pero no presenta fiebre, señora —le dijo el doctor. Y se dirigió a mí—: ¿Alguna otra molestia, campeón?

Mentí con la cabeza porque a los pacientes graves los trasladaban a una villa aun más al sur de Lima. Y sin teléfonos.

—Bien. Los resultados estarán disponibles dentro de cuarentaiocho horas —se despidió el doc.

Habían pasado diez días desde la noche en que regresé a casa como un zombi. Si daba positivo, mi cuarentena se extendería por dos semanas más. Casi un mes sin salir de mi dormitorio.

Otra vez, esperaría atento a la llamada del ministerio, como a una bolsa de suero que se vacía gota a gota.

Gota a gota: así de lento pasaba el tiempo en el encierro.

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Parte 2

Después de que te fuiste

Después de que te fuiste, la gente empezó a caer como naipes, mi bro, y justo cuando iba a comenzar el rodaje de mi cortito, pum, todos pa’ dentro, ¡más salao’! Clases por videoconferencia nomá, pero al profe principal de la maestría lo tumbó el virus y lo internaron en cuidados intensivos por unas semanitas. Medio ciclo perdido. Eso es lo que más cólera me da.

Te soy sincero, no me asustaba el coronita: yo he tenido hepatitis, he comido en lugares de mala muerte y más de la mitad de esas veces sin lavarme las manos —tú sabes que casi nunca hay agua y menos jabón en los baños de los restaurantes peruchos— y aquí me tienes, papá: vivito y coleando. Además, creo que cogí el bicho antes de que tú vinieras a Barcelona, por eso me salieron esas protuberancias horribles en la frente, pero tranqui porque tú sabes que esto es Europa, y así colapsados y todo dame siempre un hospital español, loco: acá los doctores están pensando en cómo poner a parir a un hombre mientras allá siguen curando la TBC. Solo en Catalunya hay más del doble de camas UCI que en todo el Perú, y con eso ya te dije suficiente, creo. Comprendo perfectamente tu angustia: enfermar en Saint John debe de ser bieeen thriller.

Todavía me acuerdo que nos matábamos de la risa en el tren, yendo a SITGES, alucinando que te pondrías mal justo al regresar a Lima,  salao’ eres, mi hermano, ¡y encima querías ir a ese concierto de punk en Hospitalet!, ¡ahí sí que moríamos, ah!, harta carga viral, pero hablando en serio yo te vi maluco desde que aterrizaste en Barcelonita, aunque tú decías que era porque habías dormido poco. No sé, ah, yo creo que tú ya estabas ya, mi hermano.

Disculpa por no haberte escrito antes más bien, pero es que ha sido una locura todo esto, ¿eh?

¿Te acuerdas de Cecilia, mi roomate, esa flaquita alta con el pelo verde?

Le sobraron unos honguitos del carnaval de SITGES, unos que eran para su flaco, pero la huevona rompió con él y se le vino todo el confinamiento encima. No era el mejor momento: ni para romper relaciones de tres años ni para entrarle a los alucinógenos; pero ella igual descongeló las setas y se fue en floro, loco, ¡un bad trip de aquellos, ya te digo!

Unos días antes, la Ceci y mi otra roomie, María, ¿te acuerdas de María?, ¿una de lentes, guapa?, bueno, les conté que en el Perú se creía que la enfermedad era causada por el cambio a la telefonía móvil 5G, y que en un pueblito se habían bajado unas antenas y secuestrado a un grupo de ingenieros. Les dije así como para reírnos en el desayunito, ¿manyas?, pero el mensaje se instaló en el subconsciente de la Ceci, maleao’.

La cosa es que se comió sus honguitos, al inicio todo chill, chévere, chorreados en semana santa, hasta que  de la nada comenzó a hacer comentarios sobre el profe contagiado —tú sabes, los tres nos conocimos en una maestría de Realización audiovisual—; y ya, loco, la Ceci decía que ese profe era muy activo en las redes sociales, que había revisado sus cuentas de Facebook, Instagram y Twitter y que posteaba a cada rato, y que no era descabellada la idea de que las antenas transmitieran la enfermedad, ¿manyas?, que los peruanos quizás tuvieran razón, tío, que «joder, a lo mejor esta vez sí, Charly».

Hasta allí, normal, loco: chongo. María y yo nos mirábamos como diciendo «sí, las drogas», y por la tarde, como siempre, avancé con mis proyectitos en mi pieza, que, como bien conoces, da justo a la sala, donde la Ceci se había puesto a buscar información sobre las antenitas y a continuación videítos conspiranoicos, huevadas que escuchaba a un volumen altísimo, loco, con esa voz insoportable de Loquendo, y no le dije nada solo porque este es su departamento, pero en la noche traspasó cualquier límite y se metió en mi pieza.

¡Vino a hablarme de Bill Gates! Imagínate, bro. Decía que su plan era incluir microchips en una vacuna que nos obligarían a inyectarnos a todos y que nos controlarían como a robotitos desde una aplicación de celular. Yo le seguía la corriente nomás. Una de dos, o estaba en un viaje muy pero muy pendejo —uno del que ya temía que no pudiera regresar— o estaba de broma, pero en una distracción mía tomó mi móvil y lo lanzó por la ventana. Había ido demasiado lejos para ser una joda, loco. Y antes de que pudiera reaccionar, corrió al otro cuarto e hizo lo mismo con el móvil de María.

Me quedé helado, mi bro. Tú ya sabes cómo son las mujeres aquí, una cosa seria, y la Ceci es de esas con las que no te quieres pelear, ya te digo, por su culpa me cayó un balazo en la pierna en una protesta por la independencia de Catalunya, ¿te conté, no?, así que respiré profundo nomás, porque ganas no me faltaban de mandarla a la csm, ¿y cuándo levantarían el confinamiento además?, no se sabía y no quería quedarme en la calle, porque finalmente, ya te dije, este es su depita, así que me aguanté calladito nomás. Caballero, tampoco estaba en mi país.

Como no contábamos con somníferos, María me dijo que le diéramos chocolate y zumo de naranja a la Ceci, que con eso se te baja al toque el efecto de los honguitos, pero su paranoia ya se había descontrolado y de pronto recordó que yo usaba Windows (ella tiene solo productos de Apple) y me acusó de espía, ¡un espía de la India!, y dijo que Bill Gates era el anticristo y que ya había comenzado su plan de dominación de la raza humana allá. En fin, loco, un episodio de lo más surreal.  Tú sabes que yo no censuro esos pases de vueltas con las droguitas, pero lo que me daba miedo era que se la agarrara con mi laptop, tantos archivos, eso sí que no se lo perdonaba, la mataba, loco, así que se lo dije tal cual a María, y por cuidar de la integridad de la propia Ceci tuvimos que encerrarla a la fuerza en la sala.

Espero que nunca pases por algo así, tío. Era una presencia demoníaca, como en las pelis de terror: oíamos sus embestidas contra la puerta, y tratamos de aguantar poniendo el hombro,  pero el marco chillaba e iba cediendo poco a poco y lo peor era que ni siquiera me podía ir a la calle para escapar de esa mujer de metro ochenta y cinco de estatura que se creía que yo era un emisario del Anticristo joder macho; quiero decirte que estaba entre ella y los polis (a los que seguramente debes haber visto dando putadas a los inmigrantes). Vaya pesadilla, tío.

Felizmente se le pasó la locura a la Ceci, yo creo que se durmió de puro agotamiento, de tantos tacles a la puerta; en fin, no importa por qué, pero la quietud la recibí como si fuera un milagro. Y al día siguiente la Ceci tocó la puerta, casi sin energías, pidió disculpas —parecía un camarón de pura vergüenza— y se ofreció a comprarnos móviles nuevos, pero igual nos dimos cuenta de que en su demencia también había mandado a volar el módem, ¡el módem, puta madre!, destrozado doce pisos abajo, en la pista, y no había ningún servicio técnico en todo España, en todo Europa, en todo el mundo, loco. Cagadísimos. Casi tres semanas desconectado, mi bro. Hasta mis viejos pensaron que había muerto por esa notita que publicaste en Somos hablando de mis protuberancias, pero todo bien, ya hablé con ellos por el WhatsApp, no te preocupes. Te mandan saludos.

Aquí la vida ya retoma su curso. La próxima semana recién podré rodar mi cortito y luego trabajaré a full en la edición. Te lo mandaré para que me pases tus comentarios, ¿vale? Un abrazo, mi bro, y ojalá que todo se solucione muy pronto por allá.

¡Viva el Perú, mi hermano!

Cariños a la family, en especial a tus abuelos. Cuídalos mucho.

Charly (Eterno Estudiante, pendejo, jajajaja)

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Parte 2

Capítulo VII: La noticia que nos hizo llorar

Solo un desmayo convenció a papá de que necesitaba parar. Sin tienda, ocupó sus horas con la televisión: fútbol inglés, fútbol italiano, fútbol español. La Ley y el Orden, La Ley y el Orden. La Ley y el Orden. Le presté un libro gordo de Mario Vargas Llosa, pero solo lo hojeaba para dormir.

Le interesaban otros temas de lectura.

No recordaba almuerzos con papá en los que no extendiera las hojas de El Bocón sobre toda la mesa mientras comía apurado con cuchara, encorvado, respondiendo monosílabos con la boca llena: seh, no, ajá. En cinco minutos, devoraba su plato. Ahora sobraba tanto tiempo que hasta lonchábamos juntos.

Los promotores de esas tardes eran mis abuelos maternos. Llegaban a eso de las seis con pan integral y algún relleno poco o nada procesado: queso fresco, aceitunas, pollo, sangrecita. Todo rico, pero lo mejor era compartir con ellos. Una mesa variopinta: mi abuela sordomuda, mi padre con sus suegros, Soltero Maduro (y en ocasiones su mejor amigo). Conversaciones de antología. Por ejemplo, el relato en voz de papá del primer televisor a colores en el barrio. Me fascinaba que todos los vecinos de la cuadra se reunieran en una misma sala por un partido de Perú. Era algo que yo hubiese querido vivir, que hubiese intercambiado por el paradigma contemporáneo del «cada uno con su televisor en su cuarto». Y por ratos pensaba que si papá fallecía, con él no solo desaparecería un distrito –quiero decir que San Juan perdería todo sentido para mí, porque para mí San Juan era papá–, sino también una época, el pasado.

¿Por qué no había propiciado esos encuentros familiares antes?, me preguntaba. ¿Por qué papá y yo, sobrios, nunca nos habíamos permitido fortalecer nuestro parentesco, esa intimidad, construir juntos o guardar una memoria?

De repente porque los hijos de sordomudos están poco acostumbrados al diálogo. Uno aprende a comunicarse de otras maneras y poco a poco va perdiendo la voluntad de abrir la boca. Por eso creo que necesitábamos de mediadores o de alcohol (que bien vista, una botella de cerveza era como una tercera persona); o quizá postergamos los encuentros de padre e hijo porque creíamos que la desgracia era de otros: para papá, para mí, siempre habría una próxima vez, un próximo encuentro.

O eso creía yo desde niño.

Cuando tenía once años, un compañero murió por un tumor en el cerebro. En el aula, se echaba en la carpeta, somnoliento. Faltó un día, dos. Nadie notó su ausencia. No recuerdo que hayamos preguntado por él. Hasta que sus padres organizaron una pollada para recaudar dinero.

El velorio fue en su casa, por el puente Alipio Ponce, cerca del cementerio. En el límite de San Juan. La noche parecía más oscura por allí. Era un barrio menos acomodado que el mío. Los ladrillos expuestos, pelados, hacían todo más penoso. Esa estética de Lima de lo inacabado, de lo que se logró a las justas.

Los deudos lloraban en sillas blancas de plástico. Sentí culpa, vergüenza por vestir ropa casi nueva. Por ser lo que ellos habían perdido.

No me atreví a pararme frente al ataúd.

Esa fue la primera vez que me sentí adulto, como papá, como mi abuelo: eran ellos los que enterraban a sus amigos, no yo. Me asombra cuánto confiaba en que eso nunca me hubiera ocurrido a mí, me refiero a morir a los diez años: nada interrumpiría mi paso a la siguiente fase de Pokémon en el Game Boy, yo arrellanado en el sillón de mi sala de paredes pintadas, con un refresco con sorbete, como en esa mañana de diciembre en que telefonearon y una gimiente voz de niño me lo anunció. Y sin saber qué responder, repetí lo que oía de los mayores: ya descansa en paz.

Es solo un consuelo.

No usé mi Game Boy en todo ese mes.

El laboratorio donde se dejó la muestra, «los resultados más confiables del Perú», llevaba una semana de retraso. Evocábamos mejores épocas —sin tecnología pero con salud— para mitigar la ansiedad, como en la cafetería de un hospital. Yo ya me había quedado sin uñas, eran puro nervio, dolían.

Hasta que una tarde, en pleno lonche, Ex Novia cruzó la sala con su traje celeste de enfermera. Sostenía con firmeza un sobre blanco, como si pesara. La hinchazón de sus párpados delataba que había llorado. Nos saludó a la distancia y llamó a un lado a papá.

Lo llevó a la habitación de mi abuela.

Los de la mesa nos miramos en silencio. Mi tío juntó sus manos en oración. Sus ojos enrojecieron, ya lo sabía todo. Mis abuelos permanecieron callados, mordiéndose los labios. ¿Qué se puede decir cuando en el cuarto contiguo le están anunciando a tu viejo los días que le quedan?

Era tan irónico. De alguna manera, todos queríamos que papá reflexionara, que dejase de beber, que ya no nos contara su nivel de triglicéridos con una estúpida presunción, como si fuera de acero («hace rato que debería de estar muerto, me dijo el doctor»), y ese desequilibrio en su salud nos parecía oportuno (mamá lo dijo: ojalá que ahora sí se dé cuenta). Pero la enfermedad, la verdadera enfermedad, esa que te destruye por dentro sin compasión, era un exceso, un error de cálculo, un «ten cuidado con lo que deseas». Se nos había pasado la mano con nuestros deseos, y ni el más optimista de la mesa esperaba que Ex Novia diera buenas nuevas a nuestras espaldas.

El café apuraba mi vejiga, mandándome al baño, frente al dormitorio de mi abuela. No habían cerrado su puerta, y pude ver a papá con Ex Novia sentados en el borde de la cama: dos ex enamorados tratando de reconciliarse. Solo que papá giró hacia mí y me miró por dos segundos como un niño al que castigaban de por vida.

Veinte minutos después, Ex Novia se despidió con frialdad.

Papá regresó a su sitio en la mesa. Aunque en silencio, esa vez sí lloró. Y delante de todos.

Vamos a luchar hasta el final, le dije.

No dormí esa noche. La lluvia golpeaba el concreto con insistencia. Era como si el cielo cayese sobre mí.

El nombre del enemigo era «linfoma». Células dañinas en los glóbulos blancos (esos que combaten los gérmenes). 70% de probabilidades de sobrevivir si el paciente es menor de sesenta años, si el cáncer está en su etapa uno o dos, si no hay linfoma fuera de los ganglios linfáticos. Si el nivel de lactato deshidrogenasa es normal.

Tarde o temprano, la enfermedad te vuelve experto en lo que la mayoría ignora.

20 de marzo del 2020. Ocho días después, me llamó un doctor del ministerio. Llegaré con el equipo de infectología en breve, anunció. Para ese momento, no solo había perdido el sentido del gusto y el olfato sino que hasta olvi´de el olor de un lápiz, de una Inca Kola, de un anticucho, el olor de mi propio cuerpo, de mamá, de papá. Tan frustrante como que se te vaya de la mente lo que hacía dos segundos pensabas, solo que a cada rato, durante todo el día. Como cavar y cavar y cavar en una tierra profunda, cuyo fondo había sido minado con locura y desesperación.

Las comidas, indicadoras del tiempo, ya no me entusiasmaban. Las horas eran siempre iguales para mí. Tallarines rojos, causa limeña, pescado frito. Todo sabía igual: a nada. Era como estar ciego de la nariz y de la boca atrapado en cuatro metros cuadrados, en un espacio al que no le daba ni la luz del sol.

Recién comprendía a mi viejo rehusándose a masticar a diario el mismo pollo sancochado sin ningún condimento. La infelicidad es así.

Sonó el timbre. Mamá fue a atender. Yo aguardaba oculto en mi cuarto como un monstruito, un espécimen de la pandemia al que había que mantener separado como a un animal en cautiverio, el medio de transporte de un virus cuya sola respiración aterrorizaba a cualquiera.

Me pareció que se demoraban o es que me puse muy inquieto, a caminar en círculos. Escuché los murmullos ascendiendo por la escalera, en la sala, y a continuación a mi madre resumiendo mi experiencia: viaje por Europa, fiebre en Lima, escalofríos, estornudos. Había estornudado pocas veces ciertamente, pero mamá cumplía con su rol de madre. Mascota se les unió, curiosa. Hasta el Diego abandonó su camerino y preguntó si podían vacunarlo contra la influenza y el neumococo. Supuestamente, eso reduciría la letalidad del virus en su organismo si es que se contagiaba. Pero le dijeron que no. Aún le faltaban dos años para recibir gratuitamente esas inyecciones.

Mamá gritó mi nombre. Después una semana, caminé cinco pasos más allá de mi dormitorio.

—Ahí nomás  —me detuvo un doctor que por los lentes, el tapaboca, una capa celeste y los zapatos envueltos en plástico parecía listo para una misión radioactiva—. Ahí nomás, Palomari. Siempre a dos metros de distancia, ¿sí? Siempre a dos metros de distancia, ¿OK, señora?

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Parte 2

Capítulo VI: Útero vulnerable

La crisis de la mediana edad no la tiene una chica de treinta años que fue dejada por su novio o que perdió el trabajo. Comienza más adelante con un mareíto inocente, con una punzada en la sien, con un desmayo por exceso de azúcar o con un sangrado profuso donde nunca antes lo hubo.

En el 2019, mamá había decaído por primera vez. Un desorden hormonal propio de los cincuenta años. Se sentía débil, lo cual era lógico desde mi punto de vista: ¿a quién no desgastaría madrugar para enfrentarse al tráfico de Lima, una hora y media de camino hasta Los Olivos, para de inmediato someterse a los engreimientos de trece petisos hiperactivos a cambio de un sueldo mínimo de 850 soles al mes? Depresión, sí. Pero los repentinos vértigos en la cocina no coincidían con esa hipótesis, y desde la experiencia con papá cualquier cambio abrupto en el organismo era cáncer, fijo.

Además, su cabello lacio se había vuelto tan frágil que cuando los niños se lo jalaban, las hebras se desprendían como el algodón, y la cicatriz en su frente quedaba poco a poco cada vez más expuesta, revelando su pasado pero también lo fácil que sería perderla en un accidente: delgada como era, me daba la impresión de que mamá no resistiría ni un choque en la Panamericana Norte ni una gripe salvaje de China.

Aunque aguantaba, su cuerpo estaba atrapado por las deudas con el banco, por un divorcio que aún dolía, dos hijos inexpresivos, un marido manco y un trabajo estresante.

El doctor que la examinó en el 2019 le recetó dos días de descanso y unas vitaminas para sacarla de la cama, y de vuelta al nido a que los niños le arrancaran otra vez el pelo. En otra realidad, a solo 20 kilómetros de distancia, esos pesares psicosomáticos se trataban con un año de reposo con goce de haber.

—No entres —le advertí al sentir su presencia en mi puerta—. Ponte tu mascarilla.

Volvió cubierta, agitando el termómetro.

—Treinta y ocho y medio —dijo después. Consultó con mi hermana, a quien no le fallaba la vista, y se retractó—: ¡Treinta y siete y medio! Gracias a Dios, hijito.

No. Yo le otorgaba los créditos de la mejoría a la media pastilla de paracetamol y a mi potente dieta de vísceras.

Ahora necesitaría zanahorias para los ojos.

Estimulado por la noticia —no hay mayor motivo de vanidad que la buena salud, especialmente hoy—, me puse ropa deportiva y troté cinco kilómetros en mi cuarto. No pregunten cómo. Hasta me paré de manos durante un minuto para evitar un derrame cerebral.

Me bañé como un soldado, casi sin respirar. Y, a pesar de que perdía consistencia la idea de que me hubiera infectado de COVID-19, no toqué más que mi toalla por precaución. Solo me faltaba una semanita de cuarentena.

Ya más relajado, me dediqué al texto para la revista de los españoles. Una ficción que sugería que el Sudaca Fino traficaba. Tenía dos llamadas perdidas de él. No andaba de ánimos de hablar con nadie. Si es urgente, me escribirá, pensaba.

La escritura me dio hambre. Andaba antojado de yogur, no sé por qué. Le dije a mamá. Ella me trajo una taza llena con cereal.

—Ya te ves mejor, hijito —dijo. Las grietas a los costados de sus ojos delataban una sonrisa que su tapaboca me ocultaba.

—¿Será porque me he bañado después de cuatro días?

—No te olvides de la plata. Hay que pagarle al banco.

El banco, el banco. ¿Cómo se vive tranquilo con el banco?

19 de marzo de 2020. De mi maleta saqué el libro que me regaló un escritor peruano. Bebimos vermut en un barcito de Malasaña, el barrio hipster de Madrid. El piso lo salpicaban con pepitas de aceituna —las tapas de cortesía—, y hombres y mujeres teníamos que agacharnos y pasar como enanos por debajo de la barra para usar el baño. Aun así, el sitio reventaba. Habíamos esperado más de diez minutos para entrar. Había hartas chicas con pañoletas verdes en el cuello. Era sábado 7 de marzo, la víspera del día de la mujer.

Nadie sospechaba el colapso de España.

Lo que tenía en mis manos era el libro más reciente de Richard Ford. Cuentos. Manoseé toda la portada, buscando relieves, y con la yema del dedo gordo acaricié la tinta sobre las sedosas páginas. Luego las pasé rápidamente como una baraja ante mi nariz. Quería una experiencia estética completa, pulmonar. Pero el airecito producido era inodoro. Abrí el libro por la mitad e inhalé profundamente en su núcleo. Hmmmm. Nada. ¿Cómo debía de oler?, me preguntaba, ¿cómo olía un Anagrama, un papel avena importado de Barcelona?, trataba de recordar, mientras probaba el yogur, que parecía desazucarado, ñam ñam, y mientras avanzaba con la lectura, mientras oscurecía, la fresa artificial la fui percibiendo cada vez más lejos, como en otra galaxia, como los frejoles de la cena, también recontra insípidos.

Recordé que, en el desayuno, el pan con tamal que me trajo Mascota lo mordí con la expectativa de un peruano que en tres semanas solo ha probado pizzas, McDonald’s y especialidades luxemburguesas (sopa con salchicha, tocino y chorizo), pero por más que sentía la textura del chanchito en mi lengua, en mis muelas, no encontré ningún gusto en mi paladar.

Le eché ají al pan y nada. Con el zumo de naranja fue igual. Café, lo mismo.

Desabrido todo.

Ni en mi peor resfriado había dejado de saborear y de oler así. Dejé a un lado el libro de Ford y me levanté. Cogí un perfume y me eché un poquito en la muñeca. Olfateé. Hmmm. Hmmmmm. Nada. Hundí mi grano con pus en las ediciones de Planeta que había comprado por dos euros en Barcelona, hojas amarillentas que tres semanas antes había respirado en unas bancas de La Rambla, y cuyo grueso olor era el de una librería de viejo o el de un árbol húmedo; pero en San Juan de Miraflores esos libros ya no olían a nada.

El mundo se había quedado sin aromas.

Y yo también. De hecho, me parecía rarísimo que no me hayan apestado las axilas luego de días de transpiración, sin ducha ni desodorante.

Google me lo explicó.

De la pérdida del olfato al coma Una nueva investigación concluye que la enfermedad provocada por el SARS-CoV-2 afecta al sistema nervioso causando un deterioro cerebral que…

Bloqueé la pantalla. Las 10:50 p.m. se fundieron a negro. El miedo regresa siempre de noche. Y Sin olfato y sin gusto y con los ojos con manchas. Ojalá también ensordeciera pronto porque mamá comenzó a toser en su cuarto, y oírla me lastimaba, era una culpa insoportable. ¿Estás bien, chola?, le preguntaba el Diego.

Debido al silencio de toque de queda, se oían hasta lo cuij, cuij de los catres ante el mínimo movimiento, y los patrulleros circulando a medio kilómetro, vigilando que las calles se mantuvieran vacías, sin agentes contaminantes, los nuevos peligros públicos. A veces sonaba una sirena cerca.

Lima se había paralizado. Por las noticias de la tele, oí que los únicos que trabajaban eran los mineros. Los imaginaba con sus linternas, extrayendo oro para que la economía peruana creciera 3.25% en el 2020, tal y como se había pronosticado.

Mientras tanto, llamaba a las líneas del ministerio de Salud y nadie me atendía. Era un hecho que ninguna ambulancia aparecería a tiempo en caso de emergencia. Y en casa no teníamos auto. Y no encontraríamos taxis. Acaso una camioneta policial fuese nuestra única salvación.

Los ojos me ardían. La tos de mamá desesperaba. ¿Y si era ella la que se ponía mal? ¿Cuánto tiempo más aguantaría dentro de ese útero vulnerable?

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Capítulo V: Luchando en una pecera llena de pirañas

En ese juego te daban tres palabras al azar y en cinco minutos tenías que inventar un relato ante el bullicioso público de un bar de Lima. Yo tecleaba en el escenario, en una laptop puesta sobre una mesa que cercaban las cuerdas de un ring de boxeo. Había un DJ a mi lado y un ecran a mis espaldas: una inmensa hoja en blanco de Word.

Releía mis frases y me sofocaba por la máscara, que era parte del show: los perdedores revelarían su identidad. En el sótano, otros aspirantes a escritor aguardaban ansiosos, entre ellos mi rival, quien ocuparía mi sitio luego de que yo le leyese mi cuento al jurado. Solo uno avanzaría a la siguiente fase, solo uno sería el campeón publicado en ese 2013. «LuchaLibro» se llamaba el torneo. Lucha por tu libro.

Las palabras son más fuertes que los puños.

En ese campeonato conocí a Editor Famoso. Me invitó una jarra de cerveza después de mi tercera victoria, en los cuartos de final. Acodado en la barra me dijo con mucha convicción: «Tú serás el mejor escritor de tu generación, no te olvides de eso. Tú y yo vamos a hacer dinero, Palomari». Seis meses después de la última fecha de LuchaLibro, sentado en unas escaleras afuera de su oficina, esperaba fumando a que Editor Famoso diera la cara y me devolviera la plata que le había adelantado para la impresión de mi primera novela, un pago parcial que coincidió con la última vez que nos vimos.

Su secretaria me había despachado poco antes. Mientras me explicaba que su jefe no volvería hasta muy tarde, yo trataba de memorizar su agenda, expuesta en una pizarra que colgaba de la pared. Había apellidos de escritores —Yushimito, Cueto, Thays—, y según ese cuadro faltaban dos horas para la reunión con «Tuto», un nombre enigmático. La secretaria se percató de mi indiscreción y me dijo que mejor regresara otro día, pero me negué, y ella, con una amabilidad de manual, finalmente me sacó al pasillo. Al cabo de seis cigarros, apareció un pata alto y barbón, con un abrigo que acababa en sus rodillas, se detuvo ante la puerta roja y la golpeó con sus nudillos tres veces: toc, toc, toc. Calculé que había pasado más de una hora, entonces grité: «¡Tuto!». El tipo volteó, yo le sonreí, y me regresó el saludo. ¿Editor Famoso estaba adentro?

Una concursante de LuchaLibro, a quien yo consideraba mi amiga, me había aconsejado que me olvidase del dinero debido. Editor Famoso era un contacto importante, alguien que te podía meter en el mundo editorial, conseguir reseñas positivas sobre tu trabajo en diarios o revistas, o facilitarte viajes a encuentros literarios de Sudamérica, de hecho, él mismo seleccionaba a los autores que iban a las ferias del libro de Bogotá o de Santiago. No era conveniente enemistarse con él. Como un romántico trasnochado, me mostré en desacuerdo total: sin amiguismos, los escritores debían de luchar con su obra así como nosotros los amateurs lo hacíamos cada lunes en el ring. Ella rio, y más tarde ganó el campeonato. Se lo merecía.

En serio.

A veces me preguntaba si esos nombres escritos con plumón negro en la pizarra acrílica de Editor Famoso, todos reconocidos en la escena letrada, acaso no eran como él,  animadores culturales sin escrúpulos cuyo trabajo carecía de conciencia moral, cuya dignidad se negociaba, gente que sin duda era capaz de las acciones más bajas, como estafar, con tal de conservar su sitio privilegiado en los espacios intelectuales de Lima, que son una pecera llena de pirañas. De todos modos, me reconfortaba la idea de pelear por mi libro sin la necesidad de convertirme en el lisonjero de ciertos consagrados.

Aunque eso no represente ningún valor literario: podía ser un mal escritor, pero jamás un escritor arrodillado ante el poder.

Para volar a Europa, organicé una pollada con el apoyo de mis padres, principalmente de papá, quien en la década del noventa gozó del auge de esa popular manera de obtener dinero con la venta de pollo frito y cervezas, con música bailable a todo volumen.

Ese día, cheleando con mi familia en un pampón usado como estacionamiento, al lado de dos canchitas de fulbito, una tía me dijo que el éxito de mi viaje dependería de Dios. Yo le porfié. Pero pasó media hora y se fue la luz en el local. Y al cabo de un mes, mi cabeza latía, y no como el corazón con soplos de un recién nacido; eran rabiosos martillazos sobre mis sesos, golpes tan duros como un desengaño.

Imposible dormir así.

Prendí la lámpara y me puse a leer mientras serpientes de sudor pasaban sus lenguas por mi sien.

Papá podía caminar con las justas. Por la gota, ya era costumbre que arrastrara los pies inflamados, pero ahora, en cada paso, absorbía su saliva tomando aire con la boca, como cuando algo nos duele. Y aun así, continuó abriendo a diario su tienda.

A papá le habían faltado solo semanas para obtener la estabilidad laboral en la empresa automotriz, es decir que estaban por terminarse las renovaciones de contrato cada tres meses, pero por cambios en la gerencia removieron del cargo a su supervisor, con quien había trabajado en los últimos cinco años. El reemplazante sabía de autos lo mismo que un perro de motores, pero era amigo del nuevo mandamás. Desde el primer contacto, trató a papá con cierto desprecio e incluso lo culpó de sus errores. Papá no aguantó, lo obligaron a firmar su carta de renuncia —la otra opción era un juicio inacabable sin cobrar de inmediato la liquidación—, y con el dinero que le pagaron por tiempo de servicio inauguró esa tienda de venta de autos: un emprendimiento o más bien un recurso desesperado.

El negocio nunca caminó bien, pero flojeó todavía más feo en el último trimestre, de abril a junio del 2018, y si no fuera porque su mejor amigo le alquilaba el lugar, a papá lo hubieran desalojado hacía rato por deudor. Me costaba entender por qué insistía con esa empresa. No era un fanático de los automóviles, y en vez de otorgarle ganancias, su dinero se agotaba mes a mes. Cualquier administrador se lo hubiera dicho sin compasión, o quizá compadeciéndose: tira la toalla.

Y, por si fuera poco, la enfermedad. Una internista del hospital militar ya lo había manoseado como a un muñeco de espuma, preguntándole si dolía en las zonas que tocaba con las yemas de sus dedos. Papá contestaba con vacilación. Su sí nos sugería lo opuesto. Y si no le dolía, era un tumor. Cáncer o tuberculosis ganglionar, nos dijo la internista.  Pero momentáneamente: infección urinaria e infección estomacal. La pelota de jax sacada de su cuello y partida en dos contenía el resto de la información, la más importante.

Cáncer o tuberculosis.

Quizás lo había contagiado uno de los taxistas que iban a la tienda por su crédito vehicular.

¿Y el cáncer? ¿Por los cigarrillos?, ¿por la comida chatarra?, ¿por el alcohol?

Sonaba razonable, pero cuando leí que el estrés crónico es causa de cáncer, detesté a las fábricas de automóviles, a los concesionarios, a las financieras y a los bancos: cada parte se llevaba su tajada, y papá recogía sus migajas. No valía la pena que se mate por una comisión de setecientos soles (con suerte, con mucha suerte vendía tres o cuatro carros en un mes), pero cada mañana quitaba el candado de esas rejas polvorientas y oxidadas, levantaba el toldo y exhibía su cartel: Auto Sur, Crédito Inmediato.

«¿Quieres morir?», le increpaba. Y él me miraba en silencio, como si la respuesta fuera obvia. Pero no era nada obvia, así que comencé a frecuentar Auto Sur con suma curiosidad. Cada dos horas, un potencial cliente entraba y se sentaba frente a papá. Parecían interesados, pero muchos de ellos solo hacían tiempo y aprovechaban el café y las galletitas gratis. Quizás porque a cada tanto miraban su reloj, se notaba que habían llegado muy temprano a su cita en la CT, el popular punto de encuentro que había a media cuadra: ese ruidoso punto de partida de la avenida San Juan.

Tal vez papá esperaba que los del laboratorio descartasen el cáncer, curar su TBC y continuar con sus deberes como siempre, porque el sistema económico no le exonera a nadie los gastos por sobrevivir. O es que permanecer en sus labores, aun convaleciente, era la forma en que miraba a los ojos de la muerte, desafiándola.

De cualquier manera, ¿qué sensatez le podía reclamar alguien que tecleaba día y noche como un robot a cambio de dos soles por libro vendido?

En esencia, papá y yo nos parecíamos. Con fiebre y con escalofríos, ardiendo bajo las sábanas, respirando apenas como si una máscara contuviese mi rostro, estructuraba un cuento que se incluiría en una revista española de publicación en Luxemburgo. Si hubiera tenido un hijo, me hubiera dicho: «Son las tres de la mañana, viejo. Y estás temblando. ¿De veras quieres anotar todas esas ideas cuando lo único que tienes que hacer ahora es descansar? ¿No te das cuenta, viejo?», me habría visto con severidad como si fuera un idiota.

Y posiblemente hubiera tenido toda la razón.

Pero la voluntad de vivir se manifiesta en las acciones más sencillas.

Y lo que yo expresaba con ese afán de leer y escribir en las peores condiciones era que no me quería morir aún: no había publicado una novela, tampoco le había comprado una casa a mi madre ni había pagado los estudios universitarios de mi hermana ni había llevado de viaje por el mundo a mis abuelos.

No podía morir aún, no con esos pendientes, no con esa horrible sensación de haber recibido más de lo que pude dar, no con el agobio por deberle tanto a la gente que te ama.

No era justo. Yo había luchado.

Por eso pedía solo un cachito. Tres palabras y cinco minutos más.

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Parte 2

Capítulo IV: Todos atrapados en el país del mañana

Todos los días mueren ciento cincuenta mil personas. Y ya había muerto alguien en mi habitación.

La muerte es fría. Entra sin tocar la puerta.

Y casi siempre por los pies.

En 1998, mamá alquiló nuestro departamento porque sin papá un eco triste rebotaba en las paredes descuidadas cada vez que conversábamos, algo que casi nunca ocurría: ¿de qué puedes hablar con tu hijo de diez años cuando tu esposo se acaba de ir?

La sala, los dormitorios, el baño, la cocina, hasta las veredas y la pista y la esquina de la calle habían acumulado recuerdos, no todos malos, por supuesto, pero incluso los más bonitos del matrimonio hacían que mamá le diera miles de vueltas a la cucharita dentro de la taza de té.

Nos mudamos a un cuarto que se pagaba con la renta del depa, y visitábamos a mis abuelos los fines de semana. A la hora del lonche, mamá subía donde los López, los nuevos inquilinos. Leían un pasaje bíblico y rajaban de papá mientras yo jugaba con su gato.

La puerta de mi dormitorio parecía clausurada. Mamá me contó que había una señora «delicada de salud».

«¿Te gustaría conocerla, hijo?».

«¿Da miedo?» era la pregunta clásica de un niño al que los males del cuerpo le fueron presentados siempre como terroríficos.

«Está un poco delgada. Es como un angelito», dijo mamá.

«Mejor no», respondí, pero la curiosidad —¿qué era un «cáncer de pulmón»?— me devolvió a ese cuarto que yo ya no reconocía,  comenzando por esos cuadros de santos con velitas misioneras que había por donde se mirase. En la cama, arrinconada, yacía una mujer de pelo ondeado y cano, con incontables arrugas, como si unos niños traviesos hubiesen jugado cientos de michi con su rostro.

Era como un ángel… viejo. Transmitía una extraña paz a pesar del olor cargado y ácido. Sin levantarse, me saludó con una sonrisa cadavérica. La señora Eduviges. Hablamos un poco, supongo que de lo común: que qué me gustaría ser de grande, que si sacaba buenas notas en el colegio. Esas cosas.

Y entre toses, me prometió un regalo para mi siguiente visita.

Pero no hubo. Yo quería amigos de mi edad, no una moribunda de setenta y tantos años.

Me enteré por la misa de mes. La invitación estaba en el baño de mis abuelos, junto a los periódicos viejos, a pesar de que mamá me había repetido que la señora Eduviges seguía viva. Supongo que era prudente que un niño ignore que en su cuarto había suspirado por última vez una anciana.

Imagino que los López tampoco querían espíritus en su hogar. «Porque ellos tenían una casa», me contó papá.

15 de marzo del 2020. Había olvidado a esa mujer hasta que abrí los ojos, después de soñar con ella, y palpé de inmediato mi colchón. En la esquina del techo, al lado de la puerta, flotaba una luz, una virgen de colores psicodélicos, un puñado de energía palpitante. Poco a poco, la oscuridad se completó nuevamente. Había tanto silencio que escuchaba mi saliva cayendo por mi garganta pastosa y los uh ah uh ah de mi respiración agitada.

En la pesadilla, yo estaba echado en una cama de hospital, y una versión rejuvenecida de Eduviges pasaba sus dedos finos por mi pelo. Era como la Mona Lisa con bufanda roja, apacible hasta que descubrió su cuello: un agujero en la tráquea. Insertó en él un cigarrillo y aspiró fuerte. El humo emanado por esa rajadura nos fue envolviendo. Santos de ojos reventados nos miraban desde las paredes.

«¿Voy a morir?», pregunté.

Eduviges solo fumaba. «¿Voy a morir?», insistí una, dos, tres veces, «¿he muerto?, ¿estoy muerto?», tomé su brazo consistente como un palo de escoba y lo samaqueé gritándole: «¿Voy a morir?, ¿voy a morir?».

En el otro extremo de la pieza, que de pronto era idéntico a la sala de nuestro departamento, mamá le daba vueltas y vueltas a la cucharita dentro de la taza de té. «¡Mamá, mamá!», grité y traté de pararme, pero había agujas en mis venas. Y ya no me podía mover, ya no sentía mis extremidades.

Eduviges rió y mamá cayó a un costado y se partió como porcelana.

Una bocanada que hedía a orina de vieja me dio en la cara. «¿Por qué?», pregunté, a punto de llorar.

Ella susurró: «Reza».

No sé cómo. «¿Voy a morir?».

«¿Voy a morir?», me repetí con la nuca adormecida mientras mis venas se esforzaban por irrigar sangre hacia las puntas de mis dedos, que sentía hinchados, a punto de reventar. Transpiraba y jadeaba perturbado. Recordar era como soñar despierto con esa vieja que había muerto en el mismo rincón donde uh ah uh ah el corazón me daba vueltas. Y las paredes temblaban. Y mis piernas empequeñecían, se recogían ante ese destello que aparecía de nuevo.

¿Qué es la realidad a las tres y treinta y tres de la mañana?

Desperté cansado, como si no hubiese dormido nada. Eran las ocho ya. Por mi ventana, vi al Diego yendo a la panadería. Quise cabecear veinte minutitos más, como en el colegio, pero cinco minutos después mamá tocó mi puerta, como en el colegio. Abrió y le advertí:

—¡No entres! ¡Ponte tu mascarilla!

Mamá se fue y volvió cubierta.

—¿Te sientes mejor, hijo?

—Sí —mentí.

—¿Quieres desayunar ya?

—¿Qué hay?

—El Diego recién irá a comprar.

—¿Ya no había ido por el pan? —me incorporé a medias, cubierto con la colcha.

—No. Recién, hijo. ¿Por qué no abres tu ventana? Hace calor. ¡Que se ventile tu cuarto! Rápido. Tu hermana está con hambre. ¿Tamal o queso?

—¿Pan con pollo? —el Diego asomaba detrás de mamá, con un tapaboca celeste. Era «población de riesgo»: ancianos, diabéticos, pacientes de cáncer que el virus exterminaría.

—Tamal.

Mamá me dejó con la puerta junta.

¿Qué fue lo del pasadizo?, me quedé pensando, preocupado. Después del pogo de París, había empezado a percibir manchitas con el rabillo del ojo. No eran «moscas», esos puntitos oscuros que brotan al parpadear, sino masas, como ratas que atraviesan velozmente por el campo visual. Quemaduras en una foto velada.

Según Internet, se me desprendía la retina. Dentro de cinco años acabaría ciego. Me tapé el ojo derecho y se volvieron borrosos los títulos de mi librero. No había relación entre la COVID-19 y deterioros oculares. No obstante, leí que a los contaminados se les derramaba la sangre en el cerebro tras una serie de hormigueos en la cara. Me toqué el cachete: ya había víctimas jóvenes, de mi edad. Víctimas sin patologías previas. Me pellizqué: ¡víctimas como yo!

No vi a la Mona Lisa por una cola de cien cámaras fotográficas delante de mí, era gente que sí desayunó y que no tenía que salir de París ese sábado por la tarde. Mi visita al museo la habían pospuesto dos días por un plantón de trabajadores asustados por los turistas chinos, casi el 10% de las asistencias diarias al Louvre. Y ante el cambio de planes, solo me quedaban cinco horas en Francia y más de treinta mil obras por conocer. Resignado, me prometí regresar pronto.

Ahora era posible que ni siquiera pudiera ver a papá otra vez: en el Perú se decretaba el estado de emergencia y se confinaba a toda la población tras confirmarse 71 casos, a pesar de que en otros países de la región no se tomaban medidas como las de Europa o Asia.

Esa acción inmediata me produjo cierta tranquilidad al principio, me dije: al presidente le importan nuestras vidas. Pero igual no acababa de entender por qué, cinco días después de haber conversado con la mujer del ministerio de Salud, nadie venía a examinarme, ni siquiera me respondían los mensajes por WhatsApp. Un mal síntoma.

Lo que fuera que había en mi organismo solo lo podía descubrir a través de los establecimientos estatales, los únicos autorizados para la realización de las pruebas.  Aislado, me frustraba porque no había manera de resolver ese problema por mi cuenta, solo me tocaba esperar, cuando era consciente de que la espera por una tomografía había matado a mi abuelo, consciente de que la espera es la peor opción en temas de enfermedad, consciente de que en el Perú algunas esperas pueden ser infinitas. Papá también lo sabía, por eso su prisa: «Es urgente, amiguita».

Y papá no estaba esa mañana.

Me puse de pie y quise salir de la habitación pero me detuvieron unos calambres en las pantorrillas y unas manchas en mis ojos circundándome como lanzas . En el interior de mi puerta, mamá había pegado una estampita de Jesús que me vigilaba con una fulgurante mirada amarilla, un recordatorio de que estaba atrapado.

«¿Voy a morir?», le pregunté.

¿Voy a morir?

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Parte 2

Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro

Me sorprendió la propuesta de presentar tu libro. Hasta donde tenía entendido, la feria se iba a cancelar por toooodo lo que estaba pasando, y te juro que si no hubiese sido la muy querida presidenta de la Asociación de Peruanos en Luxemburgo quien me lo pedía, habría declinado.

A ver, te explico. La mayoría de mis clientes son chinos, y desde que el virus se propagó en su país, dejaron de responder correos de la noche a la mañana. Solo una chica me escribió diciendo que ya no podía pagar las clases porque todo se había detenido y su empresa, en dos meses, había quebrado. Me detalló que China, con 80 mil casos y casi tres mil muertos, iba a perder 60 billones de dólares por la pandemia, alucina.

Sabiendo eso, y con la cosa fea en Italia desde hacía tiempo, ¿por qué no se actuaba ya en Europa?, me preguntaba, pero bueno, el europeo siempre se alucina muy cool, muy avanzado, muy nada me va a pasar; y, como viste, Luxemburgo también es un país particular: pequeñito, con la mitad de la población inmigrante y la otra mitad anciana. Por eso, al llegar a LuxExpo no me pareció raro que hubiera tan poquita gente, sobre todo porque los que ya llevamos años viviendo acá sabemos que los italianos son una de las colonias más grandes, y que van y vienen de su país a cada rato. De hecho, el primer caso en Lux –que se confirmó justo un día antes de tu presentación– volvía del norte de Italia.

El que menos quería cuidarse, muchachito.

Además, con esa lluvia torrencial que te tocó, ni ganas daban de salir. Ayayay, más piña no pudiste ser. Pero tú como si nada saludando con tres besitos a la usanza luxemburguesa. Cuando nos presentaron, tuve que decirte que estaba resfriada, porque si no… Huy, no me quiero ni imaginar. Después te fuiste al baño, ¿recuerdas? Y te demoraste un rataaaaazo. No sé por qué pensé que te habías desmayado o algo así, hasta que de la nada apareciste más pálido y con la boca sangrando en el auditorio. Dijiste que te habías cortado al afeitarte. ¡Rayos!, ¿quién se afeita en un baño público en estas circunstancias, cinco minutos antes de presentar su libro en otro país?, me dije, y claro, pues, eras viajero, peruano, pero sobre todo un chiquillo, un muchachito.

Acabada la presentación, no me cabía cómo te tomabas fotos con desconocidos y recibías su dinero y te tocabas la nariz con tanta manía. ¡Y encima fuiste a almorzar donde los italianos! Hasta te hiciste amigo de ellos, creo. ¿Y así querías que te acompañara a un lugar parecido al Tizón de Barranco?, su versión del Primer Mundo, me dijiste. Habrás pensado que soy una vieja aburrida –para nada, tengo pocos años más que tú nomás–, pero yo ya había pasado por una experiencia jodida un año atrás.

Te cuento: se llama virus sincicial respiratorio. Como el coronita, se contagia muy rápido y puede vivir media hora en las manos y hasta cinco horas en otras superficies, como en esa mesita donde vendías tus libritos. El primero en caer fue mi jefe, un hombre vigoroso de cincuenta años. A él, le seguí yo. Y se me complicó horrible, estuve tres meses mal, en cama: una gripe con asfixias y polvo en la garganta. ¿Repetir eso por una noche loca? Paso, me dije. Estas canitas no son en vano, ¿ya ves? Y tú que me tildabas de paranoica. Ay, muchacho, muchacho.

No te culpo, estabas con todo el entusiasmo del que viaja. Me recordaste a mí misma cuando tenía tu edad y recorría Europa por primera vez, y no es fácil ser mujer y recorrer, qué se yo, Estambul sola. De repente eso me ha hecho más observadora, atenta a mi cuerpo y a los peligros. Disculpa por no despedirme. Tuve que irme rápido porque se me bajó la presión. Y ya en casa me dije que las casualidades no existen. Al toque les escribí a mis papitos, ellos viven en Lima. No te miento: ese primero de marzo a las siete de la noche les pedí que no salieran a la calle por nada del mundo y que compraran urgente un balón de oxígeno.

Tres semanas después, como te habrás enterado, el LuxExpo se transformó en un hospital. Yo no podía ni creerlo. Parecía uno de esos lugares con carpas que se ven en las películas de guerra. Había casi mil infectados, que no era mucho en comparación con otros países, pero igual se decidió construir hasta tres hospitales en un abrir y cerrar de ojos (ya viste cómo son los luxemburgueses, ¿no?, levantan un edificio, al año siguiente lo tumban y de inmediato erigen otro), y tras ese parpadeo Lux ya era uno de los países europeos con más camas de cuidados intensivos per cápita. Qué maravilla.

De repente por eso les advertí a mis papás que consiguieran oxígeno. Cuando estás en un país tan avanzado, eres mucho más consciente de las limitaciones de nuestro (todavía) amado Perú.

En fin. Por todo lo que he leído en tu bitácora, me parece que te contagiaste en Madrid, luego de pasar por aquí. A mí no me tocó esta vez, gracias a Dios.

En Lux, en Europa en general, las cosas van regresando a la normalidad, la gente ya sale, ya funcionan hasta los bares, aunque, eso sí, ha vuelto a llover fuertísimo, como en el día de tu presentación. ¡Y tú con esa camisita y nada más! Lo recuerdo y me da frío, caray.

¿Lección aprendida, muchachito? Espero que sí, y que en adelante te abrigues y te cuides sobre todo. Ojalá regreses pronto a Luxem. Prometo que esta vez sí iremos juntos al Rocas a bailar como se debe. Yo invito las dos primeras.

Claudia Rivarola

Traductora e intérprete