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Parte 2

Capítulo III: Manchas rojas en la camisa de papá

La enfermedad de papá también comenzó tras un paseo por Europa. Había ascendido poco a poco en una empresa automotriz, y a los cuarenta y nueve años salió por primera vez del Perú. Bacán, si no fuera porque lo despidieron injustamente de su chamba cuando aún desempacaba en San Juan. Poco después del vencimiento de su seguro de salud en una clínica (adiós al privilegio de 400 doctores, 250 consultorios y 170 camas de hospitalización para cuarenta mil pacientes), se afiebró, y sus fotos en el estadio del Real Madrid fueron trasladadas de un momento a otro al álbum de las frivolidades.

Yo no viajé por turismo. Fui a Luxemburgo a hablar de literatura. Una presentación innecesaria, de hecho. Como me dijo la Tóxica: «No seas ingenuo, Palomari. ¿A quién en Europa le puede interesar el librito de cuentos de un chibolo de San Juan?». Recordar sus palabras hacía que mi cara ardiera a treinta y nueve grados Celsius sobre la almohada babosa. No solo había malgastado el dinero que nos faltaba (para pagar los estudios de mi hermana, por ejemplo), sino que, ¡encima!, había vuelto a casa posiblemente contagiado de un virus asesino.

¿Y quién me ayudaría si los del ministerio no contestaban, si mi tío, el doctor del clan, ya era un viejo con Alzheimer, si no contaba con una enfermera entre mis ex novias, como papá? ¿Quién me ayudaría si no me pagaba ningún seguro? Es que mamá solía jactarse de que yo nunca había necesitado hospitalización. Mamá decía que yo era fuerte, un niño alimentado con pescado, leche y espinaca, pero esa supuesta inmunidad se la debía más a un trauma que a mi condición física.

Invierno del 98. Como todas las mañanas, mamá va a la panadería. Yo estoy en primaria, segundo grado, y alisto mi mochila para ir al colegio. En la radio, como siempre en la emisora de las canciones inolvidables, José Luis Perales corea «y se marchó, y a su barco le llamó libertad, y en el cielo descubrió gavio oo taas» cuando el piso empieza a temblar . O quizás no, no tiembla, sino que se oye como si se hubiera caído y roto un macetero; o más exacto sería pensar en el sonido de un costal de papas aventado desde una altura de diez metros que impacta contra el pavimento. Y después, los alaridos. Voy a ver y encuentro a mamá sentada en el garaje con el pescuezo doblado. Los pelos engrosados por la sangre tapan su cara. Creo que balbucea buu, buuu, ¿o llora?, no sé, no entiendo nada.

Quiero correr hacia ella, pero el miedo, que en ese instante me hace sentir las manos de hielo y una punzada caliente en el medio del cerebro, me ha paralizado.

Días antes, mamá ha descubierto manchas rojas en las camisas de papá. De repente se distrajo con eso: ¿lápiz labial o tinta de lapicero?, se hiperventiló, perdió el equilibrio y por alguna razón que desconozco su cuerpo se elevó más de lo que cabe imaginar, porque era dificilísimo tropezar en las escaleras y terminar así, como si se hubiese lanzado de cabeza.

Papá no está esa mañana.

Mis abuelos cargan a mamá y la sacan con prisa a la calle. Mi abuelo detiene un taxi y le dice al chofer «al María Auxiliadora», el único hospital del sur de Lima que durante mi infancia es mencionado para que me porte bien, o ¡por travieso te van a llevar al María Auxiliadora!, y hacia ese lugar terrorífico se llevan a mamá, y yo, desde fuera, un niño de siete años, miro sin amparo por las ventanas de ese Tico amarillo que se marcha a toda velocidad, y repito: «mi mamá se va a morir, mi mamá se va a morir».

Desde entonces, evité los cabezazos en la losa de fulbito, los clavados en las piscinas y los resbalones en la ducha. Observaba las cicatrices de mis amigos en sus codos, en sus frentes, los yesos, las sillas de ruedas, sus inhaladores para el asma, y me enorgullecía de mi récord sanitario invicto, por la competencia de mis órganos.

Hasta que a papá se le escapó: «Naciste con soplos cardíacos, hijo». Supongo que me vi anonadado, porque preguntó: «¿No te ha dicho tu madre?».

Un flequillo escondía esa X (veinte puntos de sutura sobre la ceja de mamá). El cuerpo es un almacén de secretos. Los virus se pueden atrincherar en tu garganta y reproducirse en silencio, a traición. Revisarás el aliento, los dientes, la lengua y no percibirás anomalías. Hasta que será demasiado tarde. Porque lo maligno, como todo dolor profundo, crece siempre hacia adentro y solo con el tiempo se muestra como una mancha roja en la camisa.

Como tumores, como metástasis.

Y papá, nervioso, se acariciaba las protuberancias de la quijada mientras veíamos el Perú vs. Australia en la sala de espera del Hospital Militar, donde Ex Novia trabajaba. Ella había ido en busca de un cirujano. Todos estaban ocupados (las enfermedades no se detienen por un gol de Paolo Guerrero), pero un colega aceptó extraer un ganglio de la ingle de papá con la condición de que lo partiría y se quedaría con la mitad. En el mundo de la medicina es normal deber un favor. De hecho, Ex Novia había cuidado de los padres y abuelos de varios doctores, y por eso los soldados con sus rifles nos franqueaban el ingreso en la entrada principal, aunque no hubiera entre los Palomari ni un cachaco. Soltero Maduro, deportado de los Estados Unidos, decía: «En el Perú no importa cuánto hayas estudiado sino a quiénes conoces».

Cuando Ex Novia reapareció en la sala con el médico a su costado, papá se incorporó muy despacio del sillón y se afirmó en el suelo durante diez segundos. Ya se mareaba con frecuencia. Iba a cumplir cincuenta años, pero los setentones que lo rodeaban caminaban más erguidos que él.

Una hora después, vino cojeando. Le habían dado en un frasco de papilla la parte que le tocaba.

Para relajarnos, papá y yo íbamos a esos lugares con sillones masajeadores y nos olvidábamos de la pesadilla: media hora por diez soles. Mientras mi asiento vibraba, veía los árboles pelados de la avenida y pensaba en un roble que nunca cae.

No sé si ya nos habían dado la noticia, pero era cáncer linfático o tuberculosis ganglionar o C o D, y C o D no eran necesariamente mejores opciones sino la prolongación del vía crucis por los hospitales de Lima, donde Ex Novia siempre conocía a alguien. Descartados SIDA, cáncer de próstata, cirrosis, nefrosis, cálculos biliares, tifoidea, EPOC, etc., aún faltaban más agujas, más cortes, más estrés, y por eso era importante que papá no decaiga.

«Tranquilo, viejo», le decía en los sillones masajeadores. «Saldremos de esta juntos. Tú tranquilo nomás».

Tranquilo, trataba de resistir a solas en mi isla, con un hueco en el corazón.

Había vivido evitando las hemorragias, las roturas rotura en la piel, la enfermedad que te inhabilita, esa por la que te abren. Pero las monstruosas manos del dolor ya se alzaban sobre mi cuerpo de veintiocho años en un rincón sin barrer del Perú. Y ninguna de las personas a las que quería podía acercárseme, porque esas manos negras estaban hambrientas.

En el mejor de los casos, gripe o resfrío.

En el peor: mamá, Mascota, mis abuelos, El Diego, hasta papá, incubaban el nuevo virus por mi culpa, por mi capricho de presentar un libro de cuentos ante un auditorio lleno de sillas vacías. Ante seis compatriotas y tres extranjeros en el otro lado del mundo.

Irónicamente, había viajado a Europa para hablar de esos 7 millones de peruanos que entre otras carencias no contaban con un seguro de salud, y los tildé de «ellos» sin considerar que también era parte de ese grupo de personas a las que, como titulaba mi libro, nadie nos extrañaría.

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Parte 2

Capítulo II: Es urgente, amiguita

Pasaron veinticuatro horas y como era previsible nadie del ministerio de Salud llamó. Cuerpo caprichoso, ¿por qué no enfermaste en Madrid donde no abandonan a los desplomados en la puerta de un hospital?, me lamentaba dando vueltas como pollo a la brasa en el colchón. Los ganglios de mi cuello se habían abultado y dolían, aunque ese dolor era bueno, había aprendido con papá.

En el 2018, en el Hospital de la Solidaridad de Surco, treinta soles la consulta, nada de colas, lo escanearon y le recetaron medicinas que en vez de ayudarlo, lo intoxicaron: en su tórax huesudo aparecieron como unas lagunitas violetas. Resignados, fuimos al Seguro Social, a la recientemente inaugurada sede de San Juan, en una ex plaza de toros: fachada blanca con contenedores de camión en los que se atendía a los asegurados.

En uno de ellos, el doctor Arróspide, un cachetón con lentes y barba rala, le decía a papá que era una bestia ese que le había diagnosticado una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, EPOC, «con el perdón de la palabra, señor Palomari, ¡pero hay que ser bien animal para leer una placa al revés! ¿Y encima le han cobrado todo eso? Es que ese no es médico sino matasanos, señor Palomari. ¡Es una beeeeestiaa!».

¿De verdad habían visto al revés la radiografía toráxica de papá?

Parecía increíble, pero el histrionismo de Arróspide era diáfano, producía confianza. ¿Qué error habrá cometido para terminar en un descampado así?, me preguntaba mientras él, sentado ante nosotros, llenaba sus pulmones de aire para mostrarnos la diferencia entre una respiración normal y la de un paciente de EPOC. Fíjese, señor Palomari. Exhaló impetuoso y sus dientes frontales y postizos volaron casi medio metro y aterrizaron sobre su escritorio, ¡eeeh!, ¡poc!, cerca de las manos cruzadas de papá.

Muy rápido, incluso con cierta pericia, y sin dejar de mirarnos a los ojos, Arróspide recogió sus dientes y se los encajó otra vez en las encías.

Ese era mi concepto de nuestro sistema de salud: un doctor desdentado en plena consulta, un doctor que palpa los ganglios mutantes de un enfermo —en axilas, cuello y entrepierna— y le dice «¡no se preocupe, hombre!», y usando la primera persona además: «yo que usted no me preocuparía por eso, señor Palomari. Es una infección viral. Solo eso. No se preocupe, ya pasará».

Dos meses después, papá y yo caminábamos por el piso de neoplasias del hospital Rebagliati. Éramos los nuevos, teníamos la energía de los primeros días. Imitábamos al cachetón Arróspide, «yi qui istí ni mi priquipirí pir isi, siñir Pilimiri», como si fuera una broma, claro, porque los peruanos comunes, sin poder, nos acostumbramos a reír enfermizamente, la mayoría, aunque hay quienes se niegan a aceptar que la calidad de vida dependa de unos papelitos rectangulares. Ellos bloquean la economía con llantas, con fuego, en medio de las carreteras, se encadenan frente a instituciones que no los representan, ponen bombas en las clínicas. BOOM. BOOM. BOOM.

A ver si les hacen caso.

Enterada de la EPOC y de los dientes voladores de Arróspide, Ex Novia, enfermera y ex de papá, le aconsejó un despistaje de infecciones de transmisión sexual. Mi viejo lo consideró innecesario y una propuesta insultante de parte de su ex de toda la vida. Tuvo que intervenir Soltero Maduro, su hermano menor. Eran opuestos: a papá lo consideraban el irresponsable de la familia.

«¿Ese es el ejemplo que le quieres dar a tu hijo?», mi tío lo reprendió como a un chiquillo delante de mí y de Ex Novia.

Y esa misma tarde, la sangre de papá fue analizada en un contenedor mientras el viento plomizo nos rasuraba el rostro en la vieja plaza de toros. Mi viejo fumaba tiritando, no sé si por el invierno o por los nervios de que sus diarreas, la palidez, las bajadas de presión, esas bolas en su entrepierna, axilas y cuello y el raquitismo los ocasionara una enfermedad tabú y denigrante: ¿lo haría público en todo caso?, ¿mentiría sobre su diagnóstico?; pero papá, aun con la mano que temblaba al chupar su Hamilton, parecía muy confiado. Hasta nos apostó un chocolate.

Y aunque a paso lento, abandonó el policlínico masticando un dulce con la boca abierta y bromeando conmigo. Nos tranquilizaba el descarte de un nombre lapidario como el SIDA, pero aún no sabíamos por qué cada día su esqueleto sobresalía más: las costillas ya se le marcaban bajo la ropa.

Siempre por recomendación de Ex Novia, papá y yo fuimos por una prueba del antígeno prostático. De noche, buscamos un consultorio en la avenida San Juan: restaurantes y comercio ambulatorio entre casas con las puertas abiertas que siempre dan a escaleras que pueden llevar al estudio de un tinterillo, a la habitación de una prostituta, a dudosos laboratorios clínicos o a la muerte. Papá, mareado, no estaba seguro en cuál de todas esas puertas debíamos de entrar. Un chinito que salteaba arroz en una wok nos preguntó a quién buscábamos.

«Tercer piso», dijo.

Subimos por unos escalones rojos y lúgubres. Detrás de la reja, una mujer desganada nos informó que el doctor ya se había ido. Como vestía blusa blanca, papá supuso que era enfermera. Ella dijo que no, la recepcionista. «¿Pero sabes cómo sacar sangre?». «Más o menos nomás, señor». «¿Lo puedes hacer entonces? Te doy tu propina. Un favor. Es urgente, amiguita».

La mujer asintió y se recogió el pelo.

En ese momento sospeché de la salud mental de papá. Ya suponía los peores desenlaces, al igual que cuando era un niño y me ajustaban el brazo con una liga para pincharme y analizar mi hemoglobina; es decir que la aguja se rompería y quedaría bajo mi piel como un gusanito de metal, o que la aguja ya se había usado, que me infectarían, que sería otro de esos niños malditos en un programa periodístico.

Me persigné sin comentar nada con papá.

Luego de dos horas, un correo electrónico nos anunciaba los resultados de la PSA. Todo bien.

Ex Novia insistió con la próstata.

Al día siguiente, papá llenó su vejiga con cinco tazas de agua antes de ir al Hospital de la Solidaridad de Villa El Salvador: contenedores en medio de pistas con basura, al aire libre. Era lo más barato. Creo que en ese momento no me daba cuenta. Papá me había pagado una universidad privada, cara, pero nuestra realidad eran el laboratorio clandestino, consultas en un recipiente de carga, ese lugar con poco personal donde no había reemplazos y cuyas atenciones se cancelaban en el almuerzo, justo cuando llegábamos.

A papá le tocaba esperar dos horas, hasta las tres de la tarde, con dos litros y medio de cuchillas punzando su abdomen bajo, en ese distrito que era casi borrado por la neblina de julio.

Traté de distraerlo.

Ni recuerdo de qué hablamos. Perú ya había perdido con Dinamarca en el mundial. Es posible que le haya comentado estrategias para el partido contra Francia. Pero papá era muy realista, al menos en el fútbol: ya estamos eliminados, hijo.

Me angustiaba su pesimismo en ese contexto. ¿Dónde estaba el papá de veintiocho años que me animaba a pelear aunque fuera a perder?

«Ya estamos eliminados, hijo». Eso no es lo que quieres oír de un hombre hecho de roble.

Cuando ya solo faltaban cinco minutos para las tres, papá murmuró: «¡A la mierda, ya no aguanto!». Se levantó y corrió con las rodillas juntas hacia el baño. Luego volvió al pasillo con la casaca amarrada a la cintura disimulando una mancha oscura en su jean.

Recién llegado de Europa, con fiebre y escalofríos, también bebí litros de agua para expulsar lo más pronto aquello que me hacía daño, y ya había ido a orinar como ocho veces. Y ya habían pasado treinta y seis horas, cuarenta y ocho horas, sesenta y dos horas, y nadie se comunicaba conmigo.

Era lo normal.

A los pocos amigos que me visitaban en San Juan los prevenía siempre: al cruzar la Panamericana Sur, van a ingresar en un territorio sin leyes, o con otras leyes, propicio para la delincuencia, donde no hay Estado: no saquen sus celulares, no se distraigan al caminar y siempre muéstrense seguros, decía con las ínfulas del que todos los días iba entre ladrones, matones y prostitutas al volver de noche de la universidad.

De hecho, vivir en un distrito caótico lo ponderaba como una ventaja y no como un infortunio en mi carrera de escritor: tenía historias en cada esquina. Pero era solo un consuelo parecido al mito de un papá hecho de roble que murió por un golpe en la cabeza al que no se le dio la importancia debida.

13 de marzo. 02:00 a.m. Los escalofríos y la fiebre me atacaban otra vez y con cobardía, a esa hora en que había quedado solo e indefenso.

Y aunque le temía a la enfermedad, lo que realmente me aterraba era el Perú, la conciencia de que sus fronteras no eran Tumbes ni Tacna, sino que el país se terminara siempre en cada puente Atocongo, y lo de más allá era solo esto: hombres tratando de sobrevivir, yendo por unas escaleras hacia lo desconocido, como quien trepa por los cerros en busca de la esperanza.

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Parte 2

Capítulo I: Un té con limón

Pasaban una película del Chavo del 8 en los televisores del ómnibus. Con los «¡Toma!» de Don Ramón, los «RRRRRRRRR» de Kiko y los «pipipipipipipí» del protagonista como fondo, contemplaba los montes verdes a través de la ventana y anotaba en un cuaderno las impresiones de lo que era mi primer viaje en solitario, mientras el camino iba en ascenso.

Luego de tener los ojos en el abismo, por esas vías en espiral, típicas de la sierra central del Perú, el conductor se estacionó a un lado de la carretera para que los pasajeros, con las tripas en la boca, bajásemos a almorzar (o a vomitar). Fui el único que se quedó en su asiento con un paquete de galletas de soda, que fueron deshechas de inmediato por mi jugo gástrico y solo me dieron más hambre y acidez estomacal. Horas después —al Chavo le siguieron videos de «cómicos ambulantes»— llegué a Huancayo con el potente dolor de cabeza de los no se han alimentado en todo el día. Era el 2012, acababa de cumplir diecinueve años y juraba que esa era la vida de un escritor maldito.

Ya había estrellas en el cielo, y como un recién llegado en esas calles donde mi aliento era niebla, les pregunté a los transeúntes de mejillas chaposas por el auditorio del diario más conocido de la región. Caminé diez cuadras y lo que imaginé como la Academia Sueca se parecía más al espacio donde se llevaría a cabo una pollada, pero bueno, ya estaba allí, en medio de sillas de plástico blancas pegadas a la pared, esperando la premiación del concurso de cuentos en que había obtenido un segundo lugar, y cuyos organizadores me habían dicho por teléfono que era necesaria mi presencia en la ceremonia para cobrar mi premio de mil soles.

Por supuesto, tras las fotos de rigor con mi diploma, unos caballeros trajeados me comunicaron que hubo un problema administrativo, y que me pagarían pronto, quizás dentro de un mes, y así acabé primero en un chifa bebiendo la Coca-Cola más duradera de mi vida mientras el vapor de las sopas wantán iba cubriendo las caras de mis anfitriones, y más tarde en una cama de posada que me inspiró a crear un cuento sobre faquires. En esa época, asociaba la precariedad al romanticismo, «¡Edgar Allan Poe murió pobre!», me decía, y me emborrachaba a lo Bukowski y robaba libros como Roberto Bolaño (no dejé de hacerlo ni siquiera porque fui capturado y metido en marrocas y a empujones en el sótano de la DIRINCRI). Pero esa es otra historia.

Ahora, diez años después, me invitaban a entrar en una combi puesta en el centro mismo de la feria de libros de Luxemburgo, y me preguntaba si los productores de ese programa de entrevistas habían elegido la ambientación por mi nacionalidad o por mis historias; y aunque era prácticamente un anónimo en Europa (en el mundo en general), sentado frente a esa muchacha de ojos azules que me hacía tiernas preguntas, me hice consciente de la década de distancia que había entre el Palomari del 2020 y ese joven imberbe al que, devuelto de Huancayo con los bolsillos vacíos, sus familiares le repitieron de mala gana que buscara un trabajo o que se pusiera a estudiar y si no que se fuera de la casa de una vez, porque eso de escribir era una tontería, ¡semejante estupidez!

Quizás en Sudamérica lo era, pero en Europa, en ese tren de Barcelona que corría como un meteorito frente a paredes llenas de grafitis, con vagones donde niñas leían a McCarthy y a Houellebecq, las posibilidades de vivir de la literatura parecían bastante más reales. Por eso Vargas Llosa, Vallejo y Ribeyro se establecieron en Francia. «Y yo voy a ir a París también», le dije a la española de mirada manantial al acabar la entrevista, mientras caminábamos entre polacos, rusos y portugueses, entre acentos bruscos y cálidos, rumbo al patio de comidas en busca de un vino para brindar por la casualidad de que a ella le gustasen mucho los peruanos, y que yo fuera uno.

Pero hasta los sueños más románticos con gitanas de Andalucía se pueden convertir en una pesadilla. Y cuando abrí los ojos estaba otra vez en mi cama de San Juan, entre olores a perro y a estofado, y el presidente peruano ordenaba dos semanas de cuarentena a todos los procedentes de Europa y de China. Dos semanas, aislado en mi habitación: eran dos semanas en el vientre de una casa de cuatro pisos.

Solo tres días antes de que volviera a Lima, se había confirmado el primer caso: el piloto de una aerolínea comercial que, como yo, visitó España y Francia con los colmillos al descubierto, con hambre de mundo. Este llamado «paciente cero» contagió a sus abuelos y a cuatro parientes que vivían con él, nos contó mi tía —la loca de los aeróbicos, despierta desde las cinco— en el chat familiar, y, dirigiéndose a mí, escribió: «A ti no te pasará nada; pero a mis papis, sí».

Estaba en lo cierto. Los jóvenes que se infectaban eran asintomáticos, apenas les daba como un resfrío. Los ancianos morían.

«No bajes, ¿OK?».

Hubiera sido mejor si me lo decían un día antes, porque mi abuelo ya había bebido de mi taza y mi abuela ya me había besuqueado.

«¡Es solo gripe!», insistí. «No se preocupen, ¡tira de paranoicos!».

Todos leyeron mis mensajes pero nadie respondió.

Me levanté de la cama con esfuerzo. El cuerpo me pesaba y la sangre la sentía como una efervescencia en los pies.

Una mascarilla colgaba de la manija de mi habitación.

La sala estaba desierta. Al lado del televisor, alguien —supongo que mamá— había pegado con letras azules un «Bienvenido a casa» que no vi la noche anterior en la pared, y me sentí imbécil: la culpa del que antepone un bikini a su familia. Y quizás por puro remordimiento, me cubrí la boca y fui al baño, alucinando que vivía mi propia película de apocalipsis.

El chorro de orina salió débil. Fffuf, mi aliento apestaba, me asfixiaba con ese tapabocas. Frente al espejo me lo quité. La textura de mis pómulos, de mis cachetes lucía arenosa, como si no me hubiese lavado el rostro desde la adolescencia; y el bendito volcán con pus continuaba creciendo, mientras que mis ojos eran dos hígados amarillentos.

«Ese vino», maldije.

Y apenas toqué el caño. El agua me heló hasta los huesos. ¿Se había adelantado el otoño? ¿Existen las estaciones en el Perú? De acuerdo a mi teléfono, la temperatura era de veinticinco grados. Mmm, «¿quién no se despierta de vez en cuando con la presión baja?», me dije. Igual, limpié con papel higiénico el grifo, el lavadero. Limpié todo lo que había agarrado. Apagué la luz con el codo y abrí la puerta con el puño de la chompa.

Me crucé en la sala con mamá. No era ni mediodía. La soltaron temprano de su nido. Un niñito nomás fue, me dijo.

Volví a mi habitación con el bozal puesto. Mamá me siguió.

—¿Mejor? —preguntó desde el umbral.

—Ya no me duele la cabeza —pero sentía el cuerpo como después de doscientos abdominales, ciento cincuenta sentadillas y noventaiún planchas. Y cada vez que inhalaba, me daba la impresión de que había sangre seca en mi tabique—. Hace un poco de frío, ¿no?

—No, hijo —mamá se rascó el hombro. Vestía un polo veraniego; yo, en cambio, tenía hasta las manos cubiertas por una chompa—. Abre tu ventana más bien, que se ventile tu cuarto. ¿Qué quieres almorzar?

Nada, pero le pedí un caldito de pollo. De fondo, hígado con papa sancochada y ensalada de betarraga, lechuga y tomate. De refresco: zumo de naranja. La dieta de papá para fortalecer su sistema inmunitario.

Pasó una hora y Mascota me dejó la comida en una bandeja de presidiario. Sentado en la cama, tragué repitiéndome «enfermo que come no muere, enfermo que come no muere». Por un resquicio, alcanzaba a ver el televisor de la sala. Mamá comentaba conmigo las noticias, como una embarazada hablándole a su bebé:

—¡Huy!, cerrarán las fronteras. Gracias a Dios que no cambiaste tu pasaje, hijito.

—¡Má!, ¿ves? —chilló Mascota—. Le hubieras prestado la plata al vago. Se quedaba allá y nosotras nos mudábamos a Surco.

Con «allá», mi hermanita se refería a España, donde los infectos se multiplicaban, dos ministras habían dado positivo, los reyes esperaban sus resultados, y las clases en colegios y universidades se habían suspendido. Pronto se confinaría a la población como en China: 80,000 contaminados.

—Ay, ¡me muero muerta! Yo me moría si te quedabas allá, hijo.

—¿Por qué te tocas el corazón, má?

Solo oía sus voces, e imaginaba a mi vieja como personaje de Mujer, casos de la vida real. Acompáñenme a ver esta triste historia.

—La preocupación, hijita.

—¿Y el Diego? ¿Por qué no sale de su cuarto, má?

El Diego era el novio de mamá. Se parecía a Maradona en la etapa más heavy de su adicción.

—¿Tiene miedo, má? —reía Mascota—. ¿Por qué no sale, má?

Por la tarde, compartí en Facebook el video de mi aterrizaje. Copy: «Entré con las justas». No pasó ni un minuto y una colega me envió un mensaje privado: «En tu video hay gente tosiendo, ¿no te has dado cuenta? ¿Y ya has hecho la prueba, Palomari? No salgas de tu casa. Yo soy asmática. Y tú vives cerca. Si me contagio, no la cuento. ¡No salgas, por favor!».

¿Repentinamente me había transformado en un monstruo?

No contesté. Me distraje con la publicación de una vegetariana, a quien no conocía, como a la mayoría de mis contactos en redes sociales. Según ella, el virus era un invento de los Illuminatis para controlarnos. Concluía su post: «La gripe mata más, el dengue mata más, los feminicidas matan más. ¡Y nadie está hablando de eso!». El presidente de los Estados Unidos declaró algo parecido.

12 de marzo del 2020. Mamá tomaba mi temperatura cada dos horas, y me recordaba que le debía trescientos dólares y que el 20 vencería el plazo para pagarle al banco. Mi fiebre se había mantenido en treintaiocho.

En la noche, mamá recibió el termómetro en el marco de mi puerta, lo revisó con cuidado y dijo:

—Treinta y ocho y medio, casi treinta y nueve, hijo.

Predecible. Las fiebres son así de caprichosas. A papá lo dejaban tranquilo durante el día. Cuando se quedaba a solas en la oscuridad, volvían furiosas.

Llamé al 113.

—Ocupado —miré a mamá.

Tu tu tu, tu tu tu.

—¿Y ahora? —parpadeó ella. Se masajeaba la nuca, tensa.

La sombra había vuelto. Era un cordón umbilical de tres metros sobre el suelo. Entre ella y yo.

—No pasa nada. Lo mío no es una emergencia.

Y si lo fuera, pensaba, solo nos queda rezar, vieja.

—¿No te duele tu cabeza, hijo?

Sentía que unos dedos callosos presionaban mis ojos, como si quisieran hundirlos o reventarlos. El foco de la lámpara, tan caliente como llamas de fuego, me hacía sudar.

—No.

—¿Te doy un té con limón?

Eso era mi madre. Eso éramos en San Juan, en el cono sur de Lima. Enfermos curándose con té con limón.